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Pero todavía sentía mayor desprecio por la gente del público. En un concierto en Alemania, «mordí a un skinhead en la boca y empezó a sangrar horriblemente», escribió Rollins. «Acabé con la cara llena de su sangre.» En Viena, un miembro del público golpeó a Rollins en la boca con el micrófono; la gente le escupió a la cara; alguien le quemó las piernas con un puro; intentó proteger de unos porteros demasiado celosos a un tipo que quería tirarse desde el escenario, y el tipo al que intentaba proteger le propinó un puñetazo en la barbilla por sus molestias. Cuando llegó la policía, la multitud les dio una paliza, les robó el uniforme y, presuntamente, mató al perro policía.
Cuando un punk pendenciero molestó a Ginn durante un concierto en Inglaterra, Rollins le partió la cara. «Su cresta», escribió Rollins, «se convirtió en un buen mango mientras golpeaba su cara contra el suelo.» Posteriormente, Ginn regañó a Rollins por esa paliza, tachándole de «machito gilipollas». Rollins estaba convencido de que Ginn habría pensado de forma muy diferente si le hubieran atacado a él. «No me molesté en hablar con él porque no puedes hablar con Greg», escribió Rollins. «Solo puedes aceptarlo y continuar tocando. Peor para él.»
Cuando fueron a tocar a un club en Italia, había una multitud de punks de aspecto amenazador esperándoles. Los punks italianos rodearon la furgoneta y empezaron a zarandearla y a aporrear las ventanillas. El grupo empezó a asustarse, intentando encontrar un modo de entrar en el club sin sufrir ningún daño físico. Finalmente, salieron atropelladamente de la furgoneta y corrieron hacia el club. Esa marabunta embravecida enseguida les rodeó y empezó a abrazarles, besarles y darles regalos.
Mientras Black Flag resolvía su situación legal, destacados grupos hardcore como Minor Threat se habían separado, los Bad Brains se habían tomado un descanso indefinido y la escena hardcore se había vuelto absurdamente reglamentada y endogámica, tanto social como musicalmente. La ilustración de Raymond Pettibon para Six Pack, el EP que Black Flag sacó en 1981, había sido asombrosamente profética: un punk que se había pintado a sí mismo en el rincón de una habitación. La música que Black Flag hizo tras Damaged fue un intento por trazar un itinerario fuera de ese callejón estilístico sin salida. Eso significaba volver a grupos como The Stooges, MC5 y, sobre todo, Black Sabbath para encontrar formas de transmitir agresividad y poder sin recurrir al truco barato de la velocidad (aunque el grupo conservó el truco todavía más barato del volumen). Así pues, Ginn frenó la nueva música de Black Flag, argumentando que aunque una bala a toda velocidad puede perforar un muro, un tanque que avanza lentamente causa más estragos.
Pero al constatar sagazmente que muchos otros grupos, grupos por los cuales sentía un gran desprecio, tomaban sus ideas y las convertían en una fórmula y vendían más entradas y discos que Black Flag, Ginn ocultó ese nuevo planteamiento a los advenedizos.
—No querían tocar las nuevas canciones porque ya había demasiados grupos dispuestos a robar las ideas en las que estaban trabajando —explica Joe Carducci—. Mucha gente estaba en vilo: «¿Qué haces después de acelerarlo todo hasta el punto de ruptura? ¿Qué haces entonces, Greg?». Así que Greg ocultó todo eso… No lo tocaba delante de los demás.
Pero Ginn tenía que hacer cambios en el grupo si quería plasmar su nueva visión musical. Como guitarrista, Dez Cadena era conservador y se decantaba por el rock clásico genérico propio de Humble Pie y ZZ Top, que Ginn ya no podía tolerar. Cadena dejó el grupo en agosto de 1983 para formar su propio grupo, DC3, que grabó varios discos para SST inspirados en el rock clásico.
Y en otoño, Chuck Dukowski también dejó el grupo. Ginn era un hombre con el que era difícil trabajar, pero a esas alturas Dukowski se estaba llevando la peor parte por culpa de su ambivalencia.
