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Este camino podemos verlo claramente no solo en los cuentos de hadas sino también en los grandes referentes de nuestra historia. Ahora bien… ¿qué tal si lo buscamos en nuestra vida? ¿Qué tal si decidimos elegir nuestras propias aventuras? Aquí es donde aparece lo interesante. Si hacemos un pequeño análisis retrospectivo, todos y cada uno de nosotros encontraremos pequeñas experiencias, “aventuras” que nos convirtieron en pequeños héroes o heroínas de nuestras vidas. Y no me estoy refiriendo a cosas sobrenaturales o maravillosas. Me refiero a cosas cotidianas que nos obligaron a recorrer un camino hasta convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.
El primer día de escuela teníamos miedo de soltar a mamá, el lugar no se veía como nuestro hogar, estaba atestado de niños que tenían costumbres distintas a las nuestras y todo era incierto y hasta temeroso para muchos de nosotros. Pero entonces, a fuerza de asistir a clases y animarnos a relacionarnos con nuestros compañeros, vivimos todo tipo de momentos y aventuras que enriquecieron nuestros años de formación. Al finalizar la escuela, crecimos, no solo en conocimiento sino en experiencia. Sale de la escuela una versión evolucionada de mí respecto a la que ingresó. ¡He aquí un pequeño acto heroico!
Veamos otro ejemplo: Aprendimos a conducir un auto y de a poco nos animamos a recorrer la ciudad, visitar nuevos lugares y así expandir nuestra visión del mundo conocido. Entonces, un día aparece un hecho inesperado: nuestro auto tiene una avería y se queda parado en medio de la calle. ¡Miedo! ¿Quién puede ayudarme? Se nos llena el cuerpo de nervios, buscamos ayuda en nuestro seguro que algunas horas después aparece para remolcarnos hasta casa. Días después el auto es arreglado en el taller y podemos retomar nuestro ritmo de vida habitual. Superamos un pequeño desafío y seguramente tomaremos los recaudos necesarios para que no vuelva a suceder. Pero la próxima vez que suceda (y dalo por seguro, sucederá), una versión evolucionada de nosotros se hará cargo del asunto y el miedo y los nervios es posible que ya no tengan tanto efecto sobre nosotros.
Crecemos a fuerza de exponernos a lo desconocido. ¡Nos fortalecemos a fuerza de exponernos a lo inesperado! Lo repetiré una y otra vez en este libro. Ya sea que estemos exponiéndonos a una gran aventura, o un simple problema doméstico, es solo a través de nuestra actitud de asumir la experiencia y atravesarla que nos convertiremos en seres evolucionados, mejor preparados para las vicisitudes futuras. Quien evita exponerse a lo inesperado, pospone su crecimiento. Y quien pospone su crecimiento… se pospone a sí mismo: nunca sabrá realmente quién es y de qué es capaz.
La variable inevitable
Antes de continuar me gustaría detenerme por un momento sobre una variable en esta ecuación que quizás estés pensando que quiero evitar, pero no lo haré: el sufrimiento.
“¡Ey! ¡Evitamos lo inesperado porque no queremos sufrir! ¡Sufrir es horrible!”.
Verdad. El sufrimiento es feo, ¿quién quiere sufrir? ¿quién quiere pasarla mal en esta vida? ¡Nadie en su sano juicio! Sin embargo… ¿es posible llevar adelante una vida sin dolores? Probablemente no. Porque el dolor es una condición tan humana como la felicidad. Pero cuando se trata de trazar planes de acción para evitar el dolor, la estrategia de minimizar la exposición a lo inesperado puede tener consecuencias terribles. Veámoslo de esta manera, cuando evitamos exponernos a lo inesperado canjeamos la posibilidad de un dolor (que tiene principio y fin, como todo en esta vida) por un sufrimiento más “light” y subyacente, ese que sobreviene cuando tenemos una vida monótona y aburrida, sin desafíos, sin oportunidades para revelar lo que verdaderamente somos capaces de ofrecer. Un sufrimiento que no tiene mucha prensa ni visibilidad, porque solemos taparlo con consumo, series y hábitos improductivos como chequear doscientas veces por día el celular. La desmotivación, la falta de ganas, el aburrimiento excesivo, la falta de ideas, la carencia de entusiasmo son todas formas de sufrimiento subyacente que pueden apagar la luz de nuestros días hasta opacar la vida por completo. Algunas personas atraviesan periodos de crisis que las llevan a tomar determinaciones hacia caminos inesperados. En el medio sufren, se superan, aprenden y se convierten en personas evolucionadas y fortalecidas. Otras, hacen todo lo posible por evitar las crisis minimizando la exposición a nuevas aventuras. Esas son las que se pasan la vida mirando por YouTube como el resto vive… pero pensando muy de vez en cuando, quizás, si la vida no les deparará “algo más” para ellos también.
