El sinuoso camino a la felicidad Magda Van La familia es el valor supremo. Inspirada en hechos reales, esta magistral saga despliega la dramàtica historia de los Armanonts, un linaje antiguo y de esp?ritu inquebrantable. Con el turbulento siglo XX como telîn de fondo, la crînica generacional se entreteje en una trama fascinante. El lector recorrerà desde las hostiles minas de Klondike y el fuego del Genocidio de 1915 en Aylur, hasta los huertos ba?ados por el sol de California. Cada pàgina es una prueba de fuego. Atravesando apogeos histîricos, amargas decepciones y devastadoras pårdidas morales, los personajes habràn de extraer, sobre las ruinas del pasado, las lecciones màs cruciales de sus vidas. Pero una fe inquebrantable en Dios y la entereza de su esp?ritu les permitiràn sobreponerse a cualquier adversidad. Al pasar las pàginas, usted palparà el dolor, pero, ante todo, descubrirà la gracia infinita del AMOR Verdadero, Devoto y Puro. Una obra profunda que le obligarà a replantearse el sentido de la existencia. Magda Van El sinuoso camino a la felicidad Ãëàâà 1. Sobre las cumbres de las colinas familiars …Desde las celdas màs distantes, de los rincones màs ocultos, extraje la palabra, como del fondo de un pozo profundo. Escrib? para aquellos que apenas se adentran en la vida, as? como para quienes ya han vivido y madurado; para los que estàn concluyendo su sendero terrenal y traspasan ya el umbral fat?dico. Escrib? para justos y para pecadores, para los consoladores y los desconsolados, para los jueces y para los condenados, para los arrepentidos y los cautivos del pecado, para los virtuosos y para los hacedores del mal, para los puros de esp?ritu y para los ad?lteros; para todos: para los de noble linaje y los insignificantes, para los esclavos oprimidos y los nobles pr?ncipes. Escrib? por igual para hombres y para mujeres, para aquellos que han sido humillados y los que han sido ensalzados, para los soberanos y para los oprimidos, para los ofensores y para los ofendidos, para quienes brindaron consuelo y quienes lo recibieron. Escrib? por igual para peque?os y para grandes, para los habitantes de las urbes y los monta?eses semisalvajes, e incluso para aquel que es el soberano supremo, de quien solo Dios es el ?nico Juez; para los hombres vanos y para los hombres de bien, para los monjes y los santos ermita?os. Y que estas l?neas, colmadas de mi sufrimiento, sirvan a alguien como ense?anza y advertencia. Que aquel que se arrepiente con amargura de sus faltas encuentre consuelo en mis escritos. Que cualquier alma convierta mi obra, mi ferviente empe?o, en un bien para s? misma… Grigor Narekats?, Siglo X“El libro de las lamentaciones” Cap?tulo 1. Sobre las cumbres de las colinas familiars Un inmenso flujo de automîviles avanzaba a gran velocidad por la autopista en direcciîn a Santa Bàrbara. Los veh?culos, moviåndose en una hilera interminable, se quedaban atrapados en embotellamientos sofocantes. Escapando del fragor estival, las personas se apresuraban hacia la costa; a todos los atra?a el frescor de las olas oceànicas. Muchos se dirig?an al valle de Santa Inås, hacia el lago Cachuma, para pasar el fin de semana en el regazo de la naturaleza. En los ?ltimos tiempos hab?a imperado un calor insoportable: el sol abrasaba con toda su fuerza, el aire parec?a incandescente y respirar resultaba atrozmente dif?cil. El cielo azul y despejado se reflejaba en el agua inconmensurable, mientras las olas espumosas romp?an con estråpito contra la orilla suave, arrullando y desvaneciendo todas las preocupaciones mundanas. Por encima de la carretera, como si fuera una enorme ave de alas plateadas, cruzî un aviîn con un rugido amortiguado. Manten?a su rumbo hacia las cadenas monta?osas. En el lujoso jet privado se encontraba la familia Thomas: el propietario de minas de oro, Richard, su esposa Margarita, y los gemelos, Daniela y David. La hija y el hijo del matrimonio Thomas se hab?an graduado con honores de la escuela y hab?an