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Realmente, es maldad o estupidez. No es ninguna nueva noticia que los políticos reconocidos, considerados en todo el mundo por haber ocupado puestos de relevancia, pasan por la vergüenza de un juicio donde acaban en la cárcel. Desgraciadamente, ni el mundo de la medicina se escapa de esta situación. Verdaderos prohombres, considerados grandes «médicos y científicos» —mientras estoy escribiendo este capítulo, son noticia por haber recibido subvenciones de «multinacionales farmacéuticas», por sus artículos o celebración de congresos—. Por otra parte, no me queda más remedio que denunciar a algunos cargos jerárquicos que se han atrevido a defenderlos públicamente. Ignorando, con toda la seguridad, lo que motivó a estos profesionales a cobrar esas dádivas.
Y hablando de política, también la podríamos relacionar con el «terrorismo o con el seguimiento de sectas autodestructivas» que incentivan la búsqueda de un mundo mejor. Con eso, los iniciados, formando parte del amplio mosaico de ideas de estos tiempos, aprovechan para penetrar en la mente de aquellos que, por una razón u otra, están desencantados de la sociedad. Todo ello forma parte de la civilización que estamos viviendo. Y que se sostiene dentro de la supuesta cordura de un modo muy frágil, siendo propicia en momentos de vacilación y en según qué circunstancias a acceder a un estado de enajenación de muy difícil recuperación.
Cierto que podría extenderme mucho más, pero creo que ya es suficiente para comprender quiénes somos exactamente. Somos una clara contradicción. Está demostrada la capacidad que poseemos para asumir «profundos pensamientos filosóficos», y si no tenemos en cuenta épocas anteriores a la nuestra es porque las desconocemos. Es innegable que, en los últimos cien años, hemos demostrado una gran habilidad para crear ingenios que nuestros antepasados próximos jamás hubieran podido soñar. Pero, por el contrario, nos enredamos en una maraña de razonamientos metafísicos, como el que voy a plantear en el próximo párrafo. Donde estamos, en la búsqueda de un mundo irracional que, en mi opinión, ya lo hemos encontrado, con la llamada «física cuántica». Mecánica que, al no tener respuestas de lo que nos plantea, las más altas instancias han preferido ignorar.
Y permítaseme que insista. Cuando digo quiénes somos, me estoy refiriendo a todos sin excepción y, naturalmente, me incluyo yo mismo. He intentado que, en lo relatado a lo largo de este episodio, residan las respuestas a las preguntas que planteaba al principio del mismo. Solo que, de toda esta redacción, me surgen dos nuevas preguntas. «¿Por qué motivo se quiere entender al Homo sapiens como un ser dotado de razón y equidad?». «¿En qué razones nos amparamos para adorar a estatuas de madera policromadas hechas por nosotros mismos?».
Ahora que llega el final del capítulo, he recordado unas palabras, del libro El árbol de la ciencia, de Pio Baroja, donde en una conversación que mantiene Andrés Hurtado —el protagonista— con su tío Iturrioz, médico también, sobre la «filosofía de la vida». De una forma magistral explica en pocas palabras todo lo que yo expreso en todo este montón de letras. Recomiendo encarecidamente su lectura a quien no lo haya leído.
Y ahora un apunte final, con una propuesta que, a mi juicio, demuestra lo contradictoria que puede llegar a ser la sociedad actual. Evidentemente, lo que planteo aquí tiene que corregirlo la sociedad por medio de sus políticos. Pues «las penas de cárcel, en ningún instante, son la solución». Estas se han estado aplicando desde tiempos inmemoriales que nos transportan a los momentos que la sociedad, como tal, se organizó. Pero con la particularidad que se desconocía lo que aquí he estado evidenciando. Las cárceles solo tienen sentido «si las entendemos como un depósito transitorio, para almacenar a los enfermos o los inadaptados», entonces sí se pueden considerar válidas. Pero aparte del costo económico que representa para la sociedad, no aportan ninguna solución. De ninguna manera estoy proponiendo un «buenismo trasnochado», pero tampoco lo entiendo como un castigo. Debido a que el paso por ella, a algunos jóvenes, lo único que consigue es condenarlos para siempre a la delincuencia, al entrar en un bucle de difícil salida, por no decir imposible.
