La jaur?a perdida Äæóëñ Õîíèã Âòîðàÿ êíèãà î Êëàðå Àâèëà. Ìîæíî ÷èòàòü, íå ÷èòàÿ ïåðâóþ. Ñàí-Àíòîíèî íàõîäÿò ðåá¸íêà, êîòîðûé íå ãîâîðèò, ðû÷èò íà ëþäåé è íîñèò íà òåëå ñëåäû öåïåé. Ðÿäîì ñ Êàðëîé Àâèëà îí íåîæèäàííî óñïîêàèâàåòñÿ. Ðàññëåäîâàíèå ïðèâîäèò Êàðëó ê ïîäïîëüíîé ñåòè, ãäå îáîðîòíåé ãîäàìè ðàçâîäèëè êàê áîéöîâûõ æèâîòíûõ äëÿ íåëåãàëüíûõ áî¸â. Íî êîãäà îðãàíèçàòîðû ïîíèìàþò, ÷òî èõ ðàñêðûëè, îíè âûïóñêàþò äåñÿòêè îäè÷àâøèõ ëèêàíòðîïîâ íà ñâîáîäó ïðÿìî ïåðåä ïîëíîëóíèåì. Ïîêà ïîëèöèÿ ãîòîâèòñÿ óíè÷òîæèòü èõ êàê îïàñíûõ çâåðåé, Êàðëà ïûòàåòñÿ äîêàçàòü, ÷òî ìíîãèå èç íèõ ïðåæäå âñåãî æåðòâû. È åäèíñòâåííûé, êòî ìîæåò îñòàíîâèòü ñòàþ, ìàëü÷èê, êîòîðîãî âñþ æèçíü ñ÷èòàëè âñåãî ëèøü íîìåðîì. Èñïàíñêèé, Â2+ óðîâåíü. La jaur?a perdida Ãëàâà Cap?tulo 1. El ni?o que mord?a Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. la gasolinera abandonada — çàáðîøåííàÿ çàïðàâêà destrozado / destrozada — ðàñòåðçàííûé, èçóðîäîâàííûé las garras — êîãòè gru?ir — ðû÷àòü morder / la mordedura — êóñàòü / óêóñ agazapado / agazapada — ïðèòàèâøèéñÿ, ïðèïàâøèé ê çåìëå el instinto animal — æèâîòíûé èíñòèíêò asilvestrado / asilvestrada — îäè÷àâøèé aferrarse (a alguien) — âöåïèòüñÿ (â êîãî-òî) retroceder — îòñòóïàòü, ïÿòèòüñÿ temblar — äðîæàòü la cicatriz — øðàì el grillete — êàíäàëû, êîëüöî-îêîâû el frenes? — èññòóïëåíèå, íåèñòîâñòâî el refugio (improvisado) — óáåæèùå (èìïðîâèçèðîâàííîå) El telåfono de Carla sonî a las cuatro y media de la madrugada, cuando el calor de la noche texana todav?a no hab?a empezado a ceder. Era Daniel. —Necesito que vengas a la gasolinera abandonada de la Ruta 16, cerca del cruce con Loop 410. Trae tu equipo completo. Carla ya estaba sentada en la cama, buscando sus botas con el pie. —?Vampiro? —No så quå es esto, Àvila. Nunca hab?a visto algo as?. Colgî sin despedirse, lo cual, tratàndose de Daniel, era casi peor que cualquier explicaciîn que pudiera haberle dado. Se vistiî en cuatro minutos, con la rapidez mecànica de diez a?os de pràctica: jeans negros, camiseta negra, botas de suela gruesa, la funda con la pistola al cinturîn, y la bolsa de tela con su equipo ritual colgada al hombro. Antes de salir, se detuvo un segundo frente al espejo del ba?o para recogerse el pelo en una trenza gruesa, apartàndolo de la cara. La cruz de plata de su abuela le golpeî el pecho cuando se inclinî a atarse las botas. San Antonio a esa hora era una ciudad vac?a, iluminada solo por los letreros de neîn de los pocos negocios abiertos toda la noche y por las farolas que zumbaban a lo largo de la autopista. Carla condujo con las ventanillas bajadas, dejando que el aire caliente le despejara los restos del sue?o interrumpido. La gasolinera abandonada apareciî al final de un desv?o polvoriento, rodeada de coches patrulla cuyas luces azules y rojas pintaban las paredes derruidas del edificio principal. Hab?an cerrado ese negocio hac?a a?os, cuando construyeron la nueva autopista un kilîmetro màs al norte, y desde entonces la estructura se hab?a ido pudriendo lentamente bajo el sol de Texas: cristales rotos, un letrero ca?do, malas hierbas creciendo entre las grietas del asfalto. Daniel la esperaba junto a la cinta policial, con un gesto que Carla no le hab?a visto nunca, ni siquiera en las peores escenas de los ?ltimos a?os. —Està detràs de los surtidores —dijo, sin preàmbulos—. Te aviso ahora: no es bonito. —Nunca lo es. —Esto es distinto. Caminaron juntos hacia la parte trasera de la gasolinera. El olor llegî antes que la imagen: sangre, mucha sangre, mezclada con algo màs, un olor animal, denso, que a Carla le recordî vagamente al de una perrera mal ventilada. El cuerpo estaba tendido junto a uno de los surtidores oxidados. Hab?a sido un hombre de mediana edad, a juzgar por la ropa que todav?a le cubr?a parte del torso. El resto resultaba dif?cil de describir con precisiîn cl?nica. No hab?a sido apu?alado, ni disparado, ni decapitado con la precisiîn quir?rgica que Carla conoc?a tan bien de los vampiros. Lo hab?an desgarrado. Las heridas ten?an la anchura y la profundidad de garras, no de ning?n arma que ella pudiera nombrar de memoria. —?Licàntropo? —preguntî, aunque ya sospechaba la respuesta y no le gustaba nada. —Eso pensamos al principio. Pero mira el patrîn de las heridas. Carla se puso los guantes y se arrodillî junto al cuerpo, examinando los cortes con la misma atenciîn que aplicaba a cualquier escena. Los licàntropos que conoc?a, Rafael entre ellos, mataban con una precisiîn funcional cuando mataban: heridas limpias, dirigidas, casi siempre en el cuello o el vientre. Esto era distinto. Las heridas se repet?an, superpuestas, como si algo hubiera atacado una y otra vez sin ning?n control, sin ninguna intenciîn màs allà de la violencia misma. —Esto no es un ataque —dijo Carla, en voz baja—. Es un frenes?. —Hay màs. Daniel la condujo hacia un lateral del edificio, donde un grupo de agentes formaba un semic?rculo alrededor de algo que Carla no alcanzaba a ver desde su posiciîn. Uno de ellos, un hombre joven que Carla no reconociî, sujetaba su propio antebrazo con una mueca de dolor evidente. —?Quå ha pasado? —Hay un cr?o ah? debajo —dijo el agente herido, se?alando con la barbilla hacia los bajos de una furgoneta abandonada, aparcada entre la maleza—. Intentå sacarlo. Me mordiî. Carla se acercî despacio, con las manos abiertas y visibles, un gesto que hab?a aprendido a usar con cualquier criatura asustada, humana o no. Se agachî junto a la furgoneta y mirî hacia la oscuridad debajo del veh?culo. Dos ojos la miraron desde all?. Grandes, oscuros, con un anillo àmbar alrededor de la pupila que no deber?a existir en ning?n ojo humano normal. El resto del ni?o era apenas visible entre las sombras: un cuerpo peque?o y delgado, encogido contra el eje trasero de la furgoneta, temblando. —Eh —dijo Carla, sin acercarse màs—. No voy a hacerte da?o. El ni?o gru?î. No fue un sonido infantil, ni un gimoteo asustado. Fue un gru?ido bajo, gutural, el tipo de advertencia que un animal acorralado emite justo antes de atacar o de huir. —Lleva ah? màs de una hora —dijo Daniel, en voz baja, detràs de ella—. No responde a nada. Ni a su nombre, si es que tiene uno. Ni a ninguna instrucciîn. Intentamos ofrecerle agua y casi le arranca los dedos al agente que se la acercî. Carla se quedî inmîvil, estudiando al ni?o con la misma paciencia cl?nica que reservaba para las consciencias reciån levantadas, esos primeros minutos fràgiles en los que cualquier movimiento brusco pod?a romper el contacto para siempre. El ni?o no apartaba la vista de ella, aunque tampoco la sosten?a del todo: sus ojos se mov?an constantemente hacia los bordes de su campo de visiîn, vigilando cualquier amenaza posible, incapaz de quedarse quieto ni un segundo. Ten?a el pelo negro, espeso y enredado, cayåndole sobre la frente en mechones sucios. La piel morena estaba cubierta de suciedad y, bajo ella, Carla distinguiî lo que parec?an cicatrices antiguas, demasiadas para un ni?o de esa edad. En un tobillo, apenas visible entre la sombra, algo brillaba: una marca circular, como si llevara a?os sujeto a algo metàlico. —Voy a acercarme un poco —dijo Carla, sin dejar de mirar al ni?o—. Que nadie màs se mueva. —Carla… —Nadie màs, Daniel. Se tumbî boca abajo sobre el asfalto agrietado, algo que sab?a que ning?n protocolo policial habr?a aprobado, y avanzî cent?metro a cent?metro hacia la furgoneta, manteniendo las manos abiertas frente a ella, lejos de cualquier gesto que pudiera interpretarse como amenaza. El ni?o retrocediî todo lo que el espacio le permit?a, pegando la espalda contra el eje trasero, gru?endo con màs fuerza. —Ya så —murmurî Carla, casi para s? misma—. Da miedo. Todo esto da miedo. Siguiî hablando en voz baja, sin decir nada en particular, solo dejando que el sonido de su voz llenara el espacio entre ambos de una manera que no exigiera respuesta. Hab?a aprendido, trabajando con los muertos durante tantos a?os, que la voz humana pod?a funcionar como un ancla incluso cuando las palabras en s? no significaban nada para quien las escuchaba. Poco a poco, el gru?ido del ni?o empezî a perder intensidad. No desapareciî por completo, pero se convirtiî en algo màs parecido a un quejido bajo, continuo, como el zumbido de un animal que ya no sabe si debe atacar o rendirse. Carla extendiî la mano, muy despacio, sin llegar a tocarlo todav?a. El ni?o la observî, con el cuerpo entero en tensiîn, listo para morder. Y entonces, algo cambiî. Carla lo notî en el instante exacto en que ocurriî: el ni?o inclinî la cabeza hacia su mano extendida, olfateando el aire entre ambos con una fuerza que no ten?a nada de humano. —Eso es —dijo Carla, sin mover un m?sculo—. Solo eso. El ni?o se acercî un cent?metro. Luego otro. Y entonces, con un movimiento tan ràpido que Carla apenas tuvo tiempo de reaccionar, saliî de debajo de la furgoneta y se lanzî directamente hacia ella, aferràndose a la parte delantera de su camiseta con ambas manos, hundiendo la cara contra su hombro. Carla se quedî por entero inmîvil, sintiendo el cuerpo peque?o y tembloroso pegado al suyo, los dedos del ni?o clavàndose en la tela con una fuerza que no encajaba con su tama?o. Detràs de ella, escuchî a Daniel soltar el aire que llevaba conteniendo, y a los demàs agentes murmurar algo que no llegî a entender del todo. —No te voy a soltar —dijo, aunque no sab?a muy bien a quiån se lo estaba prometiendo, si al ni?o o a s? misma—. Està bien. Ya està. Se incorporî despacio, con el ni?o todav?a aferrado a ella, las piernas peque?as rodeàndole la cintura con la misma fuerza desesperada que sus manos. Pesaba menos de lo que deber?a para su edad aparente, y bajo la ropa sucia y rota, Carla notî las costillas marcadas contra su propio brazo. —Necesita un mådico —dijo, giràndose hacia Daniel—. Ahora mismo. —La ambulancia està esperando. Pero Carla… —?Quå? Daniel dudî antes de continuar, mirando al ni?o con una preocupaciîn que no lograba disimular completamente. —El agente al que mordiî va a necesitar una serie completa de pruebas. La herida no parece normal. Carla bajî la vista hacia el ni?o, que segu?a con la cara escondida contra su hombro, sin intenciîn aparente de soltarla. Le apartî con cuidado un mechîn de pelo sucio de la frente, y el ni?o se estremeciî ante el contacto, pero no se apartî. —?Cîmo de normal esperabas que fuera, Daniel? Este ni?o acaba de sobrevivir a lo que sea que pasî aqu? esta noche. —No estoy diciendo que sea su culpa. Estoy diciendo que necesitamos saber quå es exactamente. Los tåcnicos forenses ya trabajaban alrededor del cuerpo junto a los surtidores, fotografiando cada àngulo de las heridas, recogiendo muestras que probablemente tardar?an d?as en analizarse por completo. Carla caminî hacia la ambulancia que esperaba al final del camino de entrada, todav?a con el ni?o pegado a ella, sintiendo cîmo la tensiîn de su peque?o cuerpo no ced?a ni un poco, como si en cualquier momento esperara que aquel breve refugio desapareciera. Los paramådicos intentaron acercarse en cuanto la vieron llegar, y el ni?o reaccionî de inmediato, con un gru?ido tan violento que ambos retrocedieron instintivamente. —Dadme un minuto —dijo Carla, sentàndose en el borde trasero de la ambulancia sin soltar al ni?o—. Dejadme intentarlo primero. Hablî con los paramådicos en voz baja mientras el ni?o permanec?a aferrado a ella, explicàndoles lo poco que sab?a, que no hablaba, que no toleraba que lo tocaran, que probablemente atacar?a a cualquiera que se le acercara demasiado ràpido. Uno de los paramådicos, una mujer de mediana edad con una paciencia que Carla agradeciî en silencio, se ofreciî a examinar al ni?o solo con la voz y la vista, sin tocarlo todav?a, mientras Carla segu?a sosteniåndolo. —Voy a mirar tus brazos —dijo la paramådico, despacio, con la misma cautela que Carla hab?a empleado minutos antes—. Solo mirar. No voy a tocarte. El ni?o no respondiî, por supuesto, pero tampoco atacî cuando la mujer se acercî lo suficiente para examinar, sin tocar, las marcas visibles en sus brazos y piernas. Cicatrices viejas, algunas ya blancas por el tiempo, otras màs recientes. Marcas de cuerda o cadena en ambas mu?ecas. Y aquella extra?a se?al circular en el tobillo, que de cerca parec?a la marca dejada por a?os de un grillete metàlico ajustado demasiado apretado para un cuerpo en crecimiento. —Va a necesitar ir al hospital —dijo la paramådico finalmente, con la voz llena de una furia contenida que Carla reconociî como propia—. Hay un centro especializado en casos sobrenaturales complicados, cerca del centro. Van a necesitar sedarlo para poder examinarlo bien, me temo. —No. —Carla, necesita atenciîn mådica real. Esto va mucho màs allà de lo que podemos hacer aqu?. Carla mirî al ni?o, que segu?a con la cara escondida contra su hombro, la respiraciîn todav?a agitada contra su cuello. Sab?a que la paramådico ten?a razîn. Sab?a que aquel ni?o necesitaba cuidados que ella no pod?a proporcionarle en la parte trasera de una ambulancia aparcada frente a una gasolinera abandonada. Y sin embargo, algo en su interior se resist?a con una fuerza que la sorprendiî a ella misma. —Voy con ål —dijo finalmente—. A donde sea que lo lleven, voy con ål. —Eso no depende de m?. —Entonces vamos a averiguar de quiån depende, porque no pienso soltarlo hasta saberlo. El sol ya empezaba a asomar por el horizonte cuando finalmente subieron al ni?o a la ambulancia, con Carla sentada a su lado, la mano del peque?o todav?a cerrada con fuerza alrededor de su mu?eca. Por la ventanilla trasera, Carla vio cîmo Daniel se quedaba de pie junto a los surtidores, hablando por telåfono con alguien, con la expresiîn de un hombre que sab?a que aquella noche acababa de convertirse en algo mucho màs grande de lo que hab?a imaginado al hacer la primera llamada. El ni?o, agotado por fin, cerrî los ojos contra su hombro, aunque sus dedos no aflojaron ni un momento su agarre. Carla se quedî miràndolo mientras la ambulancia arrancaba, preguntàndose quiån era, de dînde hab?a salido, y quå clase de mundo hab?a construido a un ni?o capaz de gru?ir como un animal acorralado, pero tambiån capaz de buscar refugio en los brazos de una completa desconocida en el peor momento posible de su vida. No ten?a ninguna respuesta todav?a. Pero mientras la gasolinera abandonada desaparec?a detràs de ellos, Carla ya sab?a que no iba a dejar de buscarlas hasta encontrarlas todas. El trayecto hasta el hospital durî casi veinte minutos, y durante todo ese tiempo el ni?o no volviî a abrir los ojos, aunque tampoco llegî a dormirse completamente. Carla lo notaba en la forma en que su cuerpo segu?a tenso contra el suyo, en la manera en que se sobresaltaba cada vez que la ambulancia pasaba sobre un bache o giraba demasiado ràpido en una curva. Era el sue?o ligero de alguien acostumbrado a despertar ante el màs m?nimo peligro, un sue?o que probablemente llevaba a?os sin permitirse relajar del todo. La paramådico, sentada frente a ellos, observaba al ni?o con una combinaciîn de preocupaciîn profesional y algo màs personal que no intentaba disimular. —Llevo doce a?os en esto —dijo, en voz baja, como si no quisiera despertar a nadie—. Nunca hab?a visto marcas como las suyas en un ni?o tan peque?o. —?Cuàntos a?os le calculas? —Es dif?cil saberlo. El tama?o sugiere seis o siete a?os, pero la desnutriciîn podr?a estar afectando el desarrollo. Podr?a ser mayor de lo que aparenta. Carla bajî la vista hacia la cabeza despeinada apoyada contra su hombro, hacia las manos peque?as que segu?an aferradas a su mu?eca incluso en aquel estado de duermevela. Pensî en Angel, en lo mucho que necesitar?a contarle todo aquello en cuanto tuviera un minuto libre, y en lo poco preparada que se sent?a para lo que fuera que estuviera a punto de descubrir sobre el origen de aquel ni?o. El telåfono le vibrî en el bolsillo. Un mensaje de Daniel. Forense confirma: garras, no arma. Buscando coincidencias en la base de datos. Te llamo en cuanto sepa algo. Carla escribiî una respuesta breve con una sola mano, sin soltar al ni?o, y guardî el telåfono de nuevo. Por la ventanilla, los primeros edificios del centro de la ciudad empezaban a definirse contra el cielo ya claro, y en alg?n lugar detràs de ellos, la gasolinera abandonada segu?a siendo escenario de un crimen que ninguno de los presentes sab?a todav?a cîmo empezar a explicar. Cuando la ambulancia por fin se detuvo frente a la entrada de urgencias, el ni?o abriî los ojos de golpe, y el gru?ido volviî, bajo pero constante, como si su cuerpo entero hubiera decidido, incluso medio dormido, que aquel nuevo lugar representaba una amenaza que hab?a que vigilar de cerca. —Vamos a entrar juntos —le dijo Carla, aunque sab?a que no pod?a entenderla—. No te voy a dejar solo. El ni?o no respondiî, por supuesto. Pero cuando las puertas de la ambulancia se abrieron y la luz artificial del hospital cayî sobre ambos, sus dedos se cerraron todav?a con màs fuerza alrededor de la mu?eca de Carla, como si aquel gesto fuera la ?nica promesa que necesitaba entender. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. El cuerpo apareciî junto a los surtidores de la ______ abandonada. 2. Las heridas del hombre parec?an hechas por ______, no por ning?n arma conocida. 3. El cadàver estaba completamente ______, como si algo lo hubiera atacado sin control. 4. Al ver que se acercaban, el ni?o empezî a ______ como un animal acorralado. 5. Cuando el agente intentî tocarlo, el ni?o lo ______ en el brazo. 6. El ni?o permanec?a ______ bajo la furgoneta, sin atreverse a salir. 7. Carla reconociî en sus movimientos algo similar al ______, màs que al miedo humano normal. 8. Nadie sab?a si un ni?o as?, criado en esas condiciones, pod?a considerarse sin reservas ______. 9. En cuanto Carla se acercî, el ni?o se ______ a su camiseta con las dos manos. 10. Al ver que no pod?a escapar, el agente joven ______ un paso, asustado. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. la cicatriz: a) êàíäàëû, êîëüöî-îêîâû 2. el grillete: b) øðàì 3. el frenes?: c) äðîæàòü 4. temblar: d) óáåæèùå 5. el refugio: e) èññòóïëåíèå, íåèñòîâñòâî Gramàtica: El pretårito pluscuamperfecto En este cap?tulo aparece con mucha frecuencia un tiempo verbal que todav?a no hab?amos comentado en detalle: el pretårito pluscuamperfecto (â ðóññêîì ÿçûêå — ïðåäïðîøåäøåå âðåìÿ). Se usa para hablar de una acciîn pasada que ocurriî antes de otra acciîn tambiån pasada. 1. Formaciîn Se forma con el verbo haber en pretårito imperfecto + participio pasado del verbo principal: hab?a / hab?as / hab?a / hab?amos / hab?ais / hab?an + trabajado, vivido, hecho, dicho... 2. Por quå es tan importante en este cap?tulo La historia de Teo se cuenta en dos capas de tiempo: lo que està pasando esta noche (pretårito indefinido: sonî, condujo, se agachî) y todo lo que le pasî antes, antes de que Carla lo encontrara (pluscuamperfecto: hab?a aprendido, hab?an capturado, hab?a sobrevivido). Este segundo nivel temporal es el que sugiere, sin explicarlo todav?a, que la historia del ni?o empezî mucho antes de esta noche. Ejemplos del texto: «hab?a aprendido que la voz humana pod?a funcionar como un ancla», «llevaba a?os sin permitirse relajar del todo», «lo hab?an desgarrado». 3. Diferencia con el indefinido simple Compara estas dos frases: Carla llegî a la gasolinera. (acciîn simple, pretårito indefinido) Cuando Carla llegî, el ni?o ya se hab?a escondido bajo la furgoneta. (dos acciones pasadas, una anterior a la otra: pluscuamperfecto + indefinido) El pluscuamperfecto siempre describe la acciîn que ocurriî primero, la màs antigua de las dos, aunque en la frase aparezca en segundo lugar. Respuestas Ejercicio 1: 1. gasolinera · 2. garras · 3. destrozado · 4. gru?ir · 5. mordiî · 6. agazapado · 7. instinto animal · 8. asilvestrado · 9. aferrî · 10. retrocediî Ejercicio 2: 1-b, 2-a, 3-e, 4-c, 5-d Cap?tulo 2. Sin nombre Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. la sala de urgencias — ïðè¸ìíûé ïîêîé, îòäåëåíèå ýêñòðåííîé ïîìîùè sedar / el sedante — äàâàòü óñïîêîèòåëüíîå / ñåäàòèâíîå ñðåäñòâî la fractura (mal curada) — (íåïðàâèëüíî ñðîñøèéñÿ) ïåðåëîì la radiograf?a — ðåíòãåí el anàlisis de sangre — àíàëèç êðîâè la desnutriciîn — èñòîùåíèå, íåäîåäàíèå el examen f?sico — ìåäèöèíñêèé îñìîòð resistirse (a algo) — ñîïðîòèâëÿòüñÿ (÷åìó-òî) la camilla — êàòàëêà, êóøåòêà el expediente mådico — ìåäèöèíñêàÿ êàðòà inusual — íåîáû÷íûé la fisiolog?a — ôèçèîëîãèÿ el diagnîstico — äèàãíîç contener (a alguien) — ñäåðæèâàòü, óäåðæèâàòü (êîãî-òî) consolidarse (un hueso) — ñðàñòàòüñÿ (î êîñòè) El Hospital Àngeles de Misericordia no aparec?a en ning?n mapa tur?stico de San Antonio, ni en ninguna gu?a mådica convencional. Ocupaba un edificio bajo y discreto a las afueras del centro, sin ning?n letrero visible desde la calle, financiado en parte por el ayuntamiento y en parte por donaciones privadas de familias sobrenaturales que prefer?an mantener el anonimato. Era el ?nico centro de la ciudad preparado para tratar heridas de garra, mordeduras de licàntropo, quemaduras de plata y cualquier otra dolencia que un hospital normal no supiera ni por dînde empezar a clasificar. Carla ya hab?a estado all? antes, aunque nunca en aquellas circunstancias. Recordaba haber acompa?ado a Rafael en una ocasiîn, a?os atràs, cuando un miembro joven de su manada hab?a recibido un disparo durante una patrulla nocturna que hab?a salido mal. Recordaba tambiån lo silencioso que era el edificio por dentro, un silencio distinto al de los hospitales normales, como si todos los que trabajaban all? hubieran aprendido, con el tiempo, a moverse sin hacer ruido innecesario alrededor de pacientes que ya ten?an suficiente con lo que les hab?a llevado hasta esas puertas. El ni?o segu?a aferrado a ella cuando cruzaron las puertas automàticas de urgencias, y la luz blanca y uniforme del pasillo pareciî asustarlo todav?a màs que la ambulancia. Escondiî la cara contra el cuello de Carla, temblando, y sus dedos se clavaron con màs fuerza en la tela de su camiseta. —Tranquilo. Ya casi estamos. Una mujer los esperaba junto al mostrador de admisiîn, con una tablilla sujetapapeles en una mano y unas gafas finas apoyadas en la punta de la nariz. Era de estatura media, con el pelo negro cortado muy corto, casi al estilo militar, y una bata blanca impecable sobre un uniforme quir?rgico tambiån blanco. Zapatillas deportivas blancas completaban la imagen de alguien que se hab?a vestido esa ma?ana pensando exclusivamente en la eficiencia. —Doctora Vàzquez —se presentî, sin ofrecer la mano, algo que Carla agradeciî en silencio dado que las suyas segu?an ocupadas sosteniendo al ni?o—. Usted debe de ser la nigromante. —Carla Àvila. —Me han informado del caso. Necesito examinarlo cuanto antes. —Va a ser complicado. No deja que nadie lo toque. La doctora Vàzquez la mirî por encima de las gafas, con un gesto que no era exactamente hostil, pero tampoco especialmente càlido. —Entonces vamos a tener que encontrar la manera de que s? lo permita. No puedo tratar lo que no puedo examinar. Caminaron juntas hacia una sala privada al final del pasillo, lejos de las zonas màs transitadas del hospital. La habitaciîn ten?a las paredes pintadas de un verde suave, una camilla baja cubierta con sàbanas limpias, y ning?n objeto metàlico visible que pudiera asustar todav?a màs al ni?o. Carla se preguntî si aquel dise?o era deliberado, pensado para pacientes exactamente como el que llevaba en brazos. —Vamos a intentarlo despacio —dijo la doctora, dejando la tablilla sobre una mesa auxiliar—. Siåntese con ål en la camilla. Voy a acercarme solo para mirar, nada màs. Carla se sentî, y el ni?o se acomodî contra ella sin soltarla, con las piernas todav?a enredadas alrededor de su cintura. La doctora Vàzquez se aproximî despacio, con las manos visibles, en un gesto que a Carla le recordî incîmodamente al suyo propio unas horas antes, junto a la furgoneta. —Hola —dijo la doctora, con una voz que sorprendiî a Carla por su suavidad, tan distinta del tono cl?nico que hab?a empleado hasta entonces—. No voy a hacerte nada que duela. Solo quiero mirar. El ni?o gru?î, bajo pero constante, sin apartar los ojos de las manos de la doctora. No atacî, pero tampoco relajî ni un poco la tensiîn de su cuerpo. —Va a necesitar radiograf?as, anàlisis de sangre, un examen f?sico completo —dijo la doctora, sin dejar de observarlo—. Con la resistencia que està mostrando, lo habitual ser?a sedarlo. —No. —Se?orita Àvila, entiendo su instinto de protegerlo, pero... —No es solo instinto. Si lo sedamos ahora, despuås de lo que acaba de vivir, va a despertar en un sitio desconocido, sin nadie familiar cerca, y no tengo ni idea de cîmo va a reaccionar. Podr?a empeorar las cosas. La doctora Vàzquez se quedî callada un momento, estudiando a Carla con la misma atenciîn cl?nica que acababa de dedicarle al ni?o. —?Tiene alguna alternativa mejor? —Dele tiempo. Y dåjeme intentar ayudar con el examen, en lugar de sedarlo. Tardaron casi una hora en completar lo que en circunstancias normales habr?a llevado quince minutos. Carla sosten?a cada parte del cuerpo del ni?o mientras la doctora la examinaba desde una distancia prudente, describiendo en voz alta lo que ve?a para que una enfermera lo anotara todo sin necesidad de acercarse màs de lo estrictamente necesario. El ni?o toleraba el proceso a duras penas, con gru?idos constantes y alg?n que otro intento de morder cuando la doctora se acercaba demasiado, pero no llegî a atacar en serio mientras Carla siguiera sosteniåndolo. La enfermera, una mujer joven de nombre Priscilla que Carla no hab?a visto antes en el hospital, se mov?a por la habitaciîn con una eficiencia silenciosa, entregando instrumentos a la doctora sin necesidad de que se los pidiera en voz alta, anotando cifras y observaciones en una tablilla propia. En un momento dado, cuando el ni?o gru?î con especial fuerza al ver acercarse un termîmetro, Priscilla simplemente retrocediî un paso y esperî, sin ninguna expresiîn de miedo ni de impaciencia, como si aquella clase de reacciones formara parte de su rutina habitual de trabajo. —M?ltiples fracturas antiguas, mal consolidadas —dictî la doctora, examinando el brazo izquierdo del ni?o con los ojos entornados—. Radio y c?bito, probablemente hace dos o tres a?os. Nunca recibiî atenciîn mådica adecuada. Se soldaron solas, torcidas. Carla notî que se le revolv?a el estîmago, aunque llevaba diez a?os viendo cadàveres sin pesta?ear. —?Y eso quå significa? —Que alguien le rompiî el brazo y lo dejî sanar sin màs. —La doctora pasî a examinar las piernas, deteniåndose especialmente en el tobillo derecho, donde la marca circular que Carla ya hab?a visto junto a la furgoneta resultaba, bajo la luz del hospital, todav?a màs inquietante—. Esto es una marca de sujeciîn crînica. A?os de un grillete metàlico, ajustado una y otra vez conforme crec?a. El tejido està completamente deformado alrededor del hueso. —?Cuàntos a?os lleva as?? —Es dif?cil de calcular con precisiîn, pero la profundidad de la marca sugiere que empezî siendo muy peque?o. Puede que desde bebå. El ni?o, ajeno a la conversaciîn que discut?a su propio cuerpo con tanto detalle cl?nico, hab?a apoyado la cabeza contra el pecho de Carla y parec?a haberse calmado ligeramente, aunque sus ojos segu?an moviåndose sin descanso entre la doctora, la enfermera y la puerta de la habitaciîn. —Voy a necesitar una muestra de sangre —dijo la doctora finalmente, sacando un peque?o kit de extracciîn de un cajîn—. Esto va a doler un poco, y probablemente va a resistirse. —Dåjeme intentarlo yo. La doctora Vàzquez le tendiî el kit sin discutir, algo que Carla no hab?a esperado del todo, y le explicî en voz baja cîmo sujetar el brazo del ni?o y dînde exactamente insertar la aguja. Carla hablî con ål durante todo el proceso, con la misma voz baja y constante que hab?a empleado junto a la furgoneta, y aunque el ni?o se tensî y gru?î cuando sintiî el pinchazo, no llegî a morder a nadie. —Bien hecho —dijo la doctora, cuando terminaron, con una nota de aprobaciîn genuina que suavizî por primera vez su expresiîn cl?nica—. La mayor?a de mis colegas habr?a terminado con al menos un mordisco. —No es la primera vez que trato con algo asustado y peligroso. —Me lo imagino, dado su trabajo. Llevaron las muestras al laboratorio del propio hospital, un espacio peque?o pero bien equipado al fondo del edificio, mientras una enfermera se quedaba con el ni?o en la habitaciîn, manteniendo una distancia respetuosa que ål pareciî tolerar mejor de lo esperado, probablemente agotado por la tensiîn acumulada de las ?ltimas horas. —Necesito preguntarle algo —dijo la doctora, mientras preparaba las muestras para el anàlisis—. ?Està segura de que es por entero humano? Carla se quedî momentàneamente descolocada por la pregunta. —?Quå quiere decir? —Sus ojos. El anillo àmbar alrededor de la pupila no es una caracter?stica humana normal, ni siquiera en casos de heterocrom?a. Y su forma de moverse, la manera en que olfatea el aire, la agresividad tan espec?fica cuando se siente acorralado... todo eso apunta a una fisiolog?a mixta. —?Licàntropo? —Posiblemente. Pero necesito los resultados del anàlisis para confirmarlo. Los resultados tardaron cuarenta minutos en llegar, tiempo que Carla pasî sentada junto a la camilla, observando cîmo el ni?o finalmente ced?a al agotamiento y se quedaba dormido contra su costado, con el sue?o todav?a tenso e interrumpido de alguien acostumbrado a no confiar en la seguridad de ning?n lugar. Le apartî con cuidado un mechîn de pelo de la frente, y esta vez el ni?o ni siquiera se estremeciî ante el contacto. Durante aquella espera, Carla se permitiî, por primera vez desde que hab?a recibido la llamada de Daniel, quedarse completamente quieta, sin ning?n protocolo que seguir ni ninguna decisiîn urgente que tomar. Mirî las manos peque?as del ni?o, todav?a cerradas sobre la tela de su camiseta incluso dormido, y pensî en lo poco que sab?a sobre criar o cuidar a un ni?o de cualquier tipo. Sab?a hablar con los muertos. Sab?a leer una escena de crimen, rastrear un vampiro renegado, negociar con el Maestro de una ciudad entera. No sab?a absolutamente nada sobre quå hacer con un ni?o que llevaba, probablemente, toda su vida corta aprendiendo que el mundo entero era una amenaza constante. Cuando la doctora Vàzquez regresî, tra?a una expresiîn que Carla ya empezaba a reconocer como su forma particular de mostrar preocupaciîn: una tensiîn m?nima alrededor de los ojos, apenas perceptible bajo la fachada profesional. —Los resultados son... complicados —dijo, sentàndose en una silla frente a la camilla, con la tablilla apoyada sobre las rodillas—. Tiene marcadores genåticos de licantrop?a, eso està confirmado. Pero no coinciden limpiamente con ninguna l?nea conocida. —?Quå quiere decir con que no coinciden? —Que hay rastros de al menos tres patrones genåticos distintos superpuestos. Como si alguien hubiera combinado deliberadamente varias l?neas de licàntropos diferentes en un mismo individuo. Carla notî que un escalofr?o le recorr?a la espalda, uno que no ten?a nada que ver con ning?n fantasma ni ninguna consciencia levantada de entre los muertos. —Eso no ocurre de forma natural. —No. —La doctora bajî la vista hacia la tablilla, como si necesitara un segundo antes de continuar—. Esto no es un ni?o que se perdiî en el bosque y fue criado por lobos, se?orita Àvila. Alguien lo dise?î. O al menos, dise?î la combinaciîn genåtica que lo hizo posible. El ni?o se removiî ligeramente en sue?os, sin llegar a despertar, y Carla bajî instintivamente una mano hacia su espalda, como si aquel simple gesto pudiera protegerlo de una verdad que ya era demasiado tarde para cambiar. —?Puede saber quiån? —No con lo que tengo aqu?. Pero puedo decirle una cosa con bastante certeza: esto no es un caso aislado. Nadie perfecciona una combinaciîn genåtica as? con un solo intento. Tiene que haber habido otros antes que ål. Probablemente muchos otros. La palabra quedî suspendida en el aire de la habitaciîn, mientras fuera, en alg?n pasillo del hospital, una màquina emit?a un pitido constante y lejano. Carla mirî al ni?o dormido contra su costado, con sus cicatrices, sus fracturas mal curadas, la marca del grillete en el tobillo, y pensî en la gasolinera abandonada, en el cuerpo destrozado junto a los surtidores, en todo lo que todav?a no sab?an y que, sospechaba, iba a resultar mucho peor de lo que cualquiera de ellos estaba preparado para descubrir. —Necesito hacer unas llamadas —dijo finalmente, con la voz màs firme de lo que se sent?a por dentro. —?A quiån? —A alguien que sepa màs de licàntropos que cualquiera de las dos. La doctora Vàzquez asintiî, apuntando algo en su tablilla antes de levantarse. —Voy a preparar una habitaciîn para que pueda quedarse esta noche. Algo me dice que no va a querer alejarse de ål, y sospecho que eso, de momento, es lo ?nico que lo mantiene tranquilo. —Gracias. —No me då las gracias todav?a —dijo la doctora, ya en la puerta, con una expresiîn que hab?a perdido por completo la distancia cl?nica de las primeras horas—. Algo me dice que esto apenas empieza. Carla se quedî sola con el ni?o dormido, en la penumbra tranquila de la habitaciîn, escuchando el pitido lejano de alguna màquina en otro pasillo del hospital. Sacî el telåfono con cuidado, procurando no mover el brazo donde el ni?o manten?a apoyada la cabeza, y marcî el n?mero de Rafael sin pensarlo demasiado. Era tarde, casi mediod?a ya, pero sab?a que ål responder?a de todas formas. —Àvila —contestî Rafael al segundo tono, con la voz todav?a ronca de sue?o—. Son las doce del mediod?a. Espero que sea importante. —Necesito que vengas al Àngeles de Misericordia. —?Estàs bien? —Yo s?. Necesito que veas a alguien. Hubo un silencio breve al otro lado de la l?nea, el tipo de silencio que Carla reconoc?a en Rafael cuando algo en su tono le hab?a puesto en alerta antes incluso de escuchar los detalles. —Dame veinte minutos. —Rafael. —?S?? —Trae toda la paciencia que tengas. La vas a necesitar. Colgî antes de que ål pudiera preguntar nada màs, y se quedî mirando al ni?o dormido, preguntàndose cuàntas capas màs de aquella historia quedaban todav?a por descubrir, y cuàntas de ellas iba a poder soportar sin que se le rompiera algo por dentro que ya no supiera cîmo volver a recomponer. Veinte minutos despuås, tal como hab?a prometido, escuchî pasos ràpidos acercàndose por el pasillo, y la puerta de la habitaciîn se abriî con el cuidado de alguien que ya intu?a, incluso antes de entrar, que deb?a moverse despacio. Rafael llevaba todav?a la ropa con la que probablemente hab?a dormido, el pelo oscuro revuelto y una expresiîn de alerta que sustituyî de inmediato cualquier resto de somnolencia en cuanto sus ojos se posaron sobre el ni?o dormido contra el costado de Carla. Se quedî inmîvil junto a la puerta, sin acercarse màs, con las fosas nasales dilatàndose ligeramente mientras el aire de la habitaciîn le llegaba con toda la informaciîn que sus sentidos humanos jamàs podr?an haber captado. —Carla —dijo, en voz muy baja—. ?De dînde ha salido este ni?o? —Eso es exactamente lo que necesito que me ayudes a averiguar. Rafael no se moviî todav?a, con los ojos fijos en el ni?o dormido, y durante un instante Carla vio pasar por su rostro algo que no supo nombrar del todo: una combinaciîn de reconocimiento profesional y un horror mucho màs personal, el de alguien que empezaba a sospechar, antes incluso de acercarse lo suficiente para confirmarlo, exactamente quå clase de historia ten?a delante. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. El ni?o fue llevado directamente a la ______ del hospital especializado. 2. La doctora propuso ______ al ni?o para poder examinarlo sin peligro. 3. El brazo izquierdo mostraba una ______ antigua que nunca recibiî atenciîn mådica. 4. Los tåcnicos pidieron una ______ para confirmar el estado exacto del hueso. 5. El ______ revelî marcadores genåticos de al menos tres l?neas distintas. 6. Las costillas marcadas eran un signo evidente de ______ prolongada. 7. Durante el ______, el ni?o gru?î cada vez que alguien se acercaba demasiado. 8. El ni?o se ______ a cualquier intento de la enfermera de tocarlo directamente. 9. Carla lo sostuvo con cuidado mientras lo colocaban sobre la ______. 10. La doctora abriî un nuevo ______ para registrar cada hallazgo del caso. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. inusual: a) äèàãíîç 2. la fisiolog?a: b) íåîáû÷íûé 3. el diagnîstico: c) ñäåðæèâàòü, óäåðæèâàòü 4. contener: d) ôèçèîëîãèÿ 5. consolidarse: e) ñðàñòàòüñÿ (î êîñòè) Gramàtica: Necesitar que + subjuntivo En este cap?tulo Carla usa varias veces la construcciîn «necesito que + subjuntivo» para pedir ayuda o exigir algo de otra persona. Es una de las estructuras màs ?tiles del espa?ol para expresar necesidad dirigida hacia otra persona. 1. La regla bàsica Cuando el sujeto que necesita algo es distinto del sujeto que debe realizar la acciîn, el segundo verbo va obligatoriamente en subjuntivo: Necesito que vengas. (yo necesito, pero t? vienes: dos sujetos distintos, subjuntivo) Compara con: Necesito venir. (el mismo sujeto para las dos acciones: infinitivo, sin que) 2. Ejemplos del cap?tulo «Necesito que vengas al Àngeles de Misericordia», «necesito que veas a alguien», «necesito hacer unas llamadas». En el ?ltimo ejemplo, Carla es quien necesita y quien llama, as? que se usa el infinitivo, no el subjuntivo. 3. Otras expresiones con la misma estructura La misma lîgica se aplica a otros verbos de influencia: quiero que, prefiero que, espero que, pido que. Todos exigen subjuntivo cuando el sujeto de las dos acciones es diferente. Ejemplo adicional: La doctora quiere que el ni?o se quede esta noche. Carla espera que Rafael llegue pronto. Respuestas Ejercicio 1: 1. urgencias · 2. sedar · 3. fractura · 4. radiograf?a · 5. anàlisis de sangre · 6. desnutriciîn · 7. examen f?sico · 8. resist?a · 9. camilla · 10. expediente mådico Ejercicio 2: 1-b, 2-d, 3-a, 4-c, 5-e Cap?tulo 3. No es un coyote Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. la l?nea (genåtica) — ëèíèÿ, ïîðîäà (ãåíåòè÷åñêàÿ) mezclar / la mezcla — ñìåøèâàòü / ñìåñü el cachorro — äåò¸íûø la manada — ñòàÿ heredar / heredado — íàñëåäîâàòü / óíàñëåäîâàííûé sobrevivir — âûæèâàòü el h?brido — ãèáðèä forzar (una transformaciîn) — ïðèíóæäàòü (ê ïðåâðàùåíèþ) el control (sobre el cambio) — êîíòðîëü (íàä ïðåâðàùåíèåì) confiar (en alguien) — äîâåðÿòü (êîìó-òî) la protecciîn — çàùèòà el territorio — òåððèòîðèÿ la traiciîn — ïðåäàòåëüñòâî silenciar (algo) — çàñòàâèòü çàìîë÷àòü, ñêðûòü (÷òî-òî) reclamar (a alguien) — çàÿâèòü ïðàâà (íà êîãî-òî), ïîòðåáîâàòü Rafael no se moviî durante casi un minuto entero. Se quedî junto a la puerta, con la espalda apoyada contra el marco, los ojos fijos en el ni?o dormido y las fosas nasales dilatàndose apenas de forma perceptible con cada respiraciîn. Carla lo conoc?a lo suficiente como para reconocer aquel silencio: no era indecisiîn, sino un proceso mucho màs antiguo que cualquier palabra, algo que su cuerpo hac?a antes de que su mente terminara de entender lo que estaba percibiendo. —Rafael. —Dame un segundo. Cerrî los ojos. Carla lo hab?a visto hacer eso antes, en otras ocasiones, cuando necesitaba concentrarse exclusivamente en el olfato sin la distracciîn de la vista. Contî mentalmente los segundos, once, doce, trece, hasta que Rafael finalmente abriî los ojos de nuevo y avanzî hacia la camilla con una lentitud calculada, cada movimiento medido para no provocar ninguna reacciîn brusca. Se detuvo a poco màs de un metro de distancia, arrodillàndose despacio hasta quedar a la altura de los ojos del ni?o, aunque este segu?a dormido. Olfateî el aire de nuevo, esta vez màs cerca, y Carla notî cîmo la expresiîn de Rafael cambiaba, capa a capa, de la curiosidad profesional inicial a algo mucho màs sombr?o. —Coyote —dijo finalmente, en voz muy baja—. Hay coyote ah?. Pero no es solo eso. —?Quå màs? —Lobo. Y algo que no reconozco enteramente. Algo màs viejo. El ni?o se removiî en sue?os, y Rafael se quedî completamente inmîvil, como si su propio cuerpo hubiera decidido, por instinto, minimizar cualquier posibilidad de asustarlo. Cuando el ni?o no despertî, Rafael se relajî apenas un poco, aunque sin apartar la vista de ål ni un segundo. —Expl?camelo —dijo Carla—. Como si no supiera nada de licantrop?a, porque en el fondo es as?. Rafael se sentî en el suelo, con la espalda contra la pared, en una postura que a Carla le pareciî màs animal que humana, las rodillas dobladas cerca del pecho, los brazos relajados sobre ellas. —Las l?neas de licàntropos no se mezclan as?, Carla. Nunca. Hay una razîn biolîgica y tambiån una razîn cultural, y las dos son igual de importantes. —Empieza por la biolîgica. —Cada l?nea, coyote, lobo, lo que sea, lleva generaciones de adaptaciîn genåtica muy espec?fica. El cuerpo de un licàntropo està dise?ado, por decirlo de alguna manera, para transformarse de una forma concreta. Los huesos se alargan de cierta manera. Los m?sculos se reorganizan siguiendo un patrîn que el cuerpo ya conoce, porque lo ha heredado. Cuando intentas mezclar dos l?neas distintas de forma natural, casi siempre el cuerpo del cachorro no sabe quå patrîn seguir. La mayor?a no sobrevive a la primera transformaciîn completa. —?La mayor?a? —Los h?bridos naturales existen, pero son rar?simos, y casi siempre resultan en muertes tempranas o en transformaciones incompletas que dejan al individuo atrapado entre dos formas, incapaz de controlar bien ninguna de las dos. Por eso las manadas evitan los cruces entre l?neas distintas. No es solo tradiciîn. Es supervivencia. Carla se quedî pensando en aquello, en la palabra supervivencia repetida como un mantra silencioso a lo largo de generaciones de licàntropos que hab?an aprendido, probablemente a base de tragedias que ella nunca llegar?a a conocer del todo, exactamente quå l?mites no se pod?an cruzar. —?Y la cultural? Dijiste que hab?a dos razones. —La cultural es màs complicada de explicar a alguien que no ha crecido dentro de una manada. —Rafael se frotî la nuca, buscando las palabras—. Para nosotros, la l?nea no es solo genåtica. Es identidad. Es historia. Cada manada tiene sus propias costumbres, su propia relaciîn con la luna, sus propios rituales de transformaciîn que se transmiten de generaciîn en generaciîn. Mezclar l?neas no es solo un riesgo f?sico. Es, para mucha gente mayor, casi una traiciîn a lo que se supone que eres. —?T? piensas as?? —Yo pienso que un ni?o no eligiî nada de esto, y que cualquier tradiciîn que lo condene por algo que otros le hicieron es una tradiciîn que merece ser cuestionada. Pero no todo el mundo en las manadas grandes piensa igual que yo. Carla bajî la vista hacia el ni?o, hacia sus brazos delgados, sus costillas marcadas bajo la ropa prestada que le hab?an puesto en el hospital. —Y ål tiene tres l?neas distintas. —Seg?n la doctora, s?. Y sigue vivo. Y seg?n parece, ya se ha transformado al menos una vez, porque esas cicatrices no son de garras humanas ni de ning?n arma. —Rafael se pasî una mano por la cara, un gesto de cansancio que Carla rara vez le ve?a hacer—. Eso no deber?a ser posible. A menos que alguien haya encontrado la manera de forzarlo. —?Forzarlo cîmo? —No lo så. Nunca he o?do hablar de nada parecido. Pero si alguien ha conseguido que un cuerpo con tres l?neas mezcladas sobreviva a la transformaciîn, eso significa a?os de experimentaciîn. Dåcadas, tal vez. Con muchos fracasos antes de llegar a un solo åxito. El silencio que siguiî se instalî entre ambos con un peso casi f?sico. Carla pensî en el laboratorio del hospital, en la voz cl?nica de la doctora Vàzquez explicando que aquello no pod?a ser un caso aislado, que ten?a que haber habido otros antes que ål, probablemente muchos otros. Pensî tambiån en el cuerpo destrozado junto a los surtidores de la gasolinera, en las heridas que no encajaban con ning?n patrîn conocido de ataque licàntropo. —La v?ctima de esta noche —dijo, pensando en voz alta—. ?Podr?a haber sido ål? Rafael se quedî pensativo un momento, estudiando al ni?o dormido con una mezcla de compasiîn y càlculo profesional que Carla reconoc?a de sus a?os trabajando juntos en casos dif?ciles. —Es posible. Las heridas que describes, el frenes? sin control, encajan con una transformaciîn forzada en un cuerpo que nunca aprendiî a manejarla. Un cachorro normal aprende a controlar el cambio poco a poco, guiado por su manada, durante a?os. Si a este ni?o lo obligaron a transformarse sin ning?n tipo de gu?a, sin nadie que le ense?ara a mantener algo de control... —Entonces matî a ese hombre sin saber realmente lo que estaba haciendo. —O sin poder evitarlo. Hay una diferencia entre las dos cosas, aunque el resultado final sea el mismo. El ni?o abriî los ojos en ese momento, de golpe, como si algo en la conversaciîn, tal vez el tono de las voces, tal vez alg?n cambio sutil en el ambiente de la habitaciîn, lo hubiera arrancado del sue?o. Se incorporî de inmediato, con todo el cuerpo en tensiîn, y sus ojos se posaron directamente sobre Rafael. No gru?î. Carla contuvo la respiraciîn, esperando la reacciîn violenta que hab?a presenciado con cada persona nueva que se hab?a acercado desde la gasolinera. Pero el ni?o se quedî quieto, observando a Rafael con una fuerza distinta a la del miedo puro, algo màs parecido a la curiosidad cautelosa de un animal que se encuentra con otro de una especie que reconoce, aunque no completamente. —Hola —dijo Rafael, sin moverse de su sitio en el suelo, con la voz baja y firme—. No voy a acercarme màs de lo que t? quieras. El ni?o ladeî la cabeza, un gesto que a Carla le recordî extra?amente a un perro estudiando un sonido desconocido. Olfateî el aire en direcciîn a Rafael, con las fosas nasales moviåndose de forma visible, y por primera vez desde que Carla lo conoc?a, algo similar a la tensiîn de su cuerpo cediî, aunque fuera solo un poco. —Le hueles familiar —dijo Carla, casi sin darse cuenta de que hablaba en voz alta. —Puede ser. Los licàntropos reconocemos a otros licàntropos por el olor, incluso a travås de l?neas distintas. Para ål, aunque yo sea coyote y ål sea quiån sabe cuàntas cosas a la vez, sigo siendo algo parecido a ål. Màs parecido, seguramente, que cualquier humano que se le haya acercado hasta ahora. Rafael se acercî unos cent?metros, despacio, sin dejar de hablar en aquel tono bajo y constante, y el ni?o lo dejî acercarse sin gru?ir, aunque sus ojos no se apartaron de ål en ning?n momento. Cuando finalmente estuvo lo bastante cerca, Rafael extendiî una mano, con la palma hacia arriba, exactamente de la misma manera en que Carla lo hab?a hecho horas antes junto a la furgoneta. El ni?o olfateî los dedos de Rafael durante varios segundos, con una concentraciîn absoluta, y despuås, para sorpresa de ambos adultos, apoyî brevemente la frente contra el dorso de su mano, un gesto tan ràpido que casi pareciî accidental. —Eso es una se?al de confianza —dijo Rafael, con la voz cargada de una emociîn que no intentî disimular—. Entre cachorros, es una manera de pedir protecciîn a un adulto de la manada. —?Te està pidiendo protecciîn? —Creo que s?. O al menos està comprobando si puede ped?rtela. El ni?o se apartî despuås de aquel gesto, retrocediendo hacia Carla y aferràndose de nuevo a su brazo, aunque esta vez sin la urgencia desesperada de las primeras horas. Carla sintiî algo removerse dentro de su pecho, algo a medio camino entre alivio y de una tristeza que no supo nombrar sin reservas, al ver cîmo aquel ni?o peque?o calculaba, incluso en medio del terror, quiån en la habitaciîn pod?a representar seguridad y quiån no. —?T? tuviste manada cuando eras peque?o? —preguntî Carla, casi sin pensarlo, observando la forma en que Rafael segu?a mirando al ni?o con una atenciîn que parec?a ir mucho màs allà de lo profesional. —Toda mi vida. Nac? dentro de la manada del r?o, igual que mis padres y mis abuelos. —Rafael se apoyî contra la pared, con los brazos cruzados, la mirada perdida por un instante en alg?n recuerdo que Carla no pod?a ver—. Mi primera transformaciîn completa la hice rodeado de doce personas que llevaban generaciones haciendo exactamente lo mismo. Alguien sujetî mis manos cuando empezî a doler. Alguien me ense?î a respirar para no perder la cabeza del todo. Alguien se quedî despierto toda la noche siguiente, por si algo sal?a mal. Se?alî con la barbilla hacia el ni?o, todav?a aferrado al brazo de Carla. —Ål no tuvo nada de eso. Y con tres l?neas mezcladas, dudo mucho que su primera transformaciîn fuera guiada por nadie que le quisiera bien. El silencio que siguiî a aquellas palabras pesî màs que cualquier explicaciîn cl?nica que la doctora Vàzquez pudiera haber ofrecido horas antes. Carla bajî la vista hacia el ni?o, hacia sus manos peque?as todav?a aferradas a la tela de su camiseta, y sintiî que la rabia que llevaba conteniendo desde la gasolinera empezaba a transformarse en algo màs fr?o, màs concentrado, una determinaciîn fr?a con la que sol?a enfrentarse a cualquier caso que amenazara a quienes no pod?an defenderse solos. —Necesito ver el lugar donde lo encontraron —dijo Rafael, poniåndose de pie con el mismo cuidado con el que se hab?a sentado—. La gasolinera. Necesito olerlo yo mismo, ver si hay algo màs que los humanos no habr?an notado. —Daniel todav?a tiene el àrea acordonada. Puedo llevarte. —?Y ål? Carla mirî al ni?o, que segu?a aferrado a su brazo, con los ojos entrecerrados de nuevo, agotado por la tensiîn acumulada de las ?ltimas horas. —La doctora Vàzquez dijo que iba a preparar una habitaciîn para que me quedara esta noche. Voy a dejarlo descansar aqu?. Angel puede venir a quedarse con ål si yo tengo que salir. —?Angel? ?La vas a meter en esto? —Angel tiene màs paciencia que cualquiera de nosotros dos juntos, y este ni?o necesita a alguien que sepa estar con ål sin exigirle nada. —Carla se pasî una mano por el pelo, sintiendo el cansancio acumulado de una noche entera sin dormir—. Ademàs, despuås de lo que pasî con Elena, dudo que se conforme con quedarse fuera de esto. Rafael asintiî, aunque su expresiîn segu?a cargada de una preocupaciîn que no terminaba de disolverse. —Hay algo màs que necesitas saber antes de que vayamos a la gasolinera. —?Quå? —Las l?neas de licàntropos no se mezclan as? porque s?, Carla. No es solo un accidente biolîgico poco com?n. Cualquier manada respetable evita esos cruces precisamente porque los resultados, cuando se dan de forma natural, suelen ser tràgicos. Que alguien haya conseguido, deliberadamente, que esto funcione, con åxito, en al menos un individuo... —Significa que ha habido muchos fracasos antes. —Significa que ha habido muchos cachorros muertos antes de llegar a ål. —Rafael bajî la vista hacia el ni?o dormido, con una mirada que Carla no le hab?a visto nunca, ni siquiera en los peores casos que hab?an compartido a lo largo de los a?os—. Y significa que quien sea que estå haciendo esto, lleva mucho tiempo perfeccionando el proceso. Lo cual quiere decir que probablemente sigue haciåndolo ahora mismo, en alg?n lugar que todav?a no hemos encontrado. La idea se asentî entre ambos con el peso de una certeza que ninguno de los dos quer?a confirmar todav?a, pero que tampoco pod?an permitirse ignorar. Carla pensî en las palabras de la doctora Vàzquez, en la seguridad cl?nica con la que hab?a afirmado que aquello no pod?a ser un caso aislado, y tuvo la sensaciîn de que el nudo que llevaba horas formàndose en su estîmago se apretaba un poco màs. —Voy a llamar a Daniel —dijo, sacando el telåfono—. Necesitamos refuerzos en esa gasolinera antes de que se pierda cualquier prueba que todav?a quede. Y necesito que revise si hay denuncias de ni?os desaparecidos en los ?ltimos a?os que encajen con su edad aproximada. Alguien tiene que estar buscàndolo. —?Y si nadie lo busca? La pregunta de Rafael quedî suspendida entre ambos, màs pesada que cualquier otra cosa que hubieran dicho hasta entonces esa ma?ana. —Entonces vamos a tener que ser nosotros quienes lo encontremos primero a ål, en lugar de esperar a que alguien lo reclame. —Y yo necesito hacer una llamada tambiån. —?A quiån? Rafael dudî un instante, con una mirada que Carla no supo interpretar del todo, algo entre la resignaciîn y la incomodidad. —A alguien que conoce mejor que yo la pol?tica de las manadas grandes. Si esto es tan serio como parece, no vamos a poder manejarlo solos, con los recursos de mi manada. Va a necesitar màs gente, màs territorio cubierto, màs ojos vigilando. —?Conf?as en esa persona? —No especialmente. Pero conoce el terreno mejor que cualquiera que yo pueda ofrecerte, y si de verdad hay màs ni?os como este ah? fuera, no puedo permitirme el lujo de dejar mi orgullo por delante de encontrarlos a tiempo. —?Va a querer ayudar? —Va a querer controlar la situaciîn, que no es exactamente lo mismo. —Rafael suspirî, pasàndose una mano por el pelo—. Las manadas grandes tienen una manera muy particular de ver este tipo de problemas. Para ellos, cualquier cosa que amenace con exponer a los licàntropos ante los humanos es una amenaza existencial, màs allà de cuàntas vidas estån en juego. No me sorprender?a que la primera reacciîn sea querer silenciar todo esto antes que resolverlo. —Eso no me tranquiliza nada. —No pretend?a tranquilizarte. Pretend?a que supieras con quå nos vamos a encontrar antes de que llegue. Carla asintiî, aunque algo en el tono de Rafael, aquella tensiîn apenas disimulada al mencionar a la persona en cuestiîn, le dijo que aquella llamada no iba a ser sencilla para ninguno de los dos. Mirî al ni?o una vez màs, dormido contra su costado, ajeno por completo a la conversaciîn que decid?a, en ese mismo instante, cuàntas personas màs iban a involucrarse en la b?squeda de la verdad sobre su origen. —Antes de que hagas esa llamada —dijo, deteniendo a Rafael cuando ya se dirig?a hacia la puerta—. ?Tiene nombre tu l?nea? La tuya, quiero decir. ?Cîmo se llama la l?nea a la que perteneces? Rafael se detuvo, con una media sonrisa que no llegî del todo a sus ojos. —Los coyotes de esta regiîn nos llamamos a nosotros mismos la manada del r?o. Somos peque?os, discretos, no nos metemos en pol?tica si podemos evitarlo. Por eso conf?o en que este ni?o se sienta màs seguro cerca de nosotros que cerca de cualquier manada màs grande. —?Y la persona a la que vas a llamar? —Pertenece a una manada mucho màs grande, mucho màs antigua, y mucho menos discreta. —Rafael se quedî un momento en el umbral de la puerta, con la mano apoyada en el marco—. Si te preguntas por quå dudo tanto en llamarlo, es porque så exactamente lo que va a decir en cuanto vea a este ni?o. Y no creo que a ti te vaya a gustar su respuesta. Saliî de la habitaciîn antes de que Carla pudiera preguntar nada màs, dejàndola sola con el ni?o dormido y con una sensaciîn creciente de que aquella noche, que hab?a empezado con una simple llamada de Daniel a las cuatro y media de la madrugada, apenas estaba empezando a revelar la verdadera magnitud de lo que ten?an por delante. Se quedî sentada junto a la camilla durante un largo rato, escuchando la respiraciîn tranquila del ni?o, preguntàndose cuàntas manadas, cuàntas l?neas genåticas, cuàntos laboratorios secretos iban a tener que descubrir antes de encontrar a la persona responsable de todo aquello. Por la ventana, el sol de la ma?ana ya se colaba entre las persianas medio cerradas, iluminando con una luz dorada y completamente indiferente el rostro dormido de un ni?o que todav?a no ten?a nombre, ni pasado conocido, ni ninguna certeza sobre su futuro màs allà de la mano que ahora mismo lo sosten?a. Angel llegî poco antes del mediod?a, con el pelo todav?a h?medo de la ducha y una bolsa de tela cargada de cosas que a Carla, en un primer momento, le parecieron por entero fuera de lugar en un hospital: un peluche peque?o con forma de zorro, un par de libros de cartîn con dibujos simples, una manta suave de color amarillo. —No sab?a quå le podr?a gustar —dijo Angel, dejando la bolsa sobre una silla, con una sonrisa que no lograba ocultar del todo la preocupaciîn en sus ojos—. As? que traje de todo un poco. —Angel... —No me digas que no hac?a falta, Carla. Claro que hac?a falta. —Se acercî despacio a la camilla, con el mismo cuidado instintivo que todos parec?an haber aprendido a emplear alrededor del ni?o, y se sentî en una silla cercana, sin intentar tocarlo—. Hola, peque?o. Me llamo Angel. Voy a quedarme un rato contigo, si te parece bien. El ni?o abriî los ojos, observàndola con la misma cautela reservada que dedicaba a cualquier desconocido, aunque esta vez, tras una noche entera de descubrimientos, algo en su postura parec?a ligeramente menos tenso que antes. —Voy a la gasolinera con Rafael —dijo Carla, recogiendo su chaqueta del respaldo de otra silla—. No deber?a tardar màs de dos horas. —Ve. Nosotros vamos a estar bien aqu?, ?verdad? —Angel le dedicî al ni?o una sonrisa amplia, del tipo que Carla la hab?a visto usar con ni?os asustados en la sala de espera de la central de emergencias donde trabajaba, una sonrisa que promet?a normalidad sin exigir nada a cambio—. Le voy a ense?ar este zorro tan tonto que traje. A lo mejor hasta te cae bien. Carla se detuvo en la puerta, mirando atràs una ?ltima vez. El ni?o segu?a observando a Angel con desconfianza, pero no hab?a gru?ido, y sus manos, por primera vez desde que Carla lo conoc?a, no estaban aferradas a nada ni a nadie. Quizàs, pensî, aquello tambiån era una forma de progreso. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. Cada manada protege celosamente la pureza de su ______ genåtica. 2. ______ dos l?neas distintas de licàntropos casi nunca funciona de forma natural. 3. Un ______ normal aprende a controlar el cambio guiado por su manada. 4. Rafael pertenece a la ______ del r?o, un grupo peque?o y discreto. 5. Los rasgos f?sicos de cada l?nea se transmiten de generaciîn en generaciîn: se han ______. 6. Muy pocos h?bridos naturales logran ______ a la primera transformaciîn completa. 7. Un ______ genåtico tan complejo como el del ni?o es extremadamente raro. 8. Alguien parece haber logrado ______ una transformaciîn en un cuerpo que no estaba preparado. 9. Rafael no tiene el ______ total sobre a quiån va a llamar, pero conf?a en su conocimiento. 10. Carla teme que la manada grande solo quiera ______ el caso, en lugar de resolverlo. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. la protecciîn: a) òåððèòîðèÿ 2. el territorio: b) ïðåäàòåëüñòâî 3. la traiciîn: c) çàÿâèòü ïðàâà, ïîòðåáîâàòü 4. reclamar: d) çàùèòà 5. confiar: e) äîâåðÿòü Gramàtica: Oraciones condicionales En este cap?tulo, Rafael y Carla construyen varias hipîtesis sobre el origen del ni?o usando estructuras condicionales. Vamos a repasar los dos tipos màs importantes para este nivel. 1. Condicional real (tipo 1) Se usa para hablar de condiciones posibles o probables, con consecuencias reales o muy plausibles. Estructura: Si + presente de indicativo, futuro o presente. Ejemplo del texto: «Si alguien ha conseguido que un cuerpo con tres l?neas mezcladas sobreviva, eso significa a?os de experimentaciîn». Aqu? la condiciîn ya se considera pràcticamente confirmada, as? que se usa el indicativo. 2. Condicional hipotåtico (tipo 2) Se usa para hablar de situaciones poco probables o puramente imaginarias en el presente. Estructura: Si + imperfecto de subjuntivo, condicional simple. Ejemplo: Si este ni?o hubiera tenido una manada, habr?a aprendido a controlar el cambio poco a poco. (En realidad no tuvo manada, as? que la condiciîn es contraria a la realidad conocida.) 3. Cîmo distinguirlos en la pràctica Preg?ntate si la condiciîn es todav?a posible o si ya sabemos que no se cumpliî. «Si nadie lo busca, vamos a tener que encontrarlo nosotros» describe una posibilidad real y abierta: tipo 1. «Si hubiera crecido en una manada, ser?a distinto» describe algo que ya no puede cambiar: tipo 2, con pluscuamperfecto de subjuntivo en la condiciîn. Respuestas Ejercicio 1: 1. l?nea · 2. mezclar · 3. cachorro · 4. manada · 5. heredado · 6. sobrevivir · 7. h?brido · 8. forzar · 9. control · 10. silenciar Ejercicio 2: 1-d, 2-a, 3-b, 4-c, 5-e Cap?tulo 4. La jaula Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. el sîtano / subterràneo — ïîäâàë / ïîäçåìíûé la jaula — êëåòêà la trampilla — ëþê las cadenas — öåïè el candado — íàâåñíîé çàìîê ara?ar (las paredes) — öàðàïàòü (ñòåíû) la marca (de conteo) — çàñå÷êà, îòìåòêà (äëÿ ñ÷¸òà) el hedor — çëîâîíèå hacinado / hacinada — ñêó÷åííûé, íàáèòûé la humedad — ñûðîñòü el eco — ýõî estremecerse — ñîäðîãíóòüñÿ la evidencia (forense) — óëèêà (êðèìèíàëèñòè÷åñêàÿ) el instrumental (mådico) — (ìåäèöèíñêèé) èíñòðóìåíòàðèé el desgaste — èçíîñ La gasolinera abandonada se ve?a distinta bajo la luz del mediod?a. De noche, con las luces azules y rojas de los coches patrulla pintando las paredes derruidas, el lugar hab?a tenido algo de escenario, casi de pesadilla organizada. Ahora, bajo el sol implacable de Texas, era solo un edificio viejo y olvidado, con el asfalto agrietado y la maleza creciendo entre las grietas, indiferente del todo a la violencia que hab?a presenciado unas horas antes. Daniel los esperaba junto a la cinta policial, con una taza de cafå que probablemente ya se hab?a enfriado por segunda vez esa ma?ana. —Los forenses terminaron con el cuerpo hace una hora —dijo, mientras Carla y Rafael se acercaban—. Pero hay algo que no encajaba, as? que les ped? que esperaran antes de cerrar la escena por completo. —?Quå es? —Mejor os lo ense?o. Los condujo hacia un lateral del edificio principal, donde una puerta metàlica medio oxidada colgaba de una sola bisagra, dando acceso a lo que en su d?a hab?a sido probablemente un almacån de mercanc?a o un cuarto de mantenimiento. El interior ol?a a humedad, a îxido, y a algo màs que Carla no lograba identificar por completo, algo denso y desagradable que le recordî vagamente al olor de una perrera mal cuidada. El sol de mediod?a apenas lograba colarse por las ventanas rotas del almacån, dejando la mayor parte del interior sumido en una penumbra polvorienta que los obligî a encender las linternas incluso antes de terminar de cruzar el umbral. Estanter?as metàlicas oxidadas, volcadas en su mayor?a, ocupaban buena parte del espacio disponible, y el suelo estaba cubierto de una capa gruesa de escombros que cruj?a bajo cada paso. Rafael se detuvo en el umbral, con el cuerpo entero en tensiîn, olfateando el aire con una concentraciîn que Carla ya hab?a aprendido a reconocer como una se?al de alarma. —Aqu? hay màs que uno —dijo, en voz baja—. Mucho màs que uno. —?Quå quieres decir? —Quiero decir que este sitio ha tenido màs ocupantes de los que puedas imaginar. El olor està superpuesto, capas y capas de ål, algunas màs viejas, algunas recientes. D?as, semanas, meses. No så cuànto tiempo exactamente, pero desde luego màs de lo que cualquiera querr?a creer. Carla se quedî mirando el interior oscuro del almacån, sintiendo cîmo el calor del mediod?a texano contrastaba de manera casi obscena con la sensaciîn de fr?o que le recorr?a la espalda. Pensî en todas las veces que hab?a entrado en escenas de crimen a lo largo de los a?os, en todos los cadàveres que hab?a levantado, en todas las verdades incîmodas que su trabajo la hab?a obligado a presenciar sin quitar los ojos de encima. Nada de eso la hab?a preparado del todo para lo que Rafael acababa de describir con tanta naturalidad cl?nica. —?Puedes distinguir cuàntos olores distintos hay? —preguntî, obligàndose a mantener un tono profesional que no sent?a completamente. —Todav?a no con precisiîn. Necesito acercarme màs. Pero si tuviera que dar un n?mero aproximado ahora mismo, dir?a que no menos de una docena, y probablemente muchos màs. Daniel encendiî una linterna, aunque la luz del d?a se colaba parcialmente por una claraboya rota en el techo, e iluminî un tramo de suelo cubierto de escombros y basura acumulada durante a?os de abandono. —Ah? —dijo, se?alando hacia una esquina donde parte del suelo de cemento parec?a distinto al resto, màs nuevo, con las juntas marcadas de una manera que no encajaba con el resto de la estructura original. Carla se acercî, apartando con cuidado los escombros que cubr?an parcialmente la zona, hasta que sus dedos encontraron el borde metàlico de lo que resultî ser una trampilla, pràcticamente invisible bajo capas de polvo y suciedad acumulada. —Esto no es parte de la gasolinera original —dijo, pasando los dedos por el metal fr?o—. Alguien la instalî despuås. —Los forenses la encontraron hace dos horas, cuando movieron unos palås viejos para revisar el resto del almacån —explicî Daniel—. La abrimos, bajamos lo suficiente para confirmar que hab?a algo ah? abajo, y volvimos a subir. Quer?a que lo vierais con vuestros propios ojos antes de que entrara nadie màs. Rafael se acercî tambiån, arrodillàndose junto a la trampilla, con la mand?bula tensa. —?Bajamos? —Espera. —Daniel levantî una mano—. Antes de bajar, quiero que sepàis algo. Llamå a la central en cuanto confirmamos que hab?a algo ah? debajo. Van a mandar un equipo completo de investigaciîn en cuanto terminemos la inspecciîn inicial. Esto ya no es solo nuestro caso. —?De quiån es, entonces? —Todav?a no lo så. Pero algo me dice que en cuanto vean lo que hay ah? abajo, va a subir de categor?a muy ràpido. Carla tuvo la sensaciîn de que el nudo en su estîmago se apretaba un poco màs ante la idea de perder el control de la investigaciîn justo cuando empezaban a entender la magnitud de lo que ten?an delante. Pero asintiî, porque sab?a que Daniel ten?a razîn, y porque en el fondo, una parte de ella quer?a que hubiera màs gente buscando respuestas, aunque eso significara compartir el caso con desconocidos. —Mientras siga teniendo acceso al ni?o, no me importa quiån màs se involucre. —Eso no depende de m? tampoco, Carla. —Entonces vamos a asegurarnos de que dependa de la persona correcta. Entre los tres levantaron la trampilla, revelando una escalera metàlica estrecha que descend?a hacia la oscuridad, y un olor que subiî hacia ellos con una intensidad que hizo que incluso Daniel, acostumbrado a dos dåcadas de escenas de crimen, retrocediera un paso instintivo. —Dios —murmurî. —No es Dios quien hizo esto —dijo Carla, con una frialdad que no sent?a completamente—. Vamos. Descendieron uno tras otro, con las linternas encendidas cortando la oscuridad del sîtano en franjas estrechas de luz. El espacio resultî ser màs grande de lo que Carla hab?a esperado, extendiåndose bajo buena parte del edificio principal, con el techo lo bastante bajo como para que Rafael tuviera que agachar ligeramente la cabeza. El suelo de cemento estaba cubierto de una capa fina de polvo y suciedad acumulada, salpicado de manchas oscuras que ninguno de los tres necesitî comentar en voz alta para reconocer. En las paredes, tuber?as oxidadas corr?an de un extremo a otro del sîtano, algunas goteando todav?a un hilo constante de agua que se acumulaba en peque?os charcos sobre el cemento agrietado. El aire resultaba denso, casi sîlido, cargado de un olor que ninguno de los tres iba a olvidar fàcilmente. Y entonces las vio. Jaulas. Alineadas contra la pared del fondo, construidas con barrotes metàlicos soldados a mano, sin ning?n tipo de precisiîn industrial, como si alguien las hubiera fabricado ål mismo, una por una, a lo largo de mucho tiempo. Algunas eran del tama?o adecuado para un animal grande. Otras, la mayor?a, eran mucho màs peque?as. Demasiado peque?as para cualquier animal adulto. Carla se quedî inmîvil, con la linterna temblando ligeramente en su mano, mientras contaba mentalmente el n?mero de jaulas visibles desde su posiciîn. Ocho. Nueve, contando una medio oculta detràs de un pilar de soporte. Cada una equipada con un cuenco de metal oxidado, una manta ra?da, y en el suelo de varias de ellas, cadenas cortas ancladas a argollas empotradas en el propio cemento. Se acercî a la primera jaula, la màs grande de todas, y examinî el candado que todav?a colgaba de la puerta, oxidado pero intacto. No era un candado cualquiera. Ten?a un mecanismo de doble cierre, del tipo que se usar?a para contener algo con fuerza suficiente para romper cerraduras normales. —Esto no lo comprî nadie en una ferreter?a —dijo, pasando los dedos por el metal—. Esto està reforzado a propîsito. —Para contener a algo que se transforma —dijo Rafael, con la voz tensa—. Un candado normal no aguantar?a la fuerza de un licàntropo en pleno cambio. Quien construyî esto sab?a exactamente con quå estaba trabajando. Carla avanzî hacia la siguiente jaula, màs peque?a, y sintiî que el estîmago se le encog?a al calcular las dimensiones exactas: apenas metro y medio de largo, poco màs de un metro de alto. Ning?n adulto podr?a estar de pie dentro de ella. Ni siquiera un ni?o de la edad aparente del que hab?an encontrado esa noche podr?a estirarse del todo. —Hay tama?os distintos —dijo, en voz alta, màs para s? misma que para los demàs—. Como si estuvieran clasificados por edad. O por fase de desarrollo. —O por ambas cosas a la vez —a?adiî Daniel, iluminando con su linterna una hilera de jaulas todav?a màs peque?as al fondo del sîtano, apenas del tama?o necesario para un bebå. Nadie dijo nada durante un largo rato. El ?nico sonido en el sîtano era el goteo constante de las tuber?as oxidadas y la respiraciîn de los tres, màs pesada de lo normal, como si el propio aire del lugar se resistiera a entrar en los pulmones con facilidad. —Carla. La voz de Rafael sonî extra?amente contenida, y cuando Carla se girî hacia ål, lo encontrî arrodillado frente a una de las jaulas màs peque?as, con una mano apoyada sobre los barrotes. —?Quå pasa? —Mira las paredes. Carla se acercî, iluminando con su linterna el interior de la jaula. En la pared de cemento, justo al alcance de un ni?o peque?o sentado en el suelo, hab?a marcas. L?neas cortas, agrupadas de cinco en cinco, ara?adas en la superficie con algo afilado, tal vez una u?a, tal vez un trozo de metal encontrado por casualidad. —Està contando los d?as —dijo Carla, sintiendo cîmo la voz se le quebraba ligeramente—. Alguien encerrado aqu? estaba contando los d?as. Contî los grupos de marcas, perdiendo la cuenta varias veces antes de completar el recorrido visual de toda la pared. Màs de cien. Fàcilmente màs de cien d?as marcados en aquella pared por alguien, probablemente un ni?o, que no ten?a ninguna otra manera de medir el paso del tiempo salvo ara?ando piedra con las u?as. Daniel se hab?a quedado atràs, iluminando otra secciîn del sîtano con su propia linterna, y su voz llegî desde la oscuridad con un tono que Carla no le hab?a escuchado nunca en todos los a?os que llevaban trabajando juntos. —Aqu? hay màs. Se acercaron juntos hacia donde Daniel hab?a encontrado algo, y Carla percibiî que el aire se le atascaba en la garganta al ver lo que iluminaba su linterna: una mesa de trabajo improvisada, cubierta de instrumental mådico oxidado, jeringuillas usadas, frascos vac?os sin etiquetar. Siguieron explorando el sîtano en silencio, documentando cada hallazgo con las càmaras que Daniel hab?a bajado consigo, fotografiando las jaulas, las marcas en las paredes, la mesa de instrumental oxidado. Cerca de la mesa, apoyado contra la pared, hab?a un pizarrîn blanco cubierto de anotaciones escritas con rotulador, la mayor?a ya borrosas por la humedad acumulada durante meses, ilegibles casi por completo salvo por alg?n trazo suelto que no llegaba a formar ninguna palabra reconocible. —Vamos a necesitar que un especialista en restauraciîn forense revise esto —dijo Daniel, fotografiando el pizarrîn desde varios àngulos—. Si hay algo escrito debajo de la humedad, tal vez puedan recuperarlo con luz ultravioleta. En una esquina alejada, Carla encontrî lo que parec?a ser una zona de almacenamiento distinta, con cajas de cartîn h?medo apiladas contra la pared, la mayor?a deshechas por el tiempo, vac?as o con restos irreconocibles en su interior. Ninguna ofrec?a ninguna pista inmediata, pero el simple volumen de cajas, docenas de ellas, suger?a un uso prolongado del espacio que iba mucho màs allà de un incidente aislado. Cerca de las cajas, medio enterrado bajo un montîn de trapos viejos, encontrî algo que la detuvo en seco: un peque?o montîn de juguetes improvisados, hechos a mano con materiales que no deber?an haber estado disponibles en un lugar como aquel. Una figura tosca tallada en un trozo de madera, con forma vagamente animal. Un nudo de cuerda deshilachada, doblado una y otra vez hasta formar una especie de una pelota. Un botîn perdido, pulido por el roce constante de dedos peque?os, como si alguien lo hubiera llevado consigo durante mucho tiempo, guardàndolo como un tesoro diminuto en un lugar donde nada màs le pertenec?a. —Rafael. Su voz debiî de transmitir algo distinto esta vez, porque Rafael se acercî de inmediato, deteniåndose junto a ella para observar el peque?o montîn de objetos improvisados. —Alguien intentaba hacerles la vida un poco màs soportable —dijo, arrodillàndose para examinar la figura tallada sin llegar a tocarla—. Esto no lo hizo ning?n cient?fico fr?o pensando solo en resultados. Esto lo hizo alguien con algo de corazîn todav?a intacto. —O alg?n ni?o, para otro ni?o. Rafael levantî la vista hacia ella, con una expresiîn que Carla no supo interpretar del todo, mezcla de esperanza cautelosa y un dolor que no intentaba disimular. —Eso ser?a casi peor, ?no crees? Que ellos mismos tuvieran que consolarse entre s?, sin que ning?n adulto se molestara en hacerlo por ellos. Carla no respondiî, incapaz de encontrar ninguna palabra que sirviera de consuelo ante algo as?. Guardî los objetos con cuidado en una bolsa de evidencia aparte, separàndolos mentalmente de todo lo demàs encontrado en aquel sîtano, como si merecieran un trato distinto, màs delicado, que el resto de las pruebas fr?as de un crimen sistemàtico. —Esto no es un experimento de un solo intento —dijo Rafael, todav?a arrodillado junto a una de las jaulas màs peque?as, pasando los dedos sobre las marcas contadas en la pared—. Esto lleva a?os funcionando. —?Puedes calcular cuàntos, por el desgaste de las jaulas? Rafael examinî el îxido acumulado sobre los barrotes metàlicos, la profundidad de las marcas de garras visibles en algunos de ellos, el nivel de deterioro general de las cadenas ancladas al suelo. —Al menos cinco a?os. Probablemente màs. Las jaulas màs viejas del fondo tienen un desgaste que no se consigue en menos tiempo. —Cinco a?os de ni?os contando d?as en la oscuridad. —Cinco a?os, como m?nimo. —?Estàs bien? —preguntî Carla, acercàndose. —No. —Rafael se puso de pie, con los pu?os apretados a los lados del cuerpo—. Y no creo que vaya a estarlo hasta que encontremos a quien hizo esto y me asegure personalmente de que no pueda volver a hacerlo nunca màs. —Vamos a encontrarlos. —Eso espero, Carla. Porque cada minuto que pasa, pienso en cuàntos màs como ål puede que sigan ah? fuera, en alg?n lugar parecido a este, contando d?as en una pared que nadie màs va a ver. Daniel se acercî a ambos, guardando su càmara en la funda con un cuidado que contrastaba con la brusquedad de sus movimientos anteriores. —Voy a necesitar que los dos hagàis declaraciones formales antes de que termine el d?a. Y Carla, el capitàn va a querer hablar contigo directamente sobre el ni?o. Con un caso de esta magnitud, va a haber presiîn desde arriba para trasladarlo a custodia estatal. —Eso no va a pasar. —No depende de ti, y tampoco depende completamente de m?. Hay protocolos para menores en casos sobrenaturales, y ahora mismo, tåcnicamente, ål encaja en varias categor?as a la vez: posible v?ctima, posible testigo, y dado lo que pasî con el agente que mordiî, posible amenaza. —No es una amenaza. Es una v?ctima que no ha tenido màs remedio que defenderse de la ?nica manera que le ense?aron. —Lo så, Carla. Pero convencer de eso a un comitå de servicios sociales que nunca ha visto nada parecido va a ser mucho màs dif?cil de lo que crees. Carla percibiî que la frustraciîn se le acumulaba en el pecho, mezclada con el cansancio de casi veinticuatro horas sin dormir y el peso todav?a fresco de todo lo que acababan de descubrir en aquel sîtano. Pensî en el ni?o, dormido en la habitaciîn del hospital, con Angel a su lado ense?àndole un zorro de peluche, ajeno enteramente a las decisiones burocràticas que ya empezaban a tejerse alrededor de su futuro. —Voy a luchar por ål, Daniel. Con o sin protocolo. —No esperaba menos de ti. Se quedaron los tres en silencio un momento, rodeando la trampilla todav?a abierta, mientras los tåcnicos forenses empezaban a montar el equipo necesario para procesar aquel sîtano con el nivel de detalle que merec?a. Carla observî cîmo colocaban marcadores numerados junto a cada jaula, cîmo fotografiaban cada cent?metro de las paredes cubiertas de marcas de conteo, cîmo todo aquel horror empezaba a transformarse, pieza por pieza, en evidencia catalogada dentro de un sistema que, con suerte, terminar?a haciendo justicia a quienes hab?an sufrido all? abajo. Subieron de nuevo a la superficie casi dos horas despuås, cargados de bolsas de evidencia, fotograf?as, y una certeza cada vez màs sîlida de que aquello que hab?an encontrado en la gasolinera abandonada era solo la punta visible de algo mucho màs grande, algo que llevaba a?os operando en las sombras de una ciudad que ni siquiera sospechaba su existencia. El sol de la tarde ca?a ya inclinado sobre el horizonte cuando Carla se detuvo un momento junto al coche, mirando hacia el edificio derruido que apenas unas horas antes le hab?a parecido simplemente el escenario de un crimen màs. Ya no. Ahora sab?a que bajo aquel suelo agrietado, generaciones de ni?os hab?an contado d?as en la oscuridad, esperando algo que la mayor?a probablemente nunca llegî a recibir. Y en alg?n lugar de la ciudad, o tal vez mucho màs lejos, la persona responsable de todo aquello segu?a libre, segu?a trabajando, segu?a a?adiendo n?meros a una lista que Carla apenas empezaba a intuir. Rafael se acercî al coche, todav?a con los restos de tensiîn visibles en cada l?nea de su cuerpo, y se apoyî contra la puerta del copiloto sin llegar a entrar. —Voy a hacer esa llamada ahora —dijo—. Despuås de esto, ya no puedo permitirme seguir posponiåndola. —?Vas a contarle todo lo que encontramos? —Tengo que hacerlo. Si hay màs sîtanos como este, repartidos quiån sabe dînde, necesitamos màs gente buscando, y necesitamos empezar ya. —Rafael se pasî una mano por el pelo, con un gesto cansado que Carla reconoc?a cada vez con màs frecuencia en s? misma ?ltimamente—. Solo espero que la ayuda que consigamos no termine costando màs de lo que aporta. —?Tan mal te cae esa persona? —No es que me caiga mal. Es que representa una forma de pensar sobre los licàntropos que yo llevo toda mi vida intentando evitar que se imponga en mi propia manada. Jerarqu?as r?gidas, control estricto, desconfianza automàtica hacia cualquiera que no encaje en el molde. —Hizo una pausa, mirando hacia el edificio derruido de la gasolinera, ya iluminado por los ?ltimos rayos de sol de la tarde—. Y me preocupa mucho cîmo va a reaccionar exactamente ante un ni?o como este, criado fuera de cualquier molde reconocible. Carla no supo quå responder a eso, as? que simplemente asintiî, guardando aquella preocupaciîn junto a todas las demàs que se hab?an ido acumulando a lo largo del d?a. Subiî al coche, esperî a que Rafael hiciera lo mismo, y arrancî de vuelta hacia el hospital, dejando atràs la gasolinera abandonada y todo lo que su sîtano hab?a revelado, aunque sab?a, con una certeza que no necesitaba ninguna confirmaciîn adicional, que aquello no era ni de lejos el final de lo que estaban a punto de descubrir. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. Bajo la gasolinera encontraron un espacio ______ oculto bajo una trampilla. 2. Alineadas contra la pared hab?a varias ______ de distintos tama?os. 3. La entrada al sîtano estaba oculta bajo una ______ metàlica cubierta de escombros. 4. Algunas jaulas ten?an ______ ancladas a argollas en el suelo. 5. Uno de los ______ reforzados suger?a que estaba dise?ado para contener a algo fuerte. 6. En la pared, alguien hab?a empezado a ______ l?neas para contar los d?as. 7. El ______ que sub?a desde el sîtano hizo retroceder incluso a Daniel. 8. Las jaulas màs peque?as mostraban signos de haber estado ______ durante mucho tiempo. 9. La ______ acumulada durante a?os hab?a da?ado buena parte del instrumental mådico. 10. Cada nuevo hallazgo se convert?a en una pieza màs de ______ para el caso. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. el eco: a) ñîäðîãíóòüñÿ 2. estremecerse: b) ýõî 3. el instrumental: c) èçíîñ 4. el desgaste: d) èíñòðóìåíòàðèé 5. hacinado: e) ñêó÷åííûé, íàáèòûé Gramàtica: Expresar probabilidad y suposiciîn Durante la investigaciîn del sîtano, Carla y Rafael no tienen certezas absolutas: solo pueden calcular, suponer, estimar. El espa?ol ofrece varias estructuras espec?ficas para expresar ese grado de probabilidad, y este cap?tulo las usa constantemente. 1. Deber de + infinitivo Se usa para expresar una suposiciîn lîgica, casi una deducciîn. Equivale a «probablemente» o «debe ser que». Ejemplo del texto: «Deb?a de medir casi dos metros» (en el libro anterior); en este cap?tulo: la profundidad de las marcas «deb?a de» corresponder a a?os de uso. 2. El futuro de probabilidad En espa?ol, el tiempo futuro no siempre habla del futuro real: tambiån sirve para expresar una suposiciîn sobre el presente. ?Cuàntos a?os tendrà? = No lo så con certeza, pero calculo su edad. Tendrà seis o siete a?os. 3. Verbos y expresiones de estimaciîn Calcular, sospechar, suponer, probablemente, seguramente, con suerte. Todas estas palabras aparecen repetidamente en este cap?tulo porque ninguno de los personajes tiene todav?a pruebas definitivas, solo indicios que hay que interpretar con cuidado. Ejemplo del texto: «Probablemente hace dos o tres a?os», «con suerte, alguna huella», «sospecho que esto apenas empieza». Respuestas Ejercicio 1: 1. subterràneo · 2. jaulas · 3. trampilla · 4. cadenas · 5. candados · 6. ara?ar · 7. hedor · 8. hacinadas · 9. humedad · 10. evidencia Ejercicio 2: 1-b, 2-a, 3-d, 4-c, 5-e Cap?tulo 5. N?mero treinta y siete Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. la placa (de identificaciîn) — æåòîí, èäåíòèôèêàöèîííàÿ òàáëè÷êà grabar (un nombre) — ãðàâèðîâàòü, âûáèâàòü (èìÿ) viable — æèçíåñïîñîáíûé el registro (de datos) — ðååñòð, æóðíàë ó÷¸òà codificado / codificada — çàêîäèðîâàííûé la carpeta (de documentos) — ïàïêà (ñ äîêóìåíòàìè) el suministro — ñíàáæåíèå, ïîñòàâêà la tapadera — ïðèêðûòèå, øèðìà la orden (judicial) — (ñóäåáíûé) îðäåð el rastro (profesional) — ñëåä (ïðîôåññèîíàëüíûé, äîêóìåíòàëüíûé) la fachada (profesional) — âíåøíèé îáëèê, ôàñàä (ïðîôåññèîíàëüíûé) la afinidad — ðîäñòâî äóø, ñèìïàòèÿ catalogar — êàòàëîãèçèðîâàòü el indicio — ïðèçíàê, íàì¸ê reconocer (a alguien) — óçíàâàòü, ïðèçíàâàòü (êîãî-òî) Rafael se alejî unos metros del coche para hacer la llamada, aunque no lo suficiente como para que Carla dejara de escuchar fragmentos sueltos de la conversaciîn, arrastrados por el viento caliente de la tarde. —Necesito que me escuches, no que me interrumpas... S?, så exactamente lo que estoy pidiendo... No, no puedo esperar hasta ma?ana. Hubo un silencio largo, durante el cual Rafael se pasî la mano libre por el pelo, un gesto de tensiîn acumulada que Carla ya hab?a aprendido a reconocer en ål a lo largo de los a?os. Cuando volviî a hablar, su voz hab?a bajado de volumen, aunque no de intensidad. —No me importa lo que pienses de mi manada. Esto va màs allà de cualquier rivalidad territorial que tengamos pendiente. Hay ni?os de por medio, Gabriel. Ni?os de verdad, no abstracciones pol?ticas sobre las que discutir en una reuniîn de l?deres. Carla sintiî que se le erizaba la piel al escuchar aquel nombre por primera vez, aunque no supo todav?a quå significaba exactamente, ni por quå Rafael lo pronunciaba con tanta tensiîn contenida. Colgî unos minutos despuås, con la mand?bula todav?a tensa, y volviî hacia el coche sin ofrecer ning?n detalle sobre lo que se hab?a dicho. —?Y bien? —preguntî Carla. —Viene de camino. Llegarà esta noche o ma?ana a primera hora. —?Eso es bueno o malo? —Todav?a no lo så. —?Gabriel? Rafael la mirî, sorprendido de que hubiera escuchado el nombre, aunque no pareciî especialmente molesto por ello. —Gabriel Navarro. Alfa de una manada mucho màs grande que la m?a, con territorio que se extiende bastante màs allà de San Antonio. Tiene recursos que nosotros no tenemos, contactos que nosotros no tenemos, y una forma de resolver problemas que no siempre coincide con la m?a. —?Deber?a preocuparme? —Deber?as estar preparada. Eso es distinto a preocuparte, aunque a veces la l?nea entre ambas cosas es màs fina de lo que me gustar?a. No a?adiî nada màs, y Carla decidiî no insistir, sabiendo que Rafael necesitaba tiempo para procesar lo que aquella llamada implicaba, tanto para el caso como para ål mismo. Condujeron de vuelta hacia la gasolinera, donde el equipo forense hab?a ampliado bastante su presencia en las ?ltimas horas: màs furgonetas, màs luces portàtiles iluminando el interior del sîtano, màs tåcnicos moviåndose con la eficiencia metîdica de quienes sab?an que cada hora que pasaba aumentaba el riesgo de perder pruebas cruciales. Daniel los recibiî junto a la trampilla, con un rostro que Carla ya empezaba a asociar con malas noticias. —Encontramos algo màs. Necesito que lo veàis antes de que lo catalogemos oficialmente. Los condujo de vuelta hacia el interior del sîtano, ahora mucho mejor iluminado gracias a los focos portàtiles instalados por el equipo forense, hacia una mesa plegable donde varios objetos peque?os hab?an sido colocados sobre un pa?o blanco, cada uno con su propio n?mero de evidencia junto a ål. —Estaban en una caja separada del resto —explicî Daniel, se?alando hacia un peque?o montîn de placas metàlicas, similares entre s?, cada una con un n?mero grabado—. Parecen etiquetas de identificaciîn. Las estàbamos catalogando cuando encontramos esto. Levantî con cuidado, usando pinzas forenses, una de las placas, y la girî para que Carla pudiera ver ambas caras bajo la luz de los focos. M-37. Carla notî que el aire se le quedaba atrapado en el pecho. —Es el mismo formato que las demàs —continuî Daniel, con la voz cuidadosamente neutral, del tipo que empleaba cuando necesitaba mantener la objetividad profesional frente a algo que claramente lo estaba afectando tambiån a ål—. Pero mira el reverso. Le dio la vuelta a la placa con las pinzas, y Carla se inclinî para observar de cerca. Grabado a mano, con trazos irregulares que suger?an prisa, tal vez miedo a ser descubierto, hab?a un nombre. Teo. —?Puede ser una coincidencia? —preguntî, aunque sab?a que la pregunta era pràcticamente retîrica—. ?Otro ni?o con el mismo n?mero? —Encontramos otras treinta y seis placas en la misma caja —dijo Daniel, se?alando hacia el resto de los objetos alineados sobre la mesa—. Numeradas del uno al treinta y seis. Ninguna de las otras tiene ning?n nombre grabado. Solo esta. Rafael se acercî tambiån, observando la placa con un horror que apenas lograba contener bajo una furia que Carla nunca le hab?a visto expresar hasta ese momento. —Treinta y seis intentos antes de ål —dijo, en voz baja—. Y solo el n?mero treinta y siete llegî lo bastante lejos como para que alguien se atreviera a ponerle nombre. —Eso no significa necesariamente que los otros treinta y seis murieran —dijo Carla, aunque la esperanza en su propia voz sonaba dåbil incluso a sus propios o?dos—. Podr?an haber sido transferidos, vendidos, cualquier otra cosa. —Podr?a ser. —Daniel no sonaba convencido—. Pero dado lo que hemos encontrado aqu?, las jaulas, las cadenas, el instrumental mådico, no me parece la explicaciîn màs probable. —Alguien intentaba hacerles la vida un poco màs soportable —hab?a dicho Rafael el d?a anterior, frente a los juguetes improvisados del sîtano, y aquellas palabras volvieron ahora a la mente de Carla con un peso distinto, màs concreto, al ver la placa con el nombre grabado a escondidas. Carla tomî la placa entre sus propios dedos enguantados, sintiendo su peso peque?o y fr?o, pensando en el ni?o dormido en el hospital, en sus cicatrices, en la marca del grillete en el tobillo, en la manera en que hab?a apoyado la frente contra la mano de Rafael horas antes, en aquel gesto de confianza tan fràgil y tan valiente al mismo tiempo. Treinta y siete. No un nombre desde el principio, sino un n?mero, hasta que alguien, en alg?n momento de aquel proceso sistemàtico y monstruoso, hab?a decidido que aquel ni?o concreto merec?a algo màs. —Voy a encontrar a quien hizo esto —dijo, con una calma que no sent?a en absoluto, una calma que reconoc?a como la fachada bajo la cual guardaba la furia màs pura que hab?a sentido en mucho tiempo—. Y no me va a importar en absoluto lo que digan sus abogados sobre sus derechos. —Carla... —No, Daniel. No necesito que me recuerdes los l?mites legales ahora mismo. Necesito un minuto para sentir esto antes de volver a ser profesional. Daniel no dijo nada màs, y Rafael se quedî a su lado, en un silencio que Carla agradeciî màs de lo que habr?a sabido expresar en voz alta. Se permitiî, durante unos segundos, sostener toda la rabia y el dolor que llevaba conteniendo desde la noche anterior, desde el momento exacto en que hab?a visto aquellos ojos ambarinos miràndola desde debajo de una furgoneta abandonada. Despuås, respirî hondo, devolviî la placa a la mesa con el mismo cuidado con el que la hab?a tomado, y volviî a ponerse la màscara profesional que necesitaba para seguir adelante. —?Quå màs hay en esa caja? —preguntî. —Documentos, en su mayor?a ilegibles por la humedad. Un par de fotograf?as, tambiån da?adas. Y esto. Daniel levantî una carpeta de plàstico transparente, protegida de alguna manera del deterioro general del sîtano, probablemente porque alguien la hab?a guardado en un contenedor hermåtico que solo recientemente hab?a empezado a fallar. Dentro, Carla distinguiî pàginas mecanografiadas, algunas todav?a legibles a pesar del da?o por humedad en los bordes. —?Puedo? —Con cuidado. Los tåcnicos todav?a necesitan fotografiarlo todo antes de que salga del sîtano. Carla abriî la carpeta con manos temblorosas, pasando las primeras pàginas con la atenciîn meticulosa de alguien acostumbrada a leer informes forenses, aunque nada en su entrenamiento la hab?a preparado del todo para el contenido de aquellas pàginas concretas. Tablas de datos, columnas de n?meros que correspond?an, seg?n pudo deducir, a fechas de nacimiento estimadas, l?neas genåticas combinadas, resultados de transformaciones registrados con una frialdad cl?nica que le revolviî el estîmago. —Esto es un registro completo —dijo, pasando las pàginas cada vez màs ràpido—. Un registro de todo el programa. —?Hay nombres de responsables? —Todav?a no he encontrado ninguno. Todo està codificado, iniciales, tal vez, o alg?n tipo de sistema de referencia que no reconozco. —Carla llegî a la ?ltima pàgina legible, donde una tabla incompleta mostraba los ?ltimos registros antes de que la humedad hubiera destruido el resto del documento—. Pero mira esto. Se?alî una fila concreta, donde el n?mero 37 aparec?a junto a una serie de anotaciones parcialmente ilegibles: fecha, l?nea genåtica, y una palabra que s? se distingu?a con claridad entre el resto del texto da?ado. Viable. —Lo consideraban un åxito —dijo Rafael, con un tono cargado de un desprecio que no intentî disimular—. Un resultado viable. Como si fuera un cultivo de laboratorio, no un ser humano. —Necesito llevarme copias de todo esto —dijo Carla, dirigiåndose a Daniel—. Necesito que la doctora Vàzquez lo vea. Podr?a ayudarla a entender mejor la fisiolog?a del ni?o, y tal vez encontrar alguna pista sobre quiån estuvo detràs del programa. —Voy a pedir que se escaneen todas las pàginas legibles esta misma tarde. Tendràs copias antes de que anochezca. Carla asintiî, devolviendo la carpeta a Daniel con el mismo cuidado con el que la hab?a tomado, y se quedî un momento màs observando la mesa cubierta de evidencia: las treinta y siete placas numeradas, los frascos vac?os, las jeringuillas oxidadas, todo el instrumental fr?o de un sistema que hab?a tratado a ni?os como productos de un experimento prolongado. Se preguntî cuàntas manos distintas hab?an pasado por aquella mesa a lo largo de los a?os, cuàntas personas hab?an sabido lo que ocurr?a all? abajo y hab?an decidido, por la razîn que fuera, mirar hacia otro lado. —Hay algo màs que deber?as saber —dijo Daniel, bajando la voz aunque no hab?a nadie màs cerca lo bastante como para escucharlos—. Uno de los tåcnicos encontrî restos de correspondencia comercial entre las cajas màs da?adas. Facturas, recibos de compra de material. Nada con nombres completos todav?a, pero s? con el nombre de una empresa que aparece repetida varias veces. —?Quå empresa? —Suministros Veterinarios del Sur. Con sede registrada en alg?n lugar de las afueras de la ciudad. Voy a solicitar una orden para investigarla en cuanto tengamos algo màs sîlido que unas cuantas facturas parcialmente ilegibles. —?Una empresa veterinaria comprando material para esto? —O alguien usando una empresa veterinaria leg?tima como tapadera para conseguir suministros sin levantar sospechas. Jeringuillas, sedantes, material quir?rgico. Todo eso se puede justificar fàcilmente si tienes la documentaciîn correcta y nadie se molesta en investigar demasiado a fondo. Carla notî que aquella informaciîn se sumaba al resto del peso que ya cargaba desde la noche anterior, otra pieza màs de un rompecabezas que empezaba a sugerir una operaciîn mucho màs organizada, mucho màs protegida por capas de legitimidad aparente, de lo que hab?a imaginado al principio. Pensî en la pregunta que Rafael hab?a planteado unas horas antes, sobre cuàntos màs como aquel ni?o pod?an seguir ah? fuera, y sintiî que la respuesta, fuera cual fuera, iba a resultar mucho peor de lo que cualquiera de ellos estaba preparado para asumir. —Voy a volver al hospital —dijo finalmente—. Necesito estar con ål cuando se despierte. Y necesito pensar en cîmo voy a decirle, aunque no pueda entender las palabras, que ahora sabemos su nombre. Rafael la acompa?î hasta el coche, con la placa ya guardada en una bolsa de evidencia sellada que Carla llevaba consigo, autorizada expresamente por Daniel para poder compartirla con la doctora Vàzquez. —?Vas a contàrselo a ål? —preguntî Rafael, mientras Carla arrancaba el motor—. Lo de su nombre, quiero decir. —No så si va a significar algo para ål ahora mismo. Pero s?. Voy a dec?rselo. Merece saber que alguien, en alg?n momento de todo esto, lo vio como algo màs que un n?mero. El trayecto de vuelta al hospital transcurriî en un silencio cargado de todo lo que ninguno de los dos hab?a dicho todav?a en voz alta. Carla pensî en la palabra viable, en cîmo aquel tårmino cl?nico, dise?ado para describir experimentos de laboratorio, se hab?a aplicado a un ni?o real, con miedo real, con la capacidad real de aferrarse a la ropa de una desconocida en busca de protecciîn. Pensî tambiån en las otras treinta y seis placas, en los treinta y seis intentos anteriores que probablemente nunca llegar?an a tener nombre alguno, ni justicia, ni ning?n tipo de reconocimiento màs allà de un n?mero grabado en metal oxidado. Cuando llegaron al hospital, encontraron a Angel sentada en el suelo de la habitaciîn, con las piernas cruzadas, mostràndole al ni?o las pàginas de uno de los libros de cartîn que hab?a tra?do por la ma?ana. El ni?o segu?a manteniendo la distancia, sentado sobre la camilla con las rodillas pegadas al pecho, pero sus ojos segu?an el movimiento de las pàginas con una atenciîn que Carla no le hab?a visto dedicar a nada màs desde que lo conoc?a. —Ha estado mirando los dibujos durante casi una hora —dijo Angel, en voz baja, sin apartar la vista del ni?o—. No så si entiende lo que representan, pero parece que le gustan los colores. La doctora Vàzquez entrî poco despuås, con una tablilla bajo el brazo y la misma expresiîn de eficiencia contenida de siempre, aunque algo en su forma de moverse suger?a que tambiån ella llevaba el peso acumulado de un d?a especialmente largo. —Me dijeron que encontraron documentaciîn en el sîtano —dijo, dirigiåndose directamente a Carla—. ?Es cierto? —Un registro parcial. Muy da?ado por la humedad, pero legible en algunas partes. Carla le entregî las copias que Daniel hab?a conseguido adelantarle antes de salir de la gasolinera, y la doctora las examinî con la misma atenciîn cl?nica que hab?a dedicado horas antes al cuerpo del ni?o, pasando las pàginas despacio, deteniåndose de vez en cuando para releer alg?n fragmento con màs cuidado. —Esto confirma varias cosas —dijo finalmente, sin levantar la vista de los papeles—. La combinaciîn de l?neas genåticas no fue accidental. Siguieron un protocolo espec?fico, ajustando variables entre cada intento. Esto es investigaciîn aplicada, no experimentaciîn caîtica. —?Eso quå significa para nosotros? —Significa que quien dise?î este programa ten?a formaciîn cient?fica real. No es alguien improvisando en un sîtano por diversiîn enfermiza. Es alguien que entend?a genåtica, que entend?a fisiolog?a licàntropa a un nivel que muy poca gente en esta ciudad posee. —?Cuànta gente tiene ese nivel de conocimiento en San Antonio? —Contando solo a quienes trabajan legalmente en el campo, podr?a dar con una lista en un par de d?as. Pero si esta persona ha conseguido mantener esto en secreto durante al menos cinco a?os, seg?n sus propios càlculos, dudo que aparezca en ninguna lista oficial de fàcil acceso. Angel, que hab?a escuchado la conversaciîn en silencio mientras segu?a pasando las pàginas del libro frente al ni?o, levantî la vista con una expresiîn pensativa. —?Y si no es alguien de aqu?? Quiero decir, ?y si vino de fuera, espec?ficamente para hacer esto sin ser reconocido? La doctora Vàzquez considerî aquella posibilidad un momento, con el ce?o ligeramente fruncido. —Es posible. Pero eso complicar?a bastante la investigaciîn. Necesitar?amos buscar màs allà de los registros locales. —Vamos a encontrarlo de todas formas —dijo Carla, con una determinaciîn que no dejaba espacio para la duda—. Local o no, alguien con ese nivel de conocimiento deja rastro. Publicaciones acadåmicas, formaciîn universitaria, alg?n tipo de historial profesional. Nadie llega a ese nivel de sofisticaciîn sin que quede alg?n registro en alguna parte. —Estoy de acuerdo. Pero puede llevar tiempo, y mientras tanto, tenemos a un ni?o real que necesita cuidados reales, hoy, no cuando terminemos de identificar a los responsables. La doctora se acercî a la camilla, examinando al ni?o desde la distancia prudente que ya se hab?a convertido en rutina entre ambas, y anotî algo en su tablilla antes de continuar. —Su estado f?sico general està mejorando ligeramente. Ha empezado a comer algo de la comida que le hemos dejado, aunque solo cuando cree que nadie lo està observando directamente. Es un buen indicio. —?Y su estado psicolîgico? —Eso es mucho màs dif?cil de evaluar sin herramientas dise?adas espec?ficamente para un caso como el suyo. No tenemos ning?n precedente cl?nico documentado de un ni?o criado en estas condiciones exactas. Vamos a tener que aprender sobre la marcha, y eso significa cometer errores en el camino. Carla sintiî el peso de aquella honestidad, la incertidumbre real detràs de la fachada profesional que la doctora manten?a casi todo el tiempo, y por primera vez desde que se hab?an conocido esa misma ma?ana, sintiî algo parecido a la afinidad genuina hacia aquella mujer que, bajo toda su frialdad cl?nica, parec?a preocuparse tanto como cualquiera de ellos por el bienestar real del ni?o. Carla se acercî despacio, sentàndose en el borde de la camilla, y el ni?o la observî con la misma cautela de siempre, aunque algo en su postura, una tensiîn ligeramente menor en los hombros, suger?a que empezaba a reconocerla como algo distinto de una amenaza constante. —Tenemos que contarte algo —dijo, sacando con cuidado la placa metàlica de la bolsa de evidencia, sosteniåndola de manera que el ni?o pudiera verla sin llegar a tocarla todav?a—. Encontramos esto hoy. Tiene tu nombre. El ni?o mirî la placa, sin ninguna reacciîn visible al principio, y Carla sintiî una punzada de decepciîn que se obligî a ignorar. No pod?a esperar que una pieza de metal significara nada para un ni?o que probablemente nunca hab?a aprendido a asociar s?mbolos escritos con conceptos abstractos como la identidad o el nombre propio. —Teo —dijo, pronunciando la palabra despacio, se?alàndolo suavemente a ål mientras lo hac?a—. Te llamas Teo. El ni?o ladeî la cabeza, el mismo gesto que Carla hab?a visto emplear con Rafael horas antes, y por un instante, algo en sus ojos pareciî cambiar, aunque ella no habr?a sabido decir con certeza si aquello era simplemente su imaginaciîn desesperada por encontrar una se?al de reconocimiento donde probablemente no la hab?a. —Teo —repitiî Angel, con la misma suavidad, se?alàndose a s? misma despuås—. Angel. El ni?o no respondiî, por supuesto, pero tampoco apartî la mirada, y durante un largo momento, la habitaciîn pareciî contener algo cercano a la esperanza, fràgil y min?scula, pero real, suspendida en el aire entre los tres. Carla guardî la placa de nuevo con cuidado, decidida a que aquel peque?o trozo de metal, la ?nica prueba de que alguien hab?a visto a Teo como algo màs que un simple n?mero, no se perdiera nunca en los archivos fr?os de ninguna investigaciîn, sin importar cuàntas manadas, cuàntos agentes estatales, o cuàntas complicaciones burocràticas todav?a estuvieran por llegar. Se quedî un rato màs sentada junto a la camilla, observando cîmo Angel continuaba pasando las pàginas del libro, cîmo el ni?o, Teo, segu?a mirando los dibujos con una atenciîn que empezaba a parecerse cada vez màs a la curiosidad genuina de cualquier ni?o de su edad. Pensî en las treinta y seis placas sin nombre, en todo lo que todav?a no sab?an, en la llegada inminente de Gabriel Navarro y en todo lo que aquella visita probablemente iba a complicar. Pero por primera vez desde que hab?a recibido la llamada de Daniel la noche anterior, permitiî que un hilo delgado de esperanza se abriera paso entre tanta oscuridad acumulada. Teo ten?a un nombre. Y mientras ella pudiera evitarlo, nadie iba a volver a reducirlo a un simple n?mero nunca màs. Ejercicios de vocabulario Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario. 1. En la caja encontraron treinta y siete ______ metàlicas numeradas. 2. Alguien hab?a decidido ______ un nombre en una de ellas, a escondidas. 3. Seg?n los documentos, el sujeto n?mero treinta y siete fue considerado ______. 4. El ______ parcial mostraba fechas, l?neas genåticas y resultados. 5. La mayor?a de los datos estaban ______, imposibles de leer sin màs contexto. 6. Dentro de una ______ protegida encontraron pàginas todav?a legibles. 7. Una empresa veterinaria podr?a haber servido de ______ para comprar material. 8. Necesitaban una ______ judicial antes de poder investigar la empresa. 9. Alguien con ese nivel de conocimiento cient?fico siempre deja alg?n ______ profesional. 10. Los tåcnicos empezaron a ______ cada objeto encontrado en el sîtano. Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definiciîn en ruso. 1. la fachada (profesional): a) ðîäñòâî äóø, ñèìïàòèÿ 2. la afinidad: b) ïðèçíàê, íàì¸ê 3. el indicio: c) âíåøíèé îáëèê, ôàñàä 4. reconocer: d) ñíàáæåíèå, ïîñòàâêà 5. el suministro: e) óçíàâàòü, ïðèçíàâàòü Gramàtica: El participio pasado como adjetivo Este cap?tulo està lleno de participios pasados funcionando como adjetivos: da?ado, codificado, protegida, numeradas, grabado. Vamos a repasar cîmo funcionan y por quå son tan ?tiles para describir el estado de las cosas. 1. Formaciîn Los participios regulares terminan en -ado (verbos en -ar) o -ido (verbos en -er/-ir): da?ar ? da?ado, proteger ? protegido, cubrir ? cubierto (irregular). Cuando el participio funciona como adjetivo, concuerda en gånero y n?mero con el sustantivo al que acompa?a: un documento da?ado, una carpeta protegida, unas placas numeradas. 2. La diferencia entre acciîn y estado Compara: Alguien da?î los documentos (acciîn, verbo conjugado) frente a Los documentos estaban da?ados (estado resultante, participio como adjetivo). El segundo tipo de frase describe el resultado final de una acciîn, sin centrarse en quiån la realizî. 3. Ejemplos del cap?tulo «Un registro parcial, muy da?ado por la humedad», «una carpeta protegida de alguna manera del deterioro», «treinta y siete placas numeradas». En los tres casos, el participio describe cîmo quedî algo, no quiån lo dejî as?. Esta estructura resulta especialmente ?til en el lenguaje forense e investigativo, donde a menudo se describe el estado de una prueba sin saber todav?a quiån la puso en esas condiciones. Respuestas Ejercicio 1: 1. placas · 2. grabar · 3. viable · 4. registro · 5. codificados · 6. carpeta · 7. tapadera · 8. orden · 9. rastro · 10. catalogar Ejercicio 2: 1-c, 2-a, 3-b, 4-e, 5-d Cap?tulo 6. La mujer de las cicatrices Vocabulario del cap?tulo Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena. el alfa (de la manada) — àëüôà (âîæàê ñòàè) la desconfianza — íåäîâåðèå el recurso (disponible) — ðåñóðñ (äîñòóïíûé) negociable / no negociable — ïîäëåæàùèé / íå ïîäëåæàùèé îáñóæäåíèþ la vigilancia — ñëåæêà, íàáëþäåíèå el combate (clandestino) — (ïîäïîëüíûé) áîé apostar (dinero) — äåëàòü ñòàâêó (äåíüãè) el cabo suelto — íåçàâåðø¸ííàÿ íèòü, ñëàáîå çâåíî la cadena de seguridad — äâåðíàÿ öåïî÷êà desconfiado / desconfiada — íåäîâåð÷èâûé ocultar (la identidad) — ñêðûâàòü (ëè÷íîñòü) el expediente (policial) — (ïîëèöåéñêîå) äåëî arrancar (una parte del cuerpo) — âûðâàòü (÷àñòü òåëà) condenado / condenada — îáðå÷¸ííûé la protecciîn (personal) — (ëè÷íàÿ) çàùèòà Gabriel Navarro llegî al hospital poco despuås de las nueve de la noche, sin ning?n tipo de anuncio previo màs allà de una llamada breve de Rafael avisando que ya estaba en la ciudad. Carla lo vio entrar por el pasillo desde la puerta de la habitaciîn de Teo, y entendiî de inmediato por quå Rafael hab?a sonado tan tenso al mencionarlo. Era un hombre enorme, casi tan alto como Eric, aunque construido de una manera sin reservas distinta: no la elegancia atlåtica del vampiro, sino una masa muscular pesada, funcional, la de alguien que hab?a pasado dåcadas resolviendo problemas con la fuerza bruta cuando la diplomacia no bastaba. Llevaba el pelo oscuro salpicado de canas cortado casi al rape, una barba corta bien cuidada, y una cicatriz que le atravesaba la ceja derecha, blanca contra la piel bronceada. Se mov?a por el pasillo del hospital con la misma econom?a de gestos que Carla hab?a observado en Rafael durante los ?ltimos dos d?as, aunque en Gabriel aquella cualidad resultaba menos felina y màs depredadora, como si cada paso estuviera calculado para cubrir el màximo territorio posible con el m?nimo esfuerzo visible. Varias enfermeras que pasaban por el pasillo se apartaban instintivamente a su paso, sin que ål pareciera darse cuenta siquiera del espacio que generaba a su alrededor. —As? que esta es la nigromante —dijo, sin ning?n preàmbulo, deteniåndose a un par de metros de Carla con una evaluaciîn silenciosa que a ella no le gustî nada—. Rafael me ha contado la versiîn resumida. Necesito la completa. —Buenas noches tambiån para usted. Algo parecido a una sonrisa cruzî el rostro de Gabriel, aunque no llegî del todo a sus ojos. —Perdîneme. Los modales no son mi especialidad cuando hay ni?os licàntropos apareciendo en escenas de crimen. Prefiero ir directo al problema. —Entonces vamos al problema. —Carla cruzî los brazos, sin moverse de la puerta de la habitaciîn—. El ni?o se llama Teo. Tiene entre seis y ocho a?os, seg?n los càlculos de la doctora que lo està tratando. Fue encontrado anoche junto al cadàver de un hombre destrozado por lo que parecen ser garras. Su fisiolog?a combina al menos tres l?neas genåticas distintas de licàntropo, algo que seg?n Rafael no deber?a ser posible de forma natural. Y en el sîtano donde probablemente pasî gran parte de su vida, encontramos treinta y siete placas numeradas, cada una correspondiente a un sujeto de experimentaciîn distinto. Gabriel escuchî todo aquello sin cambiar de expresiîn, aunque Carla notî cîmo sus manos se cerraban lentamente en pu?os a los lados del cuerpo. —?Y el ni?o es el treinta y siete? —S?. —?Los otros treinta y seis? —No lo sabemos todav?a. Pero dado lo que hemos encontrado, no soy optimista. Gabriel se quedî en silencio un momento, con la mand?bula tensa, mirando hacia la puerta cerrada de la habitaciîn donde Teo dorm?a, ajeno a la conversaciîn que decid?a, una vez màs, cuàntas personas màs iban a involucrarse en su historia. —Rafael dice que conf?a en usted —dijo finalmente—. Yo no tengo ese lujo todav?a. Pero voy a ofrecerle mis recursos de todas formas, porque lo que describe es exactamente el tipo de amenaza que ninguna manada puede permitirse ignorar. —?Y a cambio? —A cambio, quiero acceso directo a cualquier informaciîn que encuentren. Sin filtros, sin retrasos burocràticos. Si hay màs licàntropos criados de esta manera ah? fuera, mi gente necesita saberlo tan pronto como ustedes, sin esperar a que la burocracia humana decida cuàndo es momento de compartirlo. Carla considerî aquella propuesta, sopesando el instinto protector que sent?a crecer cada vez con màs fuerza desde que hab?a conocido a Teo contra la necesidad pràctica de contar con todos los recursos posibles para encontrar a quien hab?a hecho aquello. —De acuerdo. Pero el ni?o no es negociable. No va a ninguna manada, no va a ning?n programa de reasentamiento, no va a ninguna parte sin mi consentimiento expl?cito. —Eso vamos a tener que discutirlo màs adelante. —No, Gabriel. Eso no es negociable ahora ni despuås. Se sostuvieron la mirada durante varios segundos, ninguno de los dos dispuesto a ceder terreno, hasta que Rafael, que hab?a permanecido en silencio observando el intercambio, finalmente intervino. —Podemos discutir la custodia cuando sepamos màs. Ahora mismo, lo urgente es encontrar a quien està detràs de esto antes de que produzca un n?mero treinta y ocho. Gabriel asintiî, aunque la tensiîn entre ål y Carla no desapareciî por completo, simplemente quedî aparcada bajo la urgencia compartida de la investigaciîn. —?Puedo verlo? —preguntî Gabriel, con un tono que sorprendiî a Carla por su cambio repentino de registro, menos autoritario, casi vulnerable—. Solo un momento. Desde la puerta, si prefiere no dejarme entrar. Carla lo estudiî, intentando calibrar si aquella peticiîn escond?a alguna otra intenciîn, pero no encontrî nada en su expresiîn salvo lo que parec?a ser una curiosidad genuina, tal vez incluso una necesidad personal de confirmar con sus propios ojos la magnitud de lo que Rafael le hab?a descrito por telåfono. —Desde la puerta. Y despacio. Gabriel se acercî al cristal de la habitaciîn, observando la figura peque?a del ni?o dormido bajo la luz tenue de la làmpara nocturna, con un rostro que se suavizî de una manera que Carla no hab?a esperado presenciar en un hombre de su tama?o y reputaciîn. —Llevo treinta a?os liderando una manada —dijo, con la mirada fija del cristal—. He enterrado a màs gente de la que me gustar?a recordar. Pero nunca hab?a visto algo as?. —?Eso cambia su forma de pensar sobre ål? —Cambia mi forma de pensar sobre cuànto tiempo llevamos ignorando algo que deber?a haber sido imposible de esconder durante tanto tiempo. Se apartî del cristal, recomponiendo de inmediato la fachada autoritaria con la que hab?a entrado, y Carla entendiî que aquel breve momento de vulnerabilidad no iba a repetirse fàcilmente delante de los demàs. —Rafael menciona una empresa. Suministros Veterinarios del Sur. —Todav?a estamos esperando la orden judicial para investigarla oficialmente. —Yo no necesito ninguna orden judicial. Carla lo mirî con algo a medio camino entre alarma y curiosidad reticente. —?Quå està sugiriendo? —Que mientras ustedes esperan el papeleo, yo puedo tener a alguien vigilando esa empresa esta misma noche. Legalmente, mi gente tiene tanto derecho como cualquier ciudadano a observar un edificio desde la calle. —Vigilar, no allanar. —Por supuesto. —La sonrisa de Gabriel esta vez resultî todav?a menos convincente que la anterior—. Nada que su detective no pudiera aprobar sin problemas. Daniel, que llegî unos minutos despuås, apenas tuvo tiempo de procesar la presencia de Gabriel Navarro en el pasillo del hospital antes de que Carla lo pusiera al d?a sobre el acuerdo alcanzado. Su expresiîn dejî claro que compart?a buena parte de las reservas de Carla, aunque tambiån reconociî, con la pragmàtica resignaciîn de un polic?a acostumbrado a trabajar con recursos limitados, que la ayuda adicional probablemente iba a resultar necesaria. —Mientras nadie rompa ninguna ley que yo tenga que procesar despuås, no tengo ning?n problema con vigilancia adicional —dijo, aunque su tono suger?a que no confiaba del todo en que aquella condiciîn se fuera a respetar sin fisuras—. Por cierto, tengo algo que podr?a interesaros a los dos. Sacî su telåfono, mostrando una fotograf?a en la pantalla: un archivo policial antiguo, con la imagen de una mujer de rasgos latinos, pelo negro cortado a la altura de los hombros, una cicatriz visible cruzàndole la mejilla izquierda, y una parte notable de la oreja del mismo lado ausente, como si hubiera sido arrancada hace a?os. —?Quiån es? —preguntî Carla. —Valeria Cruz. Detenida hace ocho a?os por participar en una pelea callejera que terminî con tres heridos graves. Los cargos se retiraron porque ninguno de los testigos quiso declarar, pero el expediente quedî archivado. —Daniel deslizî el dedo por la pantalla, mostrando notas adicionales—. Lo interesante es que su perfil biolîgico, registrado en el momento de la detenciîn, coincide parcialmente con los patrones genåticos que la doctora Vàzquez encontrî en la sangre de Teo. Gabriel se acercî para observar la fotograf?a con màs atenciîn, y algo en su rostro cambiî, una tensiîn distinta a la que hab?a mostrado hasta entonces. —Conozco ese tipo de cicatrices —dijo, en voz baja—. Y esa oreja no se pierde en una pelea callejera normal. Se pierde en los combates organizados, donde arrancar una parte del cuerpo del oponente cuenta como puntos extra para el p?blico que apuesta. —?Combates organizados? —Peleas clandestinas entre licàntropos, a veces entre licàntropos y otras criaturas. Ilegales en todos los sentidos posibles, pero extremadamente lucrativas para quien las organiza. Llevo a?os intentando erradicarlas de mi territorio, sin demasiado åxito. Carla tuvo la sensaciîn de que las piezas empezaban a encajar con una claridad incîmoda. Si Valeria Cruz hab?a participado en aquel mundo, y si su perfil genåtico coincid?a con el de Teo, tal vez ella supiera algo sobre el origen del programa, sobre quiån estaba detràs de la cr?a sistemàtica de licàntropos destinados a la lucha. —Necesito hablar con ella. —La ?ltima direcciîn registrada es de hace seis a?os —dijo Daniel—. Pero mis contactos en la unidad de vigilancia comunitaria creen haberla localizado recientemente, viviendo bajo un nombre distinto en un complejo de apartamentos al sur de la ciudad. —Vamos ahora. —Carla, son casi las diez de la noche. —Y cada hora que perdemos es una hora màs que alguien podr?a estar usando para hacerle da?o a otro ni?o como Teo. No pienso quedarme sentada esperando a que amanezca mientras eso sigue siendo una posibilidad real. Nadie discutiî aquello. Condujeron hacia el sur de la ciudad en dos coches separados, Carla junto a Daniel, Rafael junto a Gabriel, aunque este ?ltimo insistiî en que solo Carla y Daniel se acercaran directamente al apartamento, argumentando que la presencia de dos alfas desconocidos podr?a asustar màs de lo que ayudar?a. Rafael no pareciî especialmente satisfecho con aquella sugerencia, pero terminî aceptàndola con la misma resignaciîn pragmàtica que Daniel hab?a mostrado antes. El complejo de apartamentos resultî ser un edificio modesto de dos plantas, con pintura descascarillada y un aparcamiento mal iluminado donde varios coches viejos permanec?an estacionados sin ning?n orden particular. Un letrero medio roto en la entrada anunciaba el nombre del complejo, aunque varias letras hab?an ca?do hac?a tiempo, dejando solo fragmentos ilegibles de lo que en su d?a debiî de ser un nombre màs completo. Êîíåö îçíàêîìèòåëüíîãî ôðàãìåíòà. Òåêñò ïðåäîñòàâëåí ÎÎÎ «Ëèòðåñ». Ïðî÷èòàéòå ýòó êíèãó öåëèêîì, êóïèâ ïîëíóþ ëåãàëüíóþ âåðñèþ (https://www.litres.ru/book/dzhuls-honig/la-jauria-perdida-74443503/) íà Ëèòðåñ. Áåçîïàñíî îïëàòèòü êíèãó ìîæíî áàíêîâñêîé êàðòîé Visa, MasterCard, Maestro, ñî ñ÷åòà ìîáèëüíîãî òåëåôîíà, ñ ïëàòåæíîãî òåðìèíàëà, â ñàëîíå ÌÒÑ èëè Ñâÿçíîé, ÷åðåç PayPal, WebMoney, ßíäåêñ.Äåíüãè, QIWI Êîøåëåê, áîíóñíûìè êàðòàìè èëè äðóãèì óäîáíûì Âàì ñïîñîáîì.