Perdido en Buenos Aires

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Muy pronto entró en escena el muchacho, que iba vestido de negro, incluido el sombrero y los zapatos de charol. Lucía bigote y llevaba el pelo liso, con la raya a la izquierda y profusamente engominado. Al verlo aparecer, la muchacha retrocedió unos pasos, como si se pusiera en guardia. Parecía recelosa. Entonces él le tendió la mano y ella, sin dejar de marcar el compás de la música, dio algunos pasos hacia su compañero y se dejó tomar en los brazos del hombre para seguir bailando juntos. Capablanca los miraba arrobado. Y Marina lo miraba a él, entre arrobada y suspicaz.
– ¿Te gusta?
– Es un placer verlos bailar.
– Sí, ya me di cuenta cómo se te iban los ojos cuando la chica meneaba ese cuerpo que Dios le dio.
Él le sonrió, sin poder ocultar las ansias, cada vez más fuertes, que habían empezado a carcomerle la conciencia. Entonces empujó el plato con los restos de la cena y, señalando a la pareja, preguntó:
– ¿Qué tal se te da el tango?
– Creo que bien – respondió ella, con voz sugestiva – . ¿Y a vos?
– Para no ser argentino, me defiendo algo. Claro, con una profesora del país, seguramente mejoraría mucho. Por cierto, ¿aquí no se baila?
– Sí, claro; y eso forma parte del show. Ya lo verás.
– ¡Qué bien! – dijo él, visiblemente contento – . Veremos qué tal nos va.
Marina sonrió feliz, y Capablanca volvió la vista a la pareja de bailadores. En aquel momento el muchacho se inclinaba sobre su compañera, cuyo cuerpo se dobló hacia atrás como una caña de bambú. Estuvieron un instante así, aparentemente inmóviles, mientras la música elevaba el tono y la insistencia del violín los mantenía enlazados en aquel estado de incitación, como dos pinceladas de una misma pintura. Luego, a un llamado del bandoneón, volvieron a la posición erecta y continuaron entrecruzando piernas, rozando pechos y vientres, enredándose uno sobre el otro en un baile que era toda una exaltación del juego erótico. Parecían las dos mitades de un organismo vivo que se revolvía sobre sí mismo, estirándose y encogiéndose con los acordes de la música que tocaba el cuarteto. Aún estuvieron un rato girando, sacando y metiendo las piernas, moviéndose suavemente al compás de la música que llegaba del pequeño estrado donde cuatro virtuosos regalaban lo mejor de su arte al público que esa noche llenaba El Café de los Angelitos.
Cuando se fueron los bailarines, la orquesta la emprendió con Caminito, uno de los tangos preferidos de Capablanca, y la gente, conocedora de las reglas del lugar, comenzó a salir a la pista para bailar. Marina miró a su nuevo amigo cubano y le sonrió. Éste entendió inmediatamente y, levantándose de su asiento, tendió la mano a la muchacha y la sacó a bailar. Ninguno de los dos lo hacía mal, por lo que muy pronto se acoplaron mutuamente.
Marina se había quitado la chaqueta, y la blusa que llevaba bajo ella, de color blanco, dejaba al descubierto gran parte de su espalda. Capablanca sintió aquella carne joven y tibia agitándose bajo su mano, y no pudo evitar que una incipiente erección llamara a su bragueta. La sensación se hizo aún más aguda cuando, en uno de los pasillos del baile, Marina se pegó a su vientre y apoyó los senos en su pecho. Así estuvieron bailando buen rato, ella provocando, él dejándose provocar y haciéndole sentir a la mujer que la noche que los esperaba estaba llena de promesas. De repente, cuando Capablanca pensaba que la partitura de Caminito estaba próxima a su fin, una mujer de espesa cabellera negra, estatura más bien baja y modales desenfadados se acercó al micrófono y comenzó a entonar los versos del entrañable tango. Su voz no era muy alta, pero cantaba con mucho temperamento y trasmitía una cálida sensación de inmediatez.
– ¿Quién es? – murmuró Capablanca al oído de Marina, aprovechando la ocasión para dejarle allí un poco del calor de su aliento.
– Es una cantante que ha surgido en los últimos tiempos. Se llama Nina Mederos y es una bataclana.
– ¿Una bataclana? – se extrañó él – . ¿Qué significa eso?