Por otra parte, si entendemos la diferencia entre delitos y las responsabilidades de quienes los cometen, tendremos que aceptar que hay un tipo de personas —sociópatas— que no pueden vivir en libertad, porque nunca se van a rehabilitar. Entre ellos, violadores, esquizofrénicos no diagnosticados, que llevan a sus espaldas un carrusel de delitos y tantos otros que comprenderían una interminable lista de agravios contra la sociedad que aquí ya he expuesto. Para ellos, solo hay una solución: que trabajen de acuerdo con sus posibilidades en campos adecuados, pero apartados de la sociedad.
Ahora, solo quedarían los que han cometido un error por egoísmo y a los que la sociedad no les dio la oportunidad para aprender. A estos, en principio, se les tiene que suponer la capacidad de «arrepentimiento», y se puede tener la seguridad de que será efectiva. En estos casos, solo les quedaría contribuir al restablecimiento del mal, pagando con trabajos a beneficio de la comunidad y, según fuera el caso, con el duplo o quíntuplo del daño, o lo que los jueces decidieran. Y solo sus «continuas reincidencias» serían suficientes para demostrar que tienen que ser apartados de la sociedad.
Reconozco que esta propuesta puede sonar revolucionaria o incluso ilusa. Pero me parece incomprensible que nos estemos conduciendo por los mismos parámetros ancestrales de siempre. Y que la sociedad admita, con una total naturalidad, que un error debe cumplir una pena de privación de libertad, sin más. Eso sí, sin ni tan siquiera analizar el tipo de error. A los jueces lo único que les está permitido hacer es interpretar la ley. Una ley que, por lo evidenciado a lo largo de este episodio, el delito está muy mal comprendido, es más, en ocasiones, más que el pago de una falta grave, lo que se puede traslucir es una venganza.
Por razones obvias, evito el planteamiento de la «pena capital», puesto que esta, por mucho que esté acompañada de todo el boato de responsabilidad en los países que aún la ejercen, me parece un acto de venganza criminal del Estado que la auspicia. Propio de los mismos enfermos que ajustician por no decir claramente que asesinan.
Después de esta controvertida exposición de lo que somos los humanos, creo necesario cerrar estas reflexiones con una posdata. Que nadie crea que, en las situaciones descritas a lo largo de este episodio, el lector jamás se podría encontrar en ellas. Pues eso es probablemente lo que pudieron pensar algunos antes que se hallaran comprometidos en alguna de estas circunstancias. El Homo sapiens está sujeto a las emociones y, en consecuencia, no deja de estar sometido por los sentimientos. Sí, entre ellos esos que antes estudiábamos, como son los de «venganza». También hay otros que, desafortunadamente, no fueron seleccionados por la especie para vivir en sociedad y a estos no se les puede exigir lo que no pueden ofrecer. Finalmente, los que hasta hoy no han tenido ningún problema, quizás sea porque nunca tuvieron la oportunidad. Y otros, porque simplemente pasaron por un mal día y, fruto de ello, cometieron el error, tal vez por el alcohol o cualquier otra sustancia, ocasionaron el desarrollo de una de las circunstancias que aquí se han expuesto.
4. Cuando se desarrolla la historia de los sumerios, se vuelve a formular esta cuestión.
5. Del hechicero a la medicina actual, en el capítulo 1 estudia una parte de la historia de la medicina.
6. En el capítulo IV: «La salud del Homo sapiens», se desarrollan todas estas cuestiones.
7. En Del hechicero a la medicina actual, se habla extensamente de esta zona y de sus prácticas en medicina.
8. Toda esta historia se menciona nuevamente en el capítulo IX: «Nuevas expectativas», con el que se cierra el estudio.
9. Del hechicero a la medicina actual dedica el capítulo 13 a analizar estas discutidas especialidades.
10. Interpretación del éxito, en los capítulos 28 y 29 se detallan ampliamente lo que representan los distintos sentimientos para los humanos.
