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[…] utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra. (García Márquez, 1982)
Como nación, damos la bienvenida al Premio Nobel de la Paz a Colombia si significa el advenimiento de la reconciliación después de comprobar, como Aureliano Buendía «que esta guerra ha acabado con todo» (García Márquez, 2007, p. 203). Pero no tengo hesitación alguna al afirmar que Gabo sigue siendo el ganador favorito en el país, porque ilumina el camino de unidad y felicidad de los colombianos.
Referencias bibliográficas
Abad Faciolince, H. (2016). Explicar el fracaso. Recuperado de http://elpais.com/elpais/2016/ 10/03/opinion/1475515757_441155.html
De Las Aguas Couttin. (7 de octubre de 2016). «Ironías de la vida, tenemos ahora 2 premios Nobel en COL; 1 de literatura en un país que no lee y 1 de paz en un país que no perdona» [tuit]. Recuperado de https://twitter.com/DeLasAguasLaura/status/784398579905552384
García Márquez, G. (1982). Discurso de aceptación del Premio Nobel: «La soledad de América Latina». Centro Virtual Cervantes. Recuperado de http://cvc.cervantes.es/actcult/garcia_marquez/audios/gm_nobel.htm
García Márquez, G. (2007). Cien años de soledad. Real Academia Española-Grupo Editorial Norma.
Oiga, cuénteme: ¿usted se quiere hacer matar?» Líder social de Sucre, y defensor del proceso de paz, cuenta cómo intentaron matarlo. (21 de noviembre de 2016). El Tiempo, p. 3.
Redacción Digital Blu Radio. (6 de octubre de 2016). Las confesiones del gerente de la campaña del NO en el Plebiscito por la Paz. Blu Radio website: https://www.bluradio.com/paz/tergiversamos-mensajes-porque-los-del-si-tambien-lo-hicieron-juan-carlos-velez-118646
Santos, J. M. (26 de septiembre de 2016). Discurso del presidente Santos en la firma del Acuerdo Final de Paz. El Tiempo. http://www.eltiempo.com/politica/proceso-de-paz/discurso-del-presidente-santos-en-la-firma-del-acuerdo-final-de-paz/16712180
Vélez Uribe, Juan Carlos. «La estrategia era dejar de explicar los acuerdos». http://www.noticiascolombianas.com.co/index.php/318947/la-estrategia-era-dejar-de-explicar-los-acuerdos-gerente-de-la-campac3a3c2b1a-del-no/
9. Texto presentado en el lanzamiento del libro Gabriel García Márquez. Literatura y memoria en la Universidad del Valle en 2016 con el título: «Gabriel García Márquez: un indiscutible Nobel para los colombianos».

García Márquez y un mundo que declina10
Piedad Bonnett
En las primeras páginas de Historia de un deicidio –ese estudio fervoroso de la obra del escritor colombiano que escribió Mario Vargas Llosa y que no volvió a reeditarse a raíz de la pelea que los separó– García Márquez cuenta que lo que quería desde los dieciséis años era escribir Cien años de soledad, un libro que en ese entonces tan solo vislumbraba como una narración sobre su infancia. La imagen central que lo perseguía era la gran casa de Aracataca, donde pasó sus primeros años lejos de sus padres, en medio de innumerables mujeres, de las cuales la más importante fue su dicharachera y sentenciosa abuela Tranquilina, y cerca de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez –la persona que más iba a influir en esa época de su vida–. «Pero no pude con el paquete», le confiesa a Mario Vargas Llosa, en expresión que revela su enorme conciencia literaria: «me di cuenta también de que la dificultad era puramente técnica, es decir, que no disponía yo de los elementos técnicos y del lenguaje para que esto fuera creíble, para que fuera verosímil» (Vargas Llosa, 1971, p. 89).
García Márquez, que había descubierto muy joven, leyendo la nueva novela norteamericana y europea, que había que ensayar caminos distintos a los ya transitados por el realismo decimonónico y por la llamada novela de la violencia en Colombia, lo que va a hacer entonces es comenzar un camino de exploración que desde La hojarasca, su primer libro publicado, lo muestra como un buscador nato, un experimentador arriesgado y riguroso.
Cualquier lector que emprenda la lectura sistemática de sus narraciones podrá rastrear por qué caminos iban sus búsquedas formales en aquellos primeros tiempos. Después de La hojarasca, que como sabemos recurre a una perspectiva narrativa plural, a la manera de El sonido y la furia, de Faulkner, la obra del escritor va a oscilar entre dos lenguajes: el escueto y apretado que se deriva del ejercicio periodístico y de la influencia de El viejo y el mar de Hemingway –y que no suele tenerse en cuenta cuando se lo ve solo como el representante del «realismo mágico»– y el barroco y fantástico que ya había usado Carpentier en El reino de este mundo, sustentado en su teoría de que América solo podía narrarse desde lo que él llamó lo real maravilloso. Del primero de esos lenguajes, económico y austero, son ejemplos contundentes El coronel no tiene quién le escriba y Crónica de una muerte anunciada. Y del lenguaje abundoso, tendiente a la metáfora y a la catarata verbal, Cien años de soledad y, por supuesto, la obra que lleva estos recursos a un nivel paroxístico, casi delirante: El otoño del patriarca.
Un escritor suele ser un hombre obsesionado por unas cuantas ideas que no lo abandonan a lo largo de la vida. También lo fue Gabriel García Márquez, que sintió siempre verdadera pasión por temas como el poder, la narración oral, los «amores contrariados» y el derrumbamiento de una época que da paso a un mundo con valores distintos. El origen de este último motivo literario, que me interesa rastrear en este breve ensayo, lo explica él, como casi siempre hizo, no desde la abstracción teórica sino desde la experiencia personal: en una entrevista cuenta que, siendo aún muy joven, acompañó a su madre a Aracataca a gestionar la venta de la casa que había sido de sus abuelos. Llegaron, dice, a las dos de la tarde, bajo un sol canicular –como la madre y la hija de ese cuento espléndido que es «La siesta del martes»– atravesaron la plaza desierta y entraron a la casa de una vieja amiga de su madre; las dos mujeres, nos cuenta, se abrazaron y duraron llorando unos minutos, la una en el hombro de la otra, sin que mediara una sola palabra. Inusitado testigo de aquella escena, el jovencísimo García Márquez creyó adivinar la razón de aquel llanto: la nostalgia por un tiempo ido, que ya no volvería jamás. De esa revelación, de esa epifanía, iba a desprenderse toda la primera parte de su obra:
Tres de mis libros, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la Mamá Grande y La mala hora, son en verdad un solo libro. Un mismo tema, un mismo ambiente, que se repiten y se mezclan, como pedazos que tomo aquí y coloco allá. (citado por Monsalve, 1992, p. 88)
El declive de una época que es arrasada por valores y circunstancias nuevas es un tema que recorre la literatura y que es medular en obras que García Márquez conocía y apreciaba, como El lazarillo de Tormes, Don Quijote de la Mancha y en buena parte de los libros de Faulkner, uno de sus grandes maestros. En El coronel no tiene quien le escriba (1961), el tema aflora ya con sutileza y hondura. El personaje, un viejo militar retirado que, como sabemos, espera inútilmente su pensión, es uno de los fundadores del pueblo que cifran su respetabilidad en una trayectoria de honestidad pero también en unos blasones y en el hecho de pertenecer a una estirpe, pero también es el representante de un mundo premoderno que se extingue. Como analizó Vargas Llosa, el Coronel es, además, como Don Quijote, un personaje cuya conducta está regida por «un idealismo abstracto», que lo hace «creer posible lo imposible» y que se apoya en una fe ingenua en la eficacia de la ley, la palabra empeñada y el funcionamiento de la justicia. Don Sabas, padrino de su hijo muerto y antagonista del Coronel, es, por el contrario, un personaje pragmático, frío y artero, un liberal que traicionó a sus copartidarios y que, aliado con los conservadores, se ha hecho a parte de las tierras que estos han usurpado a sus opositores políticos. Un hombre para el cual el dinero lo es todo, un rústico que sin tener la gracia ni la bonhomía de Sancho solo ve, con pragmatismo chato, lo pedestre de la realidad.
La tensión dramática nace en El coronel no tiene quien le escriba de la situación de pobreza extrema del protagonista y su mujer, a quienes solo les queda como recurso el gallo de pelea que es herencia de su hijo, asesinado, según se adivina, por su militancia política clandestina contra los representantes locales del régimen de Rojas Pinilla. La situación de precariedad pone al Coronel a merced de don Sabas, su compadre; y el lugar de respetabilidad social que ocupa –a pesar de todo– obliga al matrimonio a aparentar, como el hidalgo de El lazarillo, que no están en la ruina. Como él, ponen la olla vacía a hervir sobre el fogón para que parezca que no se padece hambre.
Pero la dimensión política de la novela va más lejos, y nos instala en dos instancias: la inmediata, la de la violencia soterrada y amenazante que intuimos permanentemente en el pueblo, y una más abarcadora, que ve el problema en un contexto nacional e histórico: el de los nuevos tiempos, donde impera la ley del más fuerte y donde valores como la honra y la dignidad empiezan a parecer caducos. No hay segunda oportunidad sobre la tierra para hombres como el Coronel. A él solo lo salvan –como personaje, no como ser humano– su esperanza, su dignidad y su empecinamiento, el que lo lleva a contestar a su mujer a la pregunta sobre qué van a comer, infringiendo el código de sus modales: ¡Mierda!
En Los funerales de la Mamá Grande (1962), un cuento publicado con posterioridad a El coronel no tiene quién le escriba, y puerta de tránsito hacia la obra que lo estaba esperando desde hacía ya unos años, Cien años de soledad (1967), García Márquez se vale de lo hiperbólico y desmesurado y del humor y lo grotesco como un arma crítica. El autor, que se había inspirado en la sequedad de El viejo y el mar para escribir la historia de un coronel que espera inútilmente su pensión de jubilación, encuentra que también se siente muy cómodo en la desmesura rabelesiana, donde el lenguaje se hace naturalmente simbólico y más libremente poético. Y aunque a primera vista el tema de Los funerales no tiene nada que ver con el de El coronel no tiene quien le escriba, una indagación detenida muestra que también en el cuento lo que se está señalando es la muerte de una época, en este caso como consecuencia del fallecimiento de la gobernante suprema de Macondo, la Mamá Grande. Lo que sucede es que este personaje, por la perspectiva legendaria del relato, deviene finalmente en símbolo. ¿De qué? También de un mundo antiguo, de un feudalismo-agrario donde el poder emana de la tenencia de la tierra, en un lugar donde «no se sembró nunca un solo grano por cuenta de los propietarios» y donde la Mamá Grande encarna «la prioridad del poder tradicional sobre la autoridad transitoria, el predominio de la clase sobre la plebe, la trascendencia de la sabiduría divina sobre la improvisación mortal». Por supuesto, esta caracterización está hecha desde la desmesura, la ironía y la caricatura, que son el resultado del punto de vista del narrador, una especie de juglar, de narrador oral –emparentado, sin duda, con esa figura mítica local que fue Francisco el Hombre y con los cantores del vallenato tradicional, ese género que tanto quiso García Márquez–, el cual, situado por encima de la multitud, comienza su relato diciendo: «Esta es, incrédulos del mundo entero…», y que en un momento dado explica que ha llegado la hora de contar esta calamidad nacional «antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores». En Los funerales de la Mamá Grande vemos que García Márquez desarrolla ya una estrategia narrativa que va a ser central en Cien años de soledad y en El otoño del patriarca: la de narrar la historia desde su versión popular, hiperbólica y legendaria, para contraponerla a la versión oficial, reductora y manipulada por las élites. Y que su personaje central tiene en común con el dictador de El otoño del patriarca que, dado que su régimen había durado siglos, todo el mundo pensaba que era inmortal.
Pese a las semejanzas de fondo, hay, sin embargo, una diferencia de enfoque en los dos relatos: mientras que en El coronel no tiene quién le escriba, como en Don Quijote de la Mancha, la visión del pasado es idealizada por el autor –lo que equivale a una despedida nostálgica– en Los funerales de la Mamá Grande, al ser el humor el instrumento primordial, la visión es crítica, demoledora. Los vicios de nuestros dirigentes, los lugares comunes de nuestra cultura, la trinca eterna entre el gobierno central y los caciques locales, la injerencia de la Iglesia católica en los asuntos públicos, todo eso, van a ser caracterizados y caricaturizados en este relato.
Con Cien años de soledad, publicada en 1967, García Márquez se acabó de revelar a sus lectores como lo que siempre fue: un enorme poeta en prosa y un escritor decididamente político –en el sentido amplio de esta palabra– con una capacidad enorme de sintetizar algunos aspectos definitivos de la historia y la cultura colombianas. La gran casa, sostenida por la presencia de Úrsula, única figura que permanece casi hasta el final de la saga de la familia, es el escenario de los sueños de los personajes que parecieran jalonar la historia, que sin embargo nacen ya condenados al fracaso; son los sueños de José Arcadio, el patriarca, de salir del ámbito de confinamiento de Macondo y de conseguir los adelantos de la ciencia; los del coronel Aureliano, de ganar la guerra contra los conservadores y acabar con las arbitrariedades del gobierno central; los de José Arcadio II, de conseguir las reivindicaciones salariales de los trabajadores de la United Fruit Company a través de la huelga; y los de Aureliano el sanscritista, de amar libremente a Amaranta Úrsula, más allá de los miedos de la estirpe y de conocer la historia toda de la familia por medio de los manuscritos de Melquíades. En ellos descubre que la de Macondo es una historia de involución, que empieza en la Arcadia, un paraíso terrenal donde las casas reciben la misma cantidad de sol y están a la misma distancia del río y donde no ha habido nunca una muerte, y termina con un hijo con cola de cerdo y con un viento final que arrasa con Macondo y «con el puto mundo donde Úrsula Iguarán había fabricado tantos animalitos de caramelo». Una época muere con el último Aureliano, para siempre. Detrás del hecho de que no haya una segunda oportunidad sobre la tierra para los que la vivieron –porque soledad e insolidaridad son lo mismo, según ha dicho García Márquez–, leemos una condena moral del autor y una visión determinista de la historia. Pero tal vez, quién sabe, un tácito vaticinio de redención para ese futuro que se abre. Algo que hoy, en trance de firmar la paz, le habla a la esperanza de muchos colombianos.
Referencias bibliográficas
Monsalve, A. (1992). El deber de un escritor es escribir bien. Repertorio crítico sobre Gabriel García Márquez. T. 1. Bogotá, Colombia: Instituto Caro y Cuervo.
Vargas Llosa, M. (1971). Historia de un deicidio. Barcelona, España: Barral Editores.
10. Texto publicado en el libro Gabriel García Márquez. Memoria y literatura, editado por Juan Moreno Blanco, Programa Editorial de la Universidad del Valle, 2016.

Cuando la crónica reporta la leyenda: La Sierpe como posibilidad de un mundo cerrado hoy
Carlos-Germán van der Linde
«La Sierpe, un país de leyenda dentro de la costa atlántica de Colombia» (García Márquez, 1985, p. 5), escribe el joven periodista de 27 años, en la primera crónica que aparece en el volumen de recopilaciones periodísticas bajo el título Crónicas y reportajes (1976). La primera crónica, «La Marquesita de La Sierpe», perteneciente a la serie sobre La Sierpe, fue publicada inicialmente en la revista Lámpara, en 1952 (McGrady, 1972, p. 293; Gilard, 1976, p. 163). Dos años más tarde, la serie completa aparece en el Suplemento Dominical de El Espectador, en cuatro entregas, así: «La Marquesita de La Sierpe» (7 de marzo), «La herencia sobrenatural de La Marquesita» (21 de marzo), «La extraña idolatría de La Sierpe» (28 de marzo) y «El muerto alegre» (4 de abril) (McGrady, 1972, p. 293; Gilard, 1976, p. 163-64).
Situar temporalmente estas crónicas es muy importante porque revela su punto axial entre dos periodos de la producción periodística de García Márquez, a saber, entre los tomos Textos costeños (recopilación de trabajos de 1948 a 1952) y Entre cachacos (1954-1955) (Williams, 1985, p. 117). McGrady (1972) escribió de los primeros comentarios a dicha serie de crónicas. En ellos, señala rutas interpretativas sobre, primero, la Marquesita como un arquetipo de las matronas literarias y, segundo, el mundo de La Sierpe como un descubrimiento para narrar Cien años de soledad (McGrady 314). Estas rutas han sido solo ratificadas o desarrolladas, en mayor o menor medida, por Gilard (1976, p. 154), Sims (1987, p. 46), Castaño Restrepo (2007, p. 264) y Sarango et al. (2017, p. 3).
Este artículo pretende abordar unas rutas complementarias a las anteriores con respecto a la fundación de una cosmogonía (leyenda) reportada por la crónica periodística de orden culturalista. Williams (1985) habla de «some of the journalism is cultural or literary commentary». Enfatiza que un vocablo como commentary es más apropiado que la etiqueta literary criticism (p. 117), por su gran variedad de temas e intereses, tales como el social, el político y el literario. En ocasiones, este tipo de escritura elude categorizaciones –advierte Williams (p. 118)–. Por otra parte, mi insistencia de que se trata de una leyenda es un esfuerzo por situar una expresión narrativa con antelación a la historia (history), es decir, anterior al logos no solo de la razón moderna sino también del tiempo lógico (¿lineal?), según lo articula el logos histórico. La materia narrada y el modo mismo de la crónica serpeña están muy alejados del proceder sistemático de algunas tradiciones historiográficas.
Así lo entiende el narrador del cuento «Los funerales de la Mamá Grande» (1962), por lo mismo recuesta el taburete a la puerta de la calle, para «empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores» (García Márquez, 2012a, p. 97). Esto lo dice justo al inicio del cuento y lo repite al final. En el último párrafo se lee que el narrador hace la tarea necesaria, posterior a los eventos grandilocuentes de los funerales, de contar la historia11 o, mejor, una leyenda: la leyenda de la Mamá Grande. Me he desplazado de la crónica al cuento para mostrar un par de coincidencias: la importancia de la leyenda y su modo de transmisión oral. La leyenda dice es una fórmula repetida que se encuentra en las crónicas. Las historias transmitidas oralmente sin la validación de la historiografía son, entonces, el texto y el modo de apropiación y de transferencia de la cultura.
La crónica reporta la leyenda
En relación con el cuento «Los funerales de la Mamá Grande», Vargas Llosa (1971) afirma:
El narrador ha hecho suya la perspectiva de la gente que, en la calle, chismea, murmura, se apodera de los hechos real objetivos y los manipula con la fantasía, aumentándolos, coloreándolos, mudándolos en mito y leyenda. (p. 451)
«El narrador se alinea con la perspectiva mítico-legendaria del pueblo» (pp. 449-450). Esto querría decir que existe una versión con la facultad de hacer pasar la materia narrada del mundo real objetivo al de la fantasía, el mundo mítico. Aun cuando existe literatura crítica suficiente para aceptar que la serie de La Sierpe sirve de matriz para el cuento mencionado, tal pasaje de lo real objetivo a lo mítico no se comprueba en las crónicas de La Sierpe.
El narrador de las crónicas muestra un universo que, a diferencia de lo expresado por Vargas Llosa para el cuento referido, y a diferencia del cuento «Blacamán el bueno, vendedor de milagros», ya existe instalado en el orden mítico de comprensión del mundo. Quizás sea exagerado hablar de un orden mítico del mundo a la manera como lo entiende Nietzsche en El nacimiento de la tragedia ([1872] 2000)12. Creo que, para La Sierpe, se está ante un microcosmos donde lo sobrenatural es orgánico con el orden natural de las cosas. Los regímenes, por un lado, racional, natural y de vigilia, y, por el otro, fantástico, sobrenatural y onírico, se conjugan. Incluso, podría entenderse que ese microcosmos pone en escena un universo simbólico, quizás, inédito en la producción periodística y cuentística garciamarquiana de aquel entonces. En esta perspectiva fundacional y singular, se deben entender las palabras «La Sierpe, un país de leyenda dentro de la costa atlántica de Colombia» (García Márquez, 1985, p. 5). «Un país de leyenda» es una realidad existente a la llegada del narrador-reportero, no es el resultado de una narrativa que arribara a lo legendario. En otras palabras, lo mítico –según Vargas Llosa o Sims– o lo legendario no es un efecto semántico. Al contrario, es una visión de mundo que existe antes de la crónica.
En la primera crónica, «La Marquesita de La Sierpe», no hay ningún enunciado con un acto equivalente a recostar un taburete y, ahora sí, contar los hechos. En el cuento «Los funerales de la Mamá Grande», el narrador es testigo directo de los acontecimientos. En las crónicas de La Sierpe, la leyenda antecede al oficio del cronista. Los hechos preceden a la narración periodística. El tiempo verbal de las crónicas es el presente, pero su referente se ubica en el pasado: «Hace algunos años» (García Márquez, 1985, p. 5) es la primera frase de las crónicas. El presente de la enunciación es, entonces, el tiempo del reporte que hace la crónica13. El presente es el tiempo que habita el cronista y en el que tiene acceso a la leyenda. El presente, solo en apariencia, sería el tiempo de enunciación de la leyenda: «La leyenda dice» (p. 7), «dice la leyenda» y «la leyenda agrega» (p. 8). No obstante esa conjugación verbal, el presente no es la temporalidad simbólica del mito. Esta sería un pasado atemporal. Al respecto, Sims (1978) recuerda de Lévi-Strauss su idea de que el valor del mito es que el específico patrón descrito es atemporal (p. 15). Por lo mismo, el presente simple de la conjugación verbal en «dice la leyenda» es, en realidad, la temporalidad en que el cronista reporta la leyenda.
La crónica de García Márquez a su vez precisa que el presente no es el tiempo de la leyenda. Las coordenadas temporales de esta –como la misma ciénaga serpeña– tienen límites borrosos, que van desde un pasado remoto cuando La Marquesita vivía: «Los más viejos habitantes de La Sierpe oyeron decir a sus abuelos que hace muchos años vivió en la región» (García Márquez, 1985, p. 7), hasta un presente habitado por la idolatría popular –rezagos de la antigua veneración a La Marquesita– y una suerte de interacción carnavalesca con la muerte a la que se le canta «La zafra del dolor profundo». Así que el tiempo de enunciación de la leyenda es, en rigor, arbitrario, borroso o, mejor, distendido. Va desde el pasado del referente hasta que este coincide con el presente de la enunciación.
Para los eventos más contemporáneos referidos por la crónica, la conjugación verbal es el presente perfecto, cuyo pasado alcanza el presente: «La idolatría ha adquirido en La Sierpe un extraordinario prestigio» (p. 15, énfasis mío). Aquel presente de los pobladores de La Sierpe, ubicable a inicios de la década de los cincuenta, se extiende al siglo xxi. La leyenda sigue viva: las peregrinaciones en San Benito Abad (departamento de Sucre) –zona de influencia de la Ciénaga Grande, para adorar a un Cristo negro llamado Milagroso de la Villa– dan fe de esa actualidad. En la procesión de 2008, asistieron cerca de tres mil creyentes, y José Chadid, sacerdote de la Villa de San Benito, afirmó que en la procesión anual «es donde se escucha que Dios se salió de la Biblia» (Martínez, 9 de marzo de 2008). La crónica, una vez más, contiene a la leyenda. Los eventos fabulosos se hacen comunicables y entendibles al lector gracias a la crónica. De alguna manera, la crónica historiza la leyenda: la organiza en un orden cronológico que va desde el pasado arcaico hasta el presente del muerto alegre.