– Una bataclana es una corista del teatro Bataclán, que queda en la zona portuaria. Ya te podés imaginar.
– Pero no canta mal, ¿verdad?
– No sé qué decirte – la voz de Marina revelaba desdén – . En todo caso, ése no es su estilo; no sé por qué se metió a cantar Caminito. ¿No sentís que a veces desafina? Lo de ella es otra cosa. Pero aparte de eso, creo que su éxito se debe en gran medida a su amistad con Gardel. Hace poco él habló con mi marido para que le grabara un disco a ella.
– Pues a mí me parece que no canta mal – repitió Capablanca – . Y, además, se ve que tiene ángel.
– Sí, ya veo que te gusta.
Él dejó correr un asomo de sonrisa por su rostro y apretó a la muchacha un poco más. Su erección había aumentado y se le estaba volviendo irresistible. Ya ella había comprendido lo que ocurría y se veía feliz, apretándose cada vez más a Capablanca. De repente, él sintió que la tensión de Marina se aflojaba, que por algún motivo ella se había separado de su cuerpo y cambiaba incluso la expresión de su rostro. Observó, igualmente, que muchos de los bailadores desviaban la mirada hacia un grupo de hombres que habían entrado en el salón y avanzaban por el pasillo en dirección a la parte trasera del local.
– ¿Qué pasa? – preguntó Capablanca.
– Nada. Llegó Carlos Gardel. Seguramente se sentará a su mesa de siempre y cenará. Después pasaré a saludarlo y le diré que estás aquí.
– ¿Tú crees que esté bien? No quisiera…
– ¡Hombre! – rió ella divertida – . No te preocupes. Ya te dije que vos sos más famoso que él. Estoy segura que se volverá loco por conocerte. Quizá hasta quiera ser tu amigo.
Cuando Nina Mederos terminó de cantar Caminito recibió una salva de aplausos. Sobrevino entonces una pequeña pausa, y Capablanca y Marina regresaron a su mesa. No bien se hubieron sentado, la muchacha dijo que iría a hablar con Gardel. Y con una mirada que él no pudo descifrar del todo, se alejó en dirección al fondo del local. Casi al instante Nina Mederos se acercó de nuevo al micrófono y le hizo una seña a los músicos. Desde el estrado llegó la percusión de un tamboril, acompañado por el punteo de la guitarra. Capablanca reconoció los acordes de Milonga Sentimental1, una pieza que – no sabía por qué – le producía un especial sentimiento de cercanía. La versión que él tenía en casa era la interpretada por Gardel, que se acompañaba sólo de guitarras, con lo que la canción perdía un poco del ritmo que había estado seguramente en sus orígenes. Pero ahora, antes de que Nina Mederos comenzara a entonar la letra, los músicos ya le habían imprimido a su arreglo un acento que estaba muy próximo al del candombe y a otros aires de raíz africana. Muy pronto la Mederos comenzó a cantar:
Milonga pa’ recordarte,milonga sentimental.Otros se quejan llorando,yo canto por no llorar.Su voz sonaba desgarrada, llena de sentimiento, Pero, quienquiera que la cantara, esa canción le sonaría a él siempre entrañable y cercana. Entonces se plegó en la silla y continuó escuchando:
Tu amor se secó de golpe,
nunca dijiste por qué.
Yo me consuelo pensando
que fue traición de mujer.
Cuando Nina Mederos calló, el cuarteto siguió tocando, y Capablanca advirtió algo en lo que no había reparado nunca antes: Milonga Sentimental le recordaba a alguna canción cubana que por el momento no podía precisar.
Varón, pa’ quererte mucho,
varón, pa’ desearte el bien,
varón, pa’ olvidar agravios
porque ya te perdoné.
Tal vez no lo sepas nunca,
tal vez no lo puedas creer,
¡tal vez te provoque risa
verme tirao a tus pies!
La cantante volvió a detenerse, y desde el estrado llegó la percusión del tamboril. Y él sintió de nuevo, esta vez más intensamente, la relación de aquélla pieza con la música de su patria. Allí estaban las sonoridades del candombe, pero también las de un ritmo que había llegado a La Habana desde la provincia de Oriente y estaba por entonces muy en boga: el son cubano. Pero aquí, en el Café de los Angelitos de Buenos Aires, aquella mujer le ponía pasión, mucha pasión, sobre todo cuando decía:
Es fácil pegar un tajo
pa’ cobrar una traición,
o jugar en una daga
la suerte de una pasión.