11. Interpretación del éxito, en el capítulo 25 se da una cumplida información sobre la inseguridad de los humanos.
12. Lo que se pone en funcionamiento dentro de su cerebro «es el mismo circuito de compensación» que si estuviera ingiriendo cualquier tipo de droga. Lo que, al principio, parece algo muy placentero, ya que provoca «descargas de adrenalina», siendo, además, lucrativo. Pasa después a volverse un tormento que le hace, cada vez, querer más y más, volviéndose entonces muy descuidado. Hasta llegar a angustiarle, sin tener una consciencia de que va a ser su gran perdición. Interpretación del éxito, en el capítulo 20 se expresan ampliamente estos motivos.
II. Los campos morfogenéticos aplicados al Homo medicus
Imaginemos por un momento que la situación que describo pudiera ser creíble y disfrutara de un acceso que me hubiera permitido viajar en el tiempo… Me encuentro a la distancia de 5500 años, en la «Primera Dinastía del Antiguo Egipto». Me encuentro en el «templo de Osiris». Estoy observando cómo un sacerdote está invocando, para que el dios intervenga en la cura de un joven enfermo, que se encuentra postrado en las parihuelas de un camastro. Escucho que conjura a Osiris de la siguiente manera: ¡oh, Osiris! te invoco para que, con tu infinita bondad, accedas a sanar a este tu siervo. Te imploro para que te dignes a intervenir y expulses a los demonios que poseen su cuerpo…
Lástima, he perdido la conexión… Supongamos, por un instante, que esta situación pudiera ser verídica y que, gracias a los medios de la aplicación de la «física cuántica» un día fuera posible viajar al pasado. La experiencia narrada es la que a buen seguro se repitió en aquellos ya muy lejanos tiempos. Te estarás preguntando: «¿qué sentido tiene este texto que debería estar en el capítulo anterior?». Y sí, es cierto. Pero este pequeño recorte de la historia antigua sirve para reflexionar si aquellas invocaciones, que antiguamente se hacían, respondían a una fuerza desconocida, incluso hoy en día. De otro modo, si continúas leyendo, encontrarás el sentido práctico que pudieron tener las exhortaciones, consideradas mágicas, entonces.
La magia solo existe si crees en ella, por contra, ya entramos en el mundo de la lógica, ese que está lleno de las limitaciones que conocemos. Un día, alguien hace algo inédito y entonces ya no se llama magia, sino que es una nueva lógica que viene a sustituir a la antigua. Por lo que yo hablaría de la magia con respeto, puesto que posee distintas vertientes. A estas incógnitas, la neurociencia está buscando respuestas y, pese a que ya es un estudio centenario, escasamente se ha avanzado, si lo comparamos con todo lo que falta por descubrir. Pero ¿qué saben los médicos en la actualidad de magia? Poco, muy poco, ya que sus razonamientos se basan en conocimientos que le cierran las puertas a la posibilidad de aceptar otros nuevos e inéditos, sobre todo cuando estos representan un cambio de paradigma.
Precisamente, es a esa magia real o metafórica, dependiendo cómo se la interprete, a la que se le niega siquiera una reflexión, por no entender la medicina de otro modo del que se ha comprendido siempre. Sería como decir: «que solo se es capaz de aceptar la única cara de la luna que siempre se ha divisado». Sin poder imaginar que, en la curación, puedan intervenir otros factores que no sean «las intervenciones quirúrgicas», «los propios fármacos» y en según qué casos, «la prohibición de determinada alimentación».
Hace un tiempo, un niño le hizo una pregunta, que se podría considerar disruptiva, en uno de sus viajes al «papa Francisco»: «¿Qué hacia Dios antes de crear el mundo?». Ante esta interpelación, el papa titubeó por unos instantes, poco importa ahora lo que contestó, tuvo que improvisar una respuesta para la que no estaba preparado, ni él ni todos los ministros de la Iglesia que le habían antecedido. Pues bien, algo parecido me ha ocurrido, siempre que he tenido la ocasión, de preguntarle a algún médico sobre si creía que, además de los conocimientos que ya practicaba, aceptaría que pudiera haber alguna otra manera de influir en la curación de los enfermos. En los últimos tiempos, he estado hablando de este asunto con tantos médicos como me ha sido posible y, al llegar ahí, algunos me reconocieron que no negaban que a la medicina le pudiera faltar algo, pero ignoraban lo que pudiera ser.