El sufrimiento es tan real como la vida misma y sucederá. Podemos levantar muros y vallados para evitar las situaciones que nos generan dolor “desde afuera”, pero nada podemos hacer con el sufrimiento que surge desde adentro. Si no somos sinceros, honestos y pacientes con nosotros mismos, entonces estaremos generando nuestro propio sufrimiento y en nuestro universo interior no hay demasiados muros que nos protejan. Todos sabemos que dentro de cada uno de nosotros se encuentra nuestra versión más vulnerable. ¡Y está bien que así sea! Porque es esa vulnerabilidad la que nos permite conectarnos con nosotros mismos y con el mundo. Ser sensibles a lo que sucede, a lo que nos sucede y hacer algo con ello. Aunque intentemos mostrarnos fuertes e inquebrantables, lo cierto es que todos somos vulnerables y permeables a las diversas experiencias de la vida y, quienes no puedan percibir esta realidad, estarán sencillamente cerrando sus ojos a la maravilla de la existencia humana.
En definitiva, la cuestión no se limita a si sufrimos o no. Sufrimos, hemos sufrido y sufriremos. ¡Lo llevamos prácticamente codificado en los genes! Hace miles de años, cuando los seres humanos andábamos descalzos y en contacto directo con la naturaleza, era una tarea fundamental para nosotros salir a cazar/recolectar para obtener alimento. Más de una vez se nos habrá cruzado alguna bestia como un oso o un lobo, y ahí nuestro mecanismo de supervivencia nos incentivó a correr, escondernos en la cueva y quedarnos quietos a oscuras y en silencio, quizás por días, esperando a que el peligro pasara. Hoy, cuando andamos por la vida y alguien o algo se nos presenta como una amenaza (una crítica de un jefe, un amor que nos deja, un proyecto que fracasa, algo que no sale como soñamos) hacemos exactamente lo mismo: nos refugiamos en nuestro cuarto y nos quedamos muchas veces a oscuras, a solas con nuestros pensamientos, quizás por días, hasta lograr reponer nuestras energías y nuestras fuerzas para volver a salir a la vida. Así manejamos el asunto; forma parte de nuestra naturaleza humana.
Ahora bien, ¿qué tal si hay algo de valor en el sufrimiento? ¿Qué tal si podemos poner el sufrimiento al servicio de algo más? Todos nuestros dolores, nuestros miedos, nuestros bloqueos, nuestras dudas e incertidumbres frente a lo misterioso pueden ser bien utilizados en función de recalcular la dirección de nuestra vida. “Si hay miedo, por ahí es el asunto” dice un viejo dicho popular. Si sufro, si temo, si algo me bloquea es porque algo de todo eso tocó algo roto en mí. ¡Ay, cómo duele! Lloro, me recluyo, me enojo, descanso, me voy reponiendo un poco cada día y me hago la pregunta del millón:
¿Cómo puedo arreglar esta parte rota mía de forma tal que en el futuro pueda atravesar mejor estos hechos que me hacen sufrir?
El mito del robo del fuego
Algo absolutamente fascinante de la historia de la humanidad son sus mitos; historias y leyendas que se pasan boca a boca por generaciones en las diversas culturas del mundo y que por lo general ocultan alguna sabiduría esencial que nos ayuda a avanzar en la vida. Al estudiar la mitología universal, descubrimos que hay mitos muy similares, incluso entre culturas distantes. Eso nos habla de una sabiduría esencial en el ser humano que se revela de manera completamente natural.
