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Mi esposo, lejos de nosotros y alarmado por lo que me pasaba, se preguntaba si debía viajar, o si debía esperar los resultados médicos. Cada quince minutos llamaba para averiguar mi estado y el del bebé.
La enfermera, siguiendo las indicaciones dadas, tomó una vía en mi brazo y comenzó a pasar los medicamentos. Paulatinamente sentí alivio y el dolor empezó a cesar. Pero me preocupaba el estado de mi bebé. Me preguntaba cómo este doctor no me había examinado o chequeado el estado de mi hijo. En ese momento pensé lo distinto que era ser tratado por un médico con vocación, y otro para quien uno es sólo otro paciente más. El haber crecido con padres médicos, a quienes he visto dedicar su vida al servicio de otros hacía este contraste aún más latente. Al pasar el dolor, cancelamos y partimos al hotel.
Mis padres y mi hija descansaban. Mientras trataba de unirme a ellos en el descanso, pensaba “¿Sería esto realmente una acidez?”. Había sido un dolor punzante. Estaba muy nerviosa por el estado de mi bebé . “¿Estará todo bien?” “¿Habrá una esperanza de que este milagro continúe?”, me preguntaba mientras trataba de conciliar el sueño. El movimiento leve de mi hijo me dio un poco de seguridad. Todo estaría bien.
Los días restantes de nuestras vacaciones fueron más tranquilos. El dolor había cesado y hacía esfuerzos mayores para mantener una alimentación lo más sana posible. Eliminé los dulces, alimentos altos en grasas, reduje cantidades de carnes rojas . Me dije a mí misma, “si es algún problema estomacal, debo cuidarme.” Y así lo hice.
El viaje de regreso fue sin contratiempos. Mi esposo y yo estábamos felices de vernos y él se sentía más seguro de tenernos en casa.
“Mami, ¿quieres un niño o una niña?”
Una vez terminados nuestros días de descanso seguiría la rutina de mis controles prenatales. Esta vez, el doctor trataría de ver el sexo del bebé. De camino a la cita, empezaron a darse voces a las expectativas. Mi esposo decía que no le importaba el sexo del bebé, sólo quería un niño sano. Mi hija decía, “Yo quiero una hermanita, prefiero que sea niña”.
Al igual que mi esposo, yo quería un niño sano. Era lo más importante para mí. Sin embargo, algo curioso me había pasado. Desde el momento que supe de mi embarazo y a medida que pasaban los meses, veía decoraciones de habitaciones y lencería para infantes. Me gustaban las decoraciones en azul, verde y de varón en general. Mi hija interrumpió mis pensamientos al preguntarme:
—“Mami, ¿Quieres un niño o una niña?”
—“Sinceramente quiero un bebé varón. Ya disfruté de todas las etapas de una niña al tenerte a ti. Quisiera un niño con mis ojos claros. Hay cosas hermosas para niños pero, lo que Dios disponga en nuestro hogar será recibido con toda alegría”.
Llegamos al momento donde veríamos por primera vez, si la bendición que llevaba en mi vientre era una niña o un niño. Al examinarme, el doctor pregunta:
—“¿Quieren qué les diga el sexo del bebé?”
—“¡Sí!” respondimos en coro, llenos de entusiasmo, mi esposo, mi padre, mi hija y yo.
—“A ver ¿quieren una niñita o un varoncito?”
A esta pregunta se entretejían las voces, cada uno tratando de hacer conocer sus deseos.
—“¡Yo quiero niña!”, respondió mi hija.
—“¡Yo quiero niño!, “ dije entre risas.
—“¡A mí me da igual doctor!, “ se escuchaba a mi esposo.
Finalmente, el doctor dice:
—“¡Es un varón!”
Todos alzamos voces de júbilo al saber la noticia. ¡Un niño! Lo que quedaba era seguir orando para que este pequeño llegara sano y fuerte. Mi médico recomendó también una ecografía genética y posteriormente ecos tridimensionales, como parte de las rutinas de seguimiento. Al preguntarle qué médico recomendaba para estos exámenes, nombró a un gran amigo de mis padres. Esto los llenó de gran alegría ya que me acompañarían a estas evaluaciones.
