Lo que devuelve el hielo / ,   
Poyraz Demir


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Poyraz Demir

Lo que devuelve el hielo / ,   





   


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Cap?tulo 1: La fotograf?a

 1: 


Renata Ibarra ten?a una regla que repet?a en cada curso, delante de cada grupo nuevo de voluntarios, con la misma voz tranquila con la que explicaba cmo se hace un nudo prusik: Yo saco gente de la monta?a. Viva o muerta, pero la saco. Aquella ma?ana de octubre lo dijo otra vez, en el muro de entrenamiento de la brigada, en las afueras de Puebla, mientras doce muchachos con arneses nuevos la miraban como se mira a alguien que ha visto cosas que uno todav?a no.

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Desde el muro, en las ma?anas limpias, se ve?a el Citlaltpetl: un tringulo blanco, perfecto, flotando sobre el valle a ms de cien kilmetros. Los voluntarios lo se?alaban con el dedo. Renata nunca lo miraba. Hac?a seis a?os que no lo miraba de frente, de la misma manera que uno no mira de frente a una persona a la que le debe algo.

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El hombre lleg cuando el curso terminaba. Tra?a una chamarra de plumas demasiado buena para la ciudad y una carpeta bajo el brazo, y se qued parado junto a la reja hasta que ella lo reconoci. El?as Monta?o. Dos a?os antes hab?a subido a Piedra Grande en la camioneta de su hermano Pancho, y durante las dos horas de terracer?a le hab?a hablado del hielo como otros hablan de una mujer: con paciencia, con detalle, con una tristeza que ella no entendi entonces.

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-Doctor Monta?o -dijo ella, quitndose los guantes-. ?Sigue midiendo el glaciar?

-Sigo. Aunque cada vez hay menos que medir. -Sonri, y la sonrisa le quit cinco a?os-. Necesito subir, Renata. Y necesito que suba conmigo. Nadie ms me sirve.

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Abri la carpeta sobre el cofre de una ambulancia. Eran fotograf?as del glaciar de Jamapa tomadas desde el mismo punto, a?o tras a?o, con una cmara fija instalada en la roca del Sarcfago. En la primera, el hielo bajaba como una lengua ancha y sucia. En la ?ltima, la lengua se hab?a encogido hasta parecer la mancha de un vaso sobre una mesa.

-Treinta por ciento en seis a?os -dijo El?as-. Se est muriendo. Y antes de morirse, est devolviendo cosas.

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Ten?a tres registradores de datos enterrados en el hielo y la cmara del Sarcfago, que tomaba una fotograf?a cada hora desde hac?a dos a?os. El pronstico daba cinco d?as de cielo limpio y despus el primer norte de la temporada, de esos que entierran el glaciar bajo dos metros de nieve nueva hasta marzo. Si no bajaba los instrumentos esa semana, perder?a dos a?os de trabajo.

-Hay gu?as en Tlachichuca -dijo Renata-. Mi hermano le consigue uno ma?ana mismo.

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El?as no discuti. Sac la ?ltima fotograf?a, la de la semana anterior, y puso el dedo sobre el borde inferior del glaciar, donde el hielo se deshac?a en una pendiente de piedras grises. Hab?a una mancha. Peque?a, oscura, de un rojo apagado, como una flor que alguien hubiera dejado caer.

-Esto no estaba en agosto -dijo-. Y no es una piedra.

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Renata sinti que el muro, la ambulancia y los doce muchachos se alejaban de golpe, como si alguien hubiera quitado el sonido del mundo. Joaqu?n usaba una chamarra roja. Roja como esa mancha. Nunca la encontraron. Nunca lo encontraron a l: la grieta era profunda, la tormenta dur tres d?as, y cuando la brigada pudo subir, el glaciar ya hab?a cerrado la boca.

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-No -dijo, y le devolvi la carpeta-. No subo al glaciar. B?squese a otro.

El?as la mir un momento largo, sin insistir, con la paciencia de un hombre acostumbrado a esperar que el hielo se mueva. Luego le dej una tarjeta sobre el cofre y se fue caminando hacia la calle.

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El telfono son cuando Renata guardaba las cuerdas. Era su madre, desde Tlachichuca, y su madre nunca llamaba a esa hora.

-Mija -dijo do?a Chelo, con la voz que usaba para las malas noticias del pueblo-. Bajaron unos muchachos de Piedra Grande. Dicen que hay un cuerpo saliendo del hielo. Dicen que es Joaqu?n.

Renata cerr los ojos. Al otro lado del valle, blanco y perfecto, el volcn esperaba.

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Cap?tulo 2: Tlachichuca

 2: 


Salieron de Puebla a las siete de la ma?ana en el coche de El?as, un Tsuru viejo que ol?a a caf y a papel. Renata hab?a llamado a la tarjeta a las once de la noche y hab?a dicho una sola frase: Subo con usted, pero mando yo. l hab?a respondido: Siempre manda el gu?a, y ella hab?a colgado sin despedirse, porque si hablaba un minuto ms iba a arrepentirse.