Uno de esos mitos es el del “robo del fuego”, al cual podemos acceder a través de la mitología griega con la historia de Prometeo, la mitología nórdica, las tribus ojibwa del norte de América o las tribus wichis del norte argentino. Voy a contarles una versión reducida de la historia que contaban los wichis por una cuestión de proximidad geográfica… y porque me gusta mucho.
Hace muchos años, un terrible incendio quemó toda la tierra. Poco a poco la vida volvió a crecer. Pero, mientras esto sucedía, el sol, al ver el desastre ocurrido, decidió quitarles el fuego a los seres vivientes al considerarlos demasiado egoístas por tratar de adueñarse de él. La vida entonces se volvió bastante complicada, ya que en ese momento el fuego se utilizaba para calentar y cocinar los alimentos. Parecía no haber solución, hasta que descubrieron que había un ser que había logrado guardarse un poco de fuego para sí mismo: el temible y peligroso Yaguareté.
Los animales de la aldea intentaron de todo para convencer al Yaguareté de que les diera un poco de fuego, sin demasiada suerte. Fue entonces cuando decidieron abordar otra estrategia. Enviaron a un “tucu tucu” (un simpático roedor de la zona) a robarle el fuego, pero el pobre bicho volvió todo maltrecho y con las manos vacías al ser atrapado por el Yaguareté. Viendo esta situación, el conejo se armó de coraje y se voluntarió para el caso. Pero a diferencia del “tucu tucu”, que no fue precavido en su misión, decidió elaborar una estrategia con mucha dedicación, y luego actuó. Se acercó al Yaguareté con algunos peces que había pescado para ofrecérselos como regalo. Un poco sorprendido, el Yaguareté terminó aceptando: “Déjalos en el suelo y vete”, le respondió. El conejo, que tenía un as bajo la manga, se ofreció muy amablemente a cocinárselos. El Yaguareté aceptó, pero el proceso de cocinar esa pesca se estaba volviendo largo y aburrido. El Yaguareté comenzó a bostezar, dormitaba de a ratos y, aprovechando su distracción, el conejo robó una braza que guardó en la bolsita de piel debajo de su mandíbula y salió corriendo.
Al darse cuenta de esto, el Yaguareté salió en su búsqueda y lo alcanzó. El conejo se sintió atrapado y no tuvo mejor reacción que soltar la braza hacia los yuyos aledaños. Entonces todo empezó a prenderse fuego. Y ahí comenzó el desmadre: llegaron animales de todos lados a robarse un poquito de fuego mientras el desconcertado Yaguareté intentaba apagar el incendio para quedárselo todo para él.
Desde entonces, el fuego volvió a ser de todos y el conejo de la provincia del Chaco tiene una pequeña mancha blanca en su garganta como recuerdo de su hazaña. La leyenda cuenta que el fuego terminó metiéndose dentro de los árboles, razón por la cual cualquiera puede “convocarlo” frotando algunas ramitas sobre hojas secas.
El mito del robo del fuego es una historia fantástica que encierra innumerables enseñanzas, y que quizás podemos resumir de la siguiente manera:
El fuego que nos empodera muchas veces está oculto detrás de aquello que nos genera temor y nos paraliza. Darnos cuenta de esto es revelar el misterio de la próxima aventura por asumir, aventura para la cual debemos prepararnos y actuar con inteligencia. Solo con coraje no alcanza: quienes intentan robar el fuego sin la estrategia necesaria fracasan en su afán. Quienes tienen la estrategia, pero carecen del coraje nunca llegan a resolver la situación. Se trata de una combinación de ambos factores la que nos permitirá robar el fuego para luego hacer algo más con él. Las almas nobles ponen ese fuego al servicio de quienes los rodean, haciendo que los efectos de su acto heroico se multipliquen de manera impredecible. Finalmente, robar el fuego deja una marca imborrable en nuestras vidas ya que nunca somos los mismos luego de animarnos a un desafío.
