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Pero por otro lado, en las secuencias dialogadas, Aub renuncia a los eufemismos, los puntos suspensivos, o las iniciales seguidas de puntos suspensivos, es decir, los habituales límites ante los que se detenían los más atrevidos prosistas del realismo y el naturalismo, y que ya los menos escrupulosos «demagogos» habían empezado a traspasar. No obstante lo cual, cuando Aub se enfrenta a la impresión de su primera novela en 1943, y teniendo en cuenta lo que también había hecho en las otras dos novelas ya redactadas, se siente obligado a añadir en su prefacio una nota –la hemos transcrito en esta edición– para explicar y justificarse por la decisión de rebasar esos límites. Esta actitud podría resultar peregrina después de todo lo que se había escrito y publicado durante la guerra, y de la tendencia a abandonar los frenos del coloquialismo en la vida cotidiana de la República, relajación probablemente causada por el deseo de distanciarse del antiguo régimen en los usos y las costumbres, y que alcanzaría también a la progresiva liberación feminista. Y peregrina también porque, si bien Aub podía imaginar la brutal vuelta atrás causada por la represión franquista en todos los órdenes, incluyendo, evidentemente, todos los aspectos de la vida cotidiana –probablemente las noticias iban llegando a pesar de todas las dificultades causadas por la segunda guerra mundial–, era imposible pensar que sus novelas iban a tener pronto un público lector en España. No obstante, cabría imaginar que esta justificación fuera dirigida no a sus compañeros de exilio, sino al probable lector mexicano, cuyas buenas maneras los refugiados habían tenido sobradas ocasiones de observar y tal vez aprendido a respetar.42 En cuanto a la desaparición de todo el prólogo en la edición veracruzana, pudo ser abonada tanto por el cambio del proyecto como por la transformación sufrida en los usos literarios desde entonces, y que no ha hecho sino acentuarse hasta la actualidad, cuando ya no solo en la literatura para ser leída sino en la representada – teatro, guión cinematográfico– han saltado todas las barreras.43 Pero Aub aún no se permite entrar sin reservas en el territorio del léxico zafio y escatológico, y no renuncia, sobre todo cuando hablan el narrador o personajes del estamento intelectual burgués, al recurso a los eufemismos –a menudo novedosos– produciendo de esa manera un efecto contrastante, no exento de ironía.
Otra cuestión relacionada con la anterior es la preocupación del escritor por la originalidad, por la habitual búsqueda de un «estilo propio», a la que su generación estaba acostumbrada a partir de su admiración por las grandes figuras del 98. Tanto el narrador como los personajes que pertenecen al gremio se manifiestan a lo largo del Laberinto sobre esta cuestión, cuasi aporética, puesto que el escritor de este siglo es heredero de una larga tradición literaria que ha asumido como propia, y que, salvo en momentos de pasajera euforia,44 o cuando se quiere hacer de la necesidad virtud,45 no es renunciable, porque es el fundamento mismo de cualquier construcción literaria. Solo el que ha leído mucha poesía puede adquirir la suficiente maestría para crearla, y el reciente ejemplo del Premio Nobel Saramago, cuya maduración tardía es el efecto de su retraso en penetrar en el espacio literario, es suficiente prueba de que tampoco son posibles los «pastores novelistas», aunque sí los pastores sabios: que hay cultura sin literatura, aunque no puede haber literatura sin cultura literaria. La búsqueda de la originalidad es en la literatura la constante renovación del mito del vellocino de oro. Y más mítica parece cuanto más vieja es una cultura literaria.
