El Vaticano
 


Una mujer cae muerta ante decenas de turistas en la Capilla Sixtina. Sus documentos dicen que es ciudadana estadounidense. Su pasado, sin embargo, conduce a Rusia. Y su ?ltima misin, a una carpeta que nadie consigue encontrar.

La muerte de Anna Samsonova desencadena una investigacin en la que agentes estadounidenses, un investigador ruso y las autoridades italianas y vaticanas se ven obligados a colaborar mientras ocultan sus propias preguntas. Cada testimonio abre una nueva contradiccin. Cada pista acerca a los investigadores a alguien dispuesto a matar para mantener el silencio.

En un lugar donde la fe convive con el poder, la verdad tiene un precio. Y no todos llegarn vivos al final.

EL VAICANO: una novela de espionaje, intriga y decisiones morales en la que el mayor peligro no siempre viene del enemigo.





 

El Vaticano



EL VAICANO

Cap?tulo 1. La misin

Sede de la CIA en la Embajada de Estados Unidos en Roma

Via Vittorio Veneto, 121, Roma

21 de abril de 2025

La carta constaba de apenas unas l?neas.

Y fue precisamente eso lo que inquiet al jefe de la estacin ms que si el desconocido hubiera enviado una extensa exposicin de sus intenciones, una lista de exigencias y pruebas de estar al corriente de todo. Quienes pose?an algo verdaderamente valioso rara vez malgastaban las palabras. Quienes pretend?an enga?ar a los servicios de inteligencia, en cambio, sol?an hablar demasiado.

En la pantalla del ordenador, el mensaje resultaba casi indecentemente sencillo. Sin firma, sin direccin de respuesta, sin explicaciones. Tan solo una propuesta escueta, como si se tratara de entregar un malet?n olvidado en el vest?bulo de un hotel.

Estoy dispuesto a entregar una carpeta con documentos que constituyen secretos de Estado de la Federacin de Rusia a la ciudadana estadounidense A. N. Samsnova, en el Vaticano, dentro de la Capilla Sixtina, el domingo 4 de mayo de 2025, entre las 12:00 y las 13:00.

Por su parte, debern garantizar el anonimato absoluto. Si se establece vigilancia o se intenta seguirme, el mensajero no recibir los documentos.

A. N. Samsnova me conoce personalmente y puede reconocer mi rostro. No hacen falta contrase?as ni otras tonter?as.

Espero que esto les sea de ayuda.

Un bienintencionado.

El jefe de la estacin ley el mensaje dos veces. Despus mir el reloj. Eran exactamente las doce, hora de Roma.

No le gustaba aquella expresin: un bienintencionado. Ten?a algo de teatral, casi de burla. Pod?a firmar as? alguien que no quisiera revelar su nombre. O alguien que deseara, precisamente, que el destinatario se detuviera a pensar en ello.

Impr?malo le dijo al empleado de la mesa contigua. Y no lo reenv?e a nadie ms hasta que haya revisado las cabeceras.

Ya estamos rastreando la ruta del mensaje.

Hganlo. Pero no finjan que la ruta nos dar la respuesta.

Se levant, se acerc a la ventana y apart un extremo de la persiana. En la calle transcurr?a la vida cotidiana de Roma: los esc?teres zigzagueaban entre los coches, la gente conversaba junto a los cafs y los turistas fotografiaban fachadas sin sospechar cuntas decisiones sobre vidas ajenas se tomaban en los edificios por los que pasaban. El sol se reflejaba en los cristales, y la ciudad parec?a inveros?milmente tranquila.

En Roma, un secreto pod?a perderse fcilmente entre milenios de secretos ajenos.

El jefe de la estacin regres a su escritorio.

Samsnova pronunci en voz baja. ?Por qu precisamente ella?

El empleado no respondi. Sab?a que aquella pregunta no iba dirigida a l.

* * *

Para el mediod?a, el mensaje ya hab?a salido rumbo a Estados Unidos por un canal seguro. En McLean, Virginia, lo imprimieron y lo colocaron sobre el escritorio del director de la Agencia Central de Inteligencia. La versin electrnica ocupaba unas cuantas l?neas; sobre el papel parec?a todav?a ms breve. Quedaba demasiado espacio en blanco, como si su autor lo hubiera reservado adrede para unas preguntas que no pensaba contestar.

A las nueve de la ma?ana, hora local, comenz la reunin del Departamento del Este. Cerraron la puerta de la sala. Los telfonos quedaron fuera. Sobre la larga mesa hab?a carpetas, y en la pared no se ve?an mapas ni los esquemas habituales: solo una pantalla con el texto de la carta.

El director no ofreci caf a los presentes ni se entretuvo en formalidades. Apoy la palma de la mano sobre la hoja.

?Qu sabemos de Anna Nikolievna Samsnova?

El responsable del rea de Rusia abri una carpeta, pero no habl enseguida. En aquella sala hab?a personas acostumbradas a valorar no solo lo que se dec?a, sino tambin las pausas entre las palabras. Todos advirtieron su vacilacin.

Est bajo nuestra proteccin desde 2022. Seg?n su documentacin de cobertura, es ciudadana estadounidense. Reside en Virginia. Colabora con la Agencia. Antes de trasladarse aqu? trabajaba en un centro cient?fico ruso, dedicada a la investigacin virolgica.

Eso ya lo sabemos dijo el director. Pregunto por qu el desconocido la ha elegido a ella.

Porque la conoce personalmente. Al menos eso afirma el autor de la carta.

El autor afirma muchas cosas. La cuestin es cules son ciertas.

El director levant la mirada hacia los dems.

No sabemos quin escribi la carta ni siquiera si esos documentos existen. No sabemos por qu ha elegido el Vaticano ni qu significa eso de Samsnova conoce mi rostro. Pero s? sabemos que est convencido de poder obligarnos a jugar seg?n sus reglas.

Si se trata de una provocacin observ uno de los funcionarios, est dise?ada para sacarla de su vigilancia habitual y llevarla al lugar elegido por el desconocido.

Exactamente.

Entonces no deber?amos enviarla.

?Y si los documentos son autnticos? pregunt el responsable del rea de Rusia. ?Vamos a renunciar a informacin a la que no tenemos acceso solo porque un desconocido haya fijado el encuentro?

No tenemos por qu renunciar respondi el director. Pero s? debemos comprender qu arriesgamos.

Apart la carta y abri el expediente. En la primera pgina aparec?a la fotograf?a de una mujer joven. Fondo neutro, mirada directa, el cabello retirado del rostro. Nada extraordinario, salvo que la imagen era incapaz de transmitir la impresin que produc?a alguien a quien nadie podr?a obligar a olvidar lo que hab?a visto.

Empecemos desde el principio. Y nada de abreviaturas que sirvan para esconder los detalles incmodos.

La secretaria reparti copias del expediente personal entre los asistentes.

* * *

Expediente de Anna Nikolievna Samsnova

Nacida en San Petersburgo el 14 de octubre de 1990. Padre: Nikoli Grigrievich Samsnov, oficial de los rganos de seguridad del Estado, fallecido en mayo de 2008 en Chechenia en circunstancias que nunca se aclararon del todo a la familia. Fue enterrado en un ata?d cerrado. Madre: Vernika Serguievna Samsnova, de soltera Lev?tskaya, fallecida en 2020 al comienzo de la pandemia.

Termin la escuela secundaria con medalla de oro. En 2007 ingres en la Facultad de Biolog?a de la Universidad Estatal de Mosc?, Departamento de Virolog?a. Su trabajo de fin de carrera trat sobre el anlisis molecular y gentico de aislados de flavivirus que circulaban en el territorio de la Federacin de Rusia. En 2012 obtuvo el t?tulo con honores.

Despus de graduarse, fue contratada como investigadora j?nior en el Centro Cient?fico Federal M. P. Chumakov de Investigacin y Desarrollo de Preparados Inmunobiolgicos, perteneciente a la Academia de Ciencias de Rusia. Cinco a?os ms tarde, tras defender su tesis doctoral, ascendi a investigadora y obtuvo acceso a proyectos clasificados.

Destaca por una memoria extraordinaria. Es capaz de reproducir con gran exactitud importantes cantidades de informacin visual. Habla ingls, italiano y portugus. Se interesa por el arte y visita exposiciones y museos.

En 2020, despus de la muerte de su madre, fue reclutada por una fuente de la Agencia identificada con el n?mero de cdigo 923-349. El 1 de julio de 2022 abandon clandestinamente la Federacin de Rusia a travs de una ruta georgiana, con ayuda de los servicios de inteligencia estadounidenses. Entreg documentos con informacin clasificada por la parte rusa como secreto de Estado. Posteriormente fue incorporada al programa de proteccin de testigos, recibi una nueva identidad y obtuvo la ciudadan?a estadounidense.

En Rusia figura como desaparecida. No ha perdido formalmente la ciudadan?a rusa. No se han identificado familiares que mantengan contacto con ella. Soltera. Mantiene una relacin con un joven empresario que, seg?n los datos disponibles, no tiene v?nculos con los servicios de inteligencia estadounidenses.

Permanece bajo vigilancia no oficial constante de la Agencia.

* * *

Cuando la ?ltima pgina qued sobre la mesa, nadie habl de inmediato. En aquellas salas, el silencio rara vez significaba ausencia de ideas. Ms bien, cada uno trataba de decidir cul de ellas era la ms peligrosa.

Su padre era un agente de seguridad del Estado que muri en circunstancias poco claras dijo uno de los analistas. Su madre falleci al comienzo de la pandemia. Unos meses despus, Samsnova se convierte en nuestra fuente. Es posible que la tragedia personal la volviera vulnerable.

Es posible respondi el director. O quiz se apresure usted demasiado a explicar su decisin mediante la psicolog?a. No tenemos derecho a considerar predecible a una persona solo porque haya perdido a sus seres queridos.

La reclutaron en 2020 record el responsable del rea. No se limit a entregarnos documentos. Accedi a abandonar su pa?s y empezar de cero.

Y ahora alguien sabe dnde encontrarla.

La ?ltima frase son ms baja que las anteriores, pero fue precisamente entonces cuando todos volvieron la vista hacia la carta.

Si el autor la conoce personalmente dijo el analista, pudo haber estado vinculado con su antiguo trabajo. O con su padre. O con los hechos que la llevaron a aceptar nuestra colaboracin.

Tres hiptesis repuso el director. Y ni una sola pista que nos permita elegir entre ellas.

Nos quedan dos semanas hasta el encuentro.

Nos quedan trece d?as para decidir si la enviaremos all?. No confunda el calendario con el tiempo real que tenemos para prepararnos.

Se volvi hacia el responsable del rea de Rusia.

?Qu puede decirme de sus motivos?

El hombre pas varias pginas.

Seg?n las entrevistas, su decisin no obedeci ?nicamente al dinero ni a la ideolog?a. Cre?a que en el centro suced?a algo sobre lo que no le estaban contando toda la verdad. Despus de perder a su madre se volvi ms reservada. Aun as?, no daba la impresin de ser una persona impulsiva. Al contrario: observ durante mucho tiempo, contrast los hechos y solo entonces acept establecer contacto.

Es decir, pod?a saber lo que hac?a dijo el director.

S?.

Y tambin pod?a equivocarse.

S?.

Bien. Entonces no vamos a convertirla en una hero?na ni a tratarla como un pen. Necesitamos conocer a una persona, no a la leyenda que nosotros mismos nos hayamos inventado.

Cerr el expediente, pero dej la fotograf?a ante l.

Preparen una evaluacin de riesgos por separado. Comprueben los posibles v?nculos del autor de la carta con el antiguo entorno de Samsnova. No intenten contactar con el supuesto mensajero. Nada de iniciativas individuales sobre el terreno. Y, sobre todo, no revelen a Samsnova el contenido de la carta hasta que hayamos tomado una decisin.

?Por qu? pregunt uno de los presentes. Si lo conoce, su reaccin podr?a ayudarnos a identificarlo.

Precisamente por eso. No sabemos qu suceder cuando vea su nombre o su rostro. Y, si el desconocido cuenta con su reaccin, cualquier advertencia nuestra podr?a alterar las condiciones del encuentro.

Pero ella tendr que aceptar el viaje.

Por supuesto. No la llevaremos al Vaticano contra su voluntad. Primero averiguaremos qu est dispuesta a hacer y qu recuerda de las personas que dej en Rusia.

El director hizo una pausa.

Y no lo olviden: el desconocido no ha elegido un lugar cualquiera. Ha elegido uno en el que cualquiera de nuestros movimientos resultar visible. La Capilla Sixtina no es un almacn vac?o donde podamos meter a alguien y cerrar la puerta. All? siempre hay visitantes, empleados, guardias, cmaras y miles de testigos accidentales. Si pretende pasar inadvertido, ?por qu elige precisamente ese lugar?

Quiz porque sabe que no podremos controlar el espacio respondi el analista.

O porque es all? donde Samsnova tiene que verlo.

Entonces no controla el lugar. La controla a ella.

El director mir al hombre que acababa de hablar.

Eso es lo que debemos comprobar.

* * *

Anna Nikolievna Samsnova llevaba casi tres a?os viviendo en Virginia, pero a veces despertaba con la sensacin de seguir en su antiguo apartamento. Durante los primeros segundos de vigilia, la memoria no le devolv?a las paredes ni los muebles, sino los sonidos: el zumbido del viejo ascensor, unos pasos en el rellano, el rumor lejano de los coches al otro lado de la ventana. Despus llegaba la certeza: aquella ya no era su casa, ni su pa?s, ni su vida.

Hab?a aprendido a no demorarse en esos instantes. En su nueva existencia conven?a no recordar durante demasiado tiempo.

Ten?a otro nombre en los documentos, otra direccin, la costumbre de vigilar los reflejos en los escaparates y de no hablar de s? misma ms de lo imprescindible. Le dec?an que la vigilancia era necesaria para protegerla. A veces lo cre?a sin reservas. Otras veces pensaba que la seguridad no era sino otra manera de llamar a una jaula cuando la llave estaba en manos ajenas.

No se consideraba una v?ctima. Hacerlo habr?a significado eludir su responsabilidad. En alg?n momento hab?a tomado una decisin por voluntad propia y nadie pod?a librarla de responder por ella. Pero haber elegido no eliminaba el precio. Su pasado hab?a quedado al otro lado de la frontera, y su futuro estaba ligado a personas en quienes no pod?a confiar del todo.

Se hab?a acostumbrado a la soledad. No era tan temible como los recuerdos que regresaban sin previo aviso. A veces su memoria le parec?a un castigo. Pod?a olvidar el olor de una ciudad desconocida si no se esforzaba por retenerlo, pero era incapaz de borrar de su mente la pgina de un documento, una frase casual o la expresin de alguien que una vez le hab?a mentido.

Recordaba especialmente bien los rostros.

Aquella capacidad ya hab?a llamado la atencin en la universidad. Al principio, los profesores la consideraban una cualidad ?til; despus, sus colegas empezaron a bromear con que a Anna le bastaba ver a alguien una sola vez para reconocerlo diez a?os ms tarde. A ella no le gustaba aquel don. Los rostros no quedaban grabados en su memoria como fotograf?as, sino como un conjunto de rasgos min?sculos: el dibujo de los labios, la costumbre de inclinar ligeramente la cabeza, la asimetr?a de las cejas, una mirada que permanec?a fija en su interlocutor una fraccin de segundo ms de lo necesario.

La gente cre?a que lo recordaba todo porque pose?a una inteligencia fuera de lo com?n. No comprend?an que hab?a cosas que habr?a preferido olvidar.

Aquel d?a pensaba pasar varias horas en un museo. Le gustaba contemplar los cuadros sin tener que explicar por qu le atra?an. En el arte, no todo exig?a una respuesta. A veces bastaba con permanecer frente a un lienzo y sentir que, durante unos instantes, la propia vida dejaba de ser el ?nico objeto de reflexin.

El telfono vibr.

El mensaje era breve: le ped?an que acudiera a una reunin a la hora se?alada. Sin explicaciones ni detalles. Anna lo ley una vez y luego otra. La convocatoria no la sorprendi; ya hab?a recibido solicitudes semejantes. Pero la formulacin le pareci inusualmente cautelosa. Como si quien la hubiera escrito quisiera comunicarle algo importante y, al mismo tiempo, reservarse la posibilidad de negar que hubiera comunicado nada.

Dej el iPhone sobre la mesa.

Tras la ventana avanzaban las nubes. La sombra de un rbol se deslizaba lentamente por la casa vecina. En un d?a normal, Anna habr?a memorizado aquella imagen sin el menor esfuerzo. Ahora la contemplaba mientras pensaba cuntas personas en el mundo pod?an devolver a alguien a su pasado con un solo mensaje.

Todav?a no sab?a qu iban a proponerle. Tampoco sab?a que en Roma ya hab?a una carta en la que figuraba su nombre.

Pero la inquietud hab?a llegado antes que cualquier explicacin.

* * *

En McLean, la reunin estaba a punto de terminar. Los participantes ya hab?an recogido sus papeles, pero el director no les permiti levantarse.

Hay otro problema dijo. En la carta, el autor no pide dinero, asilo, garant?as para su familia ni que lo saquemos del pa?s. No aporta pruebas de la autenticidad de los documentos. No exige una conversacin previa. Solo pide una cosa: que no lo vigilemos ni lo sigamos.

Sabe que no podemos garantizarle semejante condicin observ el responsable del rea.

Entonces, ?por qu la impone?

Para comprobar si obedecemos.

O para obligarnos a elegir entre los documentos y el control a?adi otro funcionario.

El director asinti despacio.

Y hay algo ms. Se refiere a Samsnova como ciudadana estadounidense. No como fuente, ni como antigua empleada de un instituto ruso, ni como persona bajo proteccin. Solo como ciudadana estadounidense. Puede ser una formalidad. Puede ser un detalle deliberado. Pero el autor conoce el lugar que ocupa ella dentro de nuestro sistema.

Puede que sepa mucho ms.

S?. Y, hasta que no averig?emos cunto ms, no permitiremos que ninguna suposicin se convierta en una decisin.

Volvi a tomar la fotograf?a de Samsnova. En la imagen, Anna miraba directamente a la cmara, sin sonre?r. Su rostro no expresaba desaf?o ni sumisin. Solo la serenidad de alguien acostumbrado a evaluar a su interlocutor antes de responder.

?Alguno de ustedes la ha conocido personalmente? pregunt el director.

El responsable del rea contest:

Yo, dos veces. Es prudente, pero no parece alguien que viva temiendo a todo el que se cruza por su camino. Escucha con atencin, hace preguntas precisas y rara vez habla de ms.

?Y cuando le hacen una pregunta que no quiere contestar?

Responde a otra.

Varios sonrieron, pero el director permaneci serio.

Entonces sabe defenderse. Eso est bien. Aunque, a veces, las defensas nos impiden advertir el peligro.

Devolvi la fotograf?a a la carpeta.

Organicen una reunin con Samsnova. No le revelen los detalles de la carta. D?ganle que hemos recibido informacin sobre un posible contacto con alguien de su pasado. Veamos qu cuenta por iniciativa propia. El jefe del Departamento de Europa Oriental se encargar de preparar la operacin y me informar personalmente. Ninguna etapa avanzar sin autorizacin previa.

?Nombre en clave? pregunt la secretaria.

El director mir la carta que descansaba sobre el expediente.

Vaticano.

La palabra qued suspendida en el silencio de la sala. No son como el nombre de un lugar, sino como el de una misin que ya ten?a sus propias reglas y un autor desconocido.

?Alguna objecin? pregunt el director.

Nadie respondi.

Entonces, manos a la obra.

* * *

Unos minutos despus, los asistentes se marcharon. Cuando se cerr la puerta tras el ?ltimo de ellos, en la sala solo quedaron el director y el responsable del rea de Rusia.

?Cree que aceptar? pregunt este.

Si piensa que el encuentro guarda relacin con su pasado, probablemente.

?Y si se niega?

Entonces averiguaremos por qu. No vamos a empujarla hacia la respuesta que ms nos convenga.

El responsable dud un instante.

Hay otra circunstancia. Si ese hombre realmente la conoce, pudo haberla observado antes de que abandonara Rusia. O haber obtenido informacin despus.

Lo dice como si fueran dos posibilidades distintas.

La primera significa que estuvo cerca de ella en Rusia. La segunda, que tiene acceso a informacin sobre nuestro programa.

El director no respondi de inmediato. Volvi a mirar la hoja impresa. En aquella breve carta no hab?a amenazas, promesas ni un solo detalle que permitiera juzgar las intenciones del autor. Y, aun as?, ya hab?a obligado a la Agencia a convocar una reunin, recuperar un expediente y prepararse para un viaje al Vaticano.

