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La invisible luz
“The light invisible”, Ibister en Londres, 1903.
© de esta edición, Ediciones Trébedes. Rda. Buenavista 24, bloque 6, 3º D. 45005, Toledo.
Traducción: Miguel Ángel Martínez López
Foto de portada: Lauren Coleman (https://unsplash.com/laurencoleman)
www.edicionestrebedes.com
info@edicionestrebedes.com
ISBN: 978-84-941339-7-8
D.L. TO 1367-2015
Edita: Ediciones Trébedes
Printed in Spain.
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier método o procedimiento.
Robert Hughes Benson
La invisible luz

Ediciones Trébedes
Es realmente sorprendente que ante la avalancha de zombis, vampiros, fantasmas, hadas, gnomos, jedis, aliens y otros argumentos sobrenaturales que invaden el panorama literario y cinematográfico actual, la respuesta de muchos cristianos venga fundamentada en el más absoluto materialismo, negando la presencia sobrenatural. Eso sería esperable de una mentalidad materialista atea, ya venga acompañada del pensamiento socialista o del liberal, la misma que tambien puede estar interesada en promocionar estos personajes de fantasía, para luego equipararlos al patrimonio espiritual cristiano, y finalmente negarlos todos como miembros de un mismo cuerpo imaginario. Pero el argumento materialista es totalmente impropio del mismo cristianismo, cuyo fundamento es la irrupción de lo sobrenatural en lo natural. La Encarnación no es otra cosa.
Un personaje de este libro lo describe magistralmente con sus propias palabras: “Como usted nos describió (…) la Religión de la Encarnación se apoya en el hecho de que el Infinito y el Eterno se manifiesta a sí mismo en términos de espacio y tiempo, y que en esto consiste la grandeza del Amor de Dios. Desde entonces, como usted nos dijo, la Creación, la Encarnación y el Sistema Sacramental por igual, en varios grados, son la manifestación de Dios bajo estas condiciones; y es seguro que no puede ser «Materialista» (sea lo que sea lo que eso significa exactamente) creer que el mundo «espiritual» y los personajes que lo habitan se expresen algunas veces de la misma manera que lo hace su Creador.”
Por lo que es fácil comprender que el “cristianismo materialista” es inaceptable, es una especie de aleación autodestructiva, donde el adjetivo diluye al sustantivo.
¿Qué van a encontrar en este libro? Historias de visiones, fantasmas y espíritus, vistos con una mirada creyente.
Lo sobrenatural nos interpela continuamente y hasta ahora solo se han ofrecido tres respuestas de alguna manera extendidas:
La fantasía, como un ecosistema imaginado donde el ansia de otras cosas se consuela con criaturas imaginarias: hadas, gnomos, trolls… donde nuestro ser infantil puede rehabilitarse y el adulto puede recuperar una bocanada de inocencia al margen de su mundo «real».
El terror, que entiende lo sobrenatural como una proyección de nuestros fantasmas del subconsciente, funcionando como una válvula de escape de lo peor de nosotros mismos, pero que nos atrae con un morbo irreprimible. Ahí están los zombies, los vampiros y los fantasmas.
La religión, que concede a lo sobrenatural un grado de realidad superior al que ofrece lo natural, pero que exige un reconocimiento de la trascendencia y de la presencia de alguien superior con una presencia personal. En esta categoría encontramos la comunión de los santos, las apariciones, los ángeles y los demonios.
En este libro encontrarán la tercera variedad, que no deja lugar al materialismo, como hacen las anteriores.
Viendo el arrollador protagonismo que las dos primeras opciones tienen en el mundo cultural actual, creímos oportuno reeditar estas historias.
Los editores.
Robert Hughes Benson (1871-1914) murió con menos de 43 años de edad, sin embargo su influencia en el catolicismo británico fue mucho mayor de la que pueda inferirse de su edad, más aun sabiendo que abrazó la fe católica en 1903, solo once años antes de morir. Su vida vino marcada por ser hijo del Arzobispo de Canterbury, la más alta dignidad eclesiástica anglicana. En 1895 fue ordenado sacerdote en la Iglesia de Inglaterra, por su padre. En los primeros años del siglo XX empezó a incomodarse con algunas posiciones sobre la legitimidad de la iglesia anglicana que le acercaron a la doctrina católica. Finalmente fue recibido en la Iglesia Católica en 1903, poco después de publicar La invisible luz, su primera novela, que protagoniza un sacerdote, no queda claro en el texto original si es católico o anglicano, que tiene el extraño don de percibir con una visión directa el mundo sobrenatural. Su actividad literaria fue impresionante, hoy injustamente arrinconada, quizá la obra más popular sea El amo del mundo, pero escribió también ficción histórica, contemporánea y otros libros futuristas.
La invisible luz
“Se mueve en el barullo: esquivando mentiras
va el silencioso mundo de la gracia;
el resplandor del misterio
es luz de mediodía en su cara;
nuestras lamentables conjeturas, con miedo emborronadas,
son por ella tocadas, manejadas, vistas y escuchadas.
…
Sacrificio voluntario, nuestra carga
ella por nuestra Caída ha soportado;
santa permanece; pero sobre sí cae amarga
el rayo irascible del pecado:
Ella del Salvador su copa de dolor bebe,
y, una con Jesús, la sed de nuevo vuelve.”
EL ALMA CONTEMPLATIVA
Prólogo
Mi amigo, cuyas conversaciones he recogido en este libro hasta el límite de lo que soy capaz, debería ser el primero en reseñar (como de hecho está siempre ansioso de hacer) el papel de un profesor acreditado, que no es otro sino aquel que le confirió el oficio sagrado.
Todo lo que él reclamaba (y esto seguramente estaba dentro de sus derechos) era ser al menos sincero en sus percepciones y expresiones de la verdad espiritual. Su poder, como él tuvo cuidado en explicarme, no era más que un particular desarrollo de una facultad común a todos los que poseen una vida espiritual coherente. En algunos la Verdad Divina encuentra entrada a través de las leyes de la naturaleza, en otros por medio de otras artes y ciencias, a mi amigo se le presentaba como una forma sensible directamente. Sus experiencias vividas, sin embargo, pareciendo incluso contravenir la Revelación Divina, él las habría rechazado con horror: la entera sumisión al Maestro Divino sobre la tierra, como él me dijo más de una vez, debe normalmente preceder al ejercicio de cualquier otra facultad espiritual. La inversión deliberada de esto no es más que Protestantismo en su forma más extrema, y debe finalmente resultar en la extinción de la fe.
Por lo demás, yo no puedo añadir nada a sus propias palabras. Es por supuesto más que posible que aquí y allí yo haya fallado al presentar su significado exacto; pero al menos me he tomado la molestia de someter el libro antes de su publicación al juicio de quienes poseen una formación teológica suficiente para asegurarme de que al menos no he malentendido las palabras e historias de mi amigo, presentándole como un trasgresor de las leyes de la teología ascética, moral, mística o dogmática.
A estos consejeros debo expresarles mi gratitud, también como a todos quienes amablemente me han dado el ánimo de su simpatía.
R. B.
1 La túnica verde“Para ver un mundo en de arena un grano,y un cielo entero en una simple rosa;sostén el infinito en una sola mano,y ten la eternidad en una hora.”BlakeEl viejo sacerdote permaneció en silencio un instante. El zumbido de una gran abeja rompió en la distancia y cesó al tiempo que una campanilla blanca caía a mi lado empujada por su propio peso.–No he sido muy claro –dijo el sacerdote de nuevo–. Déjeme pensar un minuto –y se recostó hacia atrás.Estábamos sentados en una pequeña grada de losetas rojas en su jardín, en un protegido rincón del muro. A un lado se alzaba la casa irregular, con sus ventanas cuadriculadas, y su tejado cubierto de liquen y rematado con una espadaña; al otro lado, se podía ver el agradable jardín donde grandes amapolas encarnadas colgaban como llamas inmóviles bajo el caluroso sol de junio, hacia el muro viviente de tejo, sobre el que se levantaban pesadas masas verdes de un olmo donde se lamentaba una paloma, y sobre todo eso un acogedor cielo azul. El sacerdote miraba fijamente al frente con grandes ojos infantiles que brillaron de forma misteriosa en su cara delgada bajo el cabello blanco. Vestía una sotana vieja, que parecía roída y con reflejos verdosos.–No –dijo de pronto–, no es fe a lo que me refiero; es solo una forma intensa de don de percepción espiritual que Dios me ha concedido; don que por otro lado es común a todos nosotros a nuestra medida. Es la facultad por la cual verificamos lo que hemos recibido por obediencia y sostenemos por fe. La vida espiritual consiste en gran medida en ejercitar esta facultad. Bien, pues esta forma de esa facultad me ha sido concedida por Dios, de igual manera que a usted le ha concedido una capacidad especial de ver y disfrutar de la belleza donde otros quizá no vean nada; eso que se llama percepción artística. No es por causa de un mérito suyo o mío, igual que el color de nuestros ojos, o la facultad para las matemáticas, o estar dotado de un cuerpo atlético.«Ahora en mi caso, en el que usted se ha interesado amablemente, la percepción es a veces tan intensa que el mundo espiritual aparece ante mí tan visible como lo que llamamos el mundo natural. En esos momentos, aunque generalmente soy consciente de la diferencia entre lo espiritual y lo natural, ambos aparecen ante mí simultáneamente, como en el mismo plano. Depende de mi elección cuál de los dos veré con mayor claridad.«Déjeme explicarle mejor. Es cuestión de enfoque. Hace pocos minutos usted estaba mirando al cielo, pero usted no veía el cielo. Su propio pensamiento ocupaba ese lugar ante usted. Entonces yo le hablé, usted me dirigió una mirada y me atendió, y su pensamiento se desvaneció. ¿Puede entenderme ahora si le digo que esas rápidas visiones que Dios me concede, eran como esos pensamientos suyos mientras miraba al cielo, usted veía el cielo y sus pensamientos a la vez, en el mismo plano, como yo le he dicho? O piense en ello de otra manera. Usted conoce la hoja de vidrio que protege la parte alta de la chimenea de mi estudio. Bien, depende de cómo enfoque su mirada, y de su intención, que usted vea el cristal y el fuego que protege, o la habitación que el cristal refleja. ¿Puede imaginar ahora qué sería ver ambas cosas a la vez? Es como eso– E hizo in gesto con las manos hacia afuera.–Bien –dije–. Lo entiendo con dificultad. Pero por favor cuénteme, si lo desea, su primera visión de este tipo.–Creo –comenzó–, que siendo un chaval vino a mí una clara visión, pero es una suposición a partir del diario de mi madre. No tengo el diario ahora conmigo, pero hay un apunte en él describiendo cómo le conté haber visto una cara mirando desde un muro y cómo yo había corrido adentro desde el jardín; medio asustado, pero no aterrorizado. Pero no soy capaz de recordarlo, y mi madre parece haber pensado que debía haber sido un sueño despierto; y si no fuera por lo que me ha pasado después yo también habría pensado que fue un sueño. Pero ahora la otra explicación me parece más verosímil. Entonces la primera visión clara que yo recuerdo fue de la siguiente forma:«Cuando yo tenía unos catorce años volvía a casa al final de julio por mis vacaciones de verano. La calesa me esperaba en la estación cuando llegué sobre las cuatro de la tarde; pero como había un atajo a través del bosque, puse mi equipaje en el coche y comencé a caminar la milla y media de distancia por mi propio pie. El sendero pronto se introdujo entre los pinares y yo me lancé sobre las resbaladizas agujas y bajo los grandes arcos de los troncos con ese éxtasis de felicidad de la vuelta a casa tan bien conocido por algunas naturalezas. A veces espero que los primeros pasos al otro lado de la muerte puedan ser como aquellos. El aire estaba lleno de sonidos delicados que parecían resaltar la profunda quietud de los bosques, y de suaves luces que se mezclaban con las sombras llenas de verdor. Sé todo esto ahora, aunque no lo sabía entonces. Hasta ese día la belleza, el color y el sonido del mundo me afectaban ciertamente, aunque no era consciente de todos ellos, no más que del aire que respiraba, porque no sabía entonces lo que significaban. Bien, yo seguía en esta brillante penumbra, fijándome solo en los árboles que podía trepar, las ardillas y mariposas que podía atrapar, y en los palos que podían ser convertidos en arcos o flechas.«Debo decirle algo también de mi religión en esos tiempos. Era la religión de los chicos bien educados. Por delante, si puedo ponerlo así, estaba la moral. No podía hacer algunas cosas; estaba obligado a hacer otras. En la equidistancia estaba una percepción de Dios. Déjeme decirle que yo me daba cuenta de que estaba presente para Dios, pero no de que Él estaba presente para mí. Nuestro Salvador moraba en esa equidistancia, y me parecía normalmente amable, algunas veces severo. En el fondo reposaban ciertos misterios, sacramentales y de otro tipo. Esos eran principalmente problemas de gente adulta. E infinitamente lejos, como nubes apiladas en el horizonte del mar, estaba el invisible mundo del cielo desde el cual Dios me miraba, con puertas doradas y avenidas, ahora encumbradas en su exclusividad, ahora los domingos por la tarde brillando con una luz de esperanza, ahora en las húmedas mañanas inexpresablemente tristes. Pero eso no me interesaba en absoluto. Aquí, alrededor mío estaba disponible el mundo tangible que podía disfrutar, esa era la realidad: allí en una imagen mística reposaba la religión, reclamando, como yo sabía, mi homenaje, pero no mi corazón. Bien, entonces caminaba por estos bosques, una criatura humana insignificante, aún mayor, si yo lo hubiera sabido, que esos gigantes de cuerpos y brazos rojizos, y cabezas adornadas de hojas que se mecían por encima de mí.«Ahora no sabría decirle como empezó la visión; pero me encontré, sin experimentar conscientemente ninguna impresión, de pie perfectamente quieto, mis labios secos, mis ojos escociéndome por la intensidad con la que miraba intensamente el claro, y un pie doliéndome por la presión con la que me estaba apoyando sobre él. Debió llegar a mí fascinándome tan rápidamente que mi cerebro no tuvo tiempo de reaccionar. No era obra, por lo tanto, de la imaginación, sino una clara y súbita visión. Esto es lo que recuerdo haber visto.«Yo estaba de pie al borde de una enorme túnica, fabricada de un material verde. Un gran pliegue se extendía a la vista, pero yo era consciente de que se extendía hasta una distancia casi ilimitada de kilómetros. Esta enorme túnica verde resplandecía con bordados. Había bandas consecutivas de bordados de color leonado a cada lado que se fundían de nuevo con un verde más oscuro y con mayor relieve. Justo en el centro descansaba una pálida ágata cosida delicadamente a la prenda con elegantes y oscuras puntadas; cubriendo todo, el forro azul de esta túnica sedosa formaba una especie de arco. Era consciente de que esta túnica era enorme más allá de lo que podía concebir, y que estaba de pie en una especie de doblez, como si reposara extendida sobre un suelo oculto a la vista. Pero, más claramente que cualquier otro pensamiento, permanecía en mi mente la certeza de que esta túnica no había sido doblada y dejada, sino que una Persona la llevaba puesta. E incluso este pensamiento mostraba una onda correr a lo largo del alto relieve en la oscura hierba, como si el portador de la túnica acabara de moverse. Y sentí en mi cara la brisa de Su movimiento. Y creo que fue esto lo que me hizo volver en mí.«Luego miré de nuevo, todo estaba como había estado la última vez que pasé por allí. Estaba el claro y el estanque y los pinos y el cielo sobre ellos, y la Presencia se había ido. Yo era un chico caminando hacia casa desde la estación, con deseos de disfrutar del pony y de la escopeta de aire, y los despertares de cada mañana en mi alfombrada habitación, todo eso ante mí.«Intenté, sin embargo, verlo de nuevo como lo había visto. No, no era igual que una túnica; y sobre todo ¿dónde estaba la Persona que la vestía? No había nadie vivo alrededor, excepto yo mismo y los insectos que zumbaban en el aire, y la silente y meditativa vida de las plantas creciendo. Pero, ¿quién era esa Persona que había percibido súbitamente? Y entonces me llegó como un golpe, y aún era incrédulo. No podía ser el Dios de los sermones y las largas oraciones que reclamaba mi presencia domingo tras domingo en Su pequeña iglesia, ese Dios que me observaba como un padre severo. ¿Por qué la religión, pensé, me dijo que todo era vanidad e irrealidad, y aquellos conejos y estanques y claros eran nada comparados con Él que se sienta en el gran trono blanco?«No tengo que decirle que nunca hablé de esto en casa. Me parecía que había tropezado con una escena que era casi terrorífica, sobre la que debería pensar en la cama, o durante una solitaria y aburrida mañana en el jardín, pero nunca hablar de ella, y apenas puedo precisarle cuando llegó el momento en que entendí que no era otro sino Dios quien estaba allí.El anciano dejó de hablar. Miré de nuevo hacia el jardín sin contestarle y probé a ver cómo las amapolas estaban engalanando una túnica, y escuchar como el piar de los estorninos no era más que el roce de su movimiento, el sonido de las joyas al rozarse, y el gemido de la paloma el crujir de la pesada seda, pero no pude. Las amapolas resplandecían y los pájaros cantaron y gimieron, pero eso fue todo.
2 El observador“Il faut d’abord rendre l’organe de la vision analogue et semblable à l’objet qu’il doit contempler.”1MaeterlinckEl día siguiente salimos pronto después de desayunar, caminamos arriba y abajo por un camino de césped entre dos setos de tejo; el rocío aún permanecía en la hierba que quedaba a la sombra; finos parches de telarañas aún colgaban como desgarros de batista sobre los brotes de tejo a cada lado. Cuando subíamos por segunda vez el camino, el anciano se paró de pronto, echó a un lado una hoja de acedera al pie del seto y cogió un ratoncillo muerto, vio como reposaba rígido en la palma de su mano y pude ver cómo sus ojos se empañaban con lágrimas de vejez.–Él ha elegido su propio lugar de reposo –dijo–. Dejémosle yacer aquí. ¿Por qué perturbé su descanso? –y volvió a depositarlo suavemente en el suelo; entonces, recogiendo un puñado de tierra húmeda lo esparció sobre el ratoncillo–. La tierra a la tierra, las cenizas a la ceniza –dijo–, en segura y veraz esperanza –se detuvo; y tras enderezarse con dificultad volvió a caminar, le seguí.–Parecía usted interesado –me dijo– en mi historia de ayer. Debería contarle como tuve otra visión cuando era un poco más mayor –Cuando le dije lo extraña y atractiva que me había resultado su historia, él comenzó:–Le conté como me resultó imposible ver de nuevo lo que había visto en el claro. Durante unas pocas semanas, quizá meses, intenté una y otra vez forzarme a sentir aquella Presencia, o al menos volver a ver esa túnica, pero no pude, porque es un don de Dios, y no puede ser ganado con esfuerzo, como la vista ordinaria no puede ser ganada por un ciego; pronto dejé de intentarlo.«Había alcanzado al menos los dieciocho años, aquella terrible edad en la que el alma parece haber sido reducida a una burbuja sepultada por una montaña de cenizas –cuando la sangre y el fuego y la muerte y los ruidos estridentes parecen las únicas cosas interesantes, y todas las cosas delicadas retroceden y se ocultan desde el terrible mediodía de la mayoría de edad. Alguien me dio una de esas pistolas que usted habrá visto, a mí me encantaba la sensación de poder que me otorgaba, nunca había tenido un arma. Durante una o dos semanas en las vacaciones de verano me contentaba con disparar a una marca, o a la superficie del agua, y me entusiasmaba ver el cartón hecho añicos o el tranquilo estanque desgarrarse en jirones a lo largo de su espejo cuando el cielo y la hierba parecían dormidos. Después eso dejó de interesarme, y ansiaba ver algo vivo dejar rápidamente de estar vivo a mi voluntad. Ahora –levantó una mano con gesto de desaprobación–, pienso que la caza es necesaria para algunas naturalezas. Después de todo, el matar criaturas es necesario para alimentar a las personas, y la caza como usted me dirá es la remanencia del placer humano por conseguir alimento, y eso requiere ciertas cualidades nobles de constancia y habilidad. Sé todo eso, y sé más aun que para algunas naturalezas es un alivio, una liberación de tensiones que de otra manera encontrarían un desahogo violento y diabólico. Pero sé también esto: que para mí no es necesario.«Sin embargo, podría dar todo tipo de excusas, salí de buena gana una tarde de verano con la intención de disparar a algún conejo que corriera a refugiarse desde el campo abierto. Caminé a lo largo de una valla con un bosque sobre mí y a mi izquierda, y una verde pradera a mi derecha. Probablemente debido a mi falta de experiencia, aunque podía escuchar las pisadas y las carreras de los conejos a mi alrededor, y podía verlos a la distancia sentados y escuchado con sus orejas levantadas, como me había parapetado en la valla, no pude acercarme lo suficiente para disparar con alguna esperanza de lo que se me antojaba como un resultado exitoso; y cuando alcancé el final de la arboleda, estaba sumido en un estado de impaciencia.«Permanecí varios minutos apoyado en la valla contemplado el placentero y refrescante aspecto de la pradera más allá; el sol acababa de esconderse tras la colina ante mí y todo estaba a la sombra excepto una corona de luz que colgaba de las hojas más altas de un haya que aún alcanzaba los rayos del sol. Los pájaros empezaban a regresar de los campos, posándose uno a uno en los árboles sobre mí, donde quedaban para cantar las últimas líneas de sus melodías. Pude escuchar una sorda carrera y el rápido golpear de las alas de una paloma volviendo a casa, y cuando prestaba atención podía escuchar gorjear por encima de todos los sonidos la larga y fluida canción de un zorzal en algún sitio sobre mi cabeza. Busqué vanamente intentado ver ese pájaro y al cabo de un rato conseguí identificarlo cuando las hojas del haya se apartaban por la brisa, su cabeza erguida y su cuerpo vibrando con la alegría de la vida y de la música. Se podría decir que su cuerpo era un corazón latiendo. Los últimos rayos de sol tras la colina le alcanzaron bañándolo en un dorado resplandor. Al cesar la brisa las hojas le ocultaron pero su canción seguía sonando.«En ese momento me inundó un ciego deseo de matarlo. Todas las otras criaturas me habían esquivado corriendo a sus casas. Aquí al menos estaba la víctima, y yo derramaría ese amargo odio que había estado acumulando durante mi paseo, y que demandaba esta vida como sustituto. Al mismo tiempo recordé claramente que había salido a cazar para comer: ésta era mi única justificación. Vi a la vez las dos cosas y no tenía excusa, ninguna excusa.«Giré la cabeza a ambos lados y me moví uno o dos pasos atrás para recuperar una visión directa de nuevo, y, aunque esto pueda sonar fantástico y recargado, todo mi ser estaba en lucha entre la luz y la oscuridad. Cada fibra de mi ser me decía que el zorzal tenía el derecho a vivir. ¡Ah! Él se lo había ganado, lo hizo a propósito, por esa misma canción que estaba guiando a la muerte hacia él, y no por el negro y amargo odio que había nublado mi conciencia y que estaba ahora empujando sin parar hasta que el proyectil fuera disparado. Esperé una ráfaga de brisa, y cuando llegó, fría y de dulce olor como el aroma de un jardín, las hojas se abrieron. Allí volvió a cantar bajo un rayo de sol, en un instante levanté la pistola y apreté el gatillo.«Con el estallido de la pólvora sobrevino el silencio, y después de lo que pareció un interminable instante vino el suave sonido de algo cayendo y el imperceptible impacto entre las caídas hojas caducas. Permanecí medio aterrado, mirando entre las hojas muertas. Todo parecía penumbra misteriosa. Mis ojos estaban aún algo deslumbrados por el brillante horizonte de aire luminoso y nubes rosadas que había estado contemplando con intensidad, el espacio entre las ramas era un mundo de sombras. Aun busqué algunos metros más allá, intentando encontrar el cuerpo del zorzal, y temiendo escuchar un empuje o batir de alas entre las hojas secas.«Entonces elevé ligeramente los ojos, vagamente. Pocos metros más atrás de donde yacía el zorzal había un arbusto de azalea. Las flores se habían caído y le rodeaba la oscuridad, sus hojas lacias estaban apenas perfiladas por un tenue toque de color. Cuando lo miré vi un rostro mirando hacia abajo desde sus ramas más altas.«Era una cabeza perfectamente calva y una cara, finos labios formaban una sonrisa alegre, había innumerables líneas en torno a los extremos de la boca, y los ojos estaban rodeados de arrugas de diversión. Quizá lo más terrible de todo era que los ojos no estaban mirándome a mí, sino hacia abajo entre las hojas; los pesados párpados colgaban, y largas, estrechas y brillantes ranuras mostraban como unos ojos divirtiéndose. La frente caía súbitamente hacia atrás, como la cabeza de un gato. La cara era del color de la tierra, los perfiles de la cabeza caían por debajo de los oídos y la barbilla hacia la tiniebla del oscuro arbusto. No había cuello, o cuerpo o brazos hasta donde yo podía ver. La cara simplemente colgaba allí como una abandonada máscara africana en una vieja tienda de curiosidades. Y sonrió con descarado placer, no a mí, sino al cuerpo del zorzal. No hubo ningún cambio en su expresión mientras la estuve mirando, solo una silenciosa sonrisa de placer petrificada en la cara. No pude quitar mis ojos de ella.«Al cabo de un minuto más o menos, la cara había desaparecido. No la vi irse, solo me di cuenta de que estaba mirando a unas simples hojas.«No; no había sido dibujada por las hojas, o por un juego de sombras que pudieran tomar la forma de una cara. Imagínese cómo intenté convencerme de que eso fue todo; cómo miré una y otra vez para volver a verla; pero no había rastro de la cara.«No sé decirle cómo lo hice; pero aunque estaba medio paralizado por el miedo, fui hacia el arbusto y busqué furiosamente entre las hojas el cuerpo del zorzal; hasta que finalmente lo encontré y lo cogí. Estaba todavía blando y caliente al tacto, su pecho algo despeinado, y tenía una pequeña gota de sangre en la raíz del pico bajo los ojos, como una lágrima de desaliento y dolor por tan inmerecida, inesperada muerte.«Lo llevé hasta la valla, la salté y comencé a correr a grandes zancadas, mirando una y otra vez horrorizado al conjunto de sombras del bosque que dejaba atrás, donde la cara riente se había mofado de la muerte. Pienso, mirando ahora hacia el pasado, que mi intención dominante no era otra que alejar el zorzal de aquel lugar donde había sido objeto de burla, y que debía dejarlo en la pradera llena de aire limpio. Cuando alcancé el centro de la pradera me acerqué a una poza de las que nunca se secan incluso con los calores más intensos del verano. Dejé el zorzal en la orilla y con todas mis fuerzas arrojé la pistola en el agua, vacié mis bolsillos de cartuchos y los tiré también.«Después me volví de nuevo al pequeño y mísero pajarillo, sintiendo que, al menos, yo había intentado enmendarme. Había una vieja madriguera de conejos, la hierba casi tapaba la entrada junto a unas telarañas y hojas secas. Hice un hueco entre las hojas y dejé allí al zorzal; tomé un puñado de tierra arenosa y cubrí su cuerpo, diciendo, lo recuerdo, medio inconsciente: “Tierra a la tierra, cenizas a las cenizas, en segura y veraz esperanza”. Entonces me detuve, temiendo haber hecho algo irreverente, aunque no lo creo así ahora. Volví a casa.«Cuando me vestía para la cena, mirando hacia la oscura pradera donde el zorzal reposaba, recuerdo sentir con agrado que ninguna cosa maligna podría mofarse de los indefensos muertos allí fuera en la limpia pradera donde sopla el viento y las estrellas vigilan.En nuestro ir y venir por el sendero entre los tejos alcanzamos un pequeño banco dando la espalda al camino. Frente a él colgaba un crucifijo, con un techado sobre él que el anciano había colocado hacía años. Como no decía nada me volví hacia él, vi que tenía la mirada fija en la Cruz; pensé cómo Aquel que cargó con nuestras penas y soportó nuestros sufrimientos era uno con el Padre celestial, y no cae ni un gorrión a tierra sin que él lo sepa.









