Perdido en Buenos Aires

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– Claro que lo comprendo. Uno puede sentir que pertenece a dos pueblos sin dejar de querer a ninguno de ellos. Pasa como con los padres, que se quieren lo mismo.
– ¿Y en su caso? Usted ha vivido mucho tiempo en los Estados Unidos. Allí ha llegado a ser quien es…
– Si le digo francamente, yo nunca me he dejado de sentir cubano. Por eso no he querido cambiar la nacionalidad. No podría hacerlo, la verdad; aunque este deseo mío me ha complicado alguna que otra vez las cosas. Recuerdo que una vez me dijeron que no podía ser el campeón de los Estados Unidos porque no tenía la nacionalidad norteamericana. En esa ocasión respondí que pronto sería el campeón del mundo y, por tanto, lo sería también de las Américas. Y los Estados Unidos, que yo supiera, eran parte de América. En definitiva, creo que moriré siendo cubano.
En ese momento el trío comenzó a tocar una pieza que captó inmediatamente su atención. Lo que primero destacaba en ella era el sonido del bandoneón, que se extendió enseguida por todo el aire de la estancia. Como un incienso, se dijo Capablanca, dejándose llevar por él. Luego entró el piano, marcando el ritmo con sus teclas. Y enseguida se oyó el llamado del violín, que acompañado por los otros dos, comenzó a descubrir los entresijos de una melodía capaz de arañarle el alma al más insensible de los mortales. Capablanca tuvo la sensación de que la había escuchado antes. Era como si aquellas notas desenterraran alguna zona borrosa de su vida anterior, un rastro aparentemente olvidado que subyacía en un rincón de su memoria. Mientras, la música continuaba llenando la sala, el bandoneón seguía desangrándose, el piano marcando el ritmo y el violín quejándose como un ánima en pena. Estaba claro que era la primera vez que oía aquello; pero, así y todo, le producía la impresión de algo que hubiera estado siempre agazapado en un recodo del camino, esperando la ocasión para saltarle al cuello. ¿Por qué así, después de todo? Illa notó su desconcierto y le preguntó qué le ocurría.
– Nada, es esa música, que me parece conocida, aunque sé que es la primera vez que la oigo. ¿La conoce usted?
– Claro. Es La Cumparsita. Un tango que se está oyendo mucho en los últimos tiempos, aunque dicen que es bastante más antiguo.
– Me recuerda alguna canción cubana. Quizás una habanera…
– Puede ser. No sé si sabe que la habanera está en los orígenes del tango.
– He oído decir algo; pero, sinceramente, no sé mucho de eso.
Entonces los dos hombres callaron. Entretanto, los acordes de La Cumparsita siguieron un buen rato saliendo del estrado. Partían en suaves oleadas desde los tres instrumentos, se mezclaban en el aire con una armonía perfecta y llenaban de música todo el espacio en derredor. Capablanca los disfrutó en silencio hasta el final. Cuando la pieza concluyó, los comensales aplaudieron, y los músicos agradecieron con un gesto al público y dejaron a un lado los instrumentos. Luego se retiraron en dirección al bar.
– Increíble.
– Veo que le ha gustado – dijo Illa, sonriendo satisfecho.
– Sí, mucho. Creo que ese tango dará mucho que hablar.
CAPÍTULO 3
Eran cerca de las once de la noche cuando salieron del hotel. Antes de despedirse, anduvieron un rato por Corrientes, moviéndose entre la gente que salía a esa hora de los teatros o merodeaba por los cafés y restaurantes de la zona. Los dos amigos hablaron de la pasión tanguera que en los últimos tiempos se había apoderado de Buenos Aires, y Capablanca aprovechó para decir que se sentía entusiasmado por aquel ambiente que se respiraba en la ciudad. Reconoció, además, que aún se hallaba bajo los efectos de La Cumparsita, y se interesó por los entresijos de su origen. Illa le explicó como pudo lo que sabía sobre la historia, que no era mucho, y Capablanca se prometió averiguar un poco más de ella. Siguieron luego hablando de cantantes y compositores, de letras y melodías, de otros mil detalles de aquella música arrabalera que estaba en vías de conquistar el mundo. De ajedrez, sin embargo, hablaron más bien poco. Como si el tema en realidad no le importara tanto, Capablanca apenas lo trajo a colación. Se limitó a responder algunas preguntas de Rolando Illa acerca de la partida del día anterior, pero ya sin mostrar el entusiasmo de antes. Parecía haber pasado página tras su infortunado primer juego. Era como si, una vez perdido con Alekhine y analizado con Rolando Illa, prefiriera olvidarse de todo lo que tuviera relación con él. Al menos por ahora. A juzgar por lo que hablaba, cualquiera hubiera dicho que las milongas y los tangos le resultaban más cercanos que los alfiles y las torres.