El desconocido hab?a conseguido lo primero que buscaba: los estadounidenses ya pensaban en l.

Investiguen las dos posibilidades dijo el director. Y una tercera.

?Cul?

Que quiera hacernos creer que todo gira en torno a Samsnova.

El responsable frunci el ce?o.

?Y si no gira en torno a ella?

Entonces puede ser la ?nica persona capaz de conducirnos hasta el verdadero objetivo.

Se puso de pie. La reunin hab?a terminado, pero la decisin que les aguardaba apenas empezaba a tomar forma.

Al otro lado del ocano, en Roma, la carta annima ya hab?a dejado de ser una simple carta. Se hab?a convertido en una operacin con nombre, fecha y lugar de encuentro. Solo faltaba lo esencial: comprender quin hab?a impuesto las reglas.

* * *

Aquella tarde, Anna regres a casa ms tarde de lo previsto. No habr?a sabido explicar por qu se hab?a quedado tanto tiempo en el museo: las pinturas no ofrec?an respuestas, pero al menos, frente a ellas, nadie le exig?a responder. El apartamento estaba en silencio. Dej el bolso junto a la puerta, se quit el abrigo y mir el telfono.

Un mensaje nuevo.

Ma?ana. Confirmaremos la hora por separado. Est preparada para hablar de Roma.

Anna lo ley varias veces.

Roma.

La palabra no deber?a haberle evocado ms que recuerdos de viajes, museos y calles antiguas. Hab?a estado all? antes, cuando su vida todav?a no se hab?a dividido en un antes y un despus. Sin embargo, el mensaje no mencionaba ninguna institucin ni identificaba al remitente. Solo una ciudad y la promesa de una conversacin.

Se acerc a la ventana. Su rostro se reflejaba en el cristal y, detrs de l, el patio se sum?a en la oscuridad del atardecer. Por un instante, el reflejo le pareci el de una desconocida: una mujer con un nombre nuevo, en un pa?s ajeno, con un pasado que no cab?a en ning?n documento oficial.

Anna roz con los dedos el cristal fr?o y retir la mano enseguida.

No sab?a qu la esperaba. No sab?a quin hab?a enviado el mensaje. Y, sin embargo, en lo ms hondo de su memoria ya se agitaba algo a lo que llevaba mucho tiempo prohibindole salir a la superficie.

No un nombre. Ni una voz. Un rostro.

El rostro de alguien a quien nunca deber?a volver a ver.

Cerr los ojos, intentando mantener el recuerdo a distancia. Pero la memoria no obedec?a rdenes. Le devolvi una mirada, una curvatura apenas perceptible de los labios y una expresin que Anna, tiempo atrs, hab?a confundido con serenidad.

Ahora comprend?a que quiz hab?a sido una advertencia.

El telfono segu?a sobre la mesa. La pantalla se apag y la habitacin se volvi ms oscura.

A esa misma hora, en Roma, el jefe de la estacin recibi una breve respuesta de McLean: se autorizaba el estudio preliminar de la operacin y cualquier contacto con Samsnova deb?a aprobarse por separado. El mensaje llevaba una firma electrnica que no ten?a nada de particular. Pese a ello, volvi a leerlo antes de cerrar la ventana. En el mundo de la inteligencia resultaban sospechosos tanto los errores como el cumplimiento impecable de los procedimientos, sobre todo si alguien hab?a podido prever de antemano cada reaccin.

Pidi a uno de sus empleados que le llevara el archivo original de la carta, no la copia impresa. Abrieron el texto en un monitor aparte. El especialista en anlisis tcnico inform de que las cabeceras disponibles no permit?an identificar al remitente. No encontraron indicios evidentes de falsificacin, pero tampoco pudieron confirmar el origen del mensaje. Era uno de esos resultados incmodos que no demostraban nada y, precisamente por eso, dejaban abiertas demasiadas posibilidades.

Al menos sabemos que el autor sabe utilizar el correo electrnico dijo el jefe de la estacin.

O que alguien lo hizo por l.

El anonimato se puede comprar. El silencio tambin. Pero ?por qu alguien que pretende entregar secretos de Estado empieza exigindonos que dejemos de hacer lo que hacemos siempre?

El especialista se encogi de hombros. No ten?a obligacin de responder a preguntas para las que no exist?an datos.

El jefe de la estacin volvi a fijarse en la fecha del encuentro. Cuatro de mayo. Domingo. Mediod?a. Una hora, ni un minuto ms. Las condiciones recordaban menos a una oferta de colaboracin que a una trampa cuidadosamente disfrazada de oportunidad. Pero hasta las trampas pod?an contener un cebo autntico. Y a veces el cebo era tan valioso que rechazarlo equival?a a perder antes de empezar la partida.

Preparen una lista de preguntas para la primera entrevista con Samsnova orden. Pero no la conviertan en un interrogatorio. Si siente que ya hemos decidido por ella, no averiguaremos nada ?til.

?Y si pregunta de inmediato quin envi la carta?

Entonces le diremos la verdad: todav?a no lo sabemos.

El empleado se march. El jefe de la estacin se qued solo frente a la pantalla. Podr?a haber llamado a aquello una verificacin rutinaria de una fuente, pero habr?a sido enga?arse a s? mismo. Por primera vez en mucho tiempo, un desconocido no ped?a ayuda a los estadounidenses. Les ofrec?a una oportunidad y, al mismo tiempo, les explicaba bajo qu condiciones ten?an derecho a aprovecharla.

En otra parte del mundo, Anna Samsnova intentaba convencerse de que la inquietud no siempre anunciaba un peligro. Sab?a lo fcil que resultaba para la mente completar una imagen a partir de unos pocos detalles. En el laboratorio, as? nac?an los errores: primero una hiptesis, luego una seleccin de hechos que parec?an confirmarla y, al final, una certeza que ya nadie quer?a poner a prueba. Siempre hab?a procurado resistirse a esa tentacin.

Pero aquella vez no ten?a muestras, resultados de anlisis ni manera de repetir una observacin. Solo un mensaje sobre Roma y un recuerdo que no hab?a conseguido reprimir.

Abri el armario donde guardaba las pertenencias que hab?a tra?do de su vida anterior. La mayor?a ya no serv?a para nada: viejos cuadernos, algunos libros, un sobre con fotograf?as. Casi nunca los sacaba. No porque temiera al pasado, sino porque no quer?a convertirlo en la ?nica prueba de su propia existencia.

En una de las fotograf?as aparec?a ms joven, con el cabello recogido y el rostro iluminado por un sol de verano implacable. A su lado hab?a una persona a la que la cmara solo hab?a captado de perfil. Una sola mirada le bast para recordar aquel rostro y lo que hab?a sentido ese d?a: una extra?a impresin de que la conversacin hab?a terminado antes siquiera de comenzar.

Guard de nuevo la fotograf?a. Si su memoria no la enga?aba, aquella persona no pod?a volver a aparecer. Pero admitir la posibilidad de un error habr?a significado dudar del ?nico don en el que Anna estaba acostumbrada a confiar.

Por primera vez en mucho tiempo, Anna no pens en quin la vigilaba, sino en quin pod?a estar esperando su regreso.

En McLean, el director volvi a abrir la fotograf?a. Esta vez no observ el rostro, sino la leyenda que aparec?a debajo: fecha, lugar, n?mero de archivo. Todo era corriente, estaba comprobado, resultaba casi aburrido. Precisamente por eso se detuvo a mirarlo. En asuntos como aquel, el peligro rara vez parec?a peligroso desde el principio. Sol?a presentarse bajo la forma de un detalle insignificante que todos hab?an visto, pero que nadie hab?a considerado digno de atencin.

Cerr la carpeta y apag la pantalla. La operacin ya ten?a nombre, un responsable y un plan preliminar. Pero le faltaba lo principal: una idea fiable de quin estaba al otro lado de la carta. Eso significaba que todo lo que pensaban hacer a continuacin pod?a no ser una preparacin para el encuentro, sino la ejecucin del guion de otra persona.

Faltaban trece d?as para el encuentro en el Vaticano.

* * *



EL VAICANO

Cap?tulo 2. La traicin

Johnny la llamaba Ann: una forma breve, casi cari?osa, como si aquel nombre les perteneciera solo a ellos dos. En presencia de otras personas, a veces dec?a Anna, sobre todo cuando hablaban de asuntos serios o hab?a cerca alguien a quien Ann conoc?a desde hac?a poco. Pero, a solas, siempre era Ann. En aquel nombre no hab?a pasado, ni documentos, ni decisiones tomadas por otros. No evocaba San Petersburgo, Mosc?, los laboratorios secretos ni a aquella mujer a la que un d?a hab?an dejado de buscar en voz alta.

Ann, otra vez no me ests escuchando.

Ella alz la mirada. Johnny la observaba con fingido reproche, aunque las comisuras de sus labios delataban una sonrisa.

S? te escucho.

Entonces repite lo que acabo de decir.

Has dicho que tu nuevo proyecto te llevar menos tiempo que el anterior, que por fin has aprendido a delegar responsabilidades y que esta vez no permitirs que tus socios conviertan los fines de semana en una prolongacin de la jornada laboral.

Incre?ble. De verdad me estabas escuchando.

Es que se me da bien recordar lo que la gente repite tres veces.

l se ech a re?r. Johnny hab?a comprendido hac?a tiempo que Ann reparaba en ms cosas que la mayor?a. Le bastaba o?r una palabra desconocida una sola vez para emplearla correctamente meses despus. Recordaba nombres de calles, rostros de compa?eros de viaje ocasionales y cuadros ante los que apenas se hab?a detenido unos minutos. A veces aquello le maravillaba; otras, lo inquietaba un poco. Pero no trataba de convertir esa singularidad suya en un enigma que tuviera la obligacin de resolver.

Estaban sentados junto a la ventana de una peque?a cafeter?a del norte de Virginia. Fuera ca?a una llovizna fina, los coches avanzaban despacio por la calzada mojada y, sobre la mesa, el caf se enfriaba entre ambos. Johnny intentaba convencer a Ann de que sus prximas vacaciones deb?an ser vacaciones de verdad: sin porttil, sin llamadas de trabajo y sin mensajes interminables.

Italia dijo. Hace mucho que quieres volver.

No hace tanto que estuve all? como t? crees.

Hablas de los museos como si los hubieras visitado ayer. Pero estoy seguro de que ser?as capaz de pasar otras tres horas delante de un solo cuadro y luego decir que no nos ha dado tiempo a ver nada.

Si el cuadro es bueno, tres horas no son tiempo perdido.

?Y si a m? me apetece un helado?

Pues puedes pasarte tres horas comiendo helado.

Johnny volvi a re?r. Le gustaba su manera de responder: tranquila, a veces con una iron?a apenas perceptible, casi sin acento. En su ingls rara vez se deslizaba algo que revelara el lugar donde hab?a nacido. Sin embargo, cuando se entusiasmaba contando algo, surg?an giros de una precisin singular, y ciertas palabras sonaban como si primero las eligiera mentalmente y solo despus las dejara salir. l sab?a que Ann no hab?a crecido en Estados Unidos y no le exig?a detalles que ella no quisiera compartir.

A Ann le gustaba estudiar idiomas. El ingls se hab?a convertido hac?a tiempo en una herramienta cotidiana; amaba el italiano por su musicalidad y el portugus por sus inesperadas transiciones suaves entre sonidos. Johnny bromeaba diciendo que pronto tendr?a que pedir el caf en tres idiomas para no quedarse atrs. Ella le respond?a que le bastar?a con aprender a pronunciar los nombres de los platos sin hacer aquella pausa angustiosa.

Hablo en serio dijo l. Si vas a Italia, ir contigo.

Ella guard silencio. Lo hab?a dicho con tanta naturalidad que por un instante no entendi por qu aquellas palabras le provocaban una calidez casi dolorosa. Johnny no preguntaba si pod?a acompa?arla ni intentaba averiguar el motivo del viaje. Sencillamente le ofrec?a estar a su lado.

Pero t? ests ocupado repuso ella.

S cerrar el porttil.

No siempre.

Entonces ser mi haza?a personal.

Ella sonri. Por un segundo se imagin una escena demasiado corriente para parecer un sue?o: ambos paseando por las viejas calles romanas, discutiendo qu museo visitar primero, perdindose entre los turistas y eligiendo una mesa en una terraza. Johnny compraba un mapa, pese a tener telfono, y despus se negaba obstinadamente a reconocer que se hab?a equivocado de calle. Ella lo correg?a y l fing?a que aquel hab?a sido su plan desde el principio.

Est bien dijo Ann. Volaremos juntos.

Johnny alarg la mano por encima de la mesa y cubri la de ella con la suya.

Ahora s? me creo que me estabas escuchando.

Ann contempl sus manos. Quer?a retener aquel minuto tan sencillo, en el que no ocurr?a nada terrible. Nadie hac?a preguntas sobre el pasado. Nadie le ped?a cuentas. No ten?a que sopesar cada palabra ni calcular qu peligro pod?a esconder una frase cualquiera.

Ann no le hab?a contado a Johnny toda la verdad sobre s? misma. l sab?a que hab?a llegado de otro pa?s, que su vida anterior hab?a terminado de forma abrupta y que hab?a recuerdos de los que prefer?a no hablar. Ignoraba su trabajo en Rusia y el precio que hab?a pagado por una nueva identidad. Tampoco sospechaba hasta qu punto su libertad depend?a de personas en las que ella no confiaba por completo.

No le ment?a a cada instante. Pero entre la verdad y la mentira se extend?a un territorio de silencios sobre el que hab?an construido su intimidad. Ann esperaba poder reducir alg?n d?a aquella distancia. No hoy. Ni ma?ana. Pero alg?n d?a.

Solo promteme una cosa dijo Johnny: que no pasaremos todas las vacaciones metidos en museos.

No prometo nada.

?Ann!

Prometo pensrmelo.

Esa es la promesa ms peligrosa que pod?as hacerme.

Ella solt una carcajada, ligera y sincera. Johnny habr?a guardado aquel sonido en la memoria si hubiera sabido lo pronto que tendr?a que volver a l con el pensamiento. Pero ese d?a no pensaba en la prdida. Pensaba en los billetes, en el trabajo que deb?a terminar y en que, por primera vez en mucho tiempo, quer?a viajar no para cerrar un negocio, asistir a una reunin o cambiar de aires. Quer?a hacerlo con una mujer a cuyo lado un d?a cualquiera dejaba de parecer vac?o.

* * *

El viaje se organiz antes de lo que Ann esperaba. Le comunicaron que una reunin en Italia requer?a su presencia y que le explicar?an los detalles ms adelante. La convocatoria no parec?a urgente: una fecha, un itinerario, instrucciones para comunicarse. Pero aquella concisin demasiado medida le record otros tiempos, cuando las rdenes ms peligrosas sol?an pronunciarse con absoluta naturalidad.

No se lo cont todo a Johnny. Le explic que hab?a surgido la necesidad de ir a Roma durante unos d?as y que, por el momento, no pod?a decirle por qu. l no insisti. Se limit a preguntarle cundo sal?a el vuelo y cunto tiempo ten?an para prepararlo todo.

El d?a de la partida, Johnny deb?a encontrarse con ella en el aeropuerto de Dulles y despus ambos ir?an juntos a los mostradores de facturacin. Le prometi salir de casa con antelacin. Ann incluso lo pinch dicindole que alguien capaz de dirigir su propia empresa seguramente podr?a calcular cunto se tardaba en llegar al aeropuerto.

Lo he calculado respondi l por telfono. Pero no contaba con que el mundo entero decidiera irse de vacaciones al mismo tiempo.

Al principio todo transcurri seg?n lo previsto. Ann ya se encontraba en la terminal del Aeropuerto Internacional Washington-Dulles, rodeada de viajeros con maletas, familias con ni?os y hombres de negocios que segu?an mirando sus telfonos incluso frente a los enormes ventanales que daban a las pistas. El espacio resultaba a la vez solemne e impersonal: techos altos, cristal, estructuras metlicas, una iluminacin uniforme y anuncios cuyas palabras se disolv?an en el murmullo general. Tras los ventanales descansaban los aviones, aunque aquella quietud era enga?osa: cada uno se preparaba para llevarse a alguien hacia otra vida.

A Ann le gustaban los aeropuertos por esa sensacin de trnsito. All? la gente todav?a no se hab?a marchado, pero en su imaginacin ya hab?a dejado atrs las habitaciones familiares, el caf a medio beber, las conversaciones y las promesas. Cada cual ten?a un destino y un motivo para no quedarse donde estaba.

Mir el panel de salidas y luego el telfono. Johnny le hab?a escrito que ya estaba en camino y que llegar?a a tiempo. Ella le envi una fotograf?a del inmenso ventanal acompa?ada de un mensaje: Ya estoy casi en Italia. Solo falta que llegues t?.

l respondi: Ni se te ocurra irte sin m?.

Ann sonri y guard el telfono. Al cabo de un minuto lo sac de nuevo, como si solo quisiera comprobar la hora. La salida del vuelo se acercaba. Cumpli los trmites necesarios, factur el equipaje y se dirigi a la zona de espera. Todo era normal. Demasiado normal para un viaje sobre el que tan poco le hab?an contado.

Veinte minutos despus vibr el telfono.

El atasco apenas avanza. Estoy intentando encontrar otra ruta. No te vayas todav?a.

Ley el mensaje y lo llam.

Johnny, ?cunto te falta?

Al otro lado se o?a el rumor de los coches y algunos bocinazos breves.

No lo s. Esto no se mueve. Parece que ha habido un accidente ms adelante. Ya me he salido de la carretera principal, pero aqu? tambin est todo colapsado.

?Llegars a tiempo?

l no respondi enseguida. Y aquella pausa dijo ms que cualquier palabra.

Lo intentar, Ann.

No me digas que lo intentars. Dime si vas a llegar o no.

No quiero que vueles sola.

Ella cerr los ojos. Tampoco lo quer?a. De pronto, el viaje a Italia dej de ser un destino y se convirti en todo lo que deb?a ocurrir entre los dos: las bromas ante el mostrador de facturacin, su mano sobre el hombro de ella, la habitual discusin a propsito del equipaje. Se lo hab?a imaginado con tanta claridad como si de verdad estuvieran juntos.

Te esperar hasta el ?ltimo momento dijo.

Estoy de camino.

La comunicacin se cort. Ann contempl la pantalla hasta que se apag. Despus levant la vista hacia el panel de salidas. El tiempo no se deten?a porque dos personas no alcanzaran a reunirse. Los avisos continuaban. Los pasajeros se dirig?an a sus puertas de embarque. Un empleado de la aerol?nea repet?a las instrucciones con voz serena, como si cada minuto fuera idntico al anterior.

El telfono volvi a vibrar.

Ann, perdname. No voy a llegar. Esto sigue parado. Por favor, sube al avin. Te llamar cuando aterrices. Y no creas que he cambiado de opinin. Quer?a estar contigo.

Reley el mensaje. Johnny no la hab?a abandonado. No hab?a antepuesto el trabajo a ella, ni se hab?a arrepentido en el ?ltimo momento, ni se hab?a asustado por aquel viaje misterioso. Simplemente hab?a quedado atrapado en un atasco, uno corriente, absurdo, completamente insignificante en comparacin con lo que pod?a suceder despus.

Y, sin embargo, fue precisamente aquel atasco el que los separ.

Ann escribi una respuesta: Lo s. Est bien. Te escribir. Despus borr la ?ltima frase y volvi a escribirla. Le habr?a gustado confesar que le daba miedo volar sola, que lo necesitaba y que estaba cansada de las personas que entraban en su vida bajo sus propias condiciones. Pero habr?a sido injusto con Johnny. l no ten?a la culpa de su pasado ni pod?a repararlo con su sola presencia.

Lo s. No te preocupes. Te llamar desde Roma.

Puls enviar, apag la pantalla y se levant.

Quedaba poco tiempo para el embarque. Ann camin hacia la puerta sin mirar atrs. En el cristal se reflejaban su rostro y las personas que se mov?an a sus espaldas. De pronto pens que una vez ya hab?a caminado hacia una vida que no era capaz de imaginar. Entonces hab?a cre?do que lo ms importante era abandonar su pa?s. Ahora sab?a que a veces resultaba mucho ms aterrador descubrir que ni siquiera despus de salvarte te pertenec?as del todo.

El avin la esperaba detrs del cristal.

* * *

En la cabina ol?a a tela limpia, a caf y al aire fresco del sistema de ventilacin. Ann se acomod junto a la ventanilla. A su lado, un pasajero colocaba una bolsa en el compartimento superior; delante, un ni?o le ped?a unos auriculares a su madre; una azafata comprobaba los cinturones. Todo suced?a con tranquilidad, siguiendo el orden habitual. El avin rod lentamente hacia la pista, se detuvo unos segundos y luego inici la carrera de despegue.

