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Con Robinson Crusoe aprendí a jugar con los personajes de ficción, a conocerlos, a moldearlos, a hacerlos mis amigos. No leía para contarles a otros lo que leía. Lo hacía para apropiarme del universo que me ofrecía el libro y jugar luego con él —y eso me quedó—. Sucedió lo mismo con la escritura: no lo hacía para compartirla, para presumir de ella, sino para divertirme en solitario con los personajes y las historias que creaba, aunque también para demostrarme que podía hacerlo.
Nadie mostraba interés en mis palabras y pronto dejé de interesarme en hablar con alguien más que con los animales de plástico con los que me divertía cada día bajo las ramas de la trinitaria con flores de colores obispales, al fondo del patio de la casa. O jugaba solitario en mi habitación, construyendo casas con las fichas de Estralandia. Crear esos mundos me hacía muy feliz. A esto se sumó que me volví enfermizo y mal deportista, lo que comenzó a generar sospechas en mis compañeros, que pronto me hicieron a un lado y comenzaron a gritarme “mariquita”. Quizá por ello, nunca fui llamado para engrosar las filas de algún equipo al momento de patear o batear. Preferían jugar incompletos antes que aceptarme como parte del grupo. Yo no era astuto para esas lides, me faltaban pericia, malicia y fuerza. Fue justo en aquel momento cuando encontré mi primer gran refugio: el cine. Mis abuelos maternos habían fundado en 1952 el primero que tuvo Valledupar, y en ese momento eran cuatro. Uno de ellos estaba tras cruzar una pequeña puerta en el patio de su casa. Me acostumbré todos los días a ver la película de cartelera. Era cine mexicano, wésterns, kung-fu, puño, patada y esas cosas, pero eran historias que me llevaban a imaginar otras. Más que cualquier libro, el cine fue para mí lo que el hielo para Aureliano.
El cine fue un rayo de esperanza. Soñaba, cada vez más, con personas y lugares desconocidos. De hecho, comencé a inventarlos con tal de salir de allí, aunque fuera solo en mi mente.
De tantas cintas que vi en aquellos años solo recuerdo tres que aludían a lo gay: La gata sobre el tejado de zinc, El zoo de cristal y Reflejos en un ojo dorado, sumadas a las trusas que usaba Sandro de América en sus películas y que encendían mi lujuria; o algunas escenas que parecían escritas como para “el que lo entendió, lo entendió”, como aquella en la que Ben-Hur y Messala entrecruzan los brazos para brindar por el reencuentro: “Después de tantos años, todavía cerca”, dice uno y el otro contesta: “Sí, en todos los sentidos». Y otro diálogo, esta vez en Río Rojo, en el que John Ireland le dice a Montgomery Clift, ambos en el rol de varoniles y apuestos vaqueros: “Bonita arma la que tiene usted. ¿Me permite verla?”. Montgomery hace entonces ese gesto de consentimiento de rascarse la nariz que tantas veces había visto en algunos hombres de mi pueblo que se miraban con deseo. Montgomery entonces le entrega su arma mientras Ireland se saca la suya y se la da en la mano: “Tal vez le interese ver la mía”.
En ese entonces las películas demoraban hasta un mes en ser rotadas, de modo que, cada vez que repetían Río Rojo, imaginaba en esta escena a esos mismos hombres de mi pueblo, deseoso cada uno de confirmar el tamaño del arma del otro, pero incapaz de pedirle que la desenfundara. Aunque con los años me enteré que esto sucedía más a menudo de lo que yo hubiera podido imaginar.
Y en mi afán por encontrarme a mí mismo encontré la literatura. No había librerías en Valledupar, pero papá con frecuencia volvía de Barranquilla cargado de libros que compraba en la Librería Nacional. Camus, Faulkner, Steinbeck, Hemingway… eran los nombres más repetidos en la biblioteca. Ni siquiera en Capote encontré lo que buscaba. ¿Acaso yo era el único marica en el universo? Sin embargo, había algo en los libros que me encantaba: la existencia de un mundo lejano e inmenso al otro lado de las montañas de ese valle donde nací.