Pero no es fácil cortarse
los tientos de un metejón,
cuando están bien amarrados
al palo del corazón.
Y después de una breve pausa, volvía a repetir:
Varón, pa’ quererte mucho,
varón, pa’ desearte el bien,
varón, pa’ olvidar agravios
porque ya te perdoné.
Tal vez no lo sepas nunca,
tal vez no lo puedas creer,
¡tal vez te provoque risa
verme tirao a tus pies!
Y seguía, cada vez con más emoción:
Milonga que hizo tu ausencia.
Milonga de evocación.
Milonga para que nunca
la canten en tu balcón.
Pa’ que vuelvas con la noche
y te vayas con el sol.
Pa’ decirte que sí a veces
o pa’ gritarte que no.
Finalmente, cuando ya Capablanca tenía los ojos húmedos por la emoción, llegó Marina de vuelta y se sentó a su lado. Para entonces, Nina Mederos repetía el cuplé, ya por última vez:
Varón, pa’ quererte mucho,
varón, pa’ desearte el bien,
varón, pa’ olvidar agravios
porque ya te perdoné.
Tal vez no lo sepas nunca,
tal vez no lo puedas creer,
¡tal vez te provoque risa
verme tirao a tus pies!
Tras lo cual, el cuarteto ejecutó el cierre y terminó su versión, que fue despedida con un tupido aplauso del público asistente. Marina lo observaba desde su asiento. Entonces, acercando todo lo que podía su rostro, dijo con voz ligeramente temerosa:
– ¿Qué te pasa que tenés los ojos húmedos? No me digas que esa mujer te ha emocionado tanto.
– No es la mujer – replicó él, saliendo ya del trance – , es la canción; pero no sé si podrías entenderme si te explico.
– Quizás. Probá a ver.
– Es que el arreglo que hizo ese cuarteto me ha recordado mucho algunos ritmos de mi tierra.
– Comprendo, claro que te comprendo – y cambiando radicalmente el tono, agregó – : Misión cumplida. He hablado con Gardel. Y, por supuesto, él quiere conocerte.
Capablanca sonrió, agradecido y feliz a la vez.
– Muchas gracias, Marina. Eres un encanto.
– Gardel también me agradeció por acordarme de él, en este caso.
– Bueno – dijo entonces Capablanca – , ¿cómo haremos? ¿Vamos para allá o qué?
– Él estaba cenando en compañía de algunos de sus músicos. Me dijo que me daría una señal.
Capablanca volvió a expresar su agradecimiento a la muchacha y desvió la vista hacia el estrado. Entonces reparó en que el cuarteto había dejado de tocar. Supuso que los músicos habían cogido un tiempo de pausa. Sin embargo, aún no había tenido tiempo de retomar el diálogo con Marina, cuando vio que tres hombres ascendían los peldaños del estrado y se acercaban al micrófono. Uno de ellos era Carlos Gardel; los otros, evidentemente, eran los guitarristas que lo acompañaban por entonces, un mulato alto y delgado y un individuo de apariencia rubicunda. Cada uno de ellos llevaba una guitarra en las manos. Cuando quería preguntarle a su compañera de qué iba la cosa ahora, Gardel se acercó al micrófono y dijo:
– Queridos amigos, respetable público. Esta noche se encuentra entre nosotros una persona a quien quiero dedicar esta canción que vamos a interpretar ahora. Este hombre es un cubano y, por naturaleza, un hermano de sangre y de cultura – aquí todos los presentes volvieron la cabeza, tratando de encontrar a alguien que pareciera cubano. Pronto dieron con él, quizás por el rubor que debía de estar enrojeciendo su rostro. Mientras, Gardel seguía hablando – . Pero este hombre no es cualquier cubano. Él es también una gloria de nuestros pueblos hispanoamericanos, un orgullo para todos nosotros. Se encuentra ahora en nuestra patria porque aquí en Buenos Aires se está celebrando – como quizás muchos de ustedes sepan – el campeonato mundial de ajedrez. Ese hombre es, señoras y señores, el gran José Raúl Capablanca, el campeón mundial del juego ciencia. Y para él quiero cantar esta canción. Espero que le guste.
