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Salimos de Antequera muy temprano por la mañana el 19 de octubre, atravesando una zona bastante llana con algunas montañas. Todo el campo era fértil y estaba muy bien cultivado y llegamos a un estrecho desfiladero formado por una elevada montaña a la izquierda y una un poco más baja a la derecha; la primera se llama la Sierra de los Amaraos [Sic. por Amarraos] o la Peña de los Enamorados, a raíz de la leyenda que cuenta que un príncipe moro se precipitó desesperado desde la cumbre ya que su religión le prohibía casarse con una princesa cristiana de la que él se había enamorado. Sea lo que sea, el desfiladero podría ser un excelente puesto militar para un pequeño destacamento. Durante la marcha de este día estuve casi todo el rato con el General Milhaud, quien se había distinguido durante la revolución como oficial de caballería. Sin embargo, nuestra conversación ahora versaba principalmente sobre el tema de la buena vida, ya que el General parecía ser un bon vivant en la mayor extensión del término, y expresaba una gran satisfacción cuando yo solía apreciar un buen plato, o hacía una referencia acertada del Journal des Gourmands, la biblia de los sibaritas franceses.

Iglesia del Valle de Abdalajís
En Archidona nos detuvimos a desayunar, algo que desde que salimos de Málaga siempre ha sido una comida tan importante como la cena, consistiendo en un sabroso y consistente guiso de carne y otros platos cocinados, con todas las frutas de temporada, pero sobre todo melones. Sin embargo, el vino que hemos encontrado en la carretera ha sido bastante peor que la comida, pero los franceses parecen tener poca discriminación al respecto y se lo tragan sin quejarse. Se reunió un numeroso grupo de gente para ver nuestro desfile, entre los cuales había un gran número de mujeres que llamaban la atención por sus bellos semblantes y sencillos vestidos. Durante el desayuno fuimos atendidos por cuatro muchachas extremadamente bellas, a las que los oficiales franceses, para mostrar su galantería, pellizcaban y maltrataban hasta el extremo de que las pobres muchachas sintieran miedo de acercarse a la mesa, y aunque yo no participé mientras estos las estaban acosando, yo sufrí las consecuencias como si lo hubiera hecho y me vi obligado a servirme yo mismo.
Archidona, al igual que ocurre a otros pueblos en el reino de Granada, tiene una situación muy romántica a los pies de una montaña cuya cumbre está coronada por un castillo moro. Estos lugares, desde donde se ven completamente los pueblos, todos han sido restaurados y utilizados para la defensa por los franceses. El abandono de los españoles, al no ocupar estos castillos al comienzo de la invasión, es algo completamente incomprensible, puesto que debido a su situación todos son fáciles de defender solo con pequeñas guarniciones, y cuya posesión habría permitido a los partidarios del régimen incordiar a los franceses y, por consiguiente, hostigar una guerra desorganizada y poco sistemática por la que ellos sufrirían más que con las batallas frontales.
Archidona fue con anterioridad propiedad del duque d’Assuyne, pero el Emperador francés ha tenido la deferencia y se ha dignado a apropiársela para él mismo, y los habitantes gozan de la peculiar bendición de disfrutar de la inmediata protección de Napoleón el Grande.
****18 BLAYNEY, LORD Narrative of a forced Journey through Spain and France as a Prisoner of War in the years 1801-1814. London, E. Kerby 1814.
****19 Perfecto, buen muchacho. En francés en el original.
****20 Los primeros regimientos regulares de caballería británicos fueron convertidos en lanceros en 1816
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