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Empecé a darle vueltas, y tenía razón. Si hago eso, si lo hacemos, si tenemos líderes que puedan hacerlo, el mundo cambiará por completo. La próxima vez que se te dirijan con desprecio, puedes demostrar verdadera fortaleza respondiendo con afecto.
Cada uno de nosotros va a tener la oportunidad de responder al desprecio ajeno en las redes sociales o en persona. Así pues, ¿vais a hacer lo que es debido para que el mundo sea un poco mejor: mostraréis vuestra fortaleza y trataréis de convertir a vuestros enemigos en amigos? ¿O vais a empeorar el problema? Ésa es una pregunta que cada uno de nosotros tendrá que responder probablemente en las próximas veinticuatro horas.
En el siguiente capítulo, regresaré a esa conversación con el dalái lama, pero aquí quiero contar otra cosa sobre el vídeo de un minuto: recibió once millones de visitas en Internet. Ya ves, no soy un famoso ni el presidente de los Estados Unidos. Soy un tipo de cincuenta y cuatro años que dirige un laboratorio de ideas y que daba una conferencia en Harvard. Once millones de visitas es un montón.
Gracias a esos dos vídeos, pude hacer un estudio de mercado en condiciones: una muestra de 68 millones de espectadores indica que la cultura del desprecio no es lo que millones de nosotros queremos. Me di cuenta de que podíamos luchar contra esa cultura; bastaba con saber el modo.
Y así nació este libro.
Puede dar la impresión de que éste es otro de esos libros que piden más cortesía en el discurso político y mayor tolerancia para con las opiniones distintas. No lo es. Esos objetivos son demasiado poco ambiciosos. ¿No te lo crees? Dile a la gente: «Mi pareja y yo somos muy corteses el uno con el otro», y te dirán que os busquéis un asesor matrimonial. O diles: «Mis compañeros de trabajo me toleran», y te preguntarán cómo te va en tu búsqueda de otro empleo.
Quiero algo más radical y subversivo que la cortesía y la tolerancia, algo que corresponda a los designios de mi corazón, a la primera palabra del título de este libro: amor. Y no sólo dispensado a los amigos y los que están de acuerdo conmigo, sino también a los que discrepan de mí.
Tal vez amor te suene cursi, como si yo fuera una especie de hippie (una acusación no sin fundamento), o te parezca un ideal filosófico imposible. El problema con el amor no es el concepto en sí, sino su definición devaluada en nuestro discurso popular. En la actualidad, la gente suele definir el amor como una emoción, un sentimiento intenso, que no puede servir de base sólida para un programa de renovación nacional. Cuando hablo de amor en este libro, no me refiero a algo difuso y sentimental, sino concreto y estimulante. En su Suma teológica, santo Tomás de Aquino dijo: «Amar es querer el bien del otro».10 El filósofo moderno Michael Novak afina aún más la idea con el añadido de cuatro palabras: «Amar es querer el bien del otro en cuanto que otro» (la cursiva es mía).11 Y agrega: «El amor no es sentimental, ni se duerme en fantasías, sino que permanece despierto, alerta y listo para seguir la realidad. Persigue lo real como los pulmones anhelan el aire». Exactamente. Cuando propongo que el amor nos sirva de guía, pido que escuchemos nuestros corazones, por supuesto. Pero también que pensemos con claridad, examinemos los hechos y hagamos cosas difíciles cuando sea preciso para que podamos animar a la gente y unirla de verdad.
Así que el amor no es algo blandengue ni ñoño. Pero ¿amar a quién? Amar a los amigos es fácil. ¿Amar a los desconocidos? Factible. Pero ¿amar a tus enemigos? Tal vez te parezca imposible. Quizás digas: «Hay personas que se sitúan más allá de lo admisible. Existen millones de personas malísimas en este país que defienden ideas que no podemos tolerar. ¡Merecen nuestro desprecio, no nuestro amor!». He oído expresar este sentimiento a periodistas serios, académicos respetados y políticos convencionales. Yo mismo lo he pensado.