Capablanca sentía que la piel del rostro le ardía, que no podía contener la emoción. Tenía los ojos húmedos, aunque por suerte estaba todavía lejos de dejar escapar la menor lágrima. Mientras buscaba protección en el rostro de Marina, que lo miraba llena de orgullo y regocijo, Capablanca vio, o más bien escuchó, cómo los tres hombres comenzaban a rasgar las cuerdas de sus guitarras. La melodía que salía de ellas era nada menos que la del tango que tanto lo había emocionado en la cena con Rolando Illa, es decir la de La Cumparsita. Sólo que aquí, en esta versión, tocada con guitarras, la canción se le aparecía en su forma original, tal como él imaginaba que la había compuesto el autor uruguayo. Parecía una canción campera. En cualquier caso, los tres hombres descendieron del estrado y, sin dejar de tocar, echaron a andar hacia él, hacia la mesa que ocupaba con Marina. Cuando llegaron junto a ellos, la vibrante voz de Carlos Gardel se elevó sobre la concurrencia, que parecía haber entrado en trance y guardaba un silencio absoluto. Y cantó:
Si supieras,que aún dentro de mi alma,conservo aquel cariñoque tuve para ti…Quién sabe si supierasque nunca te he olvidado,volviendo a tu pasadote acordarás de mí…Y ahora sí, los ojos de Capablanca se llenaron de lágrimas, al punto que debió sacar el pañuelo y secárselos. Marina lo miraba también llena de emoción. Mientras tanto, Gardel seguía entonando los versos de aquel hermoso tango. Pero ya él apenas era capaz de distinguir una palabra de otra. Pese a ser una persona acostumbrada a los homenajes y las grandes puestas en escena, el detalle de aquellos argentinos – amigos, conocidos, de todos, en fin – había llegado a emocionarlo tanto que sintió que el pecho se le apretaba y que, aunque hubiera querido, no habría podido siquiera articular una palabra. Durante un tiempo imposible de determinar, Carlos Gardel y sus acompañantes estuvieron tocando la guitarra, cantando allí para él, que recibía además la caricia de los ojos de Marina. Y aquello era mucho más de lo que él había esperado del pueblo de Buenos Aires, de la Argentina toda. Qué importancia tenía el ajedrez, el campeonato del mundo, la partida perdida, comparados con aquella muestra de cariño y simpatía hacia su persona.
Cuando los músicos terminaron su interpretación, Capablanca se puso de pie y se abrazó con ellos, primero con Gardel y luego con los otros dos. Para entonces, todos los asistentes al Café de los Angelitos se habían puesto también de pie y aplaudían, no se sabía si la interpretación de su ídolo, o el gesto de éste hacia Capablanca o – él no pudo evitar la idea – a él como persona. E independientemente de su voluntad, esta última idea fue la que se asentó con más fuerza en su cerebro. Y le pareció que nunca antes había sido tan feliz como esa noche, ni siquiera en su primera gran victoria internacional, en San Sebastián, hacía ya muchos años.
– Muchas gracias, amigo. Es usted muy generoso.
– Gracias a usted, señor Capablanca. Todos los argentinos estamos muy reconocidos y orgullosos de usted. Reciba mi humilde canción como un homenaje, mucho más pequeño que el que se merece. Además, sé muy bien que le gusta mucho ese tango.
– Gracias – dijo él, dudando un instante si debía devolverle el trato en forma de señor Gardel. Por fin, decidió omitir cualquier forma y siguió – : Sí, es un tango muy hermoso, sobre todo cantado por usted – y cambiando el tono, agregó – : ¿No quiere sentarse?
Gardel le puso familiarmente la mano en el hombro y, con una amable sonrisa, contestó:
– Usted sabe, nosotros allá – y señaló hacia el fondo – aún no habíamos terminado de cenar. Sólo que no pude resistirme a la idea de cantarle su tango preferido. Pero me gustaría invitarlo a que se llegue por nuestra mesa para charlar un rato conmigo y con mis amigos.
Capablanca miró en dirección a Marina; pero Gardel no le dio tiempo a responder. Para ese momento ya estaba diciendo que lo esperaba sin falta allá, y que para él sería un placer enorme compartir un rato y hablar de tangos y, por supuesto, ajedrez. Y de muchos otros temas, seguramente. Y dicho esto, le dio un apretón de mano y se alejó de nuevo por donde había venido.