ingresado en la Universidad de Harvard. Para la familia, este acontecimiento fue una alegr?a extraordinaria. A Daniela y a David se les abr?a un nuevo sendero en la vida, y esperaban con impaciencia el d?a de la partida. Con este motivo, en su villa de las monta?as, en las inmediaciones de Santa Bàrbara, se planeaba un baile de gala. Richard hab?a cumplido recientemente cincuenta y cinco a?os. A pesar de las canas, luc?a mucho màs joven. Como autåntico aristîcrata y hombre acaudalado, pose?a un aspecto impecable. Sus ojos azules, como el cielo despejado, brillaban con bondad y calidez. Richard estaba sentado en un mullido sillîn al lado de su esposa, a quien amaba con locura a lo largo de todos los a?os de matrimonio. Sosten?a entre sus manos la blanca mano de ella. El destino les hab?a otorgado un amor puro y profundo. Margarita rondaba los cincuenta a?os, pero en su rostro no hab?a ni una sola arruga, y Richard sol?a repetirle: “Los a?os no te tocan, mi amor”. Margarita, en respuesta, re?a con fuerza. Su cabello casta?o, con nobles destellos plateados, ca?a en ondas sobre sus hombros. Sus ojos esmeralda con matices marinos y sus pesta?as oscuras y espesas eran fascinantes. El delicado îvalo de su rostro, una nariz recta y unos labios jugosos de color cereza completaban una imagen perfecta. Cuando sonre?a, una hilera alineada de dientes blancos destellaba con el nàcar de las perlas. Ella era el sentido de la vida de Richard, llenando sus d?as de felicidad tras todas las pruebas superadas en el pasado. El aviîn ascend?a cada vez màs alto. Margarita apoyî la cabeza con serenidad en el hombro de su esposo, mientras los gemelos discut?an vivamente sobre algo. Finalmente, la azafata anunciî la preparaciîn para el aterrizaje. A lo lejos, entre las verdes colinas, apareciî su propiedad ancestral, rodeada por una alta muralla de granito y àrboles centenarios. El aeroplano tocî suavemente la pista de aterrizaje y se silenciî. Los pasajeros agradecieron a la tripulaciîn y descendieron por la escalerilla al encuentro de una brisa suave. Con el ànimo elevado, subieron a las limusinas que los esperaban, las cuales salieron del recinto del aeropuerto privado. Tras media milla, los autos se detuvieron ante unas macizas puertas de forja. El guardia permitiî el ingreso del cortejo con un saludo cordial. A derecha e izquierda se extend?an cåspedes impecables, salpicados de parterres. En los màrgenes, florec?an con exuberancia frondosos arbustos de buganvilla blanca y jacarandà violeta. Al frente se ubicaba un estacionamiento techado y una mansiîn de invitados de estilo espa?ol con una fachada de cristal esmeralda, que recordaba a un castillo de cristal. Un poco màs al fondo, se erig?a el palacio principal de tres pisos, de màrmol blanco y estilo barroco. Lo adornaban columnas, molduras doradas caladas en las ventanas y una amplia escalinata se?orial con balaustradas, a cuyos lados reposaban jarrones antiguos con lirios blancos y rosados. Ante la escalinata murmuraba una fuente: en su centro, una copa de oro se llenaba de agua sobre los hombros de unos àngeles fundidos en un abrazo, y las gotas centelleaban al sol como una constelaciîn de diamantes. En el espacioso vest?bulo, desde una altura vertiginosa, colgaba una ara?a de cristal. Hacia arriba conduc?an escaleras de màrmol con alfombras esmeralda. Desde el vest?bulo se abr?a el paso a un salîn de banquetes semiovalado, con una pared acristalada y vistas al estanque. All? ya se realizaban los ?ltimos preparativos para el baile. Los salones estaban decorados en tonos rosa y dorado, con paredes de espejos, mesas redondas y una exquisita vajilla de porcelana inglesa de la marca De Lamerie. En una esquina se alzaba un piano de cola blanco Steinway, y en el centro, una pista de baile circular, rodeada por un mosaico de placas de màrmol. En caso de ser necesario, las paredes de espejo del salîn de banquetes se deslizaban, abriendo el paso a una gran sala de billar con seis mesas. En una