Todo comienza con una elección
Como verás, mi estimado lector o lectora, estoy dándole vueltas al mismo asunto desde diversos ángulos para llegar siempre al mismo punto. Aquello que no queremos ver, aquello que nos resulta misterioso, que nos llena de dudas, temores e incluso dolores, aquello que forma parte del “lado b” de la vida puede bien ser aquello que nos indique el camino a seguir. Una especie de “mapa de referencia” para continuar dando pasos, creciendo, creando, creyendo en nosotros. Se trata de sintonizar un poco más con lo que no vemos pero percibimos que allí está, de forma tal de revelar el misterio para apoderarnos de su magia. Cuando una persona logra revelar el truco del mago, no solo hace que el truco tenga un menor efecto de sorpresa, sino que adquiere la magia y puede utilizarla para sorprender a otras personas. Lo mismo sucede con nosotros y nuestros misterios: en la medida en que los vamos revelando, que nos animamos a acercarnos para robar su fuego, su efecto temeroso y paralizante va disminuyendo, y nos adueñamos de la magia. Ahora podemos ponerla al servicio de algo más.
El “pack de la vida” incluye convivir con el miedo, la duda, el dolor y el sufrimiento. Y como seres humanos, tenemos dos opciones: cerrarnos a esas experiencias y dejar que el temor genere más temor dentro de nosotros, o poner esas experiencias al servicio de algo más. Transitarlas de la manera más despierta y consciente de forma tal que podamos revelar el truco para potenciarnos y continuar creciendo como personas. Lo que estoy proponiendo es que tengamos una aproximación creativa no solo con las cosas conocidas que nos generan interés y seguridad, sino también con aquellas cosas que forman parte de la vida pero que no siempre podemos (o queremos) ver.
Este es un libro sobre robar el fuego. Sobre cómo usar el atemorizante poder del misterio a nuestro favor. Aprender a revelar sus trucos para hacer que el miedo se convierta en un aliado de nuestro crecimiento. En los próximos capítulos aprenderemos todo cuanto puede conocerse respecto a aquellas cosas que nos generan miedo e incertidumbre, nuestros propios dragones y fantasmas, pero también te ofreceré algunas herramientas que en lo personal me han ayudado muchísimo a hacer mi propia tarea. Herramientas para explorar el camino de los misterios, reconocer al monstruo (solo para descubrir que su sombra era mucho más grande de lo que la proyectaba), robarle el fuego, aprender y continuar avanzando a fuerza de paciencia y amor propio. Es un libro acerca del coraje de adentrarnos en nuestro laberinto interior para poder así recorrer el enorme laberinto exterior que es la vida, utilizando un arma fundamental: nuestra curiosidad. Comencemos con algunos ejercicios bien sencillos.
¡Manos a la obra!
1Vamos a comenzar mirando hacia atrás y nos tomaremos algunos minutos para reflexionar sobre nuestra historia. ¿Tienes recuerdos de las veces que te hayas animado a algo? ¿Cómo te sentías antes y después de cada suceso? ¿Qué tan atemorizantes se veían esos fantasmas?
2Volvamos al presente. ¿Cuáles son tus fantasmas hoy? ¿Cómo te hablan? Haz un listado de frases atemorizantes. Tomate un rato para escuchar esa voz interna que no quiere, que tiene miedo y presta mucha atención a sus palabras.
3¿Cómo se ven tus miedos y limitaciones de hoy? ¿Son imágenes? ¿Son situaciones? ¿Son escenas? ¿Los ves “desde adentro” o “desde afuera” (como si fuera una película)?
4Ahora miremos al futuro: ¿Qué harías si no tuvieras las limitaciones de hoy? ¿Tu plan de vida sería diferente? ¿De qué manera?
5Tu “yo” de dentro de diez años seguramente habrá superado muchas situaciones difíciles y temerosas: ¿qué habilidades te gustaría haber desarrollado para entonces? ¡Ya estamos revelando algunas señales que nos indican el próximo paso!

Somos lo que
nos espera
Los misterios forman parte de nuestra vida.
¡Deja que sean tu guía!
¿Cuál será tu estrategia?
¿En dónde están los dragones en la aventura de tu vida?
¡Posponer es posponerte!
¡Anímate a imaginar lo que aún no eres!
Crecemos a fuerza de exponernos a lo desconocido.
Cuando salimos del mundo conquistado, descubrimos que somos más de lo que creemos ser.