Un Nombre para el Nuevo Integrante de la Familia
Mi esposo y yo habíamos conversado un poco sobre el nombre del bebé. Habíamos acordado que llevaría el nombre de “Antonio, “ en honor a la promesa que había hecho. Si era una niña, la llamaríamos Antonella. Como mi esposo se llama Luis José, pensábamos que, si era varón, se llamaría José Antonio.
Ahora era una realidad. El milagro de la vida tenía nombre. José Antonio pronto estaría en nuestros brazos.

Nuevas Evaluaciones, Nuevas Esperanzas
El día de la ecografía genética había llegado. Siempre a mi lado, mis padres vieron en esta cita un motivo de doble alegría. No sólo les permitía darme el apoyo que tanto necesitaba; tendrían también la oportunidad de reencontrarse con un gran amigo para ambos. Al momento de la consulta, los abrazos de años de amistad se hicieron presentes; no faltaron anécdotas que volvían frescas a revivirse entre cuentos y risas. Todo esto me aseguraba que Dios me guiaba a buenas manos.
Una vez hecho el eco genético, se corroboró el sexo del bebé y se observó cuidadosamente su condición. Se revisó las vías arteriales a su pequeño corazón, se tomó las medidas de sus órganos, se observó los huesos. Sólo hizo una observación. El cerebelo del bebé era un poquito más pequeño de lo normal. Agregó que estaba en el margen mínimo, pero que me daría otra cita para el eco tridimensional. Este último se haría pasadas tres semanas, esperando a que el bebé creciera un poco más y así poder hacer seguimiento. Su tono no era uno de preocupación. Al contrario. Nos indicó que el niño estaba creciendo bien.
Una semana después, mi padre me hizo otra evaluación ginecológica. Él como especialista deseaba ver a su nieto. No notó nada fuera de lo común. Ya nos acercábamos al séptimo mes y era momento de hacer la ecografía tridimensional.
Mientras, mi esposo y yo, comenzamos a decorar el cuarto para José Antonio. Las paredes eran celestes y blancas. Lo decoraríamos con trenes. Ahí estaba ya su cunita, una mecedora para cuando lo tuviera que amamantar. También una mesita para cambiar sus pañales. En el armario, comenzábamos a colocar algunas ropitas para él. A veces, cuando mi esposo llegaba del trabajo, nos sentábamos en este cuarto, fantaseando juntos la llegada de nuestro hijo. Añadimos su coche, y poco a poco los biberones y todo lo que pensamos sería necesario. ¡Lo habíamos logrado! ¡Sólo dos meses más!
Al preparar los detalles para recibir a nuestro hijo, una alegría inmensurable llenaba nuestros corazones. Era como si el sol no dejaba de brillar cada día; los días eran gozosos, cargados de amor y fe.
Con el pasar de los días, había planificado una fiesta para la llegada del bebé, o baby shower. Con mucho cariño, preparé los dulces, canapés, torta y otros alimentos que degustaríamos. Mi esposo, se había encargado de la música para amenizar una hermosa reunión que contó con la presencia de los familiares y amigos más allegados. Los abuelos se encargaron de decorar, y mis padres compraron los recuerditos de la fiesta. Entre juegos y risas, regalos y los mejores consejos, pasamos una velada inolvidable, que indicaba que muy pronto José Antonio estaría con nosotros.
A las 34 semanas de gestación tuve mi cita para el eco tridimensional. Me sentía mal de salud. Las náuseas y el dolor en mi estómago me agobiaban. El dolor de cabeza no me dejaba tener los ojos abiertos por mucho tiempo. No había aumentado mucho de peso en este trimestre. La tarde se hizo muy larga. Mientras esperaba, la secretaria del doctor me informó que no podría ser atendida. La paciente anterior había tenido una emergencia médica y el doctor entraría a quirófano. Se pospuso mi evaluación y regresé a casa a tratar de descansar un poco.
Dificultades Inesperadas
Las celebraciones de fin de año estaban en el ambiente, y pasamos momentos familiares muy amenos, sin dejar de pensar que pronto tendríamos en casa al regalo que Dios nos había enviado.