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La carretera sub?a entre campos de ma?z seco y pueblos de una sola calle. En Ciudad Serdn el volcn ya ocupaba medio cielo. El?as manejaba despacio y hablaba poco, y Renata se lo agradeci. A la altura de la desviacin a Tlachichuca le pregunt, sin mirarlo:

-?Por qu yo?

-Porque usted conoce el borde del glaciar mejor que nadie. Y porque hace dos a?os, en la camioneta, me dijo que el hielo no olvida. Yo escrib? esa frase en mi cuaderno.

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Tlachichuca era el mismo pueblo de siempre: la iglesia de piedra gris, la plaza con sus fresnos, las camionetas de doble traccin estacionadas frente a las casas de los arrieros, listas para subir alpinistas a Piedra Grande por la terracer?a que su padre hab?a ayudado a abrir cuarenta a?os atrs. Y en cada esquina, enorme, cercano, con su cono de nieve brillando al sol de las diez, el volcn.

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Do?a Chelo la abraz en la puerta sin decir nada y luego mir a El?as de arriba abajo, como se mira a un caballo antes de comprarlo.

-?Usted es el de los aparatos del hielo?

-S?, se?ora.

-Pues pase. Hay caf de olla y tlacoyos. Y hay algo que tiene que ver mi hija antes de subir.

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Era una fotograf?a en el telfono de Pancho, su hermano, tomada por un cliente el sbado anterior desde el Sarcfago con un teleobjetivo. Se ve?a el borde del glaciar, gris y sucio, y en la parte ms baja, medio hundida en el hielo, una forma humana con una chamarra roja. Se ve?a una bota. Se ve?a un brazo doblado hacia arriba, como si todav?a estuviera pidiendo que lo jalaran.

-Nadie ha subido a verlo -dijo Pancho-. Nadie se anima. Estn esperando que subas t?.

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En la plaza, al mediod?a, se encontraron con Bruno Ferrer. Renata lo vio antes de que l la viera: ms grueso que hace seis a?os, con una gorra de Citlali Expediciones, la empresa que hab?a fundado con dinero de Monterrey y que ahora ten?a cuatro camionetas nuevas y un letrero luminoso frente a la iglesia. Bruno hab?a crecido con Joaqu?n en Puebla. Bruno hab?a estado en la cuerda aquel d?a. Bruno fue el que baj a decir que la cuerda se hab?a roto.

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-Renata. -La abraz fuerte, demasiado fuerte-. Ya supe. Voy a subir con ustedes. Joaqu?n era mi hermano, no puedo dejar que lo bajen desconocidos.

-No hace falta, Bruno. Subimos el doctor y yo, marcamos el sitio y la brigada se encarga.

-Yo tengo gente, tengo equipo, tengo camillas. No te voy a dejar sola con esto. -Le sostuvo la mirada un segundo de ms-. Nunca te he dejado sola con esto.

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Do?a Chelo lo dijo esa noche, en la cocina, mientras El?as revisaba bater?as en la mesa y Pancho cargaba la camioneta roja:

-Ese hombre no ha vuelto a pisar el glaciar desde aquel d?a. Seis a?os vendiendo la monta?a a los turistas y nunca ha subido ms all de Piedra Grande. Y ahora, de repente, quiere subir. -Se limpi las manos en el delantal-. A m? no me gusta la gente que de repente quiere algo.

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Renata subi a la azotea a ver el volcn. Era su costumbre de ni?a y su castigo de adulta. La luna estaba casi llena y el glaciar brillaba como una moneda vieja. El?as subi detrs de ella con dos tazas de caf y se qued a su lado sin hablar, hasta que ella dijo:

-Estuve seis a?os sin mirarlo.

-?Y cmo lo ve ahora?

-Igual. Eso es lo peor. Uno cambia y la monta?a no.

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Fue ella quien le quit la taza de las manos. Fue ella quien lo llev por la escalera oscura hasta el cuarto de los mapas, donde su padre hab?a dibujado a lpiz cada ruta del volcn, y donde ahora la luna entraba por la ventana y pon?a sobre la cama una franja de luz del color del hielo. El?as la desvisti con la misma lentitud con la que hablaba del glaciar, como si cada botn fuera una medida que hab?a que anotar. Ella le tom la cara con las dos manos y le dijo que no dijera nada, que esa noche no quer?a palabras: quer?a peso, calor, la certeza de un cuerpo vivo.

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Despus, con la cabeza sobre su pecho, escuch cmo se le calmaba el corazn y pens, sin culpa, que era la primera vez en seis a?os que eleg?a a los vivos. Se durmi as?. La despert, a las tres de la madrugada, el ruido de un motor en la calle. Se asom a la ventana: una camioneta blanca de Citlali Expediciones sal?a del pueblo con las luces apagadas, rumbo a la terracer?a del volcn. Tres horas antes que ellos.

