La sierra no espera /   
Poyraz Demir


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Poyraz Demir

La sierra no espera /   





   


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Cap?tulo 1: Doce horas

 1:  


Es la una y media de la ma?ana en Durango, y Valeria Qui?ones sostiene la mano de una mujer que acaba de perder a su hijo. Estn sentadas en una salita sin ventanas del Hospital General, con una caja de pa?uelos entre las dos y un caf que nadie toca. La mujer se llama Rosa. Su hijo, Emiliano, ten?a diecinueve a?os y una moto roja, y anoche, a las nueve, en la curva de La Ferrer?a, la moto y l se separaron para siempre. Ahora Emiliano respira solo porque una mquina respira por l. Su cerebro ya no est.

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Valeria tiene treinta y ocho a?os y lleva once como coordinadora de donacin de rganos. Es el trabajo ms dif?cil del hospital, dicen sus compa?eros, y ella no los contradice. Su trabajo es sentarse con las familias en el peor momento de su vida y hacerles una pregunta imposible. Nunca presiona. Nunca miente. Explica, escucha, espera. Esta noche ha esperado tres horas. Por fin Rosa levanta la cara, mojada, y dice con una voz muy clara:

-Emiliano siempre dec?a que quer?a servir para algo. Que sirva.

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Valeria firma los papeles con Rosa y sale al pasillo. Ahora empieza la carrera. El corazn de Emiliano va a un hombre en Monterrey; los ri?ones, a dos pacientes aqu? mismo, en Durango. Y el h?gado tiene un destino urgente: una ni?a de ocho a?os en Mazatln, Ximena, que se est muriendo de una hepatitis fulminante. Su h?gado dej de funcionar hace cuatro d?as. Sin un h?gado nuevo, no va a ver el domingo. Un equipo de trasplantes de Guadalajara vol a Mazatln ayer por la tarde, y la espera en el quirfano.

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Un h?gado, fuera del cuerpo, dentro de una hielera, vive doce horas. Quiz un poco ms, pero cada hora que pasa es peor para el que lo recibe. Los cirujanos van a sacar los rganos a las dos de la ma?ana. Eso significa que el h?gado tiene que estar en Mazatln antes de las dos de la tarde. Lo normal ser?a un avin: cuarenta minutos de vuelo sobre la sierra. Pero esta noche nada es normal. Esta noche, sobre el Pac?fico, viene girando un huracn de categor?a tres que se llama Teodora, y va directo hacia Mazatln.

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Valeria hace las llamadas desde el pasillo, caminando de un lado a otro. El aeropuerto de Mazatln est cerrado desde la medianoche. La Fuerza Area dice que ning?n helicptero puede volar con esos vientos. La ?nica opcin es la carretera: la autopista Durango-Mazatln, una maravilla de t?neles y puentes que cruza la Sierra Madre en tres horas. Llama a la Polic?a Federal. La respuesta llega a las dos y diez: un derrumbe enorme ha tapado la autopista en el kilmetro ciento setenta, a la entrada de un t?nel. Est cerrada. Ninguna ambulancia puede pasar.

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Queda la carretera vieja. La federal cuarenta, la que todos en Durango llaman el Espinazo del Diablo: trescientos kilmetros de curvas sobre la cresta de la sierra, con precipicios de mil metros a los dos lados, que en un d?a bueno se hacen en seis horas. Esta noche, con la lluvia del huracn, est llena de piedras ca?das y rboles atravesados. Una ambulancia no pasar?a de El Salto. Un coche tampoco. Valeria se queda quieta en medio del pasillo, con el telfono en la mano, y piensa en lo ?nico que puede pasar por un camino as?. Una moto.

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Y si piensa en una moto en esa carretera, en esa noche, solo puede pensar en una persona. Nicols Barraza. Nico. Dos veces campen nacional de enduro, segundo lugar en la Baja Mil, el hombre que conoce cada curva del Espinazo del Diablo porque ha corrido en ellas desde los quince a?os. El hombre que ahora arregla motos en un taller del barrio de Analco y que no ha vuelto a correr desde hace seis a?os. Su exmarido. El hombre con el que no ha hablado desde el d?a en que firmaron el divorcio.

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Valeria busca su n?mero en el telfono. Todav?a lo tiene guardado, con el nombre que le puso hace dieciocho a?os, cuando lo conoci: Nico Loco. Nunca lo cambi. Nunca lo borr. Mira la pantalla un largo rato. Le tiembla el dedo. Por la ventana del pasillo se ve el cielo de Durango, todav?a limpio, con estrellas, pero hacia el oeste, sobre la sierra, hay un resplandor naranja de relmpagos. Teodora ya est aqu?. En la sala de al lado, una mquina respira por Emiliano.

