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–¡Así reventaran tós, hijos de la gran madre que los parió! –rezonga un ganapán que trabaja un cuartel, al socaire de un paredón a medio derruir, en el camino del barranco, cuando cada año, tras las fiestas, tiene que recavar ardillones y replantar cercas y varasetos. Entre el sendero y el cuadro corre la acequia, menean las clarísimas aguas transparentes ovas sobre musgos, crecen los culantrillos por los balates. (Ahora hace dos años estuvo Rafael en cama de un fuerte resfrío y le dieron, para curarle, culantrillo en infusión). La madre es un tanto rabisalsera y amiga de gaiterías. Hay quien mira a Rafael y dice que se parece a su padre. Aquello le choca: le parece lo natural, pero se da cuenta de que no es verdad. ¿Qué quiere decir con eso la gente? El padre es corto y negro. Rafael está contento de parecerse a su madre, más alta; con su corpiño negro, su falda negra y su pañuelo anudado en la garganta, cuando tiene que salir, sobre todo si lleva zapatos abotonados, con un dedillo de tacón y puntera fina.
Ya toca la música dándole a septiembre el calor que le falta. Vino el diputado y su familia. El registrador, el boticario y don Blas bajan cada día al casino; se runrunea que este año habrá un día más de vaquillas. El padre sigue maldiciendo de todo lo habido y por haber: desde el lunes hay un tren más, de Valencia al pueblo y viceversa, y el ómnibus amarillo que él lleva y trae a su trote mulero tiene que hacer cuatro viajes suplementarios, del pueblo a la estación, llueva o solee. El faetonte es republicano y enemigo de las vaquillas, que tiene por espectáculo bárbaro y retrógrado, pero no falla el verlas. Las moscas parecen soliviantarse por aquellos días, dan más quehacer que nunca; a la hora de la siesta óyese el runruneo que forman, alrededor de ligas y vinagres – colgadas las unas, engañososc con su terrón de azúcar los otros– en sus desesperados esfuerzos sobremosquiles por no malmorir. Hacia el sur, por el abra de Jérica, se descubren lejanías azules y verdes; hacia los nortes solo se encuentran carrascas, jarales, tierra de nieve: lo uno horizonte, lo otro monte.
De la cocina del Casino bajan, todavía calientes, empanadillas de pescado: doradas, la masa cuscurrosa, la panza mollar, el olor del buen aceite, la pasta vuelta sobre sí, encerrando tras el borde bien horneado las tiras verdales o granas de los pimientos asados, gustosamente casadas con el rosicler del atún desmenuzado, el carmesí o la rojuela color de los tomates fritos, el amarillejo de los piñones enteros. Resbalan por las mejillas de los niños bien vestidos unas gotas azafranadas dejando un reguero brillante.
–¡Tu traje nuevo, José Luis!
–Los pimientos son de la finca.
Córrese la voz. Don Blas se arrellana.
–Los ha ofrecido al casino.
En el umbral se apelotonan los chicos del pueblo, procurando despuntar cabeza.
–Los pimientos son tós de la finca.
Miran con entusiasmo cómo se repapilan los sentados.
–¡Mejores que los de Martí, don Blas!
–¿Cómo se va a comparar?
–¡Aquí no hay química que valga, ni invenciones!
–Al pan, pan, y al vino, vino.
Y don Blas, cruzando sus manos de abad:
–El buen paño en el arca se vende.66
Al toro de fuego le tienen atado y cubierta la cabeza con un saco, en una jaula de madera, formada con estacas bajo el sotechado de la casa del tío Cola. En cada cuerno le fijan una gran bola de alquitrán sostenida por unos flejes de hierro, ya las encienden y flamean, ya sueltan el pavoroso bruto. Por las calles blancas y negras culebrea la serpiente del terror pánico.
Anúnciase67 por su luz. Tíñese la cal68 del más leve rosear cuando todavía le separan cincuenta metros de la esquina inmediata. Aparecen larguísimas sombras; a todo correr se empequeñecen, reduciéndose a la nada para volver a surgir, creciendo contrarias según la carrera del basilisco. De portones, portaladas, portillos y balcones, recovecos, esquinas, escaleras y mástiles, de la plaza y de las calles ligadas entre sí en círculo para que el toro persiga su propia sombra hasta que se le acabe,69 surgen, se alzan, levantándose los unos a los otros, gritos y voces, clamores y chillería. ¡Ya viene! ¡Ya llega! ¡Ya está ahí! Lo llaman, lo desean, lo quieren y cuando la luz, las llamas, la bárbara mole nocturna se abalanzan por el callejón, vuélveseles pavor el deseo, como tras un primer coito frenético y furtivo.
¡Ya viene! ¡Ya llega! ¡Ya está ahí! Pasa la bestia velocísima, huyendo de sí misma, viril maldición ardiente, mito hecho carne y uña, con olor de cuerno quemado. Ya se despeña hacia arriba,70 ya vuelven la luna y su sombrilla leve por la lechada nueva de los paramentos. Ronda el toro su forzado circuito; el amplio rumor de la plaza señala a los espectadores de las callejas la vuelta cumplida.
¡Ya vuelve!
Busca ardiente cinco, seis, siete veces su salida inalcanzable. Rueda su fuego. Párase frente a una casa, revuélvese en un callejón sin salida; baladran las mujeres, cían los valientes.d A lo tarde se entablera a la querencia del campo en una esquina de la plaza. Los más osados, viéndole rendido, se atreven, desde lejos, a desafiarlo, sálense de naja al menor reparo del bruto. Rafael Serrador odia a sus convecinos: al Maño, al Pindongo, al tío Cuco, al Tartanero, al Serranet, que se lanzan ahora a citar el espléndido animal. «¡Si los moliera!».
Todas las tertulias del pueblo, de la del Casino a la del Círculo Radical –que ahora se llama Unión Patriótica–,71 condenan durante 357 días al año la cruel costumbre; nadie, sin embargo, cuando llega la época de las fiestas de septiembre, deja de desear la aparición mítica del toro de fuego. Rafael Serrador quisiera, con la fuerza de sus ocho, de sus diez años, que el toro la emprendiera con todo el pueblo, que no dejara piedra sobre piedra; y se figura, en su noche, el pueblo humeante y todos sus vecinos malheridos, y por los cielos una gran procesión de toros de fuego en forma de arcoiris. Él corre por las ruinas, camino de la escuela, quemándose los pies con los rescoldos. Porque la aparición del toro de fuego prejuzga ya la vuelta a clase. A Rafael lo mismo le da ir como no ir. Don Vicente es inocuoe y lleva barba; ha perdido toda autoridad desde que todos saben que le ha hecho un chico a la hija del montanero de don Blas. –¡Un tío puerco! –dicen los padres–. ¿Cómo va a atreverse a castigar a los niños? Estudia el que quiere. Rafael no es de los peores. En casa hay dos libros que su padre le ha prometido dejarle cuando sepa leer bien: una historia de la Revolución Francesa, de don Vicente Blasco Ibáñez,72 y el otro, sobre los romanos, de don Emilio Castelar.73 Alguna gallinácea ha pagado con su vida el olvido de defecarse en ellos.
A Rafael le suele despertar el cloquear de las gallinas a la altura de su cabeza. Los polluelos van y vienen por los aledaños de su jergón. Para entrar en la casa hay que bajar dos escalones. El corredor no está enlosado, la tierra batida por generaciones se basta sola. A la derecha viven las mulas, la una se llama «Lucera», la otra «Gabriel». Murió hace años una que se llamaba «Fraternidad», para escándalo de bienquistos, cuando, en el recuesto, el carruajero arreando zurriagazos en los lomos del penco, guiñaba el ojo volviéndose cariacedo, gritando con segundas:
–¡Toma, Fraternidad, y que no se entere Gabriel!
Con las mulas engorda, una vez al año, un cerdo. Suelen llamarle «Perico».
–El Perico de hace cinco años, cuando se casó la Juana, ¡aquel sí que era...!
La casa huele a establo y estiércol; cuando Rafael remira su niñez percibe el vaho y el tufo a muladar de la casucha, lo blando de la paja nueva, el lamedal de los excrementos podridos. Tras un portalón descansa un solarcillo donde cabe justo, alzada la lanza, el deslustroso y amarillento ómnibus, fuente de vida.
Cada año, con la vendimia, nace un crío.74 A veces se muere, otras no. Entonces se va alzando, sucio, con costras, granos, ulcerillas y lagañas, sin conocer lo que es el frío ni el hambre, porque son su aire y su alimento. Crecen renegridos, escuetos y duros, muy hechos a hacer lo suyo y a no importarles un cominof los demás, como no sea, muy luego, el sexo de sus hembras, que tienen en mucho, y las caballerías, que aprecian otro tanto: lo atestiguan dichos y canciones: todavía llegan allí los zorongos75 y las jotas; se las oye por montes y campos.
Mueren por aquella tierra los olivares; más arriba solo quedan carrascas, jaramagos, romero y zarzas. Los inviernos son largos y con nieve. Ido el toro de fuego, muérense los campos quedándose quietos. Algunos perdigachos más listos que el hambre salen duros al menor ruido. Las casuchas pardas solo saben del cielo por los lentos humos de sus chimeneas. El agua sigue corriendo igual a sí misma. Por los campos dormidos va y viene cada día el carromato amarillo del padre de Rafael Serrador. Cada día las pocas palabras que se cruzan son para tratar de la compra de una camioneta de ocasión, una Ford casi nueva, carrozada que no se puede pedir más. El tráfico es escaso, solo los días de mercado en Segorbe bajan unos cuantos del pueblo para volver a la noche. No traen en los ojos ni reflejos del pueblo grande.
Los años van cayendo y Rafael Serrador los atraviesa; crece poco a poco sacando la cabeza por unas hojas enormes que cada año, cual corteza, caen sobre la serranía añadiendo canas donde ya no cabe gloria. Ya deletreó los dos libracos sin enterarse de gran cosa; ya le tienen por mayor y le mandan a Castellón, de aprendiz en una platería. Aquel año, por casualidad, no hubo toro de fuego; había gobernador nuevo de la víspera y, con el acostumbrado lujo de adjetivos laudatorios en la prensa local, prohibió las vaquillas en toda la provincia –siempre dispuesto a conceder autorizaciones especiales–. Como pedía más que los anteriores y no hubo tiempo de regatear ni modo de complacerle, quedóse el pueblo sin toro y el gobernador como político «nuevo» y hombre integérrimo.
2. Castellón de la Plana
Castellón es un pueblo chato, ancho, sin más carácter que la falta de él. Las casas son blancas, con un piso a cuestas, desván y terrado donde secar la ropa; sin más fantasía que el zócalo imitando mármol, veteado gris, rosa o verde. Las impostas y las cornisas, sin adorno; los balcones, corridos,76 de serie; las barandas, jarrones o voleos77 que el moldeador haya tenido a bien enviar al maestro de obras; las persianas, verdes o sucias. De tarde en tarde –una docena por toda la población– un caserón estilo «renacimiento español» con blasón y tragaluces de cemento portland, el dintel y el friso rameados,a las pilastras de estilo incierto, gran portal, gran balcón de forja, todo ello rematado con florones esféricos, veleta y pararrayos; las maderas pintadas de oscuro resaltan sobre la cola gris pinteada deb blanco de las falsas piedras; cruzando la barandilla, una palma con su lazo descolorido; da la argamasa en cartón, la madera en papel, el aire en pataratero, rimbombante, pompeado. Las calles anchas, el calor pegajoso, los carros muchos; el polvo se releva, retuerce y deposita a capricho de las blandas tolvaneras de cada esquina: no levanta polvo el viento sino el propio polvo.
El mar no existe; hay puerto a lo lejos, y su comercio. Los negociantes –tez parda, nariz cinzolina, manos rugosas y duras, mesas escritorios con salvadera,78 poco amigos de filaterías– garganteros, desconfiados, regateadores, gustosos de cierto toreo efectista, agarrados a muerte a las rejas de los bancos, viven para su comercio; todos son hijos de la tierra rojal, ricos por herencia, mohatra o tozudez; no tienen más Dios que sus naranjos, ni más Virgen que la de los Desamparados (la patrona es la Magdalena, pero se la tiene en menos que a la valentina). Andan con blusa negra, camisa blanca, sombrero negro, pantalón negro, zapatos negros o alpargatas blancas, luciendo sus cheques, sus amigos de Hamburgo o Liverpool, sus perros de caza. El que más y el que menos estuvo en les Halles79 o en Bremen; traen de Europa un gran desprecio por lo que no sea suyo.
–Xè, allà fa molt de fred.80
Para ellos la cocina con mantequilla es un insulto personal. Hay quien se ha pasado meses y aun años nutriéndose en París o en Londres de huevos pasados por agua y jamón, y de este último tienen mucho que decir: –Lo llaman jamón de Parma y lo venden italianos.
Todo vive de la naranja, que es sagrada –ella, sus manipulaciones, sus cursos, los abonos, los fletes, la temperatura y los cambios–. Lo demás inexiste: importa la tierra y su cuidado: a nadie se le ocurrirá construirse una casa a orillas del mar, sino huerta adentro, aunque el calor y los cínifes le obliguen a vivir a oscuras y a dormir entre tarlatanas. Los baños llegaron hace poco, y por el qué dirán, que en el mar, nunca –o, a lo sumo, mojarse las posaderas un día en San Sebastián, después de la feria de Valencia, en compañía de la cónyuge, para dar que hablar–. El pescado no suele ser plato corriente, como no esté dignificado por el arroz. Cuando se habla de agua se sobrentiende siempre que es la de riego. No hay rico que tenga canoa automóvil, coches, sí: Castellón de la Plana, paraíso de los Ford y de los Chevrolet; América del Norte les suena muy fuerte en los oídos y en las imaginaciones, y se ha injertado, estos años, mucha «California».
El Casino es el Casino, muy Renacimiento español, más Renacimiento español81 que todo, con sus partidas de julepe, de dominó y sus tiradores: porque aquí, y en Valencia, el tiro de pichón82 no tiene el tono aristocrático que cobra en Andalucía o en Madrid.
Alrededor de los naranjeros vive la ciudad, secuela de sus granjerías. En los penetrales sus: «mi señora»,83 sin faja, en unas mecedoras, abanican desmazaladamente sus sobaquinas; la anea se comba al peso redondo y blandengue; una alcarraza84 suda sobre un velador, cubierta con un paño de cáliz.
–La Enriqueta, la Felisa... doña Perpetua... don Martín... En casa Pampló...85
El gobernador es de tercera; las mancebías, pocas y sucias; los cafés se oyen de lejos: el dominó es el juego capital. Los únicos trabajadores que se ven son los carreros; las fábricas están en las afueras, la estación en la periferia; país de recaderos, ciudad quieta, lenta, pequeña, blanda y rica. Un Ateneo languidece frente a una acacia y algún maestro de escuela escribe modosos versos en valenciano.
Un borracho es un acontecimiento; Rafael Serrador entró al servicio del borrachín del pueblo; los primeros días miráronle con lástima unas boquirrotas. Le sorprendió y les hizo visajes. Alzáronse de hombros, diéronle la espalda y le dejaron en paz.
Lo que importa no es el platero –carantamaula y por mal nombre, el Rioja– sino la platera: baja y regordeta, mofletuda; la boca, la nariz y la barbilla caben en un duro,86 huélele a lo que se dirá el aliento; lúcele un tantico el apéndice;[c][87] tiene el mentoncillo partido como un melocotón; los ojos lelos, el pecho grande y alicaído, las caderas al vuelo, los tacones altos y un delantalillo finolis. Dicen que están casados por detrás de la iglesia88 y ella se adarga barbullando chismes a voleo: lo sabe la ciudad, tiénenle por ello cierto respeto y vienen, so capa de firmales o arracadas, a cazar a la queda, a lo que caiga, a costa del procurador o del sobrestante.
La tiendad hace esquina, estuvo pintada de blanco con filetes dorados; el mostrador impide el paso al taller donde el maestro le da al tas lo que el trabajo dispone y el vino permite. Los escaparates se hacen a montón, los géneros se desparraman en orre,89 las novedades se cubren de polvo con la suficiente rapidez para no diferenciarsee de las maulas. Las principales diversiones son los viajantes de comercio y los mandilandines. Suele intentar la dueña enredar a los primeros con cierta filis,90 en busca de descuentos; algún simple se deja engañar y la cariampollada se crece sobre sus tacones; tiénese por gran comerciante, no deja de recordárselo cada noche a su legítimo:91 –¡Si no fuera por mí! Las ventas son al menorete,92 aunque algún revendedor viene de cuando en cuando al hilo de la recova; sale entonces el platero al palenque con su gandaya a cuestas para discutir precios y cantidades.
