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La vida fácil y lo caliginoso no le sorprenden, ni le ganan; ve la riqueza, pero le tiene sin cuidado, no comprende el respeto al solo dinero y la tierra no le parece de más precio por su rendimiento. Tiene a los naranjeros –orondos, un tanto pasmarotes y un mucho tragaldabas– por blandengues y demasiado bien afeitados; todo se le alcanza fácil y adormilado en ese país sin cuestas. Barrunta que existe algok en el mundo que exige esfuerzo: no sabe qué. Se retrae y calla y aprovecha la primera ocasión para arrearle una paliza al zurumbático hijo del vecino, que tiene la cara boba. Luego le pesa, por fácil.
Algún domingo ve trasponerse la tarde, sentado en una piedra calcina,98 olvidada cerca de la verja; menea sin sentir y juega con una azadilla, rayando la tierra, buscando augures,99 los ojos fijos en no sabe qué, sin pensar. La atmósfera le sostiene. Cuando algo se mueve en la luz ya corrida,100 piensa: ¿Qué seré? El ser artífice joyero le gusta poco. ¿Volver al pueblo? El salir presupone no volver, como no sea con permiso, cuando sirva al rey.101
Al soplo de un jadeíllo descubrió Rafael el amor, al revuelo de una cortina; platero y platera en polución le sorprendieron grandemente. Hasta la fecha había creído que la boca era la única cavidad propicia al amor y conducto natural de la generación, aunque no imaginaba fácilmente el modo. Alegróse infinito de su descubrimiento; se tuvo por mayor, y las nalgas y la horcajadura de la familia ganaron miradas de nuevo cuño.
Inauguróse por aquellos domingos, con una paella excepcional y riojas alambrados, el nuevo excusado del «maset», taza de porcelana, asiento de caoba pulida y, aunque le prohibieron el uso del mismo al mozo –ancho es el campo y todavía hay clases–, le sonrió al joven la idea de sentarse para defecar; asombrado de lo cómodo de la postura, púsose a manosear su pene y vino sin más a descubrir la masturbación, más contento que unas pascuas; con esas le empezó a sombrear el bozo, graneado de barrillo.
Tomaron los propietarios a su servicio, para guarda de la finquilla, una mujer hecha y derecha, viuda, como de cuarenta años, sin más cintura que el cordón de su delantal, con sus buenos ochenta kilos; de nombre Marieta; pescadora de oficio en otro tiempo; se quejaba amargamente de reuma, razón de su cambio de vida, aunque la verdad era que el trabajo no había sido nunca su debilidad; diose a buscar el sol por donde pegara y a hacer media para entretener las manos; sus hijos andaban al «bou», criados por una hermana suya que más tenían por madre que la verdadera. Venía a entretenerle las veladas, en las que el servicio le dejaba libre, cierto guardia civil muy amigo del difunto usufructuario, galleador, cariacuchillado y zancajoso, muy pagado de sí, que tenía enl mucho el machihembrarse102 con aquella mole pazpuerca103 y morena; ello le permitía aguantar con conmiserada sonrisa al triste de su sargento, seco y de cara larga, bigote cansado, dientes sarrosísimos, poco pelo y con una mujer que era una tormenta, con los rayos contínuamente al dispararse, más celosa que una avispa sin flores. El sargento se refugiaba en la aureola de sus galones y les hacía la vida dura a sus subordinados; especialista en tundas a huelguistas, garduños y novillerillos sin billete, descargaba en ellos su botaratería, y los golpes con que soñaba acardenalar a su irresistible consorte. Salía reconfortado de las palizas: hay dos clases de polizontes apuñeadores, los que gustan de la sangre y los que prefieren las contusiones internas; los primeros suelen cumplir su cometido a mano limpia, los otros prefieren para sus garatusas la culata del mosquetón. El sargento era de los primeros, el concubino de la Marieta de los segundos. Este último también tenía mujer: un tanto tísica, medrosa y triste la pobre, muy agarrada a la vida futura, que se figuraba como un cuartel enorme – hija y nieta de guardias civiles– lleno de ángeles con alas y galones, y Dios de Director General; tenía el concúbito conyugal en horror y por pecado y lo rehuía en lo posible; el guardia, Manolo de nombre, dábalo todo por bueno con tal que no le preguntase dónde compensaba. Manolo y Severiano, el de la celosa aragonesa, hacían, en lo que cabía, por lo que del sargento se ha dicho, buenas migas; se contaban sus miserias y hermaneaban a menudo en su afición al arroz, aunque el uno lo prefiriese caldoso y el otro seco, fuente de discusiones desapasionadas.
