Su ?ltima l?nea
Alex Akimoto


Micaela lee el libro de Akira Kurokawa por tercera vez y llora. No sabe que un d?a el telfono sonar a las tres de la madrugada y una voz dir: Venga a Tokio. No sabe que detrs de las palabras que ama hay un hombre que no sabe amar. Akira es escritor, jefe de un clan, un hombre que esconde el vac?o tras muros de palabras. Micaela no vino a una entrevista. Vino a l. Y los muros no cayeron. Se volvieron innecesarios. Esta es la historia de un vac?o que resulta ser hogar. De un amor sin nombre. De un perro que estornuda con un ptalo de cerezo. Y de que a veces basta simplemente con estar cerca.

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Su ?ltima l?nea












Este libro naci de dos preguntas.

La primera: ?qu pasa cuando la persona a la que amas a travs de las pginas un d?a te abre la puerta? No metafricamente. Literalmente. Abre la puerta de su apartamento y dice: Pase. Pero sea breve.

La segunda: ?qu pasa cuando descubres que no amas al autor, sino al hombre detrs de l? Al que se quita la chaqueta, acaricia a su perro y mira en silencio la ciudad ardiendo. Al que no teme a la oscuridad, sino a lo que hay en ella.

Micaela Arenas lleg a Tokio desde Crdoba, una ciudad donde el sol seca la tierra hasta agrietarla y las mujeres llevan flores en el pelo en lugar de respuestas. No sab?a que su amor por las palabras ajenas la llevar?a a un mundo donde las palabras matan ms que los cuchillos. Donde el nombre es un escudo. Donde el silencio es una confesin. Donde el ?ltimo ptalo de sakura cae sobre una gota de sangre, y nadie sabe si eso significa el final o el comienzo.

Akira Kurokawa escrib?a sobre el vac?o como si lo conociera de memoria. No sab?a que el vac?o tiene nombre. Que vive en Argentina, huele a hierbas amargas y lo mira con los ojos de una chica que vino a pedir un autgrafo y encontr la verdad.

Este libro trata de lo que sucede cuando dos vac?os se encuentran y deciden que juntos es ms fcil respirar. Aunque el aire huela a gasolina y a crueldad ajena. Aunque alguien ya haya prendido fuego a tu vida y te observe de pie frente a las llamas, sin moverte.

Lean. Y recuerden: algunas cosas son demasiado valiosas para convertirlas en letras. Pero hay una verdad que solo pertenece a dos personas. Y esa verdad no muere. Ni siquiera cuando todo arde.

El Autor






CAP?TULO 1




Micaela le?a el libro de Akira Kurokawa por tercera vez, y eso era extra?o, pues los libros que uno lee por tercera vez no suelen llorar contigo, y este lloraba, y Micaela lloraba con l, y las lgrimas ca?an sobre la pgina, sobre esa misma pgina donde el protagonista est de pie en la azotea y mira la ciudad, y piensa que el vac?o que lleva dentro no es algo que haya que llenar, sino algo que hay que entender, y Micaela entend?a, y ese entendimiento la hac?a sentir ms ligera y ms pesada al mismo tiempo, como ocurre cuando por fin le pones nombre a algo que te duele desde hace mucho, y nombrarlo no cura, pero hace visible el dolor, y un dolor visible se puede sostener en las manos, mientras que uno invisible, no.

Eran las tres de la madrugada. Buenos Aires dorm?a. Micaela estaba sentada en el silln junto a la ventana, con una copa de malbec que hac?a rato que no beb?a, simplemente la sosten?a, y el vino en la copa era oscuro como la noche tras el cristal, y Micaela miraba el libro y pensaba que ese hombre, el que hab?a escrito esas l?neas, estaba en alg?n lugar all lejos, en Japn, y no sab?a que ella exist?a, y no sab?a que ella le?a su libro por tercera vez, y lloraba, y sosten?a una copa de malbec que hac?a rato que no beb?a, y eso no dol?a, sino que parec?a correcto, pues hay personas que escriben para ti sin saber que existes, y esa es la forma ms honesta de amar: amar a quien no sabe que lo amas, y no espera ese amor, y no lo pide, sino que simplemente escribe, y t? lees, y eso es todo, y eso es suficiente.

