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En la búsqueda de los misterios que nos rodean, sin duda, son más esclarecedoras las preguntas insólitas que las propias respuestas. Fue en la Antigua Grecia donde se popularizó la filosofía, ya que, en aquellos tiempos, casi todas las evidencias se obtenían mediante su uso. No obstante, no vamos a desechar el «pensamiento científico» que estuvo presente desde el principio de los tiempos del Homo sapiens. Si bien, como era natural, su desarrollo se mantuvo muy mermado por el gran desconocimiento de las reglas que rigen el universo.
Esta última afirmación puede dar a entender que hoy conocemos todos los secretos que entonces ignorábamos. Nada más equivocado: a más respuestas, más preguntas. Empero, con los años se fueron produciendo avances, algunos de ellos, «inexplicables para aquellos lejanos tiempos».4 Aun con todo, el máximo esplendor contrastado llegó en la Antigua Roma imperial. A partir de ahí empezó el gran declive que sumió al mundo conocido en la más absoluta oscuridad del razonamiento. Las cosas empezaron a cambiar con la llegada del Renacimiento. Poco a poco, se fueron recuperando los saberes extraviados en la denominada Edad Media y, con eso, comenzó a vencerse pausadamente la obstrucción que representaba la Iglesia católica para el raciocinio.
De acuerdo con todo esto, el ensayo está basado en preguntas y evidencias poco justificables. Pues, cuando no hay una certeza científica que pueda corroborar el porqué de ciertas acciones del ser humano, se debe recurrir a la esencia que nos muestra la filosofía. Razón por la cual, al abordar los asuntos inherentes a la «sanidad», es preciso realizarlo de tal modo que exija una imprescindible reflexión. Consecuentemente, la primera cuestión que se plantea es: «¿quién es el enfermo? Y esto, a su vez, crea otra pregunta; ¿cómo es quien tiene el deber de intentar curarlo?».
Esta última se podría comprender perfectamente dentro del «juramento hipocrático». Promesa al más alto nivel, en la que los médicos hacían y hacen mención a los arcanos de sus antepasados. Pero «¿sabemos en realidad quiénes somos?», «¿de dónde venimos?» y «¿hacia dónde vamos?». Eso teniendo en cuenta, como es natural, que tanto médicos como enfermos somos los mismos seres.
El 24 de noviembre de 1859, Charles Darwin sorprendía al mundo, supuestamente culto, con su obra: El origen de las especies. Hasta entonces, ese mundo en el que se encontraban los humanos ilustrados no difería en nada de los otros, los que eran considerados no creyentes. Bueno, en algo sí y es que unos estaban en el conocimiento del dios verdadero.
Todo pertenecía a una verdad incuestionable, donde los médicos tampoco se podían escapar de ella. No considero necesario hacer una reiteración de lo que los sanadores de aquellos tiempos practicaban para «erradicar los males de los enfermos», ya que su larga exposición nos alejaría de la finalidad de este episodio.5 La aparición de la evolución natural se impuso sobre la idea que somos la obra de la creación de un dios todopoderoso. Pero que esto no nos lleve a engaños, a pesar del tiempo transcurrido y de las diversas muestras encontradas en las excavaciones arqueológicas, una parte importante de los habitantes del planeta continúa creyendo en un todopoderoso creador de los cielos y de la Tierra. Más adelante, plantearé más preguntas que podrán ayudar a desentrañar esta cuestión, aunque, finalmente, todo quedará relegado a otra hipótesis más. Y es ahí donde creo conveniente, lector, que hagas tu propia reflexión.
Después de este preámbulo, vamos a volver otra vez al principio del capítulo. Es en el lugar donde nos encontramos con un ser que se autodenomina sapiens sapiens. Pero, realmente, ¿es merecedor de esta clasificación que se otorga a sí mismo? Evidentemente, la respuesta, si se juzga por sus actos, debería ser un rotundo no. Y, por si pudiera caber alguna duda, a las pruebas que voy a plantear me remito. Si bien, antes de entrar en materia, hay algo que no voy a censurar, aunque en la actualidad es una crítica que está en la boca de muchos. Con esto me estoy refiriendo a la acusación que prácticamente todos los científicos exteriorizan, que el hombre —entiéndase como el género humano— está destruyendo su propio hábitat —la Tierra—.