esquina se ubicaba una barra de bar con una variedad de bebidas, y al lado se encontraba la zona de distribuciîn: los platos preparados ascend?an silenciosamente en un elevador desde la espaciosa cocina del sîtano. A la izquierda del salîn se pod?a acceder a una sala de descanso con mesas revestidas de terciopelo verde para jugar al pråferans. En la estancia contigua se acondicionî una acogedora sala de fumadores con una rica selecciîn de pipas, cachimbas y variedades selectas de tabaco, donde en elegantes mesas ya esperaban a los invitados copas de cristal. Detràs de la fachada posterior del palacio se extend?a un pintoresco estanque natural, alimentado por un fresco arroyo de monta?a. Por su superficie acuàtica nadaban majestuosamente cisnes blancos y negros. Las orillas estaban conectadas por un ligero puente blanco, adornado con un arco de frondosas guirnaldas de flores de ese?o. Màs allà, en la intimidad bajo la sombra de copas frondosas, se ocultaba la mansiîn privada del matrimonio Thomas. Hacia ella conduc?a un sendero que se transformaba en una escalera de caracol, en cuyas barandillas se posaban las figuras primorosamente talladas de dos palomas de màrmol que volaban al encuentro la una de la otra. Tras la escalera se abr?a un amplio prado, plantado con variedades exîticas de rosas aterciopeladas de matices prodigiosos. Ante el propio castillo de dos pisos, jugaba con todo su esplendor una fuente danzante y luminosa. A travås de sus destellos multicolores se trasluc?an dos estatuas de màrmol: un hombre que abrazaba tiernamente a una mujer. El color de sus ropajes de piedra cambiaba màgicamente al compàs de la m?sica gracias a la iluminaciîn subacuàtica. Las esculturas personificaban el profundo amor de los due?os de la casa. Esta obra de filigrana, digna del cincel de Miguel Àngel, hab?a sido realizada por un renombrado escultor, invitado directamente desde Roma. En este rincîn recîndito, toda la atmîsfera estaba impregnada de ternura. En el interior de la casa reinaba un lujo impecable, que transformaba la realidad en un cuento de hadas. Resultaba evidente que los esposos, capaces de engendrar semejante belleza, pose?an no solo una inmensa riqueza, sino tambiån un talento excepcional y un alma pura. Ãëàâà 2. El oro gålido de Klondike En la Inglaterra de finales del siglo diecinueve, en uno de los suburbios màs l?gubres de Londres, viv?a la familia de David Tovmasian, inmigrantes armenios que se hab?an visto forzados a abandonar Egipto. La vida en el extranjero era inclemente: David ten?a que aferrarse a cualquier trabajo pesado solo para ganarse un trozo de pan. D?a tras d?a se prolongaba una lucha interminable por la supervivencia, y pronto el destino asestî un nuevo golpe. La esposa de David esperaba un hijo, pero sus fuerzas estaban al l?mite. Tras dar a luz a un varîn, la exhausta mujer falleciî. El dolor y el temor por el hijo reciån nacido casi doblegan al padre. Ten?a que trabajar y, al mismo tiempo, sacar adelante al lactante en completa soledad. Por misericordia, los vecinos ayudaban: cuidaban del peque?o, a quien llamaron Tadevos, pero a la usanza inglesa, Teddy. Para sorpresa de todos, a pesar de las privaciones, el ni?o crec?a fuerte y sano. Toda su infancia transcurriî en las severas calles londinenses. Cuando Tadevos cumpliî doce a?os, perdiî tambiån a su padre. Quedando huårfano de padre y madre, el adolescente luchî desesperadamente por su existencia. Desafiando al destino, aspiraba a toda costa a ponerse en pie y cumplir su anhelo ferviente: salir de la miseria y enriquecerse. Al reunir en torno a s? a muchachos sin hogar en su misma situaciîn, Teddy demostrî su caràcter de l?der: convenciî a sus amigos de no rebajarse al robo, sino de dedicarse a un negocio serio. Pronto, noticias asombrosas del otro lado del ocåano dieron la vuelta al mundo: en Alaska, en la regiîn de Klondike, hab?a estallado la fiebre del oro. Tadevos comprendiî que aquella era su oportunidad. Logrî encender a sus