A travs de los hombres, ? mi misma
Uliana Sunny


Quiero escribir la verdad sobre m? misma, esa misma verdad que he llevado dentro durante tanto tiempo, con el temor de que resultara excesiva

En las pginas de este libro se asentarn mis vivencias, mis recuerdos y mis sentimientos. Escribir sobre las decisiones de las que me siento orgullosa, del mismo modo en que una se enorgullece de un hijo que cost concebir. Y sobre las cosas que he hecho y de las que todav?a me averg?enzo, aquellas que dejaron cicatrices en mi memoria y a?n me provocan pesadillas

Vers a una ni?a de pueblo que, cada noche, ped?a un deseo a una estrella y le rogaba un destino diferente. Vers a una mujer que se rompi en mil pedazos y, sin embargo, volvi a recomponerse pedazo a pedazo, hacindose ms fuerte cada vez. Vers el camino de una persona que anduvo a tientas por habitaciones a oscuras hasta que aprendi a escuchar su propia voz

Escribo esto para m? y para esa mujer que tal vez hoy se encuentre al borde de su propio abismo, buscando la mano de alguien





Uliana Sunny

A travs de los hombres, ? mi misma



A travs de los hombres, ? mi misma



Contents

Libros

Nos casamos

Volv? a ser una mujer completa

Cul fue en realidad mi fuerza

Nunca es demasiado tarde mientras sigas viva




La verdad


Quiero escribir la verdad sobre m? misma, esa misma verdad que he llevado dentro durante tanto tiempo, con el temor de que resultara excesiva...

En las pginas de este libro se asentarn mis vivencias, mis recuerdos y mis sentimientos. Escribir sobre las decisiones de las que me siento orgullosa, del mismo modo en que una se enorgullece de un hijo que cost concebir. Y sobre las cosas que he hecho y de las que todav?a me averg?enzo, aquellas que dejaron cicatrices en mi memoria y a?n me provocan pesadillas.

Vers a una ni?a de pueblo que, cada noche, ped?a un deseo a una estrella y le rogaba un destino diferente. Vers a una mujer que se rompi en mil pedazos y, sin embargo, volvi a recomponerse pedazo a pedazo, hacindose ms fuerte cada vez. Vers el camino de una persona que anduvo a tientas por habitaciones a oscuras hasta que aprendi a escuchar su propia voz.

S que la memoria es mentirosa. Rellena detalles, confunde el orden de los acontecimientos y pinta el pasado con los matices que ms nos convienen. Pero dejar ese juego a un lado. Conservar lo que de verdad importa: el sabor salado de las emociones que he atravesado y los callos que dejaron en mi corazn las lecciones que marcaron mi vida.

Escribo esto para m? y para esa mujer que tal vez hoy se encuentre al borde de su propio abismo, buscando la mano de alguien. Quizs se reconozca en mi confesin. Quizs encuentre en la oscuridad justo la respuesta que tanto andaba buscando.

Y si, entre estas l?neas, te topas de repente con tu propio reflejo, ser feliz. Si encuentras una respuesta, habr cumplido mi propsito. Y si no es as?, deja que este libro sea para ti, sencillamente, la experiencia de otra persona. El testimonio de que ni siquiera el camino ms tortuoso es infinito. De que todo empieza con una eleccin. Con ese preciso instante en el que decides no sufrir, sino actuar. Con la decisin de no esperar a que el dolor pase, sino de elegirte a ti misma. De elegir vivir y seguir avanzando, incluso cuando el camino no se vislumbra por ninguna parte.

Esta es mi verdadera historia. El orgullo por lo que he hecho y el dolor por lo que he soportado. Prrafo a prrafo.

Empiezo...




Una ni?a de pueblo


Imagina una capital del mundo. Londres. Tokio. Nueva York. Par?s. Pek?n. Nueva Delhi. Ciudades donde la gente corre al trabajo vestida con trajes caros, donde los rascacielos reflejan el sol, donde los restaurantes estn llenos de personas que hablan de negocios, viajes, inversiones y planes de futuro. Ahora imagina un lugar a unos mil quinientos kilmetros al sur de una capital as?. Un pueblo. All? nac? yo. Un lugar donde un ni?o prcticamente no tiene oportunidades. Nac? en el seno de una familia formada por un simple chfer y una contable. Nuestra casa era peque?a, vieja, de barro y ca?a. El retrete estaba afuera. Tra?amos el agua en cubos desde una bomba. Mam y pap prcticamente viv?an en el trabajo. No trabajaban para viajar, tener una vida hermosa o hacer grandes compras. Trabajaban para alimentarnos a mi hermano y a m?. Para que tuviramos comida. Para que pudiramos ir a la escuela. Para que alg?n d?a nuestra familia tuviera una casa normal de ladrillo. Mientras mis padres estaban en el trabajo, yo me convert? en el ama de la casa. Era una ni?a, pero dej de sentirme solo una ni?a muy pronto. Una ni?a a la que le correspond?a jugar, pasear y esperar a sus padres. Yo limpiaba, ayudaba en la casa y cuidaba del hogar. Me resultaba tan natural que ni siquiera me preguntaba por qu ten?a que ser as?. Probablemente porque en nuestra vida no exist?a otra opcin. Eran los a?os noventa. Crisis, pobreza, falta de un trabajo digno, incertidumbre. Fue una poca dif?cil para muchas familias. Para la nuestra tambin. Mis padres intentaron escapar de aquella vida durante a?os. Pero el dinero nunca alcanzaba. A lo largo de toda nuestra infancia, casi lo ?nico que lograron ahorrar fue para la construccin de una casa de ladrillo. Ladrillo a ladrillo. A?o tras a?o. Y todo lo que lograban ganar iba a parar all?. De modo que casi nunca hab?a dinero para nosotros, los ni?os. Nada de ropa cara. Nada de ordenador. Nada de telfonos. Nada de dulces. Ninguna posibilidad de comprar todo lo que quer?amos. A veces nos faltaban las cosas ms corrientes que otros ni?os daban por sentadas. Pero por aquel entonces yo no lo entend?a. Simplemente viv?a. Y comprend? una cosa muy pronto: si no tienes dinero, lo ?nico que nadie te puede quitar es el conocimiento. As? que estudi en la escuela con una constancia incre?ble. Estaba segura de ello: la educacin era mi ?nico billete hacia una vida diferente. No faltaba a una sola clase. Me esforzaba mucho. Pero al mismo tiempo, en la escuela no me consideraba inteligente. Al contrario. Mis amigas sacaban todo sobresalientes. Yo era la ms tonta entre ellas, al menos eso me parec?a a m?. Ten?a dos notables. Solo dos. Pero al lado de chicas que prcticamente solo ten?an sobresalientes, sent?a que me quedaba muy atrs. Solo mucho despus me di cuenta de que aquel entorno fue un inmenso regalo para m?. Las miraba y pensaba: Si ellas pueden, yo tambin deber?a poder. Intentaba mantener el ritmo. Fue entonces cuando comprend? por primera vez hasta qu punto nos moldean las personas que nos rodean. A veces no necesitas a alguien que te repita sin cesar: T? puedes. A veces basta con ver a alguien que ya lo ha conseguido. Y te da verg?enza rendirte.