Rafael llevó un sábado, a última hora de la tarde, unos aperos al «maset». Se le había hecho tarde en la tienda puliendo una pulsera acabada de componer. Dijéronle los plateros que se quedara a dormir en el campo, que ellos ya irían al día siguiente, a la hora de siempre: aquella noche pensaban ir al cine donde anunciaban una película de Francesca Bertini.104 Los horteras105 se remozaban con ello: habíanse conocido en un cine de Valencia, a la sombra de Pina Menichelli,106 y todo lo que oliera a cinematógrafo italiano les hacía mirarse con languidez. El viaje del rey y de Primo de Rivera a Italia,107 realizado por los días en que sucede lo que se narra, acababa de dar aire y peso a este extraordinario, porque no solían ir a espectáculo alguno.
Rafael llegó a la casa cuando el anochecer se cubría de marino.108 No se sentía el vivir: la temperatura abolía todas las leyes, un grillo cosía en las esquinas el cielo a la tierra con puntadas en forma de serrucho. Marieta le daba a las agujas encalada en una meridiana.
–¡Hola, xiquet!109
Dejó el muchacho su carga en la habitación que servía para todo y vino a tomar el aire. Cenaron a poco entre el pan cenceño unas chuletas asadas y tomate frito, bebieron su porrón de tinto, la merdellona hizo café y aun tomaron una copa de coñac. La mujer le ofreció tabaco, que él con gran extrañeza de la prójima rehusó: no había fumado nunca.
–Uy, quin senyoret! Deu sap quines coses farás quan no estiguenm davant! 110
Rafael se caía de sueño y se fue a la cama. El casal, como sus lindantes, tenía en su planta baja la sala abierta a todos los vientos y dos alcobas. La guardiana dormía en el sobrado, frente a la azotea, donde solo se sube a tender: el paisaje les importa a todos un comino, aunque, quiéranlo o no, sobre los naranjales, hay al fondo una rayita de mar para alegría del corazón.
Dormía Rafael, por una condescendencia solo explicable por la imposibilidad de volver aquella noche a la capital, en uno de los dormitorios de abajo. La cama era nueva, de madera marqueteada con nácares irisados, a su lado la mesilla de noche con su loncha de mármol rojizo sobre la que descansaba una palmatoria de aluminio, con bujía, y una caja de cerillas de cinco céntimos. Todavía no habían instalado la luz eléctrica, a pesar de las promesas hechas cada lunes al platero por un amigo suyo, empleado en la Electra Castellonense desde hacía veinte años. Las paredes estaban recién encaladas y el alizar brillante, verde y colorado. Rafael se desnudó; extrañó las sábanas limpias. Hacía calor y no se dormía. Se destapó y, por distraerse y buscar el sueño, empezó a masturbarse. En aquel momento, sin otra razón que el acecho, entreabrió la puerta la morena salaz y sin decir ni pío subióse a la cama arremangándose las faldas e introdujo ella misma la razón de ser del atónito mancebo en su muy arrastrado cauce. –Así no, bobo, así no –barbullía la mole.
Rafael estaba callado y quieto.
–¿No lo has hecho nunca?
Y como asintiera negando con solo menear la cabeza, convirtióse la quillotra111 en devanadera loca, con gran susto del primerizo que no sabía a qué santo encomendarse. Comíaselo a besos la gran ladrona y el mocoso se dejaba. Repitieron dos veces la suerte variando las posturas; quiso la zalamerona quedarse a dormir, pero el estrena se negó en redondo. Fuese rezongando la maridada, no sin cien requiebros, prometiéndoselas felices para el amanecer, antes de que llegaran sus dueños, y así se lo hizo prometer a su irresoluta víctima. Tan pronto como la oyó por los techos se levantó Rafael y vistiendo camiseta y pantalón salió por la ventana al escaso jardín y por sobre el cercado a la huerta.
«¿No era más que eso?».n Le sorprendía que el placer no fuese mayor, de otra manera. Le parecía el amor una cosa caótica y hecha de cualquier manera. Él se lo había figurado más ordenado: una ascensión al paraíso según las normas del catecismo, con tiempo sobrado para ver el paisaje a derecha e izquierda, con una llegada al destino que tuviese algo de la arribada a Nueva York: de un lado la estatua de la Libertad y del otro los rascacielos, como en el cine. Atemperaba su desilusión el sentimiento de haber cruzado el difícil estrecho que le separaba de los hombres; humillábale que aquello hubiese sido tan fácil, sin dolor, tan sucio, pegajoso y maloliente. Pero todo, ahora, en la vida, se le antojaba coser y cantar, puerto vencido. «¿Te das cuenta? –se decía– ¿te das cuenta?». Y no se contestaba. Había luna y el campo estaba embalsamado de azahar. Un tren corría a lo lejos.
«Y ahora, ¿qué?». Por primera vez pensaba claramente en el futuro. Se imaginó Barcelona como algo que existía verdaderamente; se dio cuenta de que el correo de las diez y diez llegaba efectivamente a Barcelona. Hasta aquel momento, «el correo de Barcelona» era la denominación de un tren que pasaba por Castellón; ahora se percataba de que aquellos vagones iban a parar a una gran ciudad, que la gente que en ellos viajaba llegaba hasta allí, y allí vivía y trabajaba. Un millón de habitantes. Cuando un campesino piensa en algo más que en la capital cercana, sus vecinos le miran con atención y cuidado. Rafael se miró a sí mismo y se dijo: «¿Por qué no?». Su virginidad perdida trasformábase en geografía y la vida se le presentaba por vez primera como un camino.
Volvióse a la cama con una gran locomotora en el cerebro y se durmió como piedra. Cuando salió el sol, no es que no quiso oír los nudillazos de la halconera en la puerta previsoramente apestillada: dormía. Despertó con los plateros en casa. Buena se la armaron. El mozo bajó la cabeza, sin más disculpa que la del domingo.
Pasó así un año. Repartíase la cuarentona entre su civil y el chaval, hasta un día en que el primero husmeó un no se sabe qué y se presentó el sábado, día que tenía rigurosamente prohibido: bebió las heces112 y fuese a llorar sus cuernos en la pechera del sargento.
–Le vamos a sacudir... –Severiano acabó la frase con cierto imprevisible ingenio– el polvo.113
No se dio Manolo por aludido y sonrió largando los dientes al aire:
–Puñetero niño.
Le esperaron a favor de un cañaveral, camino de la estación, y sin decir palabra empezaron a arrearle, dándole gusto a la mano y a la culata. El joven se zafó y les plantó cara tres metros más allá.
–¿Por qué me pegan?
–¡Ven acá, ladrón!
–Ustedes se equivocan, yo no he robado nada a nadie.
Miráronse los tricornios.
–¿Tampoco te acuestas con la Marieta? –preguntó Manolo con odio y sorna. «¡Un mocoso así!..». –pensaba.
Quedó Rafael muy extrañado de la pregunta. Ignoraba los tejemanejes de la esparrancada.
–Sí –contestó ciando.
–Conque sí, ¿eh?
Cayéronle encima y le atizaron a modo, enzurizándose el uno al otro.
–¡Cuidado con lo que digas! –dijo Manolo–, y si no: ¡vuelve por otra!
–¡A ver dónde te metes, valiente! –recargó el sargento.
Y se fueron a campo traviesa, hurtando naranjas para atemperar la sed.
Platero y platera se sorprendieron y asustaron del relato y supusieron que Rafael habría sido cogido robando cualquier cosa en la huerta; porque el muchacho tuvo el natural cuidado de callar las deshonrosas razones del bárbaro meneo.
El platero se atrevió a preguntarle si estaba afiliado a algún sindicato:
–Porque nosotros no queremos líos.
Se emperró el chico en no dar explicación de la paliza; enfermaron de hipótesis, suposiciones, sospechas, dimes y diretes los bisuteros, acabando por echar a la calle al mozuelo motivo de tales reconcomios.
La Piruja, que lo había olido todo, cantó de plano el día siguiente a la marcha de Rafael. Mucho se indignó la platera, que trató de indecente al joven:
–Parece mentira, ¡cría cuervos y te sacarán los ojos!
Lo que más le dolía a Rafael Serrador era que le hubiesen vuelto a pegar después de decir verdad. Sus padres no le habían vapuleado nunca. Se quedó con un oscuro y cruel afán de devolver golpe por golpe y un sentimiento de inferioridad de no ser lo suficientemente fuerte para quedar en paz. El gusto de la sangre le dejó sin cuidado y no tuvo espejo para poder lamentarse de su triste estado –la acequia donde se lavó traía el agua rojiza y andaba sin remansos–. Cojeó ocho días, las señales duraron más.
Corría mayo del año veintinueve cuando tomó, a las diez y diez de la noche, el correo de Barcelona, con doscientas cuarenta pesetas en el bolsillo, después de haber pagado su billete. Tenía dieciséis años.
3. Barcelona
Era un vagón de madera corrido;114 hacía calor y todas las ventanillas estaban bajadas. Entraba el aire de la noche y la carbonilla. El tren iba abarrotado; las rejillas, atestadas: maletas de fibra, cartones atados y reatados con bramantes o hilo de palomar, sacos, líos envueltos en pañoletas; los bultos mayores estorbaban el pasillo, con viajeros sin plaza, resignados y soñolientos, como entregados sin remedio a un fatal destino; ramos de naranjas bien ordenadas se intercalaban entre los equipajes.
Rafael, enjuto, consiguió un sitio, apretándose en un asiento seis en el lugar de cinco, entre una vieja, con pañuelo negro en la cabeza, que volvía a Vinaroz y un empleado de la Telefónica, de Barcelona. Pudo encajar su maletín bajo el asiento entre un atado de ropa y dos gallinas resignadamente maneadas. «Voy a dormirme en seguida, y cuando despierte estaré cerca de Barcelona. Te duermes, y abres los ojos a trescientos kilómetros de distancia. ¡Y eso puede hacerse todos los días, parece mentira!». Le iba ganando el calor de sus vecinos. El campo llano daba su hálito de azahar, empenachado de humo y pavesas. «Ahora como sardinas, y no nos volveremos a ver». ¿La locomotora? Cuchillo decentando115 España; arado que le labraba un surco, dejando estela: como si él fuese el primero en efectuar el viaje, descubridor de nuevos mundos, macheteando una senda por la selva virgen. El runrunear de la gente, el traqueteo de los ejes sobre los empalmes de los raíles. Unos departamentos atrás alguien apuntaba una malagueña, dos jaleaban. «Bar-ce-lo-na-Bar-ce-lo-na-Bar-ce-lo-na». Le parecía que el repicar de las ruedas le iba salmodiando el nombre de su destino. Las cabezas vencidas por el sueño o la vela se mecían a compás, de derecha a izquierda y viceversa. «Bar-ce-lo-na-Bar-ce-lo-na. Me va a entrar el sueño. Quiero que me venza».
Tres personas más allá ronca un soldado. Su vecino le corta el resuello con unos chasquidos. Tras una pausa vuelve el bendito a las andadas; antes se cansa el amaestrador que el durmiente. (Lo chusco: pasada Santa Magdalena, duérmese el interruptor y ronca en otro registro). Benicásim, Oropesa, Alcalá...116 «¿Por qué no duermo?». Las paradas violentas, los arranques con grandes estrépitos de cadenas tendidas y aflojadas no son razón suficiente. «Tengo sueño. Estos que me rodean...». Frente por frente duerme un niño, la cabeza en las rodillas de su madre. En una de las esquinas barbota un cura. «¿Qué tenemos que ver los unos con los otros? ¿He dormido? El vaivén, lo-na-Bar-ce-lo-na-Bar. ¿Oirána los demás lo mismo que yo? Chirriar de los frenos. Vinaroz. Baja mi vecina, ahora estamos más anchos». Rafael sigue su viaje en el mapa colgado en la estación de Castellón, frente al que estuvo media hora, haciendo cola, esperando que abrieran el despacho de billetes; todo él cagado de moscas, sobre todo las Baleares y el azul del mar. «Ninguno de estos sabe que voy a Barcelona, a quedarme a vivir allí». Con el codo apretujaba contra el pecho la cartera con el dinero y la carta de un representante para un almacenista de quincalla. «¿Qué saben todos estos de mí? Lo mismo que yo de ellos. Cada uno tiene sus razones de viajar. ¿Qué pensarán de mí? No piensan nada de mí. ¿Qué es este? ¿Qué haréb en Barcelona? ¿Me perderé? ¿Qué quiero ser? No sé lo que quiero ser. No puedo querer ser, tengo que ser lo que quieran. Haz lo que quieras. ¡Qué irrisión! Los ricos, los que viajan con las posaderas sobre muelles». Rafael siente los coche-camas como un insulto personal. «¿General? ¿Viajante? ¿Obrero?». Desconoce la palabra «ambición», unida en el pueblo y la pequeña burguesía a una definición peyorativa de abogado y política. «¿Me perderé?». Se representa a Barcelona como un enrejado de calles infinitas y por ellas una multitud corriendo sin casi mover los pies, como en una película cómica vista ¿hace cuánto? Estaba rendido, con su maletín en la mano, deambulando por unas calles todas iguales, y mudo, frente a portales cerrados, como una barrera. De pronto se queda solo y las calles se alargaban. La soledad le daba a conocer su propio cuerpo. Se tentaba. «Dejarme solo. Que me dejen solo». Era en la plazuela de Viver, había toro de muerte y un pobre maleta, franelilla al viento, frente al novillo, le desafiaba, descolorido; el bicho se arrancó y el torero salió por el aire. Recogiéronle entre varios, pero el muchacho se zafó. Alzó la muleta del suelo, gritando: «¡Dejarme solo! ¡Que me dejen solo!». Por la lívida cara morena del matador sombreaba el cardenillo; embermejecía la pechera; el novillo, lejos, no le hacía maldito el caso. Fuese el mozo para él, y se le plantó delante. «Yo solo, solo yo». Rafael López Serrador. «¡Entra, toro!». Y adelantaba la pierna contraria. Dio esta en el vecino. El traqueteo lima fronteras. Monotonía. «Bar-ce-lo-na-Bar-ce-lo-na».
El revisor es un jarro de agua fría. Tras él, y porque sí, dos tricornios. Todos se figuran, por un fragmento de segundo, estar en falta, haber perdido el billete. «Si viajase en primera». Pagan con su cartón,117 y vuelve a oírse el andar. Pero con la presencia de lo coercitivo, Rafael se siente unido a sus compañeros de viaje, como si estuviese enhebrado; advierte tras sí, como una masa, como un calor, todo el tren. «¿Qué une a los hombres? ¿La protesta? ¿El miedo? ¿El deseo de alcanzar algo? El valor es cosa individual, de estarse solo, de desafiar el toro con los pies juntos, de mandar». Rafael López Serrador pasa rozando la fraternidad. Ulldecona, Santa Bárbara.118 Un ruido circular, atunelado, de hierros. Un dormilón rezonga:
–El Ebro.
Tortosa. «Tengo sueño: un pozo. Algo me liga a los vivos. ¿Cuándo volvería? El carricoche. Su padre, sus hermanos. No es posible que la mentira proporcione palizas. Si todo el mundo mintiese, no existiría mundo. Hay que decir la verdad y pegarse por ella, a pies juntillas;119 no ofender a padre ni madre. Siempre a pies juntillas, y a volapié».
Despertó en Rubí. El sol, a ras de horizonte, le calentaba el muslo derecho. Tenía las manos sucias y ganas de mear. Fuese a hacer cola a la puerta de la «Toilette», como ella misma decía llamarse. Salía a la llanura del Llobregat como si el sueño y la noche hubiesen sido un gran túnel de Garraf.120 Le pareció la luz más clara y delgada que en la Plana. Enseñáronle el Tibidabo y luego Montjuich.121
–¿No ha estado nunca en Barcelona? No deje de ver el Parque.122
Sobre el campo, una capa de niebla. Divisaba una parte de la ciudad puesta en el horcajo de dos collados. En la falda frontera, los viajeros se pirran por ver las construcciones de la Exposición. Adivínanse andamiajes. Los humos suben derechos hacia el cielo, en toda la llanura. Se empeñan en enseñarle las atracciones del Tibidabo. Sans.123 Por los andenes vocean La Vanguardia y El Día Gráfico. «Hasta la noche no llegarán a Castellón». Un túnel entrecortado. Casas de cuatro, cinco, seis pisos, vistas desde lo hondo de una trinchera.124
El apeadero de Gracia, todo de mayólica blanca, más estrecho, más poca cosa de lo que se había figurado. Salen de nuevo a la luz de la mañana. Una plaza de toros, de ladrillo y azulejos blancos y azules, varios pasos a nivel, con autobuses rojos con imperial, y largos tranvías amarillos. La ciudad tiene, a la altura de sus tejados, un tinte morado carmesí de sal que huyec al zarco de una mañana sin nubes. Brilla la rosada en las escasas hierbas de las esquinas de solares pelados, cuya cerca los convierte en campos de fútbol. Lo que másd sorprende a Rafael son los menhires apanalados125 de la Sagrada Familia. Se promete ir a verlos de cerca tan pronto como pueda. Se multiplican las vías; ya se separan y ordenan entre andenes.
Ya está con su maletín en la plaza Palacio. Se asombra de los árboles. Nadie le había dicho que hubiese plátanos copudos sombreando calles, y si se los figuraba, eran raquíticos como los de las plazoletas de Castellón. Los grandes parques eran otro cantar. Es su mayor sorpresa: ¡grandes árboles en medio de la ciudad! Las palmeras del Paseo de Colón. El platanar de las Ramblas. Los pájaros, los miles de gorriones. Lo demás le parece natural y pequeño. Da sin dificultad con la calle del Hospital, con la fonda de la Estrella, a la que va recomendado por un ferroviario conocido suyo.
Danle y toma café con leche, se refresca la cara en una jofaina rosa realzada con dorados. Vuelve a la calle. ¡Qué pequeño y oscuro todo! ¡Cuánta gente para tan poco espacio! No se amilana por nada, nada le sorprende. Va en busca de trabajo: tiene toda la vida para ver Barcelona.
Le gusta el piso alquitranado de la Boquería.126 Nunca ha visto calle tan dulce de pisar, pero ¡qué estrecho y negro todo! ¿Por qué tan hacinados? Cada casa una tienda, los portales sirven de escaparate. Aquí hasta los porteros son comerciantes. Y tanto hablar de tiendas... ¡Bah!: no tienen nada de particular.
Llega a Baños Nuevos,127 tuerce a la izquierda, encuentra su número, sube a un primer piso: «Bisutería y Quincalla».
Don Enrique Barberá Comas lee la carta de su representante de Castellón. Entra Rafael de aprendiz con veinte duros al mes.
–Supongo que serás un muchacho serio. Yo no admito aquí ningún cantamañanas. Te tomo porque no estarás maleado. Y aquí podrás aprender. ¿Vas a misa? ¿No tienes familia navarra por casualidad?
El chico no sabe qué contestar.
–Bueno, no me importa. El ir a misa no le hace daño a nadie, a nadie.
Llama al encargado, un viejo con guardapolvo gris.
–Lo pone en el lugar del Quimet. Y ojo con él.
Don Enrique Barberá Comas es carlista, pertenece a un círculo tradicionalista y lee El Correo Catalán. Tiene un gran desprecio por casi todos sus conterráneos, pero ese desprecio es grano de anís en comparación del que siente por el resto de los españoles, exceptuando a los navarros. Sus viajantes no pasan los umbrales de la Gran Cataluña, don Enrique tiene en menos comerciar con quien no entiende catalán. Es posible que sea difícil explicar cómo un monárquico absolutista puede sentirse tan unilateralmente arraigado a Cataluña, es posible que él mismo no se lo explique, seguramente no ha querido intentar explicárselo. Se encuentra bien así, y vive.
El trabajo de Rafael no es divertido ni molesto. Consiste en hacer paquetes y llevarlos a la estación o a los recaderos. ¿Cómo son los catalanes? Es gente atada, se dice a los pocos días nuestro mancebo, replantada en su mismo mantillo, abonada por su mismo humor, irrigada por su propia lengua, más dada a los dineros que a su honra, y muy pagados de esta última. No hay gran descubrimiento, gran hazaña, Gran Metro, gran poema, gran puente, religión, pintura, batalla o cuerno que no tenga su catalán a la vuelta; ni filósofo como Llull,128 ni poeta como Maragall,129 ni general como el conde de Reus,130 ni aéreo131 como el de Montserrat, ni Exposición como la suya,132 ni salchichón como el de Vich, ni butifarra como la de la Garriga, ni músico como Albéniz.133 Todo esto lo sabía Rafael a los ocho días de su empleo por el afán proselitista y pedagógico de uno de los empleados, secretario de una entidad turística catalanista y tamborilero de una cobla muy principal.134 Y aprende que no hay agua como la de Canaletas,135 ni Vichy como el catalán;136 Enrique Borrás137 el mejor actor, Margarita Xirgu la mejor actriz y Terra Baixa el súmmum.138 Rafael oye y calla. No acaba de creerlo todo, pero se alegra de haber caído en país de tan buenas prendas.