compa?eros con su propio sue?o. El equipo joven, robusto y decidido comenzî a prepararse para la traves?a. En aquellos a?os, los barcos zarpaban hacia el norte abarrotados hasta el l?mite; los camarotes y las bodegas reventaban de pasajeros, y las tiendas de campa?a de los buscadores de fortuna se alzaban directamente sobre las cubiertas. Conseguir un pasaje parec?a imposible, ya que el precio del boleto alcanzaba las quinientas libras. Por esa oportunidad quimårica, los artesanos vend?an sus talleres, los granjeros entregaban sus tierras por una miseria y los obreros abandonaban las fàbricas. Ingleses, irlandeses, alemanes, franceses y rusos compraban v?veres, pertrechos y tomaban lecciones de buscadores experimentados, repitiendo con delirio una sola palabra: oro. Hacia Tadevos el destino se mostrî benevolente. Due?o de una audacia natural, se las arreglî para pactar con el contramaestre: ål y tres de sus compa?eros fueron admitidos en el barco como fogoneros. Esto los eximiî del inalcanzable pago del pasaje y les asegurî comida gratuita. En ese entonces les pareciî que las peores penurias hab?an quedado atràs, pero a?n no sab?an quå prueba les aguardaba en el porvenir. El camino resultî largo y despiadado. A travås del tormentoso Atlàntico Norte y, posteriormente, por la ruta de Edmonton —el viejo sendero de los comerciantes de pieles—, cruzando tierras canadienses y los r?os Peace y Mackenzie hacia el norte, rumbo al Yukîn. De los cientos de miles de personas hechizadas por el oro, solo unos pocos elegidos resist?an ese trànsito infernal. Para ese entonces, Tadevos hab?a cumplido veinte a?os. Fuerte, terco, templado por su infancia callejera, avanzaba a pesar del hambre, del fr?o glacial y de sus pies destrozados y sangrantes. Pero el norte no perdonaba la debilidad. Dos de sus compa?eros se rindieron y dieron la vuelta a mitad del camino. El tercero enfermî de gravedad y muriî en la ruta. En los campamentos fronterizos proliferaban enfermedades letales, la gente mor?a como moscas y el aire en las paradas estaba envenenado por el pesado hedor de los cuerpos en descomposiciîn. A Tadevos casi no le quedaba dinero y, para prepararse para el asalto final a travås de las cadenas monta?osas, aceptaba cualquier trabajo infernal. Al contratarse en la Compa??a Britànica de Suministros para la tala de àrboles, ganaba veinte dîlares por metro c?bico de madera. El sudor le ca?a a chorros, y los precios en las tabernas locales por el hospedaje y la escasa comida eran abusivos. Pese a todo, se las ingeniaba para ahorrar cada centavo. Por las noches, Teddy entraba en las bulliciosas tabernas donde se concentraban los experimentados buscadores de oro. En aquella åpoca no exist?an mapas reales de los escarpados territorios de Canadà y Alaska, por lo que el joven extra?a gota a gota de las conversaciones de los ebrios una informaciîn invaluable sobre senderos ocultos y yacimientos ricos. Paso a paso avanzaba hacia su meta. Y, finalmente, alcanzî el Yukîn. Se estableciî en el asentamiento minero. Cierta noche, mientras regresaba a su miserable caba?a, Tadevos pasî junto a una taberna de la que emanaba una m?sica estruendosa. De las puertas, tambaleàndose fuertemente, saliî un anciano buscador de oro ebrio, y tras ål, dos jîvenes de aspecto sospechoso. Teddy alcanzî a escuchar un fragmento de su conversaciîn: —?Viste? El viejo pagî en la barra con una pepita de oro de la bolsa que lleva al cinto. Vamos a seguirlo a donde estå màs oscuro y lo acorralamos. Total, està borracho como una cuba, ma?ana no recordarà nada. Tadevos, que se hab?a criado en calles peligrosas, comprendiî al instante que el anciano corr?a un peligro de muerte. Avanzî con sigilo tras ellos. Tan pronto como la luz de las ventanas de la taberna quedî atràs, uno de los ladrones saltî sobre la v?ctima y le propinî un fuerte golpe en la cabeza. El buscador de oro se desplomî como fulminado. Pero Tadevos ya estaba all?. Con un golpe fulminante derribî al primer asaltante