El telfono son. Micaela mir la pantalla. Un n?mero desconocido. Podr?a no contestar. Podr?a apagarlo. Podr?a dejar el telfono sobre la mesa y seguir leyendo, y nadie sabr?a que no contest, y eso estar?a bien, pues las tres de la madrugada no son hora para llamadas, pero ella contest. No porque quisiera contestar. Sino porque el telfono son justo ahora, en este minuto, cuando ella le?a esa misma pgina donde el protagonista est en la azotea, y eso no era una coincidencia, y Micaela cre?a en las coincidencias, no en las que son casuales, sino en las que no lo son, y esta llamada no era casual.

 ?Se?orita lvarez? dijo una voz al otro lado. Femenina. Suave. Con acento japons.  Me llamo Nanami. Soy la secretaria personal del se?or Kurokawa. Nos gustar?a invitarla a una entrevista. Exclusiva. En Tokio. En una semana. Todos los gastos corren por nuestra cuenta.

Micaela call. Mir el libro. Esa misma pgina donde las lgrimas hab?an dejado marcas. Y pens: esto no puede ser verdad. Esto es un sue?o. Es ese mismo sue?o que una tiene cuando lee un libro por tercera vez y llora, y sostiene una copa de malbec que hace rato que no bebe, y sue?a que la persona que escribi ese libro la llama, y ella vuela hacia l, y es un sue?o, y por la ma?ana despertar, y todo ser como antes, y eso estar bien, pues los sue?os existen para mostrar lo que no puede ser.

 ?Se?orita lvarez? ?Me oye? pregunt Nanami.

 S? dijo Micaela. Y su voz tembl, y no intent esconderlo.  Oigo. Vendr.

Colg. Mir el libro. La copa de malbec. La ventana, detrs de la cual Buenos Aires dorm?a. Y pens: aqu? termina. Aqu? termina esa vida que fue. Y comienza la que ser. Y cmo ser esa nueva vida, ella no lo sab?a. Y no quer?a saberlo. Pues saber significa temer, y temer significa no ir, y ella quer?a ir. Quer?a volar. Quer?a ver al hombre que escribi las l?neas que ella lee por tercera vez y llora. Y ese deseo era ms grande que el miedo. Ms grande que la duda. Ms grande que todo lo que pudiera detenerla. Y Micaela se levant. Fue a hacer la maleta. Y el libro qued en el silln. Abierto. En esa misma pgina. Y las lgrimas sobre ella se hab?an secado. Y eso estaba bien.

Fin del Cap?tulo 1.






CAP?TULO 2


El avin volaba sobre el ocano, y Micaela miraba por la ventanilla, y abajo estaba el agua, infinita, gris, viva, y en esa inmensidad hab?a algo que le recordaba el libro de Akira Kurokawa, ese vac?o del que l escrib?a, y que no era una ausencia sino un espacio, y Micaela pensaba que aqu? estaba ella, volando a travs de ese espacio, a travs de ese vac?o, y el vac?o no asustaba, sino que sosten?a, como el agua sostiene a un barco, y eso era extra?o, pues el vac?o suele asustar, y este sosten?a, y Micaela no sab?a qu hacer con ese saber, y no quer?a saberlo, simplemente estaba sentada mirando por la ventanilla, y sosten?a en las manos el libro, ese mismo, con las esquinas dobladas, y ese libro era lo ?nico que hab?a estado con ella todo este tiempo, y en Buenos Aires, y en el avin, y estar?a en Tokio, y eso estaba bien, pues hay cosas que no se abandonan, y ese libro era una de esas cosas.

Tokio la recibi con lluvia. No un aguacero. Una lluvia fina, suave, como esa lluvia que hay en los libros cuando el protagonista llega a un lugar nuevo y todo empieza de nuevo, y Micaela sali del avin y aspir, y el aire estaba h?medo, y ol?a a algo cuyo nombre no sab?a, pero que era familiar, como es familiar el olor de la casa, que no puedes nombrar pero reconoces al instante, y ese olor era el olor del lugar donde eres t?, y Micaela no sab?a si era ella aqu?, pero sent?a que pod?a serlo, y ese puede ser era ms que la certeza, pues la certeza es lo que sabes, y puede ser es lo que esperas, y la esperanza era ms fuerte.