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-Ya sacamos todo a las dos y media -le dice el cirujano, el doctor Salcido, asomndose por la puerta del quirfano con el gorro puesto-. El h?gado va a estar listo para viajar a las tres. ?Ya tienes cmo mandarlo?

-Casi -dice Valeria.

-?Casi? Valeria, esa ni?a...

-Ya s quin es esa ni?a -lo interrumpe ella-. T? saca el h?gado. Yo lo llevo.

El doctor Salcido la mira con las cejas levantadas, como si hubiera dicho una locura, y vuelve a entrar. Valeria aprieta el botn verde antes de arrepentirse.

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El telfono suena una vez, dos, tres. Valeria est a punto de colgar cuando oye su voz, ronca de sue?o, la misma voz de siempre, como si los seis a?os no hubieran existido.

-?Vale? -dice Nico-. ?Qu pas? ?Ests bien?

Ella abre la boca y por un segundo no le sale nada. Luego habla rpido, sin respirar, como habla en las emergencias: el h?gado, la ni?a, el huracn, la autopista cerrada, el Espinazo del Diablo, doce horas. Del otro lado hay un silencio largo. Valeria oye la lluvia que empieza a caer sobre el techo de lmina del taller.

-?A qu hora sale ese h?gado? -pregunta l.

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Cap?tulo 2: Diez horas y media. El taller

 2:    . 


El taller de Nico est en una calle empedrada de Analco, detrs de la iglesia, en un garaje con un letrero pintado a mano: Barraza Motos. Reparacin y Preparacin. Cuando el taxi de Valeria se detiene enfrente, a las tres y cuarto, la cortina metlica ya est levantada y todas las luces encendidas. Valeria baja con la hielera azul en los brazos. La hielera es especial: por dentro tiene tres bolsas estriles, una dentro de otra, con el h?gado de Emiliano flotando en un l?quido de preservacin a cuatro grados, rodeado de hielo. Pesa seis kilos. Pesa una vida.

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Nico est de espaldas, inclinado sobre una moto, con una lmpara en la frente. Se da la vuelta cuando la oye. Tiene cuarenta y dos a?os, el pelo ms gris de lo que ella recordaba, la misma barba mal cortada y los mismos brazos llenos de cicatrices de ca?das. Se miran un segundo, en silencio, con seis a?os en medio del taller como un mueble que nadie sabe dnde poner.

-Hola, Vale.

-Hola, Nico.

-Te cortaste el pelo.

-Hace cinco a?os.

-Ah -dice l-. Te queda bien.

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Luego Nico ve la hielera y la cara se le pone seria.

-?Cmo se llamaba? -pregunta-. El muchacho.

-Emiliano Czares. Diecinueve a?os. Se cay anoche en La Ferrer?a.

Nico se queda quieto. Deja la llave inglesa sobre el banco, muy despacio.

-Lo conozco -dice-. Lo conoc?a. Hace dos semanas le arregl el carburador de su moto. Una roja, una doscientos cincuenta. Le dije que bajara la velocidad en las curvas. Se rio. Me dijo: Usted era campen, don Nico, usted no tiene derecho a decirme eso.

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Nico ya tiene la moto preparada. No es una moto bonita: es una mquina de enduro de cuatrocientos cincuenta cent?metros c?bicos, alta, flaca, naranja y negra, llena de golpes y de raspones, con llantas de tacos para el lodo y un tanque de combustible extra amarrado atrs. La que usaba en las carreras. La hab?a guardado seis a?os debajo de una lona, como se guarda un arma.

-Llega a Mazatln con un tanque y medio -dice-. Si no nos matamos antes.

-Qu optimista.

-Soy realista. La optimista siempre fuiste t?.

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Preparan la hielera con cuidado. Nico la mete dentro de una mochila grande de lona, la rellena con espuma de un viejo asiento, la amarra con correas, y se la pone a Valeria en la espalda, ajustndole las cintas sobre el pecho y la cintura. Ella siente el fr?o del hielo a travs de la ropa. Lleva un termmetro digital conectado por un cable al interior: cuatro grados. Mientras no pase de ocho, el h?gado vive. Luego Nico le da un casco, un traje de lluvia, unos guantes, y unas botas que ella reconoce enseguida. Son las suyas. Las que dej en el taller hace seis a?os.