Finalmente, Rolando Illa se subió a un tranvía que surgió de alguna calle transversal, y Capablanca se quedó solo entre el gentío, observando la imagen del vagón que se alejaba y tratando de explicarse a sí mismo qué era, en definitiva, lo que le gustaría hacer aquella noche. Quería, ante todo, estar un rato solo, sentirse capaz de dialogar en paz con su conciencia y repasar con calma los acontecimientos de los últimos meses, no sólo la partida con Alekhine. Necesitaba, además, respirar un poco de aire fresco, después de haber pasado varias horas en el ambiente un tanto denso del restaurante. Por todo ello, decidió ir caminando hasta el hotel. Y echó a andar, subiendo siempre la calle Corrientes y observando cómo era el mundo en derredor. Y el mundo, bien mirado, no estaba nada mal. Habría que acercarse a él y conocerlo un poco más de cerca. Pero antes de hacerlo, debía saldar algunas cuentas con su otro yo. Debía, por ejemplo, reconocerse algunas cosas. En primera y contrariamente a lo que había estado aparentando ante Illa, no era del todo cierto que hubiera asimilado la derrota. Le seguía doliendo – vaya si le dolía – , sobre todo por el modo en que había jugado aquella tarde. El suyo había sido un juego indigno del campeón del mundo. Cada vez que recordaba su caótico ir y venir por el tablero, sentía una punzante indignación contra sí mismo. Sabía, no obstante, que aquello era un revés pasajero, que al final ganaría el encuentro con Alekhine y revalidaría el título de campeón del mundo. Creía honradamente que, hoy por hoy, él seguía siendo, pese a todo, el ajedrecista más fuerte del planeta. Lo había demostrado en marzo en Nueva York.
Lo de reunir allí a los maestros más importantes del ajedrez mundial había sido una excelente idea. La idea – suya, para que nadie dudara de su integridad – era tan limpia como sencilla: de aquel grupo de corifeos debía salir el retador al trono. Y en aquel torneo estuvieron los mejores, ciertamente. ¿Qué otra cosa, si no, podía decirse de Marshall, Vidmar, Spieldman, Nimzowitsch y del doctor Alekhine, que quedó, con todo merecimiento, en segundo lugar. Porque el primero, por supuesto, fue para él. ¿Hubiera podido ocurrir de otra manera? No lo sabía, pero, por suerte, no ocurrió. Además, lo más lógico era que ganara el vigente campeón, fuera quien fuera.
Capablanca se alegraba enormemente de su triunfo en Nueva York. Tenía motivos, incluso varios. En primera – y este era el motivo público, el conocido – nadie podría acusarlo de seleccionar a quien más le conviniera para disputarle el cetro. Nunca le pareció elegante la idea de señalar con el dedo a un rival accesible, usando a su favor el poder que le confería el trono del ajedrez mundial. Prefería que lo acusaran de vanidoso – que no lo era – antes de cobarde – que tampoco era. Así, pues, la mejor manera de demostrar quién era el jugador más apto para enfrentarse a él, el mejor de los posibles retadores, era ganando partidas de ajedrez.
El otro motivo – el íntimo y secreto – que tenía para celebrar el torneo de Nueva York, era su deseo de examinarse a sí mismo. Sí, porque en los últimos tiempos había alimentado ciertas dudas sobre su proverbial capacidad para vencer a cualquier contrario que se le enfrentara. No obstante lo impresionante de su récord de los últimos trece años – ciento cincuenta y cuatro victorias en ciento cincuenta y ocho partidas – , en algunas de ellas le había parecido que sus fuerzas flaqueaban. Era como si le costara más trabajo llegar a las cimas de juego que antes alcanzaba sin mayores dificultades. ¿Sería que el nivel de los ajedrecistas estaba subiendo sin que él, José Raúl Capablanca, se hubiera percatado de ello a su debido tiempo? No, no podía ser. ¿O quizás para ganar ya no bastaba con su natural intuición, su casi infinita capacidad para interpretar el juego y tomar sobre la marcha la decisión más acertada? ¿Tal vez su ímpetu juvenil, aquellos fuegos que lo habían acompañado durante tanto tiempo y lo guiaban de victoria en victoria, habían comenzado a apagarse, siguiendo la lógica de que a un despertar temprano corresponde casi siempre un ocaso prematuro?