Pero esa actitud es errónea y además peligrosamente radical. Quien sea incapaz de distinguir entre un partidario común de Bernie Sanders y un revolucionario estalinista, o entre el votante promedio de Donald Trump y un nazi, demuestra una ignorancia intencionada o necesita salir de casa más a menudo. Hoy en día, nuestro discurso público atribuye de forma escandalosamente exagerada ideologías históricamente asesinas a las decenas de millones de estadounidenses de a pie con los que discrepamos rotundamente. El hecho de que no estés de acuerdo con algo no significa que ese algo sea una incitación al odio ni que la persona que lo diga sea un degenerado.
Además, este desprecio se basa en la premisa equivocada de que no podemos tener puntos en común con los demás, de modo que no hay razón para no polarizar con los insultos. Pensemos en Hawk y Tommy. Si fueras un conservador convencido y vieras a Hawk con el puño levantado al principio del mitin, ¿no te parecería que es un revolucionario radical de la peor calaña, indigno de consideración? Si fueras un progresista convencido, ¿qué pensarías de Tommy y de los demás manifestantes de grupos como Moteros a favor de Trump? ¿Pensarías que son individuos incapaces de razonar? Y, sin embargo, gracias a una afortunada exhibición de integridad, mira lo que pasó.
Vale, dirás, pero ¿y los malos bichos que sí son estalinistas y nazis? Se trata de marginales que predican teorías de la conspiración, el odio y el racismo, a lo que en circunstancias ordinarias considerarían un puñado de chalados, pero que, en el clima actual de desprecio, captan la atención del público. Algunos lo hacen con su propio nombre; otros desde el anonimato. ¿Qué hacemos con ellos?
Empecemos con los troles de las redes sociales. Tengo un montón de odiadores en Twitter, tanto de izquierdas como de derechas. Casi siempre son anónimos, y muchos, sin duda, ni siquiera son personas reales, sino bots que generan contenido polémico. En este libro defiendo repetidamente que no hay que permanecer en el anonimato ni relacionarse con interlocutores anónimos. Relacionarse con amor es tarea de humanos, y para ello es preciso que seamos y tratemos con personas reales, no con mensajes incorpóreos.
¿Y la gente que dice estas cosas abiertamente? Se suele decir que, si luchas con un cerdo, acabas cubierto de barro y al cerdo le gusta. Pero ignorar a los voceros del odio es un error. Si lo hacemos, sus ideas no se verán cuestionadas por personas de buena voluntad. ¿Y si las ideas en cuestión son realmente dignas de desprecio? Recuerda que pueden serlo las ideas, pero nunca las personas. Hay que rechazar sus opiniones con firmeza, concisión y respeto.
Por último, existe una razón práctica, aunque egoísta, para evitar el desprecio, incluso hacia aquellos con los que no estás de acuerdo: es horrible para uno mismo. Verás en este libro que el desprecio te hace infeliz, tóxico y poco atractivo incluso para quienes están de acuerdo contigo. El odio a los demás está asociado con la depresión. El desprecio arruina las relaciones y perjudica la salud. Es un vicio peligroso, como fumar o beber sin moderación.
Mi idea es muy simple: puede que el amor y el afecto no consigan cambiar el corazón y la mente de todo el mundo, pero siempre vale la pena emplearlos, y siempre te harán sentir mejor. Deberían ser nuestra actitud por defecto.
Esto es más fácil de decir que de hacer, por supuesto. Mucha gente no lo lleva «incorporado de fábrica», sobre todo cuando casi toda nuestra cultura presiona en sentido contrario. Por eso he escrito este libro, para enseñarte a hacerlo. En él, encontrarás datos procedentes de las últimas investigaciones en neurociencia, sociología, historia y filosofía. Conocerás a los líderes más visionarios de la política, los negocios, los medios de comunicación y el mundo académico. Demostraré que, sin una molécula de moderación blandengue, la gente puede convertirse no sólo en firmes defensores de sus ideas, sino en sanadores de su comunidad. Verás por qué el modelo actual de liderazgo despectivo es una apuesta perdedora a largo plazo, así como por qué otra clase de discrepancia, y no la supresión de la misma, es la clave para una mayor armonía.
