SUS ?LTIMOS PASOS
Alex Akimoto


  

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Alex Akimoto

SUS ?LTIMOS PASOS










SUS ?LTIMOS PASOS






PRLOGO DEL AUTOR




Este libro naci de una pregunta que no tiene respuesta.

?Qu pasa cuando dejas de correr? ?Qu pasa cuando dejas de construir muros, de escribir libros para llenar el vac?o, de fingir que la soledad es un refugio?

?Qu pasa cuando alguien entra en tu casa, en tu silencio, en tu ?ltima l?nea, y no pide permiso para quedarse?

He escrito sobre la soledad durante treinta a?os. He escrito sobre el dolor, sobre la muerte, sobre la belleza de lo que se pierde. Pero nunca escrib? sobre lo que ocurre cuando encuentras algo que no sab?as que buscabas.

Esta novela no es sobre m?. Pero podr?a serlo.

Es sobre un hombre que construy su vida sobre el vac?o. Sobre una mujer que cruz el ocano para encontrar una firma y encontr una razn para vivir. Sobre un hermano que quiso ser el primero y termin siendo el ?ltimo. Sobre una madre que eligi el deber sobre el amor. Y sobre una sombra que se convirti en luz.

No s si esta historia te llegar. No s si te har sentir algo. Pero s una cosa: si has llegado hasta aqu?, es porque tambin t? has caminado por ese corredor oscuro. Tambin t? has buscado una salida. Tambin t? has esperado que alguien dijera tu nombre en la oscuridad.

Esta novela es para quienes caminan. Para quienes no se rinden. Para quienes saben que el ?ltimo paso no es el final.

Espero que al cerrar este libro sientas que has dado un paso ms. No hacia m?. Hacia ti.

Alex Akimoto






PRLOGO




Akira se sacudi una mota de polvo invisible de la manga de su chaqueta y, sin mirar atrs, se dirigi hacia la salida del casino. Su silueta, recta y segura, se perd?a entre la multitud que corr?a hacia sus propios destinos, pero la chica lo habr?a reconocido entre mil.

Se qued inmvil junto a una columna, apretando la correa de su bolso entre los dedos, e inspir hondo para intentar calmar el pulso, que lat?a en su garganta.

l se subi al coche y el motor rugi con un sonido grave y depredador. Mikaela dio un paso adelante, a punto de chocar con un camarero que pasaba corriendo, y camin rpido tras l, manteniendo la distancia. En su cabeza, una y otra vez, aparec?an fragmentos de su ?ltimo libroesas reflexiones sobre el vac?o y la forma que describ?an con tanta exactitud su propia existencia a su lado.

El coche se desliz suavemente desde el aparcamiento, fundindose con el flujo nocturno de luces de Tokio. Mikaela se detuvo al borde de la acera, mirando las luces traseras rojas que se alejaban. Sab?a que l nunca la notar?a entre la multitud de admiradores o entre los conocidos de la alta sociedad; para l, ella era solo parte del ruido de la ciudad, un rostro ms en el mar infinito de personas.

Sin embargo, el deseo de estar cerca pesaba ms que cualquier sentido com?n. Sac el telfono, pidi un taxi, sabiendo de antemano la ruta que Akira sol?a tomar despus de las fiestas. Era su peque?a locura diariaacompa?arlo en silencio, sin que l siquiera supiera que exist?a.

Cuando el coche fren frente a un complejo residencial de lujo con seguridad en la entrada, Mikaela sali a la acera y se arregl el cabello. En las ventanas de los pisos superiores se encend?an luces, y all arriba, Akira se quitaba la chaqueta, quizs sirviendo vino caro en copas o sentndose a escribir una nueva reflexin sobre la futilidad de la existencia terrenal. Sonri, sintiendo una extra?a cercan?a con aquel desconocido.

Se acerc a la verja, esperando que el guardia la dejara pasar con su vestido sencillo y sus zapatos gastados. Cada vez sent?a un leve escalofr?o: el miedo a ser rechazada se mezclaba con una excitante anticipacin. Esta vez, el guardia, aburrido y acostumbrado a las hordas de admiradoras, solo asinti perezosamente, abrindole el paso.

Mikaela subi lentamente en el ascensor, contando los pisos y apretando en su mano un papel con el n?mero de su apartamento. Cuando las puertas se abrieron, se encontr en un pasillo impecablemente limpio, con moqueta suave que amortiguaba el sonido de sus pasos. Ol?a a perfume caro y soledad.

Se detuvo frente a una maciza puerta de madera oscura y se qued quieta. El corazn volvi a latir con fuerza, recordndole lo inapropiada que era su presencia all?. Cerr los ojos un instante, tratando de recordar las palabras de su madre sobre que a los hombres les gusta la audacia, pero en ese momento toda su confianza se hab?a desvanecido.

Se oy el sonido de una cerradura al abrirse, y la puerta se desliz lentamente hacia un lado. En el umbral apareci Akira. Sin chaqueta, con una camisa blanca y las mangas arremangadas, parec?a menos formal, pero igual de inalcanzable. Su miradafr?a, escrutadorase pos en ella con evidente desconcierto.

?Quer?a algo? pregunt con tono uniforme. No hab?a hostilidad en su voz, solo una distancia corts, que dol?a ms que cualquier rechazo brusco.

Mikaela abri la boca, pero las palabras se atascaron en su garganta. Lo mir de abajo arriba, sintiendo cmo el perfume caro y el silencio de su casa pesaban ms que su mirada. En ese momento comprendi con claridad que todo su empe?o por acortar la distancia entre ellos podr?a convertirse en una decepcin a?n mayor.

Akira inclin ligeramente la cabeza, esperando una respuesta. Su rostro permanec?a impasible, pero en el fondo de sus ojos oscuros brill un destello de curiosidad, como si intentara recordar dnde la hab?a visto antes. Ese breve titubeo le dio fuerzas a Mikaela, aunque sus manos segu?an temblando.

Yo... no quer?a molestarlo logr decir, sintiendo el calor subirle a las mejillas. Es que sus libros son muy importantes para m?, y pens que podr?a pedirle...

