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La canción «My War» arremete contra un «tú» impreciso que forma parte de «uno de ellos». Aunque la letra era de Dukowski, Rollins parecía llevar el concepto grabado a fuego en el corazón: durante la gira de Slip It In, vio a Derrick Bostrom, uno de los miembros de sus compañeros de gira, los Meat Puppets, con una copia del álbum Triumph de los Jacksons. «Siempre supe que eras uno de ellos», se burló Rollins. De hecho, Rollins parecía encarnar muchas de las letras de Ginn y Dukowski hasta un nivel muy profundo. «I conceal my feelings so I won’t have to explain / What I can’t explain anyway15», grita Rollins en «Can’t Decide». Las letras de Ginn ciertamente eran aplicables a su distante autor, pero era Rollins quien las encarnaba con ganas.
A esas alturas, el grupo llevaba el pelo bastante largo, lo que alimentaba todavía más la ira del público. ¿Cómo podían ser punks y llevar el pelo como hippies? El grupo enseguida integró sus largas melenas en los conciertos. «Black Flag era, en realidad, un concurso de menear la cabeza entre el guitarrista Greg Ginn y el cantante Henry Rollins», escribió Patti Stirling, de Puncture. «El suspense de si chocarían con la cabeza, provocándose una conmoción mutua, era emocionante.»
Por aquel entonces, el grupo dio algunos de sus concierto más incendiarios. Desgraciadamente, todo estaba empezando a diluirse.
Al principio, Rollins cedía gustosamente la palabra a Ginn y Dukowski durante las entrevistas: al fin y al cabo, eran los únicos miembros que habían estado siempre en el grupo, y obviamente la prensa los consideraba los portavoces. Pero entonces, Dukowski se fue y, gradualmente, Ginn cedió el protagonismo mediático a Rollins, que era carismático y citable.
—Me gustaba el hecho de que alguien quisiera pasar tiempo con aquella gente concediendo esas entrevistas y sesiones de fotos —explica Ginn—. No hay nada que encuentre más humillante que estar allí parado haciendo una sesión de fotos. Nada me hace sentir más estúpido. Y a Henry le gustaba todo aquello, de modo que pensé que era la solución ideal… Él desempeñaría ciertas funciones y yo ciertas otras respecto a dirigir el grupo y demás. Así se dividía el trabajo.
Ginn cree que Rollins veía su exposición creciente a los medios como una forma de salir de las sombras.
—Pienso que, en cierto modo, él competía con ese tipo de respeto, como alguien que estuviera planeando aquello —cuenta Ginn—, de modo que intentaba imaginarse a sí mismo en ese tipo de situación.
Así pues, Rollins concedió incontables entrevistas a pesar de quejarse explícitamente de ellas en sus diarios de gira.
La realidad era que Rollins ahora tenía veintipocos años y estaba dejando rápidamente atrás su cara servil y autonegadora —el «chico que cedía a la presión social», el tipo que cargaba los amplificadores para su amigo porque era «el puto amo», el chico deslumbrado, el que no se podía creer que estuviera en un grupo con sus héroes, el tipo que tomaba ácido porque Chuck Dukowski le había dicho que lo hiciera—. Y además, era el líder del grupo.
—Tengo que pensar que Henry, al principio, quizá se contenía un poco con el grupo y que después quizá salió el auténtico Henry o algo así —relata Ginn—. Es la única forma de entenderlo.
Entonces, Rollins empezó a reivindicarse tan enérgicamente como pudo, y Ginn empezó a lamentar haber cedido el protagonismo al cantante. En su propio estilo, de forma sutil, Ginn empezó a mostrar su descontento.
—Se llegó a un extremo en el que todo era miedo a que Greg se cabreara —cuenta Rollins—. «Queremos entrevistarte para nuestro fanzine.» «Hom-bre, ¿podéis entrevistarnos a mí y a Greg? ¿O a mí y a Bill? Si solo me entrevistáis a mí, me temo que me caerá una bronca.»
Pero el lado abnegado de Rollins hacía que se crucificara por haber decidido asumir tanto protagonismo. En su diario, letras y conciertos, Rollins se flagelaba por ser un ogro, y entonces se jactaba de ser un ogro de modo que se pudiera flagelar un poco más. Paseándose por el escenario con esos pantaloncitos negros y el pelo a lo Jim Morrison, Rollins exhibía un narcisismo disfrazado de odio hacia sí mismo (¿o era al revés?). En lugar de atacar a los demás, se atacaba a sí mismo.
Los que le rodeaban empezaron a notar un cambio en la personalidad de Rollins hacia 1984, cuando cada vez se hacía más difícil tratar con él: un personaje aislado y malévolo directamente salido de una novela de Dostoyevski.
—Llegó un momento en el que, simplemente, cambió —recuerda Spot— y ya no era el tipo amigable a quien yo tenía por mi amigo, sino alguien que parecía creer que era obligatorio mostrarse hostil con todo el mundo. Y yo no tenía tiempo para eso.
—Vi que el comportamiento de Henry era cada vez más extremo —afir-ma Ginn—, y que él detestaba a todos los del grupo, diciendo cosas feas de ellos encima del escenario, haciendo comentarios despectivos sobre ellos.
—Preguntad a muchos de los miembros por qué se fueron —replica Rollins—. Dirán dos palabras. La primera será «Greg». La segunda, «Ginn».
Rollins se había convertido en un individuo ciertamente intimidante, sobre todo con la prensa musical convencional. «Si te acercas a él, realmente da miedo», escribió Michael Goldberg, periodista de Rolling Stone. «Unos ojos que te perforan. El pelo, una melena enredada que le cae por la espalda más allá de los hombros. Ropa andrajosa y rasgada. Muchos tatuajes: calaveras y serpientes, demonios, una araña, un murciélago. Y grabada en la parte superior de la espalda, con letras de tres centímetros, la filosofía de vida de Henry Rollins: SEARCH AND DESTROY16.»
Tristemente, tal y como ocurre con tantos hijos del abuso, el masoquismo era una parte esencial de la psique de Rollins: «Espero que me den una paliza pronto», escribió Rollins en una de las primeras giras. «Necesito el dolor para actuar. Necesito actuar como si me fuera la vida en ello o no vale la pena.» Antes de un concierto en un pueblecito del Norte de California, Rollins encontró un trozo de vaso roto y se rasgó el pecho con él. «Empezó a brotar sangre por todos lados», escribió. «Experimentar puro dolor me hizo sentir bien. Me ayudó a ver las cosas con perspectiva.» Incluso la antipatía que Ginn sentía por él se convirtió en una especie de prueba de dureza viril, una validación retorcida de la determinación de Rollins.
En 1984, durante la gira, Rollins prefería comer separado del resto del grupo. «Es imposible que me siente a oír toda esa conversación si no tengo por qué hacerlo», explicó en su diario de gira. Posteriormente, en lugar de viajar en la furgoneta del grupo, prefería la parte de atrás de la camioneta del equipo, donde permanecía totalmente a oscuras durante horas, al lado de los altavoces y los amplificadores.
Como cabía esperar, empezaron a surgir tensiones entre Rollins y el resto del grupo. La primera vez que Rollins lo percibió fue en la primavera de 1984, durante una gira por Europa. «Bill y Kira son difíciles de soportar», escribió Rollins en su diario. «Me la suda. Son como son.» Por lo visto, Rollins no afrontaba directamente los problemas con sus compañeros de grupo y, en su lugar, prefería añadirlos al formidable arsenal de arcos y flechas que acosaban su alma atormentada.
Black Flag tocaban en todas las ciudades en las que eran bienvenidos, y en muchas otras también, con lo que dieron prácticamente doscientos conciertos en 1984.
—Tocaban en todas las ciudades que podían —explica Jeff Pezzati, de Naked Raygun—. Cada vez que íbamos a una ciudad de la que jamás había oído hablar, algún pueblucho de mala muerte, decían: «Mira por dónde: Black Flag estuvo aquí hace dos semanas».
Todos los grupos punk de la ciudad intentaban figurar en el programa cuando tocaba Black Flag, de modo que, para evitar discusiones, generalmente iban de gira con su propio programa: Black Flag era el cabeza de cartel con otros grupos de SST de apoyo. De este modo, iban de gira con grupos que les gustaban y era una buena operación comercial para SST. Desde principios de los 80, Nig-Heist eran los teloneros. La formación rotatoria de Nig-Heist estaba formada por los roadies de Black Flag —Mugger como cantante y Davo como bajista—, Dez Cadena (con el nombre de Theotis Gumbo) era el guitarrista, Stevenson el batería y Dukowski también tocaba la guitarra. Todos llevaban largas pelucas. Era un grupo cuya presencia escénica era «comparable a un boy scout epiléptico acosando sexualmente a una vagabunda», como describió con admiración un fanzine, y que poseía «todo el humor propio de una maratón televisiva para recaudar fondos para la distrofia muscular».
Los seguidores de Black Flag quizá habían creído que habían monopolizado el mercado de la indignación, pero Nig-Heist estuvo encantado de bajarlos de la nube. Nig-Heist era el grupo que a la gente le encantaba odiar. Noche tras noche durante la gira Black Flag / Meat Puppets de la primavera de 1984, la mayor ovación llegaba cuando Mugger anunciaba que solo tocarían una canción más. El pelo largo era uno de los principales factores de la aversión que el grupo despertaba, y con canciones como «Hot Muff» y «Whore Please», ¿cómo podía alguien no odiarles?17
Y Nig-Heist no era el único grupo del cartel que dejaba flipado al personal —además de Black Flag y su controvertido sludge-metal, los Meat Puppets realizaban durante sus conciertos solos de guitarra que te hacían estallar la cabeza, versiones alucinantes de El mago de Oz y country rock trascendental—. Las giras Black Flag / Meat Puppets / Nig-Heist eran un poderoso recordatorio de que el punk rock podía ser cualquier cosa que uno quisiera.
Nig-Heist, sin embargo, puede haber sido una especie de manifestación de la identidad colectiva de Black Flag. Aunque eran pocas y muy espaciadas, canciones extraordinariamente obscenas como «Slip It In» y «Loose Nut» («I’ll be back in a little while / But first I gotta get some vertical smile18») eran un buen indicador de la reputación de Black Flag como acosadores de groupies.
—Queríamos follarnos a vuestra mujeres —presume Rollins—. Y de qué manera. Si podíamos, lo hacíamos. En cualquier momento y lugar, intentábamos echar un polvo.
El sexo suponía un respiro al estrés y las privaciones de la vida en Black Flag, especialmente cuando estaban de gira.
—En aquellos días no conseguías muchas cosas más bonitas o divertidas en tu vida —explica Rollins—. Los conciertos eran divertidos, aunque siempre cargados de tensión. Pero… ¿encontrar una chica bonita que fuera amable contigo y quisiera follar? Oh, Dios, eso era como un oasis.
Después de los conciertos, la furgoneta desordenada y hedionda se convertía con frecuencia en una suite nupcial de chapa de acero.
—Muchas noches follaba en la furgoneta, a veces al lado de otro tío que también estaba follando —cuenta Rollins—. Y tienes que tener una pareja muy comprensiva o muy entusiasta para estar contigo en semejante situación de proximidad.
Todos los discos de Black Flag, excepto Damaged, estaban diseñados por Raymond Pettibon, y SST vendió libros de panfletos de la obra de este, con títulos como Tripping Corpse, New Wave of Violence y The Bible, the Bottle and the Bomb. Al igual que el arte psicodélico de San Francisco de los 60, las obras a tinta de Pettibon eran una perfecta analogía visual de la música que promovían: valientes, crudas, violentas, inteligentes, provocadoras y profundamente americanas.
Pettibon generalmente trabajaba sobre un único panel, de modo que el mensaje tenía que ser directo y poderoso. Un cartel mostraba a la víctima de una ejecución, muerta, recostada en un árbol mientras un hombre con una pala aparecía de pie al fondo; el texto decía: «LOS SUMISOS HEREDAN LA TIERRA». En un flyer de un concierto para recaudar fondos para la defensa legal contra Unicorn aparecía un joven bien vestido al que se llevaban encadenado mientras un grupo de mujeres le miraba con admiración. «Todo el mundo ama a un asesino guapo», rezaba la leyenda.

Un flyer de Raymond Pettibon para un concierto de Black Flag de 1982. Nótese el impresionante cartel compuesto por grupos que, por aquel entonces, eran prácticamente desconocidos. Diseño e ilustración: Raymond Pettibon.
El hecho de que Black Flag, caricaturizado como un grupo punk absurdamente agresivo, se pudiera aliar con una obra gráfica de alto nivel conceptual demostraba que en el grupo había más inteligencia de lo que muchos observadores sospechaban. «Algunos creen que algo tan físico como nuestros conciertos debe querer decir que no hay ninguna reflexión en el proceso, pero eso no es verdad», comentó Ginn a Robert Hilburn, del L.A. Times. «Es cierto que queremos proporcionar una liberación física y emocional, pero también queremos crear una atmósfera en la que se anime a la gente a pensar por ella misma en lugar de aceptar lo que les han contado.» Incluso la reacción de los medios a los conciertos jugaba a favor del grupo, ya que cuando los chicos que realmente habían estado allí veían cómo las noticias dramatizaban lo que en realidad había ocurrido, pensaban que los medios también podían exagerar y distorsionar otras noticias.
Patrocinado por el legendario agitador cultural de Los Ángeles, Harvey Kubernik, Rollins había empezado a dar recitales de spoken word (una nueva expresión en aquella época) de sus poemas y sus entradas de diario en noviembre de 1983. Family Man, editado a finales de septiembre de 1984 y el cuarto álbum que el grupo había sacado ese año, dividía a Black Flag en sus componentes cada vez más diferenciados —el grupo y Rollins—, con una cara instrumental y otra recitada. El verano siguiente, Rollins publicó dos volúmenes de poemas en prosa, End to End y 2.13.61, que incluyen versos como: «NOW I UNDERSTAND THE STRENGTH OF SUCCUMBING TO THE STORM, JOINING THE MAELSTROM, FINDING POWER IN ITS TURMOIL, PULLING TOGETHER END TO END LIKE A SNAKE CONSUMING ITS TAIL…19» o «THE DAYS / PASS LIKE / PASSING YOUR / HANDS THRU / BROKEN / GLASS. / A LITLE / BLOOD / SEEPSOUT. / I FEEL SOME / PAIN HERE / AND THERE…20».
En 1986, Rollins hacía cada vez más cosas por su cuenta, ya fueran recitales o artículos para revistas, incluido uno sobre las tiendas 7-Eleven para la revista Spin que tuvo amplia repercusión. Eso chocaba frontalmente con la ética de uno para todos y todos para uno de Ginn. Y con la sección rítmica cambiando con tanta frecuencia, Ginn no tenía ningún aliado fuerte en el grupo. Black Flag había acabado cayendo en el arquetipo de grupos anacrónicos como The Rolling Stones y Led Zeppelin: un líder carismático y un guitarrista enigmático y genial, con el apoyo de una sección rítmica relativamente anónima. Y aunque la autoflagelación de Rollins parecía invertir la postura egoísta del metal, su ensimismamiento no era más que la cruz de la misma moneda.
Quizá como antídoto a las aspiraciones de bardo de Rollins, el EP de 1985, The Process of Weeding Out, completamente instrumental, nos muestra al grupo alargando al máximo cuatro temas (e incluye algún fragmento admirable de Roessler). El título tiene un triple significado. Además de deshacerse de Rollins y de la referencia evidente a la hierba, se refiere a la forma en la que la música más exigente excluía a los seguidores menos perspicaces del grupo.
En las notas de la carátula, Ginn denuncia el auge del Parent’s Music Resource Center, un grupo dirigido por Tipper, la mujer de Al Gore, senador por Tennessee, que pretendía censurar las letras rockeras que personalmente consideraba ofensivas. «Tengo fe en que los tipos que van de policías por la vida», escribió Ginn, «con sus mentes estrictamente lineales y su apego a las normas, no tengan la capacidad necesaria para descifrar los contenidos intuitivos de este disco.»
La música tortuosa quería representar el compromiso intenso del grupo —la mayoría de sus miembros se habían tatuado las barras de Black Flag en sus cuerpos— y la frustración de seguir luchando contra la pobreza y la indiferencia. La ética de trabajo de Black Flag —las giras constantes, los conciertos en los que se dejaban la piel, los ensayos incesantes— era una manera de soportar el dolor, ahogándolo en oleadas de ruido y adrenalina. Tal y como dice el viejo chiste, Black Flag sufría por su arte, y ahora el público también tenía que sufrirlo. Ginn incluso tenía un nombre para ese enfoque: «el concepto destructivo», es decir, un ataque sónico dirigido hacia el público. Joe Carducci recuerda un concierto en el que el grupo tocó durante más de dos horas.
—Al final —dice—, la gente sencillamente se iba quedando rezagada, como en un campo de batalla.
El grupo se había alejado tanto de su público como lo estaba de la sociedad en general. «Intentábamos tocar a través del público en lugar de hacerlo para el público», dijo Stevenson. «Bajábamos la cabeza, tocábamos tan fuerte como podíamos y hacíamos caso omiso de su existencia.» «Intentaba empujar al público con mi bajo contra la pared del fondo», dijo Roessler. «Obligábamos a la multitud a someterse a la voluntad del grupo durante más tiempo del que podían soportar.»
Los conciertos se convirtieron en unas pruebas de agonizante tormento para el grupo y para el público. Roessler se hizo daño en la mano de tocar tanto el bajo y desde entonces le duele cada vez que toca. El sudor y la sangre de Ginn se filtraban dentro de la guitarra y provocaban cortocircuitos. Finalmente, fijó el control del tono del instrumento donde le gustaba, subió el potenciómetro de volumen hasta diez, lo soldó todo e instaló un interruptor hermético. Desde entonces, cuando la guitarra de Greg estaba enchufada, estaba a tope.
«En el escenario, todo el mundo estaba retorciéndose y gimiendo», escribió Patty Stirling sobre un concierto del 26 de julio de 1984. «Yo quería decir: “No pasa nada, no tenéis que hacerlo. Iros a casa, tomad una cerveza, mirad algo divertido en la tele o id a visitar a un amigo”. Bien, si yo estuviera rodeada por esa música gran parte del tiempo, también sufriría. El ritmo se arrastraba tanto que parecía que fuera hacia atrás.»
Lanzado a principios de mayo de 1985, Loose Nut contiene parte del hard rock más convencional de la historia de Black Flag, aunque compensado por el habitual autoodio histriónico de Rollins. Pero la pandilla original de SST empezaba a disolverse. A Raymond Pettibon, hermano de Ginn, no le importaba demasiado que SST jamás le pagara por su trabajo, pero se mostraba cada vez más frustrado porque, aunque era un artista reconocido por méritos propios, todavía se le conocía básicamente como «el tío de Black Flag».
La gota que colmó el vaso llegó con la portada de Loose Nut. Resulta que es un autorretrato: un hombre guiña el ojo mientras dos mujeres ligeras de ropa se sientan en su regazo. La leyenda dice: «Las mujeres son capaces de crear grandes artistas». Esa obra se había utilizado originariamente en un flyer unos cuantos años antes y Ginn había decidido recuperarla sin decírselo a su hermano. Entonces Stevenson, ahora en su rol de maquetador, recortó la obra original de Pettibon y utilizó las piezas como elementos para la hoja con las letras. Pettibon se encolerizó al ver la profanación de su obra y ese año él y Ginn dejaron de hablarse.
Eso ocurrió aproximadamente en la época en que Spot también dejó la familia de SST.
—El grupo se tomaba a sí mismo demasiado en serio —comenta Spot—. Y algunos del grupo se tomaban a sí mismos demasiado en serio. Lo que los convirtió en unos indeseables. Ya no podía estar con ellos.
Ginn echa toda la culpa a Rollins. Aunque los recitales de Rollins eran, por lo general, divertidos, Rollins estaba «recortando cada vez más cualquier cosa con sentido del humor» en la música de Black Flag, afirma Ginn. «Se volvió negativo sobre ese tipo de cosas o sobre las canciones que unían a la gente.» Aunque cantaba canciones como «Six Pack» y «TV Party» en los conciertos, Rollins no soportaba las canciones nuevas que olían a diversión. El humor no se ajustaba al personaje que Rollins estaba creando para él mismo.
—Empezó a dárselas de Jim Morrison más que de Iggy Pop —cuenta Ginn—, con ese tipo de comportamiento en plan «Yo soy poeta».
Un poco de ligereza habría conseguido que los aspectos más oscuros del grupo fueran más creíbles y, por tanto, más poderosos, tal y como había ocurrido en el memorable Damaged. En lugar de eso, Rollins se movía indulgentemente entre la autocompasión y los excesos machistas.
—Eso es todo lo que le quedaba, siempre los mismos temas: «Te mataré, me haré daño» —explica Ginn—. Yo no quería formar parte de eso.
Bill Stevenson abandonó el grupo a finales de abril de 1985. «Había mucho mal rollo, y el grupo empezó a desmoronarse después de eso», explicó. «Había una gran lucha de personalidades que ninguno de nosotros quería resolver, de modo que Greg empezó a sustituir a la gente.»
Ginn explica esta afirmación un poco vaga asegurando que Stevenson, que en el pasado había estado próximo a Rollins, cada vez se sentía más alejado de él y quería que Ginn buscara a un nuevo cantante. Claramente, uno de ellos tenía que irse. Ginn echó a Stevenson.

Henry Rollins dándolo todo en el 9:30 Club de Washington D. C., en 1983. Foto: Jim Saah.
De todos modos, a Stevenson no le había gustado el rumbo que el grupo había tomado cuando se había unido a él. «Black Flag haciendo heavy metal distorsionado no era tan bueno como Black Flag haciendo versiones distorsionadas de punk rock», dijo. «No creo que sonáramos tan bien despacio.»
Resultó que The Descendents empezaron de nuevo, de modo que era el momento lógico para irse, aunque, según cuentan, Stevenson se mostró muy enfadado cuando Ginn le echó.
Con Anthony Martínez como nuevo batería, empezaron una larga gira en mayo de 1985, recorriendo el Suroeste, el Sur, el Noreste, de allí fueron a Michigan y luego a Canadá, bajando hasta el Noroeste y desde allí hasta California; noventa y tres conciertos en ciento cinco agotadores días de verano.
En esa gira, Rollins ya bebía café literalmente de la cafetera, con lo que no era extraño que padeciera unos dolores de cabeza terribles. Se rompió la muñeca al golpearle la cabeza a un miembro del público en un concierto en Lincoln, Nebraska, el 6 de agosto, y continuamente recibía golpes de sus seguidores y enemigos por igual. El público parecía menos numeroso que la última vez que habían ido de gira por Estados Unidos, y para empeorar las cosas, los promotores siempre pagaban al grupo menos de lo convenido. Las giras incesantes y los excesos nocturnos estaban teniendo horribles efectos físicos y mentales en Rollins. Sufrió una infección grave de las cuerdas vocales y parecía psicológicamente agotado. «Ya no soy humano», escribió. «Ya no soy una persona sana. Ya no consigo relacionar las cosas.»
Black Flag se estaba convirtiendo en el show de Greg y Henry.
—Henry mostraba cada vez menos ganas de estar en el grupo —ex-plica Ginn—. Pensaba: «Greg, tú te ocupas del grupo y yo de cantar y de ejercer de líder, y haremos que la gente acepte esa forma de funcionar».
Así pues, cuando Roessler —una mujer inteligente, segura y buena música— intentó reivindicarse, Rollins (y Martínez) se puso hecho una furia, provocando que la tensión aumentara. Roessler había empezado un máster en UCLA, y Ginn cree que a Rollins podría haberle molestado que el grupo tuviera que adaptarse al horario académico de Roessler. Asimismo, el grupo se había metido en la cabeza que quizá resultara provocador que Roessler abandonara su camiseta y tejanos de marimacho para adoptar un aspecto punk rock coqueto al estilo de Madonna; algunos aseguran que aquello aumentó las tensiones sexuales en el grupo hasta un nivel incómodo.
Por el motivo que fuera, a mediados de agosto, en Vancouver, las cosas habían llegado al límite: Rollins escribió en su diario que Roessler «tiene dificultades para afrontar la realidad» y que «debe tener algún problema en su débil, pequeña y sucia mente». Él y Ginn decidieron secretamente sustituirla una vez volvieran a casa. «No quiero volver a ver a esa mentirosa, rancia y falsa», escribió Rollins.




