- -
- 100%
- +
—¿No va a venir?
—Ya sabes como es.
—¿Maleducado?
Arturo la ignoró, volviéndose hacia los demás invitados y ofreciéndole una silla a Cecilia. Manolo jamás perdía detalle. Apareció a su lado, jovial a su manera, discreto con sorna, curioso sin disimulo.
—Buenas noches, señorita y vecina Cecilia. Permítame invitarla para darle la bienvenida. Y a ti, Arturo, que has traído una clienta más. Supongo.
—Desayunos como los de antes, vermú artesano, menú diario muy rico, casero y variado. —Los enormes ojos de Cecilia sonreían tanto como su boca—. Pida, que lo tenemos. ¿Me olvido de algo?
Manolo soltó una de sus carcajadas estruendosas.
—Me cae usted bien.
A las once y cuarto Lali acudió al rescate colocando ante cada invitado un cuenco de barro con ademanes misteriosos y ceremoniales. Después de todo, era gallega. Había convencido a Manolo de que una queimada le saldría razonable de precio, daría un aire distinto a eso tan manido de la tarta y las velitas, y dejaría al personal fuera de combate sin ganas de seguir pidiendo copas. Ella ponía el caldero, los cuencos, la cuchara de palo. Y haría de meiga, se sabía el conjuro de memoria. Había visto el ceño de Laura, capaz de estropear la noche con las defensas bajas, molesta y casi injuriada. Ni tan siquiera había abierto los regalos de Alonso y Arturo. Enfadarse para nada: el piso era de Arturo, ya lo había alquilado antes varias veces. Y ahora lo alquilaba de nuevo. A una chica educada, joven, guapa, sola. Era eso. Lali veía los pensamientos de Laura. Muy joven. Sola. Muy guapa. Y oyó cómo susurraba.
—Esta no paga el alquiler, la mantiene el monje.
—Es un bloque muy bien orientado —comentaba el vaporoso comercial, con su toque de víctima— al menos para los que vivís en exteriores.
—¿También eres funcionaria? —Isa pensaba en su canguro, en una hora más, en su amiga Laura, en que algo podía ir muy mal y estropear la noche perfecta— Cecilia, guapa. ¿Eres funcionaria?
—Me estaban hablando, Isa. No.
—Pero trabajarás en algo seguro, ¿No? Arturo es un...
—¿Un?
—Poco práctico. Los hombres, ya sabes.
Isa se sintió inundada por la mirada enorme de Cecilia.
—No, no sé. Si quieres decir algo, dilo. Siempre pago el alquiler, si te preocupa.
—Ya le ha dado —Alberto le hablaba al oído a su pareja, disimulando, como una caricia no escandalosa entre tantos heteros— Laura es de diván.
—Hay que reconocer que la nueva tiene cara de lista, se comporta; y como el comercial tiene los ojos rojos, está muy buena. Debe ser.
—El comercial ya venía colocado.
—Pero no se le había puesto dura, y ahora anda de posturitas para disimular.
—No seas cafre: una queimada y se le pasa.
Lali escogió tal vez la peor de las opciones, el papel de protagonista total. Se metió en la cocina, se puso su disfraz de meiga y salió haciendo brazos con un caldero más que respetable. Lo asentó en la mesa sobre sus tres patas. Ya estaba caliente la pócima. Aun así, puso debajo un infernillo de alcohol y lo encendió. Sacó su vara y le echó teatro con mucho estilo. O se arreglaba la noche o se estropeaba del todo. Laura la miró y, por una vez, Lali le sostuvo la mirada antes de hacer una mueca cómica.
—Ya te vale, Laura, un cumpleaños original.
—¿Vais a volar en escoba, desnudas?
—Claro, Pablito —Lali apuntó con su vara de madera al comercial—. Pero antes te sacaremos los ojos y te pondremos una cabeza de ajos en el culo. Si se hace, se hace bien.