e inmediatamente se lanzî contra el segundo, en cuya mano brillî con ferocidad un cuchillo. Al interceptar el ataque, Teddy mandî al delincuente al suelo con un potente gancho. Los agresores se recobraron ràpidamente, pero al ver el revîlver apuntàndoles y la mirada resuelta del desconocido, prefirieron no tentar a la suerte y huyeron a toda prisa. En aquellos tiempos salvajes, quedarse sin armas significaba firmar su propia sentencia de muerte. El herido yac?a inconsciente, con la cabeza cubierta de sangre. Tadevos se lo cargî a los hombros y lo llevî a su caba?a. En casa, acomodî al lesionado en su ?nica cama, lavî con delicadeza sus heridas y ål mismo se quedî dormido directamente sobre la mesa. Solo al amanecer, cuando los primeros rayos del sol tocaron las paredes de le?os, el anciano gimiî pesadamente y entreabriî los ojos, turbios por el dolor. Bajo la tenue luz de la vela moribunda, contemplî durante largo tiempo el rostro cansado del joven sentado enfrente y, finalmente, preguntî con voz ronca: —?Por quå me salvî, muchacho? —Los ladrones son gente indigna —respondiî Tadevos escuetamente. El anciano lo mirî con atenciîn, comprendiendo la nobleza excepcional que hab?a demostrado aquel joven, al no codiciar el oro ajeno en una caba?a cerrada, y cerrî los ojos con cansancio. La lesiîn era demasiado grave. En los d?as subsiguientes, Tadevos lo cuidî con devociîn: le daba de beber agua con una cuchara, lo alimentaba con caldo caliente. Gradualmente, el anciano cobrî las fuerzas suficientes para poder hablar, pero no le fue dado ponerse en pie; las energ?as lo abandonaban irremediablemente. Entre ellos surgiî una profunda confianza mutua. El buscador de oro le relatî detalladamente su vida solitaria y escuchî con atenciîn la historia de Teddy. Una noche, llamî al joven màs cerca del lecho, sacî su preciada bolsa y la depositî en la mano de Tadevos: —Nunca tuve hijos. Pero ahora, lo acepto a usted con todo mi corazîn como a un hijo. Usted es valiente, honesto y misericordioso. Tome esto. Aqu? hay pepitas autånticas. Pudo habårselas llevado mientras yo yac?a sin sentido, pero su integridad no le permitiî convertirse en un ladrîn. Yo ya no me levantarå; en el otro mundo el oro no me harà falta. El anciano tomî aliento y hablî màs bajo, revelando el secreto principal: —Encontrå un lugar... Una verdadera veta de oro. All?, bajo la tierra, yacen bloques, y en las orillas arenosas del arroyo, los depîsitos de oro aguardan por su due?o. Pero para registrar oficialmente esa tierra a su nombre, se necesita una suma considerable de dinero. Venda estas pepitas, registre el terreno a su nombre, y lo que extraiga de all? lo convertirà en un rey. Permanezca siempre siendo un hombre tan honesto, y la felicidad nunca lo abandonarà. Extenuado por el largo discurso, el anciano cerrî los ojos. Tadevos quedî conmocionado por lo que hab?a escuchado, pero no quiso perturbar al enfermo. Por la ma?ana, el anciano no despertî. Tadevos lo sepultî con profundo respeto y dignidad, como a un padre propio. Y despuås del funeral, se dirigiî a las coordenadas indicadas, y se quedî petrificado en el sitio, abrumado por lo que ve?a... Ante los ojos de Tadevos se abriî, en efecto, un espectàculo incre?ble. En los cerrados meandros del arroyo, directamente entre la arena ribere?a, centelleaban depîsitos incontables de oro. Junto a pepitas de diverso tama?o, reposaban en el vado minerales y gemas extra?as y sorprendentes, cuya pureza pod?a competir con las mejores piedras preciosas del mundo. Teddy, comprendiendo a la perfecciîn cuànta envidia, peligro y desgracia puede acarrear a un hombre una riqueza tan fortuita, actuî con extrema cautela. No presumiî su hallazgo. De manera sensata y secreta, empleando el oro legado por el difunto anciano, Tadevos comprî oficialmente aquella enorme propiedad aur?fera. Hasta el final de sus d?as permaneciî indeciblemente agradecido tanto con su benefactor anînimo como con el destino mismo por aquel don. La vida demostrî