Miel y sangre Äæóëñ Õîíèã Ñàí-Àíòîíèî, íàøè äíè. Ñâåðõúåñòåñòâåííûå ñóùåñòâà æèâóò îòêðûòî: âàìïèðû âëàäåþò êëóáàìè, íåêðîìàíòèÿ ïîä çàêîíîì, îõîòíèêè ðàáîòàþò êàê ñóäåáíûå èñïîëíèòåëè. Êàðëà Àâèëà - íåêðîìàíò è îõîòíèê íà âàìïèðîâ êëàññà À. Ïîëèöèÿ çîâ¸ò å¸ òóäà, êóäà äðóãèå íå ñìîòðÿò. Íà ñêëàäå íàéäåí îáåçãëàâëåííûé âàìïèð. Ïåðåä ñìåðòüþ îí ãîâîðèò: «Ì¸ä ãîðèò». Ýòî òðåòüå óáèéñòâî çà äåñÿòü äíåé. Ñëåä âåä¸ò â êëóá MIEL, ïðèíàäëåæàùèé Ýðèêó Ëèíäñòð¸ìó, âàìïèðó, êîòîðîìó îêîëî ñåìèñîò ëåò. Îí ïðåäëàãàåò ïîìîùü áåñïëàòíî, è ïîòîìó Êàðëà åìó íå äîâåðÿåò. Ìàñòåð ãîðîäà Ïàáëî äå Ëåîí ÿñíî äà¸ò ïîíÿòü: îòêàçàòüñÿ íåëüçÿ. Êîãäà èñ÷åçàåò ëó÷øàÿ ïîäðóãà Êàðëû, Ýíæåë, äåëî ñòàíîâèòñÿ ëè÷íûì. Êàðëå ïðèä¸òñÿ ðàáîòàòü ñ âàìïèðàìè, îáîðîòíÿìè è ïîëèöèåé è ðåøèòü, êîìó âåðèòü. Óáèéöà ãîòîâèò ðèòóàë, ñïîñîáíûé ïîäíÿòü âñåõ ì¸ðòâûõ Ñàí-Àíòîíèî. «Ì¸ä è êðîâü» - âçðîñëîå ãîðîäñêîå ôýíòåçè-äåòåêòèâ íà èñïàíñêîì (B2+). Ïåðâàÿ êíèãà öèêëà. Äæóëñ Õîíèã Miel y sangre Ãëàâà Cap?tulo 1. El cadàver que hablî Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. el cadàver — òðóï decapitar / degollar — îáåçãëàâèòü el almacån abandonado — çàáðîøåííûé ñêëàä la nigromancia / el nigromante — íåêðîìàíòèÿ / íåêðîìàíò resucitar (temporalmente) — âîñêðåñèòü (âðåìåííî) el hechizo / el conjuro — çàêëèíàíèå la orden judicial — ñóäåáíûé îðäåð el forense / forense (adj.) — ñóäìåäýêñïåðò / ñóäåáíûé (ïðèë.) la escena del crimen — ìåñòî ïðåñòóïëåíèÿ el colmillo — êëûê sangrar / la sangre — êðîâîòî÷èòü / êðîâü el detective de homicidios — äåòåêòèâ îòäåëà óáèéñòâ desvanecerse — ðàññåèâàòüñÿ, èñ÷åçàòü arder — ãîðåòü la consciencia (del muerto) — ñîçíàíèå (óìåðøåãî) El telåfono sonî a las tres y diez de la madrugada. Carla Àvila no necesitî mirar la pantalla para saber quiån llamaba a esa hora. Solo un n?mero aparec?a en su celular pasada la medianoche, y ese n?mero pertenec?a al Departamento de Polic?a de San Antonio. —Àvila —contestî, ya sentada en la cama, buscando sus botas con el pie. —Necesitamos que vengas al almacån de la calle Somerset, cerca del r?o —dijo la voz al otro lado—. Es otro vampiro. Està muerto de verdad esta vez. Carla cerrî los ojos un segundo. No por sorpresa, sino por cansancio. Llevaba diez a?os trabajando como nigromante certificada, y en ese tiempo hab?a aprendido que las palabras «muerto de verdad» significaban algo muy espec?fico cuando se hablaba de un vampiro. Significaban que alguien hab?a encontrado la manera de matarlo sin que su cuerpo pudiera regenerarse. Eso no era fàcil. Y no era barato. —Voy para allà —respondiî, y colgî antes de que el oficial pudiera a?adir nada màs. Se vistiî en menos de cuatro minutos: jeans negros, una camiseta gris, la chaqueta de cuero que llevaba incluso en pleno verano texano porque ten?a bolsillos suficientes para todo lo que necesitaba. Se recogiî su melena negra, espesa y ondulada hasta casi la cintura, en una trenza gruesa apartàndola del rostro, un gesto casi automàtico despuås de tantos a?os de trabajo. A sus veintinueve a?os, con la piel de tono oliva càlido y los pîmulos marcados que hab?a heredado de la familia de su padre, era sus ojos lo que la gente sol?a notar primero: un verde brillante e inusual, heredado de su abuela paterna, la misma que le hab?a transmitido el don. Se colgî al cinturîn la funda con la pistola, aunque sab?a que probablemente no la usar?a, y guardî en una bolsa de tela el resto de su equipo: sal negra, tiza ritual, un frasco peque?o de su propia sangre mezclada con hierbas, y el cuchillo ceremonial que hab?a pertenecido a su abuela. Antes de salir, se puso al cuello la cruz de plata que su abuela le hab?a dejado. No era exactamente religiosa, pero la cruz la hac?a sentir acompa?ada, y en su trabajo eso val?a màs de lo que la gente cre?a. San Antonio a esa hora era otra ciudad. Las calles del centro, tan llenas de turistas durante el d?a, estaban pràcticamente vac?as. Solo quedaban las luces de neîn de algunos bares que cerraban tarde y el calor h?medo que nunca terminaba de desaparecer, ni siquiera de noche. Carla condujo con las ventanillas bajadas, dejando que el aire caliente le despertara del todo, mientras la ciudad pasaba a su alrededor como un decorado que conoc?a de memoria. El almacån de la calle Somerset era uno de esos edificios abandonados que exist?an por toda la ciudad desde que la industria textil se hab?a marchado hac?a dåcadas. Ten?a las ventanas rotas y una cerca metàlica cubierta de carteles que prohib?an la entrada, carteles que nadie respetaba nunca. Cuando Carla llegî, ya hab?a dos patrullas y una furgoneta forense estacionadas frente al edificio, con las luces azules y rojas pintando las paredes de ladrillo. El detective Daniel Mercer la esperaba junto a la entrada, con una taza de cafå que probablemente ya estaba fr?a. Era un hombre alto y fornido, con el pelo casta?o oscuro cortado casi al rape y unos ojos grises que esa noche se ve?an màs cansados de lo habitual. Llevaba la misma expresiîn de siempre, la de alguien que hab?a dormido cuatro horas y pensaba dormir menos esa noche. —Penså que dir?as que estabas ocupada —dijo cuando la vio acercarse. —A las tres de la ma?ana nadie està ocupado, Mercer. Solo dormido o despierto por trabajo —contestî Carla, pasando junto a ål hacia la entrada. —Te va a gustar esto tanto como me gustî a m? —a?adiî Daniel, siguiåndola—. O tal vez no. Nunca så cîmo reaccionas a estas cosas. —Reacciono trabajando. Es lo ?nico ?til que puedo hacer con un cadàver. El interior del almacån ol?a a polvo, a metal oxidado y, debajo de todo eso, a algo màs antiguo y màs desagradable. Carla lo reconociî enseguida: el olor particular que dejaba la muerte definitiva de un vampiro, muy distinto del olor de un cuerpo humano. Los generadores portàtiles de la polic?a iluminaban una zona amplia en el centro del espacio, donde varios tåcnicos forenses trabajaban en silencio, tomando fotograf?as y recogiendo muestras con guantes de làtex. En el centro de esa zona iluminada estaba el cuerpo. Era un hombre joven, o al menos lo hab?a sido antes de que lo convirtieran, con el cabello oscuro y una complexiîn delgada. Estaba tendido boca arriba, con los brazos extendidos de una manera que a Carla le pareciî deliberada, casi ceremonial. Pero lo que hac?a que la escena resultara realmente perturbadora era que le faltaba la cabeza. No hab?a sido arrancada de cualquier manera: el corte era limpio, preciso, hecho probablemente con un arma bendecida o con plata pura, las dos ?nicas sustancias capaces de separar la cabeza de un vampiro sin que el cuerpo se regenerara despuås. La cabeza descansaba a poco màs de un metro de distancia, colocada con un cuidado que no encajaba con la violencia del acto. —Alguien se tomî su tiempo —murmurî Carla, agachàndose junto al torso. —Eso mismo pensamos nosotros —dijo Daniel—. No hay se?ales de lucha. Ni sangre en el suelo, màs allà de lo normal para este tipo de heridas. Quien hizo esto sab?a lo que estaba haciendo. Carla se puso los guantes que siempre llevaba consigo y examinî el corte con atenciîn profesional, sin dejar que el asco o la incomodidad le nublaran el juicio. Hab?a aprendido, con los a?os, a mirar los cuerpos como lo que eran: fuentes de informaciîn, no solo tragedias. Eso no significaba que hubiera dejado de sentir nada. Solo significaba que hab?a aprendido a guardar los sentimientos para despuås. —?Tenemos identificaciîn? —preguntî. —Todav?a no. No llevaba nada encima. Ni cartera, ni telåfono, ni ning?n tipo de documento vamp?rico. Por eso te llamamos a ti antes de esperar a que el laboratorio identifique restos de ADN, que con un vampiro de esta edad puede tardar d?as. Carla asintiî, aunque en realidad ya hab?a supuesto que ser?a as?. Por eso estaba all?, al fin y al cabo. La ciencia forense funcionaba de manera distinta cuando la v?ctima llevaba siglos muerta antes de morir de verdad. A veces el ADN no serv?a de nada. A veces la ?nica testigo posible era la propia v?ctima. —Necesito la orden —dijo, extendiendo la mano sin mirar a Daniel. Ål sacî del bolsillo interior de su chaqueta un papel doblado y se lo entregî. Carla lo desdoblî con cuidado y leyî las l?neas ràpidamente, comprobando que todo estuviera en regla, como hac?a siempre. La ley del Cîdigo Nocturno de Texas era estricta en ese punto: ning?n nigromante pod?a levantar la consciencia de un muerto, humano o sobrenatural, sin el permiso expl?cito de la familia o, en su ausencia, una orden judicial firmada por un juez autorizado. La ley exist?a por una razîn. Levantar a los muertos sin su consentimiento, aunque fuera solo unos minutos, era una violaciîn grave, y Carla hab?a visto lo que les pasaba a los nigromantes que decid?an ignorarla. —Està firmada por el juez Ibarra hace dos horas —confirmî Daniel—. Como no tenemos familia que localizar, el juez autorizî la interrogaciîn forense directa. —Perfecto —Carla doblî el papel y lo guardî en el bolsillo de su chaqueta—. Necesito que todos se alejen al menos tres metros. Y que apaguen esas luces tan fuertes. La consciencia reciån despertada es sensible a la luz artificial. Los tåcnicos forenses miraron a Daniel, esperando confirmaciîn, y ål simplemente asintiî con la cabeza. Uno por uno, se fueron retirando hacia los bordes del almacån, dejando a Carla pràcticamente sola junto al cuerpo decapitado, con solo Daniel permaneciendo cerca, apoyado contra una columna de metal, observando con la atenciîn incîmoda de alguien que nunca terminaba de acostumbrarse a este tipo de trabajo, por muchas veces que lo hubiera presenciado. Carla se arrodillî junto al torso y abriî su bolsa de tela. Sacî primero la tiza ritual, blanca y ligeramente perfumada con hierbas que ella misma preparaba, y comenzî a dibujar un c?rculo alrededor del cuerpo, con s?mbolos antiguos en cada uno de los cuatro puntos cardinales. Sus movimientos eran precisos, casi automàticos despuås de tantos a?os de pràctica, pero nunca descuidados. Un s?mbolo mal trazado pod?a significar la diferencia entre una consciencia cooperativa y algo mucho peor. Despuås colocî sal negra entre el torso y la cabeza, formando una l?nea recta que conectaba ambas partes, un puente simbîlico y literal para que la voz pudiera pasar de una a otra. Finalmente, sacî el peque?o frasco con su mezcla de sangre y hierbas, y dejî caer tres gotas exactas sobre el pecho del cadàver. —?Cuànto tiempo dura normalmente? —preguntî Daniel en voz baja, como si temiera romper algo con su voz. —Depende de la edad del vampiro y de cuànto tiempo lleve muerto —respondiî Carla, sin levantar la vista de su trabajo—. Si llevaba solo unas horas cuando lo encontraron, tal vez tenga tres o cuatro minutos de consciencia real antes de que se apague para siempre. Si llevaba màs tiempo, quizàs solo unos segundos. —?Y si no despierta nada? —Entonces habremos perdido una orden judicial y yo habrå perdido energ?a que no recupero fàcilmente —Carla lo mirî un instante—. Pero normalmente despierta algo. Los muertos casi siempre tienen algo que decir. El problema es que no siempre dicen lo que uno espera escuchar. Terminî de preparar el c?rculo y se sentî sobre los talones, respirando profundamente varias veces para concentrarse. Cerrî los ojos y comenzî a murmurar las palabras del ritual, una mezcla de lat?n antiguo y expresiones en espa?ol que se hab?an transmitido en su familia durante generaciones, desde que su bisabuela emigrara del norte de Måxico con ese don extra?o que nadie màs en el pueblo entend?a. Las palabras no eran màgicas por s? mismas. Eran solo el veh?culo. La verdadera magia ven?a de la voluntad de Carla, de su energ?a vital, ofrecida temporalmente como puente entre el mundo de los vivos y el silencio que dejaban los muertos. El aire dentro del c?rculo cambiî. Se volviî màs denso, màs fr?o, a pesar del calor h?medo que llenaba el resto del almacån. Daniel, que hab?a presenciado este proceso docenas de veces, sintiî de todas formas un escalofr?o recorrerle la espalda, el mismo que sent?a siempre en ese momento exacto, cuando la barrera entre la vida y la muerte se volv?a, durante unos segundos, màs delgada de lo que deb?a ser. El torso decapitado se moviî. No fue un movimiento violento ni antinatural, como en las pel?culas que la gente imaginaba cuando pensaba en nigromancia. Fue màs bien un temblor suave, un suspiro contenido, como si el cuerpo recordara, por un instante, cîmo se respiraba. Y entonces, desde la cabeza colocada a un metro de distancia, saliî una voz. Ronca, quebrada, apenas màs que un susurro, pero perfectamente audible en el silencio del almacån. —?Quiån... quiån me llama? —Me llamo Carla Àvila —respondiî ella, manteniendo la voz calmada y firme, tal como hab?a aprendido a hacerlo con cada consciencia que despertaba, fuera humana o sobrenatural—. Soy nigromante certificada. Tienes permiso judicial para hablar conmigo. No voy a hacerte da?o. Solo necesito que me digas quå pasî. Hubo un silencio largo, tan largo que Carla temiî haber perdido ya la consciencia reciån despertada. Pero entonces la voz volviî, un poco màs clara esta vez, cargada de algo que sonaba como miedo, aunque tambiån como una extra?a resignaciîn. —Me encontraron aqu?. Me estaban esperando. —?Quiån te esperaba? —No... no puedo verle la cara. Llevaba algo... una capucha. Y ol?a a hierbas quemadas. Como en un ritual. Carla intercambiî una mirada ràpida con Daniel, que hab?a sacado discretamente su libreta y anotaba cada palabra. —?Era humano? ?Vampiro? ?Otra cosa? —No lo så —respondiî la voz, màs dåbil ahora—. Sent? dos tipos de poder al mismo tiempo. Uno fr?o, como el m?o. Y otro... otro que quemaba por dentro. Nunca hab?a sentido algo as? en un solo ser. Carla frunciî el ce?o. Dos tipos de poder combinados en un solo agresor no era algo com?n. La nigromancia y la brujer?a eran disciplinas distintas, con reglas distintas, y aunque tåcnicamente era posible que una misma persona dominara ambas, la ley las regulaba de manera tan diferente que casi nadie se molestaba en aprender las dos. Alguien que combinara nigromancia y brujer?a de sangre, ademàs, no era simplemente un practicante talentoso. Era alguien dispuesto a cruzar l?neas que la mayor?a de los magos consideraban prohibidas por una buena razîn. —?Por quå te mataron? —preguntî Carla, sintiendo que el tiempo se acababa. La voz sonaba cada vez màs distante, como si viniera de màs y màs lejos con cada palabra. —No lo så —repitiî el vampiro—. Dijo algo antes de cortar. Algo sobre... sobre pagar una deuda. Una deuda muy antigua. —?Quå deuda? ?De quiån? El silencio esta vez fue distinto. No era la pausa de alguien buscando las palabras correctas, sino el silencio de una consciencia que empezaba a desvanecerse de verdad, arrastrada de vuelta hacia la oscuridad de la que Carla la hab?a sacado por un momento tan breve. Ella sintiî el cambio en el aire del c?rculo, la manera en que la energ?a comenzaba a apagarse, como una vela consumiåndose en sus ?ltimos segundos. —Ràpido —susurrî Carla, màs para s? misma que para nadie màs—. Dime algo màs. Lo que sea. Y entonces, justo cuando Carla ya se preparaba para aceptar que la consciencia se hab?a ido sin darle nada màs ?til, la voz regresî una ?ltima vez, tan dåbil que ella tuvo que inclinarse hacia la cabeza para poder escucharla con claridad. —La miel arde. —?Quå? ?Quå significa eso? Pero no hubo respuesta. El aire dentro del c?rculo volviî a su temperatura normal de golpe, como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno. El torso quedî completamente inmîvil, y esta vez Carla supo, con la certeza que solo dan a?os de experiencia, que no volver?a a despertar. La consciencia se hab?a ido de verdad, esta vez para siempre, dejando atràs solamente un cuerpo vac?o y tres palabras que no significaban nada todav?a. Se quedî arrodillada un momento màs, respirando con dificultad, sintiendo el cansancio habitual que segu?a a cada ritual, como si le hubieran quitado algo de energ?a propia ademàs de la energ?a que hab?a usado para el hechizo. Daniel se acercî, guardando su libreta en el bolsillo. —?Estàs bien? —Estoy cansada. No es lo mismo —Carla se puso de pie despacio, apoyàndose un instante en la rodilla—. ?Anotaste todo? —Todo. Aunque no så quå vamos a hacer con la mayor?a de esto. Dos tipos de magia combinados, una deuda antigua, y la miel arde —Daniel negî con la cabeza—. Suena a algo que dir?as en un sue?o extra?o, no a una pista de verdad. —Tal vez lo sea —respondiî Carla, borrando con el pie una parte del c?rculo de tiza para deshacer completamente el ritual. Era un hàbito importante, casi tan importante como haberlo dibujado correctamente al principio: un c?rculo sin cerrar pod?a atraer cosas que nadie hab?a invitado. —Pero los muertos no suelen desperdiciar sus ?ltimas palabras en tonter?as. Si dijo eso, es porque significaba algo para ål. Y probablemente signifique algo para quien lo matî tambiån. Se quitî los guantes y los guardî en una bolsa aparte, junto con el resto de su material ritual. El olor a hierbas quemadas todav?a flotaba en el aire, mezclado con el aroma metàlico que siempre acompa?aba a estos rituales, un recordatorio de lo que su trabajo realmente costaba, aunque el precio no siempre fuera visible. —?Se te ocurre algo? —preguntî Daniel, mientras caminaban juntos hacia la salida del almacån, dejando atràs a los tåcnicos forenses, que ya se preparaban para retirar los restos. Carla se quedî pensando un momento, repasando mentalmente todos los lugares de San Antonio que pudieran tener alguna relaciîn con la miel. Hab?a mercados, hab?a tiendas especializadas, hab?a incluso un festival anual dedicado a la apicultura en las afueras de la ciudad. Pero tambiån hab?a algo màs obvio, algo que cualquier persona que llevara màs de un a?o viviendo en la ciudad conocer?a sin esfuerzo. —Hay un club nocturno que se llama as? —dijo finalmente, mientras sal?an al aire caliente de la madrugada—. MIEL. Es propiedad de un vampiro extranjero, bastante viejo y bastante rico. Nunca he tenido motivos para acercarme, pero tal vez ha llegado el momento de cambiar eso. —?Conoces al due?o? —Solo de reputaciîn —contestî Carla, mirando hacia el horizonte, donde el cielo empezaba apenas a perder algo de su negrura absoluta—. Y la reputaciîn no siempre coincide con la realidad. Voy a tener que averiguarlo por m? misma. Se despidiî de Daniel con un gesto breve y caminî hacia su coche, con el cansancio del ritual todav?a pesàndole en los hombros, pero con algo màs tambiån: esa sensaciîn familiar, casi incîmoda, de que un caso apenas comenzaba a mostrar su verdadera forma, y que esa forma iba a ser mucho màs complicada de lo que un simple cadàver decapitado dejaba entrever al principio. Tres palabras. Una deuda antigua. Dos tipos de magia que no deber?an mezclarse jamàs. Y un club llamado MIEL, esperando en alg?n lugar de la ciudad, guardando quizàs las respuestas que Carla todav?a no sab?a que necesitaba con tanta urgencia. Condujo de regreso a casa mientras el cielo empezaba a te?irse de un azul muy pàlido en el horizonte, se?al de que el amanecer llegar?a pronto. Sab?a que no dormir?a mucho màs esa noche. Su mente ya estaba ocupada trabajando en la siguiente pregunta, la que de verdad importaba: quå clase de deuda pod?a ser tan antigua, y tan grave, como para llevar a alguien a matar de esa manera, con tanta precisiîn y tanta paciencia. Fuera lo que fuera, Carla ten?a la certeza de que aquello no hab?a sido un crimen aislado. Y algo en su instinto, ese mismo instinto que la hab?a mantenido con vida durante diez a?os de tratar con los muertos, le dec?a que aquella noche en el almacån de la calle Somerset hab?a sido solamente el principio. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. Los tåcnicos ______ trabajaban con guantes de làtex junto al cuerpo. 2. Nadie puede levantar a un muerto sin una ______ firmada por un juez. 3. El vampiro fue ______ con un arma de plata; por eso no pudo regenerarse. 4. Carla dibujî un c?rculo de tiza alrededor del ______ antes de comenzar el ritual. 5. La ______ de la v?ctima despertî solo unos segundos antes de apagarse para siempre. 6. Encontraron el cuerpo en un ______ cerca del r?o, lleno de polvo y metal oxidado. 7. Carla mezclî su propia sangre con hierbas para preparar el ______. 8. El olor a hierbas quemadas todav?a flotaba en la ______ cuando llegaron los forenses. 9. Cuando la voz del vampiro se hizo màs dåbil, empezî a ______ poco a poco. 10. Las palabras «la miel ______» fueron las ?ltimas que pronunciî antes de morir de verdad. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. cadàver: a) ÷åëîâåê, èçó÷àþùèé ì¸ðòâûõ äëÿ ïîëèöèè 2. nigromante: b) áåçæèçíåííîå òåëî 3. forense: c) ñïåöèàëèñò ïî íåêðîìàíòèè 4. colmillo: d) çàêëèíàíèå 5. hechizo: e) îñòðûé çóá âàìïèðà Respuestas Ejercicio 1: 1. forenses · 2. orden judicial · 3. decapitado / degollado · 4. cadàver · 5. consciencia · 6. almacån abandonado · 7. hechizo / conjuro · 8. escena del crimen · 9. desvanecerse (desvanec?a) · 10. arde Ejercicio 2: 1-b, 2-c, 3-a, 4-e, 5-d Cap?tulo 2. Muertos de verdad Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. el patrîn — ìîäåëü, çàêîíîìåðíîñòü la autopsia — âñêðûòèå el expediente — äîñüå, äåëî la pista — ñëåä, çàöåïêà el sospechoso — ïîäîçðåâàåìûé regenerarse — ðåãåíåðèðîâàòü, âîññòàíàâëèâàòüñÿ el modus operandi — ïî÷åðê ïðåñòóïíèêà el arma blanca — õîëîäíîå îðóæèå la v?ctima — æåðòâà el informe forense — ñóäåáíî-ìåäèöèíñêîå çàêëþ÷åíèå coincidir — ñîâïàäàòü el mîvil (del crimen) — ìîòèâ (ïðåñòóïëåíèÿ) la vigilancia — íàáëþäåíèå, ñëåæêà el testigo — ñâèäåòåëü sistemàtico / sistemàtica — ñèñòåìàòè÷åñêèé Carla durmiî solo tres horas despuås de volver del almacån de la calle Somerset. Se despertî con el sol ya alto, la boca seca y esa sensaciîn pesada en el cuerpo que siempre le quedaba despuås de un ritual, como si le hubieran prestado energ?a de un banco que ahora exig?a intereses. Se quedî mirando el techo un momento, repitiendo mentalmente las tres palabras que el vampiro hab?a pronunciado antes de apagarse para siempre. La miel arde. No sonaba como una amenaza. Tampoco sonaba como una casualidad. Sonaba como algo que alguien dir?a solo si esperaba que fuera entendido, aunque fuera por una sola persona en el mundo. Su celular vibrî sobre la mesita de noche antes de que pudiera terminar de despertarse del todo. Era Daniel. —Necesito que vengas a la comisar?a —dijo, sin saludar siquiera—. Tengo algo que ense?arte, y no es algo que quiera explicar por telåfono. —?Puede esperar hasta que me tome un cafå? —Tràete el cafå contigo. Esto no puede esperar mucho màs. Carla se duchî ràpido, se puso ropa limpia y se detuvo en una cafeter?a cercana a su apartamento, donde comprî dos cafås grandes, uno para ella y otro para Daniel, que casi nunca se acordaba de comer ni de beber nada mientras trabajaba en un caso complicado. Condujo hasta la comisar?a central bajo un sol que ya calentaba con fuerza a pesar de ser todav?a media ma?ana, uno de esos d?as de verano texano en los que el aire parec?a tener peso propio. La comisar?a era un edificio gris de varios pisos, sin ninguna gracia arquitectînica, rodeado de coches patrulla y de un aparcamiento que nunca ten?a suficientes plazas libres. Carla conoc?a el camino de memoria: entrada lateral, control de seguridad, ascensor hasta el tercer piso, donde trabajaba la unidad especial que se ocupaba de cr?menes relacionados con lo sobrenatural. Era un departamento peque?o, apenas seis personas, pero Daniel llevaba all? màs tiempo que casi todos los demàs. Lo encontrî en su despacho, rodeado de carpetas y con tres fotograf?as clavadas en una pizarra blanca detràs de su escritorio. Ten?a el aspecto de alguien que no hab?a dormido nada en absoluto, con la corbata suelta y una barba de dos d?as que no ten?a nada de intencional. —Cafå —dijo Carla, dejando uno de los vasos sobre su mesa. —Gracias a Dios —Daniel lo tomî y bebiî un trago largo antes de hacer ning?n otro comentario—. Siåntate. Necesito que veas esto. Carla se sentî frente al escritorio y dirigiî la mirada hacia la pizarra. Reconociî inmediatamente la primera fotograf?a: era el almacån de la calle Somerset, con el cuerpo decapitado que hab?a visto con sus propios ojos unas horas antes. Pero las otras dos fotograf?as mostraban escenas distintas, en lugares distintos, aunque con un patrîn que resultaba imposible de ignorar una vez que se miraban con atenciîn. —?Quå es esto? —preguntî, aunque ya sospechaba la respuesta. —El de anoche no es el primero —dijo Daniel, se?alando cada fotograf?a por turno—. Es el tercero. Hace diez d?as encontramos a este. Se?alî la foto de la izquierda, un vampiro decapitado con la misma precisiîn quir?rgica que el de anoche. —Y hace cuatro d?as, desapareciî este otro —la foto del centro mostraba el rostro de un vampiro sacado de alg?n registro empresarial, sin ning?n cuerpo asociado—. Sin cadàver, sin escena del crimen. Solo encontramos su coche abandonado cerca del r?o, y un charco de sangre demasiado peque?o como para resultar concluyente por s? solo. Carla se levantî de la silla para acercarse a la pizarra, estudiando cada imagen con la atenciîn profesional que hab?a aprendido a mantener incluso frente a las escenas màs desagradables. Algo en la disposiciîn de los cuerpos le resultaba familiar, aunque no pod?a identificar exactamente por quå. —?Por quå no me llamaron antes? —preguntî, sin apartar la vista de las fotograf?as. —Porque durante los dos primeros casos no ten?amos ninguna orden judicial para levantar al ?nico cuerpo que llegamos a encontrar, y sin familia dispuesta a autorizarlo, no hab?a forma legal de traerte. El juez Ibarra solo aceptî firmar anoche porque el patrîn ya era demasiado evidente para ignorarlo —Daniel se pasî una mano por la cara, cansado—. El de anoche y el de hace diez d?as fueron destruidos de la misma manera: decapitaciîn con un arma bendecida o de plata pura, el ?nico måtodo que impide la regeneraciîn. Eso no es casualidad. Eso es un måtodo. Alguien està siendo sistemàtico. El de hace cuatro d?as sigue oficialmente como desaparecido. Nunca encontramos un cuerpo, as? que ni siquiera sabemos con certeza si està muerto. Carla asintiî lentamente, procesando la informaciîn. Sab?a, mejor que casi nadie en esa ciudad, lo que costaba matar a un vampiro de verdad. La mayor?a de la gente cre?a que bastaba con clavar una estaca en el corazîn, gracias a dåcadas de pel?culas y novelas que no ten?an ni idea de cîmo funcionaba realmente la fisiolog?a vamp?rica. En realidad, un vampiro pod?a regenerarse de casi cualquier herida, incluso de la pårdida de extremidades, siempre que su cabeza permaneciera conectada al cuerpo y que tuviera suficiente sangre reciente para alimentar el proceso. Solo la decapitaciîn total, hecha con plata o con un arma consagrada, evitaba que ese proceso comenzara. —?Tenemos identificaciîn de las otras dos v?ctimas? —preguntî Carla. —Del de hace diez d?as, no. No llevaba identificaciîn, y su ADN no coincide con ning?n registro que tengamos, igual que el de anoche. Del que desapareciî hace cuatro d?as, ni siquiera eso. Nadie denunciî su ausencia hasta que alguien reportî el coche abandonado. Sin cuerpo, no hay nada que analizar —Daniel dejî escapar un suspiro cansado—. Es como si alguien se hubiera asegurado deliberadamente de que no pudiåramos identificarlos con rapidez. —?Y quå tienen en com?n los tres? —Esa es la pregunta que llevo dos d?as intentando responder —Daniel se sentî en el borde de su escritorio, cruzando los brazos—. No pertenecen al mismo clan. No trabajan en los mismos lugares. No hay ninguna conexiîn financiera evidente entre ellos. La ?nica coincidencia real es el måtodo de la muerte, y el hecho de que los tres ocurrieron en un radio de menos de ocho kilîmetros, todos cerca del r?o, todos de noche, todos entre la una y las cuatro de la madrugada. Carla se cruzî de brazos, pensando. Hab?a algo en la precisiîn de los asesinatos que le recordaba a un ritual màs que a un simple asesinato, por muy organizado que este fuera. La disposiciîn cuidadosa de los cuerpos, la ausencia de sangre derramada màs allà de lo estrictamente necesario, la elecciîn deliberada de un måtodo que garantizaba que la v?ctima no pudiera regresar. Todo eso apuntaba a alguien que no solo quer?a matar vampiros, sino que quer?a hacerlo de una manera muy espec?fica, casi ceremonial. —Anoche, antes de apagarse, el vampiro dijo algo —comentî Carla—. Dijo que sintiî dos tipos de poder en la persona que lo atacî. Uno fr?o, como el suyo. Y otro que quemaba por dentro. Daniel levantî la vista, interesado. —?Necromancia y algo màs? —Eso parece. Y si es as?, estamos hablando de alguien que domina dos disciplinas màgicas completamente distintas, lo cual ya de por s? es poco com?n. La mayor?a de los nigromantes certificados que conozco apenas tienen paciencia para su propia especialidad, mucho menos para aprender brujer?a ademàs —Carla volviî a mirar las fotograf?as, deteniåndose en los s?mbolos parcialmente visibles en el suelo de dos de las escenas—. ?Estos s?mbolos se analizaron? —El forense dice que son restos de un c?rculo ritual, pero no ha podido identificar la tradiciîn màgica exacta. Le ped? que te mandara las fotos en alta resoluciîn, por si t? reconoces algo que ål no reconozca. —Voy a necesitar ense?àrselas a alguien con màs experiencia en brujer?a que yo —dijo Carla, pensando ya en Luc?a Serrano y en su peque?a tienda de hierbas y objetos màgicos. Luc?a llevaba veinte a?os estudiando tradiciones rituales de todo tipo, y si alguien en San Antonio pod?a identificar una mezcla poco com?n de magias, era ella. —Pero antes necesito entender algo màs. El vampiro de anoche mencionî una deuda. Dijo que la persona que lo matî hablî de pagar una deuda antigua antes de cortarle la cabeza. —?Una deuda de quiån? ?Del vampiro? ?De alguien màs? —No llegî a dec?rmelo. Se apagî antes —Carla suspirî, frustrada por la informaciîn incompleta que siempre parec?a acompa?ar a estos casos—. Pero tambiån dijo tres palabras justo antes del final. La miel arde. Daniel frunciî el ce?o, repitiendo la frase mentalmente. —?Tiene alg?n significado para ti? —Hay un club nocturno en la ciudad que se llama as?. MIEL. Ya te lo mencionå anoche —Carla se apoyî contra el borde de la mesa, cruzando los tobillos—. No så todav?a si la conexiîn es real o si estoy viendo patrones donde no los hay, pero es lo ?nico concreto que tengo, y llevo diez a?os aprendiendo a no ignorar lo ?nico concreto que tengo. —?Y quå piensas hacer con eso? —Todav?a nada. Un nombre no es una prueba, y presentarme all? sin nada màs que tres palabras dichas por un moribundo solo servir?a para que el due?o supiera que alguien està siguiendo su rastro antes de que yo entienda siquiera quå estoy buscando —Carla se separî de la mesa, recogiendo su vaso de cafå ya fr?o—. Prefiero esperar y ver si aparece alguna conexiîn màs sîlida antes de acercarme a un vampiro de esa edad haciendo preguntas incîmodas. Primero necesito hablar con Luc?a sobre los s?mbolos. Y tambiån quiero pasar por casa de Angel antes de que se vaya a trabajar. Hace d?as que no la veo, y con todo esto pasando cerca del r?o, prefiero asegurarme de que està bien. Daniel asintiî, aunque su expresiîn mostraba que todav?a ten?a preguntas sin hacer. —Mantenme informada de cualquier cosa que descubras. Y ten cuidado, Àvila. Si esta persona està cazando vampiros de manera tan sistemàtica, no sabemos todav?a si tambiån està dispuesta a hacerle da?o a alguien que se interponga en su camino. —Siempre tengo cuidado —respondiî Carla, dirigiåndose hacia la puerta. —No, no lo tienes —dijo Daniel, casi sonriendo por primera vez esa ma?ana—. Pero al menos avisas antes de meterte en problemas. Eso ya es algo. Carla saliî de la comisar?a con la cabeza llena de preguntas que no ten?an todav?a ninguna respuesta clara. Condujo hasta el peque?o apartamento de Angel, en un barrio tranquilo al este del centro, decidida a pasar al menos media hora con su mejor amiga antes de continuar con la investigaciîn. Angel trabajaba como operadora del servicio de emergencias, y sus turnos eran tan impredecibles como los de cualquier polic?a de la ciudad, pero Carla sab?a que esa ma?ana ten?a libre, porque hab?an quedado hac?a una semana en verse para desayunar juntas antes de que el trabajo de ambas lo hiciera imposible otra vez. Encontrî a Angel en la cocina, todav?a en pijama, con su piel morena clara, su melena casta?a y lisa recogida en un mo?o improvisado y los grandes ojos oscuros todav?a hinchados de sue?o, preparando cafå con la radio encendida a un volumen demasiado alto para esa hora del d?a. —Llegas tarde —dijo Angel sin darse la vuelta, reconociendo los pasos de Carla incluso antes de verla—. Y hueles a ritual. Otra vez trabajando de madrugada, ?verdad? —Otra vez —Carla se sentî en uno de los taburetes altos junto a la barra de la cocina—. Tercer vampiro muerto en diez d?as. Mismo måtodo cada vez. Angel se girî, con la cafetera todav?a en la mano, y su expresiîn cambiî de inmediato de la broma cotidiana a algo màs serio. Trabajando donde trabajaba, sab?a perfectamente lo que significaba un patrîn as?, y lo poco que sol?a tardar la ciudad en empezar a asustarse cuando esos patrones se hac?an p?blicos. —?Estàs bien? —preguntî, sirviendo dos tazas sin esperar respuesta. —Estoy cansada. Y confundida. Y con la sensaciîn de que esto va a ser mucho màs grande de lo que parece ahora mismo —Carla tomî la taza que le ofrec?a su amiga, agradecida por el calor entre las manos—. Pero s?, estoy bien. —Mentirosa —Angel se sentî frente a ella, con esa mirada directa que Carla conoc?a desde que ambas ten?an catorce a?os y se hab?an hecho amigas en la misma escuela secundaria, en un pasillo donde ninguna de las dos conoc?a a nadie màs—. Sabes que puedes contarme lo que sea, aunque no lo entienda del todo. No hace falta que finjas que todo te resbala. —No estoy fingiendo nada. Solo estoy trabajando —Carla bebiî un sorbo de cafå, evitando la mirada de Angel un segundo màs de lo necesario—. Alguien està cazando vampiros de manera sistemàtica, con un måtodo que impide que se regeneren, y todav?a no så si esa persona es humana, sobrenatural o alguna mezcla extra?a de las dos cosas. Eso es todo lo que puedo decirte por ahora, aunque prometo contarte màs en cuanto entienda algo yo misma. —No hace falta que entiendas nada para tener cuidado —dijo Angel, con un tono que ya no ten?a nada de broma—. Promåteme que no vas a hacer ninguna estupidez sola, de esas que se te ocurren siempre a las tres de la ma?ana. —Nunca prometo eso. Sabes que no puedo cumplirlo —Carla sonriî, aunque el gesto de Angel dejaba claro que la broma no hab?a servido para tranquilizarla del todo—. Pero prometo avisarte antes de hacer cualquier estupidez, para que al menos sepas dînde empezar a buscar si algo sale mal. Angel entrecerrî los ojos, sin dejarse convencer del todo por el tono despreocupado de Carla, pero decidiî no insistir por el momento. Hab?a aprendido, con los a?os, que presionar demasiado nunca funcionaba con ella. Carla hablar?a cuando estuviera lista, o no hablar?a en absoluto, y no hab?a manera de acelerar ese proceso sin empeorar las cosas. —Quå bien suena todo eso —dijo finalmente, con el sarcasmo que la caracterizaba desde siempre—. Un asesino en serie que decapita vampiros, s?mbolos rituales que nadie logra identificar, y t?, sola, en medio de todo, como siempre. Sacudiî la cabeza, aunque una peque?a sonrisa se le escapî a pesar de la preocupaciîn evidente en su voz. —Alg?n d?a vas a tener que contarme por quå elegiste esta profesiîn en vez de algo normal, como contabilidad. —La contabilidad no me habr?a dejado hablar con los muertos —respondiî Carla, sonriendo tambiån por primera vez esa ma?ana. —No, pero tampoco te habr?a puesto en peligro cada dos semanas. Se quedaron un rato màs hablando de cosas sin importancia, del trabajo de Angel en la central de emergencias, de una serie que ambas hab?an empezado a ver juntas hac?a meses y que nunca terminaban de continuar por falta de tiempo. Fue un descanso breve pero necesario, uno de esos momentos que Carla sab?a que deb?a aprovechar, porque en su trabajo nunca se sab?a cuàndo llegar?a el prîximo. Cuando finalmente se despidiî de Angel y volviî a su coche, el sol ya estaba alto sobre San Antonio, calentando el asfalto hasta hacerlo brillar en el horizonte. Todav?a le quedaba toda la tarde por delante, tiempo suficiente para pasar por La Luna Verde y ense?arle a Luc?a las fotograf?as de los s?mbolos rituales antes de que la tienda cerrara. Condujo hacia el centro con las ventanillas bajadas otra vez, dejando que el calor del d?a le recordara que, a pesar de todo lo extra?o que rodeaba su trabajo, segu?a siendo una mujer normal viviendo en una ciudad normal, aunque esa ciudad guardara secretos que la mayor?a de sus habitantes prefer?an no conocer. Tres muertes en diez d?as. Un måtodo idåntico cada vez. Una deuda antigua sin nombre todav?a. Y un nombre, MIEL, que por ahora era solo eso: un nombre, esperando en alg?n rincîn de la noche a que Carla tuviera un motivo lo bastante sîlido para llamar a su puerta. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. Daniel se?alî las tres fotograf?as en la pizarra: el mismo ______ se repet?a en cada escena. 2. Un vampiro puede ______ de casi cualquier herida, siempre que conserve la cabeza unida al cuerpo. 3. El ______ forense del vampiro decapitado hace diez d?as no mostraba ninguna conexiîn con actividades criminales. 4. Todos los cortes fueron hechos con un ______ bendecida o de plata pura. 5. El mådico ______ todav?a no hab?a entregado el informe completo sobre la tercera v?ctima. 6. Carla todav?a no ten?a ning?n ______ claro para presentar ante un juez. 7. Los tres casos ______ en el måtodo, aunque las v?ctimas no se conoc?an entre s?. 8. El forense no logrî identificar la tradiciîn màgica exacta de los s?mbolos en su ______. 9. Nadie hab?a visto nada extra?o esa noche; no hab?a ning?n ______ del crimen. 10. La polic?a todav?a no entend?a cuàl era el ______ real detràs de los asesinatos. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. patrîn: a) ÷åëîâåê, ïîäîçðåâàåìûé â ïðåñòóïëåíèè 2. sospechoso: b) çàêîíîìåðíîñòü, ïîâòîðÿþùàÿñÿ ìîäåëü 3. vigilancia: c) òî÷íîå ñîâïàäåíèå ñïîñîáà äåéñòâèÿ 4. modus operandi: d) íàáëþäåíèå, ñëåæêà 5. sistemàtico: e) óïîðÿäî÷åííûé, äåéñòâóþùèé ïî ñèñòåìå Respuestas Ejercicio 1: 1. patrîn · 2. regenerarse · 3. expediente · 4. arma blanca · 5. forense · 6. sospechoso · 7. coincidieron · 8. informe forense · 9. testigo · 10. mîvil Ejercicio 2: 1-b, 2-a, 3-d, 4-c, 5-e Cap?tulo 3. Una invitaciîn nocturna Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. la invitaciîn formal — îôèöèàëüíîå ïðèãëàøåíèå el Maestro de la Ciudad — Ìàñòåð ãîðîäà (ãëàâà êëàíà âàìïèðîâ) el protocolo — ïðîòîêîë, ýòèêåò rechazar — îòêëîíèòü, îòêàçàòü las consecuencias pol?ticas — ïîëèòè÷åñêèå ïîñëåäñòâèÿ la mansiîn — îñîáíÿê el consejero — ñîâåòíèê la cortes?a — âåæëèâîñòü, ó÷òèâîñòü el linaje — êëàí, ðîä (âàìïèðñêèé) el sello (oficial) — ïå÷àòü (îôèöèàëüíàÿ) el mensajero — ïîñûëüíûé, ãîíåö inclinar la cabeza — ñêëîíèòü ãîëîâó (â çíàê ïî÷òåíèÿ) desafiar — áðîñàòü âûçîâ, íå ïîä÷èíÿòüñÿ el territorio — òåððèòîðèÿ, âëàäåíèÿ la lealtad — âåðíîñòü, ëîÿëüíîñòü Luc?a Serrano no estaba en La Luna Verde cuando Carla llegî esa tarde. Una nota escrita a mano colgaba de la puerta, explicando que hab?a salido a comprar hierbas frescas para el fin de semana y que volver?a antes del anochecer. Carla dejî las fotograf?as de los s?mbolos en un sobre cerrado, junto con una nota propia pidiåndole que las examinara en cuanto pudiera, y volviî a su apartamento con la sensaciîn incîmoda de haber avanzado muy poco en un d?a que, sin embargo, la hab?a dejado completamente agotada. Pasî el resto de la tarde revisando sus propios apuntes sobre los tres asesinatos, comparando fechas, horarios y ubicaciones en un mapa de la ciudad que hab?a clavado en la pared de su peque?o despacho. Nada encajaba todav?a de una manera que tuviera sentido completo, pero al menos las piezas empezaban a formar un contorno, aunque fuera borroso. Fue precisamente entonces, cuando el sol empezaba a bajar sobre los tejados de San Antonio, cuando alguien llamî a su puerta con una insistencia que no era la de un vecino ni la de un repartidor cualquiera. Al abrir, se encontrî con un hombre joven vestido con un traje oscuro impecable, de pie junto a la barandilla del pasillo, con las manos cruzadas frente a ål en una postura demasiado formal para el barrio en el que Carla viv?a. Ten?a la piel pàlida y los ojos de un color indefinido entre el gris y el verde, y aunque no llevaba ninguna insignia visible, Carla reconociî de inmediato lo que era. No hac?a falta ser nigromante para notar cuando alguien no ten?a pulso. —Se?orita Àvila —dijo el hombre, inclinando ligeramente la cabeza—. Traigo un mensaje del Maestro de la Ciudad de San Antonio. Le entregî un sobre de papel grueso, color crema, cerrado con un sello de cera roja que mostraba un escudo antiguo: una corona peque?a sobre dos espadas cruzadas. Carla lo reconociî enseguida. Era el sello de Pablo de Leîn, el vampiro que gobernaba San Antonio desde hac?a siglos, aunque casi nadie fuera del mundo sobrenatural conoc?a su nombre completo ni la extensiîn real de su poder. —?Y si no quiero recibirlo? —preguntî Carla, sin tocar todav?a el sobre. El mensajero sonriî con una cortes?a que no llegaba a los ojos. —Entonces tendr?a que informar al Maestro de que la se?orita Àvila rechazî su invitaciîn sin siquiera leerla, lo cual, imagino, no ser?a la decisiîn màs inteligente para alguien que trabaja tan estrechamente con la comunidad sobrenatural de esta ciudad. Carla tomî el sobre. No porque el tono del mensajero la hubiera intimidado, sino porque sab?a, mejor que la mayor?a de la gente, cîmo funcionaba realmente el poder entre los vampiros de San Antonio. Pablo de Leîn no era simplemente un vampiro rico y viejo. Era el Maestro de la Ciudad, el vårtice de toda una estructura pol?tica que regulaba desde los negocios legales de los clanes hasta las disputas territoriales entre linajes rivales. Ignorar una invitaciîn suya no era como ignorar la llamada de un cliente molesto. Era, en el mejor de los casos, una descortes?a pol?tica. En el peor, pod?a interpretarse como un desaf?o directo. —Gracias —dijo Carla, con màs frialdad de la necesaria. El mensajero volviî a inclinar la cabeza y desapareciî escaleras abajo con un paso silencioso que a Carla siempre le resultaba levemente inquietante, incluso despuås de tantos a?os tratando con vampiros de todas las edades. Cerrî la puerta y se quedî de pie en medio de su salîn, mirando el sobre entre sus manos durante un momento antes de decidirse a abrirlo. Dentro hab?a una ?nica hoja de papel, escrita con una caligraf?a elegante y antigua, del tipo que ya casi nadie usaba salvo quienes hab?an aprendido a escribir mucho antes de que existieran los bol?grafos. «Se?orita Carla Àvila: Su presencia es requerida esta noche, a las diez, en mi residencia. Se tratarà un asunto que interesa tanto a usted como a m?, relacionado con los recientes sucesos ocurridos cerca del r?o. Conf?o en que comprenderà la importancia de acudir puntualmente y sin acompa?antes armados de manera visible. Quedo a su disposiciîn para cualquier consulta previa. Pablo de Leîn Maestro de la Ciudad de San Antonio» Carla leyî la carta dos veces, buscando entre l?neas algo màs que la cortes?a formal que Pablo empleaba siempre en sus comunicaciones oficiales. No encontrî ninguna amenaza expl?cita, pero tampoco esperaba encontrarla. Los vampiros como Pablo no necesitaban amenazar abiertamente. Su poder resid?a precisamente en la capacidad de pedir las cosas de la manera màs educada posible, dejando claro, sin decirlo nunca directamente, lo que ocurrir?a si esa peticiîn no se cumpl?a. Se sentî en el sofà con la carta todav?a entre las manos, pensando en las implicaciones. Que Pablo la llamara justo despuås de la tercera muerte no pod?a ser casualidad. Los tres vampiros asesinados pertenec?an, de una manera u otra, a la comunidad que ål gobernaba, y tres asesinatos sistemàticos en diez d?as eran exactamente el tipo de problema que un Maestro de la Ciudad no pod?a permitirse ignorar. Si la gente sobrenatural empezaba a sentirse insegura bajo su protecciîn, su autoridad se debilitaba. Y los vampiros, màs que casi cualquier otra criatura que Carla conoc?a, entend?an el poder como algo que deb?a mantenerse visible en todo momento. Llamî a Daniel antes de prepararse para la reuniîn. —Pablo de Leîn me ha invitado a su residencia esta noche —dijo, sin màs preàmbulo—. Quiere hablar sobre los asesinatos. Hubo un silencio breve al otro lado de la l?nea. —?Vas a ir? —No tengo mucha alternativa. Rechazar una invitaciîn del Maestro de la Ciudad sin una razîn muy sîlida podr?a interpretarse como una falta de respeto grave, y ahora mismo necesito que la comunidad vamp?rica de San Antonio me vea como alguien neutral, no como alguien que se pone del lado de la polic?a contra ellos. —No me gusta que vayas sola a la casa de un vampiro de cuatrocientos a?os. —Tampoco me gustar?a a m? que fueras t?, un humano sin ninguna protecciîn màgica, as? que estamos empatados —Carla se levantî del sofà, caminando hacia su habitaciîn mientras hablaba—. Ademàs, la carta especifica que vaya sin acompa?antes armados de manera visible. Si apareces conmigo con una pistola en la cadera, lo ?nico que conseguiremos serà empezar la reuniîn con mal pie. —?Y t? vas a ir armada? —Voy a ir con lo que siempre llevo encima. Nada que un vampiro de su edad no pueda notar de todas formas, as? que no tiene sentido esconderlo —Carla abriî su armario, buscando algo que no fueran sus habituales jeans de trabajo. Las reuniones con el Maestro de la Ciudad exig?an cierto nivel de formalidad, aunque fuera m?nimo, y presentarse con ropa claramente pensada para una pelea callejera no era la mejor manera de empezar una conversaciîn diplomàtica. —Av?same si no tienes noticias m?as antes de medianoche. Aunque estoy segura de que no va a pasar nada. Pablo no gana nada matàndome dentro de su propia casa. —Eso espero —dijo Daniel, sin sonar del todo convencido. Carla eligiî al final unos pantalones negros ajustados y una blusa oscura de manga larga, lo suficientemente elegante como para no parecer fuera de lugar en una mansiîn, pero lo bastante pràctica como para permitirle moverse con libertad si las cosas se complicaban. Se recogiî el pelo en una trenza gruesa, se puso la cruz de plata de su abuela sobre la blusa, bien visible, y guardî en el bolsillo interior de su chaqueta un peque?o frasco de agua bendita, màs por costumbre que por convicciîn real de que fuera a necesitarlo. La residencia de Pablo de Leîn se encontraba en las afueras de la ciudad, en una zona de mansiones antiguas rodeadas de àrboles centenarios, lejos del ruido y del tràfico del centro. Carla condujo casi cuarenta minutos hasta llegar a una verja de hierro forjado que se abriî automàticamente cuando su coche se detuvo frente a ella, como si alguien dentro de la propiedad hubiera estado esperando su llegada con precisiîn milimåtrica. El camino de entrada serpenteaba entre jardines cuidados con un gusto que hablaba de siglos de pràctica, iluminados por peque?as làmparas de gas que daban al lugar un aire anticuado y, al mismo tiempo, extra?amente elegante. La mansiîn en s? era un edificio de piedra clara, de dos plantas, con ventanas altas y una entrada flanqueada por columnas que recordaban vagamente a la arquitectura colonial espa?ola. Carla aparcî donde le indicî un hombre uniformado que apareciî de la nada en cuanto detuvo el motor, y caminî hacia la puerta principal con la sensaciîn familiar de estar entrando en un territorio que no le pertenec?a y en el que las reglas del juego las pon?a siempre otra persona. La puerta se abriî antes de que llegara a tocarla. Un hombre de unos treinta y cinco a?os de aspecto, piel clara y el pelo casta?o peinado hacia atràs con precisiîn, vestido con un traje gris impecable, la recibiî con una sonrisa que resultaba, de alguna manera, tan calculada como sincera. —Se?orita Àvila —dijo, extendiendo una mano que Carla estrechî con cautela—. Soy Sebastian Vale, consejero del Maestro de la Ciudad. Le agradezco que haya aceptado venir con tan poco tiempo de aviso. —No es que tuviera muchas opciones —respondiî Carla, sin molestarse en suavizar el comentario. Sebastian rio suavemente, un sonido agradable que no lograba disimular del todo la evaluaciîn constante que sus ojos hac?an de ella. —Pocos las tienen, cuando se trata de una invitaciîn del Maestro. Pero le aseguro que esta noche solo se trata de una conversaciîn. Nada màs —hizo un gesto hacia el interior de la casa—. S?game, por favor. Pablo la espera en el salîn principal. El interior de la mansiîn sorprendiî a Carla por su sobriedad. Hab?a esperado excesos, el tipo de ostentaciîn que muchos vampiros viejos mostraban como prueba de su longevidad y su riqueza, pero en cambio encontrî pasillos de paredes claras, muebles antiguos pero discretos, y una colecciîn de arte que parec?a elegida con un criterio genuinamente refinado màs que con la intenciîn de impresionar a los visitantes. Todo en la casa transmit?a la misma sensaciîn que transmit?a Sebastian: control absoluto, ejercido con la m?nima ostentaciîn posible. Cruzaron un pasillo largo, flanqueado por retratos antiguos que Carla no tuvo tiempo de examinar con detalle, hasta llegar a unas puertas dobles de madera oscura. Sebastian las abriî sin llamar, dejando ver un salîn amplio iluminado por làmparas de pie que proyectaban una luz càlida y baja sobre una sala decorada con estanter?as llenas de libros, un par de sofàs de cuero envejecido y una chimenea apagada, ya que el calor texano hac?a innecesario cualquier fuego, aunque la presencia de la chimenea suger?a que la casa hab?a sido construida en una åpoca en la que ese detalle s? importaba. De pie junto a una de las ventanas, con las manos entrelazadas a la espalda, esperaba un hombre de aspecto cuarentîn, delgado y de estatura media, vestido con un traje oscuro sin corbata que le daba un aire màs de diplomàtico que de gobernante sobrenatural. Ten?a el pelo oscuro, con las primeras canas visibles en las sienes, y unos ojos casta?os tan oscuros que parec?an casi negros bajo la luz tenue del salîn. —Se?orita Àvila —dijo Pablo de Leîn, giràndose para mirarla con una cortes?a cuidadosamente medida, aunque sin disimular del todo la curiosidad—. Gracias por venir. Espero que el viaje no haya sido demasiado molesto. —He tenido viajes peores —respondiî Carla, quedàndose de pie cerca de la entrada, sin aceptar todav?a la invitaciîn impl?cita de acercarse màs. Pablo sonriî, un gesto breve que apenas moviî las comisuras de sus labios. —Imagino que s?, dado su trabajo. Por favor, siåntese. Esto serà mucho màs sencillo si no pasamos toda la conversaciîn miràndonos desde extremos opuestos de la habitaciîn. Carla dudî un instante, evaluando la situaciîn con la misma cautela profesional que aplicaba siempre al entrar en territorio desconocido. Sebastian permanec?a cerca de la puerta, observàndola con una atenciîn discreta, y Pablo segu?a de pie junto a la ventana, sin hacer ning?n movimiento amenazante, pero tampoco ning?n gesto que sugiriera prisa. Decidiî finalmente sentarse en uno de los sofàs, eligiendo un lugar desde el que pudiera ver tanto la puerta como a los dos vampiros presentes en la sala. —Usted ya sabrà por quå la he hecho venir —dijo Pablo, tomando asiento frente a ella con un movimiento tan controlado que casi parec?a coreografiado. —Tres vampiros muertos en diez d?as —respondiî Carla—. Todos destruidos de la misma manera. Imagino que a estas alturas ya conoce todos los detalles que la polic?a tiene, probablemente mejor que yo. —Conozco los detalles tåcnicos, s?. Lo que no conozco es quiån està detràs de esto, ni por quå mi ciudad se ha convertido de repente en un coto de caza —la voz de Pablo se manten?a perfectamente serena, sin el màs m?nimo rastro de la ira que Carla habr?a esperado en un gobernante que ve?a amenazada su autoridad—. Y por eso, se?orita Àvila, quiero pedirle algo. —Puede pedir —dijo Carla, con cuidado—, pero eso no significa que vaya a aceptarlo. Sebastian se moviî ligeramente junto a la puerta, un gesto casi imperceptible que, sin embargo, Carla registrî de inmediato. Pablo, en cambio, no mostrî ninguna reacciîn visible ante la respuesta. Se limitî a inclinar la cabeza levemente, como si esperara exactamente ese tipo de resistencia y, de alguna manera, la apreciara. —Por supuesto —dijo, entrelazando de nuevo los dedos sobre su regazo—. No esperar?a menos de alguien con su reputaciîn de independencia. Pero antes de que decida nada, perm?tame explicarle lo que tengo en mente, y por quå creo que nuestros intereses, en este caso particular, coinciden màs de lo que usted podr?a suponer en este momento. —La escucho —dijo Carla, aunque su tono dejaba claro que escuchar no era lo mismo que aceptar. Pablo se tomî un momento antes de continuar, el tipo de pausa que solo se permit?an quienes hab?an aprendido, a lo largo de siglos, que el silencio bien administrado val?a màs que cualquier discurso apresurado. —Necesito que encuentre a la persona responsable de estas muertes. No como agente de la polic?a humana, sino trabajando directamente para m?. Tendr?a acceso a informaciîn que Mercer y su departamento jamàs podràn conseguir: registros internos de los clanes, testimonios de vampiros que nunca hablar?an frente a un humano, y recursos que ninguna orden judicial podr?a igualar. —?Y a cambio? —A cambio, una compensaciîn generosa. Y, si me permite ser sincero, algo que considero todav?a màs valioso para alguien en su posiciîn: mi protecciîn personal, y la de la ciudad entera, extendida sobre usted de manera expl?cita —Pablo la mirî con una intensidad tranquila, como si estuviera acostumbrado a que la gente tardara en comprender el verdadero peso de lo que ofrec?a—. Eso significa mucho, se?orita Àvila, en un mundo donde no todos los vampiros respetan tanto como yo las leyes humanas. Carla se quedî en silencio un momento, sopesando la oferta con la misma frialdad con la que examinaba cualquier escena de un crimen. Sab?a que aceptar trabajar directamente para el Maestro de la Ciudad la colocar?a en una posiciîn extra?a, atrapada entre dos lealtades que rara vez coincid?an del todo: la polic?a humana, que confiaba en ella precisamente porque la consideraba neutral, y ahora un gobernante sobrenatural que quer?a comprar esa misma neutralidad para sus propios fines. —Con todo respeto —dijo finalmente—, mi trabajo depende de que la gente, humana y sobrenatural, conf?e en que no estoy del lado de nadie. Si acepto trabajar para usted, esa confianza desaparece. Y sin ella, no puedo hacer bien mi trabajo con nadie, ni siquiera con usted. Algo cambiî en la expresiîn de Pablo, apenas una sombra, tan breve que Carla no habr?a podido asegurar si la hab?a imaginado o no. —Entiendo su posiciîn. Es, de hecho, exactamente la posiciîn que esperaba que defendiera —se levantî del sofà con un movimiento fluido y caminî de nuevo hacia la ventana, dàndole la espalda por un instante—. D?game entonces, se?orita Àvila: si no acepta trabajar para m? de manera oficial, ?estar?a al menos dispuesta a mantenerme informado de manera... informal? Un intercambio de cortes?as entre profesionales, nada màs. Usted contin?a su investigaciîn exactamente como la habr?a continuado de todas formas, y simplemente comparte conmigo lo que considere oportuno compartir. —Eso suena mucho màs razonable —admitiî Carla, aunque sin bajar completamente la guardia—. Pero el intercambio funciona en ambas direcciones. Si quiere que comparta informaciîn con usted, tambiån voy a necesitar que usted comparta informaciîn conmigo. Empezando por cualquier cosa que sepa sobre una posible deuda antigua relacionada con estas muertes. Pablo se girî de nuevo hacia ella, y por primera vez desde que Carla hab?a entrado en la sala, algo parecido a una genuina sorpresa cruzî su rostro, controlada casi al instante, pero no lo suficientemente ràpido como para que ella no lo notara. —?Una deuda antigua? —Es lo que dijo la ?ltima v?ctima antes de apagarse para siempre. Que la persona que lo matî hablî de pagar una deuda antigua —Carla observî atentamente la reacciîn de Pablo, buscando cualquier se?al de que aquello significara algo màs de lo que su expresiîn dejaba entrever—. ?Le suena de algo? Sebastian, todav?a junto a la puerta, se moviî de nuevo, esta vez de manera algo màs visible, y Pablo levantî una mano casi imperceptible en su direcciîn, un gesto que Carla interpretî sin dificultad como una orden silenciosa para que su consejero permaneciera callado. —No de manera inmediata —respondiî Pablo, con una calma que a Carla le pareciî, de repente, un poco màs cuidadosa de lo habitual—. Pero San Antonio tiene siglos de historia, se?orita Àvila, y la mayor?a de esa historia està llena de deudas que nadie recuerda ya con claridad. Le prometo que voy a pensar en ello con atenciîn. Carla asintiî, aunque anotî mentalmente la reacciîn de Pablo para analizarla màs tarde con calma, lejos de la influencia directa de su presencia. Hab?a algo en la manera en que hab?a pronunciado esa ?ltima frase, demasiado cuidadosa, demasiado medida, que le dec?a que el Maestro de la Ciudad sab?a màs de lo que estaba dispuesto a admitir esa noche. Carla se acomodî en el sofà, sin bajar la guardia ni un instante, consciente de que la verdadera conversaciîn, la que realmente importaba, apenas estaba empezando. Fuera lo que fuera lo que Pablo de Leîn tuviera pensado pedirle, sab?a que la respuesta que ella le diera esa noche iba a determinar mucho màs que el curso de una simple investigaciîn policial. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. El mensajero llevaba un sobre cerrado con el ______ oficial del Maestro de la Ciudad. 2. Carla sab?a que ______ la invitaciîn sin una buena razîn podr?a interpretarse como una falta de respeto. 3. Pablo de Leîn gobierna San Antonio como ______ desde hace siglos. 4. Sebastian Vale es el ______ de Pablo y se encarga de recibir a los visitantes. 5. Ignorar la invitaciîn podr?a tener graves ______ para el trabajo de Carla. 6. La reuniîn se celebrî en la ______ de Pablo, en las afueras de la ciudad. 7. El mensajero se despidiî con una ligera ______, un gesto de cortes?a formal. 8. Cada clan vamp?rico defiende su propio ______ dentro de la ciudad. 9. Sebastian recibiî a Carla con mucha ______, aunque sus ojos no dejaban de evaluarla. 10. Pablo conf?a en la ______ de sus consejeros màs cercanos. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. cortes?a: a) ÷åëîâåê, äîñòàâëÿþùèé îôèöèàëüíîå ñîîáùåíèå 2. mensajero: b) âåæëèâîñòü, ó÷òèâîå ïîâåäåíèå 3. linaje: c) îòêàçàòüñÿ, íå ïîä÷èíèòüñÿ ïðèêàçó èëè ïðîñüáå 4. desafiar: d) êëàí èëè ðîä âàìïèðîâ 5. lealtad: e) âåðíîñòü, ïðåäàííîñòü Respuestas Ejercicio 1: 1. sello · 2. rechazar · 3. Maestro de la Ciudad · 4. consejero · 5. consecuencias pol?ticas · 6. mansiîn · 7. inclinaciîn de cabeza · 8. territorio · 9. cortes?a · 10. lealtad Ejercicio 2: 1-b, 2-a, 3-d, 4-c, 5-e Cap?tulo 4. El Maestro de San Antonio Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. negarse (a hacer algo) — îòêàçûâàòüñÿ (÷òî-òî äåëàòü) la jurisdicciîn — þðèñäèêöèÿ, ñôåðà ïîëíîìî÷èé la neutralidad — íåéòðàëèòåò el acuerdo — ñîãëàøåíèå, äîãîâîð¸ííîñòü imparcial — áåñïðèñòðàñòíûé la autoridad — âëàñòü, àâòîðèòåò ceder — óñòóïàòü exigir — òðåáîâàòü la advertencia — ïðåäóïðåæäåíèå sospechar — ïîäîçðåâàòü el asunto interno — âíóòðåííåå äåëî la firmeza — òâ¸ðäîñòü (õàðàêòåðà) la corte (vamp?rica) — äâîð (âàìïèðñêèé) el traidor / la traidora — ïðåäàòåëü / ïðåäàòåëüíèöà inquietante — òðåâîæíûé, âûçûâàþùèé áåñïîêîéñòâî El silencio que siguiî a las palabras de Pablo se prolongî màs de lo que resultaba cîmodo. Carla lo dejî extenderse a propîsito, sin llenar el vac?o con ninguna pregunta ni ning?n comentario innecesario. Hab?a aprendido, con los a?os, que el silencio incomodaba a los vampiros tanto como a cualquier humano, aunque la mayor?a de ellos fingiera exactamente lo contrario. Observî la sala mientras esperaba, fijàndose en detalles que no hab?a tenido tiempo de examinar al entrar. Las estanter?as estaban llenas de libros verdaderos, no de decoraciîn vac?a: lomos desgastados, algunos en espa?ol antiguo, otros en idiomas que ni siquiera reconociî. Sobre una mesa auxiliar descansaba un ajedrez a medio terminar, con las piezas colocadas en una posiciîn que suger?a una partida interrumpida hac?a tiempo, quizàs a?os, esperando pacientemente a que alguien decidiera continuarla. Todo en aquella habitaciîn hablaba de un hombre acostumbrado a pensar con calma, a dejar que las cosas maduraran antes de actuar, una cualidad que Carla encontraba, a partes iguales, tranquilizadora y profundamente inquietante en alguien con tanto poder real sobre la vida y la muerte de otros. Pablo fue el primero en romper el silencio, aunque lo hizo con la misma calma medida que hab?a mostrado durante toda la conversaciîn. —Perm?tame ser màs directo, se?orita Àvila —dijo, volviendo a sentarse frente a ella—. Le pido formalmente que encuentre a la persona responsable de estas muertes. No como una sugerencia amable entre profesionales, sino como una peticiîn seria, respaldada por todo lo que puedo ofrecerle a cambio. —Y yo le he dicho que no puedo aceptar esa peticiîn sin comprometer la ?nica cosa que hace ?til mi trabajo —respondiî Carla, sin dejar que la formalidad de Pablo la presionara a suavizar su propia postura—. Si empiezo a resolver cr?menes para el Maestro de la Ciudad, cualquier vampiro con un problema legal en San Antonio va a asumir que trabajo para usted. Y cualquier humano con un problema relacionado con vampiros va a asumir lo mismo. Eso destruye exactamente la neutralidad que me permite investigar casos como este en primer lugar. Sebastian, que hab?a permanecido callado durante casi toda la conversaciîn, se adelantî un paso desde la puerta. —Con todo respeto, se?orita Àvila, tal vez subestima el peligro real de la situaciîn. Si esta persona contin?a matando a vampiros de la ciudad, las consecuencias no se limitaràn a la comunidad sobrenatural. Historias as? terminan filtràndose a la prensa humana. Y cuando eso ocurre, el miedo no distingue entre vampiros culpables e inocentes. —Entiendo el peligro perfectamente, se?or Vale —respondiî Carla, sin apartar la vista de Pablo—. Lo entiendo mejor que la mayor?a, de hecho, porque soy yo quien tiene que levantar a los muertos y escuchar lo que queda de ellos antes de que se apaguen para siempre. Pero entender el peligro no significa que deba resolverlo trabajando exclusivamente para usted. Pablo levantî una mano, un gesto peque?o que bastî para que Sebastian retrocediera de nuevo hacia la puerta sin decir una palabra màs. La autoridad de Pablo, notî Carla, no necesitaba nunca elevar la voz. Le bastaba con moverse, con mirar, con dejar que el peso de siglos de poder acumulado hiciera el trabajo por ål. —D?game entonces —continuî Pablo—, quå pasar?a si yo simplemente le exigiera su cooperaciîn, en lugar de ped?rsela con cortes?a. ?Quå har?a usted, se?orita Àvila, si yo decidiera que su neutralidad ya no me sirve de nada, y que prefiero tenerla trabajando directamente bajo mi autoridad, con o sin su consentimiento? La pregunta quedî flotando en el aire del salîn, cargada de una amenaza que Pablo nunca hab?a pronunciado directamente, pero que tampoco hab?a intentado disimular del todo. Carla sintiî el peso de la pregunta, consciente de que la manera en que respondiera pod?a definir no solo esa conversaciîn, sino toda su relaciîn futura con el gobernante màs poderoso de la comunidad sobrenatural de San Antonio. —Si usted decidiera eso —respondiî, con la voz firme pero sin levantar el tono—, yo seguir?a negàndome. Y usted tendr?a que decidir si de verdad le conviene obligar por la fuerza a la ?nica nigromante certificada de la ciudad dispuesta a trabajar con la polic?a humana en casos como este. Porque si me obliga, dejo de ser ?til para cualquiera, incluido usted. Una persona que trabaja bajo coacciîn no investiga igual que una persona que elige investigar. Algo cambiî en el rostro de Pablo entonces, una expresiîn que Carla no supo interpretar del todo al principio, hasta que comprendiî que se trataba, sorprendentemente, de aprobaciîn. —Bien —dijo Pablo, con una sonrisa breve que por primera vez en toda la noche pareciî genuina—. Esa es exactamente la respuesta que esperaba escuchar. Carla frunciî el ce?o, desconcertada por el giro repentino en la conversaciîn. —?Perdîn? —Se?orita Àvila, llevo cuatrocientos cincuenta a?os gobernando distintos territorios, y en ese tiempo he aprendido a distinguir con bastante precisiîn entre las personas que ceden bajo presiîn y las que no. Si usted hubiera aceptado trabajar para m? solo porque yo insinuå una amenaza, habr?a dejado de confiar en usted en este mismo instante. Necesito a alguien capaz de decirme que no, precisamente porque eso significa que tambiån serà capaz de decirme la verdad cuando la encuentre, aunque esa verdad no me convenga —Pablo se recostî en su asiento, entrelazando de nuevo los dedos—. No voy a obligarla a nada, se?orita Àvila. Contin?e su investigaciîn como la habr?a continuado de todas formas. Y si en alg?n momento decide que necesita algo de m?, sabrà dînde encontrarme. Carla lo observî con una desconfianza que no intentî disimular. Hab?a esperado resistencia, presiîn, quizàs incluso una amenaza màs expl?cita. No hab?a esperado que Pablo simplemente aceptara su negativa con tanta facilidad, casi con satisfacciîn, como si aquello hubiera sido exactamente el resultado que buscaba desde el principio. —Eso ha sido demasiado fàcil —dijo, sin poder evitarlo. Pablo rio, un sonido bajo y contenido que apenas alterî la expresiîn serena de su rostro. —Tal vez. O tal vez usted simplemente no està acostumbrada a que alguien con poder respete sus l?mites sin necesidad de ponerlos a prueba primero. No todos los que gobiernan confunden el poder con la crueldad, se?orita Àvila, aunque entiendo que su experiencia con vampiros de mi edad le haya ense?ado a esperar lo peor. —Mi experiencia me ha ense?ado a no confiar en nadie que consiga lo que quiere sin ning?n esfuerzo aparente —respondiî Carla, poniåndose de pie—. Y usted acaba de conseguir que yo siga investigando este caso exactamente igual que ya lo estaba haciendo, sin tener que ceder nada a cambio. Perdîneme si eso me hace sospechar que la conversaciîn de esta noche ten?a un propîsito distinto al que parec?a. La expresiîn de Pablo no cambiî, pero algo en sus ojos oscuros pareciî, por un instante, evaluarla con un interås renovado. —Es usted màs perceptiva de lo que la mayor?a de la gente asume al conocerla, se?orita Àvila. Eso habla bien de usted, y mal de sus enemigos futuros —se levantî tambiån, ajustàndose la chaqueta con un gesto casi mecànico—. Le serå sincero, ya que parece apreciar la sinceridad màs que la cortes?a vac?a: s?, esta conversaciîn ten?a otro propîsito ademàs del evidente. Necesitaba ver cîmo reaccionaba usted bajo presiîn, antes de decidir cuànto pod?a confiarle sobre la situaciîn real de mi corte. —?Y quå situaciîn real es esa? Pablo intercambiî una mirada breve con Sebastian, una comunicaciîn silenciosa que Carla no pudo descifrar del todo, antes de responder. —Digamos que no todos los que me rodean estàn tan satisfechos con mi gobierno como podr?a parecer desde fuera. Tres muertes en diez d?as, ocurridas bajo mi supuesta protecciîn, son exactamente el tipo de debilidad que ciertos elementos de mi corte podr?an aprovechar para cuestionar mi capacidad de mantener el orden. Si usted resuelve este caso trabajando de manera independiente, sin ninguna conexiîn visible conmigo, el resultado me beneficia de todas formas, sin que nadie pueda acusarme de haber comprado la soluciîn. Carla asintiî lentamente, comprendiendo por fin la verdadera naturaleza de la peticiîn de Pablo. No hab?a querido comprarla. Hab?a querido comprobarla, medir su caràcter, y al mismo tiempo sembrar en ella la idea de que su åxito o su fracaso en este caso tendr?a consecuencias que iban mucho màs allà de atrapar a un asesino. —?Està usted diciåndome que alguien dentro de su propia corte podr?a estar detràs de esto? —preguntî, con una frialdad calculada que ocultaba el peso real de la pregunta. —Estoy diciåndole que no lo descarte —respondiî Pablo, sin comprometerse del todo—. Y estoy diciåndole tambiån que, si llega a esa conclusiîn, tendrà que decidir con mucho cuidado a quiån se lo comunica primero. No todos en esta casa merecen la misma confianza, se?orita Àvila. Ni siquiera todos los que llevan mucho tiempo a mi servicio. Carla percibiî, màs que vio, la tensiîn repentina que recorriî a Sebastian junto a la puerta, aunque ål no dijo nada ni cambiî su expresiîn de manera visible. Se preguntî, brevemente, si aquel comentario de Pablo hab?a sido dirigido a ella o a su propio consejero, presente en la sala durante toda la conversaciîn. —Voy a tener eso en cuenta —dijo finalmente, dirigiåndose hacia la puerta. —Una ?ltima cosa, se?orita Àvila —la voz de Pablo la detuvo justo antes de que alcanzara la salida—. Cu?dese. Sinceramente. No por cortes?a pol?tica, sino porque quien està haciendo esto ha demostrado ya tres veces que es capaz de destruir a vampiros mucho màs viejos y màs fuertes que la mayor?a de las amenazas que usted ha enfrentado hasta ahora. Si esa persona llega a considerarla un obstàculo, no creo que dude en tratarla con la misma eficiencia con la que ha tratado a mis vampiros. Carla se girî para mirarlo una ?ltima vez. —Gracias por la advertencia. Aunque, si le soy sincera, ya hab?a llegado sola a esa conclusiîn. Pablo sonriî de nuevo, esa misma sonrisa breve y controlada. —No esperaba menos. Sebastian la acompa?î de vuelta hasta la entrada principal en un silencio que contrastaba notablemente con la cortes?a habladora que hab?a mostrado al recibirla. Carla lo observî de reojo durante el trayecto, preguntàndose si el comentario de Pablo sobre la confianza hab?a sido realmente dirigido a ål, y si Sebastian lo sab?a tan bien como ella sospechaba. Cruzaron de nuevo el pasillo de los retratos antiguos, y esta vez Carla se permitiî detenerse un momento frente a uno de ellos: un hombre de mirada severa vestido con ropas de otro siglo, pintado con un estilo que a ella le pareciî espa?ol, quizàs del periodo colonial. —?Quiån es? —preguntî, se?alando el cuadro con un gesto breve. —El propio Pablo —respondiî Sebastian, sin sorprenderse de la pregunta—. Pintado poco despuås de su transformaciîn, en Nueva Espa?a. Le gusta conservarlo como recordatorio de quiån era antes de convertirse en lo que es ahora. —?Y quiån era? —Un hombre ambicioso, seg?n cuenta la leyenda de la casa. Un segundo hijo sin herencia que decidiî que la muerte no iba a impedirle conseguir poder de todas formas —Sebastian esbozî una sonrisa breve, casi nostàlgica, aunque ål mismo no hab?a vivido esa åpoca—. Cuatrocientos cincuenta a?os despuås, dir?a que lo consiguiî. Carla observî el retrato un momento màs, buscando en los ojos pintados algo del hombre que acababa de conocer en el salîn. Encontrî, en cambio, la misma expresiîn calculada y serena que Pablo mostraba en persona, como si el tiempo no hubiera cambiado en absoluto la manera en que decid?a presentarse ante el mundo. —?Puedo preguntarle algo? —dijo Sebastian, cuando finalmente llegaron a la puerta principal. —Puede preguntar. No prometo responder. —?De verdad cree que alguien de dentro podr?a estar involucrado en esto? Carla lo estudiî un momento antes de contestar, evaluando la pregunta con la misma cautela que aplicaba a cualquier informaciîn nueva en un caso todav?a tan abierto. —No så todav?a quå creer, se?or Vale. Pero le dirå lo mismo que le he dicho a Pablo: cuando lo sepa, decidirå con mucho cuidado a quiån se lo cuento primero. Algo parecido a una sonrisa apareciî en el rostro de Sebastian, aunque desapareciî tan ràpido como hab?a llegado. —Justa respuesta. Buenas noches, se?orita Àvila. Conduzca con cuidado. Carla saliî de la mansiîn hacia la noche càlida de Texas, caminando por el sendero iluminado con làmparas de gas hasta su coche, todav?a aparcado donde lo hab?a dejado. El aire ol?a a jazm?n y a tierra h?meda, un contraste extra?o con la tensiîn que todav?a sent?a en los hombros despuås de la conversaciîn. Condujo de vuelta hacia el centro de la ciudad con las ventanas cerradas esta vez, necesitando el silencio del interior del coche para procesar todo lo que acababa de escuchar. Pablo no era el villano obvio que ella hab?a esperado encontrar. Era algo mucho màs complicado: un gobernante inteligente, cuidadoso, capaz de ceder terreno estratågicamente cuando le conven?a, pero tambiån capaz de sembrar dudas y sospechas con la misma precisiîn con la que sembraba cortes?as. Le hab?a dado informaciîn valiosa esa noche, la posibilidad de un traidor dentro de su propia corte, pero tambiån le hab?a dejado claro, sin decirlo directamente, que confiar en cualquiera relacionado con su casa pod?a ser un error costoso. Cuando llegî a su apartamento, ya pasada la medianoche, revisî su telåfono por costumbre antes de entrar. Ten?a un mensaje de Daniel preguntando si todo hab?a salido bien, al que respondiî brevemente que s?, que le contar?a los detalles al d?a siguiente. No ten?a ning?n mensaje de Angel, lo cual no le pareciî extra?o en ese momento, ya que su amiga sol?a acostarse temprano cuando le tocaba turno de ma?ana en la central de emergencias. Se metiî en la cama sin quitarse del todo la ropa, demasiado cansada para preocuparse por los detalles, con la mente todav?a dando vueltas alrededor de las palabras de Pablo. Un traidor posible dentro de la corte. Una deuda antigua que nadie parec?a recordar con claridad. Tres vampiros muertos, elegidos por razones que todav?a no lograba entender del todo. Y en alg?n rincîn de la ciudad, un club llamado MIEL, esperando a que ella encontrara finalmente un motivo lo bastante fuerte como para cruzar su puerta. Antes de cerrar los ojos, pensî de nuevo en la pregunta que Pablo le hab?a hecho al principio de la noche, la hipîtesis que nunca llegî a convertirse en amenaza real: quå pasar?a si ål decidiera obligarla por la fuerza. Se preguntî si esa pregunta hab?a sido solo una manera elegante de medirla, como ål mismo hab?a admitido despuås, o si en el fondo Pablo consideraba esa posibilidad màs seriamente de lo que quer?a aparentar. Un gobernante que llevaba cuatrocientos cincuenta a?os en el poder no sobreviv?a tanto tiempo sin estar dispuesto a usar la fuerza cuando la cortes?a dejaba de funcionar. Carla lo sab?a, y sospechaba que Pablo sab?a que ella lo sab?a, lo cual, de alguna manera extra?a, hac?a que confiara un poco màs en ål, no menos. Se durmiî sin saber que, a la ma?ana siguiente, la investigaciîn estaba a punto de convertirse en algo mucho màs personal de lo que hab?a sido hasta entonces. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. Carla decidiî ______ a trabajar formalmente para Pablo, para no comprometer su neutralidad. 2. Resolver disputas internas de los vampiros no entra dentro de la ______ de Carla. 3. Si aceptara ese trabajo, perder?a la ______ que le permite investigar casos con ambas partes. 4. Pablo propuso un ______ informal: intercambio de informaciîn sin compromiso oficial. 5. Carla insistiî en seguir siendo ______ entre humanos y vampiros. 6. Pablo nunca alza la voz; su ______ se basa en siglos de poder acumulado. 7. Pablo terminî por ______ ante la firmeza de Carla, sin insistir màs esa noche. 8. Carla dijo que, si Pablo llegara a ______ cooperaciîn por la fuerza, dejar?a de ser ?til para cualquiera. 9. Antes de despedirse, Pablo le dio una ?ltima ______ sobre el peligro real de la situaciîn. 10. Carla empezî a ______ que la conversaciîn ten?a un propîsito distinto al evidente. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. firmeza: a) âíóòðåííåå äåëî 2. la corte (vamp?rica): b) âàìïèðñêèé äâîð, áëèæàéøåå îêðóæåíèå ïðàâèòåëÿ 3. el traidor: c) òâ¸ðäîñòü õàðàêòåðà, óïîðñòâî 4. el asunto interno: d) ïðåäàòåëü 5. inquietante: e) òðåâîæíûé, âûçûâàþùèé áåñïîêîéñòâî Respuestas Ejercicio 1: 1. negarse · 2. jurisdicciîn · 3. neutralidad · 4. acuerdo · 5. imparcial · 6. autoridad · 7. ceder · 8. exigir · 9. advertencia · 10. sospechar Ejercicio 2: 1-c, 2-b, 3-d, 4-a, 5-e Cap?tulo 5. Angel desaparece Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. desaparecer — èñ÷åçàòü, ïðîïàäàòü el secuestro — ïîõèùåíèå la garra — êîãîòü forzar (una entrada) — âçëîìàòü (ïðîíèêíóòü ñèëîé) el rastro — ñëåä, îòïå÷àòîê el forcejeo — áîðüáà, ñîïðîòèâëåíèå la mancha de sangre — ïÿòíî êðîâè el se?uelo — ïðèìàíêà la escena del secuestro — ìåñòî ïîõèùåíèÿ temblar — äðîæàòü la determinaciîn — ðåøèìîñòü contaminar (una escena) — çàãðÿçíèòü, èñïîðòèòü (ìåñòî ïðåñòóïëåíèÿ) arrastrar — òàùèòü, âîëî÷èòü el umbral — ïîðîã la cautela — îñòîðîæíîñòü Carla se despertî con el sonido de su propio telåfono vibrando contra la mesita de noche, y por un instante, todav?a medio dormida, pensî que se trataba de otra llamada de Daniel sobre alg?n nuevo cadàver. Mirî la pantalla y vio el nombre de su supervisora en la central de emergencias, una mujer llamada Rita a quien Carla solo hab?a visto dos o tres veces en persona, en cumplea?os o reuniones familiares con Angel. Contestî con la voz todav?a ronca por el sue?o. —?Rita? —Carla, perdona que te llame tan temprano. Estoy intentando localizar a Angel y no contesta el telåfono. Så que sois amigas cercanas, penså que quizàs t? sabr?as algo. Carla se incorporî de golpe en la cama, la somnolencia desapareciendo de inmediato. —?No ha ido a trabajar? —No se ha presentado a su turno, y eso nunca le pasa. Llevo dos horas llamàndola sin respuesta. He mandado a alguien a su apartamento, pero nadie contesta a la puerta tampoco —Rita hizo una pausa breve, y Carla pudo escuchar la preocupaciîn genuina en su voz, no la simple molestia de una jefa con un empleado ausente—. Så que suena exagerado, pero Angel jamàs falta sin avisar. Ni siquiera cuando estuvo enferma el a?o pasado dejî de mandar un mensaje con veinte minutos de antelaciîn. —Voy para allà ahora mismo —dijo Carla, ya levantàndose de la cama y buscando su ropa con una mano mientras sosten?a el telåfono con la otra—. Av?same si sabes algo màs antes de que llegue. Colgî y se vistiî en menos de tres minutos, sin molestarse esta vez en pensar demasiado en lo que se pon?a. Saliî de su apartamento con el corazîn latiendo màs ràpido de lo que le habr?a gustado admitir, repitiåndose a s? misma que probablemente no era nada, que Angel se hab?a quedado dormida despuås de un turno especialmente largo, que hab?a perdido el telåfono, que exist?an mil explicaciones normales para una ausencia como esa. Pero una parte de ella, la parte que llevaba diez a?os trabajando con la muerte de cerca, sab?a reconocer cuàndo una explicaciîn normal empezaba a sonar como un intento desesperado de no pensar en las anormales. El trayecto hasta el apartamento de Angel le pareciî màs largo de lo habitual, aunque condujo casi todo el camino superando el l?mite de velocidad. Cuando llegî, encontrî la puerta del edificio abierta, sin nadie vigilando la entrada como sol?a ocurrir a esa hora, y subiî las escaleras de dos en dos hasta el tercer piso. La puerta del apartamento de Angel estaba cerrada, pero no con llave. Carla llamî dos veces, esperî, y al no obtener respuesta, girî el pomo con cuidado. Se abriî sin resistencia. —?Angel? El silencio que recibiî su voz ten?a una calidad distinta a la de un apartamento simplemente vac?o. Carla entrî despacio, con los sentidos alerta de una manera que solo se activaban cuando su instinto profesional reconoc?a algo que su mente todav?a no hab?a procesado del todo. La sala estaba en orden, sin se?ales evidentes de lucha, pero hab?a algo extra?o en el aire, un olor apenas perceptible que Carla identificî de inmediato porque lo hab?a sentido antes, en decenas de escenas de crimen relacionadas con lo sobrenatural. Olor a vampiro. Ese rastro particular, fr?o y ligeramente dulzîn, que dejaban tras de s? cuando pasaban tiempo en un lugar cerrado. Caminî hacia el dormitorio de Angel con el pulso acelerado, encontrando la cama deshecha, como si su amiga hubiera estado a punto de levantarse para ir a trabajar. El telåfono de Angel estaba sobre la mesita de noche, con la pantalla resquebrajada, como si hubiera ca?do al suelo con fuerza antes de que alguien lo recogiera y lo devolviera a su sitio. Carla lo tomî con manos que empezaban a temblar ligeramente, algo que rara vez le ocurr?a incluso frente a los cadàveres màs perturbadores. Fue entonces cuando notî las marcas en el marco de la ventana. Dos peque?os ara?azos, casi invisibles si no se sab?a quå buscar, del tipo que dejaban las garras de un vampiro al forzar una entrada silenciosa, sin romper el cristal, sin hacer el ruido suficiente como para despertar a los vecinos. Carla se acercî y examinî el alfåizar con atenciîn profesional, notando tambiån un rastro apenas visible de polvo dorado, casi como polen, esparcido sobre la madera. Se agachî junto a la ventana, estudiando el àngulo exacto de los ara?azos con la misma disciplina con la que examinaba cualquier escena del crimen, aunque cada segundo que pasaba le costaba màs mantener esa distancia profesional. Los ara?azos no mostraban se?ales de prisa ni de torpeza. Quien hab?a entrado por ah? sab?a exactamente lo que hac?a, hab?a calculado el àngulo justo para no romper el cristal ni hacer ruido, lo cual descartaba de inmediato la posibilidad de que se tratara de un vampiro joven o inexperto. Fuera quien fuera, ten?a pràctica. Y probablemente no era la primera vez que entraba en una casa ajena sin ser invitado, algo que ademàs, seg?n las leyes bàsicas que gobernaban a los vampiros, exig?a cierto tipo de permiso previo o de artima?a ritual para poder cruzar el umbral sin la autorizaciîn directa del due?o. Volviî al dormitorio y se arrodillî junto a la cama, pasando la mano con cuidado bajo el colchîn y detràs de la mesita de noche, buscando cualquier objeto que pudiera haberse ca?do durante el forcejeo. No encontrî nada màs al principio, hasta que su mirada se detuvo en una peque?a grieta en la pared, cerca del suelo, del tama?o exacto de la punta de un dedo. Angel deb?a de haberse aferrado a algo durante el ataque, ara?ando la pared en un intento desesperado de resistirse, y ese peque?o detalle, insignificante para cualquiera que no conociera bien a su amiga, le confirmî a Carla algo que necesitaba saber con urgencia: Angel hab?a luchado. No se hab?a dejado llevar sin resistencia, lo cual significaba que, fuera quien fuera el que se la hab?a llevado, hab?a tenido que emplear fuerza real para conseguirlo. Sacî su telåfono y llamî a Daniel de inmediato. —Necesito que vengas al apartamento de Angel ahora mismo —dijo, sin darle tiempo a saludar—. Creo que se la han llevado. —?Quå? —la voz de Daniel se llenî de alarma al instante—. ?Estàs segura? —Hay marcas de garras en la ventana, su telåfono està roto en el suelo del dormitorio, y hay un olor a vampiro por todo el apartamento. Ella nunca deja la puerta sin cerrar con llave, ni siquiera para bajar a por el correo —Carla cerrî los ojos un instante, luchando contra el pànico que amenazaba con nublarle el juicio precisamente cuando màs necesitaba mantenerlo claro—. Voy a examinar el resto del apartamento antes de que lleguen los forenses y contaminen la escena. —Estoy saliendo ahora mismo. Carla colgî y respirî profundamente varias veces, obligàndose a pensar como la profesional que era y no como la amiga aterrorizada que en realidad sent?a ser en ese momento. Recorriî el resto del apartamento con atenciîn meticulosa, buscando cualquier detalle que pudiera indicar quiån hab?a estado all? o hacia dînde se hab?an llevado a Angel. En la cocina encontrî una taza de cafå a medio terminar, ya fr?a, abandonada sobre la encimera como si Angel hubiera sido interrumpida en mitad de su rutina matutina. En el suelo, cerca de la puerta principal, hab?a una peque?a mancha oscura que Carla examinî de cerca, reconociendo con un nudo en el estîmago que se trataba de sangre. No mucha, apenas unas gotas, pero suficiente para confirmar que Angel no se hab?a marchado por su propia voluntad. Fue entonces cuando su telåfono vibrî con un mensaje de un n?mero desconocido. Lo abriî con manos que ya no intentaba disimular que temblaban. —Investiga. Ella vuelve a casa. No hab?a firma, ni ninguna otra informaciîn. Solo esas cuatro palabras, escritas con una precisiîn que a Carla le pareciî deliberadamente ambigua, dise?ada para confirmar lo que ella ya sospechaba sin revelar absolutamente nada màs. Alguien ten?a a Angel. Y ese alguien sab?a quiån era Carla y quå hac?a para ganarse la vida. Se quedî mirando la pantalla durante varios segundos, sintiendo cîmo el miedo inicial se transformaba, poco a poco, en algo mucho màs fr?o y mucho màs ?til: determinaciîn. Hab?a pasado diez a?os aprendiendo a controlar sus emociones frente a la muerte ajena. Nunca hab?a necesitado aplicar esa misma disciplina a un miedo tan personal, pero descubriî, en ese momento, que el entrenamiento serv?a de todas formas. Daniel llegî doce minutos despuås, acompa?ado de dos agentes uniformados que Carla reconociî vagamente de otros casos. Le ense?î el mensaje sin decir nada, dejando que ål mismo leyera las cuatro palabras y llegara a las mismas conclusiones que ella ya hab?a alcanzado. —Esto no es un secuestro cualquiera —dijo Daniel, con la mand?bula tensa—. Esto es un mensaje dirigido espec?ficamente a ti. —Lo så —Carla se cruzî de brazos, intentando contener el temblor que todav?a le recorr?a las manos—. Quien està detràs de las muertes de los vampiros sabe que estoy investigando. Y decidiî que la mejor manera de detenerme, o de controlarme, era llevarse a la persona màs importante de mi vida. —?Crees que es la misma persona que matî a los tres vampiros? —No lo så con certeza, pero tiene sentido. El mensaje del vampiro decapitado hablaba de una deuda antigua. Si alguien està resolviendo cuentas pendientes con la comunidad vamp?rica, y yo empiezo a acercarme demasiado a la verdad, secuestrar a Angel es la manera màs eficaz de hacerme retroceder sin tener que enfrentarme a m? directamente —Carla caminî hacia la ventana, examinando de nuevo las marcas de garras con una mezcla de rabia y concentraciîn cl?nica—. Pero el mensaje tambiån dice que ella vuelve a casa. Eso significa que quien la tiene no planea matarla, al menos no todav?a. Me està dando algo a cambio de mi cooperaciîn. O de mi silencio. Daniel se acercî a examinar las marcas tambiån, con el ce?o fruncido en la expresiîn concentrada que Carla hab?a aprendido a reconocer como su modo de trabajo màs serio. —?Quå vas a hacer? —Investigar. Es exactamente lo que me està pidiendo el mensaje, as? que voy a hacerlo, aunque no de la manera que probablemente espera —Carla se girî para mirarlo directamente—. Hasta ahora he estado avanzando con cautela, tratando de no molestar a nadie màs de lo estrictamente necesario. Eso se acaba ahora. Voy a ir a MIEL esta misma noche. Ya no me importa si el due?o del club nota que alguien està siguiendo su rastro. Angel no tiene tiempo para que yo siga siendo prudente. —Irå contigo. —No —Carla negî con la cabeza, firme—. Si quien tiene a Angel me està vigilando de cerca, aparecer con un detective de homicidios podr?a interpretarse como una provocaciîn, y no puedo arriesgarme a eso mientras ella siga desaparecida. Necesito entrar en ese club como una persona cualquiera, haciendo preguntas discretas, no como parte de una investigaciîn policial visible. Daniel apretî los labios, visiblemente en desacuerdo, pero despuås de un momento asintiî. Conoc?a a Carla lo suficiente como para saber que discutir con ella cuando hab?a tomado una decisiîn de ese calibre era, en el mejor de los casos, una pårdida de tiempo. —Al menos dåjame hacer algo ?til desde aqu? —dijo finalmente—. Voy a revisar las càmaras de seguridad de los edificios cercanos, a ver si alguna captî algo la noche pasada. Y voy a mandar a analizar esa mancha de sangre y el polvo dorado que encontraste junto a la ventana, aunque me imagino que ya sabes lo que es. —Es polvo de hada —dijo Carla, con una certeza amarga—. O alg?n tipo de componente ritual relacionado. No es com?n encontrarlo en un secuestro normal de vampiro, lo cual me confirma que quien se llevî a Angel no es un vampiro trabajando solo. Hay magia involucrada en esto, probablemente la misma combinaciîn de nigromancia y brujer?a que el vampiro de la primera escena mencionî antes de morir. Se quedî un momento màs en el apartamento, examinando cada rincîn con la atenciîn meticulosa que su trabajo le hab?a ense?ado, buscando cualquier detalle que hubiera pasado por alto en su primer repaso apresurado. Encontrî, finalmente, junto a la pata de la cama, un peque?o fragmento de tela oscura, quizàs arrancado de la ropa de quien hab?a entrado en el apartamento durante el forcejeo. Lo guardî cuidadosamente en una bolsa de plàstico que llevaba siempre consigo para este tipo de situaciones, aunque nunca hab?a imaginado que tendr?a que usarla en la casa de su mejor amiga. Antes de marcharse, se detuvo un momento en el umbral de la puerta, mirando hacia atràs el apartamento que conoc?a tan bien, donde hab?a pasado tantas tardes riendo con Angel sobre cosas sin importancia, hablando de trabajo, de vida, de todo lo que hac?a que su amistad fuera uno de los pocos anclajes estables en un mundo tan lleno de muerte y de sombras. La idea de que alguien hubiera irrumpido en ese espacio, hubiera arrastrado a Angel fuera de su vida cotidiana precisamente para llegar hasta Carla, le provocaba una furia fr?a que no hab?a sentido en mucho tiempo. Saliî del edificio ya con un plan formàndose con claridad en su mente. Ir?a a casa a prepararse, reunir?a todo lo que pudiera necesitar para una noche que sab?a que iba a ser larga y probablemente peligrosa, y en cuanto cayera la noche, cruzar?a por primera vez la puerta de MIEL, dispuesta a encontrar las respuestas que llevaba d?as persiguiendo con demasiada cautela. De camino al coche, marcî el n?mero de Luc?a, esperando que esta vez su llamada tuviera mejor suerte que la visita frustrada del d?a anterior. La voz de la bruja contestî al tercer tono, càlida pero alerta, como si hubiera percibido de inmediato que algo grave hab?a ocurrido. —Carla, iba a llamarte precisamente ahora. He estado estudiando las fotograf?as que me dejaste, y hay algo que deber?as saber cuanto antes. —Va a tener que esperar unas horas, Luc?a. Se han llevado a Angel. Hubo un silencio breve al otro lado de la l?nea, cargado de una preocupaciîn genuina que Carla agradeciî sin tener tiempo de expresarlo del todo. —Dios m?o. ?Està viva? —Eso creo. Recib? un mensaje diciendo que volverà a casa si sigo investigando —Carla llegî a su coche y se detuvo un momento antes de entrar, apoyando la mano libre sobre el techo caliente por el sol de la ma?ana—. Voy a necesitar tu ayuda esta noche, despuås de que vaya a un sitio primero. ?Puedes prepararme algo de protecciîn extra? Algo fuerte, por si las cosas se complican en MIEL. —Claro que s?. Ven a la tienda en cuanto puedas, tendrå todo listo —la voz de Luc?a se volviî màs seria, casi maternal—. Y Carla, ten cuidado. Lo que vi en esas fotograf?as no es obra de un aficionado. Sea quien sea, sabe lo que està haciendo, y no creo que dude en usar a Angel como algo màs que un simple se?uelo si las cosas no salen como espera. —Lo så —respondiî Carla, con la voz màs firme de lo que en realidad se sent?a—. Por eso mismo no pienso darle esa oportunidad. Angel volver?a a casa. Carla se lo prometiî a s? misma mientras conduc?a de regreso, con las manos firmes sobre el volante y la mand?bula apretada por una determinaciîn que no pensaba dejar que nada, ni nadie, le arrebatara. Fuera quien fuera la persona que hab?a orquestado todo aquello, estaba a punto de descubrir que hab?a cometido un error muy grave al tocar a la ?nica familia real que Carla ten?a en el mundo. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. Rita llamî a Carla porque Angel hab?a ______ sin avisar a nadie. 2. Las marcas de ______ en la ventana confirmaron que un vampiro hab?a entrado por ah?. 3. Alguien tuvo que ______ la ventana, porque Angel nunca la deja abierta por la noche. 4. Carla encontrî un peque?o ______ que el agresor hab?a dejado cerca de la cama de su amiga. 5. La grieta en la pared demostraba que hab?a existido un verdadero ______ antes del secuestro. 6. En el suelo, cerca de la puerta, Carla vio una peque?a ______ que confirmaba que Angel no se hab?a ido por su propia voluntad. 7. Carla no quer?a que los agentes llegaran antes de terminar, para no ______ ninguna prueba importante. 8. El mensaje anînimo suger?a que Angel era, por el momento, solo un ______ para controlar a Carla. 9. A pesar del miedo, Carla sintiî que su ______ se hac?a màs fuerte con cada minuto que pasaba. 10. Antes de salir, se detuvo un momento en el ______ del apartamento, mirando hacia atràs. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. temblar: a) îñòîðîæíîñòü, îñìîòðèòåëüíîñòü 2. arrastrar: b) äðîæàòü 3. la cautela: c) òàùèòü, âîëî÷èòü ñèëîé 4. el secuestro: d) èñ÷åçàòü, ïðîïàäàòü áåç âåñòè 5. desaparecer: e) ïîõèùåíèå ÷åëîâåêà Respuestas Ejercicio 1: 1. desaparecido · 2. garras · 3. forzar · 4. rastro · 5. forcejeo · 6. mancha de sangre · 7. contaminar · 8. se?uelo · 9. determinaciîn · 10. umbral Ejercicio 2: 1-b, 2-c, 3-a, 4-e, 5-d Cap?tulo 6. Miel Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. el portero — âûøèáàëà, îõðàííèê ó âõîäà la pista de baile — òàíöïîë el ambiente — àòìîñôåðà el propietario — âëàäåëåö el encanto — îáàÿíèå, î÷àðîâàíèå desconfiar — íå äîâåðÿòü el aroma — àðîìàò la barra (del bar) — áàðíàÿ ñòîéêà observar — íàáëþäàòü la frialdad — õîëîäíîñòü el privilegio — ïðèâèëåãèÿ encapuchado / encapuchada — â êàïþøîíå el indicio — ïðèçíàê, óëèêà la grabaciîn (de seguridad) — çàïèñü (âèäåîíàáëþäåíèÿ) intrigar — èíòðèãîâàòü, çàèíòåðåñîâûâàòü Luc?a ten?a razîn sobre casi todo, y Carla lo comprobî en cuanto llegî a La Luna Verde esa tarde. La bruja la recibiî con un abrazo breve pero sincero, del tipo que solo se permit?a en ocasiones verdaderamente graves, y despuås la hizo pasar a la trastienda, donde ya ten?a preparada una peque?a bolsa de tela con varios amuletos. —Esto es sal consagrada, mezclada con hierro molido —explicî, se?alando un frasco peque?o—. Sirve contra casi cualquier tipo de encantamiento defensivo que un vampiro pueda usar para intentar confundirte. Y esto —a?adiî, sacando un colgante de cuarzo ahumado—, te avisarà si alguien intenta leer tu mente o manipular tus emociones. Se pondrà caliente contra tu piel. No es infalible, pero te darà un segundo de ventaja, que a veces es todo lo que se necesita. Carla se colgî el cuarzo junto a la cruz de plata de su abuela, agradecida por el peso a?adido, aunque sab?a que ning?n amuleto pod?a sustituir la cautela real. Luc?a le explicî tambiån, con màs detalle del que hab?a podido darle por telåfono, lo que hab?a descubierto en las fotograf?as de los s?mbolos rituales: una mezcla extra?a entre trazos de nigromancia clàsica y otros que pertenec?an, sin lugar a dudas, a una tradiciîn de brujer?a de sangre que llevaba generaciones prohibida entre las comunidades màgicas organizadas de Texas. No era una combinaciîn que cualquiera pudiera improvisar. Requer?a a?os de estudio en ambas disciplinas, algo que muy pocas personas en el mundo pod?an presumir de dominar. —Ten mucho cuidado esta noche —le dijo Luc?a al despedirse, sujetàndole las manos con una firmeza que sorprendiî a Carla—. Y si algo te parece demasiado fàcil, conf?a en ese instinto. La gente peligrosa rara vez se presenta como peligrosa. Carla pensî en esas palabras mientras conduc?a hacia el centro de la ciudad, ya con la noche completamente ca?da sobre San Antonio. El calor del d?a segu?a atrapado entre los edificios, esa humedad pesada que nunca terminaba de disiparse ni siquiera despuås de la puesta de sol, pero las calles del centro hab?an cobrado una vida distinta, iluminadas por letreros de neîn y llenas de gente que sal?a a cenar o a bailar, ajena por completo a que, a pocas manzanas de distancia, exist?a un mundo que la mayor?a de ellos preferir?a no conocer. Encontrî MIEL sin dificultad. El club ocupaba un edificio antiguo de ladrillo restaurado, con una entrada discreta se?alada solo por un peque?o letrero dorado sobre la puerta, una abeja estilizada que brillaba tenuemente bajo una luz àmbar. No hab?a ning?n cartel llamativo, ninguna cola de gente esperando entrar, nada que sugiriera desde fuera la clase de lugar que era en realidad. Eso, màs que cualquier otra cosa, le confirmî a Carla que MIEL no necesitaba anunciarse. La clientela que buscaba ya sab?a dînde encontrarlo. Un hombre enorme, vestido completamente de negro, custodiaba la entrada con los brazos cruzados y una expresiîn que no invitaba a la conversaciîn. Carla se acercî con paso decidido, consciente de que la vacilaciîn nunca funcionaba bien frente a ese tipo de guardianes. —Necesito hablar con el propietario —dijo, sin rodeos. El portero la mirî de arriba abajo con una lentitud deliberada, evaluando algo que Carla no pod?a identificar del todo. —el se?or Lindstr?m no recibe visitas sin cita previa. —D?gale que se trata de los tres vampiros asesinados en la ciudad durante las ?ltimas dos semanas. Y de una mujer humana secuestrada esta misma ma?ana. Creo que le va a interesar hacer una excepciîn —Carla sostuvo la mirada del portero sin parpadear, dejando que el peso de sus palabras hiciera el trabajo que su presencia f?sica, mucho màs peque?a que la de ål, no pod?a hacer por s? sola. El hombre la observî un momento màs, despuås hablî en voz baja hacia un peque?o auricular que Carla no hab?a notado hasta entonces. Recibiî una respuesta que no llegî a escuchar, asintiî y se apartî de la puerta con un movimiento casi mecànico. —Puede pasar. Alguien la acompa?arà hasta ål. El interior de MIEL golpeî a Carla como un cambio de mundo completo. Despuås del calor pegajoso de la calle, el club recib?a a sus visitantes con un aire fresco, casi fr?o, perfumado con algo entre incienso y miel de verdad, un aroma dulce pero nunca empalagoso. Las paredes estaban cubiertas de terciopelo oscuro, casi negro bajo la luz tenue, mientras que detalles dorados brillaban aqu? y allà: los marcos de los espejos, el borde de la barra, las làmparas que colgaban del techo como gotas suspendidas de miel l?quida. La m?sica sonaba baja, casi hipnîtica, y la gente que ocupaba las mesas y la pista de baile ten?a esa cualidad indefinible que Carla hab?a aprendido a reconocer con los a?os: la belleza demasiado perfecta, los movimientos demasiado elegantes, la manera en que algunos de ellos parec?an flotar en lugar de caminar. Humanos y vampiros compart?an el mismo espacio, aunque no resultaba dif?cil distinguir a unos de otros si se sab?a quå buscar. Una mujer joven, vestida con un vestido dorado que parec?a cosido con hilos de luz, se acercî a Carla con una sonrisa profesional y la guio a travås de la sala principal hacia una escalera discreta situada al fondo, medio oculta tras una cortina de terciopelo. Subieron en silencio hasta una planta superior mucho màs tranquila que la de abajo, donde la m?sica apenas se filtraba como un murmullo distante, y llegaron finalmente a una puerta de madera oscura sin ning?n letrero. La mujer llamî una vez y abriî sin esperar respuesta. —Se?orita Àvila —anunciî, y se retirî de inmediato, dejando a Carla sola frente al umbral de una oficina amplia, decorada con el mismo gusto discreto y lujoso que el resto del local. El hombre de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle a travås de un cristal que dejaba entrar la luz de los letreros de neîn sin mostrar realmente nada del exterior, era, sin lugar a dudas, el ser màs alto que Carla hab?a visto en mucho tiempo. Deb?a de medir casi dos metros, unos veinte cent?metros màs que ella, con una complexiîn atlåtica que llenaba su camisa negra sin resultar exagerada, hombros anchos pero sin la masa excesiva de alguien que dependiera de la fuerza bruta para intimidar. Ten?a el pelo corto, de un rubio trigue?o pàlido, ligeramente despeinado como si acabara de pasarse la mano por ål, y cuando se girî para mirarla, Carla se encontrî con unos ojos de un gris azulado tan fr?o que por un instante pensî, absurdamente, en el hielo que se formaba en los lagos del norte, lugares que ella nunca hab?a visitado pero que de alguna manera aquellos ojos parec?an evocar sin esfuerzo. —Se?orita Àvila —dijo el vampiro, con una voz grave y un acento apenas perceptible, suavizado por siglos de pràctica, pero no del todo desaparecido—. Eric Lindstr?m. He o?do hablar de usted. —Yo no hab?a o?do hablar de usted hasta hace un par de d?as —respondiî Carla, sin molestarse en suavizar la franqueza del comentario. Algo parecido a una sonrisa cruzî el rostro de Eric, breve y controlada, aunque a diferencia de la sonrisa de Pablo, esta le pareciî, extra?amente, màs genuina. —Eso no me sorprende. Prefiero mantener un perfil discreto. Es màs fàcil dirigir un negocio cuando la gente no està constantemente vigilando lo que uno hace —le indicî con un gesto uno de los sillones frente a su escritorio—. Siåntese, por favor. Su mensajero mencionî tres asesinatos y un secuestro. Eso merece toda mi atenciîn. Carla se sentî, aunque mantuvo la espalda recta y las manos visibles sobre su regazo, una postura que hab?a aprendido a adoptar automàticamente en presencia de cualquier vampiro cuyo poder real todav?a no hab?a logrado medir. —Hace unos d?as, levantå temporalmente la consciencia de un vampiro decapitado en un almacån cerca del r?o. Antes de apagarse para siempre, mencionî algo sobre una deuda antigua. Y despuås dijo tres palabras: la miel arde. Eric se sentî tambiån, con un movimiento fluido que a Carla le recordî, incîmodamente, al de un depredador que decide no atacar todav?a porque prefiere observar primero. —Y por eso vino directamente a mi club. —Por eso vine directamente a su club —confirmî Carla—. ?Significa algo para usted esa frase? —Significa que alguien conoc?a el nombre de mi negocio —respondiî Eric, con una calma que no lograba disimular del todo cierto interås genuino—. Lo cual no es exactamente un secreto bien guardado, se?orita Àvila. MIEL es uno de los locales màs conocidos de la comunidad sobrenatural de esta ciudad. Que un vampiro moribundo pronunciara su nombre podr?a significar mucho, o podr?a no significar nada en absoluto. —?Estuvo aqu? la noche que muriî? Eric la observî un momento antes de contestar, con una atenciîn que Carla encontrî casi f?sica, como si la estuviera examinando capa por capa, evaluando cada palabra antes de decidir su respuesta. —Voy a necesitar una descripciîn màs precisa antes de poder responder con honestidad. Recibo a cientos de personas cada noche, humanas y sobrenaturales. —Aproximadamente doscientos a?os, cabello oscuro, complexiîn delgada. No llevaba ninguna identificaciîn encima —Carla lo observî con la misma atenciîn cl?nica que ål le dedicaba a ella—. Aunque imagino que ya lo sabe, si de verdad presta tanta atenciîn a quiån entra por su puerta. La expresiîn de Eric no cambiî, pero algo en sus ojos se agudizî ligeramente, como si la respuesta de Carla hubiera confirmado alguna sospecha que ya ten?a. —Presto mucha atenciîn, s?. Y s?, recuerdo a ese vampiro. Vino hace unas dos semanas, solo, y se sentî en la barra durante casi una hora antes de que alguien se uniera a ål. Carla sintiî que el pulso se le aceleraba, aunque mantuvo el rostro tan sereno como pudo. —?Quiån? —Una mujer. No la reconoc? en ese momento, y sigo sin poder identificarla con certeza, lo cual, para alguien que dirige este negocio desde hace màs de una dåcada, resulta bastante inusual —Eric se inclinî ligeramente hacia adelante, entrelazando los dedos sobre el escritorio—. Llevaba el rostro parcialmente cubierto con una capucha, algo que normalmente no permito dentro del local, pero que esa noche, por razones que todav?a no comprendo del todo, mi personal de seguridad no detuvo. —?Cree que usî magia para pasar desapercibida? —Es la explicaciîn màs razonable que se me ocurre —Eric se recostî de nuevo en su asiento, observàndola con una intensidad que Carla empezaba a encontrar tan incîmoda como fascinante, aunque no pensaba admitir lo segundo ni siquiera para s? misma—. Y eso, se?orita Àvila, me preocupa mucho màs de lo que probablemente imagina. Que alguien pueda entrar en mi propio establecimiento sin que yo lo note es un problema de seguridad que afecta directamente a mi negocio y a mis clientes. Carla estudiî su expresiîn, buscando cualquier se?al de que estuviera mintiendo o exagerando su propia preocupaciîn por conveniencia, pero no encontrî nada que confirmara esa sospecha. Eso, de alguna manera, la inquietaba todav?a màs que si hubiera detectado un enga?o evidente. Êîíåö îçíàêîìèòåëüíîãî ôðàãìåíòà. Òåêñò ïðåäîñòàâëåí ÎÎÎ «Ëèòðåñ». Ïðî÷èòàéòå ýòó êíèãó öåëèêîì, êóïèâ ïîëíóþ ëåãàëüíóþ âåðñèþ (https://www.litres.ru/book/raznoe/miel-y-sangre-74435872/) íà Ëèòðåñ. Áåçîïàñíî îïëàòèòü êíèãó ìîæíî áàíêîâñêîé êàðòîé Visa, MasterCard, Maestro, ñî ñ÷åòà ìîáèëüíîãî òåëåôîíà, ñ ïëàòåæíîãî òåðìèíàëà, â ñàëîíå ÌÒÑ èëè Ñâÿçíîé, ÷åðåç PayPal, WebMoney, ßíäåêñ.Äåíüãè, QIWI Êîøåëåê, áîíóñíûìè êàðòàìè èëè äðóãèì óäîáíûì Âàì ñïîñîáîì.