La carcajada general pareció ser bastante. Mientras la bruja comenzaba el conjuro, Manolo trajo la tarta y atenuó las luces. La cadencia de la voz y el azul de las llamas dibujaron un momento detenido en el tiempo mientras las sombras danzaban en las paredes con vida propia, moviéndose hasta agazaparse cerca del techo como gárgolas atentas. Lali tapó la olla con un golpe de efecto. Manolo volvió a dar la luz.
—Y ahora la primera taciña antes de la tarta, para espantar a las malas meigas y los malos espíritus —llenó hasta el borde las tazas de barro—. Por ti, Laura: que cumplas muchos más, que seas feliz, y que la vida te regale todo lo que te mereces.
—Y que el discurso de agradecimiento sea breve —Pablo rió—. Bonito y cortito.
Se habían puesto en pie. No entrechocaron las tazas rebosantes, como les había avisado Lali. Las levantaron dedicándole el gesto a Laura, y bebieron hasta el fondo mientras el reloj de pared, tras la barra, juntaba sus dos saeteras sobre las doce.
Primero fue un leve temblor bajo sus pies. Luego vino el sonido, el mismo ruido que el del metro cuando va a llegar a una estación. Algunos vasos se hicieron añicos contra el suelo, empezaron a sonar las alarmas de coches aparcados en la puerta y, como un eco, la propia del bar. Vibraban los cierres metálicos bajados, la puerta se abrió de golpe. Hizo frío, no el de fines de febrero a medianoche, sino una bocanada glacial que les erizó el vello. Como remate sonó primero un gran estrépito, el que cabría esperar si algo se estuviera viniendo abajo. Y luego, una bocanada de calor desplazó al frío.
—Cago en san Sopón —Pablo metió su taza en la olla y envasó de un trago el contenido—. Se ha estrellado el metro.
—No pasa por debajo de esta calle —Arturo miró a Manolo—. Apaga la alarma, hombre.
—¿Una bomba? —Laura temblaba.
—Mis hijas…
Las hijas de Isa y su sobrina canguro aporreaban la puerta de la tasca en pijama y zapatillas. Manolo subió del tirón el cierre a medio bajar y las metió dentro. Para eso sí tenía estilo.
—Tranquilas, no pasa nada o no sabemos qué pasa. A ver esos móviles, llamad a los bomberos y a la policía, moved las manos, cojones.
—Ha sido donde Alonso —dijo la sobrina, centrada— su puerta ha reventado, sale humo, frío, y huele fatal.
—¿A gas?
—No. No es a gas.
—Se ha matado el muy cabrón. —Pablo buscó su tercera taza—. O se le ha ido la olla al maldito despistado y le ha explotado algo. La manía que tenéis con que los funcionarios sois gente de fiar para inquilinos, gente sensata. Ya ves lo normales que son, Cecilia.
Arturo salió a la calle y Cecilia lo siguió. Sacó la llave, abrió el portal y dio la luz. Funcionaba. Era frío lo que subía desde la breve escalera que bajaba al semisótano. Olía a tierra, a tierra removida, no a gas. Y la puerta había saltado de sus goznes, reventada desde dentro. Una sólida puerta de madera antigua hecha estacas afiladas.
—¿Qué vas a hacer?
—Ver si está vivo.
—Siempre llevo una linterna en el bolso, —Cecilia se la tendió.
—Gracias.
—De gracias, nada. Enciende y veamos lo que haya que ver.
Hablaba en serio. Tranquila, con los grandes ojos clavados en los suyos. Él asintió.
—Vamos.
No fueron muy lejos. El apartamento casi había desaparecido. Quedaban restos de pintura roja y negra en lo que había sido suelo de parqué. Símbolos. Letras, números. Un boquete circular con la forma y el color de una vieja manga de café, un embudo que olía a lo que era, tierra. Como si un tornado lo hubiera absorbido todo: muebles, cuadros, trozos de pared, y al inquilino mismo. Hasta la lámpara de techo había desaparecido, y los cables colgaban peligrosamente desnudos. La explosión, si se podía llamar así, había destruido los tabiques. Tampoco estaba la cama, ni el armario, ni mueble alguno. Todos los sanitarios habían volado del cuarto de baño, y la cocina era otro vacío de baldosines destrozados. La tierra se lo había tragado todo. Arturo la miró.