Pero lo cierto es que la actitud pesimista que manifiestan a veces los personajes de Aub al respecto nos parece originada en otro mito por arraigado no menos falso: el que da metafóricamente a la lengua atributos que no le son propios: los de la condición biológica. Las lenguas no nacen, tienen una fase juvenil, maduran y acaban decrépitas para finalmente perecer. Son los nombres con los que las designamos los que mueren. El latín es el nombre que se le dio a un idioma enriquecido con aportes diversos, y que en su expansión y dispersión fue incrementándose y modificándose con aportes nuevos hasta una diversificación que rompía en vastos fragmentos su capacidad comunicativa, por lo que, en función de esta ruptura, fue perdiendo su nombre único, reemplazado por nombres que generalmente les dieron, como suele ocurrir, no quienes lo utilizaban sino sus vecinos que ya no les entendían.46 La vitalidad de las lenguas es la vitalidad de la especie humana: indefinida. Y el escritor abrumado por el peso de la tradición, si capta esa realidad, sea racional o sea instintivamente, acaba saliendo de esa forma desesperada que es el pastiche intencional que tanto ha dominado en el laberinto del arte contemporáneo, y recurre, tarde o temprano, a la fuente en la que el idioma está, como siempre, renovándose: en el habla de los menos sujetos a las disciplinas escolares, de los más ajenos a las normas académicas. O al menos, así ha sido hasta la terrible epidemia de alalia progresiva a la que están sometidos los países en los que los medios audiovisuales imponen su dictadura y reducen a las masas a espectadores mudos. Recientemente ha manifestado su desolación el novelista Félix de Azúa al comparar la volubilidad y riqueza expresiva de campesinos centroamericanos aún no sometidos a la universal dictadura del Gran Espectáculo Único, con los tartamudeos de nuestros más jóvenes retoños, ricos en euros y en juegos electrónicos.47 Pero este ya es otro universo que ni el narrador ni los personajes aubianos alcanzaron a ver. El pesimismo que tiñe las ideas literarias de sus personajes y del propio Aub cuando habla como autor, tenía su fundamento en esa falsa metáfora biológica de la que, inconscientemente, se liberó en los mejores momentos de su genio creador, que fue lo suficientemente fuerte como para superar sus propios prejuicios. Se equivoca su Jusep Torres cuando afirma que «las grandes épocas literarias corresponden al esplendor del idioma, cuando los escritores están inmersos en el instrumento que les hace falta» y yerra el propio Aub cuando afirma que, después de Cervantes, que habría estado en la cumbre por la novedad del idioma, «los que siguen buscarán la novedad en la idea, no en las palabras, así las retuerzan, o llegadas a su término».48 Son otras, y ajenas a la historia interna de las lenguas, las causas que hacen que una literatura pase por fases más o menos brillantes, pero no es aquí el lugar ni disponemos del espacio para poner las cosas en claro.
Otra cuestión es que el peso de la cultura gravite sobre las personas para influir sobre su manera de ver las cosas, y así, el personaje de Salomar no puede menos de acordarse de la entrada de Don Quijote en Barcelona, tal y como la describe el narrador cervantino, cuando el falangista está esperando, impaciente, que la rebelión empiece a desplegarse por la ciudad según el plan previsto. Pero aunque los descubrimientos del hombre se sigan produciendo inexorablemente, la reiteración del nihil novum sub sole sigue resonando como bordón a cada vibración de la sutil cuerda que manifiesta su gozo ante los progresos humanos en nuestro conocimiento de la realidad del mundo.