El patito feo


En la escuela me consideraba fea. Un d?a se lo dije a mi madre. Me mir y me contest: Por ahora eres un patito feo. Pero pronto te convertirs en un hermoso cisne. Por aquel entonces no le cre?. En absoluto. Era muy delgada, con una melena negra y larga y unas cejas gruesas y pobladas. No ten?a ning?n rasgo facial llamativo o memorable. Un rostro com?n y corriente, aspecto asitico, piel morena. Pero yo quer?a ser diferente. Quer?a tener rasgos eslavos. Me parec?a que esa era la autntica belleza. Ahora pienso en aquella ni?a y sonr?o. Qu crueles somos a veces con nosotras mismas. Cuntos a?os podemos pasarnos mirndonos a travs de los estndares ajenos sin percatarnos de nuestra propia belleza. En aquel tiempo no sab?a que la gente hermosa no responde a un ?nico patrn. La belleza adopta formas distintas. Y, tal vez, no haya personas feas. Hay personas que todav?a no han aprendido a verse. Yo era una de ellas.




La universidad


A los diecisiete a?os obtuve mi t?tulo escolar. Dos notables, el resto sobresalientes. Y me march a estudiar al centro regional. Ingres en una universidad p?blica para convertirme en profesora de Matemticas e Informtica. Ten?a diecisiete a?os. Sal? del pueblo rumbo a la ciudad prcticamente sola. Mis padres rara vez pod?an darme dinero. Me ayudaba mi abuela. Cuando cobraba su pensin, apartaba una peque?a suma para mis gastos. Y eso era todo. Prcticamente no hab?a ninguna otra ayuda. Mi hermano tambin estudiaba en la universidad, en la misma que yo. A l a veces lo ayudaba mi abuelo. Viv?a con l porque su piso estaba cerca de la universidad. Yo, en cambio, ten?a que valerme casi siempre por m? misma. Y entonces comprend? otra cosa: si no hay dinero, hay que ganrselo de otra manera. As? que me esforc por estudiar lo bastante bien como para recibir dos becas. Tuve que ganarme literalmente la oportunidad de continuar con mis estudios. Aun as? no bastaba. Pero segu? adelante. Estudiar. Trabajos a tiempo parcial. Ahorrar. Y estudiar de nuevo. En verano trabajaba en una fbrica, en una tienda de comestibles. El sueldo era poco. Pero era m?o. Al mismo tiempo, ayudaba a mis padres con su primer peque?o negocio. En un momento dado, mam y pap dejaron sus empleos y decidieron probar a trabajar por su cuenta. Mi padre compr un coche barato de color rojo. Varias lecheras. Una desnatadora para procesar la leche y la nata y hacer requesn. Nuestra familia ten?a un poco de ganado propio, era prcticamente imposible sobrevivir en el pueblo sin l. Pero no bastaba. De modo que mis padres compraban leche a los vecinos, a la granja, a la gente com?n. Y empezaron a vender productos lcteos por los patios del centro de la ciudad. Ahora suena casi romntico. Pero por aquel entonces no ten?a nada de romntico. Era una lucha constante. Eran cuatro perras. Y esas cuatro perras daban para comer. A veces, para ropa. Y ahorraban para la construccin de la casa. Eso era todo. No hab?a ms ahorros. Ni grandes planes. Solo un d?a ms.




Primer amor


Termin el primer a?o de universidad. Pas a segundo. Ten?a dieciocho a?os. Y un d?a, una amiga y yo fuimos a un conocido bar de la zona llamado Prado. En aquel entonces no pensaba para nada en chicos. Ni un poco. Ten?a otros planes. Estudiar. Y volver a estudiar. Me encantaba la m?sica y bailar (en el colegio iba a clases de coro y de baile). La m?sica termin, empez la siguiente cancin, me apart del grupo de chicas y me dirig? hacia la salida, solo para tomar un poco de aire. Y all? lo conoc?. Mi primer novio. El hombre con quien pasar?a los siguientes cinco a?os. No sab?a entonces que estaba conociendo a mi primer amor. ?Y sabes lo que es el primer amor? Es cuando una persona pasa a formar parte de tu vida tan rpido que dejas de entender dnde termina l y dnde empiezas t?. Era guapo, educado, interesante. Trabajaba como capitn de altura y a menudo sal?a a la mar. Para m?, en aquel momento, aquello sonaba casi como una vida de pel?cula. Solo me llevaba dos a?os. Yo ten?a dieciocho. l, veinte. Hab?a tenido muchas novias antes de m?. Yo nunca hab?a tenido novio. l fue mi primero en todo. Y sab?a cmo encandilar. Muy bien. Me cuidaba. Me ayudaba econmicamente. Me apoyaba en lo moral. Estaba ah? para m?. Y yo lo amaba como, tal vez, solo puede amar alguien que le ha abierto de verdad su corazn a otra persona por primera vez. Le fui fiel. Incluso cuando se iba al mar. Incluso cuando estbamos lejos el uno del otro. Lo esperaba. Por aquel entonces, me parec?a que aquello era el amor. Que, sin duda, l se convertir?a en mi marido. Que era mi destino. A?n no sab?a que el destino a veces primero nos da a una persona a la que amamos con todo el corazn, y luego nos la arrebata para hacernos encontrar con nosotras mismas.