—¿Qué opinas?
—Que se lo ha llevado el diablo.
—A los bomberos no les gustará esa hipótesis, Cecilia.
—No estás asustado. En cierta manera, no te extraña. Eso tampoco le va a gustar a la policía.
—Le presté un libro que iba a vender y que también ha desaparecido. Muy mal negocio para mí.
—¿Alonso ha muerto?
—No lo creo. Ha buscado una salida, eso es todo: algo demasiado espectacular, pero hoy en día se carece de imaginación. Parezcamos un poco histéricos, Cecilia, ya se oyen las sirenas. Tendremos que responder preguntas.
29 oportunidades
Sentado en un banco miraba el móvil donde había recibido el temido mensaje. “Estás despedido”. Lo esperaba, la empresa hacía aguas desde medio año atrás. Habían ido desapareciendo todos sus compañeros. Nadie sabía nada, simplemente la gente iba dejando de venir. Más de una docena de veces pensó en despedirse, hasta escribió varias cartas de renuncia que no entregó.
Aquella mañana salió decidido a dejarlo, tan solo quedaban en la oficina la secretaria de dirección, el contable y él. El jefe hacía semanas que no aparecía y todas las órdenes se las daba a ella por teléfono. Se había autoproclamado jefa del naufragio, hasta para ir al baño tenían que pedirle permiso.
El contable era un hombre tranquilo, no le gustaba meterse en problemas. Llegaba a su hora y trabajaba en el ordenador, cuando estaban solos sacaba papel y lápiz, se ponía a hacer números y entonces se le iluminaba el rostro: era el hombre más feliz del mundo.
“La tipa” se dedicaba a no quitarles ojo y en sus descansos se metía en el despacho del director a disfrutar de las comodidades, como si de un spa se tratara.
Bruno se sentaba, encendía el ordenador y se dedicaba a miles de cosas que nada tenían que ver con su trabajo. Al principio era el informático, luego fue también diseñador gráfico. Ahora calentaba el asiento.
“La marisabidilla” y “el números”, ahora formaban parte del pasado y pensaba que no lo echarían mucho de menos. Ella era hija de una amiga de la mujer del jefe, y el contable un primo. Dos enchufados, lo que no entendía era como él había durado tanto.
Llevaba un rato inmerso en sus divagaciones cuando una voz suave y firme le preguntó:
—¿Puedo sentarme?
Él asintió sin mirar.
No tenía ganas de pensar más en el asunto. Miró de soslayo a la mujer que estaba a su lado. Parecía leer uno de esos trípticos que llevan los turistas y que con fría palabrería reducen la ciudad a varias docenas de líneas.
—¿Está de viaje? —le preguntó mientras ella miraba detenidamente el folleto.
—No, llevo más de medio siglo viviendo aquí —le contestó sin dejar de mirar el impreso.
Un silencio incómodo para él se introdujo entre ambos. Pensó en continuar la conversación, pero también en marcharse.
—No me gustan las fotos que han elegido para el folleto. Conozco profesionales que lo harían mucho mejor, —se dijo mientras lo guardaba en su bolso—. El texto tampoco vale gran cosa, empezaré por las fotos y después...—se quedó un momento pensativa—. Para los que nos juntamos en los plenos me dará tiempo a exponer las dos quejas —sacó una agenda y apuntó algo en ella—. ¿Y a ti que te pasa? ¿Te han echado del trabajo, te ha dejado tu novia? ¿O ambas? —le espetó sin que él se lo esperara.
—Una de las dos, pero no le voy a decir cual, es demasiada información para una primera vez— le guiñó un ojo.
Ella se río con ganas durante un rato contagiando al joven, la mañana había comenzado algo sombría, pero parecía que se animaba por momentos.
—Déjame que use mis poderes, —cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás con un gesto casi teatral—.Te has quedado sin trabajo, estamos a fin de mes y no tienes muy claro que vayas a cobrar.
El asintió divertido, recordó el móvil y el mensaje fatídico aunque cada vez le parecía más liberador.
—Te voy a proponer algo —le dijo poniéndose seria—. Hoy es 28 de febrero, mañana 29: el día que no es, una fecha muy importante para mí. Te contrato. Al final de la jornada si estas contento te quedas, si no te vas y tan amigos.
—Acepto —dijo sin pensárselo dos veces—. Espero no tener que cuidar de un dragón ni buscar el Santo Grial.
—Chaval, tú has visto muchas películas.
—Tú pareces haber salido de una de ellas.
—¿Lo dudas? —le dijo mirándole a los ojos—.Tu primera tarea será cuidar de este objeto esta noche, quiero que me lo devueltas intacto mañana, —sacó un espejo de su bolso y se lo tendió.
Se despidieron hasta el día siguiente, le pareció un trabajo fácil. Había paseado perros, gatos, hasta hurones, pero era la primera vez que cuidaba de un espejo. Lo metió en su bolsa y se olvidó de él. Llegó a casa, lo dejó en lugar seguro, y el resto de la jornada se dedicó a relajarse. Se acostó temprano con la seguridad de que dormiría del tirón. Curiosamente el espejo se metió en sus sueños, inconscientemente había algo que le preocupaba de aquel trabajo.
Se levantó varias veces a asegurarse de que el espejo seguía intacto.
—Bello durmiente, si te levantas desayunamos juntos —lo despertó su compañera de piso.
Saltó de la cama con la impresión de haber estado de guardia toda la noche, se duchó y mientras preparaban el desayuno, vio algo en las noticias que llamó su atención. El edificio donde había trabajado hasta ayer mismo estaba ardiendo. Bomberos, policía, personas en ropa de dormir, curiosos, periodistas, al parecer la columna de humo se veía a varios kilómetros.
Si la tierra se había tragado a su exjefe cuando lo escupiera tendría que dar unas cuantas explicaciones. Llegó a la hora en punto, allí estaba la anciana sentada en el mismo banco que el día anterior.
—¿Traes el espejo? —le preguntó.
—Sí —contestó mientras lo sacaba en trozos oscuros, como si por él hubiera pasado un tsunami—. Cuando lo metí esta mañana estaba intacto —intentó disculparse.
—Vamos, el tiempo es oro.
Bruno seguía a su jefa con dificultad: la señora estaba en buena forma aunque su apariencia fuera la de una venerable abuela.
—¿No podemos parar un momento? —le pidió el muchacho, casi sin respiración.
Ella negó y continuó hasta que llegaron al lugar del incendio. Ya no quedaba nadie y del edificio de dos plantas tan solo amasijos de metal. Habían dejado un perímetro de seguridad y un retén de bomberos por si algo volvía a arder. Él se quedó detrás esperando a la mujer que hablaba con los bomberos. No pusieron ninguna objeción a que pasaran.
Entraron, y lo que vieron fue el mismísimo infierno.
La mujer le dejó el bolso, su abrigo y sus zapatos, le sugirió amablemente que se quedara tras ella y que cuando se lo indicara sacara los trozos del espejo del bolso y los lanzara.
La buena señora se soltó el cabello y con un movimiento hizo que se abriera la tierra.
—Sal, antes de que me enfade aún más... —dijo con voz neutra mientras miraba hacia el socavón.
—No voy a salir... —atronó una voz desde el interior.
—Estás haciendo que las cosas empeoren.
—Si salgo sé que no me espera nada bueno.
—Por mi parte no tienes nada que temer —le contestó zalameramente.
Surgió lava del abismo que la mujer había creado, convirtiéndose en una figura con forma humana. Era su jefe. No sabía si llorar de miedo o descojonarse. El diablo había sido su jefe.
—¡Ahora!, —le gritó la anciana, y el joven lanzó los trozos del espejo, que se unieron atrapando al hombre en él. La mujer lo recogió del suelo donde había caído, y miraba a su hijo con una sonrisa de triunfo.
—¿Es usted la madre del diablo? —le preguntó con la poca voz que le quedaba.
—¿Quién ha dicho que el diablo sea un hombre?
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.