Kenji estaba en la salida. De traje negro. Sin paraguas. La lluvia ca?a sobre sus hombros, y l no lo notaba, o lo notaba pero no quer?a notarlo, y esa era esa misma cualidad que Micaela aprender?a a reconocer ms tarde: no la ausencia de sentimientos, sino la habilidad de no mostrarlos, y esa habilidad no era frialdad, sino proteccin, y la proteccin no era necesaria contra los dems, sino contra s? mismo, y Kenji se proteg?a de lo que sent?a, y eso se notaba, si sab?as cmo mirar, y Micaela sab?a, pues hab?a le?do libros, y los libros te ense?an a mirar.

 Se?orita lvarez dijo Kenji. E hizo una reverencia. No profunda. Suficiente. Como se hace una reverencia a alguien a quien respetas pero no conoces.  Soy Kenji. Seguridad personal del se?or Kurokawa. Por aqu?, por favor.

La llev hacia el coche. Micaela caminaba a su lado. Y pensaba: aqu? est. El hombre que est entre m? y Akira Kurokawa. Entre m? y quien escribi las l?neas que leo por tercera vez y lloro. Y este hombre no sabe que leo esas l?neas. Y no sabe que lloro. Y no sabe que cruc el ocano por esas l?neas. Y eso estaba bien. Pues hay cosas que no necesitas saber para estar cerca.

El coche recorr?a Tokio. Micaela miraba por la ventana. La ciudad era enorme. Viva. Respirando. Y en esa ciudad estaba la casa de Akira Kurokawa, y en esa casa estaba l, y l escrib?a libros, y ella los le?a, y ahora ella iba hacia l, y eso no era un sue?o, era verdad, y la verdad era ms extra?a que el sue?o, pues en el sue?o sabes que es un sue?o, y en la verdad no sabes que es verdad hasta que la tocas, y Micaela quer?a tocar. Quer?a ver. Quer?a o?r. Y ese querer era ms grande que todo lo que hab?a antes.

Fin del Cap?tulo 2.






CAP?TULO 3


La casa Kurokawa no era como Micaela la hab?a imaginado. Ella pensaba que ser?a una casa moderna, con cristal y hormign, como la de las personas que escriben sobre el vac?o y conocen su precio, y era una casa antigua, de madera, con un jard?n donde florec?an los ciruelos, y una puerta que cruj?a, y ese crujido era ese sonido que dice: aqu? se vive desde hace mucho, y aqu? se vivir mucho ms, y Micaela entr por esa puerta y sinti que entraba no en una casa, sino en una historia, y esa historia era ms vieja que ella, ms vieja que Akira, ms vieja que todo lo que ella conoc?a, y eso no asustaba, sino que parec?a correcto, pues hay lugares que no se eligen, sino que se entra en ellos, y Micaela entr.

Kenji la llev por el jard?n. Por el pasillo. Por una habitacin que ol?a a tatami e incienso, y ese olor no era el olor de la casa, sino el olor del tiempo, y el tiempo aqu? pasaba de otra manera, no como en Buenos Aires, no como en el avin, sino ms lento, ms profundo, como el tiempo en los libros, cuando lees y olvidas que hay relojes, y Micaela olvid, y eso estaba bien.

Akira estaba en la habitacin principal. Sobre el tatami. Delante de l hab?a una mesa baja con papel y pluma, y l escrib?a, y cuando Micaela entr, l levant la cabeza, y la mir, y en esa mirada hab?a algo que ella no esperaba: no curiosidad, no evaluacin, sino reconocimiento, como se reconoce a alguien que has visto en un sue?o pero no sabes que has visto, y ese reconocimiento no estaba en los ojos, sino ms profundo, en ese lugar donde viven las cosas que no tienen nombre, y Micaela sinti ese reconocimiento, y algo dentro de ella se movi, suavemente, como se mueve una piedra que ha estado mucho tiempo en un lugar, y debajo resulta que hay agua, y el agua fluye, y ese fluir era nuevo, y eso asustaba, y eso era hermoso.

 Se?orita lvarez dijo Akira. Y su voz era suave, no esa suavidad que se esconde, sino esa que se cuida, y en ese cuidado estaba eso que Micaela reconoci, eso mismo que estaba en sus libros, eso mismo que ella le?a por tercera vez y lloraba.  Gracias por venir. Sintese. ?T?

 S? dijo Micaela. Y se sent. Sobre el tatami. De rodillas. Como se sentaba de ni?a cuando su abuela le ense?aba a beber t, y eso era extra?o, pues ella no estaba en Japn, no sab?a japons, no sab?a cmo sentarse en el tatami, pero se sent, y eso estaba bien, pues hay cosas que no necesitas saber para hacer, y sentarse en el tatami era una de esas cosas.