Cinco golpes


Pas el tiempo. Termin la universidad. Obtuve mi t?tulo como profesora de matemticas e informtica. Entr en el posgrado. Ya llevaba un a?o estudiando. Y entonces ocurri algo en mi vida que todav?a recuerdo como uno de los periodos ms terribles. No fue una sola tragedia. Fueron varias a la vez. Una tras otra.

Primero. Mi madre cay enferma. Un tumor cerebral. La enfermedad avanz con rapidez. Perdi la memoria. Perdi la salud. Poco a poco qued prcticamente incapacitada. Miraba a mi madre y no entend?a cmo pod?a siquiera estar pasando algo as?. Apenas ayer era una persona que trabajaba, cuidaba de todos, manten?a unida a la familia. Y ahora su salud se apagaba ante nuestros ojos. Mucho trabajo. Estrs. Pobreza. A?os de tensin constante. Parec?a que todo le hab?a pasado factura al fin.

Segundo. Mi abuela muri. La misma abuela que me ayudaba. Muri en mis brazos y en los brazos de mi t?o. Todav?a recuerdo aquel momento. Recuerdo la espuma que le sal?a de la boca. Recuerdo el miedo. Recuerdo la sensacin de absoluta impotencia. La quer?a much?simo. Y en ese instante, perd? a una persona que hab?a sido uno de mis pilares durante muchos a?os.

Tercero. Mi hermano estaba lejos. Despus de la universidad, sirvi en el ejrcito. Muchos chicos pasaron por eso. Y l tambin ten?a que cumplir con su deber. Pero para m? significaba una sola cosa: no estaba a mi lado.

Cuarto. Pap se march a otra ciudad a trabajar. Vender leche ya no daba los mismos ingresos. Cada vez aparec?an ms tiendas que vend?an leche ms barata, aunque no fuera de la mayor calidad. El peque?o negocio familiar empez a apagarse. Y mi padre volvi a marcharse para buscar trabajo.

Quinto. Y fue entonces cuando ocurri lo ms doloroso. Mi primer amor me traicion. Me fue infiel. Vi un mensaje de otra chica. Recuerdo ese momento. Y lo ms terrible es que l sab?a por lo que yo estaba pasando. Sab?a lo de la enfermedad de mam. Sab?a lo de la muerte de la abuela. Sab?a que pap estaba lejos. Sab?a que mi hermano estaba en el ejrcito. Lo sab?a todo. Y yo, en mi tercer a?o, lo hab?a esperado una vez durante un a?o entero mientras l estaba en el ejrcito. Le fui fiel. Y ahora, justo en este momento, me traicion. Me pidi perdn, se disculp durante mucho tiempo, se puso de rodillas, pero no pude perdonarlo. Muri a mis ojos. Y despus se march a otra traves?a.

Y me qued sola con mis golpes. Me qued sobre las ruinas de mi vida. Y me mor?a por dentro. Decir que viv? un estrs extremo es quedarse corta. Antes de esto, cre?a que ya hab?a visto mucho en la vida. Las enfermedades de mis familiares. Las ri?as y peleas de mis padres. Su casi divorcio. La traicin de amigos. Mi propia pelea con cinco chicas en el colegio, tras la cual termin prcticamente con sangre por todo el cuerpo. La ausencia de todo lo que un ni?o normal desear?a. Ahora a todo esto se le podr?a llamar peque?eces. Pero para un ni?o estas no son peque?eces. Sin embargo, todo aquello, comparado con lo que ocurri entonces, de verdad parec?a una peque?ez. Porque cinco golpes llegaron casi a la vez. Y casi acaban conmigo. Pero solo casi. Porque no me quedaba otra opcin que reunir todas mis fuerzas y actuar.




Salvacin


Primero, mam. Decid? que la salvar?a. No sab?a cmo. No sab?a de dnde sacar?a el dinero. No sab?a quin me ayudar?a. Pero ten?a que hacer algo. Con enorme dificultad, consegu? arrancar un cupo para una operacin en un instituto de investigacin de la capital con el mejor neurocirujano. Fui al departamento de salud. All? me mostraron un despacho entero lleno de pilas de hojas, donde todo el mundo esperaba su turno para la cirug?a. Lo entend?a todo, pero no ten?a ms opcin que rogar. Llorar. Pedir ayuda. Reun? documentos. Y volv? a pedir. Nos aprobaron el cupo para la cirug?a. El dinero para los otros gastos de mam se recaud no sin la ayuda de la gente. Familiares. Vecinos. Conocidos. Todos ayudaron como pudieron. Y por fin se llev a cabo la operacin. Operaron a mam. Poco a poco, a lo largo de seis meses, volvi al estado de una persona sana. No de inmediato. No fcilmente. Pero volvi. Por supuesto, hubo secuelas de la operacin; se da? una arteria de su cerebro y perdi la visin en un campo visual. Pero est viva, sali adelante. Y era algo con lo que pod?a vivir. Y entonces, por primera vez, sent? con total claridad: a veces una persona no tiene que ser fuerte sola. A veces la fuerza consiste en admitir que necesitas ayuda. Y en permitir que la gente te ayude.

Abuela. Enterramos a la abuela. Con familiares. Todo el pueblo. La quer?a much?simo. Que la tierra le sea leve.

Padre y hermano. Luego mi padre regres. Mi hermano termin su servicio y tambin regres. Regresaron por turnos. Y con cada regreso, sent?a un poco ms de alivio.