Ann apret la mano contra el reposabrazos. Cuando el suelo comenz a alejarse, la ciudad se transform en una cuadr?cula de calles y tejados. La contempl hasta que sus contornos desaparecieron entre las nubes. Johnny probablemente segu?a atrapado en el atasco. Tal vez ya intentaba dar media vuelta. Tal vez se reprochaba no haber salido una hora antes. Imagin su rostro y sinti una ternura tan intensa que le doli.

Quer?a creer que aquel viaje ser?a breve y que despus ir?an de verdad juntos a alg?n lugar. No pod?a explicarle a Johnny por qu era tan importante aquella reunin. Pero al menos pod?a mantener la promesa de regresar.

El avin gan altura. Bajo el ala qued Estados Unidos, el pa?s que le hab?a dado un nombre nuevo y la posibilidad de empezar de cero, pero que no hab?a conseguido borrar su pasado. Ann cerr los ojos. El zumbido constante de los motores fue llenando poco a poco su conciencia, y la memoria, que llevaba a?os manteniendo a raya, entreabri una puerta.

Volvi a ver las monta?as.

No eran como las de las postales, donde las cumbres siempre reciben una luz perfecta y los valles parecen pintados. Las monta?as verdaderas eran inmensas e indiferentes al miedo humano. Surg?an de la niebla en pliegues oscuros, ocultaban los caminos y cambiaban de color con el tiempo. Por la ma?ana, una sombra azulada cubr?a las laderas; cerca del mediod?a, las rocas se volv?an casi blancas, y al atardecer las cumbres se encend?an de cobre y p?rpura. Las nubes se aferraban a las crestas boscosas como si no quisieran dejarlas marchar hacia el cielo.

Aquello hab?a ocurrido unos a?os atrs. Anna todav?a no se hab?a acostumbrado a pensar que su vida anterior hab?a terminado. Atravesaba el Cucaso y dejaba atrs Rusia y cuanto la un?a a ella. Adems del miedo y el cansancio, en su memoria permaneci la naturaleza: tan generosa que resultaba casi injusto cruzar aquellas tierras a escondidas, sin derecho siquiera a detenerse.

En San Petersburgo conoc?a otra clase de belleza. All? estaban el agua, el viento h?medo, las noches blancas, las fachadas reflejadas en los canales y un cielo capaz de permanecer gris durante horas sin resultar nunca igual. Mosc? le hab?a ense?ado otro ritmo: grandes avenidas, luces de escaparates, movimiento incesante, una arquitectura que unas veces abrumaba y otras fascinaba. Pero el Cucaso era un mundo completamente distinto. All? las distancias no se med?an en calles ni manzanas, sino en puertos de monta?a, desfiladeros y curvas tras las que aparec?a un nuevo valle.

El aire ol?a a tierra mojada, hojas, humo de alguna hoguera lejana y a algo spero, vegetal. Despus de la lluvia, al olor del camino se sumaba el de la piedra fr?a. Los troncos de los pinos se calentaban al sol, y la resina desprend?a una nota densa, casi dulce. A veces, el viento tra?a olor a agua: no al mar, sino a un torrente de monta?a, impetuoso, con un matiz de limo y una frescura que parec?a limpiar los pulmones desde dentro.

Anna no pod?a permitirse detenerse demasiado, pero aun as? memorizaba los detalles. A los lados del camino crec?an arbustos cuyas hojas brillaban despus de la lluvia. En los desfiladeros estrechos, el ruido del motor rebotaba contra las laderas y regresaba al coche convertido en un eco sordo. A lo lejos rug?a un r?o. No se ve?a, pero se hac?a presente en el aire y en aquel rumor grave y continuo, semejante a la respiracin de la tierra.

Al principio, Anna consideraba todo aquello un simple teln de fondo de su peligroso viaje. Luego comprendi que eran precisamente esas imgenes las que la ayudaban a no caer en el pnico. Una persona puede pensar interminablemente en su miedo si nada la obliga a mirar fuera. Pero cuando, tras una curva, se abre de pronto un valle ba?ado por el sol, la mente enmudece durante un instante. La belleza no elimina el peligro, pero recuerda que el mundo es mucho ms grande que la trampa en la que uno se encuentra.

Un d?a recorrieron un tramo de carretera desde el que se divisaban monta?as que se suced?an unas a otras hasta el horizonte. El cielo estaba despejado y las cumbres lejanas parec?an talladas en cristal azul. Los bosques oscurec?an las laderas y entre ellos centelleaban los arroyos. Anna pidi al conductor que no cerrara la ventanilla. El viento le golpe la cara, llevndole olor a hierba y polvo, y de pronto sinti, no libertad, sino a?oranza: la a?oranza de poder viajar sin ms, sin esconderse, sin contar los minutos ni temer una mirada casual.

Pens en su madre. De su padre guardaba un recuerdo diferente: la figura que emerg?a de relatos incompletos, un hombre cuya muerte hab?a dejado demasiadas preguntas sin respuesta. Su madre, en cambio, segu?a presente en cada recuerdo domstico: su voz, la costumbre de ajustarle el cuello de la ropa, el olor de la crema de manos, la luz de la cocina una tarde de invierno. Despus de su muerte, el mundo se hab?a convertido en un lugar donde no quedaba nadie a quien llamar para decirle: He llegado. Ahora nadie ocupaba ese lugar.

Anna apart el rostro de la ventanilla antes de que sus acompa?antes pudieran verle la expresin.

El camino a travs de Abjasia y Georgia no se parec?a a un viaje. No hab?a en l despreocupacin tur?stica, paradas improvisadas para admirar un paisaje ni la certeza de que por la noche les aguardar?a un hotel. Cada tramo de carretera exist?a por separado, como una prueba. Las personas que la ayudaban hablaban poco. Apenas hac?an preguntas. A veces le parec?a que sab?an ms de su miedo que ella misma y que por eso ni siquiera intentaban tranquilizarla.

Pero incluso en aquellos d?as la vida insist?a en reclamar cosas ordinarias. Ten?a hambre. Ten?a sue?o. Quer?a lavarse con agua fr?a y ponerse ropa limpia. Quer?a o?r una voz humana que no sonara a advertencia, sino a invitacin a sentarse a la mesa.

En una casa peque?a, donde pudieron detenerse por un rato, le dieron de comer jinkali calientes. El plato estaba delante de ella, y el vapor ascend?a bajo la luz tibia de una lmpara. La masa era elstica, fina pero resistente; dentro hab?a jugo ardiente y carne especiada, con aroma a pimienta y hierbas. Le explicaron cmo sujetar cada jinkali por el pliegue superior y morder con cuidado el borde para no derramar el caldo. Anna lo prob, se quem la lengua y se ech a re?r sin querer. Era la primera risa autntica que soltaba en varios d?as.

El due?o de la casa la mir con una sorpresa bondadosa.

Con cuidado. Quema.

Ella asinti y volvi a tomar el tenedor. La comida era sencilla, pero encerraba una generosidad antigua y segura de s? misma: nadie le preguntaba si merec?a aquella cena. Sencillamente la hab?an invitado a sentarse y le hab?an dado de comer.

Al d?a siguiente le sirvieron jachapuri. El queso se estiraba al separar un trozo, la corteza ol?a a horno y la mantequilla iba penetrando lentamente en la masa caliente. Anna conserv aquel sabor con casi tanta nitidez como la imagen de las laderas. Prob el vino Kindzmarauli ms tarde, durante una cena breve, cuando las conversaciones se hab?an vuelto ms tranquilas. Era suave, oscuro, de dulzor afrutado, y dejaba una sensacin clida en la lengua despus del primer sorbo. No bebi mucho. Necesitaba mantener la mente despejada. Pero retuvo su sabor, no como un lujo, sino como parte de un mundo en el que la gente sab?a recibir a un desconocido con pan, queso y vino, incluso sin saber qu traer?a el d?a siguiente.

Ms tarde, ya en Estados Unidos, recordaba a veces aquella mesa y le sorprend?a que su memoria hubiese conservado tantos detalles. Pod?a olvidar la curva exacta de un camino, el n?mero de escalones de la casa o el color de la chaqueta de uno de sus acompa?antes. Pero el olor de la masa recin hecha, el calor de una taza entre las manos, la nota agridulce del vino y el rumor vespertino de un r?o lejano hab?an permanecido intactos, sin esfuerzo alguno.

Quiz los recordaba tan claramente porque, incluso mientras hu?a, hab?a descubierto lugares donde podr?a haberse quedado si su vida hubiera seguido otro rumbo.

Cuando el trayecto la condujo a la siguiente etapa, Anna ya casi no preguntaba qu ocurrir?a despus. Segu?a las instrucciones, observaba los rostros y procuraba no mirar demasiado a las personas que conoc?an su verdadero nombre. Un d?a le dijeron que, a partir de cierto punto, se har?an cargo de ella unos agentes estadounidenses. Aquellas palabras sonaron a promesa, pero Anna ya comprend?a que una promesa no equival?a a la salvacin.

El vuelo especial la esperaba en un peque?o aerdromo. No hubo ceremonia alguna ni sensacin de victoria. El avin parec?a corriente, incluso anodino. Cerca se encontraban varias personas que no se presentaban ni hac?an preguntas innecesarias. Le indicaron que subiera a bordo. Anna volvi la vista hacia la tierra que acababa de recorrer e intent comprender qu estaba sintiendo exactamente. ?Alivio? ?Miedo? ?Culpa? Todo a la vez.

En la cabina hac?a fresco. Le dieron agua y le explicaron que no deb?a hablar de las siguientes etapas del itinerario con nadie salvo con determinados funcionarios. Anna asinti. Mir por la ventanilla, donde se reflejaba su rostro, y no reconoci a la mujer que la observaba desde el cristal. No porque su aspecto hubiera cambiado. Hab?a cambiado el lugar desde el que se miraba a s? misma.

Cuando el avin despeg, el Cucaso qued bajo sus alas. Las monta?as se volvieron pliegues oscuros, los r?os finas l?neas de plata y las carreteras desaparecieron por completo. Anna no se sinti a salvo. Sinti que ahora la separaba de su antigua vida una distancia imposible de recorrer a pie. Pero la distancia no destru?a la memoria. Solo la volv?a ms pesada.

Fue entonces cuando pens por primera vez que alg?n d?a podr?a volver a aquellos lugares, no como fugitiva, sino como una viajera cualquiera. Detenerse junto a la carretera, pedir un jachapuri, sentarse en una terraza, escuchar una lengua ajena y no intentar adivinar quin de sus interlocutores conoc?a su nombre. Entonces aquella idea le hab?a parecido casi imposible. Pero la guard como se guarda un objeto peque?o que no puede ense?arse a nadie porque significa demasiado.

* * *

Se?orita, ?quiere agua?

Anna abri los ojos. Una azafata estaba a su lado con una botella en la mano. El avin volaba ya por encima de las nubes; la luz que entraba por la ventanilla era ms intensa y la cabina se hab?a llenado de las voces apagadas de los pasajeros que acababan de despertar.

Gracias. S?, por favor.

Bebi unos sorbos. El recuerdo se alej, pero no desapareci. Era como si a?n tuviera en la lengua el sabor de la masa caliente y en la memoria el frescor del aire de monta?a. Anna se mir las manos. Entonces, en el avin que la sacaba de Rusia, hab?a pensado que lo peor hab?a quedado atrs. Ahora sab?a que nadie puede abandonar definitivamente su vida anterior por el simple hecho de haber cruzado una frontera.

Su telfono estaba en modo avin, de modo que Johnny no pod?a escribirle. Aun as?, le respond?a mentalmente: He llegado. Estoy bien. Todav?a haremos ese viaje juntos. Era una promesa que no ten?a derecho a hacer en nombre del futuro, pero tampoco pod?a negarse a s? misma en el presente.

Varias horas despus, el avin inici el descenso. Tras la ventanilla aparecieron costas, campos, carreteras y una densa extensin de edificios. Italia se acercaba no como un lugar de descanso, sino como un escenario en el que tendr?a que interpretar un papel que no hab?a elegido ella sola.

En Roma solo deb?a seguir siendo Anna Samsnova en la medida en que lo exigiera la misin. A continuacin entrar?a en vigor el plan acordado con la parte estadounidense. Sus documentos norteamericanos le permit?an efectuar el vuelo y cruzar legalmente la frontera; despus de llegar, deb?a entregar el pasaporte a un empleado de confianza de la embajada, conforme a una operacin preparada de antemano. Para desplazarse a partir de entonces, dispon?a de un pasaporte ruso vlido para viajar al extranjero y de la documentacin necesaria para entrar en el pa?s. Sobre el papel todo parec?a sencillo. En la vida real, cada una de aquellas transiciones se asemejaba a un paso por un puente estrecho bajo el que corr?a el agua.

Anna no se enga?aba pensando que aquel era un viaje tur?stico corriente. Sab?a que su presencia en Roma importaba a personas que no ten?an intencin de explicrselo todo. Pero tambin sab?a que un desconocido hab?a accedido a entregar los documentos ?nicamente a ella. Eso significaba que no pod?a limitarse a rechazar el encuentro sin averiguar por qu la hab?a elegido precisamente a ella.

Tras el aterrizaje, los pasajeros se levantaron, sacaron sus equipajes y formaron una fila en el pasillo. Ann esper a que la multitud empezara a avanzar para ponerse en pie. En el aeropuerto ol?a a caf, perfume, polvo tibio y a algo c?trico que llegaba desde una tienda junto a la salida. A su alrededor, el italiano sonaba rpido y musical. Anna se sorprendi prestando atencin a aquellas entonaciones familiares. La tranquilizaban un poco.

Recorri el pasillo con los dems viajeros, mostr los documentos necesarios y sali a la zona p?blica. Nadie la detuvo. Nadie pronunci su nombre como si fuera una advertencia. A su alrededor solo hab?a viajeros corrientes, familias con ni?os, parejas, turistas mayores y hombres de traje. Todos llevaban su propia historia, pero ninguna pod?a leerse en sus rostros.

Junto a la salida la aguardaba un empleado al que solo pod?a reconocer por las se?as acordadas de antemano. No la llam por su nombre ni le tendi la mano. Intercambiaron unas frases breves, como dos personas que se encuentran por casualidad en un aeropuerto. Despus la acompa? al lugar donde podr?a entregar el pasaporte estadounidense y recibir nuevas instrucciones. El trmite dur unos minutos. Desde fuera parec?a un encuentro ordinario entre dos personas que necesitaban tratar un asunto de documentos.

Anna guard el pasaporte ruso en un bolsillo interior del bolso. A ojos de los dems, volv?a a ser una turista rusa. Ms tarde deber?a incorporarse a un grupo tur?stico para pasar inadvertida entre los visitantes del Vaticano. Aquella decisin le parec?a tan sensata como humillante: para hacerse invisible ten?a que recuperar el papel que hab?a dejado atrs.

Antes de salir del aeropuerto sac el telfono y lo encendi. Los mensajes de Johnny llegaron casi de inmediato.

?Has aterrizado ya?.

Escr?beme en cuanto puedas.

Sigo enfadado por el atasco. No contigo. Con el atasco.

Ann sonri. Escribi: Ya he aterrizado. Todo bien. Aqu? hace calor. Ya oigo hablar italiano y estoy pensando en un caf.

Quiso a?adir: Ojal estuvieras aqu?. Contempl las palabras unos segundos y acab envindolas tambin. Era una peque?a verdad que pod?a permitirse.

La respuesta lleg enseguida:

Deber?a haber estado ah?. Perdname. La prxima vez saldr de casa con veinticuatro horas de antelacin.

La prxima vez iremos juntos, escribi ella.

Esta vez no borr la frase.

Tras las puertas de cristal empezaba Roma. La ciudad la recibi con luz, ruido de motores y olor a piedra caliente. En alg?n lugar, ms adelante, la aguardaban calles, plazas, museos y catedrales que habr?a querido visitar sin prisas. Pero en aquel momento no pensaba en la belleza. Pensaba en el rostro del hombre al que no deb?a haber vuelto a ver.

Anna apag la pantalla y guard el telfono. En el bolso llevaba un pasaporte ruso; en la memoria, la voz de Johnny; y por delante ten?a una reunin de la que sab?a demasiado poco.

Hab?a llegado sola a Italia.

Y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la impresin de que el pasado no se hab?a limitado a quedarse atrs. La esperaba delante.

* * *

EL VAICANO

Cap?tulo 3. El precio de la salvacin

Roma. Abril de 2025

Anna ley el mensaje una vez. Luego, una segunda.

Han cambiado las condiciones del encuentro. El lugar inicialmente acordado ya no est confirmado. Espere nuevas instrucciones. No emprenda ninguna accin por su cuenta.

El texto no llevaba firma. Solo figuraban la confirmacin de entrega y la hora de env?o: unos minutos antes.

Estaba sentada junto a la ventana de su habitacin de hotel. Abajo, al otro lado del cristal, Roma segu?a con su vida habitual: los ciclomotores se abr?an paso entre los coches, dos conductores discut?an en un cruce y una mujer con un abrigo claro llevaba una bolsa de papel de una panader?a. El viento agitaba las copas de los rboles y, sobre la pared del edificio de enfrente, una franja de sol avanzaba lentamente. Todo resultaba tan cotidiano que el mensaje parec?a fuera de lugar, casi indecoroso. El hombre por el que Anna hab?a cruzado el ocano cambiaba las reglas del juego sin molestarse siquiera en explicar por qu.

Dej el telfono sobre la mesa, aunque no lo perdi de vista.

Lo ms inquietante no era el cambio de lugar: alguien que temiera estar vigilado pod?a trasladar una cita. Lo que la asustaba era otra cosa. El desconocido sab?a que el mensaje llegar?a cuando Anna ya estuviera en Roma, cuando no pudiera limitarse a cancelar el viaje. Le hab?a presentado un hecho consumado: el acuerdo anterior ya no significaba nada.

Anna conoc?a bien aquellas frmulas. Tiempo atrs la hab?an obligado a firmar registros de notificacin, esperar autorizaciones y volver a los despachos de sus superiores con una solicitud tras otra, solicitudes que desaparec?an en oficinas ajenas. Las condiciones han cambiado. El asunto requiere una aprobacin adicional. Volveremos sobre ello ms adelante. A veces, tras esas palabras solo hab?a burocracia. Otras veces, miedo. Y otras, alguien tomaba decisiones de las que no deb?an enterarse las personas cuya vida depend?a de ellas.

Se acerc a la ventana. El cristal le devolvi un rostro sereno, casi impasible. Hab?a aprendido a adoptar aquella expresin en Rusia, cuando empez a ocultar la irritacin y la angustia. En Estados Unidos se hab?a convertido en parte de su nueva identidad. Ahora volver?a a necesitar aquella mscara, frente a personas cuyas intenciones desconoc?a.

El telfono no son. No llegaron ms mensajes.

Anna se sent al borde de la cama y cerr los ojos. Las palabras las condiciones han cambiado le recordaron de pronto otra frase, pronunciada muchos a?os antes en un despacho que ol?a a papel, caf y desinfectante. Por entonces a?n cre?a que, si expon?a los hechos con suficiente precisin, si mostraba los clculos y no permit?a que las emociones debilitaran sus argumentos, la decisin se tomar?a necesariamente atendiendo al fondo del asunto.

No se hab?a equivocado en lo referente a la ciencia. Se hab?a equivocado respecto a las personas.

* * *

A principios de 2020, los laboratorios viv?an inmersos en su concentracin habitual. En aquel centro cient?fico de acceso restringido, cada jornada segu?a un orden preciso: pases, registros, permisos limitados, firmas y conversaciones breves junto a las puertas. Incluso la preocupacin se convert?a all? en un protocolo: se anotaba una anomal?a, se comprobaba, se repet?a el experimento y se comparaban los resultados. Eso era precisamente lo que le gustaba a Anna: aquella claridad. El mundo fuera de los muros del instituto pod?a ser contradictorio, injusto y ruidoso, pero la investigacin exig?a honradez. Los datos confirmaban una hiptesis o no la confirmaban.

Trabajaba en un equipo dedicado al desarrollo de productos inmunobiolgicos. Su especialidad consist?a en analizar procesos biolgicos y determinar qu hiptesis cient?ficas merec?a la pena investigar. Nunca se hab?a considerado capaz de cambiar el curso de la historia con un solo descubrimiento. Le irritaban los titulares sobre remedios milagrosos y soluciones universales, especialmente cuando aquellas promesas grandilocuentes no ten?an detrs nada ms que esperanza y publicidad. Cualquier tratamiento deb?a someterse a ensayos; cualquier propuesta ten?a que resistir las comprobaciones antes de poder ofrecrsela a la gente.

Pero, con la aparicin del nuevo virus, el tiempo dej de ser una magnitud abstracta de un momento a otro.