En mi anterior libro, Del hechicero a la medicina actual, planteaba algunas dudas sobre ciertas prácticas de los clínicos. —Deseo hacer la aclaración que no me refiero a ninguna de índole técnico—. Después de reflexionar sobre este asunto y teniendo en cuenta la experiencia que viví durante mi enfermedad, he sido consciente que, lo que me mantuvo en activo en la lucha contra mi dolencia, era una fuerza que surgía de mi interior y que me animaba a continuar. Recuerdo aquellos momentos pesimistas que me transmitían mi familia o los propios facultativos, que algo dentro de mí me decía: «Tú puedes, saldrás de esta». Imagino que puede resultar un poco difícil de creer. Pero puedo asegurar que eso era lo que sentía.
¿Cómo se podría explicar científicamente esta actitud? Seguro que, desde un punto de vista médico, no se puede justificar de otra forma que no sea por entereza. ¿Pero eso es suficiente? Y si no, ¿qué podría ser? ¿Quizás esa magia a la que antes me refería? Sería fácil que mi respuesta se ajustara a cualquiera de las incógnitas que he planteado, pero no es así. Una de las primeras cosas que hice cuando me restablecí fue buscar respuestas a esas maneras que me ayudaron tanto.
Es evidente y sin ningún tipo de dudas que el trasplante fue definitivo en mi restablecimiento y no va a ser aquí donde descubra las ventajas que representó la donación del órgano que hoy forma parte de mi ser. Pero tampoco son menos ciertas, todas las peripecias que sufrí, en los tres años y medio que transcurrieron para poder llegar a él.13
Sí, es esa fuerza interior que siempre me ha acompañado, la que produjo en mí un estado proclive a la curación, debido a mi voluntad para que sucediera. Eso se podría entender, si se siguen las afirmaciones del biólogo Bruce Lipton (1944), el cual desarrolla una teoría que habla de la influencia que puede ejercer la psiquis en el organismo. De otro modo, es lo mismo a decir que las convicciones pueden llegar a ser deterministas. No obstante, la cosa no la dejé allí y buscando aún más, fue cuando hallé los «campos morfogenéticos». —Que es precisamente, los que le dan el título a este episodio y de los que más adelante informaré, con todo tipo de detalle—.
Pero atención, todo está escrito en primera persona, porque fue exactamente lo que yo experimenté. Los que me han leído, ya saben que no soy amigo de usar soluciones ilusas o esotéricas y no va a ser ahora cuando comience. Si algo se me reconoce, es que, en todos mis escritos, busco el modo de documentarlos, ofreciendo nombres y fechas comprobables. Y, en eso, es en lo que fundamento el aval de este relato. Con esto finalizo este preámbulo, aunque después volvamos otra vez a retomar las reflexiones que aquí he dejado.
Para comprender mejor la esencia de este capítulo, es necesario viajar en el tiempo y llegar a los principios de la socialización del Homo sapiens… dentro del eslabón perdido de la transición, de lo que posteriormente alumbraría el nacimiento de nuestra especie. Nacería con esta «la consciencia y, con ella, el conocimiento de la enfermedad». Perturbación que creaba el malestar de las personas. Si bien, pronto se quiso buscar al sujeto responsable, hasta que se encontró. ¡Vaya si se encontró! Fue esa, precisamente, una de las razones fundamentales para encontrar en el animismo las respuestas de los misterios insoldables del universo, el cual, por cierto, quedaba muy reducido en aquellos arcaicos tiempos.
«Animismo» —palabra que en latín significa: alma—. Concepto que bien pudo ser la primera forma de credo que tuvo el Homo sapiens. Ahí coincidían diversos modos de entender la magia de las cosas que les sucedían. Las montañas, los ríos, el cielo, la tierra, las plantas, los árboles, los animales y hasta las rocas. Cualquiera de los elementos que los rodeaban poseían alma y, consecuentemente, conciencia propia.