Son precisamente los «movimientos ecologistas» quienes abanderan esta cuestión. Parece que solo aceptan a la Tierra como virgen y, en defensa de ella, se olvidan de la sobrevivencia de nuestra propia especie. O quizás mejor, si de ellos se tratara, haría muchos años que le hubieran puesto un límite a la cantidad de habitantes humanos que pueden ocupar el globo terráqueo. Defensores de lo natural a ultranza, entre los que se encuentran varios movimientos, «son los que tienen escrúpulos con los adelantos que ofrece, entre otras cosas, la medicina». Poniendo trabas continuamente a su desarrollo, por considerar que atentan sobre un supuesto orden privativo de la naturaleza, al que hay que respetar a cualquier coste, aunque esto pueda representar acortar la vida. Tal vez esta afirmación no la quieran reconocer, pero, en el fondo de la cuestión, se trata de un miedo atroz, a todo lo que represente el cambio producido de un modo artificioso.
Esta última aseveración junto con las anteriores son un buen ejemplo «de lo contradictorios que podemos llegar a ser». No se puede negar que nuestra especie ha sido capaz de realizar grandes gestas, debido a la capacidad que tenemos «para adaptarnos a las nuevas situaciones cambiantes». Aunque, eso sí, siempre los desarrollos han sufrido una obstinada obstrucción de los que pretendían dejar las cosas como estaban. Empero, de la misma manera, parece que se olvidan de que este planeta, donde nacimos, no estaba especialmente receptivo a nuestra acogida como especie.
Para ello, nuestros ancestros tuvieron que cambiar el rumbo de los ríos, abrir brechas en las montañas, aplanar lugares para cosechar, criar y cuidar a los animales. Entre tanto, mil peligros acechaban a aquellos seres, eso, con la pesada losa que representaba la propia debilidad física que mostraban. Esa precariedad los hubiera obligado a permanecer en los lugares cálidos de sus primeros tiempos como especie. Por lo que aparenta, esta situación ha conllevado a la humanidad al llamado calentamiento global. Con esta expectativa, la sociedad de un futuro que, se me antoja próximo, tendrá que buscar soluciones radicales, como puede ser plantearse la vida en nuevos mundos o, por el contrario, aceptar el más estricto control de la natalidad, lo que representaría la eutanasia para el Homo sapiens.
No obstante, en mi opinión, no todo lo que sucede en el globo terráqueo es responsabilidad de nuestro género. Hoy, con los nuevos medidores de temperaturas, control de lluvias y una larga lista de vigilancias de todo tipo, se nos permite comparar lo que sucede año tras año. Ahora bien, esa media se remonta como mucho a un siglo, cuando no, a menos. Y es aquí donde supuestamente nos hemos olvidado de un fenómeno que prácticamente conocieron los abuelos de nuestros abuelos. Sí, me estoy refiriendo a la llamada Pequeña Edad de Hielo.
Este largo período, donde el frío se intensificó en varios grados, comenzó en el siglo XIV y llegó hasta mediados del siglo XIX. Con esto, desaparecieron los veranos, tal como los conocemos. Al revés, este fenómeno puso fin a una época extremadamente calurosa. Cuando se ha querido estudiar, al principio se pensó que era un enfriamiento global, pero más tarde se ha descubierto que solo afectó al hemisferio norte.
Desde entonces, son muchas las conjeturas que se han hecho para justificar el motivo, pero lo cierto es que, de tiempo en tiempo, aparecen nuevas teorías para justificar un fenómeno que, dicho sea de paso, en aquellos tiempos no extrañó a nadie. El cuestionamiento que planteo es que sabemos muy poco de los misterios que rodean a la Tierra. Para que ahora tengamos la arrogancia de autoinculparnos. Sí, reconozco que lo expuesto puede ser una barbaridad. Pero nadie puede justificar o explicar lo que sucedió no hace tantos años.