una vez màs una verdad simple: por cada acciîn noble, el hombre recibe tarde o temprano una respuesta de lo alto; si no es con prosperidad terrenal, con paz espiritual. Al principio, sus ?nicas armas en la batalla por una vida acomodada fueron apenas una pica, una pala y una bandeja de lavado. Teddy trabajî sin descanso. Al alcanzar todo aquello con lo que alguna vez hab?a so?ado en las sucias calles de Londres, el maduro y enriquecido Tadevos se trasladî a una gran ciudad. All? conociî a una joven maravillosa y, sin postergar la felicidad para despuås, se casî con ella. Al poco tiempo, su esposa le dio gemelos: un ni?o y una ni?a. Como si el destino mismo hubiera decidido tejer con su nacimiento un tapiz especial y bendito, que trajo al hogar de Tadevos una felicidad absoluta. Habiendo hallado la tan ansiada plenitud de la vida, Teddy, no obstante, no planeaba permanecer en el norte para siempre. Lo atra?a una Amårica joven y en floreciente desarrollo. Siendo ya un hombre muy acaudalado y respected, Tadevos visitî en una ocasiîn el soleado sur, en California, y se enamorî de aquellas tierras. Adquiriî all? extensos terrenos y colocî la primera piedra en los cimientos de la hacienda familiar. El oro, al parecer, ven?a por s? solo a las manos de este linaje fuerte. Desde entonces, transmitiåndose de generaciîn en generaciîn, la miner?a de oro se convirtiî en el negocio principal de sus vidas. Cada nuevo descendiente no solo preservaba, sino que multiplicaba la fortuna familiar, invirtiendo en ella inteligencia, fe y un arduo trabajo. Desde entonces transcurrieron dåcadas. Los vientos severos del Yukîn quedaron en el pasado remoto, el apellido Tovmasian comenzî a sonar a la nueva usanza como Thomas, y el propio linaje antiguo terminî por americanizarse por completo, convirtiåndose en parte de la alta sociedad del Nuevo Mundo. Pero el recuerdo de aquello con lo que comenzî su sinuoso camino a la felicidad permaneciî para siempre en el corazîn de la familia. Ãëàâà 3. Fragmentos de una felicidad de cristal David-Daniel, representante de la siguiente generaciîn de los Thomas, hallî la felicidad familiar apenas al rondar los cuarenta a?os. Su elegida fue Angela, una belleza de ojos azules, hija ?nica y heredera de un influyente banquero californiano. La vida de los esposos transcurr?a sin nubes, pero una circunstancia ensombrec?a su uniîn: durante largos a?os no pudieron tener hijos. Los mådicos les daban esperanzas, exhortàndolos a cargarse de paciencia. En el ocaso de sus vidas, tras incontables intentos, Angela obrî un milagro: dio a luz al tan ansiado varîn, a quien llamaron Richard. La alegr?a de los padres no conoc?a l?mites. Sin embargo, la dicha resultî ef?mera: la fràgil salud de la madre se desvanec?a d?a tras d?a. Ni una opulencia fabulosa ni las màs grandes eminencias de la medicina lograron retenerla en este mundo. Al quedar viudo, David-Daniel jamàs permitiî que otra mujer entrara en su corazîn. Todo aquel amor contenido se lo entregî sin reservas a su hijo. La pårdida de su esposa dejî en el alma del padre una herida incurable. Pocos a?os despuås, quebrantado por la a?oranza e incapaz de soportar el peso de la soledad, partiî prematuramente de este mundo, siguiendo a su amada hacia el màs allà. El joven Richard, quedando huårfano de padre y madre, sufriî profundamente la muerte de sus progenitores. Al encontrarse solo en un mundo vasto y vac?o, al principio se desconcertî se desanimî. No obstante, la entereza familiar y el instinto de supervivencia, que hab?an salvado a su linaje durante siglos, ayudaron al joven a no desviarse del camino de la rectitud. Al tomar sobre sus hombros la gestiîn de las minas ancestrales e heredar la fortuna de ensue?o de los Thomas, Richard demostrî una inteligencia brillante e una laboriosidad excepcional. A los treinta a?os, no solo hab?a mantenido el negocio, sino que hab?a multiplicado la grandeza de la empresa familiar. La exitosa actividad requer?a de conexiones sîlidas, y