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Liberarte del dolor es una condición
Para disfrutar de los beneficios del espíritu es necesario que reconozcas tu dolor interno y lo liberes. Esto no es negociable. La esencia de la que estás hecho tiene una base amorosa. El amor es una energía que se mueve desde ti y hacia ti de forma constante. Viaja desde frecuencias elevadas a otras más densas. Su propósito es llegar hasta tu cuerpo y proporcionarte la experiencia física de la salud y la felicidad. Sin embargo, en su intento por llegar hasta ti se encuentra con tus dramas personales.
El dolor interno que sentimos en el presente se origina en la infancia. Nace a partir de los traumas que hemos experimentado siendo niños y se va acumulando en nuestro campo de energía, formando bloques de conciencia estancada. La luz del amor empuja estas obstrucciones, disuelve las emociones que están reprimidas e ilumina las ideas erróneas que justifican y perpetúan nuestro dolor interno. Una vez hecho esto, el amor llega hasta el cuerpo y lo sana. Veamos un ejemplo. Si te sientes traicionado por alguien, es muy probable que adoptes el rol de víctima y pienses que él o ella es una mala persona. En esta situación, el amor hacia ti mismo libera el dolor interno y te ayuda a ver la parte de ti que está involucrada en el conflicto. De alguna forma, te fuerza a hacerte responsable de tus «malos funcionamientos» y te invita a soltar el temor que subyace en lo más profundo de tu inconsciente. Quizás tú mismo hayas atraído el engaño con tu forma de ser y comportarte.
Las personas que tienen miedo a confiar en los demás suelen ejercer un control demasiado férreo sobre su entorno. Viven en una tensión constante, pero no pueden mantenerla todo el tiempo. Llegado un momento, la presión es tan fuerte que acaba por agotarlas. Entonces, en lugar de relajarse y reconocer que tienen un problema de confianza, se sienten derrotadas y se vuelven dependientes de aquellos a los que han estado reprimiendo. Quizás comiencen a demandar un exceso de atención, se quejen de todo el trabajo que hacen o intenten dar lástima para que los demás se ocupen de ellas. El problema es que aquellos a los que han estado reprimiendo, al darse cuenta de su vulnerabilidad, se sienten desconcertados. Lo más probable es que desconfíen de sus intenciones. Para ellos, ocuparse de su opresor es muy complicado. Lo más seguro es que deseen alejarse, se nieguen en redondo a atender sus demandas o incluso aprovechen la ocasión para sacar algún beneficio o para desquitarse del trato recibido. El resultado es que lo «traicionan».
Estas situaciones son muy comunes. Para salir de este círculo vicioso, necesitamos liberarnos del miedo a confiar en los demás. Conectar con él y soltar el dolor que está oculto es una práctica muy saludable. Sin embargo, no resulta fácil, pues nuestra naturaleza básica es amorosa y lo que deseamos es vivir desde el placer, es decir, de acuerdo con lo que somos. Como hemos encapsulado las experiencias dolorosas del pasado para intentar olvidarlas, cuando intentamos confiar en alguien, el miedo a ser «traicionados» emerge de nuevo a la conciencia. El amor nos invita a liberar el dolor que mantenemos oculto, pero nosotros no deseamos revivirlo. Entonces nos protegemos y oponemos resistencia. En definitiva, el amor nos da miedo.
El problema es que, si no liberas el dolor, el placer tampoco puede expresarse. El flujo de amor divino que pulsa hacia ti se desvía de su camino y se distorsiona. No te alcanza de lleno. En esta situación vives dividido. Niegas la parte de ti mismo que no te gusta y fabricas una imagen idealizada con la información de lo que sí te agrada. El resultado es parcial e incompleto. Es como si anduvieras cojo o maltrecho.
Para desplegar tu verdadero potencial sobre la Tierra tienes que amarte a ti mismo y, para ello, necesitas crear un diálogo constructivo con esa parte de tu personalidad que necesita ser sanada y que no resulta evidente, pues subyace en un nivel por debajo de la conciencia. No obstante, está llena de experiencia, coraje y autenticidad y sin su autorización nunca podrás disfrutar plenamente de la vida. Si deseas realizarte, es fundamental que te hagas responsable de tu malestar y lo liberes. No lo reprimas pues, a medida que sanas tus viejas heridas, creas espacio para lo nuevo. Esto significa que tu evolución no se estanca.
Somos seres divinos, humanos y también animales. De estas tres condiciones, la segunda es la más importante. La humanidad permite que la divinidad y la animalidad convivan para poder crear algo nuevo. Lo que hacemos sobre la Tierra no es cualquier cosa. No es un mero acto de supervivencia. Estamos aquí para integrar el espíritu en la materia y poder así liberarnos del determinismo biológico que está condicionando nuestra conducta. Estás invitado a trabajar en la construcción de una dimensión humana que te exima de vivir cautivo de las pulsiones instintivas animales. Si has decidido transcender a la naturaleza y ser libre, necesitas incorporar a tu personalidad el amor como forma de vida. En caso contrario, seguirás subordinado a tu biología, pero con una salvedad: ya no dispones de los mecanismos reguladores con los que cuentan los animales. Como veremos más adelante, esta circunstancia es muy especial y conviene conocer su alcance y sus implicaciones en el despertar de la conciencia.
Si deseamos realizarnos personalmente, tenemos que liberar el dolor interno que nos acompaña a lo largo de la vida. Para ello, debemos abrirnos al espíritu y permitir que el amor nos sane.
El significado de vivir en conciencia
Vivir en conciencia implica aceptar que la realidad es un campo indeterminado de posibilidades que no está limitado por la materia (la genética, las reacciones fisicoquímicas que tienen lugar en las moléculas o en las células…). Existe porque algo dotado de intención (la conciencia) organiza la energía y le da una coherencia concreta. El metabolismo celular, por ejemplo, solo es posible cuando la célula se activa con luz. De acuerdo con el biofísico alemán Fritz Albert Popp, lo que permite que los cuarenta billones de células que forman nuestro organismo interaccionen entre sí, en el momento y en el lugar precisos y de la forma más conveniente para preservar la vida, son unos elementos lumínicos llamados biofotones. Nuestras células se comunican entre sí a través de distintas frecuencias lumínicas y, cuanto más intenso y coherente es este campo de energía, más efectivo resulta el intercambio de información27. Estos rayos de luz son los responsables de que todo tu cuerpo funcione a la perfección y revelan algo sorprendente y de enorme belleza: vivimos de información y somos seres de luz28.
Lo interesante desde el punto de vista del desarrollo personal es que los seres humanos tenemos la capacidad de situar nuestra atención en los campos de energía que nos rodean. En otras palabras, podemos entrar en coherencia con la luz encargada de organizar la materia y, de este modo, activar las experiencias por las que deseamos transitar en el futuro. No podemos predecir el resultado, pero tenemos poder para influir sobre este en sentido positivo o negativo. La cuestión estriba en decidir la dirección de un proceso evolutivo que, dicho sea de paso, es imparable. Desde la perspectiva del espíritu, vivir en conciencia significa alinearnos con la dimensión espiritual de nuestra personalidad y permitir, a través de un acto trascendente, que se integre con el ego.
La diferencia entre ser consciente o dejar que la inercia marque la pauta se asemeja a recorrer una espiral o un círculo. Si transitas por una espiral, cada situación vital se convierte en una experiencia novedosa y hasta cierto punto enriquecedora. Los problemas de relación se repiten, pero tu forma de verlos se va modificando de forma paulatina. Al hacerte responsable de la parte que te corresponde solucionar dentro del conflicto, ganas en conciencia. Entonces los mecanismos de defensa que están condicionando tu comportamiento se van retirando para dejar paso a tu esencia personal más genuina. Cuando el problema retorna, tu mirada es diferente, más compasiva y honesta. El corazón gana en presencia y la vida pasa a ser un proceso de transformación constante en el que tanto el dolor como el placer se convierten en aliados del crecimiento. La ventaja de vivir en conciencia es que los conflictos se difuminan y acaban desapareciendo. El amor es siempre más fuerte que el dolor.
Vivir de forma consciente29

En un círculo, las vivencias se repiten de forma cíclica y el equilibrio que estableces con el entorno presenta siempre la misma tensión creciente. Los estímulos externos o internos que rompen tu tranquilidad transitoria insisten en mantenerse. A su vez, los estados emocionales a los que te conducen, así como la forma que tienes de resolverlos para volver al equilibrio, son siempre los mismos. Los enfados y las quejas se repiten de manera indefinida. Los miedos se perpetúan y las rutinas te conducen al olvido permanente. Al negar el dolor como fuente de conocimiento y al reincidir en el placer conocido, lo que obtienes es la adicción como forma de conducta o el aburrimiento crónico.
Vivir por inercia

Existen dos razones fundamentales por las que nos cuesta tanto vivir en conciencia: una es la ignorancia y la otra es el miedo. Sin información es difícil decidir y nadie te ha enseñado a escuchar a tu cuerpo, a regular tus estados de ánimo o a dominar tu mente. Todavía sigues creyendo en lo que te han contado. Piensas que el mundo es así y que lo único que puedes hacer es adaptarte y sobrevivir. En lugar de crearlo, te resignas a vivir en él. Tampoco te han enseñado a desarrollar tus verdaderos potenciales ni tus talentos. Si no sabes lo que eres, ¿cómo vas a crecer de forma saludable? Por otro lado, hacerte consciente de tu auténtico poder te da miedo. Implica salirte de lo convencional y de todo aquello que está establecido por la familia o por las normas que impone la sociedad. Tienes temor a ser rechazado, abandonado, humillado, herido, ridiculizado, traicionado…, de modo que intentas encajar y ajustarte a lo que se considera normal.
Este intento te causa malestar, pues internamente te sientes traicionado por ti mismo. El inconformismo te conduce de forma natural sobre tu esencia, pero al conectar con ella sientes miedo. Ya hemos visto por qué: el amor te muestra tu oscuridad y eso te asusta. Para evitar tener que enfrentarte con tus sombras, las proyectas hacia afuera o hacia dentro. Eso te conduce a culpar a otros o a ti mismo de lo que sientes. En este punto, ya te has extraviado.
Al encontrarte perdido, sientes la necesidad de protección y buscas que alguien externo a ti confirme lo que crees que eres (una buena persona). Esto es algo que solo consigues de vez en cuando. Además, el sentimiento que te proporciona es transitorio. Para calmar tu ansiedad, te refugias en lo conocido: una copa, sexo, un libro, deporte, trabajo, música, compras, viajes, televisión… Cuando te das cuenta de que nada externo a ti mismo te puede hacer feliz, te decides a dar el paso y entras en el silencio. En ese momento, tu dolor aparece ante tus ojos de forma desproporcionada. Esto es debido a que desde niño te has ido protegiendo de él. En cualquier caso, al sentir que tu oscuridad es más grande que tú, la rechazas de nuevo.
Vivir en conciencia equivale a recorrer una espiral. Los problemas se repiten, pero nuestra mirada sobre ellos es cada vez más neutra, compasiva y sabia.
«Cuando nos sentimos responsables, comprometidos e implicados, experimentamos una profunda emoción, un gran valor» (XIV Dalai Lama). A nivel colectivo, la evolución de la humanidad sobre la Tierra depende de la responsabilidad que seamos capaces de asumir como individuos. Los seres humanos hemos llegado ya a un nivel de desarrollo tecnológico y científico en el que podemos alimentar, proteger y facilitar el progreso de las personas sin poner en peligro la salud del planeta. El problema no son la información, el diseño, la tecnología o el conocimiento, sino el uso que hacemos de todo ello. Lo sabemos, pero nos cuesta actuar en consecuencia. Tendemos a proyectar la imagen de un mundo irreal (en positivo o en negativo) y esperamos a que las cosas sucedan para sumarnos a la celebración (o al descalabro) colectivo. Seguimos en la retaguardia porque aún no hemos asumido el compromiso de la transformación y la transcendencia personal. Nos hemos olvidado de que aquí solo hay un sistema, sin buenos ni malos. Que no hay que luchar contra ellos ni unirse a ellos, que no hay nosotros y ellos, que todos somos uno.
Al prosperar de manera individual sin contravenir las leyes que rigen el funcionamiento del universo, lo material deja de ser un fin en sí mismo. Se convierte en la consecuencia de un actuar que mira siempre por la contribución colectiva. La alegría, la unidad, el amor, la bondad y la colaboración son los pilares del momento presente. Mantente abierto hacia el impulso que te motiva, hazte consciente del proceso que estás viviendo y toma tus decisiones desde el corazón. No fuerces el cambio. Deja que el amor te transforme.
A medida que hay más personas despiertas, los colectivos se van retroalimentando y la conciencia colectiva se regenera más rápido. Los cambios nunca son lineales. Un buen día, el corazón de la humanidad se manifestará como una sola voz. Clamará con tanta fuerza que será irresistible. Entonces podremos decir con orgullo: «Sí, lo logramos. Recuperamos nuestro poder personal y nos hicimos conscientes de nuestra legítima grandeza. Teníamos el conocimiento y disponíamos de la solución tecnológica. Escuchamos los avisos de la Tierra y nos dejamos tocar por el amor. Resolvimos los conflictos internos que nos estaban destruyendo y conseguimos lo que parecía una utopía: que la mayor diversidad posible de formas de vida y de conciencia pudieran convivir en paz y en armonía. Este es nuestro legado».
II: LA NUEVA REALIDAD DE LA TIERRA
La Tierra es la raíz y la fuente de nuestra cultura.
Rigoberta Menchú
La Tierra es un ser vivo. Está dotado de conciencia y tiene un propósito dentro del universo. Su gran particularidad reside en su diversidad. Es un sitio muy especial en el que se está poniendo a prueba la capacidad para convivir en armonía de un gran número de formas de vida y de conciencia. Es como una gran biblioteca viviente con una dinámica interna propia. Desde la perspectiva del espíritu, su misión consiste en convertirse en un lugar de almacenamiento e intercambio de información a nivel galáctico.
En estos momentos está completando un ciclo evolutivo que culminará con una nueva forma de conciencia. Un nuevo equilibrio entre dar y recibir. Los seres humanos formamos parte de este proceso pero, hasta la fecha, no hemos sido muy conscientes de cuál es nuestro cometido. Las condiciones tecnológicas que hemos creado nos han alejado tanto de la naturaleza que vivimos sobre la Tierra sin tenerla en cuenta. Esta enajenación nos ha conducido incluso a pensar que la naturaleza es algo hostil. Un ente del que conviene protegerse y al que hay que dominar a toda costa. La idea de que somos parte indisociable del equilibrio ecológico la comprendemos intelectualmente, pero todavía no la hemos interiorizado. No nos sentimos conectados a la vida y por eso desconocemos el papel que estamos desempeñando en la evolución de la Tierra y, por extensión, también del universo. Fruto de esta incomprensión tendemos a pensar que el planeta se está muriendo o quizá que se está vengando de nosotros. Asimismo nos induce a ignorarlo o a despreciarlo. Como si fuera algo ajeno a nuestra existencia que simplemente está ahí, sin ningún propósito.
Sin embargo, las tradiciones de los antiguos pueblos de la Tierra siempre han sabido que nuestra presencia en el entramado cósmico no es casual. Los seres humanos somos los responsables de sostener la vibración energética que necesita el planeta para cumplir con su misión integradora. En un futuro no muy lejano, trascenderá la dualidad y se adentrará en un espacio de unificación que acogerá en armonía realidades muy diversas. En este sentido, nuestra tarea consiste en aprender a amarnos a nosotros mismos y a todos los seres que lo pueblan.
Asistimos a un gran despertar y la protagonista principal es la Tierra. Es ella la que está cambiando. Nosotros tenemos que ser conscientes de este proceso y favorecerlo. No se trata de salvarla, sino de cooperar con todos los seres que la habitan. Es importante que comprendas quién es realmente y también que te conviertas en su mejor aliado. Llévala en el corazón y haz que forme parte de tu vida. Establece un pacto sagrado con ella. Si estás atento, notarás que te habla con el susurro del viento, que se estremece cuando la pisas con los pies descalzos y que te ofrece todo lo que necesitas para llevar a cabo tu misión de vida. Tu cuerpo está formado de aire, agua, fuego, tierra y éter. Los cinco elementos básicos del planeta. Quizá no sea importante para ti, pero lo cierto es que eres un trozo de él. Perteneces a él y eso significa que no estás aquí como un simple turista.
Necesitamos recuperar la sabiduría de nuestros ancestros y volver a reconocer que somos hijos de la Tierra. Hay una tradición africana masái que dice: «Es la Tierra la que es propietaria del hombre». A pequeña escala no nos cuesta sentirnos parte de una organización. De hecho, lo buscamos con ahínco. Deseamos integrarnos en la familia, la empresa, la pandilla de los amigos… El sentimiento de pertenencia nos conduce a servir al grupo o a la comunidad porque así estaremos protegidos. Con la Tierra pasa exactamente lo mismo, pero a mayor escala. En los años sesenta del siglo xx se hicieron las primeras fotografías del Planeta Azul. Estas imágenes asombraron al mundo e impulsaron el nacimiento de una nueva forma de conciencia. Desde entonces, el sentimiento de que formamos parte de una unidad que nos trasciende ha ido en aumento.
El despertar de la humanidad es un reflejo del cambio que está experimentando la conciencia de la Tierra. Nuestra misión colectiva consiste en facilitar su transición y adaptarnos a ella.
En lo más profundo del corazón, muchas personas deseamos formar parte de una gran familia y sentir que todos los seres que habitan la Tierra son nuestros hermanos. Este sentimiento de conexión y fraternidad es el reflejo de un lejano recuerdo. Un estado en el que el alma experimentó la armonía, el encanto y la seguridad de la unidad. Por este motivo, ante la guerra, el maltrato animal, la pobreza, la contaminación, la explotación infantil o, en general, cualquier manifestación de violencia indiscriminada, lo que sentimos es un desgarro interno. El alma se sobrecoge y reaccionamos con indignación, rebeldía o impotencia. Estos sentimientos ponen de manifiesto el deseo de recuperar un equilibrio que sentimos perdido. Sin embargo, también evidencian nuestro dolor interno y nos dan la oportunidad de sanarlo. Si no lo hacemos, la indignación termina por convertirse en indiferencia, la rebeldía en odio y la impotencia en hipocresía.
Una historia de la Tierra
La Tierra forma parte de un universo compuesto por cinco mil millones de galaxias (la Vía Láctea es una de ellas). Cada una tiene del orden de doscientos mil millones de estrellas (el Sol es una de ellas) y, de estas, seis mil millones poseen sistemas planetarios similares al nuestro. Somos como una mota de polvo en un vasto océano de arena y, sin embargo, estamos desempeñando un rol de inapreciable valor.
La Tierra aparece en el espacio hace cuatro mil quinientos millones de años. Como cualquier otra manifestación de materia, surge a partir de una matriz de energía. Un cuerpo de luz que le otorga una forma y una intención. Al principio era un océano de lava con temperaturas superiores a los mil doscientos grados centígrados. Carecía de aire y era muy tóxica. En ese tiempo, un joven planeta del tamaño de Marte, llamado Theia, chocó contra ella y provocó la salida de billones de toneladas de escombro por el espacio. Al principio esta materia se agrupó para formar un anillo, pero después la gravedad la juntó y creó una enorme bola de más de tres mil kilómetros de diámetro. Había nacido la Luna.
Este cuerpo celeste tardó en formarse mil años y se situó muy cerca de la Tierra (a veintidós mil kilómetros). Al estar tan próxima, la rotación de la Tierra era muy rápida y los días solo duraban seis horas. A medida que la Luna se fue alejando, la Tierra comenzó a girar más despacio. En la actualidad, la distancia que nos separa es de cuatrocientos mil kilómetros y aumenta a razón de cuatro centímetros al año. La Luna regula las mareas y muchos ciclos vitales. Sin ella la vida no sería posible.
Durante veinte millones de años, la Tierra fue bombardeada por cientos de miles de meteoritos que contenían moléculas de agua en su interior. A medida que el agua se fue liberando, se formaron lagos, mares y océanos. La acción del agua hizo que la superficie del planeta se enfriara hasta llegar a los ochenta grados centígrados. Esto le dio un aspecto más familiar. Por otro lado, la cercanía de la Luna causaba una enorme gravedad, lo que provocaba grandes mareas y veloces huracanes. En los cien millones de años siguientes, la Luna se alejó, las aguas se calmaron y el planeta ralentizó su rotación. Setecientos millones de años después de su nacimiento, la Tierra era un gran mar de agua. A partir de aquí, del interior de la corteza terrestre empezaron a surgir rocas fundidas que acabaron creando islas. Estas islas se juntaron y formaron los primeros continentes.
La Tierra pasó de ser un gran océano de lava a ser un gran océano de agua. Para ello precisó la ayuda de la Luna y del bombardeo incesante de meteoritos que procedían del espacio.
Con un aspecto semejante al actual pero sin vida y con una atmósfera tóxica, la Tierra comenzó a recibir una nueva y violenta lluvia de meteoritos. En esta ocasión, estos mensajeros estelares transportaban algo más que moléculas de agua. En su interior alojaban lo que podrían ser los primeros indicios de vida sobre la Tierra: las bacterias30. La ciencia admite la posibilidad de que la vida llegase del espacio exterior dentro de meteoritos31. En 1996 se halló en la Antártida un fragmento rocoso de origen marciano que contenía en su interior bacterias fosilizadas. Los científicos admiten que, si un meteorito es lo suficientemente grande, puede proteger la vida de las bacterias contenidas en su interior durante miles o incluso millones de años. Estos microorganismos habrían viajado congelados (dado que las temperaturas en el espacio son muy bajas) y gracias a eso habrían sobrevivido y llegado hasta la Tierra en condiciones de crear nueva vida32.
La idea de que somos seres procedentes de las estrellas, la teoría de la Panspermia, quizá no sea una metáfora romántica. Como afirma la bióloga estadounidense Lynn Margulis: «La vida está hecha de materia y esta es un flujo de energía que procede de las estrellas»33. Algunos científicos opinan que los primeros rastros de vida podrían haber llegado de forma intencionada, inducidos por alguna forma de conciencia. El descubridor del ADN y Premio Nobel de Medicina en 1962, el biólogo molecular británico Francis Crick, dice lo siguiente34:
Pudiera la vida haber empezado en la Tierra como resultado de una infección por microorganismos mandados a nuestro planeta desde otro lugar por una civilización tecnológica.
A diferencia de lo que cree la mayoría de la gente, la vida no se originó en el agua, sino dentro de rocas. Las primeras bacterias vivían en el interior de piedras y se alimentaban de minerales. El astrobiólogo español Ricardo Amils nos recuerda que hace tres mil ochocientos millones de años las condiciones ambientales eran muy inestables. Los meteoritos que procedían del espacio exterior provocaban mucha destrucción. Por tanto, parece lógico pensar que las primeras bacterias sobrevivieran a unos cuantos kilómetros de profundidad «comiendo piedras»35.
Cuando la Tierra fue «fecundada» desde el espacio, se dieron las condiciones para un giro evolutivo. Las bacterias que habitaban en el interior del planeta evolucionaron y se especializaron con el objetivo de salir a la superficie. Para lograrlo se agruparon en unas colonias llamadas estromatolitos y desarrollaron unos pigmentos que les protegían de la radiación solar. La singularidad de estas colonias de bacterias es que eran capaces de transformar la luz solar en materia orgánica: había nacido la fotosíntesis. Cuando la ciencia intenta explicar esta proeza, no encuentra respuestas. ¿Qué sucedió para que unos seres tan primitivos lograsen densificar la luz del Sol y la convirtiesen en alimento? Nadie lo sabe. El caso es que en apenas trescientos millones de años el planeta dio un gran salto dimensional y por primera vez dispuso de una «red neuronal» que ocupaba la mayor parte de su superficie.