Todo este escenario es el responsable que antaño tuvieran que luchar contra las inclemencias de la naturaleza y entre ellas la peor, el «código de la sobrevivencia», que dice: «que para que uno pueda vivir, debe comerse al otro». Esa es una realidad incontestable que ha permanecido perenne hasta el día de hoy. Por mucho que, en la actualidad, los llamados «movimientos veganos» planteen una alimentación con una absoluta abolición de proteínas animales que no dudo que algún día, más cercano de lo que parece, se pueda lograr. Empero no por las razones que ellos indican. Si bien, es precisamente ahí donde debo «hacer una crítica a la medicina».6 Pues, de un modo inexplicable, hoy, a este particular no se le da la relevancia que verdaderamente tiene.
La razón más poderosa que esgrimen estos movimientos «es la de matar para comer». Y ahí está otro de los ejemplos contradictorios de los humanos. La creencia de que, a todos los animales, por el solo hecho de ser seres vivos, se les debe respetar la vida. Creencias que pertenecen a pensamientos orientales y que han calado de tal manera en Occidente que, los que creen en ellos, es muy difícil que puedan razonarlo. Los que piensan así, ignoran o no valoran el modo como se pasean los animales sueltos por la India —por poner un ejemplo—. Ya que, de respetar sus ideas: ¿qué deberíamos hacer con las alimañas peligrosas? Esa consideración es muy aceptable, cuando uno está a resguardo del ataque de las fieras. Puesto que, de otro modo, cambiarían la palabra respeto por otra, que sería miedo.
Aun con todo, no quisiera que el lector creyera que mi opinión sobre los demás seres que componen la fauna terráquea sea despectiva. Lo que pretendo transmitir es que, lejos de la profunda consideración que cualquier animal se merece, no debemos caer en situaciones absurdas de igualarlo a nuestra especie.
Una buena muestra de lo expuesto es la obstrucción que los movimientos antes referidos hacen en contra de los llamados «animales de laboratorio». ¿Quizás, a lo mejor, desearían que las pruebas se hicieran con humanos? O mejor, que simplemente no se hicieran. Los que se manifiestan en contra de esos usos; «¿han pensado realmente cuál es la finalidad de los laboratorios farmacéuticos, cuando experimentan con seres con parecido ADN?». No, estoy en la seguridad que no. Porque, si así fuera, no solo serían contradictorios —que lo son— sino también unos insensatos.
Por otra parte, y siguiendo el hilo de la cuestión, no tengo por más que reconocer una cierta ternura por los defensores de los animales. Ahora bien, no por ello, debo dejar de insistir en la tremenda contradicción en que continuamente incurren. Veamos un ejemplo: «parece que obvian su uso cuando poseen una mascota». ¿Acaso ignoran que esos queridos animalitos no existirían si los humanos no los hubieran cruzado con otros? Y el resultado de eso, como consecuencia, ha producido animales con diversos padecimientos físicos o incluso psíquicos, según las razas. Sí, estoy en la seguridad que son conocedores de esta cuestión, ya que las continuas visitas al veterinario no son fruto de la mala suerte, sino de los males congénitos que padecen.
Aun con todo, si alguien les pregunta: «¿Por qué tiene una mascota?», una de las respuestas más habituales que recibirá es porque son más agradecidas que las personas. Pudiera pensarse que ignoran, por mucho que deseen que su mascota posea inteligencia y sentimientos, lo único que le guía es el instinto y hasta una de las más evolucionadas —los perros— obedecen a su amo —dueño— siempre que coincida con quien les da de comer.
La conclusión sería que la finalidad que tienen esos animales es para solaz compañía de unos humanos. Para que ellos los posean, estos queridos animalitos son violados sistémicamente y, cuando nacen sus hijos, son apartados de la madre de una manera cruel. Pero eso parece no importarles a los que los recibirán finalmente. Debido a que una de las razones inconscientes que les empuja a poseer una mascota son las dificultades que representan compartir sus sentimientos con sus iguales. Y, por eso, buscan en ellos un modo de entrega. De cualquier modo, tampoco, a casi nadie, le importar que no sea el hábitat donde el animal preferiría estar; a él no se lo van a preguntar.