Porque una cosa era cierta, se sentía más sabio, pero menos fuerte que en tiempos pasados, pasados pero aún recientes. Por suerte, su aplastante victoria en Nueva York lo había tranquilizado, devolviéndole la confianza en sí mismo que siempre lo había hecho sentirse fuerte ante cualquier rival y que ya casi había comenzado a perder. Sí, Nueva York había sido un bálsamo, una cura a tiempo y necesaria.
Mientras se dejaba acariciar por esta idea, echó un vistazo a un café que parecía ocupar toda la planta baja de un inmueble de fachada sobria y patriarcal, enclavado en un cruce de calles. «Café de los Inmortales», leyó en el pórtico y, atraído por lo sorprendente del nombre, atravesó la puerta y accedió al salón. La mayor parte de las mesas estaban ocupadas, por lo que Capablanca se dirigió a la barra y escogió una banqueta libre, situada entre dos parejas que conversaban respectivamente entre sí. Allí pidió una limonada y se puso a observar el ambiente del lugar. Para su enorme sorpresa, vio que en una de las mesas había dos hombres jugando al ajedrez. Alrededor de ellos se agrupaban los curiosos. Sin poder evitarlo, Capablanca se levantó de su asiento, y, dejando el vaso sobre el mostrador, se acercó a la mesa donde se disputaba el juego. Aún antes de llegar comprendió que se trataba de dos aficionados con muy bajo nivel. De todos modos, se sintió emocionado por algo que bien podía reflejar la repercusión que estaba teniendo en Buenos Aires la competición por el título de campeón mundial de ajedrez. Por lo pronto, ninguno de los allí presentes lo había reconocido, y esto le daba la posibilidad de entretenerse observando el juego de los contendientes. Como suele casi siempre ocurrir, entre los observadores había un individuo cuya conducta lo señalaba como el experto de la comunidad. Sobresalía además por llevarle un pie de estatura a sus compañeros de tertulia, y por el saco que llevaba puesto, un poco largo y deslucido. Pese a ello, de él se desprendía un cierto aire de superioridad. En aquel momento el hombre comentaba las últimas jugadas ejecutadas sobre el tablero. Hablaba en voz baja, aunque perfectamente audible en un metro a la redonda. Capablanca se acercó y lo estuvo oyendo unos instantes. El tipo mezclaba ideas sensatas con disparates que daban ganas de reír. De todos modos, Capablanca se cuidó muy bien de expresar cualquier sentimiento que pudiera ser interpretado como una aprobación o censura suya ante los comentarios del sujeto.
Entonces desvió la vista a un lado y vio que en otra mesa, en el extremo opuesto del salón, jugaban también al ajedrez. Vaya, se dijo, mientras regresaba a su puesto junto a la barra, esto es casi un club. Mientras se sentaba de nuevo en su banqueta, descubrió que el hombre que había tenido por acompañante de la mujer de la derecha se había marchado, y que ahora la dama se volvía hacia él. Hola, dijo ella, al verlo aparecer. Capablanca respondió al saludo y la sonrisa de la desconocida. Entonces la observó mejor. Parecía hija, o a lo sumo nieta, de inmigrantes de algún país de Europa del este. En cualquier caso, algo en ella le recordaba a las muchachas que había conocido en Rusia. Eran los ojos, los mismos ojos de gacela que Martí había descrito al ver los cuadros de algún pintor de ese país. Tenía el pelo claro, y lo llevaba peinado a la moda. Era, además, dueña de un rostro armónico y de un cuerpo esbelto y bien formado. ¿Le gusta el ajedrez?, preguntó la mujer, que había resistido en calma el escrutinio. Sí, un poco, sonrió Capablanca. Ella dejó ver un breve mohín de burla. Sí, ya vi que antes de mirar a nadie, se fue a ver jugar a aquellos zánganos. Claro, dijo él, como usted estaba tan entretenida con el caballero de al lado… Ella volvió a sonreír. Usted no es de aquí, aventuró. Pues no, dijo Capablanca, pero me parece que va a costarle trabajo adivinar de dónde… ¿A mí?, dijo la desconocida, y su fina mano se introdujo en la cartera y sacó una cajetilla de cigarros; enseguida cogió uno para sí y mostró el resto a Capablanca, que declinó la invitación. La mujer encendió y, tras exhalar el