Al pasar las festividades, un día de enero, mi hija me había pedido que la llevara a comprar una hamburguesa, en un restaurante de comida rápida. Al ver la foto de una hamburguesa con doble queso, tocineta, y vegetales, decidí comprarme una. ¡Qué mala elección! Me dejé llevar por mis deseos y no por mi condición estomacal.
Regresamos a casa. Cuando llegó mi esposo, mi condición había empeorado. Volvía a sentir ese dolor punzante que me había afligido durante las vacaciones con mis padres. El lado derecho de mi cuerpo se paralizaba ante el avance del dolor. Al comunicarnos con nuestros padres, la orden fue llevarme a la clínica lo antes posible. Al ingresar en la unidad de emergencia, comenzaron las preguntas de rutina:
—“¿Qué comiste?”
—“¿Desde cuándo tienes este dolor?”
—“¿Dónde sientes dolor?”
Para que cesara el dolor, me colocaron un protector gástrico y otras medicaciones. El doctor le comentaba a mi esposo que era algo común en las mujeres embarazadas sufrir de acidez. A las 2 de la madrugada, el doctor de guardia nos dice que podemos regresar a casa. A pesar de no sentirme recuperada totalmente decidí ir a casa.
A las 2:30 am llegamos a casa. Fuimos a la habitación para poder descansar. Al acostarme en la cama, el dolor volvió con mayor fuerza.
—“¿Cómo puedes sentir dolor?” – me preguntaba mi esposo. “Hace unos pocos momentos recibiste medicamentos de forma endovenosa”.
Al ver su rostro perplejo ante mi situación, pensé que lo mejor era tratar de descansar. Tomé un jarabe antiácido y protector gástrico que tenía en casa. A las 6:00 am, mi esposo se levantó y me halló adolorida. Su preocupación aumentó.
—“Tengo una reunión muy importante con mi jefe hoy. De esta reunión dependen muchas cosas en el trabajo.” A esto agregó, “En caso de cualquier emergencia, o si el dolor continúa, me llamas inmediatamente”.
Eran las 10:00 am. El dolor había empeorado.
—“Amor, tienes que venir a casa, por favor”.
—“¿Cómo estás? ¿Qué está pasando?”
—“No es normal tener un dolor tan intenso. Algo está pasando. Es un dolor que abraza el lado derecho de mi cuerpo”.
—“¿Cómo puede ser esto una acidez? Iremos a la clínica inmediatamente. Estoy de salida”.
Mis padres nos siguieron hasta el centro médico. Al entrar nuevamente en el área de emergencia, algunos de los doctores me reconocieron. Era la misma paciente que había estado en la sala unas horas antes. Al ver que el dolor no cesaba, una especialista en gastroenterología vino a evaluarme. Hizo una ecografía y vio la causa del dolor. Mi vesícula estaba llena de cálculos.
—“Es una colecistitis aguda”.
—“¡Hay que hospitalizarla inmediatamente!”
—“¿Cuál es el mejor plan en su estado de gestación?”
—“Debemos tratar de mantener al bebé en el vientre lo más que podamos. Los ultrasonidos muestran que hay inmadurez pulmonar. No es conveniente sacar al bebé”.
Estuve hospitalizada tres días. Me sentía muy mal. No podía comer absolutamente nada, me mantenían hidratada por vía endovenosa. El dolor sólo cedía por algunos minutos. Las noches eran interminables y mi cuadro estaba complicándose. Mis padres sugerían hacer una cesárea de emergencia. Sin embargo, el centro donde me encontraba no tenía cupo en terapia neonatal, la cual por ser un prematuro la necesitaría al momento de nacer.
Contra opinión médica fui trasladada a otro centro donde se podría hacer esta cesárea. El riesgo de mortalidad era muy alto, tanto para José Antonio, como para mí. Clínicamente, todo se estaba complicando. Los movimientos del bebé eran desesperados. El doctor del centro médico donde me encontraba, pensaba que yo estaba un poco “aprehensiva” y que lo mejor era esperar. Sin embargo, había un gran riesgo a que este dolor se convirtiera en una complicación que podríamos pagar, el bebé y yo, con nuestras propias vidas.