—Greg nunca se mostraba satisfecho con nadie, daba igual quién fuera o el aspecto del que se tratara —explica Joe Carducci—. Con Greg siempre está esa sensación de que nada es jamás lo bastante bueno.
—En términos musicales, tenía la sensación de que habíamos llegado a un callejon sin salida —explica Ginn, mientras añade que su química musical con Dukowski era más producto de ensayar hasta la saciedad que de una afinidad natural—. En cierto sentido, siempre pensé que era como un pegote, en lugar de un auténtico groove natural.
Ginn había sentido aquello durante largo tiempo, aunque Dukowski se dedicaba tan plenamente al grupo y era una parte tan importante de su espíritu de equipo que fue difícil dejarlo marchar.
Ginn no se atrevía a criticar abiertamente a Dukowski y, en lugar de ello, le ponía las cosas difíciles con la esperanza de que Dukowski se acabaría yendo por propia voluntad. Pero Dukowski había invertido en el grupo demasiada energía como para simplemente largarse, y ese punto muerto se alargó durante varios meses de agonía. Finalmente, sin consultar a nadie más en el grupo, Rollins decidió acabar él solito con el estancamiento y despidió a Dukowski.
Aunque Dukowski ya no tocó en el siguiente disco, My War, este incluye dos canciones suyas —una de ellas es la que da título al álbum—, de modo que es imposible que las diferencias por ambos lados fueran tan grandes. Dukowski acabó convirtiéndose en el mánager de facto del grupo y en el diligente director de la agencia de contrataciones de SST, Global Booking. Eso fue un golpe maestro, puesto que las interminables giras pusieron literalmente a los grupos del sello en el mapa y ayudaron a establecer el dominio de SST en el mercado indie durante la década siguiente.
Pero la marcha de su compañero de fatigas dejó secuelas en Ginn. Durante los cinco primeros años, Ginn no había sentido ninguna necesidad de dirigir al grupo con mano de hierro; de hecho, parecía que el caos le gustaba.
—Pero entonces, en 1983, había asumido el control absoluto del grupo —explica Carducci—. Y no parecía disfrutar nada con ello.
El sistema de trabajo del grupo no hizo más que intensificarse.
—A diferencia de la mayoría de la gente, Greg era un fanático —explica Carducci—. Llevó las cosas a un nivel que resultaba insoportable para los pesos pluma: no podían soportar dormir en la furgoneta, no podían soportar no saber dónde se iban a alojar, no podían soportar los clubs.
Cuando estaban de gira, el grupo cobraba cinco dólares al día. Hacia el final, ganaban diez, y ya en la última gira, veinte.
—Si teníamos un reventón, cogíamos algún neumático viejo que alguien había dejado en la parte de atrás de alguna gasolinera y lo poníamos —explica Ginn—. Realmente, todo era muy crudo.
En las primeras giras, el número de personas que asistía a sus conciertos oscilaba entre veinticinco y doscientas. A la larga, a medida que aumentaba su popularidad, acabaron tocando seis meses al año o más. Pero al alargarse tanto las giras, a los miembros del grupo les resultaba complicado conservar sus trabajos cuando regresaban a casa, y entonces era cuando las cosas se ponían realmente feas.
A menudo los padres de Ginn les echaban una mano con comida e incluso con ropa. El señor Ginn compraba ropa usada tirada de precio, y el grupo se llevaba de gira un enorme saco y sacaban lo que les gustaba de ese cajón de sastre. Adiós a la moda punk.
—Sin la familia de Ginn —explica Rollins—, no habría existido Black Flag.
El señor Ginn alquilaba camionetas y furgones Ryder para el grupo y estaba tan orgulloso de su hijo que, cuando daba clases en Harbor College, a menudo llevaba la insignia de Black Flag estampada en el bolsillo de sus camisas. Con frecuencia, el señor Ginn hacía bocadillos de queso gratinado, compraba unos cuantos litros de zumo de manzana y un poco de fruta en una parada de verduras y lo llevaba a SST.
—Comíamos bocadillos de queso, aguacates que costaban un dólar cinco unidades y zumo de manzana durante días —explica Rollins—. Todas esas cosas acababan llenas de moho, de modo que rascabas el moho y seguías comiendo.
Suena bastante duro, pero Ginn, siempre estoico, quita importancia a esas privaciones.