Nanami sirvi el t. Micaela tom la taza. Bebi un sorbo. El t era amargo, y dulce, y clido, y en ese sabor hab?a algo que le recordaba el libro, ese vac?o del que Akira escrib?a, y que no era una ausencia sino un espacio, y ese espacio estaba aqu?, en esta habitacin, en este t, en este silencio que hab?a entre ellos, y Micaela estaba sentada y beb?a t, y Akira la miraba, y Kenji estaba junto a la puerta, y todo eso junto era eso que no necesita ser nombrado, no necesita ser explicado, no necesita ser escondido, simplemente estaba, como la respiracin, como la luz, como la lluvia tras la ventana, y Micaela respiraba, y eso era todo lo que necesitaba.

 He le?do su libro dijo Micaela. Y su voz tembl, y no intent esconderlo.  Tres veces. Y llor. En esa pgina donde el protagonista est en la azotea. Quer?a preguntarle: ?por qu lo escribi as?? ?Por qu el vac?o no es algo que hay que llenar, sino algo que hay que entender?

Akira call. Mucho tiempo. La miraba. Y en ese silencio no hab?a reflexin, sino algo diferente, algo parecido a cuando alguien oye una pregunta que llevaba mucho tiempo queriendo o?r, pero tem?a, y ahora, cuando la oye, no sabe cmo responder, y ese no saber no era un vac?o, sino honestidad, y la honestidad era ms grande que las palabras.

 No lo s dijo Akira al fin. Y era una respuesta honesta. No una evasiva. No coqueter?a. La verdad.  Lo escrib? como lo sent?a. Y no sab?a por qu. Y a?n no lo s. Quiz usted lo sepa. Quiz usted ley lo que yo no pude escribir. Quiz usted ve lo que yo no veo.

Y eso fue todo. No una leccin. No una explicacin. No una respuesta. Simplemente: quiz usted ve lo que yo no veo. Y en esas palabras estaba eso que Micaela no esperaba: no condescendencia, no evaluacin, sino una invitacin. Una invitacin a entrar. No en la casa. En l. En ese lugar donde viven las cosas que no tienen nombre. Y Micaela entr. No enseguida. Sin prisa. Simplemente entr. Y eso fue el comienzo.

Fin del Cap?tulo 3.






CAP?TULO 4


La entrevista comenz a las tres de la tarde, y eso era extra?o, pues las entrevistas suelen comenzar por la ma?ana, cuando la luz es uniforme y los pensamientos estn frescos, y esta comenz a las tres, cuando el sol ya se inclinaba hacia el atardecer y las sombras en la habitacin se hab?an vuelto largas, y Micaela pens que eso era como Akira: todo en l era distinto a los dems, todo estaba desplazado, todo a esa hora en que los dems ya terminan, y l apenas empieza, y eso no era extra?o, sino correcto, pues hay personas que no viven seg?n el reloj, sino seg?n su propio tiempo interior, y Akira era una de esas personas.

Nanami coloc la grabadora sobre la mesa. Micaela abri su libreta. Akira estaba sentado enfrente. Entre ellos hab?a una mesa baja, dos tazas de t, y una distancia que no era f?sica, sino otra, esa distancia que hay entre dos personas que se ven por primera vez, pero sienten que se han visto antes, y ese sentimiento no estaba en los ojos, sino ms profundo, en ese lugar donde viven las cosas que no tienen nombre, y Micaela sent?a esa distancia, y no quer?a acortarla, pues acortar significa apresurarse, y apresurarse significa perderse algo, y ella no quer?a perderse nada.

 Primera pregunta dijo Micaela, y su voz era uniforme, pero en esa uniformidad hab?a algo que ella misma no esperaba, no nerviosismo ni miedo, sino inters, ese mismo inters que hay cuando abres un libro y no sabes qu hay dentro, pero sabes que hay algo, y ese algo espera.  Usted escribe sobre el vac?o. Sobre ese vac?o que llevamos dentro. Sobre ese que no hay que llenar, sino entender. ?De dnde sabe de l? ?Lo ha visto? ?Lo siente? ?O lo invent?