A las 10:00 pm fui llevada a la clínica donde sería atendida de emergencia. Nuevamente me colocaron calmantes. En este momento, los médicos se reunieron con mi esposo y mis padres para discutir mi caso:
—“Haremos una resonancia magnética para poder visualizar las vías biliares, páncreas y vesícula. Después de la evaluación podremos saber con más certeza qué camino tomar”.
Pronto me introdujeron en un largo túnel. Llevaba un chaleco de plomo para proteger al feto. Una vez realizada la resonancia, se reunió nuevamente la junta médica con mi padre y mi esposo.
—“La resonancia muestra que los cálculos están bajando por el colédoco hacia el páncreas. Si ella hace una pancreatitis aumenta el riesgo de muerte”.
—“¿Haremos entonces la cesárea de emergencia?” – preguntó mi padre.
—“Mañana procederemos,” contestó el doctor. “En el caso que tengamos que decidir entre la vida del feto o de la madre, salvaremos la de la madre”.
El agua caliente recorría mi cuerpo aliviándome un poco del dolor. Sin embargo, mi mente estaba fija en el momento de la intervención quirúrgica. Necesitaba mantener la esperanza viva en medio de todas las tormentas.
3
Mi Nacimiento
Se nos pone en situaciones para construir
nuestro carácter, no para destruirnos
–Nick Vujicic
Era la 1:30 pm y ya era el momento de entrar al quirófano. Mi padre, por ser médico, entraría conmigo. El plan era sacar al bebé y posteriormente retirar mi vesícula por medio de una laparoscopia.
La anestesióloga preparó la epidural y me pidió que me colocara en posición fetal.
—“Valmy, es importante que no se mueva. De otra forma tendremos que reiniciar el procedimiento”.
Escuchaba atentamente las indicaciones, sin embargo, al primer intento me moví. La anestesióloga trató nuevamente de insertar la aguja entre las dos vértebras, y yo nuevamente me dejé vencer por los nervios.
—“Valmy, voy a hacer un último intento. Si te mueves otra vez no podremos colocar la epidural, y la única opción restante va a ser una anestesia general en la que pondremos en mayor riesgo tu vida y la de tu bebé. Trata de resistir un poco y colabora conmigo para que todo salga bien”.
Saqué fuerzas de donde no las tenía. Finalmente, no me moví y ella pudo colocar la epidural. Al colocarme en la cama del quirófano, todo empezó a nublarse. Las náuseas incrementaban. Sólo alcancé a decirle a mi papá, quien estaba a mi lado: “Papi, me siento muy mal. Me estoy yendo”.
—“¡Valmy escúchame!” – intervino la anestesióloga. “Tienes la mínima en 3, lo que es una presión arterial muy baja. Ya te estamos asistiendo”.
—“¡Corten y saquen al bebé rápido!” – dijo angustiado mi padre.
Todo se hizo contra reloj. Mi presión arterial había bajado mucho y el bebé estaba en mi vientre. A las 4:10 pm habían terminado con la cesárea. Sólo escuché una diminuta vocecita pero mi bebé no había llorado. Esto me empezó a preocupar.
—“Papi, ¿está todo bien? No escuché llorar al bebé”.
—“Tranquila hija,” respondió nerviosamente. “Es un catire hermoso. Los médicos lo están limpiando”.
Mi padre sólo quería tranquilizarme, sin darme explicaciones de lo que estaba sucediendo. Sin embargo, algo me angustiaba. ¿Cuándo lo traerían para que yo lo viera? Siempre les colocan el bebé a sus madres al momento de nacer; pero ese momento no llegó para mí. Nunca estuvo en mis brazos al nacer. José Antonio había sido llevado a terapia intensiva.
Al preguntar por mi bebé, los médicos procedieron a colocarme la anestesia general y seguir con el proceso para retirar la vesícula. Cuando abrí nuevamente mis ojos estaba en una sala de recuperación con una cobija térmica; tenía muchísimo dolor. Mi padre estaba a mi lado. Me había acompañado en todo momento.
—“Papá, ¿Cómo esta José Antonio? ¿Está vivo?”
—“Hija es un rubio hermosísimo. Tiene tus ojos claros. Los cabellos son cobrizos y abundantes. Es idéntico a ti cuando estabas pequeñita”.
