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Componentes que, en mi opinión, la medicina, tan tecnificada de hoy, no tiende a valorar excesivamente. Diría más, a pesar de que muy a menudo se hacen evidentes esos factores, se desprecian, pero solo es por ignorancia, ya que se tienen como elementos distorsionadores de la posibilidad de curación. Es precisamente ahí donde se pueden encontrar actualmente «esos malos espíritus». Confundidos dentro de ese marasmo «de información harto tecnificada». Parece que, la enfermedad, es lo único a vencer. Obviando que el que verdaderamente la sufre es el enfermo.
Desde hace algún tiempo, distintos especialistas de enfermedades de difícil curación reconocen públicamente que, en casi todas ellas, se encuentra, en el desarrollo de la propia dolencia, un «detonante psíquico». ¿Eso podría representar la localización «de los metafóricos malos espíritus» que, hoy, embargan la salud de los enfermos? No podría ser de otra manera, lo que siempre ha acosado al Homo sapiens han sido sus propios miedos. Temores causados por el sentimiento de culpa que le persigue allí donde quiera que vaya. Para abundar más en el asunto, diré que esos miedos se pueden conjugar con situaciones sufridas por las personas que, según sus creencias, han podido incumplir. A las que también podríamos incluir otras, como son: el fallecimiento de un ser querido, separaciones no deseadas y sucesos como la falta de empleo y cualquier cuestión desencadenante, en torno a estas circunstancias.
Todo esto puede dar una idea de la pesada carga que recae sobre la responsabilidad de pretender curar. Si bien, aunque pueda resultar, como mínimo, sorprendente, esta es una de las causas que, en la actualidad, tiene que luchar el médico. Sí, me estoy refiriendo a la creencia, sea o no consciente, que se enferma por culpa de comportamientos indebidos, propios o ajenos. Ya no es solamente por los síntomas que pueda padecer. Porque en el caso que no se evidencien, se debería aceptar que no hay enfermedad. No obstante, eso, en ocasiones, no resulta suficiente. Ante la necesidad que se le garantice una salud segura, «se someten voluntariamente a chequeos, que pueden conllevar, la esclavitud del diagnóstico».
En este particular, formalmente, la apariencia del supuesto enfermo es poco determinante; lo que se valora son las pruebas analíticas. Cuando sus resultados concretan la detección de posibles células tumorales, se inicia inmediatamente todo el protocolo previsto en estos casos y se procede a extirpar la zona dañada. Y… Sí, ahí es donde la literatura científica difiere. Pues considera que, una determinada cantidad de este tipo de células bien podría haber sido absorbida por el propio organismo, de haber dejado que la naturaleza hubiera seguido su curso.
Se ha de aceptar que, aunque se desconozca lo que en realidad motivó la enfermedad y no se haga por «supuestos» que, en el momento de ser superados, se quedan en el olvido. Como si aquella antigua afirmación no hubiera perjudicado en nada la curación del enfermo. Solo con el fin de salvaguardar la verdad de una medicina que, continuamente, debería estar en entredicho. Esa sería la máxima de esta importante aportación humana, mantenerla seguidamente dentro de un análisis de aprobación, esperando que una novedad venga a sustituir a otra. Para abundar más en esta afirmación, se me ocurre añadir esta frase: «Eppur si mouve», que supuestamente pronunció Galileo Galilei, después de abjurar de la «visión heliocéntrica del mundo», ante el «Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición».
Por si alguien pensara qué motivos tengo para haberme acogido a dicha frase, la respuesta no puede ser más evidente. En mi criterio, basado en conversaciones que he mantenido con algunos médicos, estos, como ya he comentado, me han manifestado sus dudas, si para la curación del enfermo es suficiente la administración de fármacos o, por el contrario, deberían intervenir también otros mecanismos.
Mecanismos que, por lo general, son precarios en los hospitales y en la asistencia clínica. Puede parecer correcto aceptarlos cuando se plantean en petit comité, pero en el instante de usarlos, la cosa es muy distinta. Puesto que allí, con más facilidad de la que sería deseable, es habitual que se escuchen palabras o comportamientos poco adecuados. Componentes que se podrán resumir dentro de la lectura de este capítulo. Ahora bien, honestamente, debo de reconocer que lo que planteo en él solo es un esbozo, ya que la profundidad del asunto se merece un desarrollo mucho más exhaustivo, y esto es lo que propongo dentro del ensayo. El hecho de conseguirlo es el desafío que me he impuesto.
Después de esta reflexión, creo preciso hacer hincapié en por qué insistimos en creer que enfermamos. Ahora que parecen superadas aquellas épocas, donde todo tenía que ver con supersticiones, brujerías, hechizos y cosas parecidas, ¿cierto? Sin embargo, por las investigaciones que he hecho al respecto, tengo que indicar que no del todo. Debido a que es esa búsqueda de la seguridad lo que provoca en ciertas circunstancias que el celo de la medicina se extralimite, haciendo eso que se ha venido a llamar «sobrediagnósticos», siempre, supuestamente, de buena fe. Si bien, no podemos sustraernos a la voracidad de ciertos «laboratorios farmacéuticos». Y que el ejercicio de la «clínica privada» lo consideren también un negocio que, como tal, debe ser lucrativo.
A todo esto, le ayuda el sentimiento de culpa que padecemos, por el gran temor a enfermar. Pero, independientemente, hay otro factor que puede influir en las tribulaciones de la persona: «el propio médico». No se puede negar «que el profesional, como tal, es una entidad patológica en sí mismo». Y este, más a menudo de lo que se suele pensar, «teme quedar atrapado por la propia dolencia que está observando en el enfermo, mediante lo que se podría considerar un efecto de transferencia». Precisamente, es ahí donde entra en juego su propio modelo mental. Quien, además de intentar entender qué le ocurre al organismo del doliente, no le será suficiente, a riesgo de no llegar a comprender su propio «estado psíquico». Es en esos momentos donde, sin saberlo, juegan un papel fundamental la influencia de los campos mórficos.
Sospecho que esta afirmación podrá sorprender a más de un profesional de la salud. Pero, si se reflexiona, igual que el clínico puede sufrir sus miedos interiores, también y en la misma medida, los padece la persona que está visitando. Aunque, en según qué circunstancias, con el agravante que quien está intentándolo curar puede ser el causante involuntario de la situación que está padeciendo el enfermo. Esta cuestión se evidencia notablemente por la gran cantidad de profesionales «que padecen adicciones».
Adicciones que, oficialmente, se justifican en gran medida al estrés que supone visitar en un tiempo, que resulta insuficiente, y a la responsabilidad de acertar en los diagnósticos. Pero, según las encuestas, la cosa se agrava aún más, trasluciéndose en la cantidad de suicidios que superan en más del doble a la población en general. Cuestiones que no acostumbran a ser aireadas. Los motivos son dos, el gran corporativismo, pero también hay otro y es el miedo de los órganos superiores a que se conozca por la colectividad.
Todo lo explicado en estos últimos párrafos, de una manera un tanto abstracta, es lo que se podría definir: «como el origen del mal». «Cuando la enfermedad se manifiesta dentro de los conflictos biológicos, los cuales son consecuencia de la propia dolencia». Si bien, también cabría aceptar cualquier irregularidad en el funcionamiento de algún órgano.
Desde el instante que el enfermo manifiesta dolor y agotamiento, está trasmitiendo una información.16 Remitiendo el mensaje que sufre algún tipo de padecimiento. Independientemente que este se haya manifestado de forma clara o solo sea producto de síntomas y que, esta vez, de un modo contrario al anterior, no se obtenga ninguna «causa analítica». Es precisamente, cuando la ausencia de la causa hace que se ignoren los motivos que pueden estar creando la situación. Donde adquirirá una gran importancia la capacidad para canalizar «la energía del cerebro». Pues este puede colaborar con recursos «que hoy en día son desconocidos para la medicina», tanto para la sanación, como en caso de agravar la enfermedad, o, en el peor de los escenarios, condenarle a un prolongado sufrimiento.
Lo manifestado choca frontalmente con la medicina mecanicista que se practica en la actualidad. Herencia de los modos de «sanaciones ancestrales» de Occidente. Hasta ahora, se ha creído y se cree que todo el organismo funciona igual que si fuera un artilugio. Lo que quiere decir que, una vez se hayan comprendido todos los funcionamientos, se habrá aprendido a curarlo todo. Y eso es lo que garantiza una cierta capacidad de pronóstico en la evolución de la enfermedad. Consecuentemente, y, por lo tanto, es posible que se puedan llegar a revertir las enfermedades. Por este motivo, es un hecho generalizado que el médico solo atienda «al órgano dañado» y, en consecuencia, se desentienda del resto, ignorando que forma parte de un todo global, creando con ello una distorsión que difícilmente podrá encontrar una sanación prolongada en el tiempo y de un modo definitivo.
Mientras cualquier otro proceso que pudiera entenderse como aleatorio, y por ello reversible, será considerado como ilusorio. Aun así, hoy, poco a poco, se ha ido reconociendo que hay factores desconocidos e inexplicables que aparecen como una solución determinada. Esto no quiere decir que siempre se manifiesten de forma concreta, debido a que, por los motivos antes indicados, las propias defensas del organismo pueden provocar la compensación de este. No obstante, donde realmente la cuestión se hace más evidente, es cuando se reconoce una cierta compaginación «con el mensaje que haya podido recibir el cerebro». Ahora bien, desafortunadamente, se desconoce cómo se ha realizado.
Todo ello pone circunstancialmente en entredicho el ejercicio de la medicina. En contra de lo que se supone: «no es una ciencia, sino un producto cultural, que se nutre de la ciencia». Esa es en mi opinión, la fragilidad que padece la medicina que se autodenomina científica. Por contra, las corrientes holísticas —se considera el algo como un todo— se niegan a aceptar que la naturaleza de la vida se pueda explicar de un modo tan simplista. Y, como resultado, lo que proponen son «modelos sistémicos». Prueba de todo lo relatado es el conocimiento de la física cuántica, que ha puesto en duda la vigencia de las leyes fundamentales hasta ahora vigentes.
Desde la ilustración, ha persistido la idea de que lo científico solo puede ser aquello que se llega a «demostrar reiteradamente». Pero ¿de verdad esta descripción se cumple siempre? Es evidente que no es así. Es más, el simple hecho que se pueda crear alguna incertidumbre al respecto hace que se ponga en duda esta afirmación. Lo que provoca que se activen todos los resortes y el planteamiento pueda ser acusado de «seudociencia».
Palabra muy utilizada últimamente por aquellos que se creen «los guardianes de la verdad científica». Utilización que, desde mi punto de vista —lego en medicina— me parece una verdadera barbaridad. Pues a poco que se haga un pequeño repaso de los errores cometidos, a lo largo de todos los tiempos por la medicina, se habrá de reconocer que han sido sonados y cuantiosos. Pese a esta larga colección de experiencias negativas, voy a abstenerme de detallarlas, ya que, para este estudio, considero que no aporta. Aun con todo, se me ocurre una pregunta al respecto: «¿de qué bola mágica es la que se nutren estos sanedrines del conocimiento clínico, para etiquetar cuál es una terapia adecuada y cuál no?».
Aprovechando esta pregunta, me voy a remitir a párrafos anteriores, donde utilizaba la palabra información para exponer que esa transmisión del que sufre algún tipo de padecimiento puede resultar, en ocasiones, también inexplicable, sería lo mismo a recurrir a lo que sucede si nos adentramos en la comprensión de la «mecánica cuántica». La cual, siguiendo los mismos parámetros que se usan para las cosas que no tienen una «clara explicación», podría ser determinada como una pseudociencia, ¿cierto?
Ya que el solo hecho de nombrarla dentro de este libro, «cuya pretensión es profundizar en el indispensable conocimiento de lo que son los campos mórficos, su consecuente efecto, así como la precedente filosofía y cambio de actitud que los médicos deben poseer para poder ejercer su labor de un modo más eficaz», pudiera ser motivo para que más de un profesional considere que eso se escapa de unos conocimientos que él no cree poder practicar y, por ello, difícilmente considerará que aporte.
Quizás con este ejemplo pueda convencer a los remisos en aceptar que hay ciencia, hoy por hoy, que no siempre es demostrable. Para ello tendríamos que trasladarnos a períodos muy nefastos para el ejercicio de la medicina. Sí, me estoy refiriendo a aquellas donde se etiquetaba como «peste», a una enfermedad de la que se desconocía su motivación. O, mejor dicho, no eran los pájaros los que transmitían por el aire aquel maldito padecimiento, como se llegó a creer. Ahora imaginemos por un momento cuál hubiera sido la reacción si un médico medieval hubiera anunciado a bombo y platillo que había descubierto la cura de aquel terrible mal. Hoy sabemos qué causas la provocaban, pero en aquellos tiempos era la predicción de una muerte, en la mayoría de los casos, segura.
En aquel error del pasado puede que encontremos la respuesta a lo que hoy representa «el cáncer», como enfermedad, cuyo uso de su nombre altera a las personas por el miedo a sufrirlo. Y, si es así, ¿qué diferencia podríamos hallar con la peste que por tantos siglos laceró al mundo conocido? Visto de esta manera, ¿se puede asegurar, sin temor a equivocarse, que hoy día se posee una comprensión de la ciencia muy distinta a la de entonces? Fundamentalmente, no, y eso nos insta a evitar la aceptación de nuevo, igual como sucedió en aquellos tiempos, con esa maldita enfermedad, a la que se consideró como un castigo de Dios, título que se le dio a la peste.
Puede que esta sea la razón por la que cuando se afirma el reconocido adagio: «que ciencia es todo aquello que se puede demostrar repetitivamente». Si bien eso, considero, se hace, a modo de letanía, sin ninguna consistencia de lo que se está manifestando. ¿Y si fuera necesario entender que, entre otras cosas, formamos parte de una «carga de información» y, solo así, se puede comprender la naturaleza? ¿Y si ese mundo metafóricamente mágico, del que tanto hemos hablado dentro de este episodio, existiera? ¿Y si ese «valor añadido», que le estoy demandando al médico hubiera alguien que ya lo hubiera descubierto y desarrollado?
Tal vez todo esto, leído de este modo, pueda parecer unas ideas más o menos bien intencionadas que he pretendido a hacer. Pero no, voy a mostrar que esta consideración, la cual ya me he adelantado ofreciendo su nombre, está basada en ciencia. Y que su desarrollo se lo debemos al bioquímico Rupert Sheldrake (1942), doctor en ciencias naturales, por la «Universidad de Cambridge e investigador en el Institute de Ciencias Noéticas de California». Reconocido dentro del mundo de la ciencia por sus trabajos revolucionarios sobre la biología contemporánea, de lo que él ha definido como los «campos morfogenéticos».
No obstante, respetado lector, antes de empezar a leer lo que a continuación sigue, voy a rogarte que intentes salir del paradigma de conocimientos donde te encuentras instalado. Sí, sé que es difícil, pero con este aviso estarás más preparado para comprender mejor, si cabe, lo que a ahora expongo. Antes de nada, considero preciso afirmar que la psicología en Occidente, prácticamente, es una ciencia desconocida, y lo que se practica podríamos considerarlo una «seudopsicología».17 Nada comparable, por ejemplo, con las prácticas de Oriente, donde su desarrollo, dentro del budismo, tiene una antigüedad de 2500 años. Esa es, sin duda, una de las trabas para que desde aquí no nos sea fácil aceptar este tipo de teorías.
El mundo Occidental estuvo instalado en un gran oscurantismo, provocado básicamente por la Iglesia católica. Todo era según lo que demandaban «los textos bíblicos y las doctrinas aristotélicas». En aquel entonces estaba prohibido experimentar, pues, según se creía, las verdades del universo estaban reservadas a la voluntad de Dios. Ahora bien, hubo algunos que se rebelaron contra esta situación, quienes, o bien se tuvieron que retractar, o fueron condenados a la hoguera por «el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición». Todo ello comenzó a cambiar con la llegada de la llamada época del Renacimiento. Aun con todo, la evolución fue muy lenta, tanto, que aún hoy se pueden encontrar vestigios de aquellas ideas.18
Por lo que considero de mayor aporte centrarnos en lo que ocurrió a este respecto el siglo pasado. Ahí fue cuando apareció un médico, cuya aportación a la psicología dio luz a estos asuntos. Efectivamente, Carl Gustav Jung (1875-1961) fue el primero en hablar de la «herencia filogenética y ontogenética», así como del extraño fenómeno de la «sincronicidad»19 y la relación que tiene todo ello entre la mente y el cuerpo. Más tarde, ya en este siglo, llegaría el Dr. Rupert Sheldrake. Ambos, curiosamente, aunque en diferentes etapas, estudiaron en Oriente las conexiones que existen entre el cuerpo y la mente. También es cierto que, en honor a la verdad, en este desarrollo hubo otros más, pero, para el estudio que estamos exponiendo, no resultan necesarios.
El Dr. Jung fue maestro del científico Wolfang Pauli (1900-1958), uno de los artífices de la física cuántica. Con la aparición, a principios del siglo pasado, de la ya nombrada «teoría de los subátomos». El mundo no tuvo por más que aceptar que había otras vías inexploradas que pertenecían a secretos desconocidos del universo. Señales que han descansado olvidadas a nuestro alrededor durante generaciones, debido a los prejuicios —como anteriormente ya he indicado— arraigados en el pensamiento de épocas pasadas. Como consecuencia de todo esto, hay muchas cosas que desconocemos sobre la naturaleza biológica de nosotros mismos, de los animales, de los vegetales y hasta de los propios minerales.
Lo que en realidad sorprende es que este conocimiento, a pesar de estar al alcance de todos, haya permanecido ignorado. Puesto que, como ya he advertido en las distintas conversaciones que mantuve con médicos, jamás admitieron conocer su existencia. Por eso, en el momento de hacerles la pregunta tuve la sensación de pretender cruzar las líneas de sus conocimientos. Lo que equivalía a que ellos, que se consideraban «auctoritas profesionales en la materia», se extrañaran por atreverme a realizar una pregunta donde no poseían respuestas académicas.
Antes de empezar a desarrollar esta teoría creo que sería preciso analizar qué pretenden decir cuando recurren a usar la palabra «pragmatismo». Por cierto, un recurso al que han recurrido alguno de mis interpelados. ¿Qué es lo que representa? Pues hasta la llegada de la teoría que se está cuestionando, la «intuición» era uno de los misterios más difíciles de explicar racionalmente. Llegando hasta hace poco a ser negada en las universidades; es más, aunque públicamente no se quiera reconocer, muchas veces, los diagnósticos están influidos por ella —más adelante ofreceré más detalles—.
«Con la aportación de esta teoría, el Dr. Sheldrake pretende descifrar el código de la vida. Y es ahí donde plantea que el genoma humano ha revelado que tenemos unos 25 000 genes, muchos menos de los que se creía, entre tanto, el genoma del chimpancé una vez secuenciado, es prácticamente igual que el humano. Poseemos el mismo tipo de proteínas y genes, por lo que apenas se ve la diferencia. Pero, de todos modos, es evidente que somos diferentes.
Y… Si eso no se puede explicar mediante los genes, ¿qué explicación puede tener? La respuesta, según, el Dr. Sheldrake, la encontraremos en los campos morfogenéticos. Al igual que se pueden construir dos edificios diferentes con los mismos ladrillos y cemento, si se tienen «dos planos distintos», se pueden construir organismos en “distintos campos”. Como es el caso de los humanos y los chimpancés, donde las moléculas que los componen son muy similares.
Eso sería igual a una “metafórica biblioteca” en la que están todas las proteínas posibles, desde las de los animales más ínfimos, hasta las de nosotros mismos. Precisamente, es en esa misma biblioteca donde se debe saber qué libro se ha de extraer de ella. Y este es el gran problema que la genética trata de explicar. ¿Cómo el cuerpo sabe qué libro ha de elegir de esta supuesta biblioteca genética? Se cree que es el “campo corporal” el que decide qué información extrae del ADN. Todo esto, a juicio del Dr. Sheldrake, coincide con los conocimientos actuales de la medicina, solo que van un poco más lejos». (SIC).
Puede que todo esto precise más de una lectura. Pero, como ejemplo, hay cosas que aún hoy, después del tiempo transcurrido, resultan «inverosímiles», como son los extraños fenómenos que nos plantea la mecánica cuántica. Esta, si se enseña en las escuelas y en las universidades, solo se hace a «modo retórico». Aunque sin ningún convencimiento que permita profundizar, entre otras cosas, porque quienes la imparten también la desconocen en la profundidad necesaria. Visto así, ¿cómo se puede pretender que la teoría que nos ocupa llegue a tener una rápida aceptación? Lo normal, es que sea rechazada. Y, particularmente, a lo que atañe en este estudio, «por los mismos médicos», los cuales, de su conocimiento, podrían hacer buen uso de ella, como seguidamente expondré.
«La teoría del Dr. Sheldrake muestra que “la resonancia mórfica” plantea los principios para comprender la interrelación que hay con todo lo existente. Los “sistemas morfogenéticos” son el conjunto de elementos, agentes y procesos en equilibrio que actúan combinadamente sobre la corteza terrestre, generando las formas del relieve e imprimiendo en ellas, características propias del “equilibrio sistémico”.
Cada especie animal, vegetal o mineral posee un “conocimiento colectivo” que se va sobreponiendo con cada nueva información, a lo que contribuyen todos los miembros de su especie y, con la cual, lo conforman. De este modo, se fueron guardando en la memoria las respuestas. Desde las moléculas que componen la roca. El vegetal, para defenderse de los intrusos que le hacían daño o para conseguir con la ayuda de los insectos su reproducción. Y hasta el mundo animal, que ha desarrollado a lo largo de los años sus mecanismos de defensa y también de depredación». (SIC).
Aquí es donde antes de continuar debo hacer un alto. Ya que son muchos los que acusan a este planteamiento de demagógico o fantasioso. Pero, en cambio, es evidente que, si el mundo está compuesto por átomos, incluyéndonos nosotros mismos, ¿quién decide lo que es inteligente y lo que no lo es? Con esta consideración volvemos a los tiempos ancestrales del animismo, donde todo lo que les rodeaba tenía vida propia, ¿recuerdas?
Pues bien, la respuesta a esta pregunta puede servir para cambiar el «paradigma» que los espacios son una materia inerte.20 El diseño de las instalaciones, el ambiente distendido que se respire en ellas y todo un conjunto de factores largo de enumerar, hablará tanto al médico como al enfermo, incluso a los familiares, pudiendo influir de un modo somático en la dolencia o en la clarividencia del propio clínico.
Aquí surge una curiosa coincidencia menospreciada en Occidente, pero de un conocimiento ancestral en Oriente, me estoy refiriendo a la existencia de la denominada «influencia telúrica», una prueba más de la existencia de los campos morfogenéticos. Es notorio, cómo se desprecian las practicas del «feng shui» que no son nada más que una guía de la influencia magnética que ejerce la Tierra sobre el bienestar de las personas y que la medicina, al parecer, ignora.
Volviendo otra vez al tema que nos ocupaba. Hemos dejado aparte, por razones obvias, «a los humanos». Si bien, seguimos los mismos criterios que he relatado para los demás componentes del planeta. Pues, en el momento que un sujeto aprende una nueva habilidad, seguidamente, resulta mucho más fácil al resto de los individuos instruirse. Cualesquiera de estos conocimientos entran en una «memoria colectiva» de cada uno, sin importar la distancia a la que se encuentre. A este particular, se me ocurre, por ejemplo, observar cómo los niños, con poquísima edad, manipulan los smartphones con una facilidad un tanto sorprendente, sobre todo si la comparamos con los problemas que tienen algunos adultos para su manejo. Esto nos puede ayudar a comprender por qué los «médicos jóvenes» cuando se encuentran en un ambiente donde las capacidades se cuidan y se promocionan, como pueden ser cualesquiera de los «hospitales de referencia» que existen en el mundo, se capacitan con más rapidez que sus antecesores en el mismo cargo.