Akira call. Mucho tiempo. Miraba la taza de t, el vapor que sub?a de ella y desaparec?a, como desaparecen los pensamientos si no los escribes, y Micaela ve?a que l pensaba, y ese pensar no era reflexin, sino algo diferente, algo parecido a cuando alguien mira un pozo y ve all? no agua, sino a s? mismo, y esa visin asusta, pero no aparta los ojos.

 No lo invent dijo Akira al fin, y su voz era suave, no esa suavidad que se esconde, sino esa que se cuida, y en ese cuidado estaba eso que Micaela reconoci, eso mismo que estaba en sus libros, eso mismo que ella le?a por tercera vez y lloraba.  Lo siento cada d?a. Cada vez que me siento a escribir. Cada vez que me levanto por la ma?ana y no s para qu. Est ah?, dentro. No duele y no pesa, simplemente est, como una habitacin en la que no entras, pero sabes que existe, y un d?a entras y ves que no est vac?a, simplemente no est lo que esperabas, y eso no asusta, eso es lo que hay.

Micaela no escribi nada. No hizo falta. Simplemente lo memoriz, pues hay palabras que no se escriben, sino que se recuerdan, y esas palabras eran de esas. Mir a Akira, sus manos que descansaban sobre las rodillas, sus ojos que miraban la taza, y pens: aqu? est, el hombre que escribi las l?neas que leo por tercera vez y lloro, y est sentado delante de m?, y habla, y no sabe que llor, y no sabe que cruc el ocano por esas palabras, y eso estaba bien, pues hay cosas que no necesitas decir para ser entendido.

 Segunda pregunta dijo Micaela.  Usted escribe sobre el amor. Pero en sus libros no hay amor. Solo hay vac?o. Solo hay silencio. Solo hay espera. ?Por qu? ?No cree en el amor? ?O le tiene miedo?

Akira levant la cabeza. Mir a Micaela. Mucho tiempo. Con atencin. Como se mira lo que no esperabas ver. Y en esa mirada hab?a algo que ella no hab?a visto antes: no cansancio ni culpa, sino sorpresa, esa misma sorpresa que hay cuando caminas por un camino conocido y de pronto ves algo que no hab?as visto antes, y esa visin cambia el camino, y ya no puedes caminar como antes.

 No le tengo miedo al amor dijo Akira, y en su voz hab?a algo nuevo, algo que Micaela no hab?a o?do antes, no una decisin ni una promesa, sino una confesin, simple, humana, como la confesin de alguien que ha callado mucho tiempo y de pronto habla.  No s escribirlo. El amor no es algo que se escribe. Es algo que se vive. Y yo no viv?. Escrib?. Y no era lo mismo. Y ahora lo entiendo. Y no s qu hacer con eso.

Y eso fue todo. No una leccin. No una explicacin. No una respuesta. Simplemente: no s qu hacer con eso. Y en esas palabras estaba eso que Micaela no esperaba: no fuerza ni sabidur?a, sino honestidad. Esa misma honestidad que hay cuando alguien se quita la mscara y muestra el rostro, y el rostro no es hermoso ni perfecto, sino real, y lo real era ms hermoso que lo perfecto.

Kenji estaba junto a la puerta. En silencio. No miraba a Akira. Miraba a Micaela. Y pensaba en quin era ella, de dnde ven?a, por qu Akira hablaba con ella como no hablaba con nadie. Y ese pensar no era sospecha, sino observacin, esa observacin que hay en alguien que toda la vida ha mirado las sombras entre las luces y de pronto ve una luz, y no sabe qu hacer con ella.

Fin del Cap?tulo 4.






CAP?TULO 5


Micaela se qued en la casa. No un d?a ni dos, sino una semana, y luego otra, y luego ms, y eso era extra?o, pues ella hab?a venido para una entrevista, una sola entrevista, y se qued semanas, y eso no estaba bien y estaba bien al mismo tiempo, y en esa contradiccin hab?a algo que Micaela no pod?a explicar, pero sent?a, y el sentimiento era ms fuerte que la explicacin, y dej de explicar.

Kenji no confiaba en ella. Eso se notaba no en las palabras ni en las miradas, sino en cmo se pon?a de pie cuando ella entraba en la habitacin, en cmo callaba cuando ella hablaba, en cmo miraba sus manos cuando ella sosten?a la taza, y en esa mirada no hab?a sospecha, sino comprobacin, esa misma comprobacin que pasan todos los que entran en la casa Kurokawa, y Micaela pasaba esa comprobacin cada d?a, y no sab?a si la pasaba, y no quer?a saberlo, pues saber significa esforzarse, y esforzarse significa fingir, y ella no quer?a fingir.

Akira la proteg?a. No con palabras ni con gestos, sino simplemente estando cerca, hablando con ella, mirndola, y eso era ms que proteccin, era presencia, y la presencia era ms fuerte que las palabras.

 No deber?as confiar en ella dijo Kenji a Akira una noche en el jard?n, cuando Micaela estaba en la casa, y su voz era uniforme, pero en esa uniformidad hab?a algo que Akira no hab?a o?do antes: no una orden ni una evaluacin, sino preocupacin, esa misma preocupacin que hay en alguien que ve a una persona querida ir hacia donde no debe, y no puede detenerla.

 No conf?o en ella dijo Akira, y era verdad, no confiaba, no en el sentido en que se conf?a en un amigo o en un hermano, no la conoc?a, no sab?a de dnde ven?a, no sab?a por qu hab?a venido, no sab?a qu quer?a, y ese no saber no era un vac?o, sino un espacio, y en ese espacio se pod?a entrar, y Akira entr.

 Entonces, ?por qu est aqu?? pregunt Kenji.

 Est aqu? dijo Akira, y en su voz hab?a algo nuevo, algo que Kenji no hab?a o?do antes, no una decisin ni una promesa, sino eso que estaba debajo, eso que Kenji no deb?a o?r, pero oy.  Porque ve lo que yo no veo. Y eso es raro. Y no quiero perderlo.

Kenji call. Mir a Akira. Mucho tiempo. Y pens que aqu? terminaba lo que fue, y comenzaba lo que ser?a, y cmo ser?a eso nuevo, l no lo sab?a, y no quer?a saberlo, pues saber significa temer, y temer significa detenerse, y l no pod?a detenerse, no ahora, no aqu?, no despus de lo que hab?a sido.

Fin del Cap?tulo 5.






CAP?TULO 6


El ataque ocurri de noche, no a las tres ni a las cuatro, sino a las dos, cuando la casa dorm?a, cuando el jard?n callaba, cuando incluso Hachi no mov?a la cola en sue?os, y el silencio era tan completo que se o?a caer los ptalos del ciruelo, y esos ptalos ca?an despacio, como cae todo lo que no tiene prisa, y Micaela dorm?a, y so?aba, y en el sue?o le?a el libro de Akira Kurokawa, y el libro estaba vivo, y respiraba, y dec?a: no tengas miedo, estoy aqu?, y eso no asustaba, sino que parec?a correcto, y Micaela no ten?a miedo.

Y entonces se rompi la ventana, no en silencio, sino con estrpito, con ese sonido que hace el cristal cuando algo entra que no debe entrar, y ese sonido no era un sonido, sino un grito, y Micaela despert, y no entendi dnde estaba, y entendi, y se levant, y no grit, y eso era extra?o, pues deber?a haber gritado, pero no grit, y eso era esa misma cualidad que ella no conoc?a en s? misma, y que sali esa noche, y esa cualidad no era valent?a, sino algo diferente, algo parecido a cmo el agua encuentra su camino cuando le bloquean el paso, y ese camino no era hacia adelante, sino hacia adentro, y Micaela fue hacia adentro.

Kenji ya estaba all?, en el pasillo, con la pistola, y disparaba sin prisa y sin fallar, y ca?an personas sin prisa y sin fallar, y Micaela lo ve?a, ve?a caer a las personas, ve?a disparar a Kenji, y no grit, y no cay, y no huy, sino que simplemente se qued de pie y mir, y pens que esto es aquello de lo que l escribe, esto es el vac?o, no una ausencia, sino lo que ocurre cuando todo lo dems desaparece.

Akira estaba en la habitacin principal, sobre el tatami, con una herida en el hombro, y la sangre corr?a por sus dedos, por el tatami, por el papel donde escrib?a, y l no gritaba ni llamaba, sino que simplemente estaba sentado y sosten?a la herida, y miraba la puerta, y esperaba no a Kenji ni a la ayuda, sino a Micaela, y eso era extra?o y era correcto, pues hay personas a las que esperas no para que te ayuden, sino para que estn cerca, y Akira esperaba a Micaela no para que le ayudara, sino para que estuviera cerca.