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Cap?tulo 3: Piedra Grande

 3: -


La camioneta roja de Pancho subi la terracer?a con el amanecer. Primero el bosque de pinos, despus el zacatonal amarillo donde el viento peina los pastos, despus ya nada: piedra, arena volcnica y el cono blanco cada vez ms grande por el parabrisas. Renata iba en la cabina con el mapa de su padre sobre las rodillas, aunque no lo necesitaba. El?as, atrs, entre las mochilas, respiraba por la boca. A cuatro mil metros el aire empieza a cobrar por cada paso.

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El refugio de Piedra Grande era el mismo edificio de concreto gris y techo de lmina donde ella hab?a dormido cien noches: dos pisos de literas de madera, una estufa que nunca calentaba, ventanas peque?as con vista al Laberinto. Frente a la puerta estaba estacionada la camioneta blanca de Citlali Expediciones. Vac?a.

-Subieron temprano -dijo Pancho, y escupi al suelo-. Y sin clientes.

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Ese d?a no subieron. La regla de la monta?a es ms vieja que cualquier prisa: se llega, se camina dos horas hacia arriba, se baja a dormir. Renata llev a El?as hasta el primer tramo del Laberinto, entre las rocas negras y las lenguas de hielo viejo, y lo hizo caminar despacio, contando los pasos, bebiendo agua cada veinte minutos aunque no tuviera sed.

-?Le duele la cabeza?

-Un poco.

-Cuando sea mucho, me lo dice. En la monta?a el que se calla el dolor se lo lleva abajo en camilla.

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A media tarde lleg un grupo de Guadalajara, seis muchachos ruidosos y felices que hac?an su primera monta?a grande, y con ellos regresaron los dos hombres de Bruno. Uno era joven, de Tlachichuca, con la cara quemada por el sol y los ojos de quien todav?a no ha aprendido a mentir: Ramiro Tllez, hijo de un arriero que hab?a subido con su padre. El otro era un hombre callado de Monterrey al que todos llamaban el Chino, y que no le dio la mano a nadie.

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-Fuimos a ver el camino -dijo Ramiro, cuando Renata le pregunt adnde hab?an subido-. El patrn quiere que todo est listo para bajar al se?or Joaqu?n. Llega ma?ana con las camillas.

-?Llegaron al Sarcfago?

-Casi. -Mir al Chino antes de contestar-. Casi.

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En la noche, alrededor de la estufa, El?as explic a los de Guadalajara lo que hac?a. Lo explic bien, con la alegr?a de un hombre al que rara vez le preguntan por su trabajo: los registradores enterrados en el hielo que med?an la temperatura cada diez minutos, la cmara del Sarcfago atornillada a la roca, con su panel solar y su tarjeta de memoria, tomando una foto cada hora desde hac?a dos a?os. Es el testigo ms paciente de Mxico, dijo. Ramiro escuchaba con la boca abierta. El Chino escuchaba sin mover la cara.

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Renata sali a revisar el equipo bajo las estrellas. Nunca hab?a visto tantas como en Piedra Grande; en Puebla las luces de la ciudad se las com?an. Al este, sobre la Sierra Negra, brillaba la lmpara roja del Gran Telescopio, y ms all, muy abajo, el resplandor lejano de Veracruz. El cielo estaba limpio. Demasiado limpio, pens, con el instinto de los que crecieron leyendo nubes. Un cielo as?, en octubre, es un cielo que est tomando aire antes de gritar.

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Volv?a a la puerta del refugio cuando oy las voces. Ven?an del costado del edificio, donde los de Bruno hab?an dejado sus mochilas, y hablaban bajo, pero el aire de la monta?a lleva las palabras lejos.

-ma?ana a las doce, antes que ella -dec?a el Chino-. Nada ms la cuerda. Nada de cuerpos, nada de fotos.

-?Y si ya lleg al cuerpo? -pregunt Ramiro.

-Tenemos que llegar antes que ella. Si no, el patrn nos corre. O algo peor.

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Renata no se movi. Sinti el fr?o entrar por el cuello de la chamarra y quedarse en la espalda. La cuerda. Seis a?os atrs, cuando la brigada baj lo que quedaba del equipo, nadie hab?a hablado de buscar una cuerda. Se hab?a roto contra una arista de roca, dijo Bruno, y ella lo crey, porque lo hab?a sentido en las manos: el peso, el tirn, y luego nada. Entr al refugio sin hacer ruido, se acost vestida junto a El?as y le dijo al o?do:

-Salimos a la una. No a las tres. A la una.

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Cap?tulo 4: El Laberinto

 4: 


A la una de la madrugada el refugio dorm?a y hac?a diez grados bajo cero. Renata revis los crampones de El?as con la lmpara frontal, le apret las correas ella misma y le colg del arns lo que iba a necesitar: dos mosquetones, un cordino, el piolet. Los de Bruno roncaban en las literas de arriba. Salieron sin encender las luces hasta la primera curva del sendero.




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