«Vale –dirás–, pero yo no soy ni político ni ejecutivo.» Tommy y Hawk tampoco. Son estadounidenses normales y corrientes. Son los ciudadanos de a pie que actúan como líderes los que más importan en la batalla contra la cultura del desprecio. Mira, queramos o no admitirlo, el desprecio político y la división son lo que los economistas llaman un fenómeno impulsado por la demanda. Los proveedores son los famosos, pero los ciudadanos corrientes son los que crean el mercado. Es como las metanfetaminas: las personas que las fabrican y venden hacen algo espantoso, que no deberían hacer, pero no es nada extraño: se puede ganar mucho dinero con el negocio. (Más adelante, por cierto, verás que esta comparación no está traída por los pelos: la adicción a las drogas y al desprecio son parecidas desde el punto de vista neurológico.)
Todo esto significa que no podemos esperar a que nuestros líderes cambien: necesitamos liderar la rebelión nosotros mismos. Si bien no podemos cambiar el país nosotros solos, sí podemos cambiar nuestra forma de ser. Desvinculándonos del resentimiento que azota a nuestra nación, cada uno de nosotros puede aportar su grano de arena a una mayor armonía nacional, y de paso, ser más feliz.
La historia de Hawk y Tommy es una metáfora de los Estados Unidos, espero. Los acontecimientos de ese día comenzaron con desprecio pero terminaron con afecto. Dos grupos que difícilmente podrían ser más diferentes superaron su mutuo desdén y, sin llegar a un acuerdo político, encontraron una causa común en su humanidad compartida y en su deseo de una vida de libertad y felicidad.
El propósito de este libro es sencillo: ayudar a una América que actualmente parece el comienzo de la Madre de Todos los Mítines a llegar a un punto que se parezca más al final del mitin. En lugar de lograr la armonía por casualidad, como pareció suceder ese día en el mitin en Washington, espero que este libro nos ayude a todos y cada uno de nosotros a alcanzarla a propósito.
Así que si estás dispuesto a rebelarte conmigo contra la cultura del desprecio, si ansías un país en el que la gente pueda discrepar sin amargura ni odio, si quieres subvertir el poder de los predicadores del odio, entonces he escrito este libro para ti.
Y si por alguna razón no estás de acuerdo en que nuestro discurso nacional se halla en grave crisis, también lo he escrito para ti. Si lees el libro, cabe la posibilidad de que cambies de opinión sobre lo que es mejor para ti y para el país. Además, estoy convencido de que, si sigues las ideas y las reglas de este libro, serás una persona más feliz, más sana y más convincente.
Este libro no pretende cambiar tus ideas políticas. Tengo opiniones muy firmes y seguramente tú también. Lo más probable es que no estemos de acuerdo en algunas cosas. La idea de este libro no es que debas cambiar tus opiniones políticas, sino que precisamente necesito que discrepes de mí porque la discrepancia –bien entendida– fortalece a nuestro país.
Para superar la cultura del desprecio hace falta algo más que cantar el «Kumbayá» a coro y otros cientos de clichés. Construir una verdadera armonía frente a la diferencia y el desacuerdo es una labor ardua. Los estadounidenses tendrán que estar dispuestos, como Hawk y Tommy, a compartir escenario –a veces literalmente– con las personas que se sitúan en el extremo opuesto del espectro político. Sin embargo, equipados con una nueva perspectiva de nuestra cultura, un mejor enfoque del liderazgo, las herramientas de comunicación adecuadas y una buena dosis de coraje, podemos superar las divisiones políticas que han proliferado en todo el país en los últimos años.
¿Nos ganaremos todas las voluntades? Por supuesto que no. Nada podría conquistar al ciento por ciento de la población. Pero creo que la mayoría de los estadounidenses aman al país y se aman los unos a los otros. Sólo tenemos que construir un movimiento y una cultura en torno a estas verdades.
Empecemos.
1. Laura Paisley, «Political Polarization at Its Worst since the Civil War», USC News, 8 de noviembre de 2016, https://news.usc.edu/110124/political-polarization-at-its-worst-since-the-civil-war-2/.
2. John Whitesides, «From Disputes to a Breakup: Wounds Still Raw after U.S. Election», Reuters, 7 de febrero de 2017, https://www.reuters.com/article/us-usa-trump-relationships-insight/from-disputes-to-a-breakup-wounds-still-raw-after-u-s-election-idUSKBN15M13L.
3. Justin McCarthy, «Small Majority in U.S. Say the Country’s Best Days Are Ahead», Gallup, 3 de julio de 2018, https://news.gallup.com/poll/236447/small-majority-say-country-best-days-ahead.aspx.
4. «Study: Voters Frustrated That Their Voices Are Not Heard», Congressional Institute, 3 de febrero de 2017, https://www.conginst.org/2017/02/03/study-voters-frustrated-that-their-voices-are-not-heard.
5. Chauncey Alcorn, «Speaking at a Trump Rally Made this BLM Activist an Outcast», VICE, 19 de octubre de 2017, https://www.vice.com/en_us/article/wjx9m4/speaking-at-a-trump-rally-made-this-blm-activist-an-outcast.
6. «Interview with Mother of All Rallies Organizer Tommy Hodges a.k.a. Tommy Gunn», vídeo de YouTube, 16 de septiembre de 2017, https://www.youtube.com/watch?v=9PFhZMvuBHo.
7. Warren D. TenHouten, Emotion and Reason: Mind, Brain y the Social Domains of Work and Love, Nueva York, Routledge, 2013, p. 18.
8. Arthur Schopenhauer, The Horrors and Absurdities of Religion: Mankind Is Growing Out of Religion as Out of Its Childhood Clothes, trad. de R.J. Hollingdale, Nueva York, Penguin, 1970, «On Religion: A Dialogue», n.° 11.
9. «Contempt», Encyclopedia of World Problems and Human Potential, 17 de junio de 2018, http://encyclopedia.uia.org/en/problem/139329.
10. Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, cuestión 26, artículo 4. Suele traducirse por «Amar es querer el bien para alguien».
11. Michael Novak, «Caritas and Economics», First Things, 6 de julio de 2009, https://www.firstthings.com/web-exclusives/2009/07/caritas-and-economics.
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La cultura del desprecio
Corría el año 2006. Yo era profesor en la Universidad de Syracuse y acababa de publicar mi primer libro comercial, Who Really Cares (‘A quién le importa de veras’), que trataba el tema de los donativos, de las personas que más dan a obras de caridad en Estados Unidos, desglosadas por categorías, como la política y la religión.
Parece un libro de esos que te mantienen en vilo, ¿no? Francamente, no esperaba que llamara mucho la atención. Me habría conformado con vender dos mil ejemplares. ¿Por qué? Mis publicaciones anteriores habían sido sobre todo artículos densos en revistas académicas con títulos tan apasionantes como «Genetic Algorithms and Public Economics» (‘Algoritmos genéticos y economía pública) y «Contingent Valuation and the Winner’s Curse in Internet Art Auctions» (‘La valoración contingente y la maldición del ganador en las subastas de arte en Internet’). Who Really Cares era algo más interesante, pero no mucho. Publiqué el libro y esperé a que no sonara el teléfono.
Pero sonó. Y volvió a sonar. Como sucede a veces con los libros académicos, sintonizó de manera perfecta con el ambiente del momento. Por la razón que sea, que algunas personas donaran mucho dinero para obras benéficas y otras no era una bomba informativa, y mi libro parecía explicar el porqué. Unas cuantas personas famosas hablaron de él, y antes de que me diera cuenta, salí en la televisión y empezaron a venderse cientos de ejemplares de mi libro al día.
Lo que me resultó más extraño fue que empezaran a abordarme perfectos desconocidos. Pronto me acostumbré a los correos electrónicos de personas que no conocía de nada, que me contaban detalles íntimos de sus vidas, porque, como pude comprobar, cuando la gente lee un libro que has escrito, cree que te conoce. Más aún: si no les gusta el libro, no les gustas tú.
Una tarde, al cabo de un par de semanas de la publicación del libro, recibí un correo electrónico de un señor de Texas que decía: «Querido profesor Brooks: Es usted un farsante». Empezaba fuerte, pero mi corresponsal texano no se detenía ahí. Su correo electrónico, de unas cinco mil palabras de extensión, criticaba en detalle todos los capítulos del libro y me informaba de mis numerosos fallos como investigador y como persona. Tardé veinte minutos en leer de cabo a rabo su diatriba.
Vale, ahora ponte en mi lugar. Llegado a este punto, ¿tú qué harías? Tienes tres opciones:
Opción 1. Ignorarlo. Es un tipo de tantos, ¿no? ¿Por qué voy a perder mi precioso tiempo con él, aunque él haya desperdiciado el suyo despotricando contra mi libro, del derecho y del revés?
Opción 2. Insultarlo. Decirle: «Anda y piérdete, tío. ¿No tienes nada mejor que hacer que meterte con un desconocido?».
Opción 3. Machacarlo. Elegir tres o cuatro de sus errores más evidentes y estúpidos y echárselos en cara, añadiendo: «Oye, atontado, si no sabes de economía, mejor no hagas el ridículo delante de un economista profesional».
Cada vez más, estas tres alternativas (o una combinación de ellas) son las únicas que creemos tener a nuestra disposición en los conflictos ideológicos actuales. Pocas opciones adicionales nos vienen a la mente cuando nos enfrentamos a un desacuerdo. Y fíjate que todas parten de un denominador común: el desprecio. Todas ellas expresan la idea de que mi interlocutor no merece consideración.
Cada una de estas opciones provocará una respuesta distinta, pero lo que todas tienen en común es que excluyen la posibilidad de una discusión productiva. En el fondo, lo que garantizan es una enemistad permanente. Puede que digas: «Ha empezado él». Cierto, aunque también podrías decir que empecé yo cuando escribí el libro. Sea como sea, al igual que la respuesta «ha empezado él» siempre me fue indiferente cuando mis hijos eran pequeños y se peleaban en el asiento trasero del coche, tampoco tiene fuerza moral en este caso, cuando nuestro objetivo es destruir la cultura del desprecio.
Más tarde, te diré cuál de las tres opciones –ignorarlo, insultarlo o machacarlo– elegí al responder a mi corresponsal texano. Pero antes, tenemos que hacer un viaje a través de la ciencia y la filosofía del desprecio.
En 2014, investigadores de la Universidad Northwestern, Boston College y la Universidad de Melbourne publicaron un artículo en Proceedings of the National Academy of Sciences, una prestigiosa revista académica.12 El tema era el conflicto humano debido a la «asimetría en la atribución de motivos»: el hecho de asumir que tu ideología se basa en el amor, mientras que la ideología de tu oponente se basa en el odio.
Los investigadores descubrieron que la mayoría de los republicanos y demócratas sufren hoy en día de un nivel de asimetría en la atribución de motivos comparable al de palestinos e israelíes. En ambos casos, las dos partes piensan que las impulsa la benevolencia, mientras que la parte contraria es malvada y actúa motivada por el odio. Por eso ninguna de las partes está dispuesta a negociar o transigir. Los autores del estudio concluyeron que «el conflicto político entre los demócratas y republicanos estadounidenses y el conflicto etnorreligioso entre israelíes y palestinos parecen insolubles, pese a la existencia de soluciones de compromiso razonables en ambos casos».
Piensa en lo que esto significa: hemos llegado al punto de que lograr un acuerdo bipartito, en temas que van desde la inmigración hasta las armas, pasando por la confirmación del nombramiento de un juez del Tribunal Supremo, es tan difícil como alcanzar la paz en Oriente Medio. Puede que no ejerzamos la violencia a diario entre nosotros, pero no podemos progresar como sociedad cuando ambas partes creen que actúan motivadas por el amor, mientras que la parte contraria actúa motivada por el odio.
La gente suele decir que el término más adecuado para describir el momento actual es «ira». Ojalá fuera cierto, porque la ira tiende a autolimitarse. Es una emoción que surge cuando queremos cambiar el comportamiento de alguien y creemos que podemos lograrlo. Aunque la ira se perciba a menudo como una emoción negativa, los estudios demuestran que su verdadero objetivo social no es ahuyentar a los demás, sino eliminar los elementos problemáticos de una relación y unir a las personas.13 Lo creas o no, no hay datos que corroboren la relación de la ira en el matrimonio con las separaciones o los divorcios.14
Piensa en una discusión que hayas tenido con un amigo íntimo, un hermano o tu pareja. Si estabas molesto y te enojaste, ¿fue porque pretendías expulsar a esa persona de tu vida? ¿Creíste que esa persona actuaba motivada por el odio hacia ti? Por supuesto que no. Dejando a un lado que la ira sea la estrategia más adecuada, nos enojamos porque reconocemos que las cosas no son como deberían ser, queremos corregirlas y creemos que podemos lograrlo.
La asimetría en la atribución de motivos no conduce a la ira, porque no hace que desees arreglar la relación. Creer que tu enemigo actúa motivado por el odio provoca algo mucho peor: el desprecio. Mientras que la ira pretende atraer a alguien al redil, el desprecio pretende expulsarlo. Procura burlarse del otro, avergonzarlo y excluirlo permanentemente de toda relación mediante el menosprecio, la humillación y el ninguneo. Así que mientras la ira dice: «Esto me importa», el desprecio dice: «Me das asco. No mereces que me preocupe por ti».
Una vez le pregunté a un amigo psicólogo sobre la raíz de los conflictos violentos. Me dijo que era «el desprecio mal disimulado». Lo que te hace violento es la percepción de que te desprecian, algo que desgarra familias, comunidades y naciones enteras. Si quieres ganarte un enemigo de por vida, demuéstrale desprecio.
El poder destructivo del desprecio está bien documentado en las obras del famoso psicólogo social y experto en relaciones John Gottman. Es profesor desde hace mucho tiempo de la Universidad de Washington en Seattle y cofundador junto con su esposa, Julie Schwartz Gottman, del Instituto Gottman, que se dedica a mejorar las relaciones. A lo largo de su carrera, Gottman ha estudiado a miles de parejas casadas. Suele pedir a cada pareja que cuente su historia –cómo se conocieron y cortejaron, sus altibajos como pareja y cómo ha cambiado su matrimonio con los años– antes de que discutan asuntos polémicos.
Después de ver a una pareja interactuar durante sólo una hora, puede predecir con una precisión del 94 por ciento si esa pareja se divorciará antes de tres años.15 ¿Cómo puede saberlo? No es por la ira que expresan las parejas. Gottman confirma que la ira no predice la separación o el divorcio.16 Las señales de alerta, explica, son los indicadores de desprecio, incluidos el sarcasmo, las burlas, el humor hostil y, lo peor de todo, poner los ojos en blanco. Estas acciones puntuales, en la práctica, dicen «No vales nada» a la persona a la que debes amar más que a cualquier otra. ¿Quieres saber si una pareja terminará en el juzgado? Obsérvalos discutir un tema polémico y fíjate en si alguno de los cónyuges pone los ojos en blanco.
«¿Qué tiene que ver todo esto con la política estadounidense?», le pregunté, a lo que Gottman –una persona alegre y feliz– respondió en tono pesimista:
En este país se ha denigrado el respeto en el diálogo. Siempre es «nosotros contra ellos». […] Vemos que los republicanos piensan que son mejores que los demócratas, los demócratas piensan que son mejores que los republicanos, la gente de la costa piensa