humo por sobre la barra, se volvió de nuevo y dijo, sin más prolegómenos: Si le dijera que sé quién es, ¿me lo creería? No creo que hable en serio, replicó él, ciertamente confundido por la posibilidad. Ella sonrió enigmática. ¿Sí? Pues dígame una cosa, ¿no es usted cubano? Capablanca comenzó a inquietarse, aunque, no obstante, movió la cabeza en un gesto de afirmación. ¿Ve cómo puedo adivinar algunas cosas?, dijo la muchacha, que parecía estar pasándosela en grande con la confusión de su interlocutor. Podría decirle incluso a qué se dedica. Él se sorprendió más aún, pero ella, aferrada a su juego, no parecía dispuesta a dejar de incordiar, al ajedrez, amigo mío, usted se dedica al ajedrez; ¿o no? En este punto, Capablanca se dijo para sí que aquello no era del todo ilógico. Había entrado al café y casi al instante se había ido a ver el juego que disputaban dos extraños en un rincón de la sala, lo cual lo delataba como alguien cercano al mundo del ajedrez. Por otra parte, lo del acento cubano tampoco era tan difícil de adivinar. Aunque en Buenos Aires no vivían seguramente tantos cubanos, no era descabellado suponer que los marineros que habían traído la habanera hasta el Río de la Plata se dejaran caer por los bares y cantinas de la ciudad. Y como aquella argentina se le parecía cada vez más a una de esas mujeres que en cualquier plaza portuaria atienden siempre a las delegaciones de ultramar… No, amigo, no; ése no es el camino, sonó alto en sus oídos la voz de la muchacha. ¿Cómo…? Sí, sé lo que está pensando, y se equivoca. Es más, para que no me interprete mal, voy a decirle que yo también soy, de cierto modo, una aficionada al ajedrez. Por eso lo conozco bien, señor Capablanca, José Raúl Capablanca y Graupera, ¿no era ése su segundo apellido? Capablanca recibió aquella declaración como si hubiera sido la caída de un trueno. Miró de frente, seriamente, a la muchacha, y vio que ella se estaba divirtiendo lo suyo. Veo que disfruta mucho con su propio chiste, le dijo, sin poder evitar el tono sarcástico. Puede ser, concedió ella, pero eso es para que vea que siempre se puede aprender algo, y no sólo en ajedrez. Bueno, disculpe, dijo él, de vuelta ya hacia el dominio de sus emociones, de verdad que no he querido ofenderla en nada… No, lo interrumpió ella, si no lo ha hecho. Yo lo único que quería decirle es que, cuando se sentó a mi lado, lo reconocí inmediatamente. Si pensaba que podía pasearse de incógnito por Buenos Aires, debo decirle que no siempre podrá hacerlo. Yo, por ejemplo, estuve ayer en el Club Argentino de Ajedrez… entre el público, naturalmente. Por eso no me extrañó cuando lo vi salir como una bala para allá – y señaló la mesa donde jugaban al ajedrez. Entonces la muchacha extendió su mano a la altura de su pecho, Marina Lemm, para servirle, porteña de buena familia, que se sepa, y aficionada a los grandes maestros de ajedrez. Al oírla hablar de aquel modo, Capablanca sintió cierta confusión, y ella se apresuró a sonreír. Era una broma, hombre, ¿o es que los cubanos no tienen sentido del humor? Sí, claro, dijo él, estrechando la mano de la mujer, mucho gusto. ¿Y el señor…? Fue al baño, explicó ella, pero regresa enseguida. Es mi marido. ¡Ah!, dijo Capablanca, y la muchacha continuó: No se preocupe, no pasa nada. Y algo muy importante: quisiera expresarle mi admiración y brindarle todo mi apoyo, aunque no lo va a necesitar; sé que ganará las partidas restantes. Gracias, pero ¿de verdad es aficionada al ajedrez? Un poco, dijo Marina, bueno, un poco menos que poco. En realidad soy periodista; trabajo en una revista de la ciudad. Y usted, claro, es un personaje famoso que nos visita en el marco de un evento muy importante para Buenos Aires. En fin, que el colega que debía escribir sobre esto se puso enfermo de repente y me encomendaran a mí cubrir la inauguración. Escribí la nota, que tampoco se recrea demasiado en los detalles del juego, y creo que ahí termina mi participación. La próxima vez será mi compañero quien se encargará de ustedes. ¡Qué interesante!, dijo Capablanca, sinceramente sorprendido por la coincidencia.
