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El cambio de paradigma implica comenzar a vivir bajo un nuevo supuesto. Nos está invitando a ser responsables de nuestra evolución personal a un nivel al que no estamos acostumbrados. Puedes levantarte por la mañana y funcionar por inercia o despertar a la vida todos los días. La diferencia es notable. La idea de que la realidad es así forma parte de este viejo sistema de creencias basado en la separación. Es una imagen que te está excusando a la hora de intervenir sobre ella para transformarla. Por otro lado, la idea de que no puede seguir siendo así también es anticuada y te mueve a forzarla para que se ajuste a tus deseos y expectativas. Sin embargo, hay un camino intermedio que dice que las cosas son como tú las ves y, por tanto, que siempre te están hablando de ti mismo. Si lo sigues, te responsabilizarás totalmente de lo que estás viviendo en cada momento y, al mismo tiempo, ejercerás una influencia positiva en el conjunto de la humanidad y en la propia Tierra, a cualquier escala.
El cambio de paradigma es el germen del cambio social. Cuando muchas personas cuestionan los modelos de pensamiento vigentes y cuando la ciencia demuestra sus límites (o su invalidez), el advenimiento de una nueva civilización es inexorable.
El latido de la creación es el amor
La esencia personal de la que procedemos solo tiene valor y utilidad cuando nos atrevemos a experimentarla. No necesitas comprender lo que significa tu naturaleza básica ni tampoco intentar conectar con quien ya eres. Lo único que necesitas hacer es vivir a partir de tus sentimientos. Todo lo que procede de la esencia es grandioso, verdadero y alegre y alberga un enorme potencial de transformación. Cuando conectamos con ella de forma intencionada, consciente y continuada, logramos sanar de cualquier dolencia. Puede llevarnos más o menos tiempo, pero sus efectos son inequívocos. El cuerpo no lo refleja siempre (sobre todo si está muy deteriorado), pero sí lo hace el alma.
Cuando estás en sintonía contigo mismo, la rumiación mental, las preocupaciones, la autocrítica destructiva y los juicios de valor que te separan de otros seres desaparecen. Además, las emociones perturbadoras que te conducen a reaccionar de forma dañina y desproporcionada se disuelven como el humo de copal. Finalmente, la energía que fluye desde tu núcleo divino alcanza el cuerpo y lo repara. Al liberarte del dolor interno, el contacto con la esencia se hace más tangible y puedes desplegar sobre la Tierra tu verdadera grandeza. Esto significa que tus sueños se hacen realidad más fácilmente. Es la dinámica que explica el maestro Jesús cuando dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».
Lo que sentimos cuando nos atrevemos a vivir desde nuestra esencia es amor. Si tuviera que definirlo diría que es el movimiento que realiza el espíritu hacia la realidad física. Los pensamientos elevados, los sentimientos de plenitud, alegría, fe, éxtasis, etc. y las certezas absolutas que nos conducen hacia la acción surgen del plano de la esencia. El amor nos mueve hacia la inocencia, la unidad, la colaboración y la alegría. La personalidad en la que te reconoces está hecha a partir de tu naturaleza amorosa. Tu mente es un reflejo de tu esencia que vibra en una banda concreta de frecuencias, y lo mismo sucede con tus emociones y tu cuerpo.
Tu esencia es única y agrupa todos los principios superiores que has logrado integrar en tu viaje a través de la dualidad24. Es un lugar lleno de belleza y el principio desde el cual emerge la vida. A medida que despliegas tus verdaderos talentos, tus creaciones se enriquecen con más energía procedente de ella. Entonces tu conexión se intensifica, se hace más clara y eso te proporciona más vitalidad y una mayor capacidad creativa. Somos amor. El lama tibetano Tulku Lobsang afirma que la razón por la que nuestra realidad básica es amorosa es porque todos buscamos lo mismo: ser felices. ¿Hay alguien que se despierte por la mañana con la intención de sufrir un poco más que el día anterior? Estamos viajando desde dimensiones elevadas a otras más densas y, aunque no siempre escuchemos al amor o nos dejemos llevar por él, su presencia es permanente. Está dentro y fuera de ti e irradia desde ti (desde tu esencia) y hacia ti de forma masiva y en todas direcciones.
Si intentas definir o darle forma a tu esencia, lo que haces es limitar tu experiencia. Te haces pequeño y te sitúas fuera de ti mismo. Algunas personas la colocan en un pedestal y le piden que realice los milagros que solo a ellas les corresponden hacer. Otras la intentan encajar en un teorema o en una formulación matemática. Para la persona espiritual, la idea de demostrar su existencia no es importante. Tampoco hay ninguna necesidad de rechazarla ni aceptarla. Es solo un nombre. Forma parte de un sistema de creencias arbitrario y por ello tiene el mismo valor que las palabras prana, chi, luminosidad base, Dios, sopa cuántica, energía universal, orgón, etc. En definitiva, es algo que simboliza nuestra divinidad interna y lo que tiene interés es su reconocimiento y el uso que hacemos de ella a partir de la experiencia personal.
El amor es un movimiento que acoge realidades diferentes para inspirar un cambio positivo en la experiencia. Así como la luz es información, el amor es creación. Para conocerlo, es necesario experimentarlo en relación a otros seres. Las personas expresamos y recibimos amor de infinitas maneras. No hay un estándar, pues es un principio creativo, no un consenso colectivo. Muchas personas lo confunden y tratan de obtenerlo de los demás para llenar un vacío existencial. En este caso, se convierte en una especie de regateo afectivo, un juego enmascarado de falsos cumplidos e intereses encubiertos. Hacemos lo que socialmente se espera de nosotros para que nos quieran, pero el vacío nunca desaparece.
El amor no es algo que se pueda comprar. Si deseas sentirlo, solo tienes que reconocerte con derecho a recibirlo. Cierra los ojos, respira con calma y acepta su presencia. Estás hecho de amor, así que solo tienes que dejar que emerja desde tu interior. A partir de ahí, puedes hacer con él lo que quieras. Siempre está a tu disposición. Lo puedes compartir o experimentarlo en soledad. Tú eres la fuente de la que mana y el cántaro que rebosa. Eres ambas cosas. Lo que importa es que te ames a ti mismo. Es decir, que seas sincero y que no te escondas bajo el disfraz de la máscara. El amor te ayuda a ver lo que no eres (tus zonas oscuras) y eso, en ocasiones, te puede llegar a atemorizar. No tengas miedo a tu sombra porque el amor es más fuerte. Cuando te encuentres en una situación conflictiva, pregúntate: ¿qué haría el amor en este caso? Después, déjate sentir y actúa.
Todos los seres vivos partimos del amor y regresamos a él. El principio creativo del que procedes está contenido en cada átomo y en cada célula de tu cuerpo, por lo que nada de lo que te sucede es ordenado por ninguna entidad que no resida dentro de ti mismo. Por este motivo, el amor es capaz de restablecer la salud y es el ingrediente imprescindible de la felicidad. Si rechazas tu esencia amorosa y te separas de tu divinidad interna, estableces límites a tu capacidad de sanación y transformación personal. Durante mucho tiempo, los seres humanos la hemos negado y hemos vivido dominados por el miedo, que es una energía de muy baja frecuencia. En lugar de expandirnos, nos contrae, nos cierra y nos oculta a los ojos de la esencia. En cierto sentido, esta negación ha sido necesaria, pues solo al oponernos a la luz hemos sido capaces de experimentar la oscuridad para comprender lo que esta significa. De este modo, ahora podemos trascenderla y crear algo nuevo.
En estos momentos hay muchas personas en todo el mundo que están recordando lo que realmente son y despertando al amor. ¿Eres tú una de ellas? Esta remembranza te conduce a aceptar tu propia oscuridad para poder así trascenderla. También te invita a reconocer tus verdaderos potenciales para desarrollarlos al máximo. Es un camino de «iluminación» que te mueve hacia la integración, tanto de la luz como de la oscuridad. Aquí la lucha entre el bien y el mal se termina y los conceptos tradicionales del bueno y el malo desaparecen. En su lugar, lo que haces es crear una realidad diferente a la que conoces.
La integración transciende la dualidad. Esto es algo que solo puedes hacer desde el corazón (no desde la mente), de modo que permite que sea él quien te guíe. Cuando te dejas llevar por la intuición, tus más profundos anhelos se convierten en algo irrenunciable y accedes a un nuevo nivel de experiencia. Entonces la responsabilidad, la salud, la armonía y el placer se incrementan de forma progresiva. Los beneficios de vivir según los dictados del corazón son evidentes y muy numerosos. Por otro lado, la sabiduría que acumulas y lo que haces con ella representan tu aportación al conjunto de la creación y al plano mismo de la esencia. Recuerda que todo el cosmos te está observando y quiere ayudarte para que hagas realidad tus sueños.
Amar significa integrar la luz y la oscuridad. Solo el amor puede hacer algo así. Para amar necesitamos conectar con nuestra esencia y reconocer la pulsión de fuerza que habita en nuestro interior: nuestra divinidad interna.
Conecta con tu esencial personal
Me había quedado a dormir en casa de mi madre. Era invierno y la lluvia golpeaba con fuerza contra los ventanales. El viento rugía a placer arrastrando oleadas de agua y haciendo bramar los árboles. Me desperté con el ruido descomunal de un trueno. Serían las dos de la madrugada. Abrí los ojos. El fragor de la tormenta retumbaba con toda su intensidad. Me encantaba esa sensación. De repente comencé a escuchar un eco muy lejano, como una reverberación. Al principio pensé que sería un transformador o algún aparato eléctrico, pero rápidamente me di cuenta de que aquella vibración procedía de otro lugar. Permanecí inmóvil, respiré con calma y dejé que mi cuerpo me diera la pauta.
Cuando ya me disponía a dormir de nuevo, sentí que una energía muy fina, como un hilo de plata, se introducía en mi cuerpo. La hebra de luz pasó entre mis piernas, subió a lo largo de mi columna y salió por la parte anterior de mi cabeza hasta perderse en el infinito. Entonces adquirió más intensidad y más presencia, como si se acomodase dentro de mí. Mi cuerpo pareció elevarse y yo me quedé como suspendido en el aire por un hilo luminoso. Permanecí varios minutos a merced de esta energía y supe que una gran conciencia me estaba tocando al nivel de la esencia. En un momento dado escuché, a unos quince centímetros por encima de la cabeza, algo parecido a un chispazo. Inmediatamente después viví un instante de lucidez y comprendí que todos estamos conectados formando parte de una unidad. Me sentí dentro de un gran océano de amor y mis ojos se llenaron de lágrimas. Estaba flotando en medio de la pureza. Comprendí el infinito amor que todos los seres irradian de forma incondicional, por el mero hecho de existir, y me sentí inmensamente agradecido por ello. En ese instante, una voz profunda y clara me dijo: «El Gran Consejo». Más tarde, el flujo de energía cesó y todo volvió a ser como antes.
Dos semanas después me encontré con mi amigo José Miguel Carrillo de Albornoz, descendiente directo del linaje de sangre del emperador azteca Moctezuma II. Cuando le conté lo que me había sucedido, me entregó un libro titulado El Gran Consejo. Era un manuscrito sagrado que contenía las enseñanzas de la cultura maya. Solo hay seis ejemplares en todo el mundo, de modo que tuve que leerlo en una semana y devolvérselo a su dueño. Su lectura me condujo por una línea de tiempo ancestral y modificó por completo mi forma de ver la realidad.
Si deseas amarte incondicionalmente, necesitas encarnar de forma consciente tu propia divinidad. Para ello tienes que dejar de fabricar tu identidad a partir de lo que piensas o sientes que eres y abrirte al espíritu. A medida que te vas dejando guiar por la energía que brota de tu esencia, los preceptos culturales que hoy te sirven como referencia se debilitan. Cuando esto sucede, la forma de percibir y actuar sobre la realidad cambia y tú te transformas en otra persona. Conectar con la esencia personal puede parecer un ejercicio complejo o místico pero, en la práctica, es muy sencillo. Solo tienes que respirar y entrar en la quietud del silencio. En realidad no hay que hacer nada. No tienes que irte a una montaña, encerrarte en una cueva durante días ni ayunar interminablemente. Nuestro núcleo divino interno no necesita ser buscado, tan solo reconocido y aceptado.
Cuando el ego gobierna la vida, la esencia aparece velada y no hay forma de conectar con ella. La mente quiere controlar la realidad, pero lo que hace es anularla. Cierra las puertas y el alma se esconde a la espera de una oportunidad mejor. Cuando te abres al sentimiento y a la intuición, el alma derrama sobre el ego el néctar de su esencia. Entonces vives la experiencia física de la salud y la felicidad. Conoces esta sensación, pero no siempre deseas admitir que procede de la dimensión espiritual de tu personalidad. En este caso, la plenitud o la dicha son pasajeras. Como si fueran pájaros mensajeros que tocan tus cabellos para recordarte quién eres y evitar que te pierdas en el olvido.
Una buena manera de conectar con la esencia consiste en razonar sobre su significado. De esta forma, cuando aparecen los prejuicios o los miedos, la mente no duda de su existencia y tú puedes sostener la intención de seguir viviendo desde el corazón. Supongamos, por ejemplo, que eres una persona religiosa. En este caso, debes reflexionar sobre la idea de Dios como fuente de toda la creación. Si Dios representa el origen de todo, cualquier cosa es una creación suya. De igual forma sucede con un padre que es el creador de su hijo. De acuerdo con este razonamiento, Dios no puede existir sin ti pues, si tú no existieras, Dios sería otra cosa. Lo mismo le sucede al hombre que tiene un hijo. Es padre porque tiene un hijo. Si no lo tuviera, sería solo un hombre, o sea, otra cosa. Si Dios solo existe en la medida en que existen sus creaciones, estas son una parte indisociable de Él. Por tanto, si Dios es el origen y la esencia de la creación, tú también lo eres. Siguiendo este razonamiento puedes llegar a comprender tu esencia.
Imagínate ahora que eres ateo. Un ateo cree que Dios no existe. Cree en la ausencia de Dios, es decir, cree en algo. Este algo debe poder definirse. Si eres ateo, quizá digas: «Yo creo en la vida, en la razón, en la ciencia, en la familia, en el poder, en el ego…». Si, por ejemplo, crees en la razón y te pones a reflexionar sobre ella, rápidamente te darás cuenta de una cosa: en realidad no existe. Solo es una idea. Lo mismo sucede con la ciencia, el poder, la vida, la familia… solo son construcciones mentales. Si te sitúas más allá de las convenciones, te muestras honesto y reflexionas en profundidad sobre el significado de la razón, llegarás a la siguiente conclusión: eres tú mismo creando esa realidad. Podrás imaginarte infinitas situaciones en las que la razón sea una verdad absoluta. Sin embargo, esas imágenes terminarán por diluirse, serán sustituidas por otras y nunca podrás sujetarlas. Al final, siempre llegarás a la conclusión de que tú eres el creador de la realidad que observas. De este modo, te puedes acercar a tu esencia personal.
Una buena forma de aproximarnos a nuestra divinidad interna es reflexionar sobre su existencia. De este modo creamos argumentos sólidos que debilitan las resistencias internas que están obstaculizando nuestra experiencia espiritual.
El espíritu es lo que te impulsa hacia la vida y el origen de tu actuar creativo. Cuando pierdes la curiosidad, el potencial creador que te singulariza como un ser único se apaga. Si dejas de mover la conciencia hacia tu núcleo divino interno, comienzas a deambular sin rumbo. Entonces, para poder sentirte seguro, te aferras a rituales, normas y convenciones sociales. Si haces las cosas para agradar a una autoridad externa es porque tienes miedo a ser rechazado. En este caso, crearás insatisfacción, un cierto desacuerdo interno y también enfado.
Cada cierto tiempo necesitas detener el tren de la vida, pararte a pensar, relajarte y tomarte un tiempo para ti. Si no lo haces, terminas provocando una crisis que te conduce de nuevo a mirar hacia dentro. A no ser que te hayas desconectado por completo de la luz y estés viviendo en la oscuridad más extrema (que desprecia la vida y se nutre del placer negativo), el retorno a tu esencia es una constante y una necesidad vital. Si eres observador, comprobarás que es una dinámica de la que no deseas sustraerte. En este sentido, lo más productivo es que mantengas, de una manera continuada, una parte de la conciencia en el nivel espiritual de tu personalidad. Ten en cuenta que esta es multidimensional y que puede estar en varios sitios al mismo tiempo. Resumiendo, no tienes que esperar a vivir una crisis ni tampoco acumular una tensión insostenible que te fuerce a parar. Solo tienes que ser consciente de que eres algo más que un cúmulo de ideas, un amasijo de emociones y un puñado de sensaciones físicas.
Tanto si eres escéptico como si no lo eres, al principio es muy útil crear una base racional concluyente que te permita reflexionar sobre esta idea. Cuando razonas de manera definitiva sobre tu naturaleza esencial, tu organismo se transforma y la percepción sobre la realidad cambia. Razonar de forma definitiva significa que, cada vez que creas un argumento, estableces una pausa, respiras y permites que la información entre en tu cuerpo y sea recogida por tus células. Los budistas, grandes maestros en el arte de conocer y utilizar la mente a voluntad, llaman a este recurso el conocedor subsiguiente25. Si, por ejemplo, examinas la perseverancia, puedes hacerte la siguiente pregunta: ¿ser perseverante me beneficia en algo? Observa la respuesta que emerge a la conciencia. También es útil que recuerdes situaciones en las que te mostraste perseverante y te fue bien. O que visualices una situación en la que te suelas mostrar disperso y la imagines al revés. De esta forma, la idea de que la perseverancia es una virtud personal que merece la pena ser desarrollada te resultará evidente y a todas luces incontestable.
El acceso al conocimiento directo
Disponer de una base argumental sólida te puede ayudar a descubrir el secreto que se oculta detrás de la esencia. El motivo es que, cuando la mente comienza a dudar, la retentiva mental trae al presente los razonamientos que has elaborado previamente. Eso te da confianza para perseverar y seguir sosteniendo la intención de rendirte a la sabiduría del corazón. No obstante, lo importante es que experimentes tu esencia de forma directa. No basta con que pienses o discutas sobre ella. Tienes que entrar en el silencio y sentirla a través del cuerpo. La meditación es una forma excelente de abrir esa puerta, pero puedes descubrirla haciendo otras cosas. Cualquier actividad puede convertirse en un vehículo de acceso al espíritu. Solo hay una condición. Que la concentración sea absoluta, de forma que la acción y la conciencia vayan unidas. En otras palabras, no piensas sobre lo que haces mientras lo haces, pero sabes lo que haces. Entonces, la propia acción te conduce a vivir una experiencia de flujo.
Las relaciones con otros seres, con determinados objetos o con los fenómenos de la naturaleza son instrumentos privilegiados para el acceso a la trascendencia. En realidad, cualquier situación vital puede servirte para conectar con tu divinidad interna. Lo único que debes hacer es reconocerte en ella y abrazarla con humildad. En ocasiones, tal y como me sucedió a mí aquella noche de invierno, la esencia nos toca sin previo aviso. La cuestión es que, al formar parte de ti, te puede sorprender en cualquier momento. Si deseas experimentarla solo necesitas estar atento y ser receptivo.
En todo caso, es importante distinguir entre el conocimiento intelectual, que está formado por una base racional sólida, y el que emerge a la conciencia de forma directa, como una revelación inmanente. El primero sirve de base para que el segundo altere nuestra percepción de manera significativa. Cuando cambias tu forma de ver el mundo, tu vida se transforma por completo. Imagínate que dejas de creer que es un lugar de escasez y limitaciones y comienzas a pensar que es indeterminado y abundante. ¿Qué crees que sucedería? Razonar sirve para preparar el terreno, pero la forma en la que ves la realidad solo se modifica cuando te dejas guiar por el corazón y trasciendes el ego. Tienes que ser osado, salir de tu zona de comodidad y abrirte a la incertidumbre.
Cuenta la leyenda que, en un reino muy lejano, un rey recibió como regalo dos pollos de halcón. Al cabo del tiempo, el maestro de cetrería le informó con gran pesar de que solo uno de ellos había aprendido a volar. El rey, disgustado, mandó llamar a los sabios del reino, pero nadie le pudo explicar el motivo de tal anomalía. Ofreció entonces una cuantiosa suma de dinero a quien enseñara a volar a su halcón. A la mañana siguiente, se asomó a la ventana y lo vio surcando el cielo a sus anchas. Sorprendido y alegre, hizo llamar a su presencia al autor del milagro. Ante él apareció el jardinero de palacio.
—¿Eres mago? –le preguntó.
—No, señor –contestó el muchacho.
—¿Y cómo lo hiciste? –interrogó el rey.
—Verá, majestad –dijo el jardinero-, yo solo corté la rama y el halcón se acordó de que sabía volar26.
La mejor forma de experimentar tu divinidad consiste en moverte por el mundo con una actitud creativa. Los artistas y los científicos obtienen su inspiración cuando conectan con el espíritu. Ser artista o científico no tiene nada de especial, todos los niños lo son. Tú también lo eres y lo único que debes hacer es integrar la experiencia espiritual que vives al hilo de tus creaciones y no dejarte confundir por la ilusión de la fama, el poder o el éxito. Los antiguos mayas afirman que los hombres de ciencia que se separan de su luz interior terminan consumidos por el fuego de su propia sabiduría. Es como si pretendiesen coger el aire con las manos o atrapar en un vaso toda el agua que brota de una cascada. En su intento terminan exhaustos y mueren desfallecidos en medio de una ansiedad infinita. Sobre los artistas dicen que, cuando viven atrapados por el ego, experimentan un estado de egolatría que los conduce a buscar sin descanso el halago, la fantasía o el escándalo. Entonces, su felicidad se torna frágil y quebradiza, pues solo se sostiene en su satisfacción personal.
En ocasiones, la revelación inmanente llega como resultado de una crisis existencial o de una situación extrema. Muchas personas que han vivido experiencias cercanas a la muerte regresan con una percepción muy clara de su espiritualidad. Por lo general, el resultado suele ser impactante y sus vidas cambian por completo. Otras veces el dolor profundo que deja una crisis nos mueve hacia ese espacio de quietud y silencio del que surgimos renovados. Con mucha frecuencia, el sufrimiento es la única vía de acceso que admitimos a la hora de tomar conciencia de nuestra genuina grandeza.
La revelación inmanente nos conecta con nuestro núcleo divino interno. Es un acceso directo al amor en su estado más puro.
Cuando te familiarizas con tu esencia personal y confías en tu sabiduría interna, la intuición te informa con bastante certeza sobre lo que debes o no hacer en la vida. En este estado, todas tus experiencias vitales se tiñen de amor y sirven al propósito de desarrollar las virtudes y los talentos personales que has decidido manifestar sobre la Tierra. Para transitar por el camino del corazón, es muy útil razonar de forma definitiva. Sin embargo, desviarte del propósito esencial que te trae a la vida es muy fácil, pues la mente se distrae con cualquier cosa. Los pensamientos que dejas reposar sobre el cuerpo son muy valiosos y contienen un potencial muy elevado de transformación. No los desestimes.
A medida que te entrenes en la habilidad de razonar de forma meticulosa sobre un solo aspecto de la vida, te resultará más fácil recordar quién eres. También descubrirás qué has venido a hacer al mundo. Desarrollarás la intuición y abrirás una puerta que te conectará con la Tierra y te dará acceso al espíritu. Si permaneces alerta y eres receptivo, el elixir del amor te tocará en lo más recóndito de tu ser y te despertará al prodigio de la vida.