Dios me había dado un varón, y con el color de mis ojos, tal como había pedido. Pero mi corazón de madre no dejaba de clamar por la vida de mi pequeño, deseando que todo evolucionara satisfactoriamente.
Terapia Intensiva
Entre tanto, mis padres y suegros, junto a mi esposo, se hallaban en terapia intensiva junto a José Antonio. Los médicos se reunieron con ellos para poder informarles el estado del niño.
El neonatólogo, quien era gran amigo de mis padres, les mostró el cordón umbilical de José Antonio. Anatómicamente, un cordón normal tendría dos arterias y una vena, pero el de mi bebé tenía una arteria y una vena. Esto se traduciría en la posibilidad de problemas de malformación cromosómica, defectos renales, defectos en la anatomía del corazón, y otros problemas. Un cuadro nada alentador.
El médico también les mostró que mi hijo había nacido con una malformación en su pabellón auricular izquierdo, el cual no se había desarrollado de forma completa, y no se sabía con exactitud cómo se encontraba su oído. Esto también podía indicar algún problema de tipo renal. Aunque pareciese increíble de creer, esta mal formación no fue visualizada en los ecosonogramas de control, por ninguno de los especialistas que me atendió.
José Antonio había nacido sin reflejo de succión, por lo que no podría alimentarse por sus propios medios. Por ello, se le colocó una sonda orogástrica que viajaba directamente al estómago para alimentarlo. Algo que también había llamado la atención de los médicos era una parálisis facial. Su respuesta al dolor y movilidad eran escasos, y por su inmadurez pulmonar presentaba un trastorno respiratorio que culminó en neumonía. Sin embargo, no hubo necesidad de intubarlo para ayudarlo a respirar, sólo se le colocó una mascarilla de oxígeno.
Mi esposo estaba en una encrucijada de sentimientos. Por un lado, la alegría de tener a su hijo, pero al mismo tiempo, la gran incertidumbre sobre su condición. Como padre, aún no procesaba todo lo que los médicos le habían comunicado. Sólo esperaba que su pequeño saliera pronto de todos esos cables y monitores a los cuales estaba conectado. Se veía tan pequeñito, tan indefenso en esa incubadora.

Al ser trasladada a mi habitación vi la presencia de mis familiares y amigos cercanos. Me sentía muy adolorida. En mi abdomen tenía cuatro curas que correspondían a mis heridas. Una de ellas era la de la cesárea a nivel pélvico, otra herida estaba a nivel umbilical, la tercera en la parte superior de mi estómago y finalmente, otra en el lado derecho de mi abdomen, donde tenía una sonda que drenaría los líquidos que se resumen por la intervención. Esta sonda era sumamente dolorosa; si hacía un mal movimiento, sentía un dolor punzante, agudo. A esto se aunaba una serie de medicamentos suministrados por vía endovenosa, además de antibióticos, calmantes, etc.
Sin lugar a dudas, estos momentos formaban parte de una de las pruebas más difíciles que hayamos pasado como familia. Jamás me había sentido tan cercana a la muerte como en esta circunstancia.
Preguntas sin Respuestas
Mientras tanto, muchas interrogantes pasaban por nuestras mentes: “¿Qué está sucediendo?”, “¿Cómo pudo ser posible que en ninguno de los exámenes y ultrasonidos se viera que el bebé tuviese una arteria única?”, “Todas las ecografías mostraban el desarrollo de un niño regular, ¿Por qué ninguno de los médicos tratantes pudo ver que había una malformación en su pabellón auricular izquierdo?” Estas y otras interrogantes gravitaban por nuestras mentes; nos preguntábamos una y otra vez, en qué habíamos fallado, el porqué de tantos diagnósticos negativos. Muchas de estas preguntas quedaron sin respuesta por mucho tiempo. Esto era sólo el comienzo de aquella decisión que habíamos tomado mi esposo y yo, cuando aceptamos que todo era un milagro.
Quedaban aún por responder dos grandes enigmas para nosotros como padres: “¿Qué podemos hacer ahora por nuestro hijo?” y “¿Cómo solucionar todo esto?”