Se detuvo al mirar sus propios dedos, que jugueteaban nerviosos con el borde del bolso. Su voz sonaba demasiado baja, casi lastimera, frente al silencio imponente de aquel amplio vest?bulo. Parec?a que el propio apartamentocon sus l?neas severas y la ausencia de detalles superfluosexig?a la misma perfeccin de quien entraba.

?Que le firme mi libro? termin la frase Akira, y en su tono asom una leve iron?a. No parec?a molesto, sino ms bien sorprendido de que alguien hubiera llegado hasta la puerta de su casa para pedir un autgrafo, en lugar de esperar a un encuentro oficial.

?S?! exclam ella un poco ms alto de lo necesario. Por favor.

El hombre guard silencio unos segundos, haciendo que Mikaela se sumergiera por completo en una verg?enza humillante. Ya estaba a punto de disculparse e irse, cuando l de repente dio un paso atrs, dejando el camino libre.

Pase, si tanto lo necesita dijo, con un gesto que la invitaba a entrar. Pero sea breve. Tengo poco tiempo.

Con paso inseguro, Mikaela entr en el apartamento y sinti cmo el olor a tabaco caro y cuero la envolv?a por todos lados. Camin tras l por un largo pasillo, procurando no tocar las paredes ni mirar con demasiada curiosidad, pero no pudo evitar admirar el minimalismo de su hogar. Todo all? respiraba esa misma calma majestuosa que encontraba en sus textos.

Akira se detuvo junto a una imponente mesa de bano, sobre la que reposaban papeles en perfecto orden y un porttil fino. Tom un bol?grafo, sin mirarla, y alarg la mano pidiendo el libro. Mikaela sac rpidamente de su bolso el ejemplar con las esquinas dobladas, procurando no dejarlo caer por los nervios. El libro se abri soloen la pgina que hab?a rele?do ms veces. La esquina estaba doblada, y en ese pliegue estaba todo su secreto, su amor absurdo y secreto. Sus dedos rozaron la palma de lsolo un instante, pero ese contacto le produjo una descarga elctrica que hizo que su corazn saltara un latido.

Lee mis libros con tanto afn, como si buscara respuestas a preguntas que todav?a no ha formulado coment l, trazando en la guarda unos trazos rpidos y afilados con su firma.

Devolvi el libro, y ahora estaban muy cerca. Mikaela sent?a el olor de su colonia, o?a su respiracin pausada. De repente comprendi que ya no pod?a callarse e irse. El miedo se desvanec?a, dando paso a una necesidad ardiente de decir algo significativo, algo que la distinguiera de las cientos de otras lectoras.

D?game qu le gust de mis libros exigi l, cruzando los brazos y observando atentamente su reaccin. Y qu le falt en ellos. Sea honesta.

Mikaela trag saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Observ su perfilla l?nea perfecta de su mand?bula y el brillo fr?o de sus ojos, que ahora parec?an casi negros. La audacia le lleg de repente: record toda la soledad que hab?a compartido con sus l?neas por las noches, en su peque?a habitacin.

Me faltaba vida respondi en voz baja, levantando la mirada hacia l. Su vac?o es demasiado perfecto. Es hermoso, pero es imposible respirar en l mucho tiempo. ?No siente fr?o usted mismo?

Las cejas de Akira se alzaron ligeramente. Por primera vez, su mscara de absoluta calma se resquebraj; en su expresin apareci algo parecido a un sincero asombro. No esperaba una respuesta tan directa de una chica con las mejillas encendidas y las manos temblorosas. Entre ellos se tendi un silencio espeso, lleno de incertidumbre y de una tensin nueva y apenas perceptible.

?Cree que sufro en este vac?o? Akira acort lentamente la distancia, su voz se volvi ms grave y profunda. ?O piensa que deber?a simular la alegr?a de vivir para su comodidad?

Mikaela sinti que su presencia llenaba todo el espacio, desplazando el aire y los pensamientos. Quiso retroceder, pero sus piernas parec?an pegadas al suelo. Sonrojndose a?n ms, intent reunir los restos de su confianza para no parecer rid?cula ante sus ojos.

No lo s susurr, mirndolo directamente a la cara. Pero a veces parece que detrs de tanta perfeccin se esconde alguien que tambin necesita respirar. Alguien que busca una salida tan desesperadamente como todos los dems.

Akira se qued quieto, escudri?ando sus rasgos como si intentara comprender de dnde hab?a sacado tanta audacia aquella muchacha frgil. Su mirada se desliz hacia sus labios, y luego volvi a sus ojos. En ese silencio hab?a ms sentido que en miles de palabras de sus novelas; vibraba con preguntas no formuladas y una tensin que no se atrev?a a nombrarse.

Se ha acercado peligrosamente a la verdad dijo por fin, y en su tono asom por primera vez algo humano. Pero la verdad rara vez trae alivio. Normalmente solo trae la conciencia de lo atrapados que estamos.

Dio un paso casi imperceptible hacia ella, y Mikaela sinti el calor de su cuerpo. El aire a su alrededor se volvi denso y pesado. Ve?a cada una de sus pesta?as, cada movimiento de los m?sculos de su rostro, y todo le parec?a infinitamente hermoso y aterrador al mismo tiempo.

?Quiere decir que incluso en su mundo hay lugar para el dolor? Mikaela not que su voz temblaba, pero no apart la mirada. ?O es solo parte de la imagen que vende a sus lectores?

Akira solt una risa amarga, casi furiosa. Se gir bruscamente y se dirigi al bar del saln; ella lo sigui, incapaz de romper ese extra?o v?nculo que hab?a surgido entre ellos.

Todos buscan en la literatura un reflejo de su propio sufrimiento para no sentirse solos dijo, sirviendo un l?quido transparente en dos vasos, sin ofrecerle siquiera a elegir. Pero nadie quiere saber el precio de esa sinceridad. ?Ha venido por un autgrafo y ha encontrado una decepcin?

Mikaela acept el vaso y sinti cmo el hielo quemaba sus dedos. El alcohol era fuerte y spero, le quem la garganta y la hizo fruncir el ce?o. Akira observaba su reaccin con fr?o inters, mientras hac?a girar su propio vaso.