Las noticias cambiaban a diario. Al principio parec?a algo lejano, otro brote que los especialistas conseguir?an contener. Despus comenzaron a repetirse palabras conocidas: aislamiento, falta de camas, fronteras cerradas, personas que enfermaban casi al mismo tiempo. Anna le?a publicaciones, contrastaba datos y discut?a con sus colegas sobre los l?mites de las conclusiones que pod?an extraerse de una informacin que cambiaba a toda velocidad. No cre?a en una vacuna milagrosa capaz de eliminar todos los riesgos de un d?a para otro. Cre?a en la necesidad de trabajar: en hiptesis verificables, en varias l?neas de investigacin paralelas, en la posibilidad de encontrar formas de reducir la gravedad de la enfermedad y ganar tiempo para desarrollar soluciones ms fiables.

No llamaba medicamento a sus ideas. En un laboratorio, aquella palabra implicaba demasiadas cosas. Mientras no hubiera superado las pruebas correspondientes, una hiptesis segu?a siendo una hiptesis, por prometedora que pareciera. Pero Anna estaba convencida de que su l?nea de trabajo merec?a una evaluacin urgente. Contaba con observaciones, clculos preliminares y una argumentacin que pod?a defender. No necesitaba autorizacin para obrar un milagro, sino la posibilidad de seguir investigando: acceder a los materiales necesarios, reunir a los especialistas, poner a prueba su planteamiento y descubrir si ten?a alguna utilidad prctica.

Por aquellas mismas fechas, su madre enferm.

Al principio, Veronika Serguievna dec?a que solo estaba resfriada. Su voz al telfono sonaba cansada, aunque todav?a se esforzaba por parecer animada. Se quejaba de debilidad, de que ya no apreciaba el sabor de los alimentos de siempre, de un fr?o extra?o que la atravesaba incluso bajo las mantas. Anna le preguntaba por la fiebre, por la respiracin, por lo que hab?a dicho el mdico. Su madre respond?a a rega?adientes, como si temiera que dar demasiados detalles convirtiera aquel malestar en algo grave.

Mam, por favor, no me digas que todo est bien si te encuentras mal.

Y t? no me hables con voz de jefa de laboratorio replic Veronika Serguievna. Al fin y al cabo, soy tu madre.

Anna intent sonre?r, aunque su madre no pod?a verla.

Precisamente por eso te lo pregunto.

Lo s, hija m?a. Es que no quiero preocuparte.

Ya estaba preocupada. Comprend?a lo poco que se sab?a de aquella nueva enfermedad y la rapidez con que las expresiones vamos a observar y habr que esperar perd?an su capacidad de tranquilizar.

Pronto su madre dej de bromear. Las conversaciones se hicieron ms breves. Entre las preguntas y las respuestas se abr?an largos silencios, y su respiracin se o?a por el auricular como si cada inspiracin exigiera un esfuerzo independiente. Anna llamaba, buscaba informacin e insist?a en que no demorara la asistencia mdica. Pero no pod?a convertir sus conocimientos en el derecho a intervenir en cada decisin. Era cient?fica, no una mdica omnipotente junto a la cama de una enferma. Por primera vez, aquel l?mite le parec?a menos una restriccin profesional que un muro imposible de derribar.

Cuando el estado de su madre empeor, Anna casi dej de dormir. En el trabajo segu?a cumpliendo con sus obligaciones: le?a documentos, participaba en reuniones, comprobaba clculos y preparaba la justificacin de su propuesta de investigacin. A veces las l?neas de la pantalla empezaban a desdibujarse y ten?a que levantarse, ir al lavabo, abrir el grifo del agua fr?a y esperar a que el mundo recuperara su nitidez. Despus regresaba a los papeles.

Se repet?a que deb?a mantener la lucidez. Si dejaba que el miedo la dominara, su madre no mejorar?a; si segu?a trabajando, tal vez encontrara una solucin que pudiera ayudar a otros. Poco a poco, la esperanza personal y el deber profesional se fundieron en una sola cosa.

Un d?a solicit una entrevista con el director del centro. Prepar la documentacin, eligi cuidadosamente las palabras y revis una vez ms las cifras. No iba a pedir una excepcin para su familia. Quer?a que se tomara una decisin basada en los mritos del proyecto.

El director la recibi al final de la jornada. Detrs de l hab?a armarios llenos de carpetas; sobre el escritorio, documentos; en un rincn, el aire acondicionado funcionaba con un leve zumbido. Parec?a cansado, pero no sorprendido. Anna ya hab?a acudido a la direccin para defender su l?nea de trabajo y siempre llegaba bien preparada.

Me est pidiendo que revisemos con urgencia las prioridades del equipo dijo l, despus de hojear las primeras pginas.

No le pido que las revise porque yo est alterada. Le pido que nos permita comprobar una hiptesis. En este momento hay motivos para pensar que esta l?nea merece ser evaluada. No podemos prometer resultados de antemano, pero s? averiguar si los hay.

En las circunstancias actuales, muchas l?neas de investigacin parecen urgentes.

Por eso no he tra?do solo mis conclusiones, sino tambin las limitaciones. No propongo anunciar un descubrimiento. Propongo realizar el trabajo que nos permita determinar si hay algo que valga la pena.

El director se quit las gafas y se frot el puente de la nariz.

Anna Nikolievna, ?comprende que la investigacin no se hace por el mero deseo de alguien? Existen procedimientos de autorizacin, recursos y aprobaciones. Hay decisiones que no se toman en su laboratorio, ni siquiera en nuestro centro.

Lo comprendo. Pero, si todo tiene que esperar su turno, podemos perder un tiempo que ya no podremos recuperar.

Todos estamos perdiendo tiempo ahora mismo. Y todos quisiramos detenerlo.

Entonces, ?por qu ni siquiera estudian mi propuesta?

l la observ con ms atencin. Por primera vez en toda la conversacin, apareci en su rostro algo que no se parec?a a la irritacin, sino a la cautela.

?Quin le ha dicho que no la estn estudiando?

Me devolvieron la solicitud sin un dictamen sobre su contenido. Despus aplazaron la reunin. Ahora me informan de que el asunto requiere una autorizacin adicional, pero no me explican de quin. No le pido que me revele secretos ajenos. Le pido que me diga si mi proyecto tiene alguna posibilidad de someterse a una evaluacin normal.

El director volvi a ponerse las gafas.

No puedo prometerle ni plazos ni resultados. Contin?e trabajando dentro del plan aprobado. No extraiga conclusiones de los retrasos administrativos.

?Y si esos retrasos no son administrativos?

l tard en responder. Anna recordar?a aquella breve pausa con ms fuerza que todo cuanto hab?a dicho antes.

Aprenda a distinguir las sospechas de las pruebas dijo por fin el director. Es usted una buena investigadora. No permita que sus circunstancias personales le hagan perder la objetividad profesional.

Tal vez tratara de advertirla; tal vez solo quisiera dar por terminada la conversacin sin decir nada ms de la cuenta. Anna recogi los documentos y sali al pasillo. Ol?a a antisptico y pintura vieja; las lmparas zumbaban con regularidad. Detrs de una puerta cerrada alguien se ech a re?r. La vida dentro de la institucin continuaba con una normalidad despiadada.

Unos d?as despus, su madre empeor. Anna consigui hablar con ella por telfono, aunque la conversacin se interrump?a a cada momento. Veronika Serguievna intentaba preguntarle por el trabajo, como si quisiera mantener a su hija dentro del mundo conocido, aquel en el que exist?an tesis doctorales, libros, exposiciones y cenas de fin de semana. Anna le hablaba de nimiedades y evitaba lo esencial. Tem?a que contarle cunto hab?a cambiado todo equivaliera a reconocer su propio miedo.

La ?ltima conversacin fue corta. Su madre estaba agotada y le pidi que llamara ms tarde.

T? no te olvides de dormir le dijo. Siempre crees que puedes soportarlo todo.

Te llamar pronto, mam.

Est bien, hija m?a.

Anna sigui con el telfono pegado a la oreja incluso despus de que se cortara la comunicacin. No sab?a explicar por qu no hab?a colgado enseguida. Quiz le parec?a que, mientras sostuviera el aparato, la conversacin no habr?a terminado del todo.

La llamada que anunci la muerte de su madre lleg al d?a siguiente.

Anna oy las palabras, pero tard en comprender su sentido. Pregunt quin llamaba y luego si hab?a entendido correctamente. Su interlocutor repiti la noticia con otro tono, como si una entonacin ms suave pudiera cambiar su contenido. No lo cambi. Veronika Serguievna hab?a muerto. La pandemia empezaba a adquirir para Anna su forma definitiva: no eran estad?sticas, art?culos ni boletines, sino la ausencia de una voz que todav?a el d?a anterior le hab?a pedido que se cuidara.

Recordaba estar sentada a la mesa, con las manos apoyadas junto al porttil cerrado. La habitacin estaba en silencio, pero en l persist?an peque?os ruidos: el frigor?fico, una tuber?a de la calefaccin, los pasos de los vecinos detrs de la pared. La ventana estaba cerrada y, aun as?, llegaba desde la calle el murmullo lejano de los coches. Anna miraba una taza que no hab?a llegado a tocar y trataba de entender qu deber?a haber hecho de otra manera.

No hab?a respuesta.

No pod?a demostrar que su idea de investigacin hubiera salvado a su madre. La cient?fica que llevaba dentro se lo recordaba: aquella hiptesis no era un mtodo probado, no se sab?a si habr?a funcionado y la enfermedad no obedec?a a su deseo de cambiar el desenlace. Pero otra parte de ella, la que recordaba la voz materna y su propia impotencia, planteaba una pregunta distinta: ?por qu no le hab?an permitido al menos comprobarla? ?Por qu cada solicitud se hund?a en interminables trmites? ?Por qu quienes pod?an acelerar el trabajo hab?an preferido no darse prisa?

Aquellas preguntas no constitu?an una prueba de conspiracin. Eran desesperacin mezclada con sospechas. Y la desesperacin result ms fuerte que todas las reservas de la razn.

* * *

Despus del funeral, Anna regres al instituto antes de lo que todos esperaban. Le aconsejaron que descansara y se recuperara. Apenas contestaba. Necesitaba terminar el anlisis y volver a plantear la cuestin del proyecto: obtener una respuesta que no ten?a por qu ser favorable, pero s? honesta.

Trabajaba con una concentracin casi inquietante: se quedaba hasta muy tarde, rele?a art?culos y volv?a una y otra vez a sus apuntes. Quer?a demostrarse que la muerte de su madre no hab?a convertido todo en un caos sin sentido y que sus conocimientos a?n pod?an ser ?tiles para otras personas.

Sin embargo, el instituto respond?a con las mismas palabras de siempre. La solicitud se hab?a remitido para su aprobacin. Los resultados requer?an una evaluacin adicional. El acceso a ciertos materiales estaba temporalmente restringido. El jefe del equipo le aconsej que no agravara la situacin y esperara una decisin. Nadie dec?a que el proyecto estuviera cancelado. Nadie dec?a que fuera a recibir apoyo. Exist?a en un extra?o estado intermedio, en el que se exig?a a la investigadora seguir trabajando sin proporcionarle los medios para avanzar.

Un d?a Anna advirti que un documento que hab?a dejado en el sistema compartido, con su n?mero habitual, ten?a ahora una nueva marca de acceso. El cambio pod?a tener una explicacin administrativa perfectamente corriente. Solicit una aclaracin y recibi una respuesta formal. Una semana despus, un colega que antes discut?a de buen grado su hiptesis le dijo que ya no quer?a hablar de aquel asunto en horario de trabajo.

?Por qu? pregunt Anna.

Porque ahora nadie sabe qu se puede comentar sin peligro y qu no.

Estamos en un centro cient?fico. Hablamos de cuestiones cient?ficas.

l la mir con el cansancio de quien ha renunciado hace mucho a formular preguntas en voz alta.

Exactamente. Sigue pensando eso.

Ella no intent retenerlo. Su miedo no demostraba que hubiera una fuerza oculta detrs de lo que suced?a. Pero Anna ve?a ahora cmo la prudencia se propagaba entre las personas como otra enfermedad. Uno enmudec?a, otro dejaba de hacer preguntas y un tercero fing?a no haber apoyado jams una idea controvertida. As? se pod?a paralizar un proyecto sin tomar ninguna decisin que alguien pudiera calificar de prohibicin.

Por entonces apareci en su vida un hombre al que conoci a travs de contactos profesionales. No trabajaba en su equipo, no ten?a acceso a su laboratorio ni se hac?a pasar por un especialista con respuestas para todas las preguntas. Sab?a escuchar de una manera que no obligaba a su interlocutor a llenar los silencios apresuradamente. Al principio hablaban de investigacin cient?fica; despus, de libros, de viajes y de cmo cambia una persona cuando lleva mucho tiempo viviendo en un lugar donde no puede expresar en voz alta todo lo que piensa.

l sab?a que Anna hab?a perdido a su madre. No intentaba explicarle cmo deb?a vivir el duelo ni recurr?a a frases sobre el tiempo que todo lo cura. Cuando hablaba del proyecto, le preguntaba qu obstculos concretos hab?an surgido y qu necesitaba para continuar. Cuando la amargura la hac?a responder con brusquedad, l no fing?a no haberlo advertido.

Crees que, si encuentras a un culpable, te sentirs mejor le dijo una vez.

No busco culpables. Quiero entender por qu una decisin que deber?a evaluarse cient?ficamente no se eval?a de ese modo.

?Y si hay ms de una razn?

Entonces hay que decir cules son.

La gente rara vez dice las razones cuando sabe que tendr que responder por ellas.

Anna lo mir. Hab?a algo inslito en aquella serenidad: l no justificaba al sistema, pero tampoco la empujaba hacia la conclusin fcil de que todos eran enemigos. Le permit?a dudar. Tal vez por eso, poco a poco, empez a hablarle con mayor franqueza.

Por entonces ignoraba que ten?a delante a un hombre cuya atenta cordialidad no se deb?a ?nicamente al inters personal. Desconoc?a el n?mero de cdigo con el que figuraba en documentos ajenos y ni siquiera imaginaba que un d?a su propia biograf?a quedar?a resumida en un expediente confidencial mediante unos pocos prrafos escuetos. Para ella era alguien con quien pod?a decir en voz alta lo que ocultaba a sus colegas.

A veces me parece que sigo aqu? solo porque no he tenido tiempo de pensar adnde marcharme le confes un d?a.

?Y si pudieras elegir?

No puedo irme sin ms. Tengo firmado un compromiso de no abandonar el pa?s. Adems, ?quin me necesitar?a en el extranjero? No tengo resultados concluyentes; solo una l?nea de investigacin que ni siquiera aqu? me dejan comprobar.

l no respondi de inmediato. Primero le pregunt qu quer?a preservar exactamente: su trabajo, la posibilidad de seguir investigando, el recuerdo de su madre o el derecho a creer que todo aquello hab?a tenido sentido.

?Acaso se pueden separar esas cosas? pregunt Anna.

A veces no queda ms remedio.

Ella permaneci callada largo rato.

Quiero que lo que s hacer sirva de algo. No solo para los informes ni solo sobre el papel. Quiero saber que al menos lo hemos intentado.

En otro pa?s tal vez tengas la oportunidad de continuar con tu trabajo. Hay personas a las que podr?a interesarles tu experiencia. Pero eso no significa que todo vaya a ser ms fcil. Tendrs que abandonar la vida que conoces. Y no podrs regresar como si no hubiera pasado nada.

Anna estuvo a punto de echarse a re?r.

?Me ests describiendo la emigracin o la muerte?

A veces la gente habla de ambas con las mismas palabras. Pero no son lo mismo.

Aquella noche l no propuso ninguna ruta ni habl de billetes. Dej la idea entre los dos, como un libro sobre la mesa que uno pod?a abrir o dejar pasar inadvertido. Unos d?as despus fue la propia Anna quien retom la conversacin.

Empez a hacer preguntas: qu pasar?a con su trabajo y sus documentos, si podr?a seguir investigando, cules ser?an las consecuencias de incumplir el compromiso de no abandonar el pa?s. Pero lo esencial ya hab?a ocurrido: por primera vez, la vida fuera de Rusia dej de parecerle una posibilidad abstracta y se convirti en una eleccin real.

l respondi con cautela. En el extranjero nadie recibe la libertad junto con el pasaporte: tambin all? existen normas, dependencias y un idioma ajeno. Pero, si deseaba continuar con su trabajo, merec?a la pena considerar una salida que, al menos, le ofreciera una oportunidad.

Hablas como si ya lo hubieras decidido todo por m? dijo Anna.

No. La decisin ser tuya. Solo te estoy mostrando que existe otra salida.

?Y si es una trampa?

l sostuvo su mirada.

Entonces tendrs que evaluar el riesgo. Pero quedarte solo porque temes equivocarte tambin es una decisin. Y tambin tiene un precio.

Aquella frase le doli ms de lo que quiso reconocer. Anna siempre hab?a cre?do que una decisin responsable era aquella que pod?a justificarse con argumentos. Ahora se enfrentaba a una eleccin para la que no dispon?a de informacin suficiente. Pod?a quedarse, seguir trabajando en las mismas condiciones y esperar a que la situacin se aclarase. O pod?a marcharse y perder para siempre la posibilidad de regresar a la vida que conoc?a. Ning?n camino garantizaba justicia; ninguno le promet?a paz.

Pasaron los meses. La pandemia se convirti en parte de la vida cotidiana, las instituciones se adaptaron a las restricciones y Anna sigui intentando sacar adelante su l?nea de investigacin. A veces le parec?a que todo pod?a arreglarse todav?a; entonces llegaba una notificacin aplazando una reunin, una denegacin de acceso o una nueva conversacin interrumpida a medias.

Recordaba a su madre tanto en el dolor como en los detalles ms insignificantes: su t favorito, una melod?a conocida, una anotacin materna al margen de un libro. El trabajo no pod?a devolverle lo perdido. Pero, si Anna renunciaba a todo cuanto consideraba importante, la muerte de su madre no ser?a ms que un vac?o alrededor del cual habr?a construido su miedo.

No quer?a vivir exclusivamente movida por la culpa. Pero todav?a no sab?a cmo separar la culpa de la esperanza.

* * *

Volvieron a hablar de una salida concreta en 2022. Para entonces, la propuesta hab?a dejado de ser una idea remota. El hombre al que Anna consideraba su amigo le dijo que exist?a la posibilidad de organizar su marcha. No intent revestirlo de romanticismo. Le explic que el camino ser?a dif?cil, que tendr?a que actuar con prudencia y que, una vez fuera, ya no podr?a disponer de su propia vida como antes. En Estados Unidos podr?an recibirla y ofrecerle la posibilidad de trabajar, pero a cambio tendr?a que aceptar controles, restricciones y una proteccin inseparable de la vigilancia.

?Quieres decir que me salvarn y luego vigilarn cada paso que d? pregunt Anna.

Quiero decir que la seguridad nunca es gratuita. Sobre todo en tu caso.

?Y el trabajo? ?Mi proyecto? Dijiste que all? les interesar?a.

Les interesarn tus conocimientos. Pero nadie honrado te prometer que ma?ana entrars en un laboratorio y seguirs donde lo dejaste. Tendrs que pasar una evaluacin, explicar lo que sabes y empezar a construir la confianza desde cero.

Anna apart la mirada. Sus palabras no conten?an aquella garant?a mgica con la que a veces so?aba en sus momentos de desesperacin. Estados Unidos no parec?a una orilla salvadora, sino otra orilla a la que deb?a llegar nadando sin saber qu encontrar?a al desembarcar.

Tengo firmado un compromiso de no abandonar el pa?s dijo. No puedo comprar un billete y desaparecer sin ms.

Por eso nadie te propone hacerlo directamente. Puedes organizar un viaje corto a Abjasia, supuestamente para asistir a la boda de unos amigos. Comprar billetes de ida y vuelta, preparar una maleta para unos d?as. A los ojos de los dems ser un viaje privado normal. En Abjasia te esperar un gu?a. Despus te ayudarn a cruzar la frontera con Georgia y, del lado georgiano, habr un avin especial aguardndote.

Hablaba sin dar detalles, sin dibujar la ruta sobre el papel ni prometer que todo saldr?a bien. Anna entend?a que aquella reserva respond?a a una organizacin que no quer?a dejar rastros innecesarios y que tampoco pensaba revelarle todas sus capacidades. Pero tambin comprend?a que, a partir de ese momento, tendr?a que tomar decisiones que no podr?an deshacerse con una simple llamada telefnica.

?Y si me detienen?

Ese riesgo existe.

?Y si cambio de opinin cuando ya est all??