—Creo que la gente podría pensar que era duro, pero todo es relativo, hay cosas que sí que consideraría duras, por ejemplo, la guerra —explica Ginn—. Jamás pensé que fuera duro. Consideraba duro no tener dinero, pero siempre me decía, si duermes en el suelo, ¿cómo te puedes dar cuenta de la diferencia, si de todos modos estás dormido?
Quizá porque Rollins había crecido en un ambiente relativamente próspero y era hijo único, buscaba la mayor comodidad e intimidad posibles. Cuando el grupo volvía a Los Ángeles, buscaba algún amigo con una habitación extra o dormía en la casa familiar de Ginn en lugar de vivir en la miseria con el resto del grupo.
—Aunque se esforzaba de verdad, jamás se sintió cómodo con ese tipo de vida —cuenta Ginn—. Lo cual no es malo: creo que quizá es propio de las personas normales. Evidentemente, pienso que es así.
Rollins se quedaba en casa de los Ginn tan a menudo que, al final, le invitaron a vivir allí. Le ofrecieron una habitación, pero Rollins escogió lo que él llamaba «el cobertizo», un edificio anexo pequeño y amueblado que había sido el estudio del señor Ginn. La entrada de Rollins en su familia enojaba a Greg Ginn hasta límites insospechados; más aún cuando la señora Ginn le preguntó si su hijo fumaba marihuana y Rollins respondió que sí.
El resto del grupo vivía donde ensayaban.
—Incluso al final vivíamos siete personas en una habitación —explica Ginn—. Y siempre vivíamos ese tipo de situaciones, viviendo donde ensayábamos, o donde fuera, en furgonetas y ese tipo de cosas. Ya desde el principio, materialmente, no encajábamos.
—Había algunos momentos de escasez en los que estabas comiendo una barra de Snickers y entrabas y alguien te decía: «¿De dónde la has sacado?» —recuerda Rollins—. «¿De dónde has sacado el dinero para comprar eso?» «Pues he cogido un dólar de una orden de pago al contado.» Así de arruinados estábamos.
La madre de Rollins le mandaba de vez en cuando un billete de veinte dólares y él se lo ventilaba en un litro de leche y galletas en el 7 Eleven.
—Decía: «Me voy a dar una vuelta» —explica Rollins—. Iba hasta allí y encontraba un sitio donde esconderme y poder comer, y luego me aseguraba de que no me quedaban migas en la cara. Así de apurados estábamos en ciertos momentos.
En ocasiones, entraban en un restaurante mejicano local y compraban un refresco:
—Entonces esperabas que una familia se levantara y cogías la tostada que el niño pequeño no se había terminado y te la llevabas a tu bandeja antes de que nadie se diera cuenta porque, si alguien te veía, cogía un buen cabreo y te ponía de patitas en la calle —afirma Rollins—. Esa no era la forma en la que me habían educado. A mí me habían criado con ropa interior blanca y limpia, tres comidas completas al día, una cama con mantas de Charlie Brown; la típica educación de clase media. De modo que todo aquello era nuevo. Íbamos a Oki Dogs, les tirábamos los tejos a unas punks y decíamos: «Ey, somos pobres, dadnos de comer». Hacíamos que las chicas punks de Valley nos dieran de comer. Y nos pasábamos la noche esperando esa bandeja de patatas fritas.
—Lo que hacía que todo el mundo aceptara ese estilo de vida bastante tortuoso era el hecho de que la música era muy buena —explica Rollins—, y nosotros lo sabíamos. A fin de cuentas, no teníamos dinero, íbamos hechos unos zorros, apestábamos, la camioneta apestaba y todo el mundo estaba en contra nuestra. Pero oías esa música y pensabas: «Oh sí, somos los putos amos».
Aunque todavía tenían que encontrar un sustituto para Dukowski, estaban ansiosos por grabar su siguiente álbum: el nuevo Black Flag, lento y metálico, no podía seguir esperando a renacer. De modo que Ginn, como «Dale Nixon», tocó el bajo en My War, a menudo ensayando con el hiperactivo Stevenson ocho horas al día, solo para enseñarle a tocar lento y a dejar que el ritmo, tal y como lo describe Ginn, «rezumara».