Mi esposo visitaba diariamente al bebé en terapia intensiva. Su pequeño príncipe yacía en una incubadora y las enfermeras lo colocaban en sus brazos para que lo cargara y acariciara. Mientras estaba en su incubadora, mi esposo le hablaba, le leía cuentos, compartía momentos que, aunque difíciles, eran preciados.
A pesar de estar en un ambiente hostil y frío, lleno de ruidos de los monitores de las incubadoras, mi esposo trataba de ser el mejor padre y apoyo para su pequeñito. Como área de cuidados intensivos, las normas son bastantes estrictas en cuanto al ingreso, la higiene necesaria, y la vestimenta especial en dicha área. Sin embargo, esta sala era lo más cálido que tenía papá para encontrarse con su bebé; donde el colecho los haría una sola persona.
José Antonio comenzó a complicarse con una neumonía, y estuvo bajo tratamientos para controlar la infección. Posteriormente, presentó una infección urinaria. Estas infecciones se debían a mi infección e inflamación de vesícula al momento de su nacimiento. Al momento de salir de mi vientre, aspiró el líquido amniótico y las complicaciones siguieron.
Al tercer día de mi hospitalización mi estado era muy delicado. Mi recuperación era lenta y mi movilidad casi nula. Finalmente, me llevarían a conocer a mi hijo. Una vez que fui preparada para entrar en el área de terapia, fui trasladada en una silla de ruedas hasta su incubadora. No podía pararme a alcanzarlo. Allí estaba mi pequeño de 43 cm. al nacer y un peso de 2 kg 340 gramos. Un sinfín de cables, monitores que medían la saturación de oxígeno en su sangre, una sonda que salía de su boquita, un tensiómetro, y más instrumentos, rodeaban su cuerpecito. Él sólo dormía. Al verlo, mis lágrimas corrieron desconsoladamente.
—“¿Podrá sobrevivir a tantas complicaciones?”
—“Tranquila amor, vamos a salir de esto con bien” – afirmaba mi esposo mientras me sostenía en sus brazos.
—“Sra. Valmy, no debe llorar delante del bebé” – intervino la enfermera. “Ellos perciben todo y esto no le hace nada bien. Él está luchando así que hay que darle mucho ánimo. ¿Lo desea cargar? El contacto con su mami será completamente favorable para él”.
La enfermera tomó a José Antonio y lo colocó en mis brazos. ¡Oh, cuántas ganas tenía de cargarlo, de besarlo! ¡Era tan frágil e indefenso! Sin embargo, este pequeñito luchaba por quedarse con nosotros.
—“Eres nuestro milagro y vas a salir de esto” – susurré a mi pequeño. “Dios está contigo. Te amamos y haremos todo lo posible para regresar a casa felices por tu llegada tal como lo soñamos”.
“No puedo respirar…”
Al cuarto día de mi operación, dos médicos cirujanos me informaron que quedaban cálculos en el colédoco, y que estos cálculos amenazaban con una pancreatitis. Al ver el riesgo que corría, los doctores decidieron realizar una pancreatografía para determinar la presencia de cálculos, la cual fue positiva en mi caso y por lo cual tuve que ser trasladada a otro centro de salud en una ambulancia para ser intervenida nuevamente y retirar los cálculos que habían quedado. Mi padre nuevamente me acompañó en el quirófano. Todo había salido bien y sería llevada al primer centro donde había estado hospitalizada.
Después de esta operación me sentía completamente diferente. Si bien mi movilidad era limitada, el malestar pasaba lentamente. Los medicamentos se me suministraban por vía endovenosa en mi antebrazo izquierdo, y ahora una segunda vía se había utilizado en mi antebrazo derecho para la anestesia durante la última cirugía. Cuando llegara a la clínica donde me hospitalizaba, ésta debía ser retirada.
Mi padre, quien había estado conmigo todo ese día, iría a casa a descansar un poco. Mi madre viajó conmigo en la ambulancia, mientras que mi esposo y el resto de los familiares llegaron en auto hasta la clínica. En mi habitación, una enfermera de turno, reconectaba las vías endovenosas para pasar mis medicamentos.
—“Esta vía – señalando mi antebrazo derecho – no es de aquí. Deben retirarla. No sé por qué la dejaron si no pertenece a mis tratamientos”.