No me es indiferente dijo ella en voz baja, volviendo a su pregunta. Usted escribe sobre el vac?o como si lo conociera de primera mano. Pero ?qu pasar con usted si alguien lo llena? ?O est demasiado acostumbrado a estar solo?

La costumbre es la forma ms peligrosa de comodidad respondi l, y por un instante brill en su mirada un cansancio tan profundo que Mikaela dese tender la mano y tocar su hombro. Vyase a casa, muchacha. Ya tiene su firma. No tenemos nada ms que hablar.

Sin esperar tal atrevimiento de s? misma, lo mir con desaf?o y pregunt:

?Ha estado alguna vez en Argentina?

Akira se qued inmvil con el vaso cerca de los labios. El hielo tintine suavemente contra el cristal, y su expresin cambiahora mostraba un desconcierto sincero, mezclado con un leve fastidio. Dej el vaso lentamente sobre la superficie pulida de la barra, sin apartar la mirada de ella.

?De dnde salen esas preguntas? su voz se volvi fr?a, casi de acero. ?Qu relacin tiene mi geograf?a de viajes con esta conversacin?

Mikaela apret el vaso con ms fuerza, sintiendo cmo el fr?o del l?quido se transmit?a a sus dedos.

En sus ?ltimas obras hay muchas descripciones del sol del sur, del olor a hierbas amargas y del polvo que se posa en la piel. Pens... quiz buscaba algo all?.

Buscaba silencio cort l, pero en su mirada ya no hab?a la indiferencia de antes. Ahora la miraba como si la viera por primera vez. Que ya no existe en Japn.

?Y lo encontr? Mikaela dio medio paso adelante, acortando la distancia. ?O el vac?o lo sigue a todas partes, incluso a travs de los ocanos?

Akira no respondi. Solo la mir fijamente, y en ese silencio Mikaela sinti un extra?o desaf?o. Hab?a algo en su presencia que la hac?a olvidar las normas y el miedo; sent?a que en ese momento se decid?a el desenlace de aquella nochesi se ir?a con las manos vac?as o si podr?a dejar una huella en su mundo perfecto.

Call durante tanto tiempo que Mikaela casi se arrepinti de su audacia. Pero entonces Akira dej el vaso sobre la barra con un golpe sordo y acort lentamente la distancia entre ellos. Cuando estuvo a su lado, se inclin hacia su o?do, y ella sinti el calor de su aliento, mezclado con el aroma del whisky caro.

Es demasiado perspicaz para ser una simple admiradora dijo casi en un susurro. Su voz ya no era fr?a; ahora ten?a una tensin extra?a y contenida. ?Cmo sabe lo de las hierbas amargas y el sol que quema la piel?

Mikaela contuvo la respiracin, sintiendo cmo su corazn lat?a desbocado.

Porque recuerdo ese olor. Recuerdo cmo el sol seca la tierra hasta que se agrieta, convirtiendo todo lo vivo en ceniza. Ese es mi hogar.

Akira se apart para mirarla a la cara. En sus ojos brill algo parecido al reconocimiento o, quizs, a una profunda nostalgia. Por un instante, la mscara de indiferencia cay por completo, dejando ver el verdadero rostro de un hombre que hab?a estado demasiado tiempo oculto tras sus palabras.

Argentina, entonces dijo en voz baja. Sus dedos rozaron la superficie de la barra, muy cerca de la mano de ella. Quizs por eso nota lo que los dems pasan por alto. No ve la forma del texto, sino su esencia.

Es peligroso ver la esencia de las cosas respondi Mikaela, sorprendida por su propia seguridad.

Sin duda. Sobre todo cuando se trata de alguien como yo.

De repente, l tom su mano, y sus dedos estaban calientes, casi ardientes. Mikaela se sobresalt, pero no intent apartarse. No hab?a rudeza ni imposicin en ese gesto; solo un reconocimiento mudo de su derecho a estar all?, en ese espacio estril que hab?a creado para su soledad.

No se parece a quienes suelen buscar mi atencin dijo Akira, sin soltar su mano. Su pulgar roz apenas su mu?eca, donde lat?a la vena. Ellos solo quieren tocar la fama o recibir la aprobacin del autor. Pero usted... me mira como si yo fuera un criminal que ha cometido algo terrible.

Mikaela sonri con timidez, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo. Intent bromear para disimular su nerviosismo, pero su voz tembl.

?Criminal? No, qu va. Ms bien rehn de su propio talento. Ha creado un mundo tan denso a su alrededor que ni siquiera usted puede escapar de l.

Akira sonri, y fue la primera emocin sincera que ella le ve?a. Solt su mano lentamente, pero no se apart ni un paso. Ahora solo los separaban unos cent?metrosun espacio peligroso y magntico, lleno de palabras no dichas.

Entonces, ?su misin es salvarme? en su voz asom un tono irnico, pero ahora ms suave. Es un impulso muy noble para una chica que hace diez minutos apenas se atrev?a a hablarme.

No pienso salvarlo replic Mikaela, alzando la cabeza y encontrando su mirada. Solo quiero saber cunto cuesta su silencio. ?Vale la pena estar tan solo en una casa tan grande?

En ese momento, Akira dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia al m?nimo. Mikaela sinti que l acaparaba toda su atencin; el resto del mundo dej de existir. Solo quedaban dos personas en el saln a media luz, rodeadas de sombras de muebles caros y el olor a papel viejo y whisky.

Entonces, desde la habitacin contigua, entr corriendo un perro. La cola le vibraba de alegr?a, y en sus grandes ojos brillaba una felicidad genuina. Al ver a su due?o, el perro ladr de alegr?a y se lanz hacia l, saltando para alcanzar su mano.

El hombre cambi por completo. La frialdad desapareci, y en su lugar apareci una calidez inesperada; recibi el embate del animal con una sonrisa. Akira se agach, dejando que el perro le lamiera la cara, y ri en voz bajaun sonido que Mikaela nunca hab?a o?do en sus entrevistas o apariciones p?blicas.

Tranquilo, Hachi, tranquilo dijo entre risas, acaricindole la nuca. ?Ves? Tenemos visita.

El perro, al o?r la voz de su due?o, se calm y mir a la chica con curiosidad. Mikaela se qued paralizada, observando esa escena; el contraste entre el escritor severo y su apego al perro era tan grande que contuvo el aliento. Ese momento rompi toda la atmsfera de artificio que impregnaba el apartamento.

Disculpe dijo Akira, levantndose y arreglndose la camisa, mientras lanzaba una mirada rpida a Mikaela. No sabe comportarse con extra?os.

Es maravilloso dijo ella en voz baja, sintiendo una extra?a ligereza.

Akira ya no parec?a el dios inalcanzable de sus libros ni el intelectual enigmtico de las portadas de las revistas. En ese instante era solo un hombre que quer?a a su perro y que, quizs, necesitaba compa??a ms de lo que estaba dispuesto a admitir incluso ante s? mismo. Su mirada se volvi pensativa, y volvi a posarla en ella, pero ahora no hab?a desaf?o, solo una pregunta silenciosa.

?Puedo acariciarlo? pregunt Mikaela casi en un susurro, dando un paso cauteloso hacia adelante.

Akira dud, mirando alternativamente a la chica y al perro, que ya se hab?a echado en el suelo con esperanza, esperando permiso. La tensin que hab?a entre ellos un momento antes se disip, dando paso a algo ms sencillo y vivo. l asinti ligeramente, apartndose para darle acceso a Hachi.

Mikaela se arrodill, sintiendo el fr?o del suelo en sus rodillas. El perro le hundi el hocico h?medo en la palma, emitiendo un sonido suave y lastimero. Ella ri, hundiendo los dedos en el pelaje espeso detrs de sus orejas; el perro cerr los ojos con expresin de felicidad, buscando su caricia. El perro le lami la mano. Calor. spero. Real. Y Mikaela comprendi de repente: era el primer contacto en un mes del que no hab?a querido apartarse.

Es muy bueno coment, levantando la mirada hacia Akira.

El escritor estaba de pie, con los brazos cruzados, observndola en silencio. En la penumbra del saln, su silueta parec?a a?n ms solitaria, pero en su rostro ya no estaba esa mscara r?gida que la hab?a recibido en la puerta.

Es el ?nico en esta casa que dice la verdad respondi en voz baja. Los perros no mienten, a diferencia de las personas y las palabras.

Mikaela sigui acariciando al perro, sintiendo cmo la respiracin r?tmica del animal calmaba su propio corazn. La distancia entre ella y Akira ya no parec?a insalvable; se hab?a convertido en un espacio que pod?a llenarse no solo con las palabras de los libros, sino con algo ms autntico.

A veces la verdad es demasiado simple para que la noten dijo, levantndose y sin soltar la pata de Hachi. Pero son esas cosas las que nos hacen humanos.

Akira no respondi, pero en el fondo de sus ojos brill un respeto extra?o. Tom lentamente su vaso. Bebi un sorbo. Sin apartar la mirada de ella. As? no se mira a quien ha cambiado el orden. As? se mira a quien ha entrado en la casa y no ha tenido miedo del silencio. Y esa mirada asust a Mikaela ms que sus preguntas.

FIN DEL PRLOGO






CAP?TULO 1. La golondrina


Akira se sacudi una mota de polvo invisible de la manga de su chaqueta y, sin mirar atrs, se dirigi hacia la salida del casino. Su silueta, recta y segura, se perd?a entre la multitud que corr?a hacia sus propios destinos, pero la chica lo habr?a reconocido entre mil.

Se qued inmvil junto a una columna, apretando la correa de su bolso entre los dedos, e inspir hondo para intentar calmar el pulso, que lat?a en su garganta.

l se subi al coche y el motor rugi con un sonido grave y depredador. Mikaela dio un paso adelante, a punto de chocar con un camarero que pasaba corriendo, y camin rpido tras l, manteniendo la distancia. En su cabeza, una y otra vez, aparec?an fragmentos de su ?ltimo libroesas reflexiones sobre el vac?o y la forma que describ?an con tanta exactitud su propia existencia a su lado.

El coche se desliz suavemente desde el aparcamiento, fundindose con el flujo nocturno de luces de Tokio. Mikaela se detuvo al borde de la acera, mirando las luces traseras rojas que se alejaban. Sab?a que l nunca la notar?a entre la multitud de admiradores o entre los conocidos de la alta sociedad; para l, ella era solo parte del ruido de la ciudad, un rostro ms en el mar infinito de personas.

Sin embargo, el deseo de estar cerca pesaba ms que cualquier sentido com?n. Sac el telfono, pidi un taxi, sabiendo de antemano la ruta que Akira sol?a tomar despus de las fiestas. Era su peque?a locura diariaacompa?arlo en silencio, sin que l siquiera supiera que exist?a.

Cuando el coche fren frente a un complejo residencial de lujo con seguridad en la entrada, Mikaela sali a la acera y se arregl el cabello. En las ventanas de los pisos superiores se encend?an luces, y all arriba, Akira se quitaba la chaqueta, quizs sirviendo vino caro en copas o sentndose a escribir una nueva reflexin sobre la futilidad de la existencia terrenal. Sonri, sintiendo una extra?a cercan?a con aquel desconocido.

Se acerc a la verja, esperando que el guardia la dejara pasar con su vestido sencillo y sus zapatos gastados. Cada vez sent?a un leve escalofr?o: el miedo a ser rechazada se mezclaba con una excitante anticipacin. Esta vez, el guardia, aburrido y acostumbrado a las hordas de admiradoras, solo asinti perezosamente, abrindole el paso.

Mikaela subi lentamente en el ascensor, contando los pisos y apretando en su mano un papel con el n?mero de su apartamento. Cuando las puertas se abrieron, se encontr en un pasillo impecablemente limpio, con moqueta suave que amortiguaba el sonido de sus pasos. Ol?a a perfume caro y soledad.

Se detuvo frente a una maciza puerta de madera oscura y se qued quieta. El corazn volvi a latir con fuerza, recordndole lo inapropiada que era su presencia all?. Cerr los ojos un instante, tratando de recordar las palabras de su madre sobre que a los hombres les gusta la audacia, pero en ese momento toda su confianza se hab?a desvanecido.

Se oy el sonido de una cerradura al abrirse, y la puerta se desliz lentamente hacia un lado. En el umbral apareci Akira. Sin chaqueta, con una camisa blanca y las mangas arremangadas, parec?a menos formal, pero igual de inalcanzable. Su miradafr?a, escrutadorase pos en ella con evidente desconcierto.

?Quer?a algo? pregunt con tono uniforme. No hab?a hostilidad en su voz, solo una distancia corts, que dol?a ms que cualquier rechazo brusco.

Mikaela abri la boca, pero las palabras se atascaron en su garganta. Lo mir de abajo arriba, sintiendo cmo el perfume caro y el silencio de su casa pesaban ms que su mirada. En ese momento comprendi con claridad que todo su empe?o por acortar la distancia entre ellos podr?a convertirse en una decepcin a?n mayor.

Akira inclin ligeramente la cabeza, esperando una respuesta. Su rostro permanec?a impasible, pero en el fondo de sus ojos oscuros brill un destello de curiosidad, como si intentara recordar dnde la hab?a visto antes. Ese breve titubeo le dio fuerzas a Mikaela, aunque sus manos segu?an temblando.

Yo... no quer?a molestarlo logr decir, sintiendo el calor subirle a las mejillas. Es que sus libros son muy importantes para m?, y pens que podr?a pedirle...

Se detuvo al mirar sus propios dedos, que jugueteaban nerviosos con el borde del bolso. Su voz sonaba demasiado baja, casi lastimera, frente al silencio imponente de aquel amplio vest?bulo. Parec?a que el propio apartamentocon sus l?neas severas y la ausencia de detalles superfluosexig?a la misma perfeccin de quien entraba.

?Que le firme mi libro? termin la frase Akira, y en su tono asom una leve iron?a. No parec?a molesto, sino ms bien sorprendido de que alguien hubiera llegado hasta la puerta de su casa para pedir un autgrafo, en lugar de esperar a un encuentro oficial.

?S?! exclam ella un poco ms alto de lo necesario. Por favor.

El hombre guard silencio unos segundos, haciendo que Mikaela se sumergiera por completo en una verg?enza humillante. Ya estaba a punto de disculparse e irse, cuando l de repente dio un paso atrs, dejando el camino libre.

Pase, si tanto lo necesita dijo, con un gesto que la invitaba a entrar. Pero sea breve. Tengo poco tiempo.

Con paso inseguro, Mikaela entr en el apartamento y sinti cmo el olor a tabaco caro y cuero la envolv?a por todos lados. Camin tras l por un largo pasillo, procurando no tocar las paredes ni mirar con demasiada curiosidad, pero no pudo evitar admirar el minimalismo de su hogar. Todo all? respiraba esa misma calma majestuosa que encontraba en sus textos.

Akira se detuvo junto a una imponente mesa de bano, sobre la que reposaban papeles en perfecto orden y un porttil fino. Tom un bol?grafo, sin mirarla, y alarg la mano pidiendo el libro. Mikaela sac rpidamente de su bolso el ejemplar con las esquinas dobladas, procurando no dejarlo caer por los nervios. El libro se abri soloen la pgina que hab?a rele?do ms veces. La esquina estaba doblada, y en ese pliegue estaba todo su secreto, su amor absurdo y secreto. Sus dedos rozaron la palma de lsolo un instante, pero ese contacto le produjo una descarga elctrica que hizo que su corazn saltara un latido.

Lee mis libros con tanto afn, como si buscara respuestas a preguntas que todav?a no ha formulado coment l, trazando en la guarda unos trazos rpidos y afilados con su firma.

Devolvi el libro, y ahora estaban muy cerca. Mikaela sent?a el olor de su colonia, o?a su respiracin pausada. De repente comprendi que ya no pod?a callarse e irse. El miedo se desvanec?a, dando paso a una necesidad ardiente de decir algo significativo, algo que la distinguiera de las cientos de otras lectoras.

D?game qu le gust de mis libros exigi l, cruzando los brazos y observando atentamente su reaccin. Y qu le falt en ellos. Sea honesta.

Mikaela trag saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Observ su perfilla l?nea perfecta de su mand?bula y el brillo fr?o de sus ojos, que ahora parec?an casi negros. La audacia le lleg de repente: record toda la soledad que hab?a compartido con sus l?neas por las noches, en su peque?a habitacin.

Me faltaba vida respondi en voz baja, levantando la mirada hacia l. Su vac?o es demasiado perfecto. Es hermoso, pero es imposible respirar en l mucho tiempo. ?No siente fr?o usted mismo?

Las cejas de Akira se alzaron ligeramente. Por primera vez, su mscara de absoluta calma se resquebraj; en su expresin apareci algo parecido a un sincero asombro. No esperaba una respuesta tan directa de una chica con las mejillas encendidas y las manos temblorosas. Entre ellos se tendi un silencio espeso, lleno de incertidumbre y de una tensin nueva y apenas perceptible.

?Cree que sufro en este vac?o? Akira acort lentamente la distancia, su voz se volvi ms grave y profunda. ?O piensa que deber?a simular la alegr?a de vivir para su comodidad?

Mikaela sinti que su presencia llenaba todo el espacio, desplazando el aire y los pensamientos. Quiso retroceder, pero sus piernas parec?an pegadas al suelo. Sonrojndose a?n ms, intent reunir los restos de su confianza para no parecer rid?cula ante sus ojos.

No lo s susurr, mirndolo directamente a la cara. Pero a veces parece que detrs de tanta perfeccin se esconde alguien que tambin necesita respirar. Alguien que busca una salida tan desesperadamente como todos los dems.

Akira se qued quieto, escudri?ando sus rasgos como si intentara comprender de dnde hab?a sacado tanta audacia aquella muchacha frgil. Su mirada se desliz hacia sus labios, y luego volvi a sus ojos. En ese silencio hab?a ms sentido que en miles de palabras de sus novelas; vibraba con preguntas no formuladas y una tensin que no se atrev?a a nombrarse.

Se ha acercado peligrosamente a la verdad dijo por fin, y en su tono asom por primera vez algo humano. Pero la verdad rara vez trae alivio. Normalmente solo trae la conciencia de lo atrapados que estamos.

Dio un paso casi imperceptible hacia ella, y Mikaela sinti el calor de su cuerpo. El aire a su alrededor se volvi denso y pesado. Ve?a cada una de sus pesta?as, cada movimiento de los m?sculos de su rostro, y todo le parec?a infinitamente hermoso y aterrador al mismo tiempo.

?Quiere decir que incluso en su mundo hay lugar para el dolor? Mikaela not que su voz temblaba, pero no apart la mirada. ?O es solo parte de la imagen que vende a sus lectores?

Akira solt una risa amarga, casi furiosa. Se gir bruscamente y se dirigi al bar del saln; ella lo sigui, incapaz de romper ese extra?o v?nculo que hab?a surgido entre ellos.

Todos buscan en la literatura un reflejo de su propio sufrimiento para no sentirse solos dijo, sirviendo un l?quido transparente en dos vasos, sin ofrecerle siquiera a elegir. Pero nadie quiere saber el precio de esa sinceridad. ?Ha venido por un autgrafo y ha encontrado una decepcin?

Mikaela acept el vaso y sinti cmo el hielo quemaba sus dedos. El alcohol era fuerte y spero, le quem la garganta y la hizo fruncir el ce?o. Akira observaba su reaccin con fr?o inters, mientras hac?a girar su propio vaso.

No me es indiferente dijo ella en voz baja, volviendo a su pregunta. Usted escribe sobre el vac?o como si lo conociera de primera mano. Pero ?qu pasar con usted si alguien lo llena? ?O est demasiado acostumbrado a estar solo?

La costumbre es la forma ms peligrosa de comodidad respondi l, y por un instante brill en su mirada un cansancio tan profundo que Mikaela dese tender la mano y tocar su hombro. Vyase a casa, muchacha. Ya tiene su firma. No tenemos nada ms que hablar.

Sin esperar tal atrevimiento de s? misma, lo mir con desaf?o y pregunt:

?Ha estado alguna vez en Argentina?

Akira se qued inmvil con el vaso cerca de los labios. El hielo tintine suavemente contra el cristal, y su expresin cambiahora mostraba un desconcierto sincero, mezclado con un leve fastidio. Dej el vaso lentamente sobre la superficie pulida de la barra, sin apartar la mirada de ella.

?De dnde salen esas preguntas? su voz se volvi fr?a, casi de acero. ?Qu relacin tiene mi geograf?a de viajes con esta conversacin?

Mikaela apret el vaso con ms fuerza, sintiendo cmo el fr?o del l?quido se transmit?a a sus dedos.

En sus ?ltimas obras hay muchas descripciones del sol del sur, del olor a hierbas amargas y del polvo que se posa en la piel. Pens... quiz buscaba algo all?.

Buscaba silencio cort l, pero en su mirada ya no hab?a la indiferencia de antes. Ahora la miraba como si la viera por primera vez. Que ya no existe en Japn.

?Y lo encontr? Mikaela dio medio paso adelante, acortando la distancia. ?O el vac?o lo sigue a todas partes, incluso a travs de los ocanos?

Akira no respondi. Solo la mir fijamente, y en ese silencio Mikaela sinti un extra?o desaf?o. Hab?a algo en su presencia que la hac?a olvidar las normas y el miedo; sent?a que en ese momento se decid?a el desenlace de aquella nochesi se ir?a con las manos vac?as o si podr?a dejar una huella en su mundo perfecto.

Call durante tanto tiempo que Mikaela casi se arrepinti de su audacia. Pero entonces Akira dej el vaso sobre la barra con un golpe sordo y acort lentamente la distancia entre ellos. Cuando estuvo a su lado, se inclin hacia su o?do, y ella sinti el calor de su aliento, mezclado con el aroma del whisky caro.

Es demasiado perspicaz para ser una simple admiradora dijo casi en un susurro. Su voz ya no era fr?a; ahora ten?a una tensin extra?a y contenida. ?Cmo sabe lo de las hierbas amargas y el sol que quema la piel?

Mikaela contuvo la respiracin, sintiendo cmo su corazn lat?a desbocado.

Porque recuerdo ese olor. Recuerdo cmo el sol seca la tierra hasta que se agrieta, convirtiendo todo lo vivo en ceniza. Ese es mi hogar.

Akira se apart para mirarla a la cara. En sus ojos brill algo parecido al reconocimiento o, quizs, a una profunda nostalgia. Por un instante, la mscara de indiferencia cay por completo, dejando ver el verdadero rostro de un hombre que hab?a estado demasiado tiempo oculto tras sus palabras.

Argentina, entonces dijo en voz baja. Sus dedos rozaron la superficie de la barra, muy cerca de la mano de ella. Quizs por eso nota lo que los dems pasan por alto. No ve la forma del texto, sino su esencia.

Es peligroso ver la esencia de las cosas respondi Mikaela, sorprendida por su propia seguridad.

Sin duda. Sobre todo cuando se trata de alguien como yo.

De repente, l tom su mano, y sus dedos estaban calientes, casi ardientes. Mikaela se sobresalt, pero no intent apartarse. No hab?a rudeza ni imposicin en ese gesto; solo un reconocimiento mudo de su derecho a estar all?, en ese espacio estril que hab?a creado para su soledad.

No se parece a quienes suelen buscar mi atencin dijo Akira, sin soltar su mano. Su pulgar roz apenas su mu?eca, donde lat?a la vena. Ellos solo quieren tocar la fama o recibir la aprobacin del autor. Pero usted... me mira como si yo fuera un criminal que ha cometido algo terrible.

Mikaela sonri con timidez, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo. Intent bromear para disimular su nerviosismo, pero su voz tembl.

?Criminal? No, qu va. Ms bien rehn de su propio talento. Ha creado un mundo tan denso a su alrededor que ni siquiera usted puede escapar de l.

Akira sonri, y fue la primera emocin sincera que ella le ve?a. Solt su mano lentamente, pero no se apart ni un paso. Ahora solo los separaban unos cent?metrosun espacio peligroso y magntico, lleno de palabras no dichas.

Entonces, ?su misin es salvarme? en su voz asom un tono irnico, pero ahora ms suave. Es un impulso muy noble para una chica que hace diez minutos apenas se atrev?a a hablarme.

No pienso salvarlo replic Mikaela, alzando la cabeza y encontrando su mirada. Solo quiero saber cunto cuesta su silencio. ?Vale la pena estar tan solo en una casa tan grande?

En ese momento, Akira dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia al m?nimo. Mikaela sinti que l acaparaba toda su atencin; el resto del mundo dej de existir. Solo quedaban dos personas en el saln a media luz, rodeadas de sombras de muebles caros y el olor a papel viejo y whisky.

Entonces, desde la habitacin contigua, entr corriendo un perro. La cola le vibraba de alegr?a, y en sus grandes ojos brillaba una felicidad genuina. Al ver a su due?o, el perro ladr de alegr?a y se lanz hacia l, saltando para alcanzar su mano.

El hombre cambi por completo. La frialdad desapareci, y en su lugar apareci una calidez inesperada; recibi el embate del animal con una sonrisa. Akira se agach, dejando que el perro le lamiera la cara, y ri en voz bajaun sonido que Mikaela nunca hab?a o?do en sus entrevistas o apariciones p?blicas.

Tranquilo, Hachi, tranquilo dijo entre risas, acaricindole la nuca. ?Ves? Tenemos visita.

El perro, al o?r la voz de su due?o, se calm y mir a la chica con curiosidad. Mikaela se qued paralizada, observando esa escena; el contraste entre el escritor severo y su apego al perro era tan grande que contuvo el aliento. Ese momento rompi toda la atmsfera de artificio que impregnaba el apartamento.

Disculpe dijo Akira, levantndose y arreglndose la camisa, mientras lanzaba una mirada rpida a Mikaela. No sabe comportarse con extra?os.

Es maravilloso dijo ella en voz baja, sintiendo una extra?a ligereza.

Akira ya no parec?a el dios inalcanzable de sus libros ni el intelectual enigmtico de las portadas de las revistas. En ese instante era solo un hombre que quer?a a su perro y que, quizs, necesitaba compa??a ms de lo que estaba dispuesto a admitir incluso ante s? mismo. Su mirada se volvi pensativa, y volvi a posarla en ella, pero ahora no hab?a desaf?o, solo una pregunta silenciosa.

?Puedo acariciarlo? pregunt Mikaela casi en un susurro, dando un paso cauteloso hacia adelante.

Akira dud, mirando alternativamente a la chica y al perro, que ya se hab?a echado en el suelo con esperanza, esperando permiso. La tensin que hab?a entre ellos un momento antes se disip, dando paso a algo ms sencillo y vivo. l asinti ligeramente, apartndose para darle acceso a Hachi.

Mikaela se arrodill, sintiendo el fr?o del suelo en sus rodillas. El perro le hundi el hocico h?medo en la palma, emitiendo un sonido suave y lastimero. Ella ri, hundiendo los dedos en el pelaje espeso detrs de sus orejas; el perro cerr los ojos con expresin de felicidad, buscando su caricia. El perro le lami la mano. Calor. spero. Real. Y Mikaela comprendi de repente: era el primer contacto en un mes del que no hab?a querido apartarse.

Es muy bueno coment, levantando la mirada hacia Akira.

El escritor estaba de pie, con los brazos cruzados, observndola en silencio. En la penumbra del saln, su silueta parec?a a?n ms solitaria, pero en su rostro ya no estaba esa mscara r?gida que la hab?a recibido en la puerta.

Es el ?nico en esta casa que dice la verdad respondi en voz baja. Los perros no mienten, a diferencia de las personas y las palabras.

Mikaela sigui acariciando al perro, sintiendo cmo la respiracin r?tmica del animal calmaba su propio corazn. La distancia entre ella y Akira ya no parec?a insalvable; se hab?a convertido en un espacio que pod?a llenarse no solo con las palabras de los libros, sino con algo ms autntico.

A veces la verdad es demasiado simple para que la noten dijo, levantndose y sin soltar la pata de Hachi. Pero son esas cosas las que nos hacen humanos.

Akira no respondi, pero en el fondo de sus ojos brill un respeto extra?o. Tom lentamente su vaso. Bebi un sorbo. Sin apartar la mirada de ella. As? no se mira a quien ha cambiado el orden. As? se mira a quien ha entrado en la casa y no ha tenido miedo del silencio. Y esa mirada asust a Mikaela ms que sus preguntas.






CAP?TULO 2. Una gota de lluvia




De repente, desde el fondo del apartamento, son un telfono con un timbre agudo y estridente. Akira se estremeci, perdiendo al instante toda suavidad: su expresin volvi a ser concentrada y dura. Con una breve disculpa, se dirigi rpidamente al estudio, dejando a Mikaela a solas con Hachi.

La chica se qued quieta, escuchando los sonidos amortiguados de la conversacin. La voz de Akira se volvi grave, vibrando de ira contenida. Llegaban palabras sueltas, pero una frase hizo que su corazn se encogiera. Hablaban de su coche descapotableese mismo coche que tanto le gustaba. Alguien lo hab?a incendiado deliberadamente en el aparcamiento.

Maldita sea se oy desde la habitacin. ?Cmo pudieron pasar la seguridad?

Mikaela sinti que algo se contra?a dentro de ella. Sab?a que muchos admiradores de Akiyama Haruki cruzaban la l?nea de la obsesin, pero la violencia f?sica contra la propiedad parec?a algo fuera de toda medida, incluso para ellos.

Bajo ahora continu Akira, y en su voz son una determinacin fr?a. D?ganle a la polic?a que guarden todas las grabaciones de las cmaras. Y encuentren a quien permiti ese acceso.

Colg el telfono con un golpe sordo y volvi al saln. Su mirada era concentrada, sus labios apretados en una l?nea fina. Ya no reparaba en Mikaela; toda su atencin estaba en el incidente exterior.

Tengo que irme dijo, tomando la chaqueta del silln y ponindosela al salir. Disculpe por este incidente. Hachi, qudate aqu?.

Sali a toda prisa, dejndola en medio de la enorme sala con una expresin de desconcierto congelada en el rostro. La puerta se cerr, y en el apartamento se instal un silencio ensordecedor, roto solo por el suave resoplido del perro a sus pies.

Hachi se acerc a la puerta y apoy el hocico en la madera barnizada. Luego se sent. Luego se ech, con la cabeza entre las patas. Y gimibajo, casi sin sonido, como solo los perros saben hacer cuando no entienden por qu los han dejado solos.

Mikaela se qued sola, apretando el libro con el autgrafo en las manos. El aire fr?o del apartamento, que antes le parec?a majestuoso, ahora se sent?a hostil y vac?o. Mir a Hachi; el perro segu?a inmvil, con las orejas pegadas al cuerpo, mirando con tristeza la puerta cerrada tras la que hab?a desaparecido su due?o.

La sensacin de impotencia la invadi. Quiso correr tras Akira, ofrecerle ayuda o simplemente estar a su lado en ese momento, pero el sentido com?n la reten?a. Comprendi que ahora sobraba. Su presencia all? se hab?a convertido en una casualidad que ya no importaba.

Respir hondo y se dirigi lentamente hacia la salida, procurando no hacer ruido. Cada paso resonaba en los altos techos del vest?bulo, subrayando la soledad de aquel lugar. Cuando tom el pomo de la puerta, Hachi ladr suavemente, como pidindole que se quedara. Mikaela se detuvo, se volvi hacia el perro, y en sus ojos brillaron lgrimas.

Lo siento, chico susurr. Tengo que irme.

Sali al rellano y cerr la puerta. Mientras bajaba las escaleras, segu?a sintiendo en su piel el calor de sus manos y oyendo el eco de su voz. La noche que hab?a comenzado con un sue?o t?mido se hab?a convertido en un extra?o choque de dos mundos: su ingenua fe en la sinceridad y la cruel realidad de l.

Al salir a la calle, vio a lo lejos destellos de luces azules y rojas de coches de polic?a. El corazn le lati ms rpido: l estaba all?. Mikaela dio el primer paso hacia el aparcamiento, incapaz de irse sin ms. Algo dentro de ella exig?a ver el final de esa escena, saber si el hombre de espina de acero pod?a con el caos que intentaban arrojar sobre l.

Cuando se acerc a los restos calcinados del coche, el olor acre a caucho quemado y gasolina le golpe la nariz, hacindola fruncir el ce?o. Alrededor del coche hab?a gente, algunos grababan con el mvil, otros hablaban con los polic?as. Akira estaba apartado, con los brazos cruzados; su figura, perdida entre las sombras de las columnas de hormign del aparcamiento, parec?a a?n ms frgil y solitaria.

Se detuvo a unos metros de l, sin atreverse a acercarse ms. l not su presencia, pero no gir la cabeza. Su mirada estaba fija en los restos chamuscados del asiento de cuero, y en esa mirada Mikaela ley no tanto rabia como un cansancio infinito y agotador.

Todav?a est aqu? dijo l, despus de un largo silencio, sin mirarla. ?Por qu no se fue?

No pod?a dejarlo solo respondi ella en voz baja, acercndose. Incluso si usted quiere que lo haga.

Akira se volvi hacia ella. La luz de las luces de polic?a te??a su rostro plido de tonos azules y rojos, creando el efecto de una mscara a punto de resquebrajarse. La mir a los ojos durante un largo rato, como si intentara entender qu hac?a que aquella muchacha se quedara a su lado en el momento ms inoportuno.

Esto es parte de mi vida dijo, y la comisura de sus labios se tens ligeramente. El reverso de la fama. A la gente le gustan mis libros, pero odian a quien los escribe.

Mikaela toc su codo con cuidado, sintiendo el fr?o de su piel a travs de la tela de la chaqueta. Akira no se apart; al contrario, se inclin ligeramente hacia ella, aceptando ese consuelo fugaz como el ?nico apoyo real en medio del caos. Por un instante estuvieron juntosdos extra?os en medio de cenizas y escombros, unidos por una extra?a solidaridad ante la destruccin sin sentido. Una destruccin que engendraba algo nuevo e inexplorado entre ellos, donde los a?os eran pocas y las distancias, siglos.

Mi coche es solo metal dijo Akira de repente, y en su voz son una claridad extra?a, casi dolorosa. Pero lo que intentaron llevarse con l...

Call, mirando a travs de Mikaela hacia la oscuridad del aparcamiento donde se disolv?an las sombras. La chica sinti cmo el viento nocturno y fr?o se colaba bajo su ropa, hacindola estremecerse. Akira lo not; lentamente se quit la chaqueta y la puso sobre los hombros de ella, recuperando su actitud contenida de antes.

Aqu? hay demasiada humedad para usted dijo. Perm?tame acompa?arla a un taxi.

Mikaela apret los bordes de su chaqueta, aspirando el sutil aroma a perfume y tabaco caro. No quer?a irse; sent?a que si desaparec?a de ese espacio ahora, nunca ms lo ver?a tan autntico. Sin la proteccin de pginas y portadas, sin la distancia que hab?a construido durante a?os con tanto cuidado.

?No va a escribir sobre esto en su prximo libro? pregunt en voz baja, mirndolo de abajo arriba.

Akira se detuvo y la mir con atencin. En sus ojos se reflejaban las luces de los coches de polic?a, creando la ilusin de un brillo febril.

?Sobre qu concretamente? ?Sobre que no pude soportarlo? ?O sobre que una chica cualquiera decidi ser mi testigo esta noche?

Sobre que le doli.

Call durante un largo rato antes de responder. Cuando habl, su voz era baja y peligrosamente profunda:

Hay cosas que son demasiado caras para convertirlas en letras. Hay verdades que solo pertenecen a una persona.

Apret ligeramente su hombro, indicndole el camino hacia la salida del aparcamiento. Mikaela lo sigui, tratando de sincronizar sus pasos con los suyos. Comprend?a que entre ellos se hab?a establecido un v?nculo sin nombre, que no exist?a en sus novelas. Era algo crudo, real y aterrador al mismo tiempoel comienzo de algo que pod?a salvarlos a ambos o destruirlos por completo.




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