Por fin volv?a a haber gente en casa. Mam estaba viva. Padre regres. Hermano regres. Pero eso no resolv?a el quinto problema. Mi amor estaba destruido. Y entonces tom la primera decisin verdaderamente importante para m?. Decid? mudarme a la capital. Con mi t?a, la hermana de mi madre. Rara vez nos visitaba. Pero seg?n lo que entend?amos, era casi una persona de otro mundo. Era de la capital. Y la capital, para nosotros, era algo enorme, lejano y casi inalcanzable.




Dos t?tulos y un billete a la capital


Para entonces, estaba terminando mi maestr?a. Redactando mi tesis de maestr?a. Rindiendo los exmenes de Estado. En esa poca, compaginaba dos trabajos con los estudios de maestr?a. En la universidad, como especialista principal en el departamento cient?fico y profesora de anlisis matemtico para los estudiantes de primer a?o. Y los viernes, iba a un internado para ni?os con discapacidades a ense?arles matemticas. Conclu? con xito mi maestr?a; gracias a mi esfuerzo, logr aprobar los exmenes de Estado con las calificaciones ms altas y defender con xito mi tesis. Acto seguido, renunci a todos mis trabajos y compr de inmediato un billete de avin a la capital. Aquella noche hubo muchas lgrimas en mi casa. Les anunci a mis padres que me marchaba. Mam ya estaba en casa para entonces y se sent?a bien. Mi hermano hab?a conseguido un buen trabajo y acababa de casarse. Su esposa, embarazada, se mud con nosotros. Yo, por mi parte, les ped? prestado un poco de dinero a mis padres, que vendieron un par de vacas para darme algo de fondos, y luego prepar mi maleta. Tom mis dos t?tulos y vol a conquistar la capital. Sola. Eso era, en esencia, todo lo que ten?a. Dos t?tulos. Una maleta peque?a. Y un deseo enorme de cambiar mi vida. Cre? que lo peor ya hab?a quedado atrs. Qu equivocada estaba... Lo peor apenas comenzaba...




La capital que nunca vi


Llegu a la capital con dos t?tulos, mi peque?a maleta y la certeza de que ahora mi vida definitivamente cambiar?a. De inmediato quise trabajar en una universidad. Me parec?a lgico continuar con una carrera acadmica: matemticas, informtica, educacin y ciencia. Hab?a estudiado durante tantos a?os precisamente para eso. Pero la capital se encarg de explicarme muy pronto una cosa muy sencilla: aqu? a nadie le importaba cunto hubieras so?ado. Ten?as que empezar desde el lugar que te dieran. Y me dieron una escuela. Una escuela local en la periferia de la ciudad, donde viv?a mi t?a. Recuerdo mi primera impresin. Yo ven?a de un pueblo peque?o donde todos se conoc?an, donde los ni?os pod?an saludar a su maestra por la calle y los adultos sab?an de qu familia proced?a cada criatura. Aqu? era diferente. Los ni?os de la capital eran agresivos y arrogantes. Algunos de ellos, en quinto grado, se sab?an las palabrotas mejor que la tabla de multiplicar. Llegu all? como profesora de matemticas y de informtica. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que no me dejar?an ser solo profesora. Ten?a que serlo todo a la vez. Una profesora. Una psicloga. Una trabajadora social. Tutora de varias clases. A veces, una madre. A veces, una persona que simplemente deb?a escuchar a un ni?o. Llegaba a la escuela una hora antes de que empezaran las clases. Y a veces sal?a a las diez de la noche. Ten?a dos trabajos a tiempo completo. Con mi sueldo les compraba dulces a los ni?os, intentando establecer alg?n tipo de contacto. A veces aceptaban los dulces y aun as? se mostraban desagradecidos. Hab?a ni?os de familias desfavorecidas. S?, ese tipo de familias tambin existen en la capital. Me enojaba. Lloraba. Me agotaba. Volv?a a casa. Y por la ma?ana, iba de nuevo all?. Era como una pesadilla de la que resultaba imposible despertar. Y lo ms terrible: apenas vi la ciudad. Vine a conquistar la capital, pero solo conoc?a la ruta: casa, escuela, escuela, casa. Ni paseos, ni teatros ni museos, ni restaurantes, ni calles hermosas, nada de vida urbana en absoluto. Estaba tan ocupada sobreviviendo que ni siquiera tuve tiempo de asimilar con exactitud dnde estaba viviendo. Pero la escuela era solo la mitad del problema. La otra mitad me aguardaba en casa.




T?a


Mi t?a, la hermana de mi madre, result ser una persona sumamente dif?cil. Caprichosa. Exigente. Controladora. Ten?a sus propias reglas, sus propias convicciones y una cantidad enorme de quejas hacia m?. Esto no se hac?a as?. Aquello no estaba bien. No puedes ir all. No te relaciones con esta gente. No salgas a ning?n lado. Solo el apartamento y la escuela. Todo el dinero que ganaba se iba en comida, en el apartamento y en los gastos de ella. A veces consegu?a comprarme algo de ropa. Y eso era todo. Al mismo tiempo, la comprend?a. Ella misma era de pueblo. Tambin ella se hab?a escapado en su d?a a la capital. Se cas. Luego su marido falleci joven. Hab?a tenido una discapacidad durante toda su vida y no trabajaba; viv?a de una pensin de invalidez. Quiz su vida tampoco hab?a sido nada fcil. Cuando llegu, su vida se volvi un poco ms sencilla. Pero, a la par de eso, comenz a controlarme todav?a con ms fuerza. A los ocho meses, me dijo: "Elige. O vives as? y te lego mi apartamento, o te regresas al pueblo y te quedas sin nada. Y no se te ocurra volver". Me manipulaba. Y yo lloraba. Quer?a estar con mam. No deseaba vivir bajo un control tan total, ver descontento y miradas extra?as todos los d?as. No quer?a vivir solo para ella y quedarme esperando el man del cielo. Ya me encontraba en un estado emocional dif?cil; era mentalmente inestable. Y su presin constante me consum?a a?n ms por dentro. Deseaba volver a casa. Viv? con ella durante nueve meses. Trabaj en la escuela un a?o lectivo. Y regres. No vi verdaderamente la capital. Al menos, no la ciudad que hab?a imaginado. Y entonces decid? que, tal vez, la capital simplemente no era para m?. Cre?a que all? viv?a una clase especial de personas. Fuertes. Duras. Seguras de s? mismas. Y yo, tal vez, era demasiado dbil. Pensaba: "No ser parte de este mundo". Me equivocaba. Pero en aquel entonces a?n no lo sab?a.