Entonces tendrs que decirlo antes de dar el siguiente paso. Pero no puedo prometerte que cualquiera de las opciones de regreso sea segura.

Tienes una forma muy convincente de ofrecer libertad dijo Anna. Sobre todo cuando enumeras todo lo que puedo perder.

No te ofrezco libertad, Anna. Te ofrezco la posibilidad de elegir, aunque la eleccin d miedo.

Se enfad con l precisamente por su sinceridad. Habr?a querido o?r que todo estaba organizado, que podr?a continuar investigando y que alg?n d?a tendr?a la posibilidad de volver. Pero l le ofrec?a la realidad sin envolverla en consuelos.

Durante las semanas siguientes, Anna estuvo varias veces a punto de echarse atrs. ?Y si sus conocimientos no le interesaban a nadie? ?Y si el nuevo pa?s no le permit?a continuar con su trabajo? ?Y si todo lo que le hab?a parecido sospechoso no era ms que el resultado del caos y de un sistema desbordado? Entonces marcharse no ser?a una salvacin, sino una traicin a su propia idea del deber.

Rusia no era un sistema abstracto. All? hab?a nacido y estudiado; all? hab?a visto por primera vez un laboratorio, y all? su madre le acomodaba la bufanda antes de salir de casa. Las calles de San Petersburgo, las tardes de Mosc?, los libros, las voces familiares y la tumba de su madre la un?an al pasado con ms fuerza que cualquier documento. Irse no significaba borrar todo aquello, sino llevrselo consigo sin poder volver a tocarlo.

Quedarse significaba vivir cada d?a rodeada de recordatorios de su impotencia. Anna no cre?a que su investigacin pudiera derrotar la enfermedad de un golpe, ni sab?a si habr?a salvado a su madre. Pero la posibilidad de comprobar la hiptesis se desvanec?a entre decisiones cuyas causas nadie explicaba. Le daba miedo aprender muy pronto a callar como los dems.

Acept, aunque el miedo no desapareci y segu?a sin confiar del todo en quienes le ofrec?an ayuda. Pero quedarse inmvil se hab?a vuelto insoportable. Quer?a continuar con su trabajo. Quer?a demostrar que sus conocimientos pod?an servir de algo. Quer?a vivir sin que cada d?a comenzara con un juicio interior contra s? misma. Y, aunque a rega?adientes se lo confesara incluso a s? misma, quer?a llegar a un lugar donde su pasado no fuese lo primero que la gente supiera de ella.

Poco antes de partir, fue al instituto y permaneci largo rato en un pasillo vac?o. Las puertas de los laboratorios estaban cerradas. Detrs de una de ellas alguien trabajaba, moviendo con cuidado recipientes de vidrio. En otra brillaba la luz de un monitor. Todo estaba organizado como si el trabajo fuera a continuar sin ella, y, por supuesto, as? ser?a. La gente llegar?a por la ma?ana, abrir?a los registros, comprobar?a las anotaciones y comentar?a los resultados. En su mesa quedar?an apuntes, algunos de los cuales nadie comprender?a como ella.

Anna apoy la palma de la mano en la superficie fr?a de una puerta. Habr?a querido decir en voz alta que no abandonaba la ciencia. Que no renunciaba a sus convicciones. Que se marchaba precisamente porque no quer?a dejar de hacerse preguntas. Pero el pasillo no era un testigo al que debiera dar explicaciones.

Apag la luz del despacho y dej la llave en su sitio.

* * *

Sobre el papel, el viaje a Abjasia parec?a de lo ms corriente: billetes de ida y vuelta, una bolsa peque?a, la excusa de la boda de unos conocidos y el regreso al trabajo a comienzos de la semana. Anna procuraba comportarse con naturalidad, pero cada gesto cotidiano se convirti en parte de una despedida.

El rostro sab?a fingir mejor que el cuerpo. Antes de partir se le secaba la boca; durante el trayecto apenas com?a y despertaba con cualquier ruido. Se miraba los dedos e imaginaba que alg?n d?a aquellas manos sostendr?an documentos con un nombre ajeno.

Despus comenz el viaje y ya no hubo tiempo para pensar. El aire era ms h?medo y suave que en Mosc?; ol?a a tierra, vegetacin y mar. De d?a hac?a bochorno; al anochecer, el fr?o calaba los huesos. El habla de la gente sonaba distinta y desaparec?an las referencias familiares. Abjasia dej de ser un punto en el mapa para convertirse en un espacio entre la vida que todav?a pod?a alcanzarla y un futuro que le exig?a seguir adelante.

El gu?a no le hac?a preguntas sobre sus sentimientos. Solo dec?a lo que era imprescindible saber en cada momento y no promet?a un paso fcil. Anna escuchaba, asent?a y trataba de no pensar en los detalles que escapaban a su control. Solo ten?a una certeza: si se deten?a all? y ped?a que la llevaran de regreso, su antigua vida no volver?a a ser la misma. Las sospechas, las restricciones, el silencio y el miedo exist?an ya, independientemente de lo que ella decidiera.

Cruzar la frontera no se pareci a una escena de cine. No hubo un gesto heroico ni una sensacin instantnea de libertad. Hubo fr?o, cansancio y espera; cada ruido parec?a demasiado fuerte. Anna avanzaba porque cada paso era ya consecuencia del anterior.

Cuando le dijeron que el tramo peligroso hab?a quedado atrs, no sinti alegr?a. El alivio fue tan intenso que comenz a temblar, y tras l lleg la verg?enza. Hab?a dejado atrs a personas que no sab?an dnde estaba y a compa?eros a los que no hab?a explicado su desaparicin. Sin duda, algunos la considerar?an una cobarde; otros, una traidora. No pod?a justificarse.

Del lado georgiano la recibieron personas que no hac?an preguntas innecesarias. Anna hab?a dejado de intentar adivinar qu pensaban. Solo quer?a recorrer la siguiente etapa y despertar alg?n d?a en un lugar donde nadie le exigiera presentar su antigua vida junto con los documentos.

El avin especial no era una promesa de felicidad: una cabina fresca, varios asientos y personas que conoc?an su itinerario mejor que ella misma. Anna acept el agua que le ofrecieron, se sent junto a la ventanilla y contempl la tierra de la que ya no la separaba ?nicamente una frontera, sino tambin su propia decisin.

Durante el vuelo nadie le pregunt por su madre ni por sus investigaciones. Tambin el silencio exig?a esfuerzo. El futuro se descompon?a en palabras inciertas: nueva direccin, documentos, evaluacin, trabajo, proteccin. Ninguna se parec?a a un hogar.

Recordaba a su madre no en sus ?ltimos d?as, sino en los momentos domsticos ms sencillos: cuando la llamaba desde la habitacin contigua, cuando dejaba una taza sobre la mesa, cuando la rega?aba por trabajar hasta muy tarde. En esos recuerdos no hab?a ciencia ni pol?tica. Anna no pod?a salvar a su madre retrospectivamente ni demostrar que las cosas habr?an sido distintas. Pero s? pod?a decidir en quin se convertir?a despus de aquella prdida.

Quer?a creer que delante la esperaba el trabajo. No un descubrimiento garantizado, ni la gratitud del mundo, ni el reconocimiento de que ella ten?a razn: simplemente, la posibilidad de seguir buscando. Era menos de lo que hab?a so?ado conseguir y ms de lo que le quedaba en casa.

Cuando el avin comenz a descender, Anna no se sinti vencedora. Hab?a dejado su pa?s y su antigua carrera; a cambio, recib?a una oportunidad que a?n tendr?a que ganarse y una proteccin que inevitablemente implicaba vigilancia. La salvacin no era una puerta abierta a una nueva vida, sino un pasillo estrecho con un n?mero desconocido de puertas cerradas.

* * *

Ahora, en la habitacin de Roma, Anna volvi a abrir los ojos. El telfono segu?a sobre la mesa. El mensaje que anunciaba el cambio de condiciones no hab?a desaparecido y todav?a no hab?an llegado nuevas instrucciones.

Se acerc a la mesa, volvi a leer el texto y dej el mvil boca abajo. Record al director del instituto, la pausa antes de su respuesta, el zumbido tenue de las lmparas del pasillo. Record al hombre que le hab?a propuesto marcharse. Record el avin especial en el que hab?a comprendido por primera vez que su destino quedaba ligado a personas capaces de ayudarla, pero no obligadas a contarle toda la verdad.

Hab?an pasado casi tres a?os desde entonces. Se hab?a acostumbrado al nuevo pa?s, al nuevo nombre y al hecho de que algunas personas supieran de ella ms de lo que le habr?a gustado. Hab?a aprendido a ser Ann para Johnny y Anna Samsnova para quienes conoc?an su verdadero pasado. Pod?a re?r, visitar museos, estudiar idiomas y hacer planes. Pero bastaba con que apareciera alguien dispuesto a cambiar las condiciones sin dar explicaciones para que regresara aquella sensacin de anta?o: estaba de nuevo ante una puerta cerrada, mientras la decisin se tomaba en alg?n lugar al otro lado.

Anna escribi una breve respuesta: Mensaje recibido. Quedo a la espera de aclaraciones.

No hizo preguntas. No porque confiara en el remitente, sino porque entend?a que dispon?a de muy poca informacin para distinguir una advertencia de una prueba. El desconocido pod?a temer la vigilancia. Pod?a haber descubierto algo nuevo. Pod?a estar poniendo deliberadamente a prueba su disposicin a obedecer. O pod?a no ser siquiera la persona que pretend?a ser.

Solo le quedaba esperar el siguiente mensaje y recordar que esta vez no hab?a venido por el deseo de visitar Italia. Hab?a venido en busca de una respuesta que tal vez nadie quer?a darle.

Al otro lado de la ventana, Roma iba sumergindose en la tarde. Una sombra se deslizaba por la pared de enfrente, abajo se cerr una puerta de golpe y alguien se rio en la calle. Anna apag la luz y se qued junto a la ventana, sin poner m?sica ni abrir un libro. La habitacin estaba a oscuras, pero la ciudad segu?a viviendo como si no hubiera ocurrido nada.

El telfono vibr.

Se volvi tan deprisa que golpe el borde de la mesa. En la pantalla apareci un mensaje nuevo. Breve, sin firma.

El mensajero ya no acepta el lugar acordado. Espere. Y recuerde: si no la ve en persona, el encuentro no se celebrar.

Anna reley la ?ltima frase. As? que todo segu?a dependiendo de ella. O alguien quer?a que lo creyera.

Contempl su reflejo en el cristal oscuro y, por primera vez desde el comienzo del viaje, se permiti formular una pregunta que hab?a evitado desde que recibi la misin:

?Y si el hombre al que debo ver no quiere, en realidad, que yo regrese?

No hubo respuesta. Solo las ventanas iluminadas del edificio de enfrente y el telfono, cuya pantalla volvi a apagarse.

* * *

EL VAICANO

Cap?tulo 4. El ?ltimo encuentro

Roma, 26 de abril de 2025

El telfono vibr a las 22:41.

Anna no mir la pantalla de inmediato. Estaba junto a la ventana, observando cmo dos hombres se desped?an abajo, en una calle estrecha, al lado de una motocicleta aparcada. Uno hablaba en voz alta, agitando los brazos; el otro se re?a mientras retroced?a hacia la puerta de una cafeter?a. Una escena corriente, de las que ocurr?an a cada minuto en Roma. Anna se sorprendi memorizando detalles: la marca blanca que el sol hab?a dejado en el hombro de uno, un hilo enganchado en la manga del otro, la luz de una farola temblando sobre una piedra mojada junto al bordillo.

Intentaba pensar en cosas sencillas: llamar a Johnny, contarle que Roma era maravillosa, aunque hasta entonces la hubiera visto sobre todo desde las ventanillas de un coche y de su hotel.

El telfono volvi a vibrar.

El mensaje hab?a llegado por el mismo canal que los anteriores. Sin nombre, sin saludo. Apenas unas l?neas:

Modificacin de las condiciones. El mensajero ha descartado la fecha anterior. El encuentro tendr lugar ma?ana, domingo 27 de abril, entre las 12:00 y las 13:00. El lugar no cambia: la Capilla Sixtina. Despus de ese d?a quedar cerrada al p?blico. Si desean recibir los documentos, Samsnova deber presentarse personalmente. Cualquier intento de vigilancia puede dar lugar a la cancelacin de la entrega.

Anna ley el mensaje. Despus volvi a leerlo.

Alguien cerr de golpe la puerta de un coche en la calle. La ciudad segu?a siendo la misma, pero en la habitacin pareci faltar el aire.

Primero pens en una explicacin sencilla: el mensajero ten?a prisa. Los Museos Vaticanos cerrar?an despus del domingo, y la propia capilla deb?a incorporarse a los preparativos del cnclave. Si la cita se aplazaba otra vez, el desconocido pod?a perder la oportunidad de estar en el lugar que hab?a elegido. Todo parec?a lgico. Demasiado lgico para resultar tranquilizador.

Sin embargo, aquel ?nico mensaje conten?a varias precisiones incmodas. Su autor conoc?a el cierre de la capilla. Sab?a que Samsnova ya se encontraba en Roma. Y volv?a a insistir en que deb?a acudir ella misma. No un representante estadounidense, ni un intermediario, ni alguien que supiera formular las preguntas adecuadas. ?nicamente ella.

Anna escribi una respuesta: Mensaje recibido. Confirmen que el horario es definitivo.

La envi y dej el telfono sobre la mesa. No hubo contestacin. Esper casi cinco minutos, aunque sab?a que aquella espera no resolver?a nada. Despus silenci el aparato y empez a preparar las cosas para el d?a siguiente: los documentos, un bolso peque?o, un pa?uelo, agua. Se qued mirando el pasaporte ms tiempo del necesario. El documento estadounidense ya no estaba en su poder. El pasaporte ruso para viajes al extranjero permanec?a en el compartimento interior del bolso, guardado cuidadosamente en una funda transparente. En aquella operacin ten?a que volver a convertirse en Anna Samsnova, la mujer a la que en Rusia daban por desaparecida.

No sab?a que, a pocas manzanas de all?, dos estadounidenses ya hab?an recibido la misma informacin sobre la hora del encuentro. Ten?an prohibido acercarse a ella, dar a entender que la conoc?an o intervenir salvo que fuera necesario. En el informe de servicio, la misin se formulaba con sequedad: garantizar la seguridad de Samsnova y evitar la prdida de la informacin que pudiera recibirse.

Sobre el papel, todo parec?a factible.

En la prctica, ni siquiera sab?an si la carpeta exist?a.

* * *

El domingo amaneci luminoso, aunque fresco. El aire matinal ol?a a piedra, a yeso h?medo y al caf que los camareros sacaban a las peque?as mesas antes de abrir sus establecimientos. Grupos de turistas recorr?an ya las calles. Unos caminaban con mapas, otros consultaban sus telfonos y otros escuchaban a gu?as que hablaban en distintas lenguas, todos con la misma seguridad de quien debe conducir por la historia a personas que contemplan por primera vez sus escenarios.

Anna sali del hotel antes de lo necesario. No quer?a tener prisa, pero tampoco soportaba seguir en una habitacin donde cada minuto le recordaba el encuentro que se acercaba. Caminaba sin movimientos bruscos, procurando no mirar por encima del hombro. Aquella precaucin se hab?a convertido hac?a mucho en una costumbre, pero ahora la irritaba: ni siquiera en una ciudad extranjera pod?a permitirse ser una turista cualquiera.

Cerca de los muros del Vaticano, la corriente humana se hac?a ms densa. En la explanada frente a la entrada de los museos se hab?a formado una cola: el ?ltimo domingo del mes la entrada era gratuita, y a las dos de la tarde los visitantes deb?an haber abandonado las salas. Se alzaban paraguas por encima de las cabezas, aunque no hab?a llegado a llover. Unos fotografiaban la fachada; otros comprobaban sus entradas; los empleados dirig?an al p?blico hacia los controles de acceso.

Anna se uni a un peque?o grupo de turistas de habla rusa. No dio demasiadas explicaciones sobre s? misma. Dijo que hab?a venido sola, que le gustaba el arte y que hab?a decidido aprovechar el domingo. Era verdad; no toda la verdad, pero s? verdad. Una mujer con una bufanda rojiza le pregunt desde dnde hab?a volado. Anna respondi con evasivas, alegando un viaje largo y el cansancio. La conversacin deriv enseguida hacia los museos: quin hab?a estado ya en Roma, quin pensaba visitar las Estancias de Rafael, quin so?aba con llegar por fin a la Capilla Sixtina.

Hoy seguramente no se podr ni andar ah? dentro coment la mujer. Pero hay que verla de todos modos. He o?do que a partir de ma?ana la cierran.

Por el cnclave respondi un hombre con gorra. Lo dijeron en la televisin.

Anna fingi escuchar con el inters habitual de cualquier visitante. En realidad, registr cada palabra. La noticia del cierre se hab?a convertido en una explicacin que no obligaba al mensajero a demostrar nada. Pero ?por qu hab?a elegido precisamente aquel d?a? ?Por qu la hab?a hecho esperar casi una semana, para despus adelantar la cita con apenas veinticuatro horas de margen? Tal vez porque antes no pod?a actuar. O tal vez porque quer?a encontrarla desprevenida.

No lejos de all?, entre la gente, un hombre con una chaqueta clara examinaba un plano de los museos. No miraba a Anna ni intentaba acercarse. En otras circunstancias, ni siquiera se habr?a fijado en l. Pero le result familiar la manera de sujetar el mapa doblado: el pulgar presionaba el pliegue mientras el ?ndice alisaba el borde. Se detuvo a observarlo un segundo y se oblig a apartar la vista. Pod?a ser cualquiera. Despus de vivir en dos pa?ses, hab?a aprendido demasiado bien a no fiarse de las coincidencias.

Ignoraba que aquel hombre hab?a llegado a Roma en el mismo vuelo que ella. Tampoco sab?a que la segunda persona asignada por la Agencia a su proteccin estaba en aquel momento junto al extremo de la cola, con unas gafas oscuras y una mochila peque?a. Ambos agentes vest?an para pasar inadvertidos. No hablaban entre s? a la vista del p?blico, no permanec?an juntos ni pretend?an convertir su recorrido en una operacin de seguridad ostensible.

El agente de mayor rango distingu?a a Anna entre los huecos de la multitud. Conoc?a su fotograf?a, su manera de caminar y la costumbre de inclinar ligeramente la cabeza cuando escuchaba a alguien. Pero nunca se hab?a reunido con ella. Para l era una mujer cuyo nombre figuraba en un expediente, una fuente a la que hab?an proporcionado una nueva biograf?a y cuya participacin en la operacin se consideraba indispensable. No sab?a que le gustaba la pintura, que recordaba los olores mejor que muchos rostros ni que, a bordo del avin, le hab?a prometido a un hombre llamado Johnny que pronto regresar?a.

Solo sab?a una cosa: no pod?an perderla.

La segunda agente permanec?a ms cerca del grupo de turistas, aunque no al lado de Anna. Entend?a el ruso lo bastante bien para captar el sentido de las conversaciones y pod?a pasar por una viajera que iba por su cuenta. No llevaba nada extra?o en el bolso. Solo hab?a algo que la distingu?a de los dems: no contemplaba las obras con admiracin manifiesta. Observaba a las personas que contemplaban las obras.

El grupo pas los controles y continu por el recorrido del museo. En las primeras salas se o?a un murmullo desigual de voces; los pasos resonaban en el suelo, los gu?as citaban pintores y fechas, y los visitantes aceleraban o se deten?an frente a las vitrinas. En la Galer?a de los Mapas Geogrficos, las largas paredes se prolongaban en la distancia cubiertas de representaciones de Italia, de islas y de mares. En el techo, los tonos dorados y azules se entrelazaban con los relieves, y parec?a que el propio recorrido se convert?a en un viaje por los siglos de otras gentes.

Anna procuraba mirar las obras expuestas, no el reloj. No quer?a permitir que el miedo le arrebatara tambin aquello. Reconoc?a detalles que hab?a estudiado en los libros y experimentaba una extra?a divisin interior: una parte de su conciencia se alegraba de haber llegado por fin hasta all?; la otra contaba las salidas, localizaba al personal de seguridad y buscaba una forma de caminar que le resultara familiar.

A lo largo del recorrido aparec?an avisos que ped?an silencio y el cumplimiento de las indicaciones del personal. Cuanto ms se acercaban a la capilla, ms a menudo los gu?as terminaban sus explicaciones antes de entrar. Dentro de la Capilla Sixtina se exig?a silencio absoluto; estaban prohibidos los telfonos y las fotograf?as. Los visitantes se manten?an hombro con hombro, levantaban la mirada hacia el techo y quedaban a solas con sus pensamientos.

Anna pens que el mensajero no hab?a escogido aquel lugar solamente por la multitud. All? nadie deb?a hablar. Cualquier palabra tendr?a que pronunciarse casi en un susurro, y hasta un susurro pod?a llamar la atencin. Sin embargo, la ausencia de conversacin no significaba que fuera imposible comunicarse. Entre tanta gente, bastaban una mirada, un gesto o un roce fugaz para transmitir lo que no pod?a exponerse a la luz.

Se detuvo ante la entrada de la capilla y sinti por un instante la fuerza con que le golpeaba el corazn. De pronto quiso dar media vuelta, regresar por las salas, salir a la calle y llamar a Johnny. Se imagin dicindole que hab?a cambiado de opinin, que encontrarse con un desconocido no merec?a ning?n secreto. l seguramente le preguntar?a dnde estaba y le propondr?a comprar el primer billete de vuelta a casa.

Pero ya no hab?a ning?n hogar al que regresar. Y retroceder tampoco garantizaba la salvacin.

* * *

La Capilla Sixtina no era como Anna la hab?a imaginado a partir de las fotograf?as. En ellas, el techo parec?a una ilustracin plana y las paredes, un decorado inmvil. En realidad, todo el espacio se elevaba sobre los visitantes, rebosante de figuras, movimiento y color. Los ojos no sab?an dnde detenerse primero: en las escenas de la bveda, en los profetas y las sibilas, en aquellos cuerpos pintados con una verosimilitud tan rotunda que parec?a que el color pudiera contener el aliento de una persona viva.

En el muro del fondo, sobre el altar, se desplegaba el Juicio Final de Miguel ngel. Unas figuras ascend?an y otras ca?an, algunas se esforzaban por alcanzar la salvacin mientras otras eran arrastradas hacia las profundidades; nada de aquello ten?a la serenidad acostumbrada de las postales tur?sticas. En la pintura se percib?a no solo la solemnidad religiosa, sino tambin la angustia ante el ?ltimo l?mite, ante ese instante en el que ni la posicin social, ni la riqueza, ni la proteccin de los poderosos pueden cambiar ya el desenlace.

Anna alz la mirada hacia el techo. En el centro de la bveda, entre las escenas b?blicas, estaba la imagen que conoc?a desde ni?a gracias a las reproducciones: las manos de Dios y de Adn se extienden una hacia la otra, pero queda un espacio diminuto entre sus dedos. Los manuales de historia del arte explicaban la composicin, las proporciones, la tcnica del fresco y las circunstancias del encargo. Ahora, sin embargo, no le impresion tanto que el artista hubiera representado un contacto, sino que ese contacto no llegara a consumarse. Lo ms importante permanec?a entre ambas manos.

Por favor, guarden silencio record con amabilidad un vigilante a un grupo en el que alguien hab?a empezado a hablar. En la capilla debe mantenerse un silencio absoluto.

Anna baj los ojos. Los visitantes avanzaban despacio, procurando no alterar la quietud. Algunos permanec?an inmviles, con la cabeza echada hacia atrs. Otros cerraban los ojos, como para retener mejor lo que hab?an visto. Un ni?o tir de la manga de su madre, pero ella se llev un dedo a los labios. Nadie fotografiaba nada con el telfono. Unos cuantos turistas se llevaron la mano al bolsillo por costumbre, vieron la se?al de prohibicin y desistieron.

Entre la multitud resultaba imposible saber quin hab?a acudido por amor al arte, quin por fe y quin se limitaba a marcar otra atraccin en su lista de visitas. A Anna le conven?a: todos miraban hacia arriba y los rostros a la altura de sus ojos pasaban a un segundo plano.

Avanz lentamente, dejando que el grupo se adelantara. Le parec?a que su memoria funcionaba por separado, registrando siluetas, movimientos, pliegues de ropa y destellos sobre el suelo pulido. Una parte de su conciencia segu?a buscando el rostro del pasado. Otra le ordenaba detenerse. Si se equivocaba, confundir?a a un desconocido con alguien que hab?a desaparecido de su vida hac?a mucho. Si acertaba, la esperaba algo para lo que estaba mucho menos preparada de lo que quer?a reconocer.

El hombre de la chaqueta clara estaba junto a una pared lateral. Ya no sosten?a el plano. Permanec?a algo apartado del flujo compacto de visitantes, sin contemplar el techo como hac?an los dems. Su mirada recorr?a lentamente la sala. No parec?a buscar a Anna de manera evidente; ms bien comprobaba si lo que ve?a coincid?a con lo que esperaba encontrar. Su rostro era ms viejo que en el recuerdo de ella, pero la edad no hab?a borrado los rasgos conocidos. La l?nea de los pmulos, una ligera asimetr?a de la boca, la costumbre de levantar el mentn una fraccin de segundo antes de girar la cabeza.

Anna sinti que la sangre se le retiraba del rostro.

No.

No pod?a ser l.

El hombre al que recordaba no ten?a por qu estar all?. No despus de tantos a?os. No despus de todo lo ocurrido. No en un lugar donde esperaba encontrar una respuesta, no otra herida.

El hombre volvi la cabeza. Sus miradas se encontraron.

Anna lo reconoci.

En aquel instante dej de o?r cuanto suced?a a su alrededor, aunque la capilla segu?a llena de gente. La bveda inmensa, las figuras de las paredes, un susurro que alguien hab?a pronunciado antes de que el personal le llamara la atencin: todo qued lejos. Solo ve?a aquel rostro que su memoria hab?a conservado con excesiva nitidez. No un nombre. No una explicacin. Tan solo una certeza de la que no pod?a resguardarse: aquel hombre no pod?a haber aparecido ante ella por casualidad. Al menos, eso le pareci.

l no sonri ni dio un paso hacia ella. Se limit a inclinar ligeramente la cabeza, un gesto que pod?a significar saludo, confirmacin o advertencia. Anna no pod?a saberlo. En todos aquellos a?os nunca hab?a aprendido a descifrarlo del todo.

Ella dio un paso. Luego otro. En ese momento la corriente de visitantes se desplaz y una familia con dos ni?os se interpuso entre ambos. Unas personas se volvieron hacia el muro del altar, otras retrocedieron con cuidado para dejar pasar. El hombre desapareci detrs de los hombros ajenos, como si no fueran personas quienes lo ocultaban, sino el tiempo.

El agente de mayor rango advirti que Anna hab?a cambiado de direccin. Ya no segu?a al grupo de habla rusa: avanzaba junto a la pared, como si quisiera contemplar los frescos desde otro ngulo. l no pod?a acercrsele sin motivo; cualquier aproximacin demasiado evidente delatar?a que la vigilaban. Mir a su compa?era. Ella cambi de posicin sin perderla de vista.

El hombre de la chaqueta clara reapareci entre los visitantes. Ahora estaba casi al lado de Anna. No dijo una palabra. Solo levant la mano, como para ajustarse el pu?o de la manga, y durante un instante roz los dedos de ella.

El contacto fue brev?simo. Visto desde fuera, pod?a parecer el roce accidental de dos personas que se hab?an acercado demasiado en medio de la multitud. Anna sinti en la palma algo estrecho y duro; o quiz solo se lo imagin. No le dio tiempo a mirar. El hombre pas de largo y se perdi entre los visitantes.

Ella no se volvi enseguida. Ten?a que mantener el rostro inmvil, no revelar su conmocin ni llamar la atencin. El corazn le lat?a con tanta fuerza que cada golpe parec?a un empujn independiente dentro del pecho. La palma conservaba la sensacin de aquel contacto ajeno. Pero ?hab?a habido una entrega? ?Era realmente l? ?Y si se hab?a equivocado? ?Y si el verdadero propsito de la cita no era la carpeta, sino conseguir que ella lo viera?

Abri los dedos lentamente. Ten?a la mano vac?a.

Un instante despus, la luz tembl ante sus ojos.

* * *

Al principio, Anna pens que estaba agotada. Despus del vuelo, de una noche sin dormir y de la tensin del ?ltimo d?a, no habr?a tenido nada de extra?o. Inspir ms profundamente e intent concentrarse en el fresco que ten?a delante, pero la imagen se descompuso en manchas de colores. La sala pareci inclinarse. Las voces, que apenas hab?a percibido hasta entonces, se convirtieron en un rumor sordo, como si estuviera sumergida bajo el agua.

Dio un paso hacia la pared para apoyarse, pero su mano no encontr ning?n soporte. Sinti una pesadez en el pecho: no era un dolor agudo, sino una presin extra?a que no desaparec?a al respirar. Los dedos se le enfriaron. Quiso llamar a alguien, pero la capilla exig?a silencio y, aun entonces, la costumbre de respetar las normas ajenas result ms poderosa que el instinto.

Anna trat de girarse. A unos metros, una mujer llevaba a un ni?o de la mano. Un poco ms all, un hombre alto contemplaba el techo sin reparar en nada. Junto a la pared lateral pas fugazmente una chaqueta clara. Anna intent enfocar la mirada, pero el hombre desapareci detrs de los turistas.

Solo comprendi que se estaba cayendo cuando las rodillas dejaron de sostenerla.

Roz con el hombro a un visitante cercano. El hombre se volvi bruscamente y alcanz a sujetarla por el codo, pero el peso de su cuerpo tir tambin de l hacia abajo. Alguien grit. Se oy un golpe sordo contra el suelo y, despus, varias voces rompieron a la vez el silencio.

Signora! Signora, mi sente?

La gente retrocedi, formando un c?rculo irregular. La mujer de la bufanda rojiza, la misma con la que Anna hab?a hablado en la cola, se arrodill a su lado. El rostro de Samsnova estaba blanco; los labios, ligeramente entreabiertos. Ten?a los ojos abiertos, pero no fijaba la mirada en nadie.

?Se encuentra mal! ?Que alguien venga a ayudarla! grit un hombre en ruso.

Un guardia de seguridad acudi rpidamente. Otro levant el brazo, exigiendo que despejaran el espacio. Los visitantes retroced?an a rega?adientes: unos intentaban comprender qu ayuda hac?a falta; otros miraban aturdidos, como si semejante desgracia no pudiera suceder en medio de algunas de las mayores obras de arte de la humanidad. Varias personas echaron mano a sus telfonos, pero el guardia les orden tajantemente que los guardaran. All? no estaba permitido filmar, y una desgracia repentina no anulaba las normas; aunque, en ese momento, nadie las consideraba ya simples formalidades de museo.

La segunda agente lleg casi al mismo tiempo que los guardias. No se present ni exhibi autoridad alguna. Simplemente se arrodill, comprob si Anna respond?a y pidi asistencia mdica en italiano. Su voz sonaba firme y sus manos actuaban con rapidez. Sab?a mantener la calma cuando todo empezaba a desmoronarse, pero ahora, debajo de aquella serenidad, surgi otra sensacin: la fr?a certeza de que Samsnova pod?a morir ante sus ojos.

El agente de mayor rango se detuvo medio paso ms atrs. En su cabeza operaban al mismo tiempo dos rdenes: ayudar a la mujer y no perder a quien acababa de pasar junto a ella. Mir hacia el lugar donde hab?a desaparecido la chaqueta clara. La multitud bloqueaba el paso. Si ahora corr?a tras aquel hombre, pod?a dejar sola a su compa?era con Samsnova agonizando. Si se quedaba, el mensajero se esfumar?a en el museo, y con l la ?nica oportunidad de averiguar lo ocurrido.

Eligi a Anna.

El personal mdico lleg unos minutos ms tarde; unos minutos que parecieron ms largos que todo el viaje desde Virginia. Empleados del museo arrimaron a los visitantes a las paredes y pidieron que dejaran libre el paso y no hicieran preguntas. La mujer de la bufanda rojiza lloraba, repitiendo que hac?a apenas un minuto Anna estaba a su lado contemplando el techo. El hombre contra el que hab?a tropezado murmuraba que no hab?a visto cmo ca?a. Todos intentaban reconstruir aquellos segundos, pero cada cual recordaba solamente su parte de lo sucedido.

Anna no recuper el conocimiento. La trasladaron a un espacio ms despejado, lejos del gent?o. Los sanitarios realizaron las maniobras necesarias. En la capilla, donde se exig?a silencio a los visitantes, ahora resonaban rdenes breves, pasos y voces agitadas. Incluso quienes estaban junto a la pared opuesta comprendieron que hab?a ocurrido algo irreparable.

La agente permaneci cerca hasta que le pidieron que se apartara. Sab?a que, en momentos as?, no deb?a sustituirse la realidad por la esperanza. Sin embargo, cada vez que un mdico se inclinaba sobre Anna, se sorprend?a esperando el menor movimiento: una inspiracin, un giro de la cabeza, alguna respuesta al tacto. No sucedi nada.

La hora de la muerte se establecer?a ms tarde a partir de los datos mdicos. Pero, para las personas que estaban all?, la muerte lleg en el instante en que cambi la manera de actuar de los especialistas y uno de ellos neg brevemente con la cabeza.

Cerca de all?, alguien murmur una oracin. La mujer de la bufanda rojiza se cubri la cara con las manos. Un vigilante pidi a todos que retrocedieran todav?a ms. Los enormes frescos segu?an contemplndolos desde arriba: condena y salvacin, cuerpos en movimiento, brazos alzados, rostros detenidos entre la esperanza y el miedo. Unos minutos antes, Anna hab?a permanecido bajo ellos pensando en un hombre de su pasado. Ahora su propia historia terminaba de pronto en un lugar al que millones de personas acud?an para reflexionar sobre la eternidad.

* * *

Al principio, todo parec?a un accidente trgico. Una mujer inconsciente en un museo abarrotado; una posible parada card?aca, un empeoramiento repentino, una causa imposible de determinar a simple vista. El personal del Vaticano actu con rapidez: desalojaron a los visitantes de la zona ms prxima de la capilla y despejaron los pasillos para los sanitarios y los responsables de seguridad. La gente hac?a preguntas en italiano, ingls, ruso y otros idiomas, pero nadie pod?a responder a la principal: ?qu le hab?a ocurrido a la mujer que, apenas unos minutos antes, hab?a sido una entre cientos de visitantes?

Uno de los empleados pidi su nombre. La mujer de la bufanda rojiza dijo que no sab?a cmo se llamaba; solo hab?an intercambiado unas palabras en la cola. En el bolso de Samsnova encontraron un pasaporte ruso para viajes al extranjero y algunos efectos personales corrientes. Lo abrieron por la pgina de la fotograf?a. Era el mismo rostro, aunque en la imagen parec?a ms sereno.

Anna Nikolievna Samsnova ley el empleado.

Anotaron el nombre. Nacionalidad: Federacin de Rusia. Entre las pertenencias no hab?a otros documentos que indicaran de inmediato alguna relacin con Estados Unidos. Ning?n pasaporte estadounidense. Ni una nota que explicara el propsito del viaje ni un papel que la vinculara con una operacin secreta. Tan solo el pasaporte ruso y los objetos personales de una mujer que hab?a muerto en el Vaticano.

El agente de mayor rango observaba la escena desde cierta distancia. No pod?a llamarla por su nombre, mostrar su identificacin ni revelar que sab?a quin era. Cualquier intervencin por su parte suscitar?a preguntas a las que no estaba autorizado a responder. Su cobertura se basaba en que estaban all? para vigilarla, no para escoltarla de manera abierta. Ahora aquel plan parec?a de una crueldad absurda: dos personas enviadas para proteger a Anna se encontraban a pocos pasos de ella y ni siquiera pod?an explicar quin hab?a sido.

La agente se acerc a l como si fuera a preguntarle por la salida. Su rostro permanec?a tranquilo, pero en sus ojos l reconoci lo mismo que sent?a: la operacin se hab?a perdido. No sab?an si se hab?a producido un contacto con el mensajero, no hab?an visto si alguien le hab?a entregado la carpeta a Anna y no comprend?an qu hab?a provocado su desplome. Y, sobre todo, ignoraban si su muerte hab?a sido accidental.

?Viste alguna entrega? pregunt ella, casi sin voz, cuando quedaron apartados de la gente.

No.

Yo tampoco. Solo vi que pas por su lado. Despus ella se cay.

?Ests segura de que era l?

No lo s. Ni siquiera s a quin hab?a que mirar exactamente entre toda esa gente. La vigilamos, como se nos orden. Pero el hombre al que ella reconoci quiz no fuera el que estbamos buscando.

El agente de mayor rango mir hacia el pasillo por el que se hab?an llevado a Samsnova. La multitud empezaba a moverse de nuevo. Algunos lloraban, otros exig?an explicaciones y otros ya discut?an con un empleado del museo por la interrupcin de la visita. Para la mayor?a de los presentes, aquello se convertir?a en un episodio terrible que contar?an por la noche y que olvidar?an pocos d?as despus. Para l significaba un fracaso que no podr?a encubrirse con la frmula habitual de circunstancias imprevistas.

Esper hasta poder salir sin llamar la atencin. Solo en el corredor, donde el ruido de los visitantes ahogaba las voces, sac el telfono. El mensaje que envi por el canal seguro fue breve: Objetivo Samsnova perdido. Los mdicos han certificado su fallecimiento. Entrega no confirmada. No se ha encontrado la carpeta.

Reley el texto antes de enviarlo. La palabra objetivo le result repugnante. Pero en una comunicacin de servicio no hab?a sitio para el nombre de una mujer ni para el dolor. Puls el botn.

La respuesta no lleg de inmediato. El pasillo ol?a a piedra pulida, a abrigos h?medos y a cansancio humano. Cerca de all?, un empleado explicaba a los turistas que el recorrido se hab?a modificado y que deb?an seguir con su grupo. Los muros del museo conservaban su serenidad, indiferentes a una vida que acababa de extinguirse en una de sus salas.

Por fin, el telfono vibr brevemente.

Confirme: ?no se ha encontrado la carpeta entre sus pertenencias?.

El agente escribi: Confirmado. Se ha realizado una inspeccin preliminar de los efectos personales. No hay carpeta.

Quer?a a?adir que Anna hab?a reconocido a alguien: la expresin de su mirada antes de caer se parec?a ms al miedo ante una persona del pasado que a la sorpresa de un encuentro casual. Pero aquello era una observacin suya, no una prueba. No sab?a qu hab?a visto realmente y no pod?a permitirse convertir una suposicin en un hecho.

La agente se coloc a su lado.

?Y ahora qu?

Ahora tenemos que averiguar quin se nos adelant.

?Y si no se nos adelant nadie? ?Y si nunca hubo una carpeta?

l la mir. Era una hiptesis que nadie hab?a querido pronunciar en voz alta. Tal vez hab?an atra?do a Samsnova hasta all? con una promesa que nunca pensaban cumplir. Tal vez el desconocido solo quer?a comprobar que ella acudiera en persona y utiliz el encuentro para deshacerse de ella. O tal vez s? se produjo la entrega, en un ?nico instante, tan fugaz que pas inadvertido para dos profesionales convencidos de controlar la situacin. De ser as?, la carpeta habr?a desaparecido junto con el hombre al que Anna reconoci.

Quedaba otra posibilidad: que alguien supiera que ellos estaban all?. Que alguien hubiera detectado la vigilancia, descifrado las intenciones estadounidenses y conseguido que miraran en otra direccin. En ese caso, la pregunta resultaba ms aterradora que la desaparicin de la carpeta. Hab?an descubierto su cobertura. Quiz hac?a tiempo. Tal vez incluso antes de que Samsnova pisara suelo italiano.

Hay algo ms dijo la agente. Ella no deb?a saber que estbamos all?. Si lo reconoci tan deprisa, significa que toda su atencin estaba puesta en otra cosa. O que vio algo que nosotros pasamos por alto.

O que l quer?a que ella lo viera respondi el agente de mayor rango. Y todo lo dems carec?a de importancia.

Guard el telfono. En una sala de servicio tendr?an que informar de que Samsnova estaba muerta, de que la carpeta no aparec?a, de que el mensajero no hab?a sido identificado y de que se desconoc?a la causa del fallecimiento. Ninguna de esas frases explicaba cmo hab?an perdido a la mujer a la que deb?an proteger.

Antes de marcharse, mir una vez ms hacia la capilla. Los visitantes sal?an por el corredor, las voces sub?an de volumen y el edificio recuperaba su ruido habitual. Por encima de las cabezas permanec?an los profetas y las sibilas, las escenas de la creacin y del Juicio Final: el orden inmvil del arte en medio de una catstrofe humana.

El agente de mayor rango admiti la posibilidad de que el adversario se hubiera preparado mejor que ellos. No porque hubiera conseguido matar a Samsnova no sab?an nada sobre la causa de su muerte, ni por la desaparicin de la carpeta. Era que, despus de lo ocurrido, los estadounidenses se hab?an quedado sin un solo hecho fiable al que aferrarse.

Samsnova hab?a ido al Vaticano en busca de documentos. Reconoci a un hombre al que nunca deber?a haber vuelto a ver. Unos minutos despus se desplom y muri. La carpeta no estaba entre sus efectos personales.

Y ahora nadie pod?a responder qu hab?a ocurrido exactamente durante aquel breve intervalo entre el cruce de miradas y la ca?da.

Para los agentes de la CIA hab?a dos hiptesis, y las dos supon?an una catstrofe. O alguien hab?a descubierto su vigilancia y saboteado la operacin, o el desconocido jams hab?a tenido intencin de entregar los documentos: hab?a atra?do a Anna hasta la capilla para que acudiera en persona, y la carpeta hab?a sido, desde el principio, un mero se?uelo.

Sin embargo, hab?a un pensamiento ms que ninguno de los agentes se hab?a atrevido a?n a expresar: tal vez la carpeta s? exist?a y ahora se hallaba en manos de un hombre cuyo nombre desconoc?an.

Aquel d?a la Capilla Sixtina cerr al p?blico antes de lo habitual. Los turistas salieron a los pasillos, el personal sigui trabajando y el Vaticano se preparaba para el siguiente acontecimiento histrico. En la plaza de San Pedro, la gente continuaba conversando, esperando a sus seres queridos, comprando agua y levantando la mirada hacia la fachada de la bas?lica.

Y en alg?n lugar entre ellos, el hombre al que hab?a reconocido Anna Samsnova ya pod?a estar alejndose de los muros del Vaticano.

Ten?a la carpeta... O quiz nunca hab?a existido.

***

EL VAICANO

Cap?tulo 5. Las dos partes

Roma, 27 de abril de 2025

En el acta del incidente no aparec?a la palabra asesinato.

Hab?a una mujer que hab?a perdido el conocimiento en la Capilla Sixtina. Hab?a mdicos llamados de urgencia, testigos, un paso cerrado temporalmente, un pasaporte ruso y un bolso con efectos personales. Hab?a informes de la Gendarmer?a Vaticana, que posteriormente se hab?an puesto en conocimiento de los colegas italianos. Constaba la hora en que se pidi a los visitantes que se apartaran y aquella en que un mdico pronunci una breve frase, tras la cual nadie volvi a intentar despejar el espacio alrededor del cuerpo.

Pero hab?a un detalle que segu?a sin explicacin: la mujer hab?a llegado a Roma para una cita de la que no sab?an nada ni sus conocidos ni sus compa?eros ocasionales de viaje; sin embargo, el hombre al que ella reconoci entre la multitud hab?a desaparecido antes de que alguien pudiera hacerle una sola pregunta.

Para la mayor?a de los presentes, el incidente termin cuando los sacaron de la capilla. Volvieron con sus grupos, buscaron a sus hijos, revisaron los telfonos y protestaron porque les hab?an arruinado la visita. Algunos ya contaban a sus conocidos que hab?an presenciado una muerte. Al caer la tarde, la historia tendr?a sus primeros detalles inexactos; despus llegar?an otras versiones y, al cabo de unos d?as, todo acabar?a por convertirse en una ancdota ms de un viaje a Italia.

Pero para quienes deb?an averiguar qu hab?a sucedido, aquello no hab?a hecho ms que empezar.

* * *

Parte 1. Antes de pronunciar la palabra asesinato

Al comisario Lunafrte no le gustaban los lugares donde deb?a esperar la autorizacin de otros. En los pasillos del Vaticano se sent?a como un hombre al que hab?an dejado llegar hasta la puerta, pero no entrar en la habitacin. Los gendarmes custodiaban el per?metro; el personal de los museos se ocupaba de los visitantes y de los procedimientos internos; los mdicos ya hab?an transmitido los primeros datos, y cada solicitud de acceso al material pasaba por varias manos. El Vaticano era un Estado independiente: en su territorio, las competencias policiales y judiciales correspond?an a sus propias autoridades. Lunafrte participaba como enlace italiano, encargado de coordinar las diligencias que conduc?an a Roma. Formalmente, todo era correcto. En la prctica, cada hora de retraso pod?a hacer que una prueba dejara de servir.

Lunafrte estaba junto a la ventana de una dependencia de servicio, releyendo el informe preliminar. No sol?a fiarse de las primeras impresiones, sobre todo cuando los testigos describ?an un mismo suceso de maneras distintas. Uno hab?a visto tambalearse a la mujer. Otro aseguraba que se hab?a llevado la mano al pecho. Un tercero insist?a en que primero hab?a seguido a alguien con la mirada y solo despus se hab?a desplomado. Nadie pod?a confirmar qu hab?a ocurrido exactamente entre aquella ?ltima mirada y la ca?da.

?La causa de la muerte? pregunt al funcionario que entr con una carpeta.

Todav?a no se ha determinado. Las autoridades vaticanas competentes han ordenado un examen mdico-forense. A?n se est coordinando cmo se realizar y qu especialistas participarn. El mdico que la atendi primero no est dispuesto a adelantar conclusiones.

Bien. Eso es lo que deben escribir. Nada de presunta parada card?aca ni deterioro repentino. Causa no determinada.

Cuando el funcionario se march, Lunafrte se permiti por primera vez aquel d?a mirar la fotograf?a sin la distancia habitual del oficio. La mujer ten?a el rostro cansado de alguien que llevaba demasiado tiempo fingiendo tranquilidad. l sab?a que no se pod?a juzgar un carcter por una fotograf?a. Sin embargo, advirti otra cosa: no dejaba de referirse a ella como la fallecida, la ciudadana, Samsnova. Aquello le ayudaba a trabajar, hasta que empezaba a ocultarle una verdad sencilla: unas horas antes, esa mujer todav?a pod?a elegir adnde ir por la noche, qu cenar y a quin llamar.

Puso la fotograf?a boca abajo. No por sentimentalismo. Por prudencia. La compasin por una persona no debe sustituir las pruebas, pero la falta de compasin vuelve in?tiles las pruebas.

Localicen a la mujer del pa?uelo rojizo le dijo al ayudante que reapareci en la puerta. Y no le pregunten si aquello fue una conspiracin. Preg?ntenle en qu idioma hablaron, con qu mano sujetaba Samsnova el bolso, qu coment sobre sus planes para el d?a. Que empiece por la ma?ana. La gente recuerda lo terrible y olvida cuanto ocurri antes. Necesitaremos precisamente lo olvidado.

El funcionario asinti.

Una cosa ms. ?Sus pertenencias?

En el inventario de la Gendarmer?a Vaticana figuran un pasaporte de la Federacin de Rusia, una cartera, un telfono, una tarjeta de acceso al hotel y un peque?o neceser. Ninguna carpeta. Ning?n documento estadounidense. Los originales estn precintados; nosotros tenemos una copia certificada de la relacin.

?El bolso?

Un bolso de viaje corriente, con objetos personales. Nada que explique el propsito de su visita.

Lunafrte cerr la carpeta. Sab?a con qu facilidad los objetos corrientes se volv?an extraordinarios al describirlos despus de una tragedia. La tarjeta pod?a significar un hotel; el telfono, el contacto con alguien; el pasaporte, una nacionalidad. Ninguno de aquellos objetos, tomado por separado, respond?a a la pregunta de por qu esa mujer hab?a muerto precisamente all? ni por qu su nombre hab?a empezado a circular tan deprisa en conversaciones ajenas.

?Quin comunic la muerte fuera del Vaticano? pregunt.

La notificacin oficial todav?a no se ha enviado a todos los destinatarios. Primero hay que completar la comprobacin inicial de los datos.

Eso no es lo que he preguntado.

El funcionario vacil.

Los servicios consulares rusos ya han solicitado que se confirme su identidad. Los estadounidenses tambin han mostrado inters.

Lunafrte alz despacio los ojos.

?Con qu rapidez?

Casi inmediatamente despus de registrar el pasaporte.

?Cunto es casi inmediatamente?

La solicitud rusa lleg a los pocos minutos. La estadounidense, algo despus.

?Quin les dio el nombre, si todav?a no se hab?a confirmado mediante el procedimiento interno?

Estamos averigundolo.

Lunafrte mir el reloj. No ten?a motivos para acusar a nadie de una filtracin. Los servicios vaticanos dispon?an de sus propios canales de comunicacin; la polic?a, de los suyos; y las representaciones diplomticas pod?an conocer ciertos datos mediante procedimientos perfectamente legales. Pero la rapidez le resultaba inquietante. Cuando el nombre de la fallecida a?n no se hab?a difundido p?blicamente, las dos partes ya quer?an saber qu hab?a sucedido.

Volvi a la mesa y tom un bol?grafo.

Parte 2. Dos nacionalidades

El agente de guardia trajo una segunda impresin, casi idntica a la primera: un conjunto de anotaciones administrativas sobre las solicitudes y una indicacin escueta: La coincidencia de identidad requiere confirmacin. Esta vez se trataba de datos consulares recibidos por conducto estadounidense. Seg?n ellos, una mujer con el mismo nombre y los mismos datos biogrficos figuraba en los registros como ciudadana de Estados Unidos. No se hab?a encontrado un pasaporte estadounidense y aquello a?n no constitu?a una identificacin definitiva. Pero la coincidencia era demasiado precisa para ignorarla.

?Es estadounidense? pregunt el ayudante.

Tal vez tenga la ciudadan?a estadounidense corrigi Lunafrte. Por ahora son datos pendientes de confirmacin. No se precipite.

Solicitaron la verificacin de identidad por los cauces establecidos. Mientras esperaban la respuesta, el comisario dispuso ante s? dos documentos: la copia del pasaporte ruso y la comunicacin oficial enviada por la representacin estadounidense. La fotograf?a del pasaporte ten?a las esquinas cuadradas y un fondo completamente corriente. La comunicacin estadounidense llevaba un n?mero de registro y un sello de distribucin restringida. Entre ambas hojas no hab?a ni una explicacin.

Lunafrte sab?a lo suficiente de derecho internacional para no cometer una torpeza. La segunda nacionalidad no anulaba por s? sola la primera. Seg?n la legislacin rusa, adquirir una ciudadan?a extranjera no implica perder automticamente la rusa; el derecho estadounidense tambin admite la nacionalidad m?ltiple. En aquel caso, la pregunta no era quin era ella en realidad, sino quin le hab?a expedido documentos distintos, cundo, con qu finalidad y cules utilizaba la propia Samsnova. Aunque esos dos ?ltimos extremos no pod?an resolverse examinando la fotocopia de un pasaporte.

Al cabo de un rato lleg una confirmacin preliminar de su condicin consular estadounidense. Lunafrte volvi a leer la fecha, despus el campo motivo de la comprobacin y se detuvo. En un registro, aquella mujer exist?a con toda claridad. En otro, su vida terminaba varios a?os antes, como si alguien hubiera arrancado unas cuantas pginas del lbum entre su salida de Rusia y su aparicin en Estados Unidos.

Contin?en la comprobacin con la parte rusa orden. Y no escriban identidad falsa en el acta. Tener dos nacionalidades no convierte a nadie en delincuente.

Pero lo convierte en alguien interesante para dos Estados.

No. Lo interesante es que ambos Estados se enteraron de su muerte antes de que pudiramos avisar a sus familiares.

Volvi a mirar la fotograf?a y pens en la persona a la que todav?a no hab?an dicho que aquella mujer ya no llamar?a nunca ms. Obtener una certificacin de nacionalidad antes de comunicar una muerte a los seres queridos no infring?a ning?n protocolo. Pero ten?a algo dolorosamente equivocado, algo contra lo que no sab?a argumentar con el lenguaje de la ley.

Preparen una sala en la jefatura. Peque?a, sin trnsito de personas. Hoy mismo. Necesitaremos un puesto de trabajo conjunto o cada servicio retendr sus datos hasta que ya no sirvan para nada.

?Un equipo conjunto? ?Con los estadounidenses y los rusos?

Un grupo de trabajo conjunto en Roma precis Lunafrte, con participacin vaticana y competencias procesales separadas. La Gendarmer?a responde de lo sucedido dentro de los muros del Vaticano; nosotros, de las comprobaciones y diligencias en territorio italiano. Estadounidenses y rusos actuarn como enlaces, no como due?os de la investigacin. No confunda eso con la confianza.

Firm la orden y a?adi a mano: Establecer accesos diferenciados a los materiales. Registrar todas las entregas en el libro de control.

Son el telfono al otro lado de la mesa. Lunafrte respondi, escuch a su interlocutor y no anot nada. Solo pregunt:

?Quin lo ha solicitado exactamente?

Tras una pausa, dijo:

No. No env?en ninguna copia. Antes verifiquen las atribuciones de quien la pide y conserven el original.

Termin la llamada, pero dej el telfono sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba. Ahora ten?a dos preguntas en lugar de una: quin hab?a sabido el nombre de la fallecida antes de tiempo y quin estaba intentando obtener materiales que ni siquiera figuraban todav?a en el expediente.

A las cuatro de la tarde, apareci una placa sin inscripcin en una de las dependencias de la Jefatura de Polic?a de Roma. Tras la puerta hab?a una mesa larga, seis sillas de distintos modelos, dos armarios con cerradura y una pizarra blanca en la que el agente de guardia ya hab?a trazado una l?nea vertical.

A la izquierda escribi: CONFIRMADO. A la derecha: SIN CONFIRMAR.

Lunafrte a?adi una tercera columna: NO COMPARTIDO.

?Qu significa? pregunt el agente.

Un recordatorio de que carecer de informacin y no tener acceso a ella son dos cosas distintas.

En la columna de lo confirmado anotaron la hora del incidente, el lugar, la identidad consignada en el pasaporte ruso, los nombres de los primeros testigos y el hecho de que no se hubiera encontrado ninguna carpeta entre sus pertenencias. La segunda inclu?a la causa de la muerte, la presunta identidad del hombre de la chaqueta clara y la pregunta de si hab?a llegado a producirse la entrega de documentos. En la tercera, Lunafrte no escribi nada por el momento. No pensaba anticipar qu informacin se reservaba cada parte, pero quer?a que la mera posibilidad de que existieran datos ocultos estuviese presente en la sala, como un asistente ms a la reunin.

Parte 3. Roberto y la becaria

El primero en llegar fue Roberto Spirnte. Aquella ma?ana todav?a se encontraba en otra ciudad italiana por un encargo de servicio; la orden de trasladarse a Roma lo hab?a sorprendido en plena carretera. Eso explicaba la rapidez de su llegada, aunque no por qu sus superiores estadounidenses hab?an considerado necesario enviar precisamente a l.

Entr sin prisas, pero de inmediato examin la puerta, la ventana, los armarios y la pizarra. Rondaba los cuarenta y cinco a?os y ten?a el rostro de un hombre acostumbrado a escuchar hasta el final antes de decidir si cre?a a su interlocutor. Se present formalmente, dej sobre la mesa su credencial y la carta que lo designaba enlace de la parte estadounidense. Su acento cambiaba apenas perceptiblemente seg?n hablara ingls o italiano. l lo consideraba ?til: en el primer caso lo tomaban por un hombre de Washington; en el segundo, por un lugare?o que hab?a pasado demasiados a?os fuera.

Esperaba comenzar hablando con el comisario dijo, se?alando la pizarra, no encontrarme un esquema ya preparado.

El esquema no est terminado respondi Lunafrte. Muestra lo que no sabemos.

Spirnte ley las tres columnas y se detuvo en NO COMPARTIDO.

Buen t?tulo para la mitad de las investigaciones internacionales.

Espero que no sea un cumplido.

Es una observacin.

Se quit el abrigo y lo colg del respaldo de una silla. No ocup la cabecera, sino un asiento frente a la pizarra desde el que pod?a vigilar la entrada. Despus sac una libreta y un bol?grafo.

Me han comunicado que podr?a tratarse de una mujer vinculada a intereses estadounidenses. El informe oficial contiene menos hechos que insinuaciones. Un gnero poco frecuente incluso en la correspondencia entre organismos.

Mi trabajo consiste en investigar una muerte dijo Lunafrte, no los intereses de los Estados.

El m?o tambin. Pero si la fallecida estaba bajo la atencin de mi Gobierno, esto ya no es solo la muerte de una turista.

Entr como ciudadana rusa.

Seg?n el pasaporte encontrado, s?.

?Cuestiona la autenticidad del documento?

Cuestiono que el documento encontrado agote la identidad de una persona.

Lunafrte entorn ligeramente los ojos. Era una respuesta cuidadosamente formulada, pero precisamente en aquellas frmulas sol?a esconderse la parte ms importante de la informacin.

?Su compa?era? pregunt al ver a una joven en la puerta.

Mnica Luri entr con una carpeta delgada y un ordenador porttil. Era notablemente ms joven que Spirnte y recorri la sala con la mirada en cuanto cruz el umbral. Vest?a un traje oscuro y sencillo, llevaba el pelo recogido y un bolso discreto al hombro. Durante un instante, sus ojos se detuvieron en la anotacin ca?da, y sus dedos quedaron inmviles sobre el teclado. Se present como analista adscrita a Spirnte para trabajar con los materiales y la cronolog?a. La palabra becaria figuraba en su documentacin, y Spirnte la pronunci como si fuese un obstculo a?adido y no la descripcin de su cargo.

Mnica llevar el resumen dijo. Y repetir las preguntas que yo ya haya hecho si no obtiene respuestas.

Muy alentador observ ella.

Acost?mbrese. El trabajo con las pruebas solo resulta aburrido hasta que alguien empieza a manipularlas.

Mnica no sonri. Dej el ordenador en la mesa, abri un archivo en blanco y pregunt:

?Tenemos la hora exacta de la ca?da y aquella en que los mdicos certificaron la muerte?

Tenemos una secuencia provisional respondi Lunafrte. Estamos precisando las horas de cada actuacin. Antes de establecer una cronolog?a exacta, quiero contar con testimonios contrastados y el informe mdico.

Entonces convendr?a separar la hora registrada por un dispositivo de la hora que recuerda una persona dijo ella. De lo contrario compararemos recuerdos de hechos, no los hechos mismos.

Spirnte la mir con la expresin de quien se resiste a reconocer que la pregunta era acertada.

Mnica no dijo que hab?a advertido otro detalle. En el viejo plano del edificio, colgado en la pared, aparec?an dos salidas, mientras que en el plano de evacuacin reciente hab?a tres. Aquello, en s? mismo, no constitu?a ning?n secreto: los recorridos se modificaban con motivo de grandes acontecimientos o de obras. Pero pidi que se incorporaran a la documentacin ambas versiones del plano, fechadas antes y despus del cierre de la capilla. Si un testigo afirmaba que alguien se dirigi hacia la salida, el investigador ten?a la obligacin de saber hacia cul exactamente.

Le han encargado llevar una tabla, no redise?ar un museo dijo Spirnte.

Precisamente por eso necesito saber qu significa la palabra salida en un testimonio.

La respuesta estaba tan desprovista de resentimiento que Roberto se puso involuntariamente en guardia. Hab?a conocido empleados jvenes y brillantes que intentaban agradar a sus jefes; tambin arrogantes que deseaban convertirse en jefes cuanto antes. Luri no hac?a ni una cosa ni la otra. Parec?a estar comprobando si pod?a trabajar junto a l sin concederle el derecho a pensar por ella.

Precisamente por eso est aqu? dijo. Para no dejarme decirlo a m?.

* * *

Parte 4. El hombre de Rusia

Andri Khdov lleg veinte minutos ms tarde. Ya se encontraba en Roma por asuntos de la representacin rusa y, por eso, hab?a obtenido sus credenciales ms deprisa de lo esperado por los italianos. No se apresur a quitarse el abrigo ni fue el primero en tender la mano. Antes mostr su documentacin y rechaz que le asignaran intrprete: hablaba italiano con suficiente soltura. Rondaba los cuarenta a?os; era reservado, delgado, de mirada atenta, y no deten?a los ojos en nadie ms tiempo del necesario para evaluarlo.

Represento a la parte rusa en las cuestiones relacionadas con la muerte de una ciudadana de la Federacin de Rusia dijo. Necesito acceso a la informacin pertinente para esclarecer las circunstancias del fallecimiento, identificar a la persona y asegurar la custodia de sus pertenencias.

Lo mismo que todos respondi Lunafrte.

No estoy seguro de que todos necesitemos los mismos materiales.

En eso tiene razn.

Khdov mir la pizarra. Su mirada se detuvo en la tercera columna, pero no pregunt por el t?tulo.

?Ya tienen el pasaporte? pregunt.

El original est registrado y bajo custodia de la Gendarmer?a Vaticana respondi Lunafrte. Nos han facilitado una copia certificada. La parte rusa puede solicitar la comprobacin de los datos por la v?a oficial.

No he pedido que me lo entreguen. He preguntado si han examinado el documento.

Se ha realizado una primera comprobacin. Se ha solicitado un examen complementario.

Entonces solicito que se incorporen a la documentacin los datos sobre la expedicin del pasaporte y los cruces anteriores de frontera, siempre que puedan confirmarse por los cauces correspondientes.

Si se confirman, los incorporaremos. Los datos obtenidos por canales reservados no aparecern en la pizarra solo porque alguien los haya pedido.

Khdov acept la respuesta con calma. Con demasiada calma, pens Spirnte. Alguien que de verdad quisiera saber qu le hab?a pasado a una compatriota fallecida habr?a podido mostrar al menos cierta irritacin. Khdov parec?a estar midiendo no la rapidez con que trabajaban los italianos, sino los l?mites de la habitacin a la que lo hab?an dejado entrar.

?Conoc?a a Anna Samsnova? pregunt Spirnte.

Personalmente, no.

?Y su nombre?

Lo conozco por la notificacin que he recibido.

?Antes de recibirla?

Khdov lo mir.

Agente Spirnte, si quiere hacer una pregunta, hgala directamente. No pienso adivinar qu significado atribuye a sus pausas.

Muy bien. ?Sab?a usted de la existencia de Anna Samsnova antes de su muerte?

Sab?a que las autoridades rusas ten?an preguntas sobre determinadas circunstancias de su antiguo trabajo y su posterior desaparicin. Los detalles quedan fuera de mi mandato mientras no exista una solicitud oficial. No voy a discutir informacin operativa en una sala donde no se ha establecido un rgimen de acceso acordado.

O sea, que lo sab?a dijo Spirnte.

O sea, que no todas las preguntas pueden discutirse con usted.

Mnica levant la vista del ordenador. Transcribi la respuesta de Khdov, pero anot al lado no solo su contenido, sino tambin el orden de las palabras: no hab?a dicho que ignorase dnde hab?a trabajado Samsnova. Hab?a dicho que los detalles no entraban en su mandato. Quiz fuera simple cautela profesional. Quiz Khdov estaba eligiendo por su cuenta qu parte de la verdad dejar en aquella sala.

Khdov guard silencio un momento, contemplando su reflejo en la pantalla apagada del telfono. Los antecedentes de Samsnova se le presentaban como una sucesin de anotaciones oficiales y escuetas: institucin, autorizacin de acceso, traslado, ausencia de informacin y, despus, aparicin en otro pa?s. Desconfiaba de las sucesiones demasiado limpias. A veces, entre dos anotaciones verdaderas cab?a una mentira; otras, toda una vida por la que nadie se hab?a preocupado de preguntar.

D?game mejor pronunci, ?quin les ha comunicado que esa mujer pudo ser objeto de alguna operacin?

?Acaso he dicho objeto? pregunt Spirnte.

No. Lo he dicho yo. Veamos a cul de los dos le ha sorprendido.

Lunafrte cerr la carpeta de golpe. No hab?a ira en su voz; simplemente estaba harto de que sustituyeran a una persona de carne y hueso por una palabra que permit?a no pensar en su muerte.

Esto no es una competicin para ver quin adivina antes el secreto ajeno. Si no pueden confirmar una informacin, ind?quenlo como dato no confirmado. Y dejen al menos abierta la posibilidad de hablarse ma?ana sin intrprete.

Todav?a no tenemos motivos para considerar delictiva su muerte continu Lunafrte. Hasta que lleguen los informes periciales no la llamaremos asesinato, envenenamiento ni resultado de operacin alguna. Pero s? hay motivos para considerar extra?as las circunstancias. Por eso estamos aqu?.

Y porque la carpeta ha desaparecido a?adi Spirnte.

?Qu carpeta? pregunt Khdov.

Se hizo una pausa en la sala.

Spirnte no respondi de inmediato. Mir a Lunafrte y despus a Khdov.

Seg?n la informacin preliminar, la fallecida pudo acudir a una cita en la que estaba prevista una entrega de documentos. No se encontr ninguna carpeta entre sus pertenencias. A?n no sabemos si existi realmente.

?Quin les habl de esa supuesta entrega?

Una fuente cuya informacin estamos verificando.

Una frmula muy conveniente.

La ms honesta que puedo utilizar.

Khdov no insisti. Sin embargo, desde aquel instante todos los presentes comprendieron que la otra parte sab?a ms de lo que estaba dispuesta a contar.

Llamaron a la puerta. Lunafrte mir el reloj: el retraso hab?a sido breve, pero no le gustaba que las reuniones comenzaran con visitantes imprevistos.

Es de la parte estadounidense anunci el agente de guardia desde el pasillo. Un funcionario que se encontraba en el lugar del incidente.

El hombre que entr vest?a ropa sencilla, sin corbata, y llevaba una carpeta delgada en la mano. No se sent hasta que Lunafrte se?al una silla libre junto a la pared. Su nombre figuraba en un anexo reservado de la credencial, pero en el acta conjunta solo se lo identific como representante del equipo operativo estadounidense. Era poco habitual, aunque no contraven?a el acuerdo: estaba all? para aportar hechos, no para discutir su adscripcin administrativa.

Estuve vigilando a Samsnova dentro del museo dijo. En el momento en que ella cambi de direccin, perd? la visin directa durante unos segundos. Hab?a un hombre con ropa de abrigo clara entre la multitud. No puedo confirmar que le entregase ning?n objeto. Tampoco puedo afirmar lo contrario. Vi que pasaba junto a ella y despus avanzaba hacia la salida. No pude verle bien la cara.

?Por qu no lo detuvo? pregunt Khdov.

Porque la mujer cay al suelo y mi compa?era estaba ayudando a pedir asistencia mdica. No pod?a seguir vigilando al desconocido y, al mismo tiempo, dejarla sola junto a una mujer que se mor?a.

La voz del hombre se mantuvo firme, pero pronunci la ?ltima frase con esfuerzo, como si no fuera la primera vez que ten?a que repetirla.

As? que la parte estadounidense no sabe si hubo contacto resumi Lunafrte.

Exacto. No sabemos si se produjo la entrega ni si el hombre al que Samsnova pudo reconocer llevaba alguna carpeta.

Ha dicho pudo reconocer se?al Spirnte. ?Qu observ exactamente?

Un cambio brusco en su comportamiento. No miraba los frescos, sino a alguien situado delante de ella. Nada ms que pudiera incorporarse al acta como prueba.

Cuando se march el testigo, Mnica pidi que se a?adiera a su declaracin una pregunta que hab?a quedado sin respuesta: dnde ten?a Samsnova las manos justo antes de caer. El hombre no lo recordaba. Entre la multitud hab?a observado su rostro, no sus manos.

En una situacin cr?tica nadie dispone de un segundo par de ojos observ Spirnte.

No le pido que haya visto ms. Solo quiero que despus no le atribuyamos cosas que no vio.

Khdov mir a la joven con menos indiferencia que antes.

?Y usted cmo explica que no aparezca la carpeta?

De ninguna manera respondi Mnica. Puede que nunca existiera. Puede que siguiera en manos de otra persona. O puede que nos estemos imaginando mal la apariencia del objeto por el que vino Samsnova. Carpeta es una palabra tomada del mensaje de alguien, no un objeto hallado.

Todos escucharon aquellas palabras como una muestra de sensata prudencia. Nadie repar en que la joven hab?a dicho nosotros como si llevara mucho tiempo formando parte de la investigacin.

Durante todo ese rato, Mnica hab?a tenido la mirada fija en el ordenador. Al o?r mi compa?era estaba ayudando a pedir asistencia mdica, apret ligeramente el bol?grafo, pero no alz la cabeza hasta que el hombre termin.

Su declaracin escrita se incorporar a la cronolog?a conjunta dijo Lunafrte. Si surge informacin adicional, la comunicar a travs del canal convenido. Cualquier actuacin informal al margen del grupo se considerar un obstculo para la investigacin.

Entendido.

El hombre dej la carpeta en el extremo de la mesa y sali. Su informe no hab?a aportado respuestas, pero por primera vez en todo el d?a la parte estadounidense hab?a reconocido en voz alta los l?mites de su propio conocimiento. Ni carpeta, ni entrega confirmada, ni mensajero identificado. En aquella sala quedaba algo menos de espacio para las teor?as elegantes y un poco ms para el peligro real.

* * *

Parte 5. Alrededor de una misma mesa

Cuando todos ocuparon sus lugares, Lunafrte cerr la puerta y explic las reglas del trabajo. Las primeras diligencias en el lugar donde muri Samsnova correspond?an a la Gendarmer?a Vaticana y a las autoridades judiciales del Estado de la Ciudad del Vaticano. Los organismos italianos se ocupaban de las actuaciones en su territorio: el hotel, los desplazamientos por Roma, los posibles contactos y las circunstancias que excedieran el mbito vaticano. Los materiales se transferir?an entre servicios de com?n acuerdo, no por voluntad de cualquier invitado sentado a la mesa. Estadounidenses y rusos pod?an presentar solicitudes, proponer comprobaciones y asistir a reuniones previamente acordadas, pero no ten?an derecho a incautar documentos por su cuenta ni a interrogar testigos de manera independiente.

Todas las entregas quedarn registradas dijo. Cada solicitud tendr un n?mero. Si obtienen datos por cauces informales, pueden informar de su existencia, pero no exigir que los incorpore al expediente sin verificarlos. Si descubro que alguien ha actuado al margen del procedimiento establecido, lo considerar una obstruccin a la investigacin.

?Y si el procedimiento oficial se convierte l mismo en un obstculo? pregunt Khdov.

Entonces presentar una solicitud por escrito. La aceptar o la rechazar dentro de mis atribuciones y, si ata?e al Vaticano, la remitir a las autoridades competentes. Pero nadie va a llevar a cabo una investigacin privada en territorio italiano utilizando una acreditacin diplomtica en lugar de una orden judicial.

Respeto las reglas claras dijo Spirnte, incluso cuando resultan incmodas.

Sobre todo cuando resultan incmodas respondi Lunafrte.

En la pizarra apareci una l?nea temporal. Los primeros hechos confirmados ocupaban apenas unos minutos: la entrada de Samsnova en el recorrido del museo, su presencia en la capilla, el brusco cambio de comportamiento, la ca?da y la llegada de los mdicos. Entre aquellos sucesos quedaban espacios en blanco que los testigos llenaban con conjeturas, no con hechos.

Mnica proyect una tabla. Cada fila conten?a hora, fuente, grado de fiabilidad y observaciones. No anticip conclusiones. Dividi la declaracin de la mujer del pa?uelo rojizo en tres detalles independientes: Anna mir a una persona; su expresin cambi de golpe; poco despus cay. La relacin entre los tres hechos era plausible, pero no estaba demostrada.

?La testigo afirma que Samsnova reconoci al hombre? pregunt Spirnte.

Dijo: As? se mira a alguien a quien se conoce. Pero despus aclar que ella misma no le hab?a visto bien la cara respondi Lunafrte. Es una interpretacin, no una identificacin.

?Y el segundo testigo?

Vio a un hombre con una chaqueta clara caminando hacia la salida. No afirma que ese hombre hablase con Samsnova. La descripcin es demasiado general.

?Estatura? ?Edad? ?Color del pelo?

Nada seguro. El testigo lo vio de espaldas durante unos segundos. Si elaboramos ahora un retrato, obtendremos un retrato creado a partir de las expectativas del investigador.

Spirnte asinti. Detestaba que las pruebas se convirtieran en un personaje literario antes de tener tiempo de comprobarlas.

La carpeta dijo Khdov. ?Quin la vio antes del incidente?

Ninguno de los testigos interrogados ha confirmado hasta ahora haber visto una carpeta en manos de Samsnova o de otro participante respondi Lunafrte. No podemos afirmar que estuviera dentro de la capilla.

?Pero admite la posibilidad de que existiera?

Admito todo lo que los hechos disponibles no excluyen. Eso no significa que crea en todas las hiptesis.

Khdov entrelaz los dedos.

Si los documentos constitu?an realmente un secreto de Estado, la ausencia de la carpeta puede ser ms importante que la causa de la muerte.

Si realmente exist?an los documentos corrigi Spirnte.

Lo he o?do a la primera.

No estoy seguro de que quiera o?rlo a la segunda.

Lunafrte los detuvo con un gesto. No iba a permitir que la primera reunin se convirtiera en una exhibicin de desconfianza mutua. La desconfianza no desaparecer?a, pero hab?a que ponerla a trabajar.

Durante un instante la discusin qued suspendida sobre la mesa como una cuerda tensada al mximo. Spirnte no apartaba los ojos de Khdov. Andri parec?a estar examinando no al estadounidense, sino los l?mites de su propia paciencia: cunto ms pod?a ceder antes de que ceder se convirtiera en una costumbre.

Lunafrte record un caso de quince a?os atrs. Entonces, funcionarios de tres organismos se hab?an enzarzado en una disputa sobre a quin pertenec?a una prueba hallada; mientras discut?an, muri el ?nico testigo, al que nadie hab?a trasladado a tiempo al hospital. Desde entonces, el comisario detestaba la palabra nuestro aplicada a las pruebas. Una cosa pertenece al caso, a la persona de la que se obtuvo o a un Estado, conforme a la ley. Pero no al orgullo de un agente.

Esc?chenme dijo en voz ms baja. Alguien ha muerto. Puede que por causas naturales. Puede que no. Mientras intercambiamos pullas, sus seres queridos a?n no saben qu ha sucedido. Si quieren demostrar la fuerza de sus pa?ses, encuentren una respuesta capaz de sostenerse ante un tribunal. Para todo lo dems, no cuenten conmigo.

Tres tareas continu. Averiguar la causa de la muerte, reconstruir los ?ltimos minutos de Samsnova y comprobar si alguien intervino en lo sucedido. Todo lo dems, por ahora, son hiptesis.

Y encontrar la carpeta dijo Spirnte.

Si aparece en el expediente, tambin la buscaremos.

?Y si ya est en manos de alguno de los presentes? pregunt Khdov.

Lo dijo con calma, casi con indiferencia. Precisamente por eso result ms contundente que una acusacin.

Nadie respondi de inmediato.

Entonces dijo Lunafrte esa persona cometer?a un grave error si pensara que puede aprovecharse de nuestro trabajo conjunto sin dejar rastro.

No a?adi que tales errores eran poco frecuentes. Pero todos escucharon precisamente eso.

* * *

Parte 6. Los minutos que faltaban

Al caer la tarde empezaron a obtener los primeros resultados, aunque ninguno se parec?a a una respuesta.

Los servicios vaticanos confirmaron que las grabaciones disponibles de los pasillos adyacentes se conservaban en su formato original. Aceptaron facilitar copias para su cotejo tcnico, sin ceder el control de los originales. Los ngulos disponibles no permit?an reconstruir con certeza cada movimiento de los visitantes; el flujo de personas tapaba parte de la imagen, y algunas cmaras cubr?an zonas distintas de aquella en que, seg?n los testigos, se produjo el contacto. Las grabaciones ayudaban a establecer la direccin de los desplazamientos, pero no ofrec?an ni un rostro, ni un nombre, ni un objeto que pudiera identificarse como la carpeta.

Las marcas horarias de los distintos dispositivos no coincid?an exactamente. La diferencia entraba dentro del margen de error tcnico, pero Mnica se neg a reducirlo todo a un ?nico minuto hasta que los especialistas comprobasen la sincronizacin.

Si lo dejamos as?, despus cualquiera podr elegir los segundos que ms le convengan dijo cuando Lunafrte le pidi un breve resumen.

?Sospecha que alguien va a manipular los tiempos? pregunt Khdov.

Sospecho que las personas ajustan el tiempo cada vez que necesitan que una historia encaje. A veces conscientemente. Otras, porque la memoria no funciona como una cmara.

En dos pantallas, el mismo movimiento del hombre hacia las puertas parec?a diferente. En una grabacin desaparec?a detrs del hombro de un turista; en la otra surg?a ms tarde, ya cerca del pasillo de acceso. Mnica propuso no unir ambos fragmentos mediante una l?nea continua. El tcnico encargado del material consider al principio que era un exceso de prudencia, pero, al recalcular los intervalos, descubri una peque?a discrepancia entre los relojes.

Si corregimos las horas sin conservar el archivo original dijo la joven, alg?n d?a tendremos que explicar qu corregimos exactamente. Y si desaparece el original, ya no podremos demostrar nada.

Lunafrte orden conservar las sumas de verificacin de las copias y un registro separado de todas las transformaciones. Aquella labor, que no promet?a ninguna revelacin espectacular, ocup casi una hora. Spirnte contempl al departamento tcnico discutiendo sobre segundos y sinti por primera vez una gratitud incmoda: aquel celo irritante le imped?a precipitarse y declarar asesino al hombre de la chaqueta clara.

Spirnte la mir. Ella hablaba sin insistencia, como si estuviera explicando una norma elemental. Pero su prudencia no se parec?a a la de una analista inexperta, empe?ada en demostrar cuanto antes su utilidad.

No convierta un error tcnico en una conspiracin dijo l.

No lo hago. Por eso lo he marcado como no confirmado.

Bien.

Pero tampoco lo califique de irrelevante antes de comprobarlo.

Spirnte estuvo a punto de replicar, pero cambi de idea. No le gustaba discutir con quienes ten?an razn en la forma, aunque le molestara su tono.

Lleg otro resultado del hotel donde se hab?a alojado Samsnova. El recepcionista confirm que se hab?a registrado con pasaporte ruso, que apenas hab?a recurrido al personal y que hab?a dejado la habitacin sin signos visibles de precipitacin. All? no encontraron papeles relacionados con la supuesta cita. El hotel facilit la informacin a la polic?a italiana conforme al procedimiento establecido y los efectos personales quedaron inventariados durante la inspeccin. Un empleado record una conversacin telefnica de la v?spera: le hab?a parecido que Anna hablaba en italiano y repet?a varias veces que no pod?a indicar la hora por adelantado. No oy a la persona que estaba al otro lado de la l?nea y no pod?a garantizar la exactitud de su recuerdo.

Podr?a haber hablado con cualquiera observ Lunafrte.

Pero confirma que esperaba un cambio de planes dijo Spirnte.

No lo confirma. Solo que no pod?a precisar la hora. Son dos afirmaciones distintas.

Mnica introdujo la correccin en la tabla.

La siguiente llamada no vino del hotel, sino de la representacin estadounidense. Spirnte escuch un mensaje breve, pidi que le repitieran un punto y sali al pasillo. Volvi unos minutos despus con una expresin que la conversacin no hab?a logrado serenar.

La parte estadounidense confirma oficialmente su inters por el caso dijo. Sin embargo, parte de los motivos de ese inters estn clasificados. Podr solicitar los materiales por el canal correspondiente, pero no prometo recibir una respuesta rpida.

?No sabe por qu lo han enviado aqu?? pregunt Khdov.

S qu me han encargado. No es lo mismo.

Una frmula muy conveniente repiti Khdov, devolvindole sus propias palabras.

Spirnte le dedic una sonrisa casi aprobatoria.

As? que, despus de todo, escucha.

Por medio del servicio consular, la parte estadounidense confirm adems que constaban datos sobre la ciudadan?a de Samsnova y que comprobar su autenticidad no depend?a de qu pasaporte hubiera aparecido en su bolso. Sin embargo, el acceso a parte de sus datos biogrficos estaba restringido. En el cuadro remitido, algunos a?os figuraban bajo frmulas generales; otros hab?an quedado en blanco.

Si ten?a dos nacionalidades, ?por qu utilizaba aqu? su pasaporte ruso? pregunt Khdov.

Porque pod?a hacerlo respondi Lunafrte. ?Quiere convertir la eleccin de un documento en prueba de un delito?

Quiero entender quin le orden elegirlo.

Spirnte dej de pasar las pginas. La pregunta resultaba incmoda porque la respuesta pod?a tener sentido. Ignoraba por orden de quin Anna hab?a dejado fuera de su viaje la documentacin estadounidense; las instrucciones que l hab?a recibido no aclaraban ese punto. Pero s? sab?a que todo pasaporte autntico tiene una historia y que quien lleva dos a veces tiene que elegir no entre pa?ses, sino entre las personas a las que est dispuesto a creer.

Podr?an haber dado por terminado aquel intercambio, pero Lunafrte dej sobre la mesa un extracto del registro de solicitudes recibidas. Inclu?a la hora de la primera consulta de los representantes estadounidenses y la de la solicitud rusa. En la copia algunos nombres estaban parcialmente ocultos, pero la secuencia era clara: el inters estadounidense se hab?a manifestado antes de que la notificacin oficial del fallecimiento completara todos los pasos previstos.

?Quin fue el primero en informarle de la muerte de Samsnova? pregunt Lunafrte a Spirnte.

Recib? la orden de presentarme en Roma e incorporarme a la investigacin. La solicitud no proced?a de la polic?a local.




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