Todo lo que nos sucede puede formar parte de un plan.

Si quisiera, podría hacer el ejercicio de mirar hacia atrás y ver el transcurso de mi vida como una sucesión de preocupaciones. Lo sé, es un ejercicio poco alentador, pero estoy seguro de que es posible, y que mi estimado lector/a podría hacerlo también.
Mis primeras preocupaciones se remontan a la niñez y el período escolar. Recuerdo que los domingos a la noche ya me preocupaba que llegara el lunes y vuelta a levantarme temprano para ir todo el día a la escuela (no me gustaba mucho ir al colegio de niño). Luego me preocupaban los exámenes, me preocupaba tener que levantar la mano para hablar frente a los otros niños (por eso pocas veces lo hacía), y me preocupaba tener que hacer la tarea cuando llegaba a casa. Pero mis primeras preocupaciones no fueron solo con la escuela, recuerdo que cuando mi padre o mi madre enfermaban, me preocupaba por ellos, temía de que no estuvieran por siempre a mi lado. Más adelante siguieron nuevas preocupaciones: cuando se rompía mi computadora, entrar a la universidad, alguna amistad rota, cuando el automóvil no funcionaba bien, ganar suficiente dinero para pagar el saldo de la tarjeta de crédito del mes, y un sinnúmero de etcéteras. Recuerdo que noté esto ya en mi adolescencia, luego de haber superado algo que me venía preocupando hacía mucho tiempo (si mal no recuerdo, era un examen que, si no lo aprobaba, debería hacerlo durante la temporada de verano, una verdadera tragedia adolescente). Lo aprobé. Había superado aquello que nublaba mi mente desde hacía tantos días y sentí por un instante la fresca brisa de la libertad interior. “¡Ah! Soy libre… que bien se siente esto. ¡Estoy más liviano!”, fue entonces cuando algo en mí despertó y me pregunté lo siguiente:
“Ok, sé que esto no durará para siempre. ¿Cuál será la próxima preocupación?”.
En ese momento, toda la libertad y la liviandad que me había ganado se desvaneció en un instante: me estaba preocupando sobre mis preocupaciones. Desde entonces, las preocupaciones continuaron formando parte de mis días (hasta la actualidad, vamos que no soy ningún ser de Marte), pero afortunadamente hoy puedo percibirlas como lo que realmente son: la parte de mí a la que le encanta jugar el juego del miedo.
La parte que no quiere
Cuando hablo sobre los procesos creativos y nuestras maneras de transitarlos, suelo jugar con la metáfora del ángel y el demonio en nuestros hombros; nuestra existencia se reduce muchas veces a una tensión entre dos partes que pujan por nuestra atención: la parte de nosotros que quiere y la parte de nosotros que no quiere.
La parte de nosotros que quiere es entusiasta. Le encanta salir a recorrer el mundo, conocer, aprender y hacer algo con todo ello. Es la parte de nosotros que ejerce la curiosidad cada vez que la dejamos, que le interesa comprender el porqué de las cosas porque entiende que hay algo atractivo y aventurero en todo ello. La parte de nosotros que quiere es aquella que –quizás muy de vez en cuando– nos dice “¡Ey! Qué tal si nos animamos a tomar una clasecita de teatro, ¿eh?” o “¡Vamos a crear un emprendimiento!”. Todos tenemos dentro de nosotros una “parte que quiere” que naturalmente sintoniza con la dinámica universal de las cosas. Si analizamos la historia del universo desde la explosión del Big Bang, de alguna manera todo está en permanente acomodo y evolución hacia algo más. Todo está avanzando, chocando, combinándose, creándose y recreándose para generar algo nuevo; ¡todo es creativo! Asimismo, hay una parte de nosotros que quiere formar parte de esa expansión universal y se manifiesta a través de la curiosidad, las ideas y las ganas de hacer que las cosas sucedan.
Pero no todo es color de rosa en esta historia, porque al otro lado de nuestra mente se encuentra la parte que no quiere. Se trata de esa parte de nosotros que evita lo nuevo o cualquier cosa que nos genere temor, duda o incertidumbre. Es esa parte de nosotros que cuando pensamos en una idea, inmediatamente se dedica a generar pretextos y excusas para evitar llevarlas a cabo.