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-?Las guardaste? -pregunta.

-Estaban estorbando -dice l, sin mirarla-. No tuve tiempo de tirarlas.

Valeria se las pone. Le quedan perfectas, todav?a con el lodo seco de la ?ltima vez que salieron juntos, una carretera de terracer?a hacia Mexiquillo, un domingo en que todo estaba bien. Eso fue antes de las peleas, antes de las carreras en California, antes de las noches que ella pasaba sola en el hospital y l en la carretera, cada uno convencido de que el otro lo hab?a abandonado primero. Se sube el cierre del traje de lluvia hasta la barbilla. No es momento para eso.

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A las tres y media, Nico arranca la moto. El motor ruge en el taller como un animal que despierta, y los perros de toda la cuadra se ponen a ladrar. l se sube primero, luego ella atrs, con la mochila en la espalda, y se agarra de su cintura. Es un movimiento que su cuerpo recuerda solo, sin pedirle permiso.

-Reglas -dice Nico, volteando la cabeza-. Uno: te agarras siempre. Dos: en las curvas te inclinas conmigo, nunca contra m?. Tres: si te digo abajo, te pegas a mi espalda y no preguntas.

-Igual que antes.

-Igual que antes.

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Salen a las calles vac?as de Durango. Llueve fino, y el empedrado del centro brilla bajo los faroles amarillos. Pasan frente a la catedral, frente a las casas viejas del centro, por la avenida que lleva al oeste, hacia la sierra. Valeria mira su reloj: las tres y cuarenta. Diez horas y veinte minutos para llegar a Mazatln. Trescientos kilmetros de monta?a, un huracn y quin sabe qu ms. Pega la mejilla a la espalda de Nico, a travs de los dos cascos y de las dos chamarras, y siente el calor de siempre.

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En la salida de la ciudad, donde empieza la carretera a Mazatln, hay dos patrullas atravesadas con las luces encendidas, rojas y azules, que se reflejan en el asfalto mojado. Un polic?a joven, con un impermeable amarillo, levanta la mano y les hace se?as para que se detengan. Nico frena junto a l. El polic?a se acerca con una linterna y les alumbra las caras.

-Est cerrada, amigo -dice-. Toda la carretera, la vieja y la nueva. Hay derrumbes por todos lados. Orden del gobierno. Nadie pasa.

-Llevamos un rgano para trasplante -dice Valeria.

-Lo siento, se?ora. Nadie es nadie.

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Nico se quita el casco despacio. Detrs de la patrulla, un polic?a mayor, gordo, con bigote gris, que estaba tomando caf en el coche, se asoma por la ventanilla y se queda mirndolo. Luego abre la puerta y sale bajo la lluvia, sin impermeable.

-?Barraza? -dice-. ?Nico Barraza? ?El de la Baja Mil del dos mil catorce?

-El mismo, comandante.

El viejo se r?e, una risa grande, y le da una palmada al polic?a joven en la espalda.

-Djalos pasar, muchacho. Si alguien en este mundo puede cruzar esa sierra esta noche, es este loco.

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Cap?tulo 3: Nueve horas. La subida

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La carretera sale del valle de Durango y empieza a subir. Al principio son curvas suaves, entre campos de ma?z y huertas de manzanos, pero pronto la noche se cierra sobre ellos y solo queda la luz del faro de la moto, un t?nel blanco lleno de gotas de lluvia. El aire se vuelve ms fr?o con cada kilmetro. Huele a pino mojado, a tierra, a humo de le?a de alguna casa que no se ve. Valeria siente el fr?o entrar por las mangas del traje, por el cuello, por las rodillas. El ?nico lugar caliente de su cuerpo es donde toca la espalda de Nico.

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Nico maneja como siempre: como si bailara. No frena de golpe, no acelera de golpe. La moto entra en cada curva inclinada, suave, y sale de ella enderezndose sola, como un pndulo. Valeria hab?a olvidado esto. Hab?a olvidado que con l, en la moto, el miedo se convert?a en otra cosa, en una especie de confianza ciega, de esas que dan miedo por s? mismas. Mira el termmetro que lleva colgado en la mu?eca con una correa: cuatro punto dos grados. El h?gado de Emiliano viaja tranquilo en su espalda. Ella no.

