- -
- 100%
- +
Estromatolitos36

Es probable que los primeros rastros de vida, las bacterias, procedieran del espacio. También es posible que fueran inducidas por alguna forma de inteligencia. El primer gran enigma de la vida es la fotosíntesis. La ciencia no puede explicar cómo la luz (información) es captada y transformada en alimento.
Gracias a la fotosíntesis, el océano se llenó de oxígeno y a lo largo de los siguientes dos mil millones de años, este oxígeno fue saliendo hasta la superficie, se liberó y creó la atmósfera. Para entonces el planeta había ralentizado su rotación y los días duraban cerca de dieciséis horas. Ahora, el núcleo de la Tierra ardía a una temperatura mayor que la del Sol, lo que provocaba que las rocas que estaban debajo de la corteza se desplazasen y se unieran. De este modo se formaron grandes masas de tierra.
Cuando se originó la atmósfera, se produjo uno de los saltos evolutivos más llamativos en la historia de la vida sobre la Tierra. Las bacterias que la poblaban comenzaron a agruparse y crearon las primeras células eucariotas. Estos nuevos organismos estaban dotados de núcleo, tenían un ADN organizado y potencialmente eran capaces de crear seres vivos más complejos37. La bióloga norteamericana Lynn Margulis ha demostrado que las bacterias tienden a juntarse, comiéndose o infectándose entre ellas. Todo parece indicar que la resistencia producida por una infección o una mala digestión podría haber forzado su desarrollo y aumentado su complejidad38. Esta teoría se llama simbiogénesis. Es muy robusta, pero no puede explicar en su totalidad el nacimiento de las células eucariotas. Aunque existen más hipótesis, la ciencia debe admitir que, en este eslabón de la evolución, hay lagunas importantes.
Después de que se sentaran las bases para el nacimiento de los organismos pluricelulares, las condiciones ambientales de la Tierra cambiaron radicalmente. Como consecuencia de una intensa actividad volcánica, se liberó un exceso de CO2 a la atmósfera y el planeta se enfrió hasta los cincuenta grados bajo cero provocando la mayor glaciación jamás conocida. Durante al menos quince millones de años surcó el espacio como una gran bola blanca de hielo. El impacto de este enfriamiento fue de tal magnitud que la vida estuvo muy cerca de desaparecer por completo39. La Tierra había pasado de ser una bola de fuego a estar cubierta por una capa de hielo de más de tres kilómetros de espesor. Mientras tanto, en el núcleo sucedía todo lo contrario: una intensa actividad volcánica. Un buen día, la lava y los gases calientes llegaron hasta la superficie y rompieron los hielos. Cuando la atmósfera se calentó, el hielo comenzó a derretirse y, al fundirse, liberó una gran cantidad de oxígeno. Ahora la Tierra presentaba un aspecto muy diferente. Habían pasado cuatro mil millones de años, su temperatura era cálida y los días duraban veintidós horas. Un ambiente ideal para el florecimiento de la vida.
Después de ser lava y agua, la Tierra pasó a ser hielo. Para entonces las bacterias ya se habían asociado y formado las primeras células eucariotas, dotadas de núcleo y ADN.
¿Qué sucedió para que las células eucariotas se organizaran y crearan los seres pluricelulares? Este es otro de los grandes enigmas de la ciencia. En cualquier caso, en apenas doscientos millones de años la vida proliferó de forma espectacular en los océanos. Cientos de miles de especies de algas y animales poblaron sus aguas y anticiparon otro salto evolutivo: la vida sobre tierra firme. Para lograrlo fue necesario que el planeta generase un nuevo gas capaz de absorber la radiación del Sol. Es la capa de ozono. Cuando el ozono se espesó y recubrió la superficie de la Tierra, esta se llenó de plantas. A partir de aquí, surgieron los anfibios y los insectos, después llegaron los grandes bosques de helechos, los reptiles, los dinosaurios y los primeros mamíferos. Posteriormente nacieron las aves, los primates y las plantas con flor. Y finalmente aparecimos nosotros.
La biblioteca viviente
La historia de nuestro planeta revela su dinámica interna. Durante cerca de cuatro mil millones de años se mantuvo recibiendo energía e información. Pasó de ser un gran océano de lava a ser otro de agua y después a surcar el espacio como una gran bola de hielo. En ese periodo disminuyó la velocidad de sus procesos y permaneció casi inerte. Se dedicó a absorber mucha vida y la poca que creó la mantuvo prácticamente invariable. Sin embargo, acumuló un gran potencial de transformación.
Por algún motivo, en un momento de su evolución la Tierra modificó su comportamiento y, en lugar de recibir, comenzó a dar de forma incondicional. Quizás decidió compensar al universo por todo lo que había obtenido y se propuso experimentar lo contrario. Hace quinientos setenta millones de años, en el periodo Cámbrico, se produjo una gran explosión de vida. La Tierra nos obsequió con lo que más adelante sería el milagro de la diversidad biológica: los organismos pluricelulares. A partir de aquí, la vida empezó a expandirse y proliferó sin detenerse hasta nuestros días. Se sucedieron cinco extinciones masivas y en cada una de ellas desapareció más del setenta y cinco por ciento de las especies. A pesar de estos vaivenes, la Tierra siguió creando vida con enorme generosidad. En la actualidad reúne una diversidad estimada de entre diez y cincuenta millones de especies animales y vegetales. Una autentica proeza.
Durante cuatro mil millones de años, la Tierra se mantuvo casi inerte recibiendo energía e información del espacio. Sin embargo, en un momento de su evolución, actuó de forma contraria y generó una gran explosión de vida.
Desde que finalizara la última glaciación hace unos diez mil años, la Tierra ofrece un clima muy propicio para el desarrollo de la vida. En opinión de los astrofísicos, estamos en un planeta maduro que, al igual que el Sistema Solar, se encuentra a la mitad de su vida40. Todo parece indicar que este periodo de «gracia climática» podría prolongarse al menos otros cincuenta mil años o incluso más. Si comprimimos el tiempo de evolución del universo (trece mil ochocientos millones de años) en un solo año, la Tierra aparecería a mediados de septiembre y nosotros a las 21:45 del 31 de diciembre. De acuerdo con este calendario cósmico, las cuevas de Altamira las hemos pintado un minuto antes de la media noche y la escritura la estamos practicando desde hace catorce segundos. Hace solo un segundo que hemos comenzado a utilizar el método científico y en solo medio segundo, hemos creado la Revolución Industrial y la Informática41.
Acabamos de llegar y es obvio que la Tierra nos lleva mucha ventaja. Tampoco hay que ser un gran observador para darse cuenta de que está decidida a cumplir con su misión dentro del entramado universal. Las señales que nos está enviando son inequívocas. Es importante que comprendamos que está llamada a ser un centro de intercambio de información a nivel galáctico. Un lugar en el que una gran diversidad de seres vivos y formas de conciencia puedan convivir en un equilibrio consciente. ¿Con qué propósito? Supongo que por los mismos motivos por los que nosotros construimos bibliotecas en las ciudades y ahora en Internet.
La Tierra es un ser vivo. Se está transformando y se aproxima hacia un nuevo equilibrio entre dar y recibir. Su propósito dentro del cosmos consiste en ser un lugar de almacenamiento e intercambio de información. Un espacio en el que pueda convivir la mayor cantidad posible de formas de vida y de conciencia.
La humanidad está comenzando a comprender e interiorizar que, si deseamos seguir aquí y participar de este acontecimiento, tenemos que ponernos al servicio del planeta y facilitar su proceso. No se trata solo de limpiarlo y regenerarlo, sino de acompañarlo en su dinámica integradora. Dicho de otra forma, para poder amar a la Tierra tenemos primero que amarnos a nosotros mismos. Si eres observador y te atreves a salir de tu crisálida personal, te darás cuenta de algo muy hermoso: amar a la Tierra y amarte a ti mismo son dos procesos paralelos que se retroalimentan mutuamente. Cuanto más conectado estás a la naturaleza, más seguro, alegre y saludable te encuentras y, a medida que tu felicidad aumenta, el amor hacia la Tierra también se acentúa.
En los últimos doscientos cincuenta años nos hemos dedicado a expoliarla impunemente. Nuestra conducta ha formado parte de su ciclo evolutivo. De algún modo, somos la última expresión de un movimiento interno en el que la Tierra se ha entregado de forma incondicional a todos los seres que la pueblan. Con frecuencia se nos olvida que es un ser dotado de conciencia y que toma sus propias decisiones. La actividad depredadora del ser humano ha sido (y sigue siendo) tan intensa que los sistemas ecológicos han estado a punto de colapsarse. En estos momentos la deforestación, la geoingeniería climática, la contaminación por plásticos y otras basuras, la pérdida de biodiversidad, la explotación indiscriminada de recursos, etc. son problemas muy serios y deben ser abordados con determinación. No obstante, muchas personas están cambiando y acompañando a la Tierra en su proceso evolutivo. Al hacerse responsables de su propio dolor interno y al tenerla en cuenta en su quehacer diario, permiten que la Tierra se relaje.
Desde la perspectiva del espíritu los cambios que está experimentando el planeta en su superficie reflejan la necesidad que tiene de liberarse del dolor acumulado a lo largo de los siglos por la acción temeraria del hombre. En este sentido, el hecho de que lo estemos limpiando y regenerando y de que muchas personas hayan decidido vivir en armonía con él, es decisivo para que el nuevo equilibrio al que se dirige no se origine como consecuencia de un reordenamiento brusco de dimensiones continentales o planetarias. Sea como fuere, lo que cada vez más personas tienen claro es que ha llegado ya la hora de dejar de formar parte del problema y ser parte de la solución.
La verdad sobre el origen y la evolución de la vida
La evolución de los organismos vivos se caracteriza por tres grandes transiciones. El nacimiento de las células procariotas (las bacterias), la creación de células más grandes dotadas de núcleo (eucariotas) y finalmente la aparición de organismos complejos o multicelulares. La primera transición es un misterio. La segunda arroja un poco más de luz y la tercera es otro enigma. La ciencia se hace las siguientes preguntas: ¿qué ocurrió para que las células eucariotas se organizaran y crearan formas de vida tan complejas? ¿Cómo surgieron realmente los seres pluricelulares? A día de hoy, se manejan varias hipótesis como la fagotrofia (unas células se comen a otras), la asociación para protegerse de depredadores y algunas más. Sin embargo, todas ellas son débiles e incapaces de explicar esta formidable mudanza.
Para comprender la magnitud del misterio de la vida tenemos que visitar uno de los sistemas más sofisticados de la naturaleza: la molécula de ADN. Este prodigio de la evolución se encuentra en todas las células del organismo y contiene las instrucciones que utilizamos para desarrollar nuestras funciones vitales. Dicho de otra forma, se encarga de sintetizar las proteínas que constituyen literalmente la fábrica de la vida42. La cantidad de información que contiene una molécula de ADN y la eficiencia con la que procesa los datos son sencillamente asombrosas. Su complejidad es tan grande que su origen no se puede explicar por un proceso de selección natural. En 1983, el astrónomo británico Fred Hoyle escribía lo siguiente43:
El ADN es una colosal obra de ingeniería. Pensar que los aminoácidos de una célula se puedan unir por azar y formar esta estructura tan compleja equivale a creer que un tornado pueda pasar por un montón de basura que incluya todas las partes de un Boeing 747 y provocar que accidentalmente se unan y formen otro avión listo para despegar.
Durante mucho tiempo nos hemos creído la historia de que la vida se originó en el agua y evolucionó a través de un proceso de selección natural. Nos han contado que, dadas unas condiciones ambientales concretas, una serie de compuestos químicos presentes en la atmósfera y en los océanos (nitrógeno, oxígeno…) reaccionaron y crearon los primeros organismos unicelulares. En 1953, el científico estadounidense Stanley Miller llevó a cabo un experimento que se hizo famoso. Recreó una atmósfera similar a la que tenía la Tierra en su infancia y la «cocinó» con una corriente de sesenta mil voltios durante una semana. El resultado fue que el agua se pobló de algunos aminoácidos y de otras moléculas necesarias para la vida. No obstante, este ensayo presentaba dos problemas. En primer lugar, era muy improbable que las condiciones ambientales creadas por Stanley fueran las mismas que las de la Tierra primitiva. Además, aunque lo hubieran sido, una cosa es producir moléculas y aminoácidos a partir de compuestos inorgánicos y otra bien diferente organizarlos para crear formas de vida complejas.
En 1980, en un congreso sobre el origen de la vida celebrado en Estados Unidos, se concluyó por unanimidad que esta no se pudo formar a partir de unas cuantas reacciones químicas. Se aceptó que la energía por sí sola era incapaz de organizar los elementos necesarios para formar un ser vivo, ni siquiera una humilde bacteria. Hoy en día la ciencia admite que el secreto de la vida no reside en la química sino en la información. Es la organización de sus componentes lo que la hace tan misteriosa. De modo que podemos hacernos la misma pregunta que plantea el escritor y divulgador científico español Eduardo Punset44:
El problema no es de hardware sino de software. Pero: ¿existen leyes que rijan el comportamiento del software encargado de organizar la información?, ¿nos enfrentamos a un programa informático que se escribió a sí mismo por casualidad?
Las incógnitas sobre el origen y la evolución de la vida nos afectan también a nosotros, los seres humanos. El Homo sapiens apareció sobre la Tierra hace doscientos cincuenta mil años, pero los primeros homínidos bípedos tienen una antigüedad de más de seis millones. Una de las preguntas que los científicos se hacen sobre la evolución de nuestra especie es la siguiente: ¿qué sucedió realmente para que en apenas doscientos cincuenta mil años un proceso tan lento experimentara un cambio tan vertiginoso? Lo cierto es que no se han encontrado fósiles que nos conecten con un antepasado cercano. Asimismo, la diferencia genética entre los seres humanos y los chimpancés, aunque se diga que es solo de un uno por ciento, supone en realidad una brecha gigantesca, de más de mil trescientos millones de letras de código genético45.
Otro hecho misterioso es que solo estemos empleando entre el uno y el dos por ciento de nuestro material genético. El resto se conoce como ADN basura. El bioquímico norteamericano Joe Dispenza, nos recuerda que existe un principio biológico según el cual, en la naturaleza, todo se aprovecha46. Dicho de otra forma, si ese ADN está ahí será por algo, pues, de no ser así, en el curso de nuestra evolución habría desaparecido. Una vez más la ciencia se encuentra con un eslabón perdido y se llena de preguntas a la hora de esclarecer nuestro verdadero origen.
La energía por sí sola no tiene capacidad para crear vida. ¿Quién o qué se encarga de organizar la información que subyace a su origen y que impulsa su evolución?
¿Es cierta la Teoría de la Evolución de Darwin?
A la hora de explicar el origen y la evolución de la vida, la teoría de Darwin es aceptada universalmente por la ciencia. Al mismo tiempo es también una de las ideas más controvertidas, peor comprendidas pero más conocidas por el gran público. Uno de los mayores expertos en Biología Evolutiva, el estadounidense Mark Pagel, nos desvela el alcance de este descubrimiento47:
Charles Darwin hizo gala de una gran lucidez al determinar que todas las especies terrestres descienden de otras especies. Lo cual nos lleva a dos conclusiones: la primera es que cualquier cosa sobre la Tierra está relacionada con todo lo demás. La segunda es que, si todos venimos de un antepasado común, una humilde bacteria está tan evolucionada como tú y como yo. Porque, al igual que tú y yo, ha evolucionado desde ese antepasado común.
La Teoría de la Evolución es muy robusta y ha sido validada mediante pruebas experimentales de muy distinta naturaleza. Por un lado están las taxonómicas que, en función de las semejanzas y diferencias encontradas entre los seres vivos, los clasifican en reinos, clases, órdenes, familias, géneros, especies, subespecies, variedades y razas. Este sistema se representa como un árbol en cuyas raíces encontramos los orígenes de la vida. Fue propuesto por el naturalista sueco Carlos Linneo en el siglo xviii, quien mucho antes que Darwin ya nos catalogó como Homo sapiens dentro del orden de los primates. En la actualidad, la diversidad biológica del planeta podría situarse en torno a los cincuenta millones de especies diferentes, de las cuales solo se ha catalogado el quince por ciento.
Otra de las evidencias más clásicas que avalan la teoría de Darwin es la anatómica. Aquí encontramos los llamados órganos vestigiales, es decir, estructuras anatómicas que aún conservamos pero que tienen poca o nula utilidad. Las muelas del juicio, por ejemplo, evidencian que, en un pasado remoto, comíamos raíces o semillas duras; el vello corporal en los hombres nos da una idea de quiénes eran nuestros antepasados; el coxis muestra los restos de una cola, etc. Por otro lado, están las estructuras anatómicas que, siendo similares, se han diferenciado según las especies. Por ejemplo, las extremidades superiores de los mamíferos presentan un origen común, pero en los cetáceos son aletas para nadar; en los monos, manos prensiles; en los murciélagos, alas; en los topos, garras…
Otro de los elementos que ofrece argumentos en favor de la Teoría de la Evolución de las Especies son los fósiles transicionales. Estas reliquias reflejan características intermedias entre unas especies y otras. Uno de los más conocidos es el Archaeopterix. Fue descubierto en Alemania en 1861 y muestra un ave con una cola larga y dientes de reptil. Estos fósiles no son muy abundantes, pero permiten reconstruir la historia de muchos grupos de especies animales y vegetales. Además están los llamados fósiles vivientes, es decir, especies de animales y plantas que han sobrevivido durante grandes periodos de tiempo e incluso eras geológicas. Estos legendarios seres ofrecen una información muy valiosa sobre las características de la vida en aquellos tiempos. Algunos como la iguana rosada, el estromatolito, el okapi, la metasecuoya, el pelícano o el cocodrilo son muy conocidos.
Fósil transicional (Archaeopterix)48

Otro sistema de verificación lo encontramos en las pruebas embriológicas. En el estudio de las primeras etapas de la vida se observa cómo muchas estructuras orgánicas son comunes o muy similares para especies completamente distintas. Posteriormente, a medida que el individuo crece, estas estructuras desaparecen o se especializan. El paleontólogo norteamericano John Maisey asegura que existen formas embrionarias de carácter universal49:
En el desarrollo de todos los vertebrados hay un tipo muy especializado de tejido neuronal que se forma durante la etapa embrionaria y que se denomina cresta neural. Estas células se convierten en nuestra espina dorsal […]; es un nivel muy básico de organización estructural que tiene una edad aproximada de cuatrocientos cincuenta millones de años.
Finalmente tenemos las pruebas bioquímicas y las genéticas, que también son avales muy robustos en favor del evolucionismo. La similitud del material genético entre especies o la presencia de aminoácidos, proteínas y procesos bioquímicos sorprende por su universalidad. El biofísico norteamericano Harold Morowitz ha investigado durante más de cincuenta años los orígenes de la vida50:
La bioquímica que tiene lugar en nuestro interior sigue un procedimiento muy ordenado con ciertos ciclos energéticos. […]. El ciclo del ácido cítrico [o ciclo de Krebs, que le valió a este el Premio Nobel] se encuentra en todo. Toda célula de todo organismo vivo tiene en su totalidad o en parte un ciclo de ácido cítrico funcionando.
La Teoría de la Selección Natural de Charles Darwin ha sido confirmada por numerosas pruebas procedentes de muy diversas ramas de la ciencia.
Tal y como afirma el etólogo austríaco y Premio Nobel de Medicina en 1973 Konrad Lorenz, en la historia del saber humano nunca ha existido una teoría que haya sido tan expuesta a tantas verificaciones independientes como la de Darwin51. No obstante, hay que admitir que presenta límites y, por tanto, que sirve para explicar una serie determinada de cosas, pero no otras52. Sin ir más lejos, no es capaz de explicar el origen de la fotosíntesis y tampoco puede aclarar el paso evolutivo de las células eucariotas a los organismos pluricelulares.
En la naturaleza encontramos muchas estructuras biológicas que no responden a un proceso lineal de selección natural. Por ejemplo, cuando las bacterias comenzaron a vivir en un medio acuoso, desarrollaron un flagelo que permitía su movilidad y mejoraba sus capacidades adaptativas. Este apéndice gelatinoso es en realidad un mecanismo muy complejo, dado que está formado por anillos rotatorios, paletas, transmisores y otros dispositivos. En la práctica es un sistema irreductible53, es decir, si quitamos alguna de sus partes, no podría funcionar. Todo parece indicar que, en un mecanismo como este, todas las piezas se han formado al mismo tiempo, pues todas ellas son necesarias para la supervivencia.
El flagelo bacteriano54

En la actualidad tenemos que reconocer que tanto el origen como la evolución de la vida son un misterio. Es decir, no se pueden esclarecer a través de la teoría de Darwin y sugieren la intervención de la conciencia o de alguna forma de inteligencia superior. Las ciencias naturales dejan entrever que, de forma paralela a un proceso de selección natural, el desarrollo de la vida responde también a otros factores. En la Biblia se dice: «Entonces Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz el aliento de la vida; y fue el hombre un ser viviente». Los textos religiosos encierran mucha sabiduría, pero hay que leerlos sin prejuicios. Quizás lo que nos quiere decir la Biblia es que la vida surgió de la materia cuando esta fue animada por un flujo de conciencia y energía. En este sentido, el mismo Charles Darwin admite en su libro El origen de las especies que el alcance de su teoría es limitado55:
Como mis conclusiones han sido muy tergiversadas y se ha afirmado que atribuyo la modificación de las especies exclusivamente a la selección natural, se me permite observar que, en la primera edición de esta obra y en las siguientes, he puesto en lugar bien visible las siguientes palabras: Estoy convencido de que la selección natural ha sido el modo principal, pero no el único, de modificación.
Aun a pesar de su validez, la Teoría de la Selección Natural de Charles Darwin presenta límites. El origen y la evolución de la vida son un misterio que la ciencia sigue sin resolver.
Cuando el planeta cambia su energía
El cambio de paradigma en el que nos encontramos es una puerta de entrada hacia la nueva realidad de la Tierra. A medida que lo comprendemos y lo interiorizamos, nos vamos armonizando con el planeta. Esto significa que ajustamos nuestro proceso de desarrollo personal a su dinámica interna, con lo cual las cosas son mucho más llevaderas y la vida resulta más divertida. El ciclo que está culminando la Tierra trasciende la dualidad y entra en un nuevo equilibrio entre dar y recibir. Para los seres humanos, esto implica dar un gran salto de conciencia. Abandonamos de forma progresiva el viejo paradigma basado en la dependencia, la dominación y el miedo y nos dejamos conducir por la energía amable y tierna del corazón.