Por eso, dentro de esta configuración cabía la creencia que cualquiera de estos sujetos pudiera sufrir la transformación en seres espirituales, entre ellos se encontraban los propios parientes ya fallecidos, transformados en espíritus antecesores. Todo tomaba una extensión a lo sobrenatural, que se conformaba en los elfos, unos seres bondadosos, pero que, a la vez, también eran responsables de las enfermedades. Estos habitaban los espacios que ocupaban los humanos, pero no se dejaban ver.
Precisamente, allí se encontraba la esencia de la enfermedad, proveída por espíritus maléficos que penetraban en el cuerpo de las personas, aquejándolas de un mal que, de no superarse, llegaban a fallecer. Ahí fue, necesariamente, donde se toparon con los que ostentaban el oficio más antiguo, el de hechicero o gran sacerdote que, inmediatamente, se convirtió en sanador —del latín, médico—, lo que provocó con seguridad que fueran interpelados del siguiente modo… «¿Quiénes son esas gentes que osan violentar la voluntad de los espíritus?». Esta pregunta bien se la pudieron haber planteado a los primeros sanadores, que se atrevieron a entrometerse en el destino final de los humanos.
Sí, me estoy refiriendo a lo que anunciaba al principio del capítulo anterior, cuando indagaba: «¿cómo eran los que tenían el deber de intentar curar al enfermo?». Más adelante, lo completaba con otras preguntas, donde trataba de averiguar; «¿quiénes éramos, de dónde veníamos y hacia dónde íbamos?». Añadiendo la advertencia que, tanto médicos como clientes —pacientes— éramos los mismos. ¿Recuerdas? Pues bien, las preguntas ya fueron contestadas a lo largo del episodio al que me estoy refiriendo. Y lo que quedó pendiente de concretar fue; «¿cómo son los médicos? A lo que ahora, para complementar, creo conveniente añadir; «¿cuáles son las peculiaridades y conocimientos que deben poseer?».
Ahora bien, de cualquier modo, la respuesta a estas dos preguntas la podríamos circunscribir a una sola, y eso es lo que vamos a desarrollar a lo largo de este ensayo. Aun así, creo necesario agregar que el estudio tiene una pretensión superior a la simple respuesta que representaría definir al médico. Cuestión que, por otra parte, resultaría imposible. Puesto que, dentro de este colectivo, como en cualquier otro, cada uno tiene una forma de entender la vida, según sea su «modelo mental»14 y, eso, influye forzosamente, en la manera de «interpretar su labor profesional».
El modelo mental es, considero, la clave que ha de permitir que los profesionales de la salud desarrollen su labor de acuerdo a las necesidades que la sociedad actual precisa. Si bien, el hándicap que se plantea es la negación que hacen las universidades de estas cuestiones. El asunto no es tan solo una asignatura pendiente, sino que es preciso sensibilizar a los «órganos responsables de la medicina» de la tendencia que hay a no querer reconocer la importancia que tiene la mente en la curación.
Estos son los que se escudan detrás de las distintas pruebas analíticas, impidiendo esta nueva concienciación que, a mi juicio, se ajusta científicamente a lo que deseo presentar; los «campos mórficos» que, supongo, son un conocimiento del que presumiblemente pueden adolecer. Cuya fuerza es la compensación a la medicina mecanicista que se practica y que, aunque ya se posee, no se tiene consciencia de ella. Si la entendemos como un impulso, puede representar una gran ayuda en el trabajo, pero, a la vez, y depende cómo, puede resultar devastadora para los enfermos cuando son consultados.
Observadas estas particulares, volvamos nuevamente al argumento con que iniciaba el segundo apartado de este capítulo. Como anteriormente ya relataba, desde los principios del Homo sapiens la enfermedad estuvo considerada un castigo que enviaban los lémures, por algún incumplimiento de los deberes a que estaban obligados, ya fuera el interesado o su propio clan. Cualquiera que estuviera en aquella situación y lo contemplara desde el mundo de hoy tendría que apreciar la grandeza de aquellos heroicos ungidos que, enfrentándose a los espíritus, les discutían con todo tipo de argucias, entre las que abundaban las ofrendas a cambio del destino que habían deparado para los aquejados desvalidos.
Y ello fue, sin ningún tipo de duda, lo que le dio a esta profesión un plus muy distinto a cualquiera otra que la civilización haya podido conformar. Ser médico: «equivale a salvar vidas. O, al menos, a intentarlo». ¿Puede haber una labor más grande a la que dedicarse en este mundo? No. La pregunta no es baladí, de sus conocimientos y de su voluntad surge que se estén alcanzando las edades, cada vez más longevas, que disfrutamos. Pero, no es solo eso, también la calidad de vida que en la actualidad gozamos se la debemos a estos profesionales, los cuales lo hacen sin buscar más prebendas que el éxito en su trabajo. Sin duda, no hay nada que pueda compensar tan importante ofrecimiento como es la vida.
A todo esto, quisiera añadir que los que eligen por profesión la medicina están aceptando una forma de vivir propia de un sacerdocio, o diría más, de la disciplina de un samurái, con los valores que le acompañan, como son: honradez, respeto, cortesía, benevolencia, honestidad y lealtad. Desgraciadamente, todos esos méritos en conjunto escasean y solo los que sean capaces de cumplirlos «podrán desarrollar la capacidad de empatía», imprescindible hoy en día, para el adecuado desarrollo de su labor.
También se les exigirá guardar los secretos de los enfermos que atiendan. Ahora bien, durante muchos años, la obligación del enfermo a decir la verdad era propia de las confesiones con los sacerdotes, hoy, esta verdad es imprescindible que sea transmitida al médico. Razón por la cual, el médico jamás debe mentir en sus relaciones sociales, so pena de quedar desacreditado profesionalmente. Pues una mentira pondrá en duda todas las verdades que, a lo largo de su vida, haya podido ofrecer.
Además, es conveniente que mantengan una vida discreta, fuera de las estridencias del mundanal ruido. Hay que reconocer que, la gran mayoría, obran de buena fe, con un desapego total en el momento de ejercer su labor. No buscando en ella otra compensación fuera de su propio entusiasmo, a sabiendas que se requiere mucho esfuerzo y como indicaba, no es precisamente para lucrarse en exceso, y por ello su contraprestación tiene un eminente cariz vocacional.
Y aún se le debe añadir otro precepto, el de estar perpetuamente obligado a estudiar todas las novedades que se le ofrezcan dentro del hermético mundo de la medicina. Esencialmente, ese es uno de los problemas que, en estos tiempos, se evidencian en el desarrollo de su labor, donde el médico se ha transformado, a la vez, en un funcionario sin tiempo para actualizarse.
Como ya argumentaba, solo es necesario retrotraerse a las primeras maneras de curar de la historia conocida. Estas se efectuaban por medio de «conjuros», que se establecían con los espíritus causantes del mal. O buscando el amparo de los buenos espíritus, para que intercedieran en favor del ser postrado. Se ha de reconocer el valor de aquellos sacerdotes, brujos, chamanes, o como se les quiera denominar, de qué modo se atrevían a iniciar una conversación, por medio de las evocaciones o súplicas, para expulsar de allí al maléfico que, según se creía, poseía a aquellos desgraciados seres, presos de la enfermedad.15 Pero atención, «lo que sin saberlo estaban ejecutando, era la curación a través de los campos morfogenéticos que ya he nombrado».
Representaba, para aquellas esforzadas gentes, adentrarse en el mundo de lo desconocido. Curioso, sí, porque hoy, aunque de otro modo, está sucediendo lo mismo. ¿Acaso la lucha contra la enfermedad no representa, en algunas ocasiones, zambullirse en un espacio donde se penetra en un cosmos lleno de incógnitas y de dudas? En el que la respuesta que da un organismo difiere totalmente de la que se obtiene de otro. Esto se reconoce con la afirmación: «No hay enfermedades, sino enfermos». Y en esta réplica, pueden influir un montón de factores, genéticos y de otros tipos; cabe destacar «la región del mundo» y, de un modo más concreto, «el distrito de la ciudad donde se habita».