Micaela entr. Vio a Akira. Vio la sangre. Vio la herida. Y no grit, y no cay, y no huy, sino que simplemente se acerc y se arrodill, y mir la herida, y pens en qu hacer, y no lo sab?a, y no quer?a saberlo, sino que simplemente estaba cerca, y eso era ms que la ayuda, ms que una palabra, ms que todo.

Akira la mir. Mucho tiempo. Con atencin. Y en esa mirada hab?a algo que ella no hab?a visto antes: no cansancio ni culpa, sino eso que estaba debajo, eso que l hab?a escondido toda la vida y solo ahora empezaba a mostrar, como se muestra una cicatriz que san hace tiempo pero a?n recuerda el dolor.

 Ests aqu? dijo Akira en voz baja, casi un susurro, como se dice no para que te oigan, sino para decirlo, y en ese ests aqu? estaba todo, no gratitud ni sorpresa, sino simplemente un hecho, ests aqu?, y eso es suficiente.

Micaela asinti. No dijo nada. Simplemente estaba cerca. Y eso era todo lo que se necesitaba. Y eso era todo lo que hab?a. Y eso era todo lo que ser?a.

Fin del Cap?tulo 6.






CAP?TULO 7


Akira le mostr la biblioteca a Micaela al tercer d?a, y eso no fue como suelen mostrar las bibliotecas, cuando te llevan de la mano y dicen: mira, aqu? estn los libros, sino que l simplemente abri una puerta en el suelo, esa misma puerta que Micaela no hab?a notado antes, aunque llevaba dos d?as caminando por esa habitacin, y la escalera bajaba hacia la oscuridad, y ol?a a papel viejo y a algo ms, algo cuyo nombre no sab?a, pero que era familiar, como es familiar el olor de la casa, que no puedes nombrar pero reconoces al instante.

 Aqu? est lo que leo dijo Akira, y su voz era ms baja de lo habitual, como si temiera despertar lo que dorm?a abajo, y Micaela fue tras l, y los escalones estaban fr?os bajo los pies descalzos, pues ella se hab?a quitado los zapatos en la puerta, sin saber por qu, simplemente se los quit, y eso estaba bien, pues a la biblioteca se entra descalzo, como a un templo, y Micaela no sab?a que era as?, pero lo sab?a, y ese saber no estaba en la cabeza, sino en los pies, y los pies sab?an ms que la cabeza.

La biblioteca era enorme. No en el sentido en que son enormes las salas con techos altos y lmparas, sino en el sentido en que es enorme una habitacin donde los libros no estn en estantes, sino en las paredes, en el suelo, en los rincones, y parece que hay ms libros que espacio, y crecen como plantas, y Micaela caminaba entre ellos y pensaba que este es ese lugar del que ella le?a en sus libros, ese lugar donde el vac?o se vuelve hogar, y no se equivocaba, y eso no asustaba, sino que parec?a correcto.

 Aqu? est todo lo que he escrito dijo Akira, y tom de un estante un libro, delgado, con tapa gris, y se lo extendi a Micaela, y ella lo tom, y lo abri, y vio la primera l?nea, esa misma que hab?a le?do en Buenos Aires, a las tres de la madrugada, con una copa de malbec, y las lgrimas corrieron por sus mejillas, y no las limpi, pues eran necesarias, eran lo que lava lo viejo, y despus de ellas vendr lo nuevo, y ese nuevo comenz aqu?, en esta biblioteca, con este libro en las manos.

 ?Por qu me mostr esto? pregunt Micaela, y su voz tembl, y no intent esconderlo, pues ya no quer?a esconder nada, ni de l, ni de s? misma.

Akira la mir. Mucho tiempo. Con atencin. Como se mira lo que no puedes perder, pero temes perder, y en esa mirada hab?a algo que ella no hab?a visto antes, no cansancio ni culpa, sino eso que estaba debajo, eso que l hab?a escondido toda la vida y solo ahora empezaba a mostrar, como se muestra una cicatriz que san hace tiempo pero a?n recuerda el dolor.

 No lo s dijo Akira. Y era una respuesta honesta. No una evasiva. No coqueter?a. La verdad.  Quiz porque usted es la ?nica que me ha le?do como yo escrib?. Quiz porque quiero que alguien lo vea. Quiz porque estoy cansado de esconder.




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