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Se conocieron en 2008, en una carrera de enduro en la sierra. Ella era estudiante de enfermer?a, voluntaria en la carpa de primeros auxilios; l ten?a veinticuatro a?os, lleg cubierto de lodo hasta las orejas, con la clav?cula rota, y en lugar de pedir algo para el dolor le pregunt si quer?a tomar un caf con l cuando terminara la carrera. Usted no va a terminar ninguna carrera con esa clav?cula, le dijo ella. l se subi a la moto y termin tercero. Esa noche tomaron el caf. Y despus muchos ms, durante doce a?os.

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De pronto, en una curva, dos ojos verdes brillan en medio de la carretera. Un venado, un macho con cuernos grandes, inmvil bajo la luz del faro. Nico frena, mueve la moto hacia la izquierda, la llanta trasera patina sobre el asfalto mojado, y por un segundo Valeria ve el barranco negro a su lado, muy cerca. Luego la moto se endereza, el venado salta hacia el monte y desaparece, y ellos siguen subiendo como si nada.

-?Sigues ah?? -grita Nico por encima del motor.

-?Sigo! -grita ella. Y se da cuenta de que se est riendo.

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A dos mil metros de altura, la lluvia se convierte en granizo. Primero son bolitas peque?as que rebotan en los cascos como arroz, luego piedras del tama?o de canicas que golpean como pu?os. Nico se detiene debajo de un pino enorme, junto a la carretera, y se quedan ah?, abrazados a la moto, mientras el mundo se pone blanco alrededor. Valeria mira el termmetro: tres punto nueve.

-Por lo menos a l le gusta el fr?o -dice, se?alando la mochila.

Nico se r?e. Es la primera vez que lo oye re?r en seis a?os, y le duele un poco.

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-Hblame de la ni?a -dice l, mientras esperan.

-Se llama Ximena. Ocho a?os. Le gustan los caballos; dibuja caballos en todas partes, hasta en las paredes del hospital. Sus paps venden camarn en el mercado de Mazatln. Hace cuatro d?as le dio fiebre, y al d?a siguiente ya estaba amarilla, y al otro ya no despertaba bien. Su pap me llam anoche, llorando. Me pregunt si yo ten?a hijos.

Nico no dice nada. Mira el granizo.

-?Y qu le contestaste?

-La verdad -dice Valeria-. Que casi.

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El granizo para tan rpido como empez. Siguen. Cuando llegan a El Salto, el cielo ya es gris, con un amanecer sucio que no termina de llegar. El Salto es un pueblo maderero a dos mil quinientos metros, de casas de tablas y techos de lmina, con aserraderos que huelen a resina y chimeneas que echan humo blanco. Hay una gasolinera abierta, con las luces conectadas a una planta de luz que hace un ruido de tractor. Delante de ella, en fila, hay seis trileres detenidos, con los motores apagados. Nadie sigue hacia el oeste.

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Mientras Nico llena el tanque, un trilero gordo, con gorra de bisbol y una taza de caf en la mano, se acerca a mirar la moto.

-?Van para abajo? -pregunta-. ?Con este clima?

-Para Mazatln.

El hombre silba.

-Pues van a encontrar de todo. Hay derrumbes antes del Espinazo, y en el Espinazo el viento te levanta del suelo. Y otra cosa -baja la voz-. Hay gente mala en la sierra. Desde anoche, con el huracn, pusieron retenes en el camino. Gente armada. Si les hacen se?as, no se paren. O s?, no s. Que Dios los acompa?e.

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Valeria toma un caf de mquina, aguado y dulc?simo, apoyada en la pared de la gasolinera. Mira a Nico revisar la moto: la cadena, los frenos, la presin de las llantas, con la misma cara de concentracin que pon?a en la casa cuando arreglaba una lmpara o una licuadora, con la lengua entre los dientes, como un ni?o. Ella se enamor de esa cara. Y por un segundo, con el caf en la mano y el h?gado de un muchacho muerto en la espalda, se pregunta por qu dej de mirarla. No encuentra la respuesta. Tira el vaso a la basura.

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El radio de la gasolinera, colgado sobre la caja, interrumpe una cancin de banda. Aviso urgente del Servicio Meteorolgico Nacional: el huracn Teodora se ha intensificado a categor?a cuatro y aument su velocidad de traslacin. Se espera que toque tierra en las inmediaciones de Mazatln alrededor de las catorce horas de hoy. Las autoridades ordenan la evacuacin de las zonas bajas.... Valeria y Nico se miran. Las catorce horas. Exactamente la hora en que el h?gado deja de servir.




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   ,     (https://www.litres.ru/book/poyraz-demir-34133248/la-sierra-no-espera-s-erra-ne-zhdiot-74724458/)  .

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