La criada tiene quince años y tamaño de doce, las choquezuelas cárdenas de tanto darle a la aljofifa, las carnes magras, los ojos grandes y morenos, el pelo como tizne, las teticas limoneras, las articulaciones al parecer desgoznadas cuando trae y lleva el cubo de agua a la atarjea. Suélela ludir Rafael por puro gusto, sin saber por qué; ella lo rechaza con desvergüenza. Gusta de oír lo que no le importa; llámanla ya «la Piruja», y se suele probar pinjantes, manillas o brocamantones cuando los amos andan en otros menesteres. Rafael siente cierto respeto por la rabisalserilla que, además, conoce la población como pocos y anda siempre a la caza de noticias para los plateros, porque no hay nada que importe más al negocio como saber a tiempo de bodas y lutos. – Este año no hay bodas, dícese para declinar cualquier oferta ininteresante.f La importancia de una coyunda precípua se mide por el número de azucareros, convoyes y estuches de seis cucharillas de café del mismo tipo que los interesados coleccionan. Los lutos dejan menos, pero son más; el comercio está especializado en ellos; cadenas para abanicos y de reloj, leontinas, pendientes, peinecillos y gemelos, pinjantes, rosarios y ajorcas, alfileres, imperdibles y botones, monederos, dijes93 y collares, abalorios; todo negro, de cristal, corozo, madera o acero pavonado adornado con falsas ágatas o azabaches, o sencillamente de latón pintado; lo largo del luto mide la respetabilidad.
Rafael entró para recados y teníanle de trajín todo el día. Cuando no andaba correteando y le tentaba –y se dejaba tentar de ella– una silla, recibía un escamón o un cachete, que de todo había, una orden y un plumero:
–Quita el polvo, majareta. ¡Si no abriera una el ojo!
Dábale a las plumas hasta que la platera le enviaba a otro mandado. No solía la dueña estar en la tienda, sino en sus adentros. Lo sabía la clientelag y la llamaban. A veces, después de un precipitado «Ya voy» tardaba en salir, sofocada y arreglándose el moño brillante de bandolina. Tomaba entonces su aspecto más impertinente, levantaba las medias almendras de su barbilla, mirando al intruso y cortándole con tajante:
–¿Qué quería?
Miope que era sin querer reconocerlo.h Quien se atrevió a recomendarle un oculista viose cubierto de improperios:
–¡Métase en lo que le importa! En su casa falta gente y aquí aire. ¡Miope yo! ¿Yo con gafas? ¿Qué se ha creído?
En cualquier otro momento era la obsequiosidad misma, melosa,i dándole coba al más pesado, desollando al ausente. Debíanse estas ausencias y tardanzas a la descocada rijosidad del personajillo. Bastábale probar bocado de su gusto o echarse al coleto un vaso de vino, al que no tenía en mucho, pero que apreciaba como vehículo de sus carnalidades, para, si el negocio lo permitía, acorralar al platero en un rincón, quillotrarlo y enredarse a él en las posturas más incómodas. Él la solía enristrar a la buena de Dios, pensando que algún día aquello se acabaría con la muerte. En la involuntaria altanería de la tendera, interrumpida en sus naturales retozos, debía verse la preocupación de no trasmitir al cliente el tufo fétido del platero; combatía ese hedor atiborrándose de pastillas de menta cuyo olor formaba, para quien hubiese sospechado algo, la cola, remate, girándula final del amor.
A la noche emborrachábase el patrono, en casa o fuera; cuando esto último sucedía, traíalo el sereno hecho un mar de lágrimas. La mujer lo desnudaba sin decir ni pío, y con delicadas atenciones; eran los únicos momentos en los cuales le mostraba ternura, lo lavaba, peinaba y encamaba como un niño pequeño. Cada luna le traía una ilusión de preñez; a pesar de ciertas precisiones médicas, podía más el deseo. Rafael no entendía de esos altibajos del humor. Menstrualmente94 se le agriaba el carácter a la dueña, guiñábale el ojo la Piruja, pero él se quedaba in albis.95 Cuando el platero no estaba bebido, poníale la señora como un trapo y él lo aguantaba.
Otro personaje importante de la tienda era el michino, un gato blanco de pelo largo y fino, ojillos de almendra verde jaspeados de jalde, zaíno para los desconocidos que le carantoñearan, muy sabedor de sus prerrogativas, celoso de sus dominios. Traía locos a sus amos, desvelados en todo momento por su humor, su salud y posibles deseos; lucía gran collar y placa, candado y toda la pesca.96 Su comida era función pertinente de la platera: si alguien entraba en el momento de la condimentación de los manjares debidos al mamiferillo teníase que esperar o volver; por nada de los mundos, este y el otro, hubiese almorzado el felino a las doce lo que le tocaba a las once. Los andares reposados, despreciativo de juegos sin provecho, miraba desde lo alto de su superioridad los afanes de ciertos corredores de bisutería empeñados en ganarse su simpatía a fuerza de bolitas de papel, maullidos engañadores, rascaduras en el mostrador u otras tretas infantiles. Paseábase señor por las vitrinas y el banco artesano, entre reasas, anillas, mosquetones, gargantillas y alambres, pisando aljófar, falsos corindones, aretes y demás zarandajas que esperaban compostura de la lima y los alicates del joyero. Era sagrado, aun cuando metiera los bigotes entre ama y comprador, y este se esturrufara. Hablábale entonces la filatera:
–¿Qué quieres, precioso bonito? ¿Qué quieres, encanto? ¿Qué le dices a tu tururú?
Se lo echaba al hombro con la esperanza de que tal prueba de cariño le permitiese liquidar el negocio; pero si el gato volvía a las andadas, le respetaba el gusto. Teníanle por hijo; le regañaban, muy serios, los zarracatines, cuando se iba de picos pardos, lo cual sucedía a menudo. La rebusca del minino por los alrededores era obligación de Rafael y parte importante de su trabajo.
De toda esa época, que dura tres años, conservaj muy pocos recuerdos de adentro. A lo sumo se le pintan en la memoria los aledaños del comercio; se representa fácilmente ese tiempo bajo la forma de un grifo de latón; se encuentra ahogado, sin agua corriente; le falta la albórbola de los manantiales por la tierra. El agua es escasa y gorda, sácanla a fuerza de andarajes y motores, la reparten por acequias y azarbes, la retienen en depósitos y la distribuyen, ciega, por tubos de plomo; gástanla con parsimonia, cae en cazos y vasijas, cubos y palanganas, sobre el peltre y la loza, con un sordo ruido de columna trunca, cortada a gusto del consumidor. Rafael duerme en un catre, puesto en un recoveco, cerca de una pila de mármol ennichada en la pared; no ajusta la llave, y gotea la boca. De esta compañía constante Rafael Serrador se acordará siempre.
La vida es chata y Rafael solo se preocupa y sorprende cuando, de tarde en tarde, se le erecta el pipí. El ama no le tolera amigos, robándole tiempo; los domingos se los pasa en el «maset», ayudando a los albañiles que lo levantan sin prisas; porque el negocio, a pesar de los bandazos, prospera, y los plateros construyen su casa de huerta, le dan forma a un jardincillo, plantan, como todos, una buganvillera –Josefa-Augusta dicen que se llama de verdad–, pasionarias, murcianas, geranios, dondiegos, malvarrosas y hierbaluisa. Un limonero y un mandarino les hace figurarse un huerto posible; ya venden, en sus conversaciones, las naranjas al mejor precio. Cada domingo traen un arbusto que plantar: jazmín o heliotropo; se va y se vuelve en tartana.
La tierra es roja y parda, los árboles –cipreses y naranjos– verde eterno, los montes a lo muy lejos azulencos y violáceos, el cielo sin nubes, altísimo y cerúleo; las chicharras y las ranas roen calor y tiempo; los cuérnagos y las zanjas tienen el color subido, huelen a tierra llovida y revuelta, dejan –en horas– de ser acequias para venir a caminos hasta la hora del riego; el frescor permanece soterraño; barro a la pisada, la arcilla asciende a cascarria, su oscuro tinte cuadricula la llanura; por los balates crece poca hierba: el aprovechamiento del terreno no las permite.
A Rafael, la Plana no le parece campo; para él el campo es cosa de altozanos y declives, gándaras; barrancos cantalinosos, con hazas colgadas al azar de las aguas; es el río y sus hocinos; tomillo, romero, piedras, retama y chaparros, alguna higuera y colmenas; lejanía: sorprender desde lo alto la boira97 dormida del valle envolviendo el pueblo montesino: los vientos fríos, la nieve; ni siquiera el cielo es idéntico: las estrellas son contadas al lado de las de su tierra dura.