– Buenas noches – dijeron de repente a sus espaldas – . La mujer se volvió sonriente, y Capablanca vio, de pie a su lado, al hombre que la había acompañado antes en aquel sitio, es decir, al marido.
– Buenas noches – respondió, sonriendo también.
Entonces pensó que la muchacha haría las presentaciones pertinentes; pero ella, en lugar de hacerlo, retomó la charla con el marido, que se había vuelto a encaramar en la banqueta y libaba de nuevo de su vaso. Contrariamente a lo que Capablanca esperaba, la mujer no habló casi nada más con él. Sólo de vez en cuando se volvía y le guiñaba un ojo o le dedicaba una media sonrisa. Así las cosas, estuvo un buen rato tratando inútilmente de desentrañar el misterio que rodeaba a la muchacha. De repente, los integrantes de la pareja se pusieron de pie y, despidiéndose ambos con un «buenas noches», se alejaron en dirección a la puerta. Bueno, mejor así, se dijo Capablanca, al diablo. Sin embargo, aún no había salido de su perplejidad, cuando la vio detenerse junto a la puerta de salida y dedicarle una fugaz mirada. Y enseguida, tras susurrar algo al oído del marido, se encaminó hacia el sitio donde había estado sentada. Entretanto, el hombre había salido del café. Al llegar junto a Capablanca, la mujer mostró una nueva sonrisa, esta vez sí esplendorosa, y dijo:
– ¿Pensaba que iba a dejarlo así no más, plantado? Pues no. Me gustaría volver a verlo. Mire – y extendiéndole una pequeña tarjeta, agregó – . Es el número de mi teléfono. Llámeme si puede, mejor durante el día. Adiós, señor Capablanca.
– Adiós, Marina – respondió él, aún sin dar crédito a la extraña aventura que había acabado de vivir. ¿O no sería mejor decir: que acababa de empezar a vivir?
CAPÍTULO 4
La mañana siguiente Capablanca se levantó cerca del mediodía y, tras tomar una ducha fría y afeitarse cuidadosamente, se puso un traje fresco y bajó a desayunar a la cafetería del hotel. Luego pasó por la recepción para enviar un telegrama a Cuba. Quería dar a su mujer la dirección y demás datos de su hospedaje y decirle que se encontraba bien, a pesar del contratiempo de la primera partida. En la carpeta preguntó si podían ayudarlo en la gestión. Claro que podían, contestó el empleado que, junto con el modelo impreso para telegramas, le entregó una pequeña nota con un mensaje que alguien le había dejado allí. Antes de ponerse a escribir el texto de su propio mensaje, Capablanca leyó la nota. Estaba escrita por Roberto Grau, que había pasado a verlo porque, según decía, quería hablar con él. Como no era nada urgente, no había querido molestarlo. Finalmente, le dejaba su número de teléfono para que lo llamara si podía. Capablanca se tomó unos segundos para considerar la situación. Por una parte, no tenía muchas ganas de comenzar el día hablando con Grau, que, como quiera que fuese, era el asistente de Alekhine, con todo lo que esto conllevaba. Sin embargo Grau era desde hacía dos años el campeón de ajedrez de la Argentina y, al mismo tiempo, uno de los colegas que más habían luchado porque el encuentro se realizara en Buenos Aires, y no debía – ni quería – ser descortés con él. Además, aunque no podía considerarlo un verdadero amigo suyo, Roberto Grau era una persona fina y educada que siempre le había mostrado aprecio y buena voluntad. No, no podía dejar de contestarle, así que decidió llamarlo en cuanto despachara el telegrama a su mujer.
Cuando estuvo listo, entregó al carpetero el modelo impreso con el texto de su mensaje escrito, y le dictó el número de Grau, pidiéndole que lo ayudara a establecer la comunicación. El hombre se encargó de hacerlo y, tras unos instantes, le señaló un aparato que había sobre una mesita situada en un ángulo apartado del vestíbulo. Capablanca fue hasta el lugar y levantó el auricular, al tiempo que se sentaba en una butaca aledaña. Enseguida se oyó la voz de Roberto Grau desde el otro lado del hilo. Quería decirle que la tarde anterior lo había estado buscando para saludarlo y expresarle su solidaridad; pero no lo había encontrado. Cuando preguntó por él, le informaron que ya se había marchado. Capablanca recordaba cómo, al final de la partida, Grau se había apresurado a acercarse a Alekhine para felicitarlo. Él no lo había visto mal. Era la cosa más natural del mundo, dada su condición de asistente del maestro ruso, y el hecho en sí no constituía ningún problema. Cada cual estaba en su derecho de sumarse al bando que mejor le pareciera. Pero se militaba en uno u otro bando, no en los dos… Sin embargo, en lugar de responderle con estas ideas, Capablanca le dio las gracias por su apoyo y le dijo que no se preocupara por eso. Por lo visto, el encuentro iba a resultar muy largo, y ya tendrían tiempo para hablar sobre cualquier asunto. Grau guardó unos instantes de silencio y luego propuso que almorzaran juntos esa tarde. Así podrían conversar con más tranquilidad, agregó. Capablanca se lo pensó muy rápido. Pese a su trabajo como asistente de Alekhine, Grau presumía de equidistancia en su amistad con ambos contendientes, cosa que a él, Capablanca, le costaba muchísimo creer. En cualquier caso, seguía sin tener deseos de «conversar con tranquilidad» con la persona encargada de asistir técnicamente a su rival en el encuentro y que, además, iba a comentar sus partidas en un diario tan importante como era La Nación. No obstante, volvió a decirse que no sería correcto negarse a compartir un almuerzo con él. En fin, le dijo que sí, aunque aclarándole que sería él, Capablanca, quien invitaría esta vez. Grau aceptó a regañadientes, y quedaron en verse a las dos en el vestíbulo del hotel. Luego Capablanca colgó y salió a dar una vuelta por el barrio.
Ya en la calle, cayó en cuenta de que realmente no tenía ni idea de adónde quería ir. Además, a primera hora de la mañana había lloviznado y el asfalto se mantenía húmedo, al igual que el aire, que se sentía ligeramente frío. Por todo ello, después de andar un rato sin rumbo fijo por la zona, Capablanca se dijo que era mejor regresar a casa y aprovechar el tiempo escribiendo los comentarios que debía enviar al diario Crítica. Luego le propondría a Grau almorzar allí mismo en el restaurante del hotel.
La redacción de la crónica sobre su derrota no le tomó demasiado tiempo, dado que ya había analizado el juego la noche anterior con Rolando Illa. Así y todo, cuando lo llamaron desde la recepción para decirle que Grau estaba esperando abajo, Capablanca recién acababa de revisar el artículo. De manera que antes de salir apenas tuvo tiempo de meter las hojas escritas en un sobre, escribir sobre éste la dirección de Crítica y coger el paquete para enviarlo más tarde a la redacción del periódico.
Roberto Grau lo esperaba sentado en una butaca, hojeando un periódico. Al verlo llegar, se levantó sonriente y se dirigió a su encuentro. Los dos hombres se saludaron en medio del lobby con un fuerte apretón de manos y se dirigieron juntos al restaurante, que estaba en la planta baja del hotel. Al pasar junto a la recepción, Capablanca le mostró al empleado el sobre que llevaba en la mano, y le preguntó si podía encargarse de hacerlo llegar al destinatario que estaba escrito allí. El individuo cogió el sobre y asintió con una sonrisa. Después los colegas siguieron su camino al restaurante y se sentaron a una de las mesas.
Aunque se habían visto varias veces en los últimos días, ésta era la primera ocasión en que tenían la oportunidad de conversar «con tranquilidad», como deseaba Grau. Y, realmente, podían hablar de muchos temas, descontando, claro, su encuentro con Alekhine. Uno de los más interesantes era, sin duda, la participación argentina en el Torneo de las Naciones que había tenido lugar en agosto de ese año en Londres. Como Capablanca no solía estudiar las partidas de otros ajedrecistas, no podía valorar en detalle el desempeño de Grau en la competición. Sí conocía, en cambio, su trayectoria general en el evento. Por eso no quiso mencionar sus partidas con Thomas o Reti – que terminaron en derrotas – , aunque sí le preguntó por las tablas que había hecho con Euwe y Tarrash, jugadores de gran prestigio en el plano internacional. Y, claro, también propició la oportunidad para que Grau le hablara de sus triunfos ante el ajedrecista español Golmayo o el maestro sueco Nilsson. El argentino le relató los pormenores de algunas de estas y otras partidas suyas, aunque también le contó varias anécdotas sobre el torneo en general. Grau era un excelente conversador, con un sentido del humor y una energía dignos de envidiar. Según lo oía hablar, a Capablanca le parecía ver los entresijos y meandros de la competición, cuyas claras imágenes se reproducían en aquel momento frente a él gracias al arte innato de Roberto Grau para narrar historias.