El resultado es que los amantes de los animales condenan a sus mascotas «a nacer para ser su juguete». Por contra, son enemigos acérrimos de las «corridas de toros». Si bien, precisamente, por la misma razón que quienes los critican, sus defensores afirman que el toro, en la dehesa, tiene una vida regalada, durante cuatro o cinco años. Y que, de otra forma, ese animal ya no existiría.
Y, si lo pensamos bien, tienen tanta razón como responsabilidad, unos como los otros. Es precisamente aquí donde volvemos a encontrar al sapiens sapiens inmerso en sus continuas contradicciones. Por una parte, ha hecho todos los posibles para sobrevivir aniquilando prácticamente de la faz de la Tierra a todos sus enemigos naturales. Y, a los que no, los ha esclavizado, en otros tiempos, como fuerza motriz, además de criarlos en granjas, con la finalidad de transformarlos en algo impersonal, como es la comida, sin ninguna identificación. Sí, es esa que los niños, urbanitas de hoy, solo reconocen al animal en un perfecto despiece, debidamente empaquetado, en las estanterías de los supermercados.
Ahora, cambiando totalmente de lectura y debido a una licencia de espacio, vamos a iniciar un breve estudio de lo sucedido desde que se tiene constancia histórica del paso del Homo sapiens. Sin ninguna duda, el lugar donde existen más referencias de nuestro pasado, y por ello se considera cuna de la civilización, es la denominada «Antigua Mesopotamia»; se localiza entre los ríos Tigris y Éufrates, palabra que significaba que se encontraba en tierras fértiles, que no coincidían con las áreas desérticas.
No obstante, lo que resulta un tanto curioso es que, durante muchos años, concretamente hasta 1841, esta antigua civilización se creía que pertenecía a una leyenda de las muchas que se expresan en el Antiguo Testamento. Pero, por lo que parece, evidentemente existió. Fue Austen Henry Layarde (París, 1817), arqueólogo, investigador, escritor y diplomático inglés, uno de los primeros que se hizo preguntas al respecto, y junto con un equipo de arqueólogos, bajo las informaciones recibidas por los aldeanos del lugar, empezaron a excavar en aquella zona.
Y… allí apareció, ante sus ojos la civilización con más información arcaica hasta ahora conocida, su antigüedad inicialmente se remontaba a tres mil quinientos años a. C., aun con todo, esta fecha no fue definitiva, pues en la medida que fueron encontrándose nuevos yacimientos se han supuesto fechas que datan de cinco mil años, y más, anteriores a nuestra era. De los muchos descubrimientos, hay que hacer mención a los desenterramientos que representaron hallar hasta una suma de treinta mil «tablillas» —hechas de barro cocido— que mostraban la existencia de la «escritura» en aquella antigua época. El arte de escribir era atribuido, desde las distintas mitologías, de la manera siguiente: «La Antigua Grecia, se le debía a Prometeo, quien la había regalado a la humanidad. Para el Antiguo Egipto era un obsequio de Tot, el dios del conocimiento. Para los sumerios fue la diosa Inanna, quien se la había robado a Enki, dios de la sabiduría».
Lo más sorprendente de todas estas leyendas es que coinciden en el fondo y eso puede ofrecernos una respuesta que, desde un principio, se ha desechado. —Más o adelante ofreceré el motivo para reflexionar—.
Teniendo en cuenta que este estudio se desarrolla en torno a la medicina, debo destacar las ocho mil tablillas que están dedicadas exclusivamente a este menester. Los conocimientos que, al parecer, poseían de ciertas partes del organismo humano están demostrados cuando, algunas de ellas, describen «un hígado, perfectamente moldeado», inadaptara los supuestos conocimientos de aquel lejano período.7
De cualquier modo, no solo fue en medicina. Vamos realizar un esquemático repaso de algunos de los descubrimientos que mostraron las creaciones producidas en aquella antigua civilización, que hoy la localizaríamos entre los países de Irak, Turquía y Siria.
Detalle de los adelantos:
«La escritura cuneiforme».
«El conocimiento de las vísceras humanas».
«El código de Hammurabi».
«El desarrollo del sistema sexagesimal».
«La astrología y astronomía».
«El calendario lunar de 12 meses y 360 días, aprox.».
«La metalurgia del cobre y el bronce».