—No estaba acostumbrado a tocar tan lento —afirma Ginn—. Supongo que nadie lo estaba.
My War invierte la proporción punk-Black Sabbath de Damaged: en esta ocasión predomina el pesimismo y la fatalidad de los Sabbath, aunque inflado con un chute poderoso de crítica punk y testosterona. El sonido era mucho más metálico y fangoso, con Ginn fijando la música con pesados acordes para bajo y guitarra. Rematado con algunas serias influencias del jazz fusión, My War suena a veces tan mal como la Orquesta Mahavishnu tras un mal día de trabajos forzados.
Gran parte del material era fuerte, pero como el grupo únicamente era una formación de estudio, se nota una frustrante falta de sensación de conjunto en las canciones; en concreto, la voz de Rollins y el sonido de Ginn suenan desconectados de todo lo demás. Además, hay que tener en cuenta el perfeccionismo incansable de Ginn en el estudio, lo que podría explicar la falta de chispa de muchas de las últimas grabaciones de Black Flag.
—Nunca estaba dispuesto a dejar que la interpretación fluyera —explica Spot, que coprodujo el álbum—. Y, sinceramente, creo que ahí es donde la cagamos.
Consecuentemente, las mejores grabaciones del grupo en la última época son las que realizaron en directo, Live ‘84 y Who’s Got the 101/2?, de 1985.
My War reducía el desasosiego hardcore a un muro de autoodio tan densamente construido que jamás podría caer; en «Three Nights», Rollins compara su vida con un trozo de mierda enganchado a su zapato, clamando: «And I’ve been grinding that stink into the dirt / For a long time now11». Pero en algunos casos las letras no importaban demasiado; en la canción que da nombre al álbum, los gritos espeluznantes y los inquietantes bramidos bestiales de Rollins lo dejan todo muy claro.
Para la mayoría de oyentes, la música había perdido la energía y el ingenio de antaño; Rollins vocifera discursos angustiados, alejados de la poesía mordaz y directa del pasado. Las elaboradas progresiones de acordes y el torpe lenguaje parecen grilletes expresamente encadenados al grupo con el fin de comprobar si, a pesar de ellos, pueden soportar el peso. En la mayoría de ocasiones, lo consiguen: la interpretación es feroz y el grupo a menudo reúne bastante energía como para golpear el muro de ladrillos con un acorde extraño o cambio de tempo. Pero toda la fuerza que My War alcanza se detiene en seco por un trío de canciones de más de seis minutos, insoportablemente largas, en la cara B. Aunque Ginn escribió la letra, «Scream» resume la razón de ser artística de Rollins en cuatro meras líneas: «I might be a big baby / But I’ll scream in your ear / ’Til I find out / Just what it is I am doing here12». La canción termina con Rollins aullando como alguien a quien estuvieran despellejando vivo.
Terrible y agotador, esa celebración del sludge desafiaba directamente la velocidad cada vez mayor del hardcore —dentro de la escena hardcore, la cara B de My War era tan herética como Bob Dylan tocando la guitarra eléctrica en una de las caras de Bringing It All Back Home—.
—Definitivamente, fue como establecer una división —explica Mark Arm de Mudhoney, quien había estado en los conciertos de Black Flag en Seattle desde 1981—. Era como una especie de test de inteligencia: si podías entender el cambio de Black Flag, no eras idiota. Y si pensabas que solo estaban prostituyéndose, entonces sí que lo eras.
La aleación hardcore-metal que hizo Black Flag resultó muy avanzada para su tiempo. Pero aunque la valentía y la visión de semejante movimiento eran admirables, también hizo perder un montón de fans al grupo. Incluso al editor de Maximumrocknroll, Tim Yohannon, uno de los primeros y más ardientes defensores del grupo, no le gustó el disco. Aunque Yohannon reconocía que el grupo había trabajado mucho y bien para abrir un nuevo camino para el punk y había soportado un penoso acoso legal en el proceso, esas penurias y tribulaciones no podían redimir al disco. «Para mí», escribió Yohannon, «suena como Black Flag haciendo una imitación de Iron Maiden imitando a Black Flag en un mal día. Las canciones más cortas son realmente excitantes, y las tres de la cara B son un puro tormento. Sé que la depresión y el dolor son rasgos distintivos del mensaje de Black Flag, pero ¿también lo es el aburrimiento?»
Al final, Black Flag editó cuatro discos en 1984. Ginn no estaba seguro de si el esfuerzo y el dinero invertidos en la promoción de los discos serían rentables, así que simplemente decidió sacar cuatro álbumes en rápida sucesión y promoverlos juntos mediante una gira sólida. La radio universitaria, anonadada por la saturación de novedades, no supo qué hacer con ninguna de ellas.
Cuando llegó la gira de Slip It In, a finales de 1984, el grupo abría los conciertos con un tema instrumental con enormes influencias del metal mientras Rollins esperaba entre bastidores. Un par de años antes, semejante decisión hubiera merecido los abucheos de los puristas del hardcore, pero en ese momento solo propició que el público, en el que se mezclaban melenudos, punks y metaleros, iniciara un moshing furioso. En medio del repertorio, Rollins contenía la respiración mientras ellos descorchaban otro tema instrumental, entonces volvía y se sumía en el lodazal de los nuevos y fangosos temas.
Tanto Black Flag como su público habían empezado con un punk rock frenético de dos y tres acordes y habían evolucionado hacia terrenos más desafiantes. Ginn contaba con un grupo y unos seguidores que, hablando en términos musicales, habían empezado desde cero y que habían ido creciendo lentamente. «No había mucha gente que tuviera el estatus necesario para pedir algo a todos esos putos inadaptados y consiguiera que lo hicieran», dijo Carducci. «Greg era uno de los pocos elegidos.»
El problema era que gran parte del público no siempre estaba interesado en seguirle el juego.
—No mimábamos al público, no lo complacíamos —explica Ginn—. Mi actitud siempre fue dar al público lo que necesita, no lo que quiere.
Tanto el grupo como el público se sentían mejor bajo presión. Tal y como escribió Patti Stirling, de Puncture, en una crítica del álbum Live ’84, «La música de Black Flag es capaz de lo mejor cuando el grupo tiene un público; liberan emociones los unos a los otros. Es violentamente sensual en sus mejores momentos y de pelea infantil irritante en los peores».
Además, estaba el hecho de que el grupo jamás se había aliado explícitamente con la escena punk: sus canciones eran introspectivas, jamás hablaban de la «unidad punk» ni despotricaban de Reagan; sus teloneros eran o bien grupos no clásicamente punks (The Minutemen, Saccharine Trust) o completamente repulsivos (Nig-Heist); salvo por la cresta de Dukowski, ni siquiera seguían la típica estética punk.
—La gente se puede volver realmente desagradable si no haces lo que ellos creen que deberías hacer —observa Ginn. Y los segmentos más desagradables del público de Black Flag centraban sus iras en Rollins. La gente no se conformaba con escupir a Rollins, sino que le lanzaba cigarrillos, vasos llenos de orina, le golpeaba en la boca, le clavaba bolis, le tiraba jarras de cerveza, le arañaba con las uñas y le tiraba globos de agua contra las ingles. De gira, su pecho a menudo parecía una zona catastrófica.
Y Rollins no se cortaba un pelo a la hora de responder. En uno de los primeros conciertos en Filadelfia, un tipo del público empezó a burlarse y a empujar repetidamente a Rollins, que no hizo nada salvo ofrecerle una sonrisa diabólica, cual Jack Nicholson en El resplandor. Tras unos cuantos largos minutos, Rollins finalmente explotó: arrastró a ese tipo hasta encima del escenario y lo sostuvo mientras le golpeaba repetidamente en la cara. Finalmente, el hombre consiguió escapar y volver a meterse entre el público. El grupo, claramente habituado a ese tipo de incidentes, no paró de tocar ni un solo instante. A juzgar por Get in the Van, su libro de memorias sobre las giras, Rollins continuó haciendo ese tipo de cosas prácticamente todas las noches mientras estuvo en Black Flag.
Sin embargo, ningún otro miembro del grupo atraía ni exhibía semejante violencia.
—Creo que Henry y su ego en cierto modo provocaban ese tipo de cosas —explica Ginn—. A veces mostraba una actitud de superioridad con respecto al público, y la gente se daba cuenta.
Rollins mostraba una cara de tipo duro y masoquista sobre el escenario, escabulléndose como una serpiente entre el público y mordiendo los tobillos de los presentes, revolcándose en cristales rotos, retando a miembros del público a pelear con él y, sin embargo, mostrándose extremadamente ofendido cuando la gente la emprendía con él. «Cuando me escupen, cuando me agarran, no me hacen daño», escribió Rollins. «Cuando empujo y muerdo la carne de otro, me quedo corto con respecto a lo que realmente le haría.»
Ginn no quería sustitutos idénticos para los miembros del grupo que se iban. De este modo, el viejo material recibía un tratamiento nuevo; el material nuevo procedía de una dirección diferente. Uno de sus principales objetivos era conseguir una mayor maestría musical, motivo por el que contrató a Kira Roessler poco después de haber grabado My War. Roessler, que había estado metida en la escena punk de Los Ángeles desde que tenía dieciséis años, tocaba con DC3, el grupo de Dez Cadena, en el local de ensayos de Black Flag cuando Ginn la oyó y le pidió que se uniera a ellos.
—Eran el grupo más genial que conocía, mi preferido —dijo Roessler—, por lo que, evidentemente, acepté.
Roessler podía tocar tan fuerte y agresivamente como Dukowski, pero también tocaba con mayor fluidez y musicalidad. Y para cerrar el trato, Roessler y Ginn compartían una ética de trabajo semejante: «Hagas lo que hagas, hazlo hasta el fondo», tal y como cuenta Roessler. «Acordamos que no haríamos nada a medias. Las cosas son así, menos no es una opción.»
Mike Watt, de The Minutemen, recuerda que se pasó por el estudio cuando Black Flag estaba mezclando Slip It In, en 1984 («Un puñado de manos luchando en la mesa de control; era cómico», recuerda), y allí, en la consola, había un LP del grupo de metal comercial Dio. No resulta extraño, pues, que Slip It In a menudo emule los peores aspectos de sus fuentes. Tal y como el crítico Ira Robbins escribió, Slip It In «difumina la línea que separa el punk idiota del metal idiota». La sexualidad neandertal de la canción que da nombre al disco («Say you don’t want it / But you slip it in13») y la fatalidad simplista de tantas otras canciones de esa época confirman ampliamente ese comentario. Gran parte de Slip It In era absolutamente espantoso: «Rat’s Eyes» («If you look through rat’s eyes / You will talk about shit real good14») es una lección práctica de pesadez; el tema instrumental y potente «Obliteration» no era mucho mejor. Y sin embargo, había momentos musicales ocasionales que eran los mejores que el grupo jamás había compuesto, en gran parte porque ahora tenían una bajista buenísima. Demostraron que la velocidad no era el único camino hacia la potencia; incluso los Sex Pistols raramente excedían el mid-tempo. Solo se requería talento musical para hacerlo bien.
Tras grabar Slip It In, Ginn, Rollins, Stevenson y Roessler trabajaron duro durante todo el invierno de 1983, ensayando hasta cinco horas al día, seis días a la semana, en un sótano húmedo y apestoso sin ventanas que había bajo las oficinas de SST, con el suelo, las paredes y el techo cubiertos de capas de alfombras baratas de pelo largo. De allí surgió una unidad poderosa y cohesionada para la gira de My War de once semanas a principios de 1984 por Estados Unidos. Se morían de ganas de salir a la carretera y dar forma al primer álbum de verdad desde hacía dos años: «Matar a todo el mundo ya» era el lema de la gira. Estuvieron de gira prácticamente todo el año, regresando de vez en cuando a casa durante un par de semanas para grabar.
Durante el descanso que supuso el fiasco con Unicorn, Rollins había empezado un programa de levantamiento de pesas exigente; cuando el grupo salió de gira en 1984, había desarrollado un caparazón impresionante de músculo. Su físico poderoso no solo era una forma de intimidar a los posibles asaltantes, sino que constituía una metáfora del escudo emocional impenetrable que estaba creando alrededor suyo.