La casa de mis padres era lo más cercano a un club social: todo el día, todos los días, había amigos que la visitaban. Desde que me despertaba había gente merodeando por ahí. Entre mi habitación y la cocina debía pasar por el hall de las mecedoras donde siempre había “adultos hablando cosas de adultos”. Solían ser las mismas personas que chismeaban siempre de lo mismo con palabras cargadas de miedos, de envidias, de prejuicios. Entre más gente había, más solo me sabía. No encajaba en ese lugar. Luego vino el colegio, esa herida que se abrió para siempre, y me sentí aún más solo e inseguro.
Además de literatura, en la adolescencia descubrí el placer por las revistas de banalidades, tipo Buenhogar y Vanidades, y por las Selecciones del The Reader’s Digest , que acumulaba papá. Y había una cuarta revista a la que me hacía clandestinamente y ocultaba bajo llave, como veía que otros más hacían: Playgirl. Así como mis compañeros se masturbaban viendo Playboy, Penthouse o Hustler, o teniendo sexo con las burras y las cabras, a mí me gustaba hojear Playgirl. Ver cada mes un nuevo ejemplar de esta revista me invadía por dentro de deseo. Pero que nadie lo imagine, pues no era un deseo sexual. Aquellos cuerpos de hombres desnudos me hablaban de libertad; me confirmaban lo que ya sabía: que había otro mundo, un mundo donde la gente era tan libre que no le daba importancia a mostrarse desnuda ante los demás; un mundo donde la gente no tenía ataduras, ni se preocupaba por resaltar las culpas ajenas ni escandalizarse con los juicios morales. Tenía quince años cuando decidí alistarme en la Escuela Militar de Cadetes que, equivocadamente, creí sería mi tabla de salvación.
Cuando leí Maurice, de E.M. Forster, ya vivía en Bogotá, en los ochenta, y su lectura fue importante no solo porque me confirmó que no estaba solo, sino porque es una novela escrita desde una perspectiva no condenatoria. “Ah, entonces sí se puede”, me dije a mí mismo. Para entonces tenía un par de amigos gais con quienes me iba de juerga. Las discotecas me divertían un rato, pero no resolvían mis preguntas. Me hacían creer que me aceptaba como gay, que sentía eso que llaman con pompa “orgullo”, mientras por dentro seguía negándomelo. En el empeño por otros libros que hablaran de mis dilemas conocí a Whitman, a Kavafis, a Mishima, a Yourcenar (amé tanto Alexis que la repetí de corrido tres o cuatro veces), a Isherwood, a McCullers… Encontré entre estas páginas las mismas dudas, los mismos problemas sin resolver. “La literatura no trae respuestas, pero te ayuda a encontrarlas”, leí también por entonces.
Fue en ese camino que me topé con Corto Maltés, que no es gay, pero es como si lo fuera. Es elegante, bonito, cosmopolita, pero, sobre todo, es libre. Libre como un gato. Es decir, como un gay. Y entonces quise ser como Corto Maltés: ni justiciero ni moralista. Tan solo un aventurero que recorre el mundo sin tener que explicarle a nadie por qué es como es. Corto Maltés me enseñó a soñar con la libertad y la libertad, lo entendí entonces, no es más que ser uno mismo.
Escribir no fue una decisión. Ni siquiera lo pensé. Lo hice por la necesidad de buscar mi propia voz en un entorno que negaba la mía. En un pueblo misógino que desconocía la opinión de las mujeres, que las obligaba a callar, un marica no era más que un mudo. Yo era visible solo para las burlas, pero mi voz era inaudible: me gritaban, pero no me permitían hablar. Sentía todo el tiempo un pesado pie en la garganta; una parálisis de las cuerdas vocales impuesta por todos esos señores que se creían superiores por presumir de muy machos. Del silencio de aquellos tiempos me fue quedando una voz que gaguea cuando me encuentro de repente hablando ante el silencio ajeno.
De modo que desde muy joven enfrenté la disyuntiva de escribir o escribir. No había otra opción. Me encerraba con doble seguro en mi habitación y escribía historias cargadas de terror porque era lo que sentía en ese momento: terror ante la vida, terror a que cualquiera supiera que habitaba en mí un monstruo que luchaba cada vez con más fuerzas por hacer añicos los barrotes.