El primer y ?ltimo regreso


Cuando tom el vuelo de regreso a casa, bes literalmente la tierra de mi pueblo. Qu bien me sent?a. Por fin volv?a a estar de verdad en casa. Pagu la deuda de mis padres, ayud a mi hermano con dinero (un regalo de bodas de mi parte) y hasta me qued un poco para m?. As? que decid?: ya est. Vivir cerca de mis padres. Consegu? de inmediato un empleo como profesora en el liceo del distrito. El trabajo era mucho ms tranquilo. El sueldo, regular. Y pens: "?Acaso necesito esta capital?". Estaba cerca de mis padres. Mam estaba viva y bien. Pap estaba en casa. Mi hermano hab?a vuelto del ejrcito, se hab?a casado y su esposa ya hab?a dado a luz a un ni?o. Yo ten?a trabajo. ?Qu ms necesitaba? Sin embargo, en mi interior fue asomando poco a poco un sentimiento que al principio intent ignorar. Comenc a perder el inters por esta clase de vida. No como ser humano, sino como la persona que yo era, que quer?a ms. Ten?a estudios. Ten?a experiencia. Sab?a que pod?a hacer ms. Pero cada d?a suced?a exactamente lo mismo. Escuela. Casa. Pueblo. Y otra vez la escuela. Al cabo de un tiempo, empec a hacerme preguntas: "?Esto es todo?". "?De verdad quiero pasarme toda la vida aqu??". "?Voy a trabajar en una escuela de pueblo, ganar un sueldo modesto, vivir con mis padres, mi hermano, su esposa y sus hijos?". "?Voy a pasarme toda la vida al servicio de la familia y olvidarme de m? misma?". Solo cab?a una respuesta: no. Pero qu hacer despus, no lo sab?a. Ya hab?a pasado por la traicin en el amor. Dejarlo marchar hab?a sido sumamente dif?cil. Sufr?a de un modo literalmente f?sico. Continuaba destrozndome por dentro a base de soledad y recuerdos. Pero, con el tiempo, el dolor empez a apaciguarse. Pas otro a?o. Gan experiencia como profesora en el liceo. Arm un buen expediente. Y por fin lo comprend?: ten?a que seguir adelante.




El primer "negocio"


Y entonces decid? abrir un negocio. El primero de mi vida. Ped? un prstamo considerable. Me compr un coche. Compr un puesto en el mercado. Me parec?a que lo hab?a pensado todo al detalle. Mi madre y yo fuimos a comprar ropa. Ella me ayud. Contrat a una dependienta. Y los fines de semana y d?as festivos, me pon?a yo misma detrs del mostrador. Miraba mi puesto y pensaba: Ya est. Ahora soy empresaria. Pero el negocio no despeg. En absoluto. La ropa no era la adecuada. La ubicacin no era la adecuada. El p?blico no era el adecuado. La gente entraba. Admiraba. Miraba. Preguntaba el precio. Y se marchaba. Les resultaba demasiado caro. La gente estaba acostumbrada a comprar cosas al precio ms bajo posible. Y yo traje mercanc?a que costaba dos o tres veces ms de lo que sol?an pagar. Lo entend? todo en unos tres meses. Tuve que cerrar el puesto. Lo vend? por la mitad de su precio. Y me qued con el prstamo. Finales de verano. Me sent y pens: Bueno, se acab. Ahora s? que no va a salir nada bien. Me llam est?pida a m? misma. Sin talento. Fracasada. Pens que lo hab?a arruinado todo otra vez. Menos mal que segu?a trabajando como profesora en paralelo. De lo contrario, sencillamente no habr?a tenido de qu vivir. Pero fue este fracaso el que, de manera inesperada, hizo algo muy importante por m?. Me oblig a detenerme por primera vez y a analizar mi propia vida. Me pregunt: ?Qu quiero?. No mis padres. No mis familiares. No la sociedad. No un hombre. No la escuela. Yo. ?Qu quiero *yo*? ?Cmo quiero vivir? ?Es este el final? ?O puedo empezar de nuevo? Me mir y me di cuenta: No quiero vivir as?. Pero ?qu hacer a continuacin? No lo sab?a. Pero decid?: al menos *algo*.




Red social


Me registr en una red social muy conocida. Para m? fue casi un acontecimiento. Mi primer novio me prohib?a usar las redes sociales. Mientras mis amigos pasaban horas en l?nea, yo ni siquiera pod?a comunicarme como es debido con la gente por all?. Pero ahora era libre. Y un d?a encend? el ordenador, no para trabajar, y abr? la red social. Solo para mirar. ?Qu pasaba all?, al fin y al cabo? ?Quin viv?a qu clase de vida? ?Qu hab?a de interesante? Y fue all? donde retom la comunicacin con uno de mis amigos. Era de mi pueblo, pero viv?a en la capital. Trabajaba como gerente en una empresa petrolera. Me escribi primero. Yo le respond?. Nos conoc?amos desde hac?a mucho tiempo, pero antes nuestras vidas hab?an ido en paralelo. Ahora se cruzaban de forma inesperada. Me pregunt cmo estaba. Se lo cont. Sobre el fracaso del negocio. Sobre el trabajo. Sobre la vida. Y al cabo de un tiempo, acordamos que yo volar?a a verlo. Me ofreci vivir con l y probar suerte por segunda vez. Por supuesto, acept. En aquel momento todav?a no entend?a hasta qu punto esa decisin cambiar?a mi vida. Pero quer?a intentar regresar a la capital otra vez, mudndome all? de forma permanente.