“¿No te parece que es una muy mala idea?”.
“Nah, seguramente no tenemos lo que se necesita”.
“¡Es una tontería que solo a un tonto se le puede ocurrir!”.
“¡Quedarás en la ruina, solo y tirado en las calles por haber intentado hacer algo por tu propia cuenta! ¡Sigue a la manada! ¡Sigue a la manada!”.
Dicen que quien sigue a la manada no hace más que pisar la caca que esta deja tras de sí. Y esto es lo que generalmente sucede cuando le damos extrema importancia a la otra parte de nosotros: la que no quiere. Avanzamos por la vida aferrados a lo que conocemos, negándonos a cuanta oportunidad de crecimiento aparece, eligiendo los caminos conocidos, evitando lo nuevo, llenando nuestros días de ansiedad, vacío y aburrimiento.
La parte que no quiere quiere que te quedes como estás. De hecho, está un poco ofendida contigo por haber comprado este libro. Prefiere que nada cambie, porque si algo cambia, algo desconocido puede suceder y todo aquello que sea desconocido es un factor de amenaza. La parte que no quiere prefiere mirar series cuando tenemos tiempo libre. La parte que no quiere rompe ese nuevo hábito positivo que estabas intentando generar (resulta que habías tomado la decisión de salir a caminar veinte minutos todos los días, ¡y al tercer día ya tenías ganas de hacer otra cosa más cómoda en lugar de salir!). La parte que no quiere es muy creativa generando excusas para todo aquello que sea cambiar o intentar evolucionar. La parte que no quiere logra convencerte no solo con argumentos, sino también con imágenes mentales y hasta hechos en la realidad (a través de los sesgos cognitivos, filtros mentales que solo ven en la realidad aquellas cosas que comprueban tus creencias, por más erróneas que estas sean). Te ves fracasando, pasándola mal, teniendo vergüenza, como un perdedor o perdedora. La parte que no quiere te manipula a través de la culpa autoimpuesta: te recuerda que eres demasiado responsable de tu vida y que cualquier movimiento brusco es, sencillamente, un acto osado e irrespetuoso para los demás. Sí, leíste bien, para los demás. Porque a la parte que no quiere no le interesa tanto tu persona, sino la imagen que los demás tienen de ti. ¿Qué dirán cuando fracases? ¿Te seguirán queriendo? ¿Cómo tolerarás la situación de no ser aceptado? ¿Qué estarán pensando ellos de ti en este momento? (Nada, la mayoría de nuestros pensamientos son sobre nosotros mismos, ¡cada uno está en su mundo!).
Ahora bien, en medio de esta dualidad, de esta tensión interna entre el “yo expansivo” y el “yo conservador” que todos llevamos dentro, hay un tercer elemento que es, quizás, quien esconde el secreto hacia la solución de este dilema. Veámoslo de la siguiente manera: cada vez que se genera esta tensión entre ambas partes, nosotros tomamos partido por alguna de ellas. A veces nos animamos a las cosas, otras veces no tanto. Es como si ambas partes fueran en un automóvil, y a veces dejamos que una de ellas tome el volante y conduzca, y otras veces dejamos que la otra lo haga. Cada una de ellas tomará una ruta distinta y nos llevará a un lugar distinto. Ahora bien, cierto día nos damos cuenta de esta realidad (quizás te esté pasando en este mismísimo momento, ¡felicidades!) y el mero hecho de darte cuenta añade un tercer actor a la ecuación: la parte de nosotros que sabe que esto sucede. Es la parte que se da cuenta de que hay otras dos que hablan. Vendría a ser como una parte de nosotros que se ubica en el asiento de una conciencia superior y desde allí puede ver claramente como a veces te habla la parte “que quiere”, y otras veces te habla la parte “que no quiere”. Esta zona consciente es un potencial con el que todos contamos, pero no todos tenemos despierto y en ejercicio. “Darnos cuenta de que nos podemos dar cuenta” es probablemente una de las condiciones más poderosas del ser humano. Porque entonces, la próxima vez que hable la parte de nosotros que no quiere podremos responder:




