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Una vez superado este paréntesis, vamos a volver a analizar el comportamiento del sujeto que estamos estudiando o lo que sería igual a decir: «a nosotros mismos». Además de la lucha a muerte que se entabla en la «pirámide trófica», también conocida como «cadena alimenticia», o lo que ya he expresado como el «código de la sobrevivencia». Eso no es más que una realidad en plena vigencia, en todos los reinos de la naturaleza, incluyendo al mineral. Pues este tiene que combatir con la erosión de los elementos. Mientras que los vegetales para nutrirse se autoproveen con la fotosíntesis. Y finamente quedamos nosotros que pertenecemos, con los demás habitantes del planeta, al llamado reino animal, que somos los que estamos en la cúspide de la mentada pirámide.
Cierto que, independientemente del código de sobrevivencia, prácticamente todos los animales que forman la fauna en este globo son territoriales. Y, por eso, son capaces de aniquilarse entre ellos. Incluso las bestias de la misma familia luchan entre sí para crear su hegemonía sobre las hembras. De este particular no es ajeno el Homo sapiens, puesto que sus acciones no difieren en absoluto del comportamiento del resto de los animales que pueblan el mundo. Ni qué decir que nos guiamos por los mismos principios. ¿Qué son las guerras sino una forma organizada para matarse los unos a los otros? Nada difiere aparentemente en el fondo con las peleas de las fieras, salvo que, en este caso, además de los motivos ya nombrados, hay que incluir uno más que son las propias creencias religiosas. Dando motivo, con ello, a perder la vida para ganarla en el cielo.
Pero aún hay más, esta práctica toma una cruenta relevancia que se puede considerar horrible. El Homo sapiens ha conseguido, con los diversos adelantos técnicos, que la manera para autoaniquilarse haya ido haciéndose cada vez más eficiente. Y, con la llegada al conocimiento de la fusión del átomo, descubrió la forma de devastar al enemigo y con él al mundo entero. ¿Curioso modo de demostrar su inteligencia? Estoy en la seguridad que, si nos enredamos en los vericuetos de la historia, encontraremos muchas justificaciones que defienden las guerras justas. Y una de las primeras, no dudo, será la de la libertad, otra podría ser la defensa de la democracia y así otras tantas, como al lector se le puedan ocurrir. No obstante, resulta un tanto sorprendente que siempre nos encontremos en el grupo de los buenos y que los otros sean, precisamente, los malos.
Es, como mínimo, curioso. Y, sin embargo, si contemplamos la humanidad de un modo universal, pronto seremos conscientes que algo está fallando en ella. Concretamente, eso a lo que me refiero es nuestra propia especie tan sui géneris, llena de contradicciones, que se halla en una continua ambivalencia, entre lo que representa «sobrevivir y todo lo que evidentemente hace para autodestruirse». Afirmación obvia. Los que puedan pensar de forma egoísta se equivocan. Por la sencilla razón que la humanidad somos todos y esta forma de ósmosis se manifiesta con aquellas palabras del Corán: «Quien mata a un individuo, está matando a la humanidad entera». Por lo que sería conveniente que aceptáramos que no somos nada más que la continuidad de un genoma, que circula en tránsito hacia una evolución de la que ignoramos su recorrido final.
De este modo, «nuestras acciones no son nada más que una oda a la estupidez». Y eso no es precisamente el camino que nos conducirá a un lugar solaz, como la mayoría suele creer, sino que estamos inmersos dentro de un código de actuación que, como antes ya indicaba, es el de la sobrevivencia, para después destruirnos, lo que puede representar el fin del todo absoluto. Quizás en algún momento descubramos que el miedo a ese enemigo desconocido es, precisamente, el que habita dentro de nosotros y, consecuentemente, somos nuestros peores adversarios.
Sí, nosotros mismos. Realmente sobrecoge que, por más adelantos que haya en todos los campos científicos y si destacamos para ello, necesariamente, «la medicina», los humanos por medio de los clínicos seamos capaces en ocasiones de «curar», para luego explotarnos unos a los otros y, finalmente, «aniquilarnos». Y es aquí donde vuelve a surgir nuevamente la estúpida contradicción.
Será por este motivo que parezca un tanto irónico cuando escucho o leo las glosas al enaltecimiento del «amor». Sí, sorprende tanto boato con esta palabra que la humanidad respeta tan poco. Ni en los países, ni en las ciudades, ni en los pueblos, ni en las aldeas más pequeñas, ni en el propio clan, y, mucho menos, en la familia más directa, se puede observar un vestigio con garantía de duración de ese sentimiento que es el amor que tanto se airea.
Supongo, lector, que te habrás extrañado de esta contundente afirmación, ¿verdad? Pues tú amas a tu pareja y no digamos a tus hijos y también a tus padres y a tus amigos. ¿Cierto? Y si es así. ¿Es que, acaso te consideras la única persona de este mundo capaz de sentir ese amor eterno e incondicional? Si te preguntas por qué lo digo solo tienes que observar a tu alrededor. ¿Cuántos amigos conoces que, en la actualidad, están divorciados? Unos cuantos, ¿cierto? Espérate, ya que, en la medida que pasen los años, irás viendo como la lista se engrosa cada vez más. Y, tal vez, hasta tú también puedes llegar a formar parte de ese grupo.
Lo mismo hago extensivo a esos amigos que de solteros se consideraban más que hermanos. Luego, la cruel realidad, los intereses creados y los años transcurridos los transforman en un extraño más. Puede parecer mentira, ¿dónde fueron a parar todas aquellas promesas de la ya lejana juventud? Podrás pensar que eso no ocurre con los hijos y ahí te tengo que dar la razón. Ahora bien, no es por los motivos que puedes suponer, «eso no es amor». Sí, has leído bien. O, al menos, no es amor como entendemos los otros amores. ¿Y si no es amor qué es? «Instinto». Sí, puro instinto, expresado por encima de cualquier voluntad.
El instinto es la fuerza que usa la naturaleza y que ha inculcado a casi todos los animales «para asegurar su sobrevivencia como especie». Con eso, los humanos tampoco somos una excepción. Un hijo, puede tener un comportamiento muy perverso con sus padres, sin embargo, estos siempre encontrarán una razón para perdonarlo. Cuestión que no ocurrirá con tanta seguridad si sucede al revés.
Ahora damos otro giro y nos preguntamos: «¿puede haber algo más horroroso que maltratar a la persona amada que, además, es la madre de tus hijos?». Y cuando digo maltratar debería añadir también matar. Sin duda, es uno de los crímenes más execrables. Todos los asesinatos son siniestros, aun así, cometerlos contra la persona por la que crees que has sentido tanto parece totalmente patológico y no es que lo parezca, sino que lo es. Frente a estos asuntos, el mundo occidental pretende ser justo y, por ello, lucha contra ese maltrato que ejecutan algunos hombres sobre sus parejas. Se dice que la responsabilidad de todo es de la «cultura machista» que ha recibido el niño en su educación. Y para resolverlo se dictan leyes, a fin de que los castiguen debidamente. Entre tanto, el tiempo va transcurriendo y cada asesinato de una fémina es motivo de manifestaciones populares. Los políticos emiten consignas, aludiendo que hay que parar esta atrocidad para evitar que se repita. Pero, a pesar de todas estas proclamas, se continúan sucediendo, tanto el maltrato como, desgraciadamente, los asesinatos.
Aun así, si anteriormente tildaba de horroroso el asesinato de una mujer por su pareja. ¿Cómo se puede definir que alguno de los dos mate a sus propios hijos para vengarse de la forma más ruin de su pareja? Para determinar esta acción criminal me faltan adjetivos. Puesto que, si es cierto que en el mundo animal también se cometen estas acciones, en absoluto están guiadas por la «venganza hacia su progenitor/a», sino por un motivo más esencial basado en la sobrevivencia del propio individuo. No obstante, cuando el Homo sapiens actúa así, no está cometiendo un «crimen antinatural» como todos suelen creer. Por una sola razón, en él está influyendo una fuerza desconocida para el resto de pobladores de este planeta, los «sentimientos».9 «¿Y qué son los sentimientos más que la respuesta de mecanismos bioquímicos que provienen de una cierta influencia educacional y genética que actúa bajo un nivel de inconsciencia? —“modelo mental”—». Proveyéndole, en su errada evolución, a la incapacidad para enfrentarse a la situación de un modo racional, llegando incluso, después de cometer el crimen, a su propia autoejecución —el suicidio—.
Sí, puede parecer una la lectura compleja y quizá convenga repasarla. Sin embargo, este es el momento que quienes me hayan leído hasta aquí no encontrarán en mis palabras una contradicción. ¿Acaso no he afirmado que los padres son incapaces de dejar de querer a sus hijos? ¿Cómo los van a matar? Cierto, salvo por una sola razón; que se encuentren «trastornados», precisamente por la influencia de los mentados sentimientos. ¿Qué ocurre?, ¿probablemente el mundo se ha vuelto loco? No, el mundo siempre ha sido así, simplemente que ahora los «medios de comunicación» en busca de la noticia, cuanto más lúgubre, mejor —ya que vende más—, se cuida de airear lo que antes era una noticia local y pasaba por ello más desapercibida.
Esta última afirmación, conocida por los estudiosos de la «neurociencia», inexplicablemente la obvian los equivocados especialistas de la mente —psiquiatras y psicólogos—. Pues sus manifestaciones solo denotan lo erradas que están esas supuestas ciencias, en mi opinión: «uno de los verdaderos males de la medicina». Puedo aceptar que el público en general, así como la justicia, juzgue esos delitos como lo que son. Pero me es imposible comprender que, los que se consideran expertos del «comportamiento humano» hagan afirmaciones públicas de la «maldad» que encierran los asesinos de sus parejas o de sus propios hijos. Desarrollar aquí mi tesis haría que abandonara el objetivo de este estudio. Pero me invita a reflexionar si no será motivo de un próximo libro.
Dada la importancia que tiene este planteamiento ruego que se me permita insistir. ¿Maldad? ¡No! El Homo sapiens se está comportando igual que lo haría cualquier otro animal de la naturaleza. Pero con una importante particularidad que antes ya he mencionado: sus sentimientos. Y estos le crean las terribles y espeluznantes contradicciones que estamos sufriendo. Como ejemplo, podemos comprobar que, dentro de los mentados sentimientos, encontramos el amor, el odio, la vergüenza, la frustración, la desesperanza, la culpa, la inseguridad, la envidia, la venganza y tantos otros más, tantos, que se haría la lista muy larga. Y, en todos ellos, localizaremos unos que se podrán considerar buenos y otros que serán malos. Aunque con la peculiaridad como ya he indicado que solo son privativos del ser humano.10
Esas sensaciones que nos perturban son las responsables de que, en ocasiones, el cerebro se ofusque de tal manera que nos haga cometer acciones espantosas que, en otro estado, seríamos incapaces siquiera de plantearnos. Deberíamos considerar que la cordura de las personas se aguanta por finos hilos. Y que cualquier cosa que llega a considerarse «una alteración la puede desequilibrar». Eso es lo que me motiva a repetir, una y otra vez, que la maldad, en la forma como se interpreta, «no existe». Y si no es maldad, ¿qué es? La podemos entender en varias versiones. Una es la «inseguridad latente»11 que oprime, en mayor o menor medida, al Homo sapiens.
Sí, esta es una sensación que nos atenaza y hace que actuemos de forma desproporcionada. Tanto que, para defendernos de un hipotético mal, provoca que procedamos inadecuadamente. Situación que es relativamente comparable a un sordo cuando no recibe el sonido de la voz de quien le habla. ¿Qué hace cuando él tiene que expresarse? Grita desaforadamente, sin tener conocimiento que lo está haciendo. A eso me refería cuando hablaba de respuesta desproporcionada. Otra, se trata de «seres patológicamente enajenados», estos se distinguen cuando, por su crimen, no reciben ninguna prebenda que no sea la venganza o, en otro caso, una especial satisfacción personal propia de mentes enfermas.
También hay los que roban e incluso llegan a matar solamente con ese fin. ¿Qué alberga el cerebro de estas desgraciadas gentes? Nada, tan solo son enfermos mentales, psicóticos, con un bagaje cultural muy precario. Y pueden ser producto de los efectos de los estupefacientes. También se encuentran esquizofrénicos que no se tratan y etc. En estas situaciones, por mucho que se diga, no hay una prueba definitiva para que la medicina pueda hacer un diagnóstico seguro. Salvo que no sea por el propio comportamiento del individuo. Lo cual, al ser analizado por terceros, no deja ser un tanto subjetivo. No obstante, a todos estos individuos, la «ley los juzga duramente» si en el momento que cometieron el crimen se demostró que lo habían perpetrado de un modo «premeditado». Sorprende, y mucho, que esta visión la compartan psiquiatras y psicólogos. Es como si, por el mero hecho de haber elaborado el delito de un modo eficiente, su consciencia tuviera la claridad que lo que hacía era totalmente desproporcionado. A mi entender, esta acción solo es justificable si se trata de una mente atormentada.
El Homo sapiens, como antes ya he referido, se encuentra dentro de su propia evolución, eso sería en el mejor de los casos. Porque también podría suceder que, debido a una supuesta reconstrucción, obra de una «manipulación genética» —cuestión que ya he relatado— resultara una tara o error en su construcción que justificaría todos los comportamientos erráticos, contradictorios y violentos.
Los especialistas del supuesto conocimiento del comportamiento humano —me estoy refiriendo a los nombrados psiquiatras y psicólogos— en el mejor de los casos, lo etiquetan como un «trastorno transitorio». Pero eso, como la mejor atenuante al que también se acogen los juristas. De este modo, las leyes están promulgadas de acuerdo con este parámetro. A los criminales, además del cumplimiento de su pena correspondiente, se les inserta en programas de reeducación, con la esperanza que, en un futuro, sepan resolver sus conflictos de una manera pacífica.
¿Pero esto tendrá alguna utilidad? Para entenderlo mejor, solo tenemos que observar otra faceta del Homo sapiens. Sí, en este caso, vamos a estudiar a los «violadores». Personas aparentemente normales que pululan por cualquier lugar, sea en grandes ciudades o pequeñas poblaciones, sujetos que pueden estar felizmente casados y ser respetados padres. Pero, detrás de esta fachada, se esconde un criminal capaz de cometer la más cruel e ignominiosa violación y después, en algunos casos, acabar con la vida de su víctima.
Y, en este caso, como el anterior, se tratará de gente desalmada y maligna, digna de vivir en los infiernos. Tanto que esos supuestos especialistas del comportamiento humano, así como la ley, coincidirán con los mismos argumentos. Todo ello hará que el pueblo enfervorecido los quiera linchar, en cualquiera de las dos situaciones.
Si bien, en esta última —los violadores—, y pese a que está demostrado que los «impulsos de violación» no les permiten que la redención tenga ninguna utilidad, serán liberados cuando cumplan su pena, o antes, acogiéndose a los beneficios de la condicional. Después llegarán las reincidencias y comenzará el carrusel de acusaciones de unos a los otros. Unos argüirán el derecho de las personas para su reinserción y los otros, las víctimas, se verán obligadas a sufrir, temiendo que vuelva a aparecer otra vez el violador. Y lo peor es que muy a menudo reaparece.
Pero que nadie piense que eso solo es cuestión de cuatro locos. Porque quien lo considere así se equivocará. Para muestra, solo hace falta observar los casos que se dan de sodomía y violación en la santa Iglesia católica. Donde, con la anuencia de las más «altas autoridades eclesiásticas», se repiten los hechos. Situación que no es nueva, sino que viene sucediendo desde tiempo inmemorable. Pero eso no solo ocurre en el seno de la Iglesia, más grave si cabe es que sucede dentro de la propia familia. Se puede decir que son muchos los adultos que recuerdan que, en su infancia, fueron presa de tocamientos por sus familiares más allegados o padecieron reiteradas violaciones de las que aún hoy sufren las secuelas.
¿Y en esta situación qué hacen las autoridades o la población? Pues, en el caso de la Iglesia, dicho de un modo que se podría tildar de castizo, nada. O, mejor, diría muy poco, se vuelve a la denuncia en los medios televisivos o de prensa, unos con la finalidad de distraer, para vender más espacios de publicidad y los otros, por el lógico morbo que ofrecen las noticias escabrosas. Entre tanto, si esto sucede en el ámbito familiar o escolar, hasta ahora no había sido denunciado y, si se hacía, las autoridades no se lo tomaban con las medidas que ahora parece que quieren impulsar con juicios, por cierto, muy mediáticos. Y si cupiera alguna duda de mis afirmaciones, a las pruebas de la actualidad me remito.
Pero esa forma de observar la maldad también la encontramos en aquellos que venden a sus iguales como si fueran una mercancía. Esta práctica no es nueva, es tan antigua como la existencia de la humanidad. Lo más curioso es que también la ejercen ciertos animales, concretamente la hormiga: Polyergus rufescens. Este insecto se vale de sus propias hermanas para que realicen trabajos que ellas no desean hacer. —Conocimiento que me va a permitir que después haga una reflexión—.
Hasta no hace tantos años la esclavitud tenía plena vigencia, prueba de ello es la cantidad de «nombres del callejero» pertenecientes a ilustres «apellidos esclavistas», se da la circunstancia que eso sucede allí donde residían y eran considerados prohombres. No obstante, estos últimos años ha habido una revisión a fin de borrarlos. Hoy, en todo el mundo civilizado, la esclavitud no está permitida. Cierto, ¿verdad? Pues no. Ahora se expresa con la llamada «trata de blancas», son mujeres jóvenes, pertenecientes a países pobres, donde son engañadas por la promesa de un trabajo bien renumerado y eso las atrae a países del llamado primer mundo. Una vez caen en esas redes, son obligadas a prostituirse mediante todo tipo de amenazas y malos tratos.
No es que las autoridades no actúen si son descubiertas las mafias que trafican. Pero de poco sirve. Una vez establecidas en los lugares que estos esclavistas modernos las distribuyen, se hace una política de control muy laxa. Aun con todo, quiero hacer una aclaración. No es que yo esté en contra de la «prostitución», en eso como en tantas cosas, todo el mundo es libre de hacer lo que le plazca con su cuerpo, pero lo que de ninguna manera puedo aceptar es que sea obligada por terceros con el fin de enriquecerse. Y esa es esclavitud que podemos ver en nuestras ciudades, con el aparente beneplácito de las autoridades.
Sin embargo, este horrendo crimen que hoy representa para nosotros la esclavitud ha existido desde siempre. Por lo que parece, el sexo obligado y la esclavitud son innatos en el comportamiento humano y, por lo que hemos visto anteriormente, también en alguna especie animal. Este es el motivo de reflexión al que antes me refería; quizás la cultura, en esto, como antiguamente ya sucedió con los efebos de la Antigua Grecia, nos hace ver las cosas distintas y todo dependa de la ética que se practica en cada época. Tal vez, en busca de un supuesto buenismo, estamos esperando demasiado del Homo sapiens.
Y como ejemplo de esta afirmación: «¿puede haber algo más cruel que matar a un igual, para extraerle los órganos, con el fin que puedan vivir otros que han pagado por ello?». De algún modo y aceptando mi teoría que la maldad es privativa, que la ejercen individuos que, por un motivo u otro, «no son racionalmente dueños de sus actos». ¿Qué ocurre entonces con aquellas personas que, padeciendo un mal incurable, están dispuestas a comprar un órgano, cuando la medicina les dice que solo un trasplante puede ofrecer la posibilidad de vivir? Son gentes que, antes de padecer la enfermedad, tuvieron una vida ejemplar y honesta. Y, aun así, ahora están dispuestos a desembolsar la cantidad que sea, a fin de salvar su vida. Pero acaso se preguntan; «¿de quién saldrá ese órgano?».
Casi podría asegurar que ni siquiera lo han reflexionado, es demasiado horrendo que estas personas puedan pensar que van a matar, a cualquiera de esos que pululan por el tercer mundo, para que él pueda vivir. Es mejor centrarse en los doctores que le ofrecen la solución, puesto que, con toda seguridad, ellos no colaborarían en un asesinato y de este modo callan su conciencia, si la duda surge. Si bien, a poco que lo pensemos, encontraremos que son seres dominados por sus miedos y eso es lo que les dará finalmente ese plus necesario para aceptarlo. «Ahí es cuando he de recordar cómo actuamos en caso de extrema inseguridad».
Aun con todo, las mentes biempensantes dirán que ellas eso nunca lo harían, y no digo que no. Así, en mi particular caso de trasplante jamás hubiera aceptado siquiera un trozo de órgano si esto representara poner en el más mínimo riesgo al donante, y eso es lo que hubiera sucedido. Ahora bien, y ahora que hago esta reflexión, me pregunto: «¿por qué en la UE están terminante prohibidos los donantes en vida si no son de familiares?». Y la respuesta que se me ocurre no puede ser más evidente.
Pero hay más. De siempre, el Homo sapiens ha encontrado, en determinadas plantas, una forma de evadirse de la realidad que le atenaza dentro de este mundo. En tiempos, fue privativo de los «sacerdotes o chamanes», los cuales, al ingerir las drogas, entablaban largas conservaciones con las deidades. Pero esta situación poética queda lejos de la realidad de hoy. Sí, la droga es uno de los negocios que movilizan más dinero y sus consecuencias son muy lamentables para la salud de las personas. Además, los adelantos en química están logrando sintetizar nuevos productos que representan la muerte para quienes los consumen y la desgracia para sus familiares.
¿Quiénes las cultivan? Pues pobres campesinos que lo hacen para subsistir dentro de su miseria, sin conocer la triste realidad de sus resultados, bien por ignorancia o debido a su propia cultura. ¿Quiénes son los grandes traficantes que las distribuyen? Gente violenta, en algunos casos, los menos, con un cierto nivel cultural. Mientras que el resto, la mayoría, pertenecen al extracto social más bajo de sociedad. La gran contradicción que sufren es que son prisioneros de su propio mal, y en este caso, no es por ingerir productos tóxicos, sino porque la necesidad de amasar ingentes cantidades de dinero viene dada al activarse los mismos circuitos de satisfacción inicial que ofrecen las drogas. El caso es que cada vez quieren más y más, para acabar muertos o encarcelados para siempre. Podría ahondar en todo ello, pero se escaparía a la finalidad de este estudio —más adelante se amplía la explicación—.
Ahora, vamos a finalizar este largo glosario de contradicciones cuando no de imperfecciones que padece el Homo sapiens, con algo que puede parecer muy actual, pero nunca tan lejos de esta afirmación, «la corrupción». Lacra que ha estado presente en todos los lugares de poder. Desde que la sociedad existe, como tal fueron necesarias las jerarquías, para aglutinarla e imponer un cierto orden. Y, con ello, llegó este grave perjuicio que atenta contra la dignidad de las personas y, como es lógico, resta valor al trabajo en igualdad de condiciones. Eso fue así de tal modo que, durante muchísimos siglos, era algo supuesto y permitido, ya que, de otra manera, no se podría comprender cualquier transacción. Su uso ha tomado muchos nombres. Quizás el más elegante sea la comisión. Pero no por eso es menos detestable que los otros mucho más vulgares, como pueden ser: mordida, soborno, peculio, influencia, colusión, nepotismo; solo por nombrar unos que ahora me acuden a la mente.
La pregunta que planteo: «¿por qué sucede?». Ya que el corrupto, indiscutiblemente, tiene poder y dinero, además, a eso le acompaña un reconocimiento de la sociedad que se relaciona con él. Esa es la mayor evidencia y, aunque pueda parecer increíble, no se corrompe por dinero, como se suele creer. Si bien, paradójicamente, eso es lo que recibe a cambio de sus favores. La incongruencia puede considerarse complicada de entender, pero lo que se ha establecido en él, es lo mismo a estar preso de una adicción,12 a la cual, tendríamos que reconocerla como una enfermedad. O mejor, siendo más explícito, tendría que decir que padece una adicción, como las que ya he expuesto. Solo que, en este caso, no es por ninguna ingesta de sustancias tóxicas. —Lo mismo que les ocurre a los distribuidores ya mentados—.