Segunda conquista de la capital


Vend? mi coche rpidamente. Pagu una parte del prstamo. Me registr en un sitio web de b?squeda de empleo. Y, literalmente en un solo d?a, encontr trabajo como profesora de matemticas en una buena escuela de la capital. Ya no era la periferia. Y aunque no era el centro de la ciudad, con el que ni so?aba, para m? supuso un enorme paso adelante. El sueldo prometido era unas tres veces ms alto que el anterior. No esperaba un milagro. Simplemente decid? intentarlo de nuevo. Me sub? a un avin. Vol hasta all?. l me recogi. Empezamos a vivir juntos. Como amigos. Los fines de semana pod?amos salir a alg?n sitio. Entre semana trabajbamos. Pero decir que me resultaba fcil ser?a mentir. Moral y psicolgicamente se me hac?a muy dif?cil. Porque l ten?a la esperanza de que hubiera una relacin. Y yo no. Era una buena persona. Buen trabajo. Buen sueldo. Apartamento. Buena educacin. Atento. Pero en mi interior hab?a un vac?o. Ya sab?a que el amor no se puede inventar. No quer?a usarlo. Pero tampoco quer?a fingir, y menos con alguien que se hab?a criado en el mismo patio que yo. Lo entend?a: l necesitaba a otra mujer. Y en ese momento, yo no necesitaba a nadie. Necesitaba sobrevivir. Necesitaba aferrarme a la capital. Con las manos. Con los pies. Con los dientes. Con lo que hiciera falta. No quer?a repetir mi vida anterior. No quer?a volver al pueblo. No quer?a depender otra vez de las circunstancias. Y desde luego no quer?a buscar a un hombre solo para casarme. Si eso era lo que hubiera querido, podr?a haberlo hecho en mi pueblo. Pero mi voz interior ni siquiera insinuaba el matrimonio. Dec?a algo completamente distinto: Primero convirtete en ti misma.




El multimillonario


Antes de volar a la capital a casa de mi amigo, conoc? a un hombre muy rico. Fue mi primer conocido multimillonario. La verdad es que me enter de ello mucho despus, por casualidad, cuando un d?a me puse a leer art?culos sobre l en internet. Nos conocimos en el bar ms famoso de una ciudad vecina. Hab?a volado hasta all? con unos amigos para una gran jornada de pesca. En aquella zona hab?a peces realmente grandes y deliciosos y, al parecer, por eso el grupo eligi ese lugar.

Aquella noche, simplemente la pasamos bien. Estaban mis amigos, sus amigos, hubo muchas conversaciones, risas y buen humor. Me dese un feliz cumplea?os y, de forma inesperada para m?, pag todos los gastos. Intercambiamos contactos. Al d?a siguiente vol a la capital. Y seguimos escribindonos. Al cabo de un tiempo, me invit. Le dije que viajar?a ms adelante. Y vol. Solo que no fui a verlo a l. Vol a casa de mi amigo de la infancia.

Pero ocurri que, mientras viv?a con mi amigo, a veces me ve?a con este hombre. Era extranjero, de Alemania. Yo sab?a un poco de alemn por la escuela y la universidad, as? que le hablaba en mi alemn bastante rudimentario. A veces enviaba un chfer a buscarme. Yo llegaba a uno de los hoteles ms famosos de la capital, me arreglaba all? y, despus, el chfer me recog?a y me llevaba a una fiesta privada. Pasbamos tiempo juntos. Me hac?a regalos. Al principio normales, luego cada vez ms caros. Un d?a me propuso hacer un viaje por carretera por Europa con l y sus amigos. Sonaba hermoso. Muy hermoso. Pero me negu. No porque no me gustara viajar. Y no porque no entendiera lo fuera de lo com?n que era esa oferta. Sencillamente me enter de que a veces consum?a drogas. Y eso me bast. No quer?a irme de viaje con un hombre junto al cual pudiera encontrarme en una situacin que no pudiera controlar. Al margen del dinero, las oportunidades y los lugares hermosos que hubiera detrs de esa propuesta, para m? esto era ms importante. Acept mi negativa con calma. Seguimos comunicndonos a veces por las redes sociales, pero la relacin nunca lleg a ser nada ms.

Y, a decir verdad, ni siquiera percib? esta historia como algo extraordinario. Porque no hab?a volado a la capital por l. No buscaba a un hombre rico. No hac?a planes en torno a su dinero. No intentaba meterme en su mundo. Solo hab?a volado para construir mi nueva vida, alojndome en casa de un amigo de la infancia. Pero jams pens que volar?a a la capital a casa de mi amigo con el objetivo de conocer luego a un multimillonario. No. No ten?a ning?n plan semejante. Simplemente segu? viviendo mi vida. Y entonces, de la manera ms inesperada, aparecieron en esa vida un multimillonario, un chfer, fiestas privadas, regalos caros y una propuesta para viajar por Europa. Y, tal vez, lo ms interesante de toda esta historia ni siquiera sea que l fuera multimillonario.

Sino que vi con claridad por primera vez que el dinero puede abrirte casi cualquier puerta, pero no todas las puertas son las que necesitas. Yo segu?a buscando mi vida. No la de otra persona. La m?a. Y todav?a no sab?a que muy pronto volver?a a cambiar.