«La irrigación artificial».
«La rueda».
«El arado».
«Los arreos para los animales».
«El bote y la vela».
«La moneda».
«El sistema postal».
Puede ser que, en el concienzudo repaso que he hecho, tal vez me haya dejado alguno. Pero estos pueden dar idea de la dimensión que tiene esta apabullante oferta de ingeniería del conocimiento de todo tipo. Pues, si se observa detenidamente, cada uno por sí solo representa una auténtica revolución. Pero vistos, en conjunto, se pueden considerar el inicio del motor de la civilización.
Tanta es la actualidad que algunos tienen, que hoy, en pleno siglo XXI, aún se está explotando su desarrollo, en base a esos saberes ancestrales. Todo lo relatado, a poco que reflexionemos, nos plantea la siguiente pregunta: «¿De dónde pudo surgir esta civilización?». —Como se recordará, esta pregunta ya se esboza, junto con otras, al principio del capítulo—. Y la respuesta más socorrida que se les ha ocurrido a los investigadores, después de introducirnos en un intrincado laberinto de dudas, es que se desconoce su origen.
Es como si ese adelanto técnico, social y cultural, tan espectacular, hubiera surgido de la nada. Un ejemplo muy parecido a la solución que se le otorga al Big Bang, para explicar el principio del universo. Algo clásico en el Homo sapiens, cuando no encontramos un razonamiento que se nos acomode a nuestras creencias, recurrimos a soluciones que no las incomoden.
Parece evidente que todo son conjeturas. Sí, desde cómo se inició la cultura humana, hasta encontrar una explicación razonable del principio del universo. Eso si es que todas estas preguntas pueden ser razonables. Cierto que hay quienes han hecho otras propuestas. Pero eso ha representado entrar en el terreno de las llamadas «conspiraciones» contra el orden establecido y aparentemente aceptado por todos.
Sin embargo, hay evidencias para las que no se han encontrado respuestas concretas. Por ejemplo, que expliquen «la construcción de distintas obras megalíticas, ni tampoco la cantidad de seres alados» localizados no solo en la civilización que estamos estudiando, sino en las posteriores, como fueron la egipcia y la griega, aunque también en todas las civilizaciones arcaicas, como fueron la védica, la china, la maya y otras… Y esto siguió, hasta no hace tanto, con las llamadas gárgolas —seres mitológicos— que aparecen en las catedrales, especialmente las de estilo gótico.
Con el fin de buscar una respuesta a todo esto, he recurrido al Dr. Zecharia Sitchin, este, desde mediados del siglo pasado, inició una campaña «en contra de la teoría de la evolución». Fue considerada por la mayoría de los científicos del momento una conspiración cargada de falacias. Pero veamos en qué se basaba el Dr. Sitchin para hacer tales afirmaciones. En primer lugar, se ha de indicar que fue el investigador que más tiempo dedicó al estudio de las tablas, treinta años. Fue a partir de ahí que hizo una interpretación, donde desarrolló la teoría de la existencia de los «Anunnakis» y el planeta «Nibiru».
Según sus conclusiones, era una «raza extraterrestre» cuyo nombre significaba: «llegados del cielo». La fecha de su llegada a la Tierra se desconoce, pero se supone muy lejana. La primera relación con los habitantes de este planeta se remonta a tiempos inmemoriales. La razón de su estancia era la búsqueda de minas de oro que precisaban para la sobrevivencia en su planeta. —Aun así, se ha de hacer la observación que este metal llegó a nuestro planeta por asteroides—. Para ello, esclavizaron a unos seres que tenían más de simios que de otra cosa y con ellos, por medio de «la manipulación genética», crearon al Homo sapiens sapiens. Parece que esto causó un cierto malestar entre las distintas autoridades alienígenas, entablándose entre ellos una disputa de dimensiones descomunales. Altercados que se relatan en el Antiguo Testamento, entre Dios, los ángeles y los ángeles caídos que se insubordinaron.
El ya nombrado Antiguo Testamento está repleto de escenas increíbles que, por no ser sabedores, tampoco juzgamos. Por eso no tienen que extrañarnos las referencias a otros dioses aparte de «Yahvé», eso, según se puede pensar, no altera la pretensión básica del judaísmo a que el pensamiento religioso fuera «monoteísta». Pues, en la lectura de los textos religiosos, se afirma que esos dioses se diferenciaban de Yahvé en dos aspectos. Primero, debían su origen al mismo Yahvé: «Vosotros sois dioses hijos del supremo», (Salmo 82:6). Y segundo; «A diferencia de Yahvé, esos dioses eran mortales; Moriréis como mortales y caeréis como cualquier príncipe», (Salmo 82:7).
La particularidad de esta lectura se podría referir a diferentes mandos que desobedecieron al «máximo mandatario», al contribuir a la mencionada manipulación genética, incluyendo genes alienígenas, posiblemente gestados por algunas de sus hembras. De cualquier manera, esta historia aquí muy abreviada —se puede leer en los muchos libros publicados por este autor y también es fácil de encontrar todo tipo de opiniones contradictorias y fabuladas por internet—. Lo evidente es que posee una total y absoluta similitud con el Antiguo Testamento. Donde se explica el «principio del Génesis». Eso hace más fácil comprender la leyenda que allí se ofrece sobre la relación de los seres humanos y unas palabras que se vierten en ambas historias por igual; y dijo Yahvé: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Obsérvese que habla en plural.
Finalmente, el Dr. Sitchin murió a los noventa años, reiterando su deseo que le hicieran un estudio genético a la momia de la «reina Paubi», que se encuentra en el Museo de Historia Natural de Londres, debido a que estaba en el convencimiento que su origen era extraterrestre.
Entendida de esta forma, la teoría del Dr. Sitchin no parece tan descabellada. Sobre todo, si hasta ahora hemos sido capaces de aceptar lo referido al Antiguo Testamento. Los consideramos cierto porque las tres grandes «religiones monoteístas» nos lo explican en la más tierna infancia y después ya nadie pone en duda aquella historia. Pudiera ser lo mismo si algún día llegamos a ser capaces de viajar a otras galaxias y conseguimos visitar un planeta habitado por seres menos evolucionados que nosotros. ¿Qué reacción tendrían sus habitantes cuando nos vieran bajar de las naves? Seguro que nos percibirían como seres superiores o, mejor, como dioses. ¿Qué fue lo que sucedió con la llegada de los españoles al continente americano? ¿Acaso aquellos aborígenes «no percibieron al hombre y al caballo, como un solo ser», entendiéndolo como un ente superior que ni remotamente pensaron al principio que era como ellos?8
Se debe añadir que el primero que se rebeló públicamente contra la «teoría de la evolución» y que se puede considerar como el primer defensor contra la teoría de la conspiración fue Samuel Wilberforce, obispo anglicano, si bien esta oposición la hizo por motivos bien distintos; este defendía, el principio del Genesis, de acuerdo como se explica en el Antiguo Testamento. Con esto, la llamada teoría de la conspiración se pueda comprender de un modo distinto, dependiendo de la ideología que cada uno posea. Parece evidente que concebir al universo y, con ello, todo lo que contiene, incluyéndonos nosotros, naturalmente, es una cuestión de teorías o de hipótesis, entiéndase de la manera que sea más fácil aceptar.
Como conclusión diré que mi pensamiento en cuanto a creencias, como anteriormente he manifestado, es el agnosticismo, lo que me obliga a «cuestionar» todos los dogmas que se han explicado a lo largo de la historia conocida. Es precisamente en este punto donde me llama poderosamente la atención un detalle que, al parecer, se han empeñado en ocultar las religiones. Lo cierto es que cuando no hay una evidencia científica que se pueda comprobar, se debe recurrir a los diversos vestigios arqueológicos, legados por las culturas ancestrales. Y solo ahí y no en suposiciones se tiene que basar lo que consideramos «la realidad fehaciente». Desearía añadir una reflexión final sobre este asunto. A quienes les puede costar aceptar la historia de los Anunnakis, me permito recordarles lo que ya he expuesto en los párrafos anteriores, las verdades se vuelven inmutables cuando las aprendemos de pequeños y, además, si nuestros padres y la sociedad entera creen en ellas.