Y otra cuestión aún es que, ante situaciones determinadas en la existencia humana, cuando las emociones, los sentimientos se manifiestan, quienes los viven experimentan súbitamente la impresión de que la lengua no dispone de los términos precisos para designar lo que están viviendo. Así lo manifiestan repetidas veces a lo largo de la obra de Aub el narrador y sus personajes. En Campo cerrado, es Espinosa quien lo expresa conversando con Serrador al inicio del capítulo «El Oro del Rhin»: «El sentimiento es tuyo, pero las ideas te las dan hechas, aunque no quieras, con la lengua. El idioma es una cosa seria...».49 Ese pesimismo sobre el alcance de las palabras resulta precisamente de la naturaleza del lenguaje humano, como señaló Cassirer: «La realidad subjetiva se caracteriza por su extrema individualidad y concreción, mientras que el mundo de las palabras se caracteriza por su universalidad».50 Como todos los signos, renuncian a lo particular, a lo personal de la intuición, en aras de su comunicabilidad, en la que todos los hablantes se puedan encontrar. Lo que no impide, sin embargo, el fenómeno de la ambigüedad interpretativa, debida a la necesaria polisemia, y favorecida por la producción de contextos insuficientes para su neutralización. De ahí que, en otras situaciones, se pueda sentir una satisfacción gozosa ante la capacidad creativa de quien logra manejar felizmente el idioma.51 Max Aub, por su condición de emigrante de un idioma materno a un idioma de adopción, estuvo obligado a reflexionar más de una vez acerca de los problemas que le iba planteando el aprendizaje del castellano, sobre todo a partir del momento en que lo asume de grado como el suyo, por su libre voluntad, renunciando a escribir en cualquiera de los otros dos idiomas que le eran propios por herencia. Y no tardaría en descubrir que su handicap era, a la vez, una herramienta de creatividad en su nuevo idioma, puesto que es natural en una persona bilingüe mantener viva la capacidad de asombro ante la materialidad de las palabras, y las posibilidades de manipulación que le permite ese don gratuito. El sentido, que en el bilingüe está siempre despierto, de la relatividad en las relaciones entre significante y significado, entre el lenguaje y la realidad no lingüística, se acrece cuando hay más de dos idiomas en juego, y por eso Aub, ya bilingüe franco-alemán al llegar a España, cuando adquiere el uso de dos nuevos idiomas, el castellano y la rama valenciana del tronco catalán –que luego, por sus viajes de trabajo por Cataluña, adquirió también, pasando de uno a otro sin confundirlos–, se sitúa en una posición absolutamente excepcional que contribuirá a caracterizar las formas y los contenidos de su imaginación creadora. Si a estas capacidades se añade el gusto que Aub iba a desarrollar por la prosa clásica y, durante los años de prisiones, por la obra de Quevedo –su única compañía, junto con un diccionario de la lengua–, y culminamos el todo con sus largos años de estancia en México, donde el idioma peninsular se enriquece sobreabundantemente, sería ingenuo asombrarse de la flexibilidad de Aub en el uso del idioma, y del profundo caudal léxico disponible del que hace cada vez más espontáneo y natural uso.
De las tres fases que en la curva de su evolución lingüística observamos en nuestra monografía de 1973, Campo cerrado se sitúa en la que identificábamos como de afianzamiento en el idioma, influida aún por esa tendencia vanguardista de «renovarse o morir», donde sin duda Aub comete lo que podríamos llamar excesos exhibicionistas de nuevo rico. Ya se verá, en el examen de Campo abierto, cómo esas demostraciones de fuerza las cortó Aub radicalmente después de la edición de Campo de sangre.
Nota a la edición
Como ya hemos indicado, a partir de un texto mecanografiado hecho por el propio Aub, paralelamente a la redacción de una versión manuscrita (la desaparición de ambos tal vez haya que darla por definitiva), se compuso la primera edición de Campo cerrado, costeada por el propio Aub, que acabó de imprimirse en los talleres de Gráfica Panamericana, en México, D. F., el 25 de noviembre de 1943, seis días después de la anotación del Diario arriba mencionada, por la que sabemos que esta edición fue costeada por el propio autor con el dinero obtenido por su adaptación al cine de La verbena de la Paloma. Estos talleres de impresión tenían la misma ubicación que el Fondo de Cultura Económica –calle de Pánuco, 63–, por lo que es razonable deducir que eran los utilizados por esta editorial, una empresa mexicana fundada en 1934 y a la que los exiliados españoles aportaron un fuerte impulso de expansión. No tenemos constancia del número de ejemplares de esta edición.
Aub no retocó nada del texto mecanografiado cuando lo encontró en casa de Mantecón, y lo entregó directamente a la imprenta. Ya hemos señalado en las notas al texto que los aparentes mexicanismos que en esta edición aparecen son ajenos a la voluntad de Aub, que, ignoramos por qué, no quiso o no pudo revisar la edición. Lo hizo bastante más tarde, para la segunda edición, corrigiendo un ejemplar de la primera que se conserva en la biblioteca de la Fundación Max Aub en Segorbe, y que hemos podido utilizar para nuestra edición.
La segunda edición fue publicada por la Universidad Veracruzana, en Xalapa (México), en 1968, dentro de su colección «Ficción», con el número 77. Se terminó de imprimir en los talleres de Litografía Comercial Nadrosa, S. A. en México, D. F., el 31 de enero de 1968, tirándose 3.000 ejemplares, utilizándose en su composición tipos Baskerville. Al cuidado de la edición estuvieron Ismael Viadiu y María del Refugio González.
La tercera edición, primera española, la publicó Alfaguara en 1978. Se reeditó en Alfaguara Bolsillo, en 1997.
La editorial Aguilar proyectó editar en la década de los sesenta El laberinto mágico completo, con un estudio introductorio de Manuel Tuñón de Lara. El proyecto no se llevó a cabo, pero el original del estudio de Tuñón se conserva, incompleto, en los archivos de la Fundación Max Aub.
En el caso de Campo cerrado se ha tomado como base la primera edición, aunque cotejándola con la segunda, y en caso de aceptar las correcciones –introducidas por el propio Max Aub en Campo cerrado– se ha dejado constancia en el aparato crítico. Las variantes se indican en el texto con letras del alfabeto –en superíndice:a b c– y se recogen y anotan al final de este.
Respecto de las notas al texto, labor que obliga a interrogarse sobre el tipo de destinatario al que van dirigidas, se ha optado por abrir la edición a un lector no condicionado por las circunstancias históricas de la novela, que en muchos casos pueden resultarle remotas, y se ha tendido a ofrecerle la mayor ayuda posible en cuanto al léxico, a menudo poco familiar, marcando en el texto las palabras anotadas mediante enlace en azul con la nota correspondiente. Las anotaciones son, así, fundamentalmente de índole histórica y lingüística, aunque se han completado con algunas otras relativas a aspectos estilísticos y narratológicos destinadas a llamar la atención sobre la complejidad estructural del relato y sus particularidades.
CAMPO CERRADO
A JOSÉ MARÍA QUIROGA PLA
TRES NOTAS a
I
Bajo el título de El laberinto mágico, que le debo a San Agustín, proyecto publicar, amén de esta, cuatro novelas en las que he de recoger, a mi modo, algunos sucesos de nuestra guerra:
II. CAMPO ABIERTO
III. CAMPO DE SANGRE
IV. TIERRA DE CAMPOS
V. CAMPO FRANCÉS
Uds. lo han de ver si el tiempo me da lo suyo y mi pluma lo demás, para lo que les pido paciencia y disimular las faltas, como ya no se dice al término de las comedias.
II
Problema o problemilla fue desde que la novela ha sido, quiéranlo o no, espejo de lo que vemos y oímos, resolver en metáforas, imágenes, iniciales o puntos suspensivos las palabrotas, ajos, tacos, groserías, juramentos o interjecciones soeces que, a cada dos por tres y sin más valla que la presencia de mujeres, forasteros o la falta de confianza entre los reunidos, se nos vienen a la boca, a los españoles, como contera, inciso o pórtico de las más variadas frases. Vicio que la guerra multiplica y cuya falta tanto nos sorprende en el bien hablar de los mexicanos, fenómeno de orden religioso que bastaría para probar cuán más católicos son del lado de acá del Atlántico que no nuestros coterráneos.
He dejado el problema sin resolver, quizá por impotencia, lo cual tranquiliza mi conciencia, y aquí salen las terríficas interjecciones con todas sus letras porque, a mi ver, el quitarlas cercena autenticidad y regusto. Si mis personajes hablan así en el reflejo mágico de mi imaginación, ¿no sería traicionar mi realidad escamotearles la sal? Porque evidentemente ni el concepto, ni el estilo perderían nada con la supresión de las palabrotas, pero quizá faltara entonces cierto tufillo de la época: cierta desesperación reconcentrada, ciertos clavos a los cuales agarrarse en oscuros reconcomios de imposibles venganzas y que me parecen indispensables para la expresión de nuestro tiempo: todo él de...
(¿Ven Uds. cómo no puede ser? Las frases se quedan cojas, pendientes como hilos de alambre rotos por un bombardeo, descarriladas, muertas sin aire).
Claro está que, quiérase o no, surge el «buen gusto», la estética, las caravanas, como dicen aquí con un encantador galicismo,52 los guantes –escondiendo quizá esmaltes imperfectos–, los perfumes –defendiendo alientos fétidos–, las caretas; no es que pretenda acabar con ellos, pero los quiero por quirotecas, olores o máscaras y no por lo que amparan. Añádase el temor de que aparezcan los exabruptos como infantil deseo de asombrar al lector. Claro que todo se resolvería con tacharlos, tarea fácil en un relato indirecto en el cual –¡oh magia de la tercera persona del indicativo!–, con escribir que el lenguaje de los personajes va salpimentado, sálese del compromiso. Pero el traer las conversaciones a primer término, y en primera persona, hace insoluble, para mí, el problema; y bien poco pude contra ese afán de mis personajes por romper a hablar. Lo curioso es que si subieran a las tablas tendrían buen cuidado, creo yo, de reportarse; quizá con pérdida de autenticidad, tal como se columbra en los numerosos Juan Josés,53 u otros de su calaña, tan mesuraditos y cuyo lenguaje casi siempre suena a falso, a menos que las blasfemias deriven a lo cómico, fuente segura de carcajadas debidas al gesto del actor resbalando por los puntos suspensivos y restableciéndose en una onomatopeya.
Concretóse esta pudibundez con la Revolución Francesa, y triunfo de la burguesía, ayudada por la anterior influencia gala en las letras universales que reprimía cualquier licencia, a menos que fuera de otro cuño y en cuyo caso, y en ediciones especiales, llegaba a alcanzar precios fabulosos.54 Pudicicia que recogió el Romanticismo alemán, padre, y muy señor mío, de tanta buena literatura decimonónica, inglesa y más o menos hipócrita. (Lean los curiosos, como envés, los entremeses de Torres Villarroel, pongo por caso de lenguaje popular de nuestro siglo XVIII). Quizá algunos de los diversos movimientos subterráneos acontecidos en las letras (francesas principalmente) durante el primer cuarto de este siglo no eran sino intentos de romper este cerco.
Si me resto lectores, los que queden sean buenos.
III
Sale esta novela, o mejor galería, tal y como nació en 1939. Me hubiese sido fácil ampliar algún dato del capítulo final, pero siendo esta como es, aunque solo para mí, una segunda edición, va sin cambiar una coma.
M. A.
México, agosto de 1943
PRIMERA PARTE
1. Viver de las Aguas 55
De pronto se apagan las luces: las diez, la luna luce su presencia en las paredes jaharradas: el jalbegue se parte, mitad blanco, mitad gris. El silencio corre por las calles del poblado como un calofrío, de la cabeza a los pies, desde la plaza al Quintanar Alto, ya pegado al alcor. Primeros de septiembre y el aire frío bajando por el Ragudo;56 más arriba las estrellas de monte, tachas del viento.
La plaza, por ocho días ruedo verdadero, apuntaladas las fachadas limpias de derrengaduras con escaleras y tablones; el casino adargando su última luz tras las talanqueras; en el centro, la fuentecilla barroca con su canto de agua de cuatro caños recobrando su calaña de abrevadero; la plaza, acabadas de tocar las diez, ombligo del mundo. Mil quinientas almas y la Raya de Aragón.57 Hacia abajo, caídos hacia la mar, por Jérica y Segorbe, los pueblos de Valencia; cuesta arriba, por Sarrión, el áspero, desnudo camino de Teruel.
El reloj de la iglesia tiene la luna de cara; a todos les baraja el regustillo del miedo con el de la espera, un no se sabe qué otea por las espaldas; hay menos aire entre las gentes. Las diez y cinco: un rumor levanta su cola; asoman por los postigos las cabezas de los valientes, ya corren y cazcalean frente a la casa del notario y la contigua del doctor los que quieren presumir el tipo, puesto el ojo a las hijas en edad de merecer, agrupaditas en los balcones de los probos funcionarios, con su dote por delante y el pretendiente detrás, bálano en ristre, manos invisibles bendiciendo la oscuridad. Las blusas negras de viejos renegridos, que no quieren dar su brazo a torcer por los años, se escurren por las paredes. La albórbola recibe su corrección inmediata: un murmullo la acalla.
En lo más remoto de su memoria Rafael López Serrador no halla un recuerdo más viejo; de su niñez es esa la imagen más cana: el momento en el cual, por las fiestas de septiembre, van a soltar el toro de fuego;58 eso, y el ruido del agua viva por la tierra: fuentes, manantiales, acequias.
El toro de fuego siempre ha matado a cinco o seis hombres: un animal bárbaro y terrible, mejor encornado que «Fávila», que el 89 mató a ocho en Rubielos de Mora;59 su dueño, a quien los niños tienen por rico y misterioso, pasea el basilisco de feria en fiesta; algún año, cuando la pez lo ha dejado cegato, echan el bestión a unos torerillos para que acaben con él. Cuéstales Dios y ayuda, cuando no cornalones, porque el bicharraco sabe ya más que Lepe.60 El ganadero toma café en el círculo maurista.61 Los chiquillos le rodean a prudente distancia: «Ese es, ese es».
Las vaquillas corren, los mozos las jalean y les dan cantonada; la gente, hombres y mujeres, sale a recibirlas por la carretera en busca del susto (¡ay, qué susto!), del miedo (¡ay, qué miedo!), de la topada y del escalo de las rejas de la casa amiga perfectamente determinada de antemano, o del amparo de las cercas, murallones y albarradas de las veras del camino. Los hombres llevan gayatos y blusas negras, los veraneantes van en mangas de camisa; hay quien intenta quiebros y sale con los calzones descalandrajados para mayor burla y risotada. Polvo y cerveza, carreras de cintas62 mientras la banda enhebra pasodobles.
Pero el toro de fuego llega por la noche y está solo en las orillas del río, nadie se atreve a citarlo. Por veredas y balates van mayores y mocosos desde las primeras horas de la mañana a divisar y apreciar el ganado. Se apacienta este en las márgenes de la torrentera, medio escondido por los carrizos, en una madre seca y cantalinosa. Los olivos y las higueras sirven de burladeros. Las señoritas dan grititos que animan al jabardillo. Los novios se apartan a derecha e izquierda «para ver mejor», según aseguran, y sofaldar sin sobresaltos. Hay quien almuerza. Allá abajo, sin dar importancia a los torillos que pacen, cruzan hacia el pueblo tres cavatierras, segur al hombro, colilla terciada, salivazo trallero:
–¡Paece63 que nunca hayan visto animales, rediós!
Una mula remacha el lendel64 circular de un azud quintañón y martillea el jolgorio con el ritmo de sus pezuñas ciegas; corre un agua estrecha. Rafael Serrador pasa el meñique derecho de su fosa nasal diestra a la siniestra, bájase luego a coger un guijo e intenta largarlo al río, y se queda corto. Otros, ya muy creciditos, lanzan a voleo pedruscosa a los lomos de las vaquillas. Algunas, las menos, levantan el testuz y miran indiferentes, otras, a lo sumo, adelantan un paso, el belfo rastreante en busca de hierbajos escuálidos entre tanta cárcava.
El río corre al amparo de una cortadura que raja, del ocre al cárdeno, los verdes de la ribera contraria. Las aguas se saben y adivinan tras el cañaveral; donde muere la corta65 se ven las aguas arremolinadas. El cielo, de su propio azul; rayándolo crascitan unos cuervos. Ya llegan las gentes que salen de misa, atajan por las albardillas y los caballones despreciando sendas, pisando alfalfas, las enroscadísimas calabazas, las cebollas; roban uva y melones.b