CAPÍTULO 7
Habían juntado varias mesas en el ángulo más apartado del café, y Gardel y sus amigos comían y disfrutaban allí de lo que parecía ser una alegre tertulia tras la cena. A la derecha del cantor se ubicaba un hombre que Capablanca no había visto antes; y más allá, los guitarritas que acompañaban a Gardel. La banda de la izquierda estaba ocupada por Nina Mederos y los músicos del cuarteto. Al verlos aparecer, el cantante se puso de pie y los invitó a sentarse y compartir con ellos. Las tres personas que estaban a su derecha también se levantaron y cedieron el puesto a los recién llegados, desplazándose dos lugares más allá. Tras los primeros saludos y sonrisas, ya todos sentados, vinieron las presentaciones. El personaje que había estado a la derecha de Gardel resultó ser José Razzano, su gran amigo y antiguo compañero de dúo, ahora apoderado del artista. Los guitarristas se llamaban José Ricardo (más conocido como el Negro, bromeó Gardel) y Guillermo Barbieri, que era un tipo delgado y rubicundo, de expresión afable. De los integrantes del cuarteto, Capablanca retuvo sólo el nombre del director, un individuo de frente amplia y sonrisa fácil que era quien tocaba el bandoneón. Se presentó como Osvaldo Fresedo, aunque enseguida aclaró que en el ambiente tanguero lo llamaban «El Pibe de la Fraternal», por el barrio de donde había salido. «El Pibe», pues, se alineaba a la izquierda de Nina Mederos, seguido por sus tres músicos, que cerraban el círculo de las personas sentadas a la mesa. Capablanca, que no quiso aceptar nada de comer, no tuvo otra salida que dejar que le sirvieran una copa de vino, del cual no pensaba probar más que algún que otro sorbito. Había quedado al lado de Marina, pero enfrente de Nina Mederos, y lo primero que hizo fue dirigirse a los músicos para felicitarlos por su interpretación. Y puesto a hablar del tango, dijo sentirse sorprendido por el modo en que había evolucionado la música porteña desde su última visita al país, hacía de aquello trece o catorce años, no podía precisarlo bien. Que él recordara, no había visto ni oído nada semejante a lo que veía ahora. Gardel agradeció sus palabras y explicó que, desde hacía unos años, el tango había entrado en una nueva etapa de desarrollo, cada vez más conocida con el nombre de «tango – canción». Y explicó que los tangos de antaño eran estilos y tonadas criollas. Y poco más. Apenas se cantaban, o bien tenían letras muy rudimentarias. A partir de una canción titulada Mi noche triste, escrito por el gran Pascual Contursi con una letra totalmente innovadora y que él había grabado hacía diez o doce años con Odeón, las cosas comenzaron a cambiar. En la actualidad nacían a diario infinidad de tangos de ese tipo, y muchos de ellos con excelente letra. Había un gran número de poetas – como el propio Contursi – que escribían versos y trabajaban con los músicos en la creación de estas nuevas canciones. Y había músicos puros – y señaló hacia Fresedo – , que llegaban con ímpetu, inyectándole savia fresca a la música de aquella tierra que todos ellos amaban tanto. En este punto metió baza Razzano. Acallando con su voz la de Gardel, proclamó ante Capablanca que la primera figura que estaba dándole lustre y renovando el tango, era, precisamente, aquel morocho que estaba sentado allí a su lado, el Che Carlitos, – sos muy modesto, vos – le echó en cara desde su silla – ; pero acordáte que ya no sos el chico del Abasto. Sos Carlos Gardel, el primer cantor de tangos – . Aquí intervino Fresedo, que dirigiéndose también a Capablanca tomó el relevo de Razzano: no es que él sea modesto, dijo, es que se está haciendo. El tango es él, y él es el tango; y él lo sabe bien. Luego, y aprovechando que había cogido la palabra, la usó para decir que conocía algo de música cubana, y que le gustaba mucho. La había descubierto hacía unos años, durante un viaje a los Estados Unidos. Y, sin dar tiempo a nadie a reaccionar, mencionó nombres que Capablanca nunca habría pensado oír por esos predios. No lo esperaba, sencillamente. Y menos aún si algunos de esos nombres era los del Sexteto Habanero o Abelardo Barroso. Y Fresedo no se detuvo ahí, sino que mencionó también al dúo de María Teresa Vera y Rafael Zequeira, de quienes dijo apreciar sobre todo un disco que había comprado en Nueva York y que traía una deliciosa rumba titulada, si mal no recordaba, Papá Montero o algo así. Capablanca no salía de su asombro. Realmente, aquélla era la música popular que se estaba tocando y grabando en Cuba por entonces, y de la que él mismo no estaba siempre al día. Por eso lo oía aquella noche estupefacto, superado por la sorpresa de saber que aquel argentino, alguien tan lejano al acontecer diario de su patria, conocía semejantes detalles del panorama musical cubano. Gardel también lo miraba asombrado, y de soslayo miraba a Capablanca, como si no pudiera creerse que su compatriota supiera de veras lo que hablaba y lo quisiera contrastar con alguien del país. Con una sonrisa, Capablanca asintió a la mirada inquisitoria del cantor. Pero el hombre siguió. Retomando la palabra, declaró con gran autoridad que, si aquella música incorporara un instrumento con la gama de voces del bandoneón, podría conquistar rápidamente Europa, como estaba ocurriendo con el tango. De todos modos, sentenció, estoy seguro que Cuba tendrá mucho que decir en el futuro musical del mundo. Capablanca estaba anonadado por lo que había oído sobre la música de su tierra, algo de lo que ni siquiera él sabía demasiado. Y aprovechando un respiro del músico, lo felicitó por ello. Sin embargo, lejos de tranquilizarlo, el asombro del cubano aguijoneó la elocuencia del argentino, que siguió hablando de música cubana, citando ahora a Manuel Corona, quien era, dijo, su compositor favorito entre los de la Isla. Y para avalarlo, finalizó su conferencia entonando allí mismo el estribillo de la Loma de Belén, un son que Capablanca sí conocía bien, ya que en uno de sus últimos viajes a Cuba había comprado el disco grabado por el Sexteto Habanero con aquel sabroso tema.
Digerida la disertación de Fresnedo, Capablanca volvió a traer a colación el tema de la música local. Se reconoció amante del tango, y reveló sentirse muy feliz de que su viaje a Buenos Aires coincidiera con un período en el que el tango estaba presente por doquier. En el centro de la ciudad no había cuadra donde no existiera confitería, cine, salón o café que no difundiera el tango o la milonga. Y en todos ellos actuaban músicos y cantantes de valor.
– A mí antes me gustaba la música típica de este país – dijo aún el cubano, sinceramente conmovido – ; ahora la amo. Yo tengo algunos discos en mi casa; pero cuando parta de regreso, pienso llevarme una maleta llena.
Al oírlo hablar de esa manera, todos los reunidos alrededor de la mesa lo miraron sin esconder su agrado. Gardel levantó la mano con el índice apuntando hacia arriba.
– Cuente con los míos. Le regalaré la colección completa.
– Y con algunos míos – dijo Fresnedo desde el otro lado de la mesa.
– Y con los míos también. Es decir, si los quisiera.
La última en hablar había sido Nina Mederos, que apenas lo había hecho antes. Entonces Capablanca se fijó en ella y le sonrió.
– No faltaba más. Por cierto, me ha gustado mucho su estilo de cantar.
– Gracias – dijo halagada la cantante, sonriendo con la mirada a Capablanca y, de paso, examinando brevemente a Marina Lemm. Ésta, por su parte, también sonrió, en consonancia con el ambiente de alegría general que reinaba en la mesa.
En este punto apareció un individuo con cara de dueño del café y se acercó a Gardel. Después de saludar calurosamente al cantor, se volvió hacia Capablanca y le tendió la mano. Luego saludó a Nina Mederos y a los demás. Finalmente, fue a sentarse entre los músicos del cuarteto e intercambió algunas palabras con Osvaldo Fresnedo. Bien pronto, éste y sus hombres se pusieron de pie y se dirigieron al estrado para continuar con su actuación.
– Bueno, señor Capablanca – comenzó a decir Marina, en un tono mucho más comedido y respetuoso de lo que él hubiera esperado – , ¿por qué no nos cuenta algo de su experiencia profesional? Dicen que su récord de victorias es impresionante. Es casi imbatible.