con el tiempo Richard se rodeî de un c?rculo de influyentes socios comerciales. Entre ellos, un lugar especial lo ocupaba el talentoso financiero Fred Stevenson. Sus proyectos conjuntos siempre resultaban mutuamente beneficiosos e generaban ganancias millonarias. En la sociedad, Stevenson gozaba de la reputaciîn de ser un hombre de honor impecable e de una rectitud de hierro, ganàndose la confianza incondicional de la alta alcurnia. Sin embargo, su vida privada estaba devastada por la tragedia. En su juventud, Fred se hab?a enamorado perdidamente de una famosa supermodelo que accediî a convertirse en su esposa. Pero poco despuås del nacimiento de su hija, la voluble belleza huyî a Inglaterra con un aventurero desconocido, abandonando a su criatura reciån nacida e a su devoto esposo. Desde entonces, nadie volviî a saber de ella. Aquella cruel traiciîn causî a Fred un profundo trauma psicolîgico, cuya cicatriz permaneciî en su corazîn para toda la vida. Jamàs volviî a casarse. Cierta vez, Fred invitî a Richard Thomas a una cena amistosa en su hogar. Fue precisamente esa noche cuando el joven magnate vio por primera vez a Victoria, la hija del financiero, de diecisiete a?os. A primera vista parec?a casi una adolescente: fràgil, esbelta, con una silueta juvenil e delicada. Su rostro, enmarcado por rizos dorados, asombraba por su palidez aristocràtica, mientras que sus enormes ojos azules cautivaban la atenciîn. No era una belleza clàsica de canon, pero pose?a un encanto raro e sutil. Sentada frente a Richard, Victoria lo miraba con un leve temor y timidez, incapaz de apartar la vista. El joven sintiî cîmo en su interior vibraba una cuerda de ternura desconocida. Sintiî el deseo inexplicable de abrazar a esta muchacha indefensa, de protegerla del mundo entero e de cobijarla con una palabra afectuosa. Pero, siendo un hombre de alta cultura espiritual e educaciîn impecable, contuvo con delicadeza aquel impulso del alma. Antes de marcharse, Richard se acercî a Victoria e entablaron una conversation. Para su asombro, detràs de la màscara de la timidez juvenil, descubriî una mente brillante e aguda, y un sentido del humor impecable. Victoria resultî ser una conversadora magn?fica: dominaba con sutileza el arte, la pol?tica e los acontecimientos mundiales. Al notar la admiraciîn en los ojos del invitado, la joven se cubriî de un tierno rubor. Tras esa noche, la imagen de la Victoria de cabellos de oro ya no abandonî a Richard. En las galas sociales e recepciones de etiqueta, buscaba cualquier oportunidad para estar en su entorno. Sus amigos cercanos, al notar los cambios en el habitualmente reservado millonario, le aconsejaban al un?sono no perder el tiempo e declaràrsele a la joven. El padre de Victoria era un caballero de la vieja escuela, e ella misma se perfilaba como la pareja ideal. Al poco tiempo, Richard invitî a Victoria a una cita en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. En una atmîsfera romàntica, bajo los suaves acordes de la m?sica, se postrî ante ella sobre una rodilla, abriî una cajita de terciopelo con un lujoso anillo de diamantes y, mirando fijamente a sus ojos resplandecientes, preguntî: —Victoria, ?aceptas ser mi esposa? La joven resplandeciî de una felicidad absoluta e celestial, e sin dudarlo se lanzî a sus brazos. Al obtener el ansiado consentimiento, esa misma noche Richard pidiî la mano de Victoria a su padre. Fred se sintiî sinceramente feliz, sabiendo que entregaba a su ?nica hija a las manos màs seguras del mundo. Al bendecir a los jîvenes, obsequiî a Richard un generoso regalo: un importante paquete de acciones de la corporaciîn financiera l?der, de la cual era copropietario. El joven magnate no necesitaba dinero, pero no pod?a rechazar a su futuro suegro. Aceptî el obsequio con la condiciîn de que ese capital permaneciera para siempre bajo la gestiîn personal e propiedad de Victoria. Pronto se celebrî una esplåndida boda. En el hogar de los reciån casados reinî una armon?a impecable, un consentimiento mutuo e un profundo respeto. Un a?o despuås, su uniîn se vio consolidada por el nacimiento de su primogånita, su hija Christie. Y un a?o màs tarde, el universo les regalî a su hijo Paul. Ambos bebås parec?an àngeles: heredaron de su madre una piel blanqu?sima e suaves rizos dorados. Richard idolatraba a su esposa e se deshac?a en amor por sus hijos. Pasaron los a?os, los peque?os crecieron e comenzaron la escuela, deleitando a sus padres con su obediencia e caràcter manso. Richard, a pesar de sus enormes ocupaciones, dedicaba cada minuto libre a su familia e se sent?a indeciblemente dichoso. Todo marchaba a la perfecciîn, hasta que en su puerto apacible se infiltrî la zozobra. En los ?ltimos tiempos, a Richard le preocupaba cada vez màs la palidez e un malestar oculto e inexplicable en Victoria. Ella solo sonre?a con dulzura e tranquilizaba a su esposo, aseguràndole que era el cansancio habitual e que no hab?a motivos para alarmarse. Sin embargo, Richard, impulsado por un mal presentimiento, insistiî. Se puso en contacto con el mådico de la familia e exigiî que se le realizara de inmediato un examen mådico completo. Al d?a siguiente, tras enviar a Christie e a Paul a sus clases, Victoria se dirigiî a la cl?nica. El mådico la acompa?î personalmente por todos los consultorios, realizando pruebas complejas. Al concluir los procedimientos, la mujer se apresurî hacia la escuela para recoger a los ni?os. Siempre prefer?a conducir ella misma su automîvil, negàndose en redondo a los servicios de choferes privados. Los ni?os parloteaban ruidosa e alegremente en el asiento trasero, compartiendo las novedades de la escuela. El veh?culo avanzaba con suavidad por la carretera, cuando la quietud del habitàculo se vio rota por el timbrazo agudo del telåfono mîvil. Victoria presionî el botîn del manos libres. Por los altoces resonî la voz alterada del doctor: —Victoria... Necesitamos realizarle otro examen, uno màs detallado. Por favor, venga a la cl?nica ma?ana a primera hora. —?De quå se trata, doctor? —en su corazîn se clavî instantàneamente el temor—. ?Me han encontrado algo grave? ?Debo preocuparme? La voz de la mujer temblî, mientras su corazîn golpeaba con frenes? un ritmo aterrador en su pecho. El mådico no respondiî nada, e en el receptor resonaron los tonos cortos e siniestros de la l?nea cortada. En ese mismo segundo, a Victoria le dio un fuerte vuelco la cabeza. Un destello ardiente de dolor nublî sus ojos con una neblina, sus pensamientos se confundieron e sus manos soltaron el volante por un instante. El pesado automîvil, a toda velocidad, fue lanzado hacia la izquierda, directo al carril de direcciîn contraria. Un crujido ensordecedor de metal desgarrado, un impacto espantoso, el tintineo de fragmentos de cristal que saltaban por los aires e una sorda explosiîn instantànea que lo devorî todo. En esta catàstrofe monstruosa nadie sobreviviî. Victoria, Christie e Paul perecieron en el acto. Al enterarse de lo sucedido, Richard estuvo a punto de perder el juicio. En un solo instante pavoroso perdiî tanto a su mujer amada como a sus àngeles, sus hijos. Tras esta tragedia, su mundo se sumergiî en una oscuridad absoluta e muerta. Durante varios a?os no sintiî màs que una amargura calcinante e un dolor sordo. Ya no viv?a: se hab?a convertido en una sombra pàlida, existiendo sin rumbo entre los fragmentos de su pasado. Atormentado por la muda desesperaciîn, pasaba horas mirando a la nada e gritando sin voz hacia los cielos: Êîíåö îçíàêîìèòåëüíîãî ôðàãìåíòà. Òåêñò ïðåäîñòàâëåí ÎÎÎ «Ëèòðåñ». Ïðî÷èòàéòå ýòó êíèãó öåëèêîì, êóïèâ ïîëíóþ ëåãàëüíóþ âåðñèþ (https://www.litres.ru/book/magda-van-34124574/el-sinuoso-camino-a-la-felicidad-74696534/) íà Ëèòðåñ. Áåçîïàñíî îïëàòèòü êíèãó ìîæíî áàíêîâñêîé êàðòîé Visa, MasterCard, Maestro, ñî ñ÷åòà ìîáèëüíîãî òåëåôîíà, ñ ïëàòåæíîãî òåðìèíàëà, â ñàëîíå ÌÒÑ èëè Ñâÿçíîé, ÷åðåç PayPal, WebMoney, ßíäåêñ.Äåíüãè, QIWI Êîøåëåê, áîíóñíûìè êàðòàìè èëè äðóãèì óäîáíûì Âàì ñïîñîáîì.