Dejé de escribir cuando me gradué de abogado. No pensé en volver a hacerlo hasta que se me cruzó una novela que, de alguna manera, cambió mi vida: En el camino, de Jack Kerouac, y con ella descubrí que se podía escribir desde el margen. Solo que en ese momento no se me ocurrió escribir absolutamente nada, ni al día siguiente, ni al otro mes, ni siquiera en los dos o tres años que pasaron después. Pero la creación aparece de maneras misteriosas y escribir no es un asunto tan simple como teclear frente a un computador. La creación obedece a un proceso, que a algunos nos toma más y, a otros, menos tiempo. Yo soy de los lentos, quizá porque no me afano y permito que mi mente haga su trabajo mientras me dedico a realizar cualquier otra cosa. Esto lo aprendí una mañana de sábado cuando caminaba las cuatro cuadras entre mi apartamento y el gimnasio que diariamente frecuentaba y de repente se me vino de chorro una historia inesperada. De chorro: como un caudal. No lo dudé. Regresé a casa, me senté frente al computador y, atropellando la gramática, comencé a tipear los primeros párrafos de la biografía de Edwin Rodríguez Buelvas.
En esa época yo trabajaba en la Contraloría General de la República. Era uno de esos burócratas aburridos que sobrevive entre las 8 y las 5 sorteando la pesadez de los chismes, las intrigas de los mandos medios y los intríngulis del poder y su hermanastra, la corrupción. Una ostra se divertía mil veces más que yo. Pero al llegar a casa todos los días, promediando las seis de la tarde, me iba al gimnasio y monologueaba: adelantaba mentalmente el tramado de la historia, es decir, de la lucha. Porque la trama, como la vida misma, siempre es una lucha. Al volver luego a casa me encerraba en el pequeño estudio sin ventanas ubicado al otro lado de la cocina y transcribía en el computador lo que ya había tallado en la memoria: la lucha de Edwin Rodríguez por alcanzar la fama y los detalles azarosos de su vida privada. Los detalles, los detalles, los detalles, que son los que dan verosimilitud y fuerza a una historia y a un personaje.
Mientras escribía, no pensé jamás en un posible lector. En uno siquiera. Este fue el contexto: me sabía excluido. A pesar de vivir físicamente en Bogotá, seguía atado a lo que pensaba de mí toda esa gente que yo había dejado atrás. De modo que ni siquiera concebía la idea de que alguien pudiera leer algo hecho por mí.
La primera persona que leyó esa historia, varios años después de haberla terminado, fue un compañero de la oficina. Este hombre había vivido las últimas décadas en Nueva York y le sorprendió encontrar en mi trabajo rastros de American Psycho (el protagonismo de las marcas y los sitios de moda, por ejemplo), la novela de Bret Easton Ellis que había sido publicada apenas un par de años atrás y que yo desconocía. En ese momento para mí no era claro que ese texto que yo le había entregado a mi amigo podía llamarse novela. No supe si sus elogios fueron sinceros, pues suelo recelar de la sinceridad de los aplausos recordando el mantra del fatalismo que viene de Laocoonte: “Desconfía de los griegos cuando traen regalos”. Sin embargo, sus palabras me motivaron para entregarle el texto a un segundo amigo, un cuentista cubano que dictaba un taller de escritura en ese entonces en Bogotá; y luego a un amigo vallenato que para entonces estudiaba Literatura en la Javeriana y finalmente a una de mis amigas más cercanas, cuya familia había crecido, como yo, en Valledupar. Los consejos de estas cuatro personas fueron claves para terminar de apuntalar mi trabajo, pero, más aún, para llenarme de fe en lo que hacía.
Este recorrido no tomó poco tiempo. Inicialmente necesité tres meses para trascribir en el computador a velocidad de ráfaga toda la historia tal cual llegaba a mi cabeza. Seguí el doloroso proceso de leer y releer y otra vez reescribir cada vez más y más palabras y más frases y más ideas y más párrafos y más páginas, aunque me parecieran efectivas, para dejar al final solo la abstracción, una línea escueta sin floripondios ni arandelas así se trate, como en el caso de esa historia, de un personaje que solo sabe expresarse con barroquismos; desde todo eso, decía, hasta entregar el texto a esta amiga, transcurrieron casi tres años en los que aprendí a solas que el proceso de la escritura tiene dos instancias: uno mágico, divertido, que corresponde a la creación; y otro doloroso, pesado y muy aburrido, que es el trabajo de edición. En mi caso, lo divertido fue muy breve. Lo aburrido, en cambio, fue lento. Lentísimo.
