Perdido en Buenos Aires

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De manera que aquella tarde el cubano se limitó prácticamente a escuchar – eso sí, con sumo interés – el relato del colega argentino sobre el Torneo de Londres. Lástima que, a no ser que mintiera o pecara de cínico, no podía elogiar el papel de la Argentina en el evento, ya que, en conjunto, el país había ocupado el puesto doce de la tabla. Prefirió, por tanto, ponderar los méritos personales de Grau y celebrar los de Hungría como equipo ganador de la gesta, destacando el altísimo nivel que en los últimos tiempos exhibía el ajedrez magyar y, sobre todo, su primer tablero, el gran Maroszy. Sabiendo que Grau había sido derrotado por el maestro húngaro, Capablanca afirmó de manera categórica que cualquiera podía perder fácilmente una partida ante él.
Aparte de la participación argentina en el Torneo de las Naciones, repasaron el panorama general del ajedrez mundial. Y hablaron de su enorme auge en la región del Plata, y de los nuevos valores que despuntaban por entonces en el país. Capablanca dijo que era muy grato oír hablar de ellos. Estaba seguro de que algunos llegarían muy lejos en el plano internacional. El mismo Grau, por ejemplo, era uno de ellos. Un jugador de sólo veintisiete años que se batía de tú a tú con los maestros del viejo continente era un activo del que cualquier país podía sentirse satisfecho. Me elogia usted inmerecidamente, lo interrumpió Grau – sin poder ocultar el placer que le causaba el halago – , me falta mucho para estar a la altura. No lo crea, replicó Capablanca, usted ya es uno de los grandes. Vamos, amigo, comenzó Grau, mirándolo a los ojos, usted sabe bien que el único jugador de habla hispana que en hoy en día puede codearse con esos maestros es José Raúl Capablanca, el actual campeón del mundo.
Capablanca trató de descifrar la mirada del argentino. ¿Habría algún mensaje escondido en el término «actual»? ¿No excluía acaso éste el concepto de futuro? ¿O era sincero Grau? ¿Sentía en realidad lo que decía? Le pareció que sí, y sonrió complacido por las palabras de su interlocutor. Él, por su parte, de verdad creía que Grau ya estaba entre los grandes. En algo se parecía a él mismo: jugaba como le dictaba el corazón. Conocía la fuerza de su ajedrez, natural y espontáneo, y la profundidad con que solía analizar el juego de los demás maestros. Aún era demasiado joven para ser un teórico; pero algún día lo sería. Estaba seguro. Además, había algo de precursor en él. La Argentina, de verdad, podía considerarse dichosa de contar con un ajedrecista como Roberto Grau.
Se despidieron esa tarde con otro apretón de manos. Cuando se quedó solo en el lobby del hotel, Capablanca se sentó en la butaca desde la que había hablado por teléfono con Grau. Muy cerca de él, a un costado, le quedaba el aparato… De repente, metió la mano en el bolsillo del saco, extrajo la cartera y buscó la tarjeta que le había dado la periodista – ¿cómo era que se llamaba? No recordaba. Buscó y buscó. Por fin, cuando tuvo la pequeña cartulina en la mano, pudo leer el nombre: sí, Marina, Marina Lemm, un apellido raro, sin duda; vio también su dirección …, y su teléfono. Se quedó un rato observando el número, sin saber qué hacer con todo aquello. ¿Llamarla? Aún era temprano, y ella había dicho que la llamara durante el día. ¿Qué hacer? De repente, obedeciendo a un impulso inexplicable, levantó el auricular y, al escuchar la voz de la operadora, le dictó el número que aparecía en la tarjeta.
Hoy juegan de nuevo y tú, lleno de alegría, te acercas a la mesa y te pones a mirar el juego. Sobre el tablero hay muchas piezas, blancas y negras, alineadas en dos bandos contrarios. Igual que en una guerra con soldados de plomo. Sólo que aquí las pequeñas piezas de madera no pueden moverse libremente. Cada una lo hace a su manera, según determinadas reglas. Pero, al final, buscan lo mismo: luchar y ganar, ver cuál de los bandos puede más. Y como casi siempre ocurre, gana el que es más fuerte. Esta vez tu padre juega con las negras. El señor que se enfrenta a él es un amigo suyo, puede que compañero de trabajo. Viene con frecuencia a casa. Es un hombre serio, de bigote enorme y espejuelos de cristales cuadrados, montados al aire. Hoy viste una chaqueta negra y un chaleco del que sobresale la cadena del reloj. Aunque son amigos, ahora no lo parecen. Están sentados uno frente al otro, tan concentrados en el juego que ni siquiera prestan atención a tu llegada. Tú observas el tablero, la posición de las figuras… De repente, tu padre mueve una de sus fichas y, acto seguido, levanta la vista y nota tu presencia. Entonces te mira y sonríe satisfecho. Su amigo, mientras tanto, piensa y piensa. Notas que no sabe qué es lo que debe hacer para contrarrestar la jugada de tu padre. Tú ves las piezas casi a la altura de tus ojos. Te habría gustado poder subirte a una banqueta, a un mueble cualquiera que te permitiera apreciar mejor los movimientos de aquellas misteriosas figuras que casi cada tarde se enfrentan sobre el tablero de tu padre. Pero hoy ha ocurrido algo que no esperabas: tu padre ha hecho una trampa. Sí, ha movido el caballo de un modo diferente a la manera en que siempre has visto caminar al animal. Ésa es, precisamente, la jugada que acaba de realizar y tras la cual te ha mirado con esa sonrisa socarrona que enseña cuando se siente satisfecho. ¿Y por qué ha de sentirse satisfecho si ha engañado al amigo que juega con él? ¿No te han dicho siempre tus padres que no está bien engañar a tus hermanos o a ellos mismos? ¿Cómo puede tu padre enseñarte algo que él personalmente no practica? Y lo más interesante: el hombre no ha notado la trampa. Casi no puedes creerlo, y te levantas sobre las puntillas de los pies para ver un poco mejor lo que ocurre en el tablero. Y ocurren varias cosas. En primera, al amigo de tu padre no le basta con ser tan entretenido que no ve la trampa, sino que, además, juega y se equivoca. Tú no lo hubieras hecho así. El hombre no sabe contrarrestar el efecto de la jugada, y tu padre vuelve a mover ficha, y ahora ataca y arrincona a su contrario, que tras varias jugadas que a ti te parecen muy tontas, no tiene más remedio que rendirse. Entonces los adversarios se dan la mano y van a sentarse en la sala para tomar café y fumar. Tú te quedas mirando el tablero, tal como lo han dejado; reconstruyes a tu manera el juego y vuelves a ver la jugada deshonesta de tu padre. Sí, ha movido el caballo de un modo diferente al que lo has visto hacerlo siempre. No está bien que haya engañado a su amigo, aunque fuera su rival en el juego.
Más tarde, cuando el señor se va, te acercas a tu padre y lo acusas de haber actuado mal. Has hecho trampas papá, dices, no sin temor a ser enviado de castigo al desván, le hiciste trampa al hombre, que yo lo vi. Al principio él se indigna, ¿qué dices, niño? Tu padre no hace trampas. ¿No ves que soy una persona legal? Y te echa en cara tu desconocimiento del juego. Esto es cosa de personas mayores, insiste, y aun así, hay mucha gente que ni siquiera puede comprenderlo. Pero yo, padre…, tratas de sacarlo de su error. Nada, hijo, dice él, como para terminar la discusión, ¿por qué mejor no te vas a jugar con tus hermanos? Te da rabia que no te crea, pero los mayores son así. Tú insistes, no obstante, seguro de lo que dices: hoy le ganaste a ese hombre haciéndole una trampa. ¿De dónde sabes tú, pequeño justiciero, cómo se mueven las piezas del ajedrez? Yo sé jugar, revelas; he aprendido mirando cómo juegas con tus amigos. Entonces tu padre detiene su pelea, como si hubiera entendido de repente lo que hace rato estás tratando de explicarle. Ves que la noticia lo ha sorprendido de verdad. ¿Cómo dices? Sí, repites, puedo jugar a eso. ¿Dices que tú, un chiquillo que todavía no sabe leer ni escribir…? Tu padre se interrumpe, mira hacia el tablero y luego parece medir con la vista la altura de tus cuatro años. Finalmente, te pone la mano en la cabeza. ¿Has dicho que sabes mover las fichas? Sé jugar, padre, lo corriges, no sólo mover fichas. Tu padre señala hacia la mesa, ¿por qué afirmas que hice trampa? Porque la hiciste, que yo la vi. ¿Cuándo?, insiste él, ¿podrías demostrármelo? Sí puedo, dices tú, acercándote al tablero. Y como desde tu estatura no puedes ver bien el conjunto de las piezas, te trepas a la silla que ocupó durante el juego el contrincante de tu padre. Él vuelve a colocarse en su sitio y entonces tú, ante su incrédula mirada, reconstruyes la partida hasta el punto en que se encontraba cuando movió el caballo de manera incorrecta. ¿Ves?, le dices, aquí fue; e inmediatamente repites la jugada del amigo de tu padre; y luego la siguiente de éste, y así hasta el final. Tu padre te mira boquiabierto. Sí, hijo, tienes razón; pero créeme que no fue intencional. Ni él ni yo somos muy buenos en esto. Por eso ninguno de nosotros se dio cuenta. Por cierto, ¿te atreverías a echar una partida conmigo? Tu padre casi no se sorprende cuando le dices que sí, que eso es lo que más querrías en el mundo, que te gane; pero que te enseñe todo lo que sabe, aunque no sepa mucho. Así que, de rodillas sobre la silla que había estado ocupando el amigo de tu padre, te enfrentas a él en la primera partida de tu vida. Mueves fichas, y sientes que lo haces con placer, pero también con convicción, como si fueras una persona mayor y durante toda tu vida hubieras practicado aquel extraño juego de combatientes enfrentados, matando y eliminando al adversario sin compasión alguna. Juegas y juegas…, hasta que, pasado no sabes qué tiempo, ves el rostro de tu padre contraerse en una mueca que encierra a un tiempo disgusto, sorpresa y admiración por ti, por su pequeño hijo, que ha ganado la primera partida de su vida, precisamente ante su padre.
CAPÍTULO 5
Nada más atravesar la verja se fijó en un Rambler descapotable de 1925 que era, con diferencia, el mejor y más deslumbrante de los coches que se alineaban en el parking frente a la oficina de la agencia. Lo conocía bien porque había manejado uno igual en Nueva York. Tenía la forma estilizada de un cisne y el empuje y la velocidad de un ave de presa en pleno vuelo. Se decidió por él y firmó un contrato por una semana, con posibilidad de renovación y descuentos por kilómetro recorrido. Allí mismo compró un mapa de la ciudad y otro de la provincia de Buenos Aires, por si en algún momento tuviera la necesidad o el deseo de viajar por la región. Luego, cuando salió conduciendo su esplendente luciérnaga, no se dirigió al hotel, en donde tenía previsto encontrarse con la muchacha, sino que recorrió durante un rato las calles de la ciudad, que ahora parecía transformarse continuamente ante sus ojos. Sentado al volante, inmerso en el tráfico de sus avenidas y con el aire del anochecer batiéndole la frente, Capablanca sentía que la enorme urbe se le había vuelto de repente más pequeña y manejable. Cuando aparcó por fin en las inmediaciones del hotel, en una estrecha calle de Recoleta, ya la noche de domingo se cernía sobre la ciudad, poniendo un halo de misterio sobre las casas y las calles del viejo Buenos Aires.
Ella había llegado a la hora señalada, un poco antes que él. Traía puesto un traje azul de chaqueta y falda ancha, y llevaba un pequeño sombrero que parecía una cofia de enfermera y dejaba al descubierto buena parte de su cabello rubio. Allí, en el vestíbulo del hotel, a la luz de la enorme araña del techo, la muchacha parecía aún más joven y hermosa que la noche anterior. Al verlo, ella se levantó del asiento que ocupaba – casualmente, el mismo desde el que él la había llamado esa tarde – y vino a su encuentro con una expresión en el rostro que, pese a ser alegre, evidenciaba cierto nerviosismo.
– Hola, señor Capablanca. ¿Llega siempre tan puntual a las citas con sus admiradoras?
Sin poder evitar la sorpresa por la pregunta, él echó un vistazo a su muñeca.
– No, no siempre. Sólo cuando me interesa mucho la persona que espera. ¿Podemos sentarnos?
Mientras lo hacían, ella lo miró asombrada, sin saber por lo visto cómo tomar la respuesta del recién llegado. Finalmente, le sonrió complacida.
– Muy gracioso. Pero la culpa es mía. Creo que he venido demasiado temprano.
– Si quiere, podemos compartirla. Por lo que a mí me toca, acabo de alquilar un coche y no pude resistirme a la idea de dar una vuelta por las calles de Buenos Aires.
– ¿Sabe ya orientarse en ellas?
– No mucho. Precisamente por eso llegué tarde. La ciudad es enorme y yo todavía no la conozco bien. No me ha dado tiempo.
– Tampoco es un monstruo. Cómprese un plano y verá cómo se la aprende en unos días.
– Ya tengo uno. Por cierto, ¿me perdonaría la tardanza si la invito a tomar algo en el bar?
La muchacha ladeó el rostro y dejó ver una sonrisa que afectaba recelo.
– Depende de cómo se comporte.
Él se levantó del asiento y le tendió la mano, al tiempo que decía, siempre medio en broma:
– Yo soy un caballero, señora.
Y la tomó del brazo para conducirla en dirección al bar, que se encontraba en otro ángulo del vestíbulo, a algunos metros de distancia.
– Gracias – respondió Marina, y se dejó llevar.
Se sentaron en un rincón y pidieron de beber, ella un vermouth y él un refresco de cola. Cuando el camarero se alejó, Marina preguntó a Capablanca si no le gustaban las bebidas alcohólicas. La noche anterior había tomado sólo limonada… Él la interrumpió, sin dejar de lado cierto tono jocoso.
– Cualquiera diría que he estado siempre controlado. Desde el primer momento.
La muchacha se llevó la mano a la boca, como si tratara de contener la risa.
– ¡No, por favor! ¿Cómo se le ocurre? Desde luego que no. Pero es algo que llama la atención. Y hablando de Buenos Aires, ¿qué es lo que más le gusta?
– El tango, el ambiente que se respira aquí. Me encantaría conocerlo mejor, aunque tal vez no llegue a hacerlo. Desgraciadamente, apenas sé andar por la ciudad.
– Veo que necesita alguien que lo ayude en eso, una especie de guía, ¿no?
– Sería fantástico; pero no sé… Por cierto, ¿no podría ser usted?
– Quizás. Bueno, sí, podría; aunque, eso sí, con una condición.
– Usted dirá…
– De eso se trata, precisamente: basta ya de «usted» – y elevando ligeramente la voz, como si le riñera, agregó – : Si no me tratás de vos, pues no podré hacerte de guía.
Capablanca sonrió divertido, sobre todo porque era la primera vez que alguien se dirigía a él usando el voseo porteño.
– De «vos» no puedo, seguro. Pero me encantaría poder decirte «tú».
– Son equivalentes; la relación es la misma.
– Bueno, pues ya está hecho, Marina; te trataré de tú. ¿Qué tal te suena?
– Suena mucho mejor, señor Capablanca.
– Me alegro; pero si me vas a tratar de vos, será mejor que dejes eso de «señor Capablanca» y me digas José Raúl. O Capa, como casi todos mis amigos.
– Me gusta más «Capa». Voy a llamarte así.
– Perfecto. Es más, me agradaría que fuéramos amigos, que me consideraras, pues eso, un amigo tuyo.
– Pues yo, encantada – dijo la muchacha, tendiéndole su mano por sobre la mesa. Él alargó las dos suyas y la tomó entre ellas, acariciándola un instante, hasta que Marina reaccionó y, delicada pero firmemente, la retiró de nuevo. A Capablanca le pareció que la pequeña mano hervía.
– Oye, ¿sabes, por casualidad, dónde está El Café de los Angelitos? – dijo entonces.
– Claro, y no por casualidad. Es el sitio preferido de Gardel. Siempre está ahí.
– ¿Canta en ese café?
– No, ahora no está cantando en ningún sitio. Es decir, no canta en público. Está grabando. Se pasa el día en el estudio, y cuando va a Los Angelitos es para cenar. Casi siempre tarde.
– ¿Cómo sabes todo eso?
– Porque mi marido es quien le paga.
Capablanca sacudió la cabeza, sorprendido.
– No me digas. ¿Podrías explicármelo mejor?
– No tiene mucha ciencia. Mi esposo es el director de los estudios Odeón en La Argentina. Todos los cantantes quieren grabar con él. Quieren vender discos y ganar mucha plata. Así de simple.
– ¿Dónde está tu esposo ahora?
– De viaje. Va a estar unos días por el interior. ¿Y vos, lo querés conocer a Gardel?
– Sí, me gustaría conocerlo. Creo que es el mejor cantor de tangos. Es muy conocido fuera de la Argentina, ¿sabes?
– Vos también sos muy conocido. Más que Gardel, incluso.
– ¿Tú crees?
– Pues claro. A vos todo el mundo te conoce en todos los países. Actualmente hay como una fiebre de ajedrez por todas partes. Cuando me preparaba para ir a cubrir tu encuentro leí en algún lugar que vos no sos conocido por el ajedrez, sino que es al revés: es el ajedrez el que es mundialmente conocido gracias a vos. Algo de eso decía.
– Si sigues hablando así, me voy a poner colorado.
– Sabés que es verdad. No te hagas el modesto. Por cierto, ¿tenés algún disco suyo?
– ¿De Gardel? Sí, tengo varios. Cuando me encuentro alguno nuevo, lo compro y me lo llevo a casa. Siempre me ha interesado mucho la música.
– ¿Música o ajedrez? ¿Cuál de las dos cosas preferís?
– Ésa no es una buena pregunta. Son cosas diferentes. El ajedrez es mi carrera. Vivo de él y le dedico todo mi tiempo de trabajo. Lo hago lo mejor que puedo, y creo que bastante bien, modestia aparte. Pero, aparte del trabajo de cada cual, hay otras cosas en la vida, cosas que disfrutas y que te ayudan a vivir y ser feliz. En mi caso, la música es una de ellas.
– ¿Disfrutás mucho con ella?
– Sí, mucho, con la música en general. Pero con el tango es diferente. El tango no sólo se disfruta. No sé lo que tendrá, pero a mí me apasiona.
La muchacha estaba radiante.
– A mí me pasa igual – dijo con vehemencia – . Es que el tango es pasión; una pasión capaz de llegarte a lo más hondo y estremecerte el alma.
Esta vez Capablanca no replicó enseguida. La miró a los ojos y estuvo un rato así, contemplándola en silencio. Cuando volvió a hablar, lo hizo para decir que era verdad, que el tango era pasión. Quizás fuera por la mezcla de ritmos y de sangres que estaba en la base de su origen, o tal vez esto se debía a los instrumentos con que se tocaba, venidos de diferentes partes del mundo; o quién sabía si al alma de la gente que lo componía, o a la de aquellos que lo interpretaban. Anoche mismo, sin ir más lejos, él se había sentido estremecer, como ella había dicho, con la música de un tango que había oído tocar en el restaurante donde cenaba. Y trató de describirle los sentimientos que le provocó la interpretación del trío del hotel Regina. Como no pudo hacerlo, terminó diciéndole que aquel tango le había erizado hasta los últimos pelos del cuerpo. Ella lo oyó, risueña y satisfecha.
– ¿Recordás cómo se llama la pieza?
– Sí, claro, se llama La Cumparsita. Por cierto, Illa me contó algo de su historia; pero me pareció un poco confusa, y la verdad es que no entendí mucho de ella. Creo que él no sabía demasiado. Quizás tú puedas contarme un poco más.
– A mí también me gusta mucho ese tango. Creo que en el futuro ése será «el tango». Pero es cierto que su historia es un poco oscura. De entrada, el autor no es argentino. Es uruguayo y se llama Gerardo Matos Rodríguez. Se dice que Matos lo escribió en 1916 para los carnavales de Montevideo, y que se lo dio a Roberto Firpo para el arreglo y la interpretación. Aunque no está muy claro el año en que ocurrió eso. Hay quien afirma que fue en el 17. Dicen que Firpo rescribió la música y luego estrenó el tango con su orquesta en el Café La Giralda, de Montevideo. Pero hay otras versiones diferentes acerca de quién fue el primero en grabarlo y con qué firma.
– ¿No tiene letra?
– Sí tiene, y demasiadas. Ése es otro de los problemas, el gran problema, diría yo. En estos momentos está en litigio, pendiente de los tribunales. Hace unos años, creo que en el 24, dos compositores argentinos, Contursi y Maroni, escribieron una letra a la música de ese tango y le pusieron de nombre Si supieras. Pero lo hicieron sin la autorización de Matos, que montó en cólera y escribió su propia su letra. Creo que la publicó y que algunos cantantes la han interpretado y grabado en algún sitio. Pero lo cierto es que la canción, que ya estaba casi olvidada, ha cobrado nueva vida con la letra de estos dos músicos argentinos. Es la más conocida, la que todo el mundo tararea. Y la que canta Gardel, por cierto. Los versos de Si supieras no tienen nada que ver con la letra de Matos. Pero es La Cumparsita, ¿me entendés?
Cómo no la iba a entender, si hablaba como los ángeles, si era un ángel toda ella, un ángel rubio con rostro de chiquilla, que se expresaba, además, con una voz profunda y clara, matizada por la suave cadencia rioplatense. Él asintió sonriente. De pronto comprendió que había pasado el tiempo. ¿Cuánto? No tenía idea. ¿Desde qué hora estaban allí, sentados en el bar? Tampoco sabía. Entonces le preguntó si no tenía hambre, y al ver la respuesta afirmativa en su mirada le propuso ir a cenar en algún sitio fuera. Ella dijo que le parecía bien, y Capablanca llamó al mozo y pagó la cuenta. Luego se levantaron y salieron del bar. Cuando abandonaron el hotel eran las nueve de la noche. Unos minutos más tarde caminaban hacia el sitio donde había quedado el coche. Al llegar, Capablanca señaló hacia el vehículo y preguntó:
– ¿Y a eso cómo le dicen ustedes?
– Aquí decimos «auto». Y ustedes, carro, ¿no?
– Yo digo casi siempre carro, por la influencia americana. Pero en Cuba se usa la palabra «máquina». No sé por qué razón, pero allá dicen así.
– Me gusta mucho tu «máquina».
– Deja que veas cómo anda – le dijo Capablanca, abriéndole la puerta. Ella dijo «gracias» y ocupó el asiento del pasajero. Luego él dio la vuelta, se sentó al volante y puso en marcha el vehículo, que se deslizó suavemente sobre los adoquines de la calle. Al llegar a la esquina, se detuvo un instante, antes de incorporarse al flujo que transitaba por la avenida.
– ¿Adónde pensás ir? – preguntó entonces Marina.
Capablanca se encogió de hombros. Adonde ella dijera, como si quieres llegar al fin del mundo, bromeó. No, gracias, todavía no estoy interesada en ese viaje, replicó la muchacha, en el mismo tono. Mientras el coche se desplazaba por la avenida, él le confesó que no tenía una idea muy clara de los lugares interesantes de Buenos Aires. La ciudad, además, había cambiado mucho desde la última ocasión que había estado allí, hacía nada menos que catorce años, cuando ella, seguramente, era todavía una chiquilla. Marina quiso protestar, pero él no la dejó. Sabía, por ejemplo, que la zona de la costanera sur había sido transformada en una hermosa playa…
– Sería buena idea, si fuera de día. Pero vos sos un poco pícaro – dijo la muchacha con acento alegre – , creo que sabés más de lo que aparentás.
Capablanca la miró de reojo. Se había quitado el sombrero por temor a que se lo llevara el aire y, con la ayuda de las manos, trataba de mantener el orden en su peinado.
– No es verdad. Hay muchas cosas que no conozco y que me imagino deben de ser muy interesantes.
Ella lo miró desafiante.
– ¿Como cuáles?
– ¿Ves? – dijo él divertido – . Me has puesto en un aprieto.
– Sí, sos un pícaro; pícaro y peligroso.
A Capablanca le pareció que era mejor cambiar la conversación y comentó:
– Me habías dicho que tenías hambre, ¿no?
– Igual que vos.
Así las cosas, había que ir a cenar a algún lugar. Y, como no podía ser de otra manera, el primero de todos los lugares posibles vino a ser El Café de los Angelitos, que fue, por supuesto, el lugar elegido. De modo que, sin demorarse en discutirlo, acordaron llegarse hasta él y ver qué había por allí.
CAPÍTULO 6
La muchacha apareció primero. Surgió de entre la sombra con el halo de luz y permaneció un instante inmóvil, plantada en medio del salón y dando la espalda a la mayoría de las mesas. Llevaba el pelo negro recogido sobre la nuca y un vestido bermellón que le ceñía las caderas y caía suelto hasta más allá de las rodillas. Los zapatos, de tacón alto, eran también rojos. Pronto sonaron los primeros acordes provenientes del piano, y su cuerpo comenzó a ondular como un campo de trigo frente al viento. Enseguida entró la guitarra y se oyó la voz del bandoneón. Ella elevó un brazo, y luego el otro, hendiendo el aire con sus manos y dedos, mientras se dejaba llevar por las progresiones del violín, que parecía gobernar toda su anatomía. Según la música subía en el aire del local, la muchacha agitaba las caderas en un incitante y sinuoso movimiento de rotación, al tiempo que deslizaba suavemente un pie tras otro sobre el piso, dibujando imaginarios círculos con ellos. Su manera de moverse estaba llena de sensualidad. Bailaba como si flotara sobre las notas que llegaban en oleadas desde el estrado de los músicos, y se veía que disfrutaba haciéndolo. Capablanca no había presenciado nunca un espectáculo semejante, ni siquiera en sus anteriores visitas al país. En cualquier caso, el hecho de ver a aquella mujer moviendo brazos, manos y cintura en el único punto iluminado del salón, le producía un enorme placer estético.