Huida del apartamento de mi amigo


Pasaron dos meses. Septiembre. Octubre. Y no dejaba de hacerme la misma pregunta: ?Y ahora qu?. Sab?a que ya no quer?a seguir viviendo as?. No me gustaba esta vida, ni depender del espacio de otra persona, ni la sensacin de no estar donde se supon?a que deb?a estar. Y cada vez ms a menudo me sorprend?a pensando: *Es una buena persona. Pero esta no es mi vida.* Y entonces se me ocurri algo. Le escrib? a mi prima tercera y la invit a la capital, solo de vacaciones, una semana. Ella acept encantada. Yo sab?a que tambin quer?a cambiar algo en su vida. Y de pronto pens: ?Por qu no lo hacemos juntas?. Ella lleg. Y fue en ese momento cuando realmente vi la capital por primera vez. Antes de eso, apenas me hab?a fijado en la ciudad. Trabajaba. Trabajaba constantemente. No ten?a tiempo para pasear sin ms, mirar a mi alrededor, entrar en lugares bonitos, examinar edificios, sentir el ambiente de las calles. Pero ahora ten?a a alguien con quien quer?a hacer todo eso. Pasebamos todos los d?as al salir de mi trabajo. Recorr?amos el centro. Mirbamos los edificios antiguos. Descubr?amos rincones preciosos. Nos re?amos. Hablbamos de todo. Y, poco a poco, empec a ver la ciudad con otros ojos. De repente me di cuenta: *La capital no es tan dura. La gente no es tan fr?a. La ciudad es hermosa. Y aqu? de verdad hay much?simas oportunidades.* Era solo que antes no hab?a tenido tiempo de verlo. No era la ciudad lo que me faltaba. Era mi propia vida dentro de esta ciudad. Y con mi prima, sencillamente, congeniamos. Y durante esa semana tomamos una decisin: ella se mudar?a conmigo. Volvi a su casa para trabajar dos semanas ms, renunciar a su empleo y terminar de resolver sus asuntos. Y yo me qued sola. Y fue entonces, creo, cuando algo hizo clic en mi interior. Un d?a llegu a casa ms temprano de lo habitual. Y de repente sent? miedo. No por lo que pudiera pasar si me marchaba, sino porque, si me quedaba en ese momento, volver?a a cambiar de opinin. As? que no lo pens demasiado. Hice las maletas. Ped? un taxi. Y me fui. Simplemente me fui. Sin explicaciones. Sin largas conversaciones. Sin intentar cerrar las cosas con elegancia. Simplemente met? mi vida en unas maletas y sal? de ese apartamento. Y por la noche, desde mi nuevo apartamento, lo llam y le dije: Me fui. Y no voy a volver. Este fue el primer plan en mi vida que no solo ide. Lo ide y lo llev a cabo. Al hacerlo, me sent? a la vez ms ligera y ms aterrorizada. Ms ligera porque por fin hab?a hecho lo que llevaba tanto tiempo queriendo hacer. Ms aterrorizada porque ahora la decisin estaba tomada. Ya no hab?a marcha atrs. Por dentro, sent?a ansiedad. Miedo. Un estrs abrumador. Y una falta total de comprensin: ?Y ahora qu?. Todav?a no sab?a dnde vivir?a despus. No sab?a de qu vivir?a. No sab?a qu pasar?a con mi trabajo. No sab?a cmo cambiar?a mi vida. Pero, por primera vez, sab?a una cosa con certeza: ahora esta era mi vida. Y, tal vez, fue a partir de ese momento cuando por fin empez a pertenecerme de verdad.




Cinco chicas, un apartamento


Cuando me fui de casa de mi amigo, no ten?a un plan ideal. No ten?a, para nada, unas condiciones ideales. Empec a vivir con cuatro chicas a las que apenas conoc?a, en un apartamento de dos habitaciones casi en el centro de la capital. Cinco chicas. Dos habitaciones. Una cocina. Un ba?o. Y vidas completamente diferentes que de alg?n modo ten?an que encajar en un solo espacio. Mientras mi prima terminaba sus asuntos en su ciudad natal, el apartamento estaba atestado. Los precios de una vivienda decente eran demasiado altos y yo no pod?a permitirme un apartamento aparte. As? que tuve que vivir as?. Aunque, a decir verdad, lo eleg? yo misma. Eleg? la libertad en lugar de la comodidad. Segu? trabajando como profesora. Llegaba a casa y me encontraba con cuatro chicas casi desconocidas, con ruido, conversaciones, cosas ajenas y una constante sensacin de estrechez. Esto no se parec?a en nada a la hermosa vida nueva que me hab?a imaginado. Pero era mi vida. Y un d?a ocurri algo que entonces percib? casi como un milagro. A una de las chicas le ofrecieron de improviso un trabajo en el extranjero. Llevaba mucho tiempo esperndolo. Y acept casi de inmediato. Se march. Y yo mir ese espacio vac?o y pens: Dios me ayud. Ahora mi prima ten?a un lugar al que llegar. Termin sus asuntos, vol hacia m? y encontr trabajo casi enseguida. Y empezamos a vivir juntas. Entre semana, trabajbamos. Despus del trabajo, a veces sal?amos a caminar. Los fines de semana ?bamos de nuevo al centro. Y poco a poco empec a conocer la ciudad. No la que sol?a ver desde la ventanilla del autob?s escolar. No aquella por la que pasaba de camino al trabajo. Sino la de verdad. Con sus calles hermosas. Con la gente. Con cafeter?as, plazas, parques y edificios antiguos. Con oportunidades que antes simplemente no hab?a notado. Empec a sentirme no como alguien que hab?a acabado en la capital por casualidad, sino como alguien que de verdad vive aqu?. Por supuesto, ten?a miedo. Por supuesto, a veces quer?a dejarlo todo. Pero todos los d?as me dec?a lo mismo: Solo trabaja. Solo sigue avanzando. No hac?a falta saber de inmediato cmo terminar?a este camino. No hac?a falta tener un plan ideal. Solo necesitaba vivir el d?a de hoy. Luego el siguiente. Luego otro ms. Y gradualmente, a partir de estos d?as ordinarios, empez a formarse una nueva vida. No la que alguien me ofreci. No la que obtuve a travs de una relacin. No la que alguien construy para m?. Empec a construirla yo misma. Aunque por ahora fuera en un apartamento de dos habitaciones. Aunque fuera con cuatro chicas desconocidas. Aunque fuera con ansiedad, incertidumbre y poqu?simo dinero. Pero este fue mi primer paso real hacia una vida independiente. Y en aquel entonces todav?a no comprend?a lo importante que resultar?a ser.




Dos a?os


Me llev dos a?os. Dos a?os no solo para cambiar mi vida por fuera, sino para empezar a cambiarme a m? misma por dentro. Un lugar nuevo. Un trabajo nuevo. Un ascenso. Gente nueva y conocidos. Libros. Aprendizaje. Psicoterapia. Y una enorme cantidad de trabajo interior. Cambi exteriormente, cambi mi estilo por completo, empec a lucir diferente, a desenvolverme de otra manera. Pero los cambios internos fueron mucho ms importantes. Empec a trabajar en mi forma de hablar. En mi comportamiento. Aprend? a controlar mis emociones. A no tener rabietas. A escuchar. Y lo ms importante, a o?r de verdad. Aprend? a ser emptica. A observar a las personas interesantes. A fijarme en cmo hablan, cmo reaccionan ante situaciones dif?ciles, cmo se comportan con los dems. Y si ve?a algo bueno en una persona, trataba de emularlo. Poco a poco dej de reaccionar ante la vida de forma automtica. Empec a pensar. A observar. A elegir mis reacciones. Y un d?a me sorprendi una sensacin muy simple: hab?a madurado. No me hab?a vuelto perfecta. No me hab?a convertido en una persona que jams vuelve a equivocarse. Solo me sent? ?ntegra por primera vez. Dej ir el pasado. No porque lo hubiera olvidado, sino porque ya no me controlaba. Hab?a pasado el tiempo suficiente como para poder mirarme a m? misma y mirar a los dems de una manera completamente distinta. Empec a leer. Mucho. Much?simo. A veces, al cerrar otro libro, me quedaba sentada pensando: Dios m?o... ?por qu no hice esto antes?. De los libros que realmente resonaban en m? extra?a ideas concretas, herramientas y pensamientos, y comenzaba a aplicarlos en la vida. Algunos de ellos sigo usndolos hoy. Y cuanto ms le?a, ms entend?a algo curioso. En otro tiempo cre? de verdad que ya lo sab?a todo: que era lo bastante mayor, que ten?a suficiente experiencia, que ya comprend?a a las personas, las relaciones y la vida. Qu ingenua era. Pero con el tiempo me di cuenta: no hay nada de malo en ello. Porque lo que importa no es quin fuiste. Ni cuntos errores cometiste. Ni cuntas veces elegiste a la persona equivocada. Y ni siquiera cunto tiempo perdiste. Lo principal es qu haces despus de haberlo entendido. Segu? avanzando. Y por primera vez en mi vida, ya no necesitaba huir del pasado. Simplemente caminaba hacia convertirme en m? misma.




Aprend? a ganar


Poco a poco, la capital empez a cambiar para m?. O tal vez fui yo quien cambi. Porque la ciudad segu?a siendo la misma. Las mismas calles. Los mismos edificios. La misma gente. Sencillamente, ahora ya no miraba a la capital de abajo hacia arriba. Empec a crecer. Primero, me ascendieron a subdirectora de operaciones. En esencia, era un puesto de ayudante de direccin, pero con una enorme cantidad de responsabilidades. Pero ni siquiera eso me bastaba. Segu? estudiando. Dos t?tulos ya no me parec?an suficientes, as? que decid? obtener un tercero. Me matricul en un instituto de la capital en una especialidad relacionada con la gestin de centros educativos. Un a?o despus, me gradu con honores. Despus de eso, me nombraron subdirectora de asuntos estudiantiles. Adems, supervisaba el programa de educacin extraescolar de la escuela. Me subieron el sueldo. Y recuerdo esa sensacin. Estaba orgullosa de m? misma. En su momento, hab?a llegado a la capital con una maleta peque?a y dos t?tulos. Y ahora era directiva. Ten?a un buen sueldo. Pude pedir una hipoteca para un piso. Empec a amueblar mi espacio, a crear calidez en mi piso. Pod?a viajar, ir a la cosmetloga, comprarme lo que quisiera sin pedir permiso a nadie ni explicar por qu lo necesitaba. Me estaba convirtiendo poco a poco en la persona que alguna vez me hab?a imaginado ser, sentada en una casita de pueblo. En aquel entonces, me parec?a: si alguna vez logro vivir exactamente as?, habr ganado. Y realmente gan. Aprend? a sobrevivir. Aprend? a ganar dinero. Aprend? a trabajar. Aprend? a liderar. Aprend? a tomar decisiones. Aprend? a no tenerle miedo a una gran vida. Y una noche, me sorprend? con un pensamiento completamente inesperado: ?Y ya est?. Me detuve. Todo parec?a haber salido bien. Hab?a conquistado la capital. Consegu? un buen trabajo. Alcanc un puesto. Obtuve un tercer t?tulo. Compr un piso. Cre una vida con la que antes solo pod?a so?ar. Cumpl? todo lo que me hab?a prometido. Pero ?por qu resonaba de nuevo en mi interior esa pregunta: ?Y ya est?? Faltaba algo. Todav?a no entend?a qu exactamente. No era ingratitud. No hab?a ninguna sensacin de que mi vida fuera mala. Al contrario. Era buena. Sencillamente, de pronto comprend? una cosa: una meta que un d?a parec?a una cumbre se convierte en un punto ms del camino. Hab?a logrado aquello por lo que tanto tiempo hab?a trabajado. Y ahora necesitaba averiguar: ?hacia dnde voy ahora? No sab?a la respuesta. Pero esta vez no me asust. Simplemente me dije: Ya se ver. Y segu? viviendo. Porque ya sab?a: a veces la siguiente curva aparece justo cuando dejas de buscarla.




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   ,     (https://www.litres.ru/book/uliana-sunny/a-traves-de-los-hombres-a-mi-misma-74537427/)  .

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