A fines del año 2000 entregué por primera vez el manuscrito a una editorial para recibir, cuatro meses después, la primera carta de rechazo. A lo largo de los dos años siguientes las editoriales se negaron a publicarla bajo el argumento “Colombia no está preparada para algo así”, dicen las cartas de respuesta.
Llegué al Premio Nacional de Novela por mera casualidad: la lectora de una editorial insistió en que enviara el texto a concursar. Resultó ganadora apenas tres meses antes de decidir embarcarme en esta aventura que inició en París y siguió en Barcelona, adonde llegué embebido de felicidad, de ganas de celebrar, de desquitarme con la vida y de buscar nuevas historias. Fue así como mis pasos me llevaron a Antinous, una librería especializada ubicada en la orilla sur del Gótico. Joseph, su librero, me guio y le compré Teleny, de Wilde; La muerte de Tadzio, de Luisgé Martín; Memorias de un nómada, de Paul Bowles; los Diarios, de Joe Orton.
Comienzo la lectura con este último y me encuentro con otro como yo, con ansias de mundo y de placeres. Busco más sobre él. Me adentro en su biografía mientras pienso que no debí haberlo hecho. Su historia es corta: hijo de obreros, fue un hombre sin estudios, alguien común y corriente salvo por una corta estadía en la cárcel por robo y daño en cosa ajena luego de que, durante un rato largo, se dedicara, junto con su novio, Kenneth Halliwell, a cambiarles las portadas a los libros que robaban de la biblioteca pública, con las que luego decoraban las paredes de su apartamento. Todo así hasta que, a los 31 años, logra el éxito tras escribir un par de novelas y una muy reconocida obra de teatro que bate récords de taquilla en el Londres de mediados de los sesenta.
La vida le sonríe, pero, como sucede a veces, el amor, en lugar de salvar, se convierte en condena. Halliwell, quien no solo tenía intereses literarios antes de conocerlo, sino que, además, sedujo a Orton precisamente presumiendo de esos intereses, al parecer no soporta su éxito, el de Orton. Así que, llevado por la envidia y los celos, el 9 de agosto de 1967 descargó nueve veces en la cabeza del escritor el mismo pesado martillo que usaba Orton como herramienta antes de su triunfo literario. Luego de observar los pedazos de hueso y de piel junto con sangre que rodaron por el suelo como los cristales que vuelan al romperse un florero, Halliwell se tragó un frasco de Nembutal y fue el primero en morir.
Al leer aquella historia sentado frente a un café y una torta de zanahoria en Caelum, consternado y afectado por el guayabo, recordé a otros gais asesinados de modo parecido: Pasolini en Ostia, o el tío de un compañero de universidad, un pintor reconocido que había recogido a un hombre en la calle quizá para tener sexo y este lo mató con tanta sevicia como la de la prensa al mostrar las fotos de lo sucedido. Lo que más repaso de esa carnicería son los testículos del tío de mi amigo reposando en un cenicero. En ese entonces no se llamaba crimen de odio sino crimen pasional, lo que daba cierta licencia a las autoridades para no investigar.
De mi paso por el ejército también recuerdo a un par de compañeros, hoy ya muertos, que cada domingo, al regreso de la franquicia del fin de semana, armaban corrillo para contar anécdotas de burdel y noches largas. Con frecuencia esas historias eran protagonizadas por travestis a los que seducían en la avenida Caracas y luego abandonaban en cualquier paraje tras golpearlos y torturarlos. Se ufanaban al hablar de aquello como quien necesita exhibir su masculinidad. Los veía tan cobardes… pero los oía en silencio, muerto del miedo.
Uno de esos días salí del cine Almirante, en la calle 85 con 15, horrorizado luego de haber visto Cruising, la película en la que Al Pacino hace de policía infiltrado en el mundo gay de NYC en la búsqueda de un asesino cuyas víctimas eran gais. Ante las nuevas realidades a las que me enfrentaba la vida en aquel entonces, no pude hacer más que agarrarme la cabeza con desesperación, como cuando la virgen arranca sus cabellos en agonía, y gritar al universo: “¿Todo esto es lo que me espera?”.
Ahora acababa de salir del clóset, pero aún nadie lo sabía. Con la publicación de mi primera novela, el 15 de diciembre de 2002, apenas una semana antes de iniciar este viaje, tuve en mis manos el primer ejemplar. Finalmente me había quitado de encima tormentos y maldiciones, y el peso de un piano que cargaba a cuestas como si fuera el mundo entero. Ya nadie podría ahora cuchichear a mis espaldas —chismoseando, intrigando, burlándose a hurtadillas—, porque yo mismo acababa de gritarlo a los cuatro vientos en esta novela que en ese momento apenas unos cuantos conocían. Y de repente, en esos pocos días sin corsés ni apretadas vestiduras, había entendido, así de rápido, como si lo que me hizo sudar petróleo por más de treinta años, de súbito se hubiera esfumado, que ya no necesitaba aceptarme gay, sino tan solo ser. ¡Tanto tiempo desgastado padeciendo en silencio por el temor de que otros dijeran lo mismo que, al decirlo yo, en menos de un santiamén me inundó de tranquilidad! Sabía que ellos, los otros, los de mi pueblo, no dejarían de murmurar ni de rechazarme, pero no importaba porque yo ya no me rechazaba ni tampoco tenía intenciones de olvidarlo.
De modo que ya no había nada que hacer. La decisión estaba tomada y, con la publicación de la novela, mi homosexualidad sería cosa pública. Sin embargo, al cerrar el Diario, de Orton, en medio del down porque había dejado de sentir el placer de la droga, me pregunté otra vez, como veinte años atrás: “¿Nunca termina la pesadilla?”.
Entro a un bar a reponer fuerzas con un trago. Está vacío y triste, como en Sunlights in a Cafeteria o como las salas de esos videos de cine porno gay en Bogotá en los que hombres solitarios apuran una cerveza sentados frente a la barra mientras de fondo se oye, desgarradoramente trágica, la voz de Isabel Pantoja, de Rocío Dúrcal, de la Jurado, de Juan Gabriel. ¡Cómo nos gusta echarle sal a la herida y embadurnarla luego con limón! En este mismo bar al que he entrado a darme fuerzas he oído de fondo una canción con esa voz ronca y envolvente de Leonard Cohen que traduce del inglés:
Como un pájaro en un cable,
como un borracho en un coro de medianoche,
he intentado, a mi manera, ser libre.
Salgo de nuevo a la calle buscando el abismo, o al menos algún hueco donde caer. ¡Ah, el spleen! En Valledupar, al spleen le decimos “nomehallo”. Cuánto disfrutaba durante estas caminatas en Barcelona ese estrés existencial que me llevaba constantemente a preguntarme: ¿quién me llevará a Viznar, me ejecutará frente al barranco y enterrará mi cadáver en un lugar en el que no lo encuentre nadie? O, acaso, ¿dónde hay cerca un río Ouse para rellenarme de piedras los bolsillos y perderme para siempre entre sus aguas? Lo fácil es morir. El lío es lo otro: ¿cómo soportar este cuerpo, esta existencia, durante otros cuarenta años?
De la vida solo importa el viaje, así que de nuevo a lo de antes, a caminar pensando que, por estas mismas calles, cincuenta años atrás, anduvieron Carlos Barral, Juan Goytisolo, Juan Marsé. ¿En cuál de todos estos edificios de la calle Muntaner queda ese sótano más negro que su reputación al que de día regresaba Gil de Biedma con los ojos rojos, los párpados pesados y la borrachera todavía viva, dando tumbos para sostenerse en pie y sabiendo que la muerte era el único argumento de la obra?
Poesía es lo que los ojos disfrutan mientras camino. Las hojas revoloteando sobre las aceras cubiertas como nieve. Nieve amarilla y roja; una señora toda pizpireta, muy alta y muy rubia, arropada en mink hasta las rodillas; otra que respira pequeños soplos de niebla, con boina negra y ojos grandes, inmensos, como los de Picasso o los que Francesco Clemente deja en los rostros de sus lienzos; las mesas y las sillas de los cafés sobre el andén esperando clientela; la banca cerca del semáforo y un viejo mirando pasar el tiempo, mirando pasar la belleza; las palmas sobre Diagonal, orondas y altaneras; los árboles con sus hojas sepias, el color de la nostalgia, el de las fotos viejas; la gente trotando a cualquier hora del día o la noche, casi siempre adultos. “¿El gimnasio es solo para los jóvenes?”, me pregunto. La calle en cambio es de todos, porque hay más: motos, cientos de ellas, parqueadas sobre la vía Enrique Granados; los cupcakes en esa misma calle; los perros tristes llevados de la mano de sus dueños. ¿Por qué los perros son tristes en Barcelona? ¿Acaso solo yo los veo tristes? ¿Acaso el triste soy yo?
Me reflejo en una vitrina. Flaco, mal vestido, ojeroso, estragado, con los crespos largos y mal peinados. ¿Realmente luzco así o me he dejado llevar por las palabras del poeta? A veces sucede que la realidad que creemos ver es apenas la que recordamos. En tiempos de “globalización” ya no se sabe cuál pensamiento es propio y cuál se ha plagiado de la literatura, del cine, de la poesía, del periodismo, incluso de los amigos. ¿Quién lo dijo primero? ¿Acaso no somos más que la suma de todo lo que hemos conocido? Como cuenta Borges en aquella historia de un cuento suyo en el que quien lo cuenta es un muchacho que al final del cuento mata a un forastero y años después Borges descubre que ese cuento suyo ya hacía parte de la literatura, primero de la mano de Chéjov y luego escrito por Agatha Christie.
Por si las moscas, entro a consentirme en una peluquería. Me siento en la primera silla desocupada. ¿Veinte euros solo porque el peluquero me desmote con la cuchilla número uno a cada lado y con la número dos por la parte de arriba, tal cual me motilo desde mis tiempos en el ejército? Qué desperdicio de dinero: ¡menos vale una pepa! Mientras lo pienso, viéndome en el espejo, descubro a mi lado una cara conocida. Es aquel al que antes vi a la salida de la discoteca. Lo oigo hablar y su acento se me antoja cercano. Dice que ha llegado a vivir a Barcelona apenas un par de meses atrás, con ansias de encontrar un hueco en el mundo que se ajuste a la medida de su libertad. El peluquero lo oye contarle la historia de un reciente disgusto con su novio. Luego lo aconseja y yo tomo nota a hurtadillas. “En el amor, a veces hay que cortar con el pasado para poder avanzar”. El muchacho dice que le ha invertido tiempo a esa relación y que ahora no quiere perderlo. El peluquero cambia de parecer: “Tienes que liártela para no dejar que se te escape”. El muchacho lagrimea un poco: creo que realmente ama al chico que ha perdido. Cuenta que hasta lo ha ayudado a salir adelante con su dinero. Y así, en lugar de hojear la Hola mientras mi peluquero termina lo suyo, disfruto de una radionovela en vivo y en directo, al tiempo que una pregunta busca respuesta en mi cabeza: “¿De dónde diablos conozco a este tipejo?”. Su cara angulosa da círculos en mi memoria, pero no logro recordar si es algún paisano, pues su acento me suena cada vez más vallenato, o si simplemente lo he visto por ahí, caminando igual que yo por la ciudad. No es tanto que sea bonito, sino que es muy atractivo. ¡Joder! Con cara dura, como la del tropelero del barrio, cejas superpobladas, nariz recta y la mirada tan cerrera como el primer café de la mañana. Parece un boxeador enfurecido deseoso de demoler a cualquiera a puñetazos. La barba incipiente le ayuda a esa imagen de potro salvaje que invoca al sexo… ¡Sexo! Freno en seco la perorata en mi cerebro. “¡Calmáte Pepe Grillo —le hablo con acento vallenato porque me acompaña desde que nací—: dejáme respirá, pa podé pensá normal!”. Volteo a verlo de nuevo y me vienen de inmediato a la memoria sus nalgas macizas. Y esas nalgas, como la magdalena de Proust, desencadenan otros recuerdos en los que al final aparece su nombre: Jean Franko. Caigo en cuenta de que el hombre es venezolano y de ahí la candencia al hablar tan cercana a la mía. Nos levantamos casi al tiempo de la silla, yo primero, y noto que me saca en altura más de una cabeza. Advierto bajo su buzo de cuello tortuga que su lomo es delgado y macizo, como el de un torete. Dejo que él pague y, luego de pasar yo por la caja, me devuelvo al peluquero a darle su propina con la clara intención de averiguar si de veras es quien creo. “Joder, que en Barcelona no es el único”, y al decirlo se le alegran los ojos con picardía. “¿Y si yo también me quedo a vivir acá? ¡No sería mala idea, eh!”. El chico sonríe y entiendo su insinuación cuando me recomienda que vuelva a su local si quiero toparme con algún otro pornstar.




