Un beso en la oscuridad
 


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      .      B1B2.





Un beso en la oscuridad








UN BESO EN LA OSCURIDAD

Nivel de espa?ol: B1-B2






Cap?tulo 1. El pueblo ms silencioso de Amrica





Vocabulario del cap?tulo


la mudanza  

el duelo  , 

extra?ar   ( -)

la niebla  

el silencio  

desconfiar   

el ata?d  

superar (una prdida)   ()

la caja  

rodeado de  

el vecindario  , 

acostumbrarse  

el recuerdo  

la carretera  , 

desempacar  

el luto  

aferrarse  

El coche avanzaba despacio por una carretera rodeada de rboles tan altos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Sof?a Reyes iba sentada en el asiento trasero, con la frente apoyada contra la ventanilla fr?a, mirando cmo el paisaje se volv?a cada vez ms verde y cada vez ms silencioso. Llevaban tres horas de viaje y, durante casi todo el trayecto, nadie hab?a dicho una palabra.

Su madre, Claudia, conduc?a con las manos firmes sobre el volante y los ojos cansados fijos en la carretera. En el asiento del copiloto, Luc?a, la hermana peque?a de Sof?a, dorm?a con la cabeza apoyada contra la puerta, abrazando un peluche gastado que hab?a pertenecido a su padre. Sof?a observaba el peque?o oso de peluche y sent?a que algo se le encog?a en el pecho cada vez que lo miraba, porque aquel objeto ra?do era, en cierto modo, uno de los ?ltimos v?nculos f?sicos que les quedaban con l.

Hac?a apenas cuatro meses que su padre hab?a muerto. Un accidente de trfico, una noche de lluvia, una llamada de telfono que cambi todo. Sof?a recordaba cada detalle de aquella noche con una claridad dolorosa: el sonido del telfono sonando a las once y media, la voz temblorosa de su madre al otro lado de la puerta de su habitacin, el trayecto en coche hasta el hospital durante el cual nadie se atrevi a decir en voz alta lo que todos ya intu?an.

El funeral hab?a sido un borrn de caras conocidas, flores blancas y palabras de consuelo que no consolaban nada. Sof?a recordaba haberse quedado de pie frente al ata?d, incapaz de llorar, incapaz de sentir nada excepto un vac?o enorme que no sab?a cmo llenar. Las lgrimas llegaron despus, semanas ms tarde, en los momentos ms inesperados: mientras se lavaba los dientes, mientras esperaba el autob?s, mientras escuchaba una cancin que a l le gustaba.

Desde entonces, la casa donde hab?an vivido durante quince a?os se hab?a convertido en un lugar imposible de habitar: cada rincn guardaba un recuerdo, cada silla vac?a dol?a como una herida abierta. El silln donde su padre sol?a leer el peridico los domingos, el garaje donde guardaba sus herramientas, el jard?n que l mismo hab?a plantado a?os atrs; todo en aquella casa gritaba su ausencia con una fuerza que ninguna de las tres sab?a cmo soportar.

Por eso su madre hab?a decidido, casi de un d?a para otro, vender la casa y mudarse a un pueblo peque?o llamado Ravenwood, donde viv?a una t?a lejana que les hab?a ofrecido ayuda. Claudia hab?a explicado la decisin con voz firme, casi ensayada, hablando de nuevos comienzos y de la importancia de no quedarse atrapadas en el dolor, pero Sof?a sab?a que, en el fondo, su madre simplemente ya no pod?a soportar despertarse cada ma?ana en la misma cama donde hab?a dormido junto a su marido durante veinte a?os.

Sof?a no hab?a querido irse. Ten?a veinte a?os, estudiaba Literatura en la universidad, ten?a amigas, ten?a una vida entera construida en aquella ciudad. Hab?a protestado, hab?a discutido, hab?a incluso llorado, pero al final hab?a comprendido que no ten?a sentido pelear contra una decisin que ya estaba tomada. Tambin entend?a que su madre necesitaba escapar de los recuerdos, y que Luc?a, con solo diez a?os, necesitaba un lugar donde pudiera volver a sonre?r sin que cada objeto de la casa le recordara lo que hab?a perdido.

Ya casi llegamos dijo Claudia, rompiendo el silencio. El pueblo est a quince minutos.

Genial respondi Sof?a, sin ning?n entusiasmo en la voz.

Podr?as intentar tener una actitud un poco ms positiva.

Y t? podr?as haberme preguntado si quer?a mudarme a un pueblo en medio de la nada.

Claudia no respondi. Sof?a se arrepinti enseguida de sus palabras, pero el orgullo le impidi pedir perdn. Sab?a que su madre tambin sufr?a, que tambin extra?aba la vida anterior, y que tomar decisiones dif?ciles era la ?nica manera que hab?a encontrado de seguir adelante. Aun as?, la rabia y la tristeza segu?an mezclndose dentro de ella como dos colores que no terminan de separarse, y a veces esa mezcla sal?a en forma de comentarios afilados que despus la hac?an sentirse culpable durante horas.

Mir por la ventana y pens en todo lo que dejaba atrs: su habitacin, pintada del color que ella misma hab?a elegido a los quince a?os; el caf al que iba con sus amigas los sbados por la ma?ana; el banco del parque donde su padre sol?a ense?arle a montar en bicicleta cuando era ni?a. Cada kilmetro que avanzaba el coche la alejaba un poco ms de todo aquello, y comprendi, con una claridad nueva, lo que significaba de verdad la palabra desarraigo.

Cuando por fin entraron en Ravenwood, Sof?a comprendi por qu su t?a siempre describ?a el pueblo como un lugar tranquilo. Las calles eran estrechas y estaban bordeadas de casas de madera pintadas en colores suaves. Hab?a una sola cafeter?a, un solo supermercado, una sola gasolinera y, ms all de las ?ltimas casas, un bosque inmenso que parec?a tragarse el horizonte.

No hab?a semforos. No hab?a ruido de trfico. No hab?a nada que recordara, ni remotamente, a la ciudad que hab?a dejado atrs. Todo en Ravenwood parec?a detenido en el tiempo, envuelto en una calma que a Sof?a, en lugar de tranquilizarla, la pon?a nerviosa. Le pareci que el pueblo entero conten?a la respiracin, como si esperara algo, aunque no habr?a sabido explicar de dnde le ven?a esa sensacin tan concreta.

Es precioso, ?verdad? pregunt Claudia, mirando por el retrovisor.

Es como si el tiempo se hubiera parado aqu? en 1950.

Dale una oportunidad, Sof?a. Por favor.

En ese momento, Luc?a se despert, se frot los ojos y mir por la ventana con curiosidad infantil, sin el peso de la nostalgia que arrastraba su hermana mayor.

?Ya llegamos? Hay muchos rboles.

S?, cari?o, ya casi respondi Claudia, con una sonrisa cansada pero sincera.

?Hay animales en el bosque?

Seguro que hay muchos. Ciervos, zorros, ardillas.

Qu guay dijo Luc?a, apretando el peluche contra su pecho. A pap le habr?a gustado.

El comentario, dicho con la inocencia de una ni?a que todav?a no sab?a medir el peso de sus palabras, dej a Sof?a y a Claudia en silencio durante el resto del trayecto. No era un silencio incmodo, sino uno cargado de una tristeza compartida que no necesitaba palabras.

La casa que hab?an alquilado estaba al final de una calle tranquila, justo en el l?mite donde terminaba el pueblo y empezaba el bosque. Era una casa antigua, de dos plantas, con un porche de madera y ventanas grandes que dejaban entrar la luz verdosa que se filtraba entre los rboles. Desde la habitacin que le hab?an asignado, en el segundo piso, Sof?a pod?a ver directamente la l?nea oscura donde comenzaba el bosque.

Descargaron el coche entre las tres, ayudadas por su t?a Rosa, una mujer de sesenta a?os con el pelo canoso recogido en una trenza y una energ?a sorprendente para su edad. Rosa las recibi con abrazos largos y palabras clidas, y aunque Sof?a apenas la conoc?a, agradeci en silencio la naturalidad con la que su t?a asum?a el papel de anfitriona sin hacer preguntas incmodas sobre el duelo que todas cargaban.

Aqu? estaris bien dijo Rosa, mientras dejaba una caja en el recibidor. Ravenwood es un pueblo tranquilo. Nada malo pasa aqu?, salvo el aburrimiento de los sbados por la noche.

Suena emocionante murmur Sof?a, ms para s? misma que para su t?a.

Rosa la mir de reojo, con una expresin que Sof?a no supo interpretar del todo, entre la comprensin y algo parecido a la cautela, pero no dijo nada ms al respecto y sigui ayudando con las cajas.

Pas la tarde desempacando cajas en silencio. Cada objeto que sacaba, cada libro, cada fotograf?a, le recordaba algo de la vida que hab?a dejado atrs. Encontr una foto de su padre sonriendo en la playa, con ella de ni?a sobre sus hombros, y tuvo que sentarse en el suelo durante varios minutos antes de poder seguir trabajando. Coloc la fotograf?a sobre la mesita de noche, junto a la lmpara, como si de alguna manera quisiera que l siguiera presente en aquel lugar desconocido.

Orden su ropa en el armario, coloc sus libros en una peque?a estanter?a que hab?a tra?do desde casa y colg en la pared un pster descolorido que llevaba consigo desde el instituto. Poco a poco, la habitacin vac?a empez a parecer un poco ms suya, aunque segu?a sintiendo que aquel lugar, con sus paredes desconocidas y su olor a madera antigua, jams llegar?a a sentirse como un verdadero hogar.

Por la noche, cuando su madre y su hermana ya dorm?an, Sof?a baj a la cocina a buscar un vaso de agua. La casa estaba completamente en silencio, un silencio tan profundo que casi pod?a escucharse a s? misma respirar. Se acerc a la ventana y mir hacia el bosque, que a esa hora parec?a todav?a ms grande, ms oscuro, ms lleno de secretos.

Se qued all? varios minutos, con el vaso de agua entre las manos, observando cmo la luna dibujaba sombras alargadas entre los troncos de los rboles. Pens en su padre, en cmo le habr?a gustado aquel paisaje, l que siempre hab?a so?ado con vivir cerca de la naturaleza, lejos del ruido de la ciudad. Por un instante, casi pudo imaginarlo a su lado, contemplando el mismo bosque, comentando algo sobre las estrellas.

Por un momento, le pareci ver una sombra entre los rboles, algo que se mov?a demasiado rpido para ser un animal cualquiera. Se qued inmvil, con el corazn latiendo con fuerza, hasta que la sombra desapareci y todo volvi a quedar en calma.

Sern imaginaciones m?as se dijo en voz baja.

Pero, mientras sub?a de nuevo a su habitacin, no pudo evitar pensar que aquel pueblo, tan tranquilo en apariencia, escond?a algo que ella todav?a no lograba entender. Se acost en la cama, escuchando el viento mover las hojas de los rboles, y por primera vez en mucho tiempo se durmi pensando en algo distinto a su padre.

Aquella primera noche en Ravenwood, sus sue?os no fueron sobre el funeral ni sobre la casa vac?a que hab?an dejado atrs, sino sobre un bosque interminable, lleno de sombras que se mov?an entre los rboles con una elegancia extra?a, casi humana. No supo, al despertar a la ma?ana siguiente con la luz tenue filtrndose entre las cortinas, que aquel sue?o ser?a el primero de muchos, ni que el bosque que tanto la inquietaba acabar?a convirtindose en el lugar donde su vida cambiar?a para siempre.

A la ma?ana siguiente, Sof?a se despert temprano, todav?a desorientada por la novedad de la habitacin desconocida, por el silencio distinto que envolv?a la casa nueva. Se qued unos minutos tumbada, escuchando los sonidos extra?os del pueblo: el canto de pjaros que no reconoc?a, el crujido de la madera vieja de la casa asentndose, el murmullo lejano de un tractor trabajando en alg?n campo cercano.

Baj a la cocina y encontr a su t?a Rosa preparando caf, tarareando una cancin que Sof?a no conoc?a, con una tranquilidad que contrastaba enormemente con el nerviosismo que ella misma sent?a ante aquel primer d?a completo en Ravenwood.

Buenos d?as, dormilona dijo Rosa, sirvindole una taza sin preguntar. ?Qu tal la primera noche?

Rara. Todo es tan silencioso aqu? que casi no pod?a dormir.

Te acostumbrars. Al principio a m? tambin me cost, cuando me mud desde la ciudad hace ya treinta a?os. Ahora no podr?a vivir en ning?n otro sitio.

Rosa le habl, mientras desayunaban juntas, sobre la historia del pueblo, sobre las familias que llevaban generaciones instaladas all?, sobre las costumbres locales que a Sof?a todav?a le resultaban desconocidas. Le explic que los domingos por la ma?ana se celebraba un peque?o mercado en la plaza central, que la ?nica panader?a del pueblo cerraba los lunes sin excepcin, y que el bosque que rodeaba Ravenwood, aunque hermoso, merec?a cierto respeto.

?Respeto? ?Por qu lo dices as??

Es solo una forma de hablar. Los bosques viejos guardan secretos, eso es todo. Nada de lo que preocuparse mientras seas prudente.

Sof?a no le dio mayor importancia a aquel comentario en ese momento, aunque ms tarde, cuando el bosque revelara todos sus secretos, recordar?a aquellas palabras de su t?a con una sonrisa irnica. Termin el desayuno y sali al porche, contemplando ya, a plena luz del d?a, la l?nea verde y densa que marcaba el comienzo de los rboles, sin sospechar todav?a cunto llegar?a a significar aquel lugar en su vida.

Antes de subir a deshacer las ?ltimas cajas, Sof?a se detuvo un momento en el pasillo del piso de arriba, frente a una vieja fotograf?a familiar que su t?a Rosa hab?a colgado all? hac?a a?os: varias generaciones de la familia posando frente a la misma casa, con ropa de otra poca, sonriendo a una cmara que deb?a de haber sido toda una novedad en su momento.

Esa foto es de mis abuelos le explic Rosa, que hab?a subido detrs de ella cargando una ?ltima caja. La casa lleva en la familia casi cien a?os. Tu bisabuelo la construy con sus propias manos.

No sab?a que ten?amos tanta historia en este pueblo.

Hay ms historia de la que imaginas, cari?o. Ravenwood guarda secretos de todo tipo, algunos ms antiguos que la propia casa.

Sof?a se rio ante aquel comentario, sin darle demasiada importancia en aquel momento, aunque ms tarde, cuando descubriera hasta qu punto la afirmacin de su t?a era literal, recordar?a aquella conversacin con una sonrisa distinta, ms consciente de todo lo que aquel pueblo peque?o y tranquilo escond?a bajo su fachada apacible.

Aquella primera semana, Sof?a tambin se dedic a explorar el peque?o jard?n trasero de la casa, descuidado tras meses sin nadie que lo cuidara. Encontr, entre la maleza, los restos de lo que debi de ser un huerto prspero, con hileras todav?a visibles donde alguna vez hab?an crecido tomates y hierbas aromticas.

Podr?amos replantarlo le propuso a su madre una tarde, se?alando el terreno abandonado. A pap le encantaba la jardiner?a.

Es una idea preciosa, Sof?a. Podr?amos hacerlo juntas, las tres.

Aquel peque?o proyecto compartido se convirti, en las semanas siguientes, en una de las actividades favoritas de la familia, una manera silenciosa de honrar la memoria de su padre mientras constru?an, poco a poco, nuevas ra?ces en aquel pueblo desconocido.

Aquella misma tarde, mientras terminaba de colocar sus libros en la estanter?a, Sof?a encontr entre sus cosas un peque?o diario que hab?a empezado a llevar meses atrs, poco despus del funeral, y que hab?a abandonado casi de inmediato, incapaz de poner en palabras el dolor que sent?a. Se sent en el suelo de su nueva habitacin y, por primera vez en mucho tiempo, escribi una entrada completa, describiendo el viaje, la casa nueva, el extra?o silencio del pueblo, sin saber todav?a que aquel cuaderno se convertir?a, con el paso de las semanas, en testigo silencioso de la historia ms extraordinaria de su vida.




Cap?tulo 2. El desconocido del bosque





Vocabulario del cap?tulo


el sendero  

atreverse  

la advertencia  

inmvil  

desafiante  , 

la penumbra  

el escalofr?o  , 

perderse  

burlarse  

retroceder  

la ramita  

desconocido/a  /

el musgo  

desaparecer  

la mirada  

internarse   ( )

el crep?sculo  

Los primeros d?as en Ravenwood transcurrieron entre cajas a medio desempacar y silencios incmodos durante la cena. Claudia hab?a empezado a trabajar en la peque?a cl?nica del pueblo, y Luc?a, aunque todav?a t?mida, ya hab?a hecho una amiga en la escuela primaria. Sof?a, en cambio, se sent?a como una extra?a en un lugar donde todos parec?an conocerse desde siempre.

Las ma?anas las dedicaba a organizar los ?ltimos detalles de la casa y a rellenar el papeleo necesario para matricularse en la peque?a universidad comunitaria del pueblo, cuyas clases empezar?an la semana siguiente. Las tardes, sin embargo, se le hac?an eternas. No conoc?a a nadie de su edad, no ten?a ninguna rutina que la mantuviera ocupada, y el peso del duelo parec?a intensificarse en aquellas horas vac?as en las que no sab?a qu hacer consigo misma.

Por las tardes, mientras su madre preparaba la cena y su hermana hac?a los deberes, Sof?a sal?a a caminar. Hab?a descubierto un sendero que empezaba justo detrs de la casa y se adentraba en el bosque, y aunque su madre le hab?a advertido ms de una vez que no se alejara demasiado, Sof?a encontraba en esos paseos la ?nica forma de escapar del peso de la casa nueva.

No vayas muy lejos le hab?a dicho Claudia esa misma ma?ana. No conocemos bien esta zona.

Solo voy a caminar un poco, mam. No me voy a perder.

Eso mismo dijiste ayer, y volviste despus del anochecer.

Perd? la nocin del tiempo. No volver a pasar.

Claudia suspir, sin muchas ganas de discutir, y le pidi que al menos llevara el telfono cargado y avisara si iba a tardar. Sof?a asinti sin mucha conviccin, sabiendo que probablemente romper?a la promesa igual que hab?a hecho el d?a anterior.

Aquella tarde, sin embargo, Sof?a camin ms de lo habitual. El bosque ten?a algo hipntico: los rboles eran tan altos que la luz llegaba filtrada en peque?os haces dorados, el musgo cubr?a las piedras como una alfombra verde, y el silencio, en lugar de resultarle inquietante, empezaba a parecerle extra?amente reconfortante. Era el ?nico lugar donde pod?a pensar sin que nadie la observara con lstima, sin las miradas compasivas que hab?a aprendido a detestar durante los ?ltimos meses.

Caminaba despacio, observando los detalles que normalmente pasaban desapercibidos: una telara?a cubierta de gotas de roc?o que brillaban como diminutos diamantes, un pjaro carpintero golpeando incansablemente el tronco de un rbol seco, peque?as flores silvestres que crec?an entre las ra?ces retorcidas. Desde la muerte de su padre, sinti por fin que su mente se calmaba, aunque fuera solo unos minutos, liberada del ciclo constante de recuerdos y preguntas sin respuesta.

Camin durante casi una hora, siguiendo el sendero sin prestar demasiada atencin a la distancia que iba recorriendo, hasta que se dio cuenta de que ya no reconoc?a el camino de vuelta. Los rboles se ve?an todos iguales, el sendero se hab?a vuelto ms estrecho y la luz empezaba a desaparecer entre las copas, ti?endo el bosque de un tono azulado que anunciaba el crep?sculo.

Genial murmur para s? misma. Cuatro d?as en el pueblo y ya me he perdido.

Sac el telfono del bolsillo con la intencin de usar el mapa, pero descubri, con creciente inquietud, que no ten?a cobertura. Mir a su alrededor, intentando reconocer alg?n punto de referencia, pero todo el bosque parec?a repetirse una y otra vez en un laberinto verde sin salida aparente. El corazn empez a latirle ms rpido, y una peque?a parte racional de su mente empez a recordarle todas las advertencias de su madre sobre no alejarse demasiado.

Decidi seguir caminando en l?nea recta, confiando en que en alg?n momento encontrar?a la carretera o al menos alguna se?al reconocible. Fue entonces cuando lo vio.

A unos veinte metros de distancia, entre dos rboles enormes, hab?a un joven de pie, completamente inmvil. Vest?a una chaqueta oscura y la miraba fijamente, sin ning?n gesto de sorpresa, como si llevara horas all?, esperando exactamente a que ella apareciera.

Sof?a se detuvo en seco. Algo en la escena no encajaba: nadie se queda tan quieto, nadie mira de esa manera, tan directa, tan intensa, sin parpadear. Por un instante pens en dar media vuelta y salir corriendo, pero el orgullo, esa parte de ella que nunca sab?a retirarse a tiempo, gan la partida.

Hola dijo, intentando sonar ms segura de lo que en realidad se sent?a. ?Sabes por dnde se sale del bosque?

El joven no respondi de inmediato. La observ durante unos segundos ms, como si estuviera evaluando algo que ella no pod?a ver, y despus dio un solo paso hacia adelante. Sof?a not, con una punzada de sorpresa, que aquel simple movimiento ten?a algo extra?o, una fluidez casi antinatural, como si su cuerpo no obedeciera del todo las leyes normales del movimiento humano.

Deber?as volver a casa dijo finalmente. Su voz era grave, tranquila, con un tono que no admit?a discusin. Este bosque no es un lugar seguro por la noche.

Todav?a no es de noche.

Lo ser pronto.

Sof?a cruz los brazos, molesta por el tono autoritario del desconocido, y decidi que no iba a dejarse intimidar por un chico que ni siquiera se hab?a presentado. Lo estudi con ms atencin: parec?a tener veintipocos a?os, el pelo oscuro le ca?a sobre la frente de una manera casi descuidada, y sus ojos, de un color que en la penumbra parec?a casi negro, la observaban con una intensidad que le resultaba incmoda y fascinante a partes iguales.

?Y t? quin eres? ?La polic?a del bosque?

Algo, por fin, cambi en la expresin del joven. La comisura de sus labios se movi apenas, en lo que podr?a haber sido el principio de una sonrisa, aunque desapareci tan rpido como hab?a llegado.

Algo as? respondi. El sendero que buscas est detrs de ti, a la izquierda. Camina en l?nea recta y en diez minutos llegars a la carretera.

?Y cmo sabes t? hacia dnde tengo que ir? Ni siquiera sabes de dnde vengo.

Conozco este bosque mejor que nadie.

Eso suena a algo que dir?a un asesino en serie.

El comentario, dicho medio en broma medio en serio, pareci sorprender al joven, que la mir con una expresin dif?cil de descifrar, como si no estuviera acostumbrado a que le hablaran de aquella manera tan despreocupada.

No tengo intencin de hacerte da?o.

Eso tambin suena a algo que dir?a un asesino en serie.

Esta vez, la comisura de sus labios se elev un poco ms, aunque sigui sin llegar a formar una sonrisa completa. Sof?a sinti una curiosidad extra?a, una necesidad casi irracional de quedarse all?, de seguir hablando con aquel desconocido que le provocaba tanto recelo como fascinacin.

Deber?as irte antes de que oscurezca del todo dijo l, con un tono que sonaba ms a preocupacin genuina que a advertencia amenazante.

Vale, vale. Ya me voy. Pero al menos dime tu nombre.

El joven dud, como si aquella simple pregunta implicara mucho ms de lo que Sof?a pod?a imaginar. Finalmente, neg con la cabeza.

No hay tiempo para eso. Vete, por favor.

Sof?a mir hacia atrs, buscando el camino que l le indicaba, y cuando volvi a girarse para insistir en su pregunta, el joven ya no estaba. Hab?a desaparecido sin hacer ning?n ruido, sin dejar rastro entre los rboles, como si nunca hubiera estado all?.

Se qued unos segundos mirando el lugar vac?o, con un escalofr?o recorrindole la espalda, antes de decidir que lo mejor era seguir sus indicaciones y salir del bosque cuanto antes. Camin rpido, casi corriendo, mirando de vez en cuando por encima del hombro, con la extra?a sensacin de que alguien la observaba desde la penumbra creciente entre los rboles.

En efecto, diez minutos despus lleg a la carretera que la llevar?a de vuelta a casa, exactamente como el desconocido le hab?a indicado. Aquello, en lugar de tranquilizarla, aument todav?a ms su desconcierto: ?cmo pod?a alguien conocer aquel bosque con tanta precisin sin ser de all? desde hac?a a?os?

Aquella noche, mientras cenaban, Luc?a habl sin parar sobre su nueva amiga y su madre sonri por primera vez en d?as. Sof?a, en cambio, apenas particip en la conversacin. No pod?a dejar de pensar en el joven del bosque, en su forma de mirarla, en la manera en que hab?a desaparecido, y sobre todo, en la extra?a sensacin de que, de alguna forma, ya lo conoc?a.

Ests muy callada coment Claudia, mientras serv?a el postre. ?Todo bien?

S?, solo estoy cansada. Camin bastante hoy.

Ten cuidado con el bosque, Sof?a. En serio.

Lo tendr, mam.

Aquella noche, tumbada en la cama, Sof?a repas una y otra vez cada detalle del encuentro, intentando encontrar una explicacin lgica que no llegaba. Se durmi tarde, con la imagen de aquellos ojos oscuros grabada en la memoria, sin sospechar todav?a hasta qu punto aquel encuentro casual cambiar?a el rumbo de su vida en Ravenwood.

Aquella noche, antes de dormir, Sof?a sac un peque?o cuaderno que sol?a usar para anotar ideas sueltas y, sin pensarlo demasiado, escribi una breve descripcin del joven del bosque: sus ojos oscuros, su forma extra?a de moverse, la manera en que hab?a desaparecido sin dejar rastro. No sab?a muy bien por qu sent?a la necesidad de dejar constancia de aquel encuentro, pero algo le dec?a que no ser?a la ?ltima vez que lo ver?a.

De camino a casa aquella tarde, Sof?a se cruz con un anciano que paseaba a su perro por la calle principal, uno de los pocos vecinos que ya hab?a visto varias veces desde su llegada. El hombre la salud con un gesto de cabeza cordial, pero su mirada se detuvo un instante de ms en la direccin del bosque, como si supiera exactamente de dnde ven?a ella.

Cuidado con la hora, jovencita le dijo, con una voz spera por los a?os. El bosque cambia despus del atardecer.

Lo tendr en cuenta, gracias.

Sof?a continu caminando, algo desconcertada por aquel comentario tan directo, preguntndose cuntos habitantes de Ravenwood sab?an, o al menos sospechaban, ms de lo que dec?an abiertamente sobre lo que realmente habitaba entre aquellos rboles.

Al llegar a casa aquella tarde, Sof?a encontr a Luc?a sentada en el porche, dibujando con tizas de colores sobre las tablas de madera. Se sent a su lado un momento, observando el dibujo infantil de un bosque lleno de rboles altos y, entre ellos, una peque?a figura con ojos enormes.

?Quin es ese? pregunt Sof?a, se?alando la figura.

No lo s. Lo so? anoche. Viv?a en el bosque y me miraba desde lejos, pero no daba miedo.

Sof?a sinti un escalofr?o recorrerle la espalda ante aquel comentario tan inocente, preguntndose cunto de lo extraordinario que habitaba en Ravenwood pod?an percibir, sin saberlo del todo, hasta los ms peque?os.

Antes de encontrar el camino de vuelta gracias a las indicaciones de Adrian, Sof?a hab?a pasado varios minutos observando con atencin las marcas extra?as talladas en la corteza de algunos rboles del sendero, s?mbolos antiguos que parec?an formar parte de alg?n tipo de cdigo olvidado, aunque en aquel momento no le dio mayor importancia, atribuyndolo a travesuras de otros excursionistas.

Esas marcas llevan ah? ms tiempo del que imaginas le dijo Adrian, notando hacia dnde miraba, justo antes de desaparecer aquella primera tarde. Son l?mites territoriales, aunque no del tipo que sueles conocer.

Sof?a no comprendi del todo aquel comentario en aquel momento, pero lo guard en la memoria, otra peque?a pieza ms del misterio que envolv?a a aquel extra?o desconocido del bosque.

Al llegar finalmente a la carretera aquella tarde, Sof?a se permiti un momento para recuperar el aliento, mirando hacia atrs, hacia la espesura del bosque que acababa de abandonar, preguntndose cuntas otras sorpresas la esperar?an entre aquellos rboles en las semanas venideras.




Cap?tulo 3. Demasiado rpido





Vocabulario del cap?tulo


el ciervo  

asustado/a  

esquivar  , 

el reflejo  ; 

sujetar  , 

el aliento  

imposible  

exigir  

el brazo   (   )

el instinto  

quedarse paralizado/a  

el crujido  , 

evitar  

convencer  

la explicacin  

rozar  ,  

recobrar (el aliento)   ()

Durante los d?as siguientes, Sof?a intent convencerse de que el encuentro en el bosque no hab?a sido ms que una coincidencia extra?a, el resultado de estar cansada y perdida en un lugar desconocido. Sin embargo, algo dentro de ella la empujaba a volver al mismo sendero cada tarde, con la excusa de que necesitaba aire fresco, aunque en el fondo sab?a que en realidad esperaba encontrarse otra vez con el joven de la chaqueta oscura.

Empezaron las clases en la universidad comunitaria, y aunque Sof?a intent concentrarse en sus estudios, en el nuevo horario, en los nombres de profesores y compa?eros que todav?a confund?a, su mente regresaba una y otra vez a aquel encuentro fugaz. Se sorprendi a s? misma, ms de una vez, buscando con la mirada entre los estudiantes del campus, preguntndose si tal vez l tambin estudiaba all?, aunque algo le dec?a que no era el caso.

No lo volvi a ver durante casi una semana. Empezaba a pensar que quizs lo hab?a imaginado todo, que el cansancio y la tristeza le hab?an jugado una mala pasada, cuando ocurri algo que la oblig a aceptar que aquel joven era real, y que hab?a algo profundamente extra?o en l.

Durante esos d?as, Sof?a not tambin otros peque?os detalles extra?os sobre el pueblo que antes hab?a pasado por alto. Algunos vecinos, al mencionar el bosque, bajaban la voz y cambiaban de tema con rapidez. La dependienta del supermercado le hab?a advertido, sin que ella preguntara nada, que no se internara demasiado despus del atardecer. Aquellas se?ales, aisladas, no significaban gran cosa por s? solas, pero juntas empezaban a formar un patrn inquietante que Sof?a no sab?a cmo interpretar.

Era casi al anochecer. Sof?a caminaba por el sendero, ms cerca del l?mite del bosque de lo habitual, distra?da con los auriculares puestos, cuando escuch un crujido fuerte entre los arbustos, a solo unos metros de distancia. Antes de que pudiera reaccionar, un ciervo asustado sali disparado directamente hacia ella, huyendo de algo que Sof?a no lleg a ver.

Todo ocurri en apenas un segundo. El animal, aterrorizado, corr?a en l?nea recta, sin desviarse, directamente hacia el lugar donde ella estaba parada. Sof?a se qued paralizada, incapaz de moverse, incapaz siquiera de gritar, mientras el ciervo se acercaba a una velocidad que no le daba tiempo a esquivarlo. Pens, en ese instante eterno que solo dura una fraccin de segundo real, en su padre, en su madre, en Luc?a, en todo lo que quedar?a sin decir si aquel animal la golpeaba con la fuerza suficiente.

Y entonces, de repente, unos brazos fuertes la sujetaron por la cintura y la apartaron del camino con una fuerza y una rapidez imposibles. El ciervo pas rozndola, tan cerca que sinti el aire de su carrera, y sigui corriendo hasta perderse entre los rboles.

Sof?a tard unos segundos en entender lo que hab?a pasado. Cuando por fin logr recuperar el aliento, se dio cuenta de que estaba entre los brazos del joven del bosque, que la sosten?a con firmeza, mirndola con una expresin que mezclaba preocupacin y algo parecido al enfado.

?Ests bien? pregunt l, con la voz tensa.

Yo... s?. Creo que s?.

Sof?a se apart un poco, todav?a temblando por la impresin, e intent ordenar sus ideas. Un segundo antes, el joven no estaba en ninguna parte visible; un segundo despus, la hab?a sujetado y apartado del peligro con una velocidad que ning?n ser humano pod?a tener. El corazn le lat?a tan fuerte que casi pod?a escucharlo en los o?dos, y no sab?a si era por el susto del ciervo o por la cercan?a repentina de aquel desconocido.

?Cmo has llegado hasta aqu? tan rpido? pregunt, mirndolo fijamente. Estabas... no s, a lo mejor a diez metros.

Corr?.

Nadie corre as? de rpido.

El joven no respondi enseguida. Apart la mirada un instante, como si estuviera decidiendo qu decir, y cuando volvi a mirarla, su expresin hab?a recuperado la frialdad de la primera vez que se hab?an encontrado.

Digamos que tengo buenos reflejos.

Eso no es una explicacin.

Es la ?nica que vas a conseguir por ahora.

Sof?a se pas una mano por el pelo, todav?a intentando calmar los latidos de su corazn, y mir hacia el lugar por donde hab?a desaparecido el ciervo, como si buscara alguna confirmacin de que lo que acababa de vivir hab?a sido real.

Ese ciervo casi me atropella. Podr?a haber muerto.

Pero no ha pasado. Ests bien.

Gracias a ti, por lo visto. Aunque sigo sin entender cmo lo has hecho.

Sof?a sinti que la frustracin se mezclaba con una curiosidad que no hab?a sentido en mucho tiempo. Despus de meses sumida en la tristeza, aquella extra?a situacin era lo primero que consegu?a despertar en ella algo distinto al dolor, y no estaba dispuesta a dejarlo pasar sin ms.

Al menos dime tu nombre. Ya que me has salvado la vida, ser?a lo justo.

El joven la observ durante un largo momento, como si estuviera midiendo hasta qu punto pod?a confiar en ella, y finalmente contest.

Adrian.

Solo Adrian.

Por ahora, s?.

Yo soy Sof?a.

Lo s.

?Cmo sabes mi nombre? No te lo he dicho.

Es un pueblo peque?o, Sof?a. Las noticias vuelan rpido.

La explicacin no terminaba de convencerla, pero antes de que pudiera insistir, Adrian dio un paso atrs, alejndose ligeramente, como si de repente hubiera recordado que deb?a mantener las distancias.

Deber?as volver a casa. Se est haciendo tarde.

Siempre me dices lo mismo.

Porque siempre es verdad.

Antes de que pudiera preguntarle cmo era posible que ya supiera su nombre con tanta certeza, o insistir en obtener una explicacin real sobre su velocidad imposible, Adrian dio otro paso atrs y, con la misma naturalidad inquietante de la primera vez, se alej entre los rboles hasta desaparecer por completo, dejando a Sof?a sola en el sendero, con el corazn todav?a acelerado y mil preguntas sin respuesta.

Camin de vuelta a casa despacio, todav?a procesando lo ocurrido, mirando por encima del hombro cada pocos pasos, aunque no habr?a sabido decir si esperaba ver a Adrian otra vez o simplemente necesitaba confirmar que estaba realmente sola. Cuando lleg, encontr a su madre preparando la cena, ajena por completo a lo cerca que hab?a estado su hija de sufrir un accidente serio.

?Qu tal el paseo? pregunt Claudia, sin levantar la vista de la sartn.

Interesante respondi Sof?a, sin entrar en detalles.

Esa noche, tumbada en la cama, mirando el techo de su nueva habitacin, Sof?a repas una y otra vez lo ocurrido. Sab?a que lo que hab?a visto no ten?a explicacin lgica, y sin embargo, en lugar de sentir miedo, sent?a una curiosidad que crec?a con cada minuto que pasaba. Fuera lo que fuera Adrian, estaba decidida a averiguarlo, y aquella determinacin, extra?amente, se convirti en el primer sentimiento verdaderamente vivo que hab?a experimentado desde la muerte de su padre.

Los d?as siguientes al incidente del ciervo, Sof?a se sorprendi a s? misma prestando mucha ms atencin a los peque?os detalles del pueblo que la rodeaba, como si el encuentro con Adrian hubiera despertado en ella una curiosidad renovada por todo lo que hasta entonces hab?a considerado simplemente aburrido.

?ltimamente andas muy distra?da le coment Claudia durante la cena, observndola con atencin. ?Va todo bien en las clases?

Todo bien, mam. Es solo que este pueblo es ms interesante de lo que pensaba al principio.

Me alegra escuchar eso.

Claudia sonri, visiblemente aliviada de ver a su hija mostrando algo de entusiasmo despus de meses de tristeza casi constante, sin sospechar ni remotamente la verdadera razn detrs de aquel cambio de actitud. Sof?a, por su parte, guard su secreto con el cuidado propio de quien ha descubierto algo demasiado extraordinario y demasiado frgil para compartirlo todav?a con nadie.

Aquella noche, mientras se preparaba para dormir, Sof?a revis su telfono y descubri, con sorpresa, un mensaje de un n?mero desconocido: apenas dos palabras, sin firma, que dec?an simplemente 'Buenas noches'. No ten?a forma de comprobarlo con certeza, pero algo en su interior le dijo de inmediato que aquel mensaje solo pod?a venir de una persona.

?Cmo has conseguido mi n?mero? respondi ella, incapaz de resistirse a contestar.

La respuesta tard varios minutos en llegar, tiempo suficiente para que Sof?a empezara a dudar de su propia suposicin, hasta que finalmente el telfono vibr de nuevo.

Tengo mis mtodos fue todo lo que dec?a el mensaje, seguido de nada ms.

Sof?a sonri, guardando el telfono bajo la almohada con una sensacin clida en el pecho, sin sospechar todav?a que aquel gesto sencillo, un mensaje nocturno de buenas noches, se convertir?a pronto en una de las peque?as costumbres ms entra?ables de su relacin con Adrian.

D?as despus del incidente del ciervo, Sof?a decidi investigar un poco ms sobre la fauna local, buscando informacin sobre los ciervos de la regin y sus comportamientos habituales, con la esperanza de encontrar alguna explicacin racional para la persecucin tan repentina de aquel animal.

No encontr nada que explicara del todo lo ocurrido, ning?n depredador natural de la zona que pudiera justificar semejante terror en la criatura, y aquella ausencia de respuestas lgicas solo confirm, todav?a ms, la sospecha creciente de que algo verdaderamente inusual se escond?a en aquel bosque.




Cap?tulo 4. Rumores en la ciudad





Vocabulario del cap?tulo


el rumor  

la advertencia  

alejarse  ,  

sospechoso/a  

el instituto  ,  

encajar  , 

el chisme  

inquietante  , 

evitar (a alguien)   (-)

la costumbre  

desde siempre  , 

fijarse en    

ocultar  

la biblioteca  

curioso/a  

el archivo  

amarillento/a  

El lunes siguiente, Sof?a empez las clases en la peque?a universidad comunitaria situada a las afueras de Ravenwood, un edificio de ladrillo rojo rodeado de rboles que, seg?n le explicaron, compart?a biblioteca con el instituto del pueblo. Al principio, adaptarse le result extra?o: las clases eran mucho ms reducidas que las que hab?a dejado atrs, y todos parec?an conocerse desde la infancia, algo que la hac?a sentirse todav?a ms fuera de lugar.

El campus, peque?o en comparacin con la universidad que hab?a dejado atrs, ten?a cierto encanto propio: edificios antiguos cubiertos de hiedra, un jard?n central con bancos de piedra desgastados por el tiempo, y una cafeter?a diminuta donde el caf, seg?n dec?an todos, era el mejor de todo el condado. Sof?a se sent sola durante los primeros d?as, observando cmo los grupos de amigos de siempre se reun?an en las mesas de siempre, hablando de temas que ella no compart?a.

Sin embargo, no tard en hacer una amiga. Se llamaba Marina, una chica de pelo rizado y sonrisa fcil que se sent a su lado en la clase de Literatura Comparada y, al terminar, la invit a tomar un caf en la ?nica cafeter?a del pueblo. Sof?a acept, agradecida de tener, por fin, alguien con quien hablar.

Entonces t? eres la chica nueva que vive en la casa de los Miller dijo Marina, mientras remov?a el az?car de su caf.

Supongo que s?. Aqu? las noticias vuelan.

Bienvenida a Ravenwood. Aqu? todo el mundo sabe todo de todo el mundo. Es agotador, la verdad.

Ya me he dado cuenta. Un chico del bosque supo mi nombre antes de que yo se lo dijera.

Hablaron durante un buen rato sobre clases, profesores y la vida en el pueblo. Marina le cont ancdotas sobre los profesores ms estrictos, le explic qu tiendas evitar y cules merec?an la pena, y le habl con cari?o de su propia familia, que llevaba tres generaciones viviendo en Ravenwood. Sof?a, por su parte, se sorprendi compartiendo detalles de su vida anterior que no hab?a planeado contar, incluida una mencin breve, casi involuntaria, a la muerte de su padre.

Lo siento mucho dijo Marina, con una sinceridad que no sonaba forzada. No hace falta que hables de ello si no quieres.

Gracias. La verdad es que la mayor?a de la gente no sabe qu decir, as? que prefiero cambiar de tema rpido.

Lo entiendo. Yo perd? a mi abuelo hace dos a?os y todav?a hay d?as en los que no s cmo manejarlo.

Aquella peque?a muestra de comprensin mutua estrech de inmediato el v?nculo entre ambas, y Sof?a sinti, por primera vez desde que hab?a llegado al pueblo, que quizs no todo en Ravenwood ser?a tan dif?cil como hab?a imaginado. Continuaron hablando, y casi sin pensarlo, Sof?a mencion de pasada su encuentro en el bosque, sin dar demasiados detalles, solo para ver la reaccin de su nueva amiga. El cambio en la expresin de Marina fue inmediato.

Espera. ?Un chico? ?Alto, pelo oscuro, que parece que siempre lleva ropa de otra poca?

S?... ?lo conoces?

Todo el mundo conoce a Adrian Blackwood. Bueno, conocer no es exactamente la palabra. Todo el mundo sabe quin es, pero nadie lo conoce de verdad.

Marina baj la voz, como si el tema requiriera cierta discrecin, aunque en la cafeter?a casi vac?a nadie ms pod?a escucharlos.

Su familia lleva viviendo en la vieja mansin, junto al bosque, desde hace generaciones. Nunca se les ve en el pueblo, casi nunca van a la tienda, casi nunca hablan con nadie. Adrian aparece de vez en cuando, pero siempre solo, siempre de noche o al atardecer, y nunca se queda mucho tiempo.

?Y qu tiene eso de raro? A lo mejor son solo reservados.

Puede ser. Pero hay algo ms. Dicen que la familia Blackwood lleva viviendo aqu? desde que se fund el pueblo. Desde hace ms de cien a?os.

Sof?a solt una risa nerviosa, intentando restarle importancia al comentario, aunque una sensacin fr?a se instal en su estmago.

Eso es imposible. Sern descendientes, o algo as?. Un nombre que se repite en la familia.

Seguramente respondi Marina, aunque su tono no sonaba del todo convencido. En cualquier caso, mi consejo es que te mantengas alejada de l. No es que sea peligroso, exactamente, pero hay algo raro en toda esa familia. Mi abuela dice que hay que respetar el bosque y no meterse donde no te llaman.

?Y qu ms dice tu abuela sobre ellos?

Cosas antiguas, supersticiones de pueblo. Que los Blackwood nunca envejecen, que solo salen de noche, que hay que dejarles ofrendas si te los cruzas en el bosque. Tonter?as, seguramente. Pero mi abuela nunca ha entrado en ese bosque despus del atardecer en toda su vida, y eso tambin dice algo.

Aquella conversacin, en lugar de disuadirla, aliment todav?a ms la curiosidad de Sof?a. Durante el resto de la semana, no pudo dejar de pensar en Adrian, en la manera en que se hab?a movido aquella tarde en el bosque, en la frialdad calculada de sus respuestas, en el hecho de que ya supiera su nombre antes de que ella se lo dijera.

Las clases avanzaban con normalidad, y Sof?a empezaba a acostumbrarse poco a poco al ritmo de la vida universitaria en Ravenwood. Los profesores eran cercanos, casi familiares, muy distintos a los catedrticos distantes que hab?a conocido en su antigua universidad. Encontr en la literatura un refugio parecido al que encontraba en el bosque: un lugar donde su mente pod?a escapar, aunque fuera brevemente, del peso constante del duelo.

Un d?a, aprovechando un hueco entre clases, decidi acercarse a la biblioteca del instituto para buscar informacin sobre la historia del pueblo. La bibliotecaria, una mujer mayor de gafas gruesas llamada se?ora Whitfield, la recibi con amabilidad y, al enterarse de su inters por la historia local, la guio hasta una sala peque?a en la parte trasera del edificio, llena de estanter?as repletas de documentos antiguos.

Aqu? guardamos todo lo relacionado con la fundacin del pueblo explic la se?ora Whitfield. Fotograf?as, actas municipales, recortes de peridico. Algunos documentos tienen ms de cien a?os.

?Y hay algo sobre las familias ms antiguas? Como los Blackwood, por ejemplo.

La bibliotecaria la mir con una expresin curiosa, casi de sorpresa, antes de responder con un tono ligeramente ms cauto.

Los Blackwood han estado siempre aqu?, desde antes de que existieran registros oficiales. Hay algunas fotograf?as antiguas, si te interesan.

Encontr un peque?o archivo con fotograf?as antiguas, recortes de peridico amarillentos y actas municipales que se remontaban a ms de un siglo atrs. Entre los documentos, encontr una fotograf?a en blanco y negro fechada en 1920, en la que aparec?a la fachada de la mansin Blackwood, casi idntica a como deb?a de verse hoy en d?a.

Lo que ms le llam la atencin, sin embargo, fue un peque?o art?culo de peridico, fechado en 1952, que mencionaba a un tal Adrian Blackwood como uno de los propietarios de la mansin familiar. El nombre coincid?a exactamente con el del joven que hab?a conocido en el bosque. Sof?a ley el art?culo tres veces seguidas, buscando alguna explicacin razonable que no llegaba a encontrar.

Tiene que ser una coincidencia se dijo Sof?a en voz baja, aunque las manos le temblaban ligeramente mientras sosten?a el recorte.

Sigui rebuscando entre los documentos y encontr otro art?culo, esta vez de 1897, que hablaba de un incendio en la propiedad Blackwood durante el cual varios miembros de la familia hab?an fallecido. El texto mencionaba, entre otros nombres, a un joven llamado Adrian, hijo del propietario de entonces, del que no volv?a a saberse nada en registros posteriores hasta la reaparicin del nombre en 1952.

Guard el art?culo en su mochila, junto con una fotocopia del recorte de 1952 que la se?ora Whitfield le hab?a hecho sin hacer demasiadas preguntas, decidida a seguir investigando. Aquella tarde, en lugar de sentir miedo, sinti que se acercaba, paso a paso, a un misterio que estaba empezando a atraerla ms de lo que estaba dispuesta a admitir.

Al salir de la biblioteca, con el sol ya bajo en el horizonte, no pudo evitar mirar hacia el l?mite del pueblo, hacia la l?nea oscura donde comenzaba el bosque, preguntndose si Adrian estar?a all? en ese preciso momento, observndola sin que ella pudiera verlo. La idea, en lugar de asustarla, le provoc un cosquilleo extra?o en el estmago que reconoci, con cierta sorpresa, como anticipacin.

Las semanas siguientes trajeron consigo una rutina que, poco a poco, empez a sentirse menos extra?a. Sof?a aprendi los nombres de sus profesores, memoriz el camino ms corto entre los edificios del campus, y descubri un rincn tranquilo en la biblioteca donde le gustaba sentarse a estudiar durante las horas libres entre clases.

Deber?as venir al club de lectura los jueves le propuso Marina un d?a, mientras compart?an mesa en la cafeter?a. Leemos algo distinto cada mes y despus discutimos con vino barato y demasiadas galletas.

Suena bien. ?Qu estn leyendo ahora?

Un clsico gtico. Muy apropiado para este pueblo, la verdad.

Sof?a se rio ante el comentario, sin saber todav?a lo acertado que resultar?a en las semanas siguientes. Acept unirse al club de lectura, y aquellos jueves por la tarde se convirtieron en otro peque?o ancla de normalidad en medio de todos los cambios que estaba atravesando: un grupo de estudiantes discutiendo tramas de terror clsico mientras, sin saberlo la mayor?a de ellos, una historia mucho ms real e inquietante se desarrollaba en el bosque cercano.

Poco a poco, aquel grupo de lectura le present a ms gente del pueblo: Daniel, un chico callado que estudiaba Biolog?a y siempre llevaba un cuaderno lleno de dibujos de plantas; Priya, que hab?a crecido en Ravenwood y conoc?a cada rincn del bosque desde ni?a; y Jake, el hermano mayor de un compa?ero de clase de Marina, que trabajaba a tiempo parcial en la ?nica librer?a del pueblo.

Este pueblo tiene ms vida de la que parece a simple vista le coment Priya una tarde, mientras caminaban juntas despus del club de lectura. Solo hay que saber dnde buscar.

Empiezo a darme cuenta de eso.

Sof?a sonri para sus adentros ante aquel comentario, pensando en el secreto que llevaba guardando desde hac?a semanas, en el mundo entero de misterio que hab?a descubierto oculto tras la fachada tranquila de Ravenwood. Por primera vez desde la muerte de su padre, sinti que empezaba a construir algo parecido a una vida propia en aquel lugar, con amistades nuevas, rutinas nuevas, y un secreto extraordinario que solo ella conoc?a.

Una tarde, despus de clase, Sof?a decidi explorar por su cuenta el peque?o museo local, instalado en lo que antiguamente hab?a sido el ayuntamiento del pueblo. Encontr vitrinas llenas de objetos cotidianos de otra poca: herramientas agr?colas oxidadas, vestidos antiguos cuidadosamente conservados, y una seccin dedicada por completo a las familias fundadoras de Ravenwood.

?Buscas algo en particular? le pregunt el encargado del museo, un hombre mayor de gafas redondas.

Solo curiosidad. Estoy investigando un poco la historia del pueblo para un trabajo de la universidad.

El hombre le mostr, con evidente orgullo, un mapa antiguo de Ravenwood donde se se?alaba la ubicacin original de la mansin Blackwood, marcada con una peque?a estrella que la distingu?a como una de las primeras construcciones de la zona, incluso antes de que el pueblo tuviera nombre oficial.

Esa familia lleva aqu? desde los primeros colonos. Dicen que fueron ellos quienes ayudaron a fundar el pueblo, aunque nunca han participado mucho en la vida p?blica.

Sof?a anot mentalmente aquel dato, otra pieza ms del rompecabezas que llevaba semanas armando en silencio, sintiendo que cada nueva informacin, lejos de resolver el misterio, lo hac?a todav?a ms fascinante.

Durante una de sus visitas a la biblioteca, Sof?a se top por casualidad con Priya, que trabajaba all? algunas tardes a cambio de crditos extra para sus estudios. Charlaron un rato sobre libros y sobre la vida en el pueblo, y Priya, con la familiaridad de quien hab?a crecido all?, le cont una leyenda local que a Sof?a le hel la sangre.

Cuentan que en el bosque viven cosas que no deber?an existir dijo Priya, medio en broma. Mi abuela sol?a decir que hay que dejar siempre una ofrenda de flores si te internas demasiado, por si acaso.

?T? te lo crees?

No especialmente. Pero tampoco me interno sola de noche, por si las moscas.

Durante una tarde especialmente lluviosa, incapaz de salir a caminar como de costumbre, Sof?a se qued en casa releyendo sus apuntes de historia local, tratando de encajar todas las piezas del rompecabezas que hab?a ido reuniendo semana tras semana. Traz en un cuaderno una peque?a l?nea temporal con las fechas que hab?a descubierto, contemplando con una mezcla de fascinacin y vrtigo la posibilidad, cada vez ms real, de que estuviera efectivamente enamorndose de alguien que hab?a caminado por aquellas mismas calles much?simo antes de que ella naciera.

Un domingo por la ma?ana, Marina invit a Sof?a a acompa?arla al peque?o mercado que se instalaba semanalmente en la plaza central del pueblo, un lugar bullicioso donde los agricultores locales vend?an verduras recin cosechadas, mermeladas caseras y flores de temporada. Sof?a, que todav?a no hab?a explorado aquella faceta ms animada de Ravenwood, se sorprendi gratamente ante la cantidad de gente que llenaba los puestos, charlando y riendo con una familiaridad que solo se consigue despus de generaciones viviendo en el mismo lugar.

Prueba esto le dijo Marina, ofrecindole un trozo de queso de un puesto cercano. Lo hace la se?ora Meyer con leche de sus propias cabras. Es una institucin en el pueblo.

Est delicioso.

Todo lo que vende esa mujer est delicioso. Deber?as ver la cara que pone si le dices que no te gusta algo, es capaz de perseguirte por todo el mercado hasta convencerte de lo contrario.

Sof?a se rio, comprando un tarro de mermelada de mora para su madre y un ramo peque?o de flores silvestres que decidi dejar, ms tarde esa misma noche, sobre la tumba simblica que hab?a improvisado en el jard?n trasero para recordar a su padre, un peque?o ritual personal que hab?a empezado a practicar desde su llegada al pueblo.

?Vienes aqu? todos los domingos? pregunt Sof?a, mientras paseaban entre los puestos.

Casi siempre. Es una buena manera de empezar la semana. Deber?as venir ms a menudo, ahora que ya conoces el camino.

Sof?a asinti, sintiendo que aquel peque?o ritual dominical, tan sencillo y tan alejado de todo el misterio sobrenatural que llenaba sus tardes en el bosque, representaba exactamente el tipo de normalidad que necesitaba conservar en su vida, un ancla firme en medio de todo lo extraordinario que estaba descubriendo.

Antes de volver a casa aquella tarde, Sof?a se detuvo un momento frente al escaparate de la peque?a librer?a del pueblo, contemplando una coleccin de novelas antiguas de misterio expuestas junto a la entrada, y no pudo evitar sonre?r ante la iron?a: viv?a, sin que casi nadie lo supiera, dentro de una historia mucho ms extraordinaria que cualquiera de aquellos libros.




Cap?tulo 5. Otra vez t?





Vocabulario del cap?tulo


a propsito  , 

molesto/a  

la excusa  , 

el cuello  

fijar la vista   

mentir  

notar  

insistir  

provocar  

el atardecer  

acercarse  

la tensin  

desviar la mirada   

arriesgarse  

la curiosidad  

el claro  

la complicidad  , 

El sbado siguiente, con el recorte de peridico todav?a guardado en el bolsillo de su chaqueta, Sof?a tom una decisin que sab?a que su madre no aprobar?a: volver al bosque, esta vez a propsito, con la esperanza de encontrarse otra vez con Adrian. Se dijo a s? misma que solo quer?a hacerle unas preguntas, aclarar la confusin sobre el nombre y la fotograf?a, pero en el fondo sab?a que hab?a algo ms que simple curiosidad period?stica.

Pas la ma?ana repasando mentalmente lo que le dir?a, ensayando preguntas que sonaran naturales y no demasiado acusatorias, aunque sab?a que en cuanto lo tuviera delante probablemente olvidar?a todo el guion preparado. Almorz casi sin apetito, distra?da, mientras su madre le preguntaba por sus nuevas clases y Luc?a le contaba una historia complicada sobre un conflicto en el patio del colegio.

?Vas a salir otra vez esta tarde? pregunt Claudia, con cierta suspicacia en la voz.

S?, necesito despejarme un poco antes de empezar con los deberes.

Vuelve antes de que oscurezca, por favor.

Lo intentar.

Camin por el mismo sendero de siempre, ahora ya familiar, hasta llegar al claro de su primer encuentro. El sol empezaba a descender entre los rboles, ti?endo el bosque de un color dorado y anaranjado que hac?a que todo pareciera sacado de un cuento antiguo. Se sent sobre una piedra grande, dispuesta a esperar el tiempo que hiciera falta.

No tuvo que esperar mucho. Como si hubiera estado all? todo el tiempo, Adrian apareci entre los rboles, con las manos en los bolsillos y una expresin que mezclaba sorpresa y algo parecido a la irritacin.

Has vuelto dijo, sin ning?n saludo previo.

Muy observador.

Te dije que este bosque no es un lugar seguro.

Y yo te dije que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer.

Adrian suspir, y por un instante pareci ms cansado que enfadado, como si estuviera librando una batalla interna que Sof?a no pod?a comprender del todo. Se acerc unos pasos, manteniendo, sin embargo, una distancia cuidadosa entre ambos, como si temiera algo que ella todav?a no entend?a.

?Por qu has vuelto, Sof?a?

Ella dud un segundo antes de responder, sopesando si mencionar o no el art?culo de peridico. Finalmente, decidi arriesgarse.

Encontr algo en la biblioteca del instituto. Un art?culo de 1952 sobre un tal Adrian Blackwood. Y otro de 1897, sobre un incendio en tu casa, en el que tambin aparece un Adrian.

Por primera vez desde que se conoc?an, Sof?a vio algo parecido al miedo cruzar el rostro de Adrian. Fue apenas un instante, un cambio casi imperceptible en la tensin de su mand?bula, pero fue suficiente para confirmar que hab?a tocado algo importante.

Habr sido mi abuelo. Compartimos nombre. Es una tradicin familiar.

Qu casualidad tan conveniente.

La vida est llena de casualidades.

?Y el del incendio de 1897? ?Tambin era tu abuelo?

Ser?a mi bisabuelo, entonces. Los Blackwood no somos muy originales con los nombres.

Sof?a cruz los brazos, decidida a no dejarse convencer tan fcilmente, aunque en el fondo sab?a que insistir demasiado podr?a hacer que Adrian desapareciera otra vez, como hab?a hecho las veces anteriores. Cambi de estrategia y decidi observarlo con ms atencin.

Fue entonces cuando not algo extra?o: Adrian ten?a la vista fijada, de manera casi constante, en su cuello, en el punto exacto donde lat?a su pulso. No era una mirada cualquiera, sino algo intenso, casi hambriento, que desaparec?a rpidamente cada vez que ella se daba cuenta y l apartaba los ojos.

?Qu pasa? pregunt ella, llevndose una mano al cuello, de repente consciente de aquella mirada.

Nada.

Mientes fatal, ?lo sab?as?

Adrian desvi la mirada hacia los rboles, evitando responder directamente, y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El silencio, sin embargo, no resultaba incmodo; al contrario, ten?a algo de complicidad extra?a, como si ambos supieran que estaban al borde de algo que todav?a no ten?a nombre.

Deber?as tener ms cuidado con quin hablas en un bosque vac?o dijo finalmente Adrian, con voz ms suave de lo habitual.

?Es eso una advertencia o una amenaza?

Es un consejo.

Pues es un consejo muy raro viniendo de alguien que parece ms interesado en mi cuello que en cualquier otra cosa que yo diga.

Adrian se puso r?gido durante un segundo, y Sof?a se pregunt si hab?a ido demasiado lejos con el comentario, pero despus l solt una risa breve, casi involuntaria, que pareci sorprenderlo a l mismo tanto como a ella.

Tienes una lengua muy afilada para ser tan nueva en el pueblo.

Es una de mis mejores cualidades, seg?n mi madre. Aunque ella lo dice ms como una queja.

El atardecer avanzaba, ti?endo el cielo de tonos rojizos que se filtraban entre las ramas. Sof?a sinti que no quer?a marcharse todav?a, que a pesar de las respuestas evasivas, algo en la presencia de Adrian resultaba extra?amente reconfortante, como si, desde la muerte de su padre, hubiera encontrado por fin algo capaz de distraer su mente del dolor constante.

Puedo preguntarte algo personal dijo Sof?a, cambiando de tono. ?Por qu siempre ests en este bosque? ?No tienes amigos, familia con quien pasar el tiempo?

La pregunta pareci incomodar a Adrian ms de lo que esperaba. Se tom un momento antes de responder, mirando hacia los rboles con una expresin que Sof?a interpret como algo parecido a la soledad.

El bosque es el ?nico lugar donde puedo ser yo mismo sin fingir nada.

Eso suena bastante triste, la verdad.

Estoy acostumbrado.

Aquella respuesta breve, cargada de una melancol?a que Sof?a no esperaba, le hizo sentir un impulso de compasin hacia aquel joven misterioso que hasta entonces solo hab?a considerado, ms que nada, como un enigma que resolver. Por un instante, olvid las preguntas sobre los art?culos de peridico y sinti simplemente el deseo de conocerlo mejor, de entender qu se escond?a detrs de aquella fachada distante.

Vale, no me vas a contar nada ms hoy. Pero volver. Ya te lo advierto.

Adrian la mir con una expresin indescifrable, entre la resignacin y algo que se parec?a peligrosamente a una sonrisa contenida.

No lo dudo ni por un momento.

?Y t?? ?Vas a seguir apareciendo de la nada cada vez que venga?

Probablemente.

Entonces supongo que nos veremos pronto, Adrian Blackwood.

Y con esas palabras, Sof?a se dio la vuelta y emprendi el camino de regreso a casa, sintiendo que, despus de tanto tiempo, algo en su vida volv?a a resultarle interesante. Camin despacio, disfrutando de los ?ltimos rayos de sol que se filtraban entre los rboles, pensando en cada palabra de la conversacin, en cada mirada, en cada silencio compartido, sin sospechar que Adrian, oculto entre las sombras, la observ alejarse hasta que se perdi de vista.

?Vendrs ma?ana tambin? le pregunt Sof?a, ya de pie, lista para marcharse.

Puede que s?. Puede que no. Depende de si te portas bien.

Nunca me porto bien. Ya deber?as saberlo a estas alturas.

Adrian sonri, esta vez sin ning?n esfuerzo por disimularlo, y aquella sonrisa sincera qued grabada en la memoria de Sof?a durante todo el camino de regreso a casa, como una peque?a promesa silenciosa de que aquel extra?o v?nculo entre ambos apenas comenzaba.

Antes de que Sof?a llegara al claro aquella tarde, se detuvo un momento junto a un peque?o riachuelo que cruzaba el sendero, sentndose sobre una piedra para ordenar sus pensamientos. Llevaba todo el d?a ensayando mentalmente lo que quer?a decirle a Adrian, consciente de que aquella conversacin pod?a cambiar por completo la naturaleza de lo que fuera que estaban construyendo.

Solo preg?ntale directamente se dijo a s? misma en voz alta, practicando el tono que quer?a emplear. Nada de rodeos.

Sin embargo, en cuanto vio la silueta de Adrian aparecer entre los rboles, todo el discurso cuidadosamente preparado se desvaneci de su mente, sustituido por la calidez inmediata que sent?a siempre en su presencia, una sensacin que, a esas alturas, ya reconoc?a como el principio de algo mucho ms profundo que la simple curiosidad.

Al despedirse aquella tarde, Adrian le hizo una pregunta que Sof?a no esperaba, una pregunta que revelaba cunto empezaba a importarle la vida cotidiana de ella ms all del misterio que representaba.

?Qu tal va la universidad? No me has contado nada de tus clases ?ltimamente.

Bien. Dif?ciles, pero bien. Tengo un examen de literatura medieval la semana que viene que me tiene bastante nerviosa.

Puedo ayudarte a estudiar, si quieres. Viv? esa poca, tcnicamente no, pero he le?do bastante sobre ella.

Eso ser?a trampa.

Eso ser?a aprovechar los recursos disponibles.

Aquella misma tarde, antes de despedirse, Adrian le habl tambin sobre lo distinto que resultaba cortejar a alguien en la poca actual comparado con lo que hab?a conocido siglos atrs, cuando las reglas del galanteo eran mucho ms r?gidas y formales.

En mi poca humana, habr?a necesitado el permiso de tu padre solo para pasear contigo a solas.

Menos mal que esos tiempos quedaron atrs.

Completamente de acuerdo. Aunque debo admitir que la formalidad de entonces ten?a cierto encanto.




Cap?tulo 6. El primer coqueteo





Vocabulario del cap?tulo


coquetear  

provocar  , 

el atrevimiento  

sonrojarse  

acercarse demasiado    

la despedida  

re?rse  

el roce  

contener la respiracin   

burln/a  

la confianza  ; 

la tregua  

inclinarse  

susurrar  

quedarse callado/a  , 

el arroyo  

el tronco   

Cumpli su palabra. Durante las dos semanas siguientes, Sof?a volvi al bosque casi cada tarde, y casi cada tarde, de una manera que empezaba a parecer menos casual, Adrian aparec?a tambin. Al principio, sus encuentros segu?an el mismo patrn: preguntas directas por parte de ella, respuestas evasivas por parte de l, y una tensin constante que ninguno de los dos se atrev?a a nombrar.

Sof?a empez a organizar su rutina diaria en torno a esos encuentros, aunque nunca lo admitir?a en voz alta. Terminaba las clases, hac?a los deberes ms urgentes a toda prisa y, en cuanto pod?a, se escapaba hacia el sendero que conduc?a al claro donde sol?an encontrarse. Su madre, ocupada con el trabajo en la cl?nica y con la adaptacin de Luc?a al nuevo colegio, no se hab?a dado cuenta todav?a de la regularidad de aquellas salidas, algo que Sof?a agradec?a en silencio.

Poco a poco, sin embargo, algo empez a cambiar. Las conversaciones se alargaban, los silencios se volv?an ms cmodos, y las respuestas evasivas de Adrian empezaron a mezclarse con comentarios inesperadamente ingeniosos que hac?an re?r a Sof?a a pesar de s? misma. Descubri que, bajo aquella fachada fr?a y distante, exist?a un sentido del humor seco y sarcstico que encajaba a la perfeccin con el suyo propio.

Aquella tarde en particular, sentados sobre un tronco ca?do cerca del arroyo que cruzaba el bosque, Sof?a se sent?a ms relajada que en semanas. Hab?a llevado una manta y algo de comida, decidida a convertir la conversacin en algo ms largo que las escapadas rpidas de siempre.

Entonces, dime algo verdadero sobre ti dijo ella, mordiendo una manzana. Algo que no sea evasivo ni misterioso.

Eso es pedir mucho.

Intntalo.

Adrian se qued pensativo unos segundos, observando el agua correr entre las piedras, antes de responder con una media sonrisa que Sof?a no le hab?a visto antes.

Me gusta leer. Mucho, en realidad.

Vaya, qu revelacin tan escandalosa.

Has pedido algo verdadero, no algo interesante.

Sof?a se rio, y el sonido de su propia risa la sorprendi, porque hac?a mucho tiempo que no se sent?a tan ligera. Adrian la observ con una expresin curiosa, como si estuviera memorizando cada detalle de aquel momento.

Tienes una risa bonita dijo l, casi sin pensarlo, y enseguida pareci arrepentirse del comentario.

?Eso ha sido un cumplido? De ti, el rey del misterio y las respuestas evasivas.

No te acostumbres.

Demasiado tarde. Ya me estoy acostumbrando.

A medida que la tarde avanzaba, Sof?a not que Adrian, a pesar de su actitud fr?a al principio, se relajaba cada vez ms en su compa??a. Le pregunt sobre su vida antes de la mudanza, sobre sus estudios, sobre sus gustos musicales, y ella, sorprendida de su propia sinceridad, termin contndole ms de lo que hab?a planeado, incluida una breve mencin a la muerte de su padre.

Lo siento mucho dijo Adrian, con una seriedad que contrastaba con el tono ligero de la conversacin anterior.

No pasa nada. Bueno, s? pasa, mucho, pero... contigo es ms fcil hablar de ello, no s por qu.

Quizs porque no te miro con lstima.

Exacto. Todo el mundo me mira como si fuera de cristal, a punto de romperme. T? simplemente escuchas.

Adrian no respondi inmediatamente, pero sus ojos se suavizaron con una comprensin que parec?a nacer de una experiencia mucho ms profunda que la de un chico de veinte a?os cualquiera. Sof?a, sin saber exactamente por qu, sinti el impulso de acercarse un poco ms, y l, en lugar de retroceder como sol?a hacer, se qued quieto.

?Puedo preguntarte cmo era? Tu padre, quiero decir.

Sof?a sonri, esta vez con una tristeza ms suave, menos afilada que de costumbre, y empez a hablarle de l: de su risa fuerte que se escuchaba desde la otra punta de la casa, de su costumbre de tararear canciones mientras cocinaba, de las tardes que pasaban juntos leyendo en silencio, cada uno con su propio libro, solo disfrutando de la compa??a del otro.

Suena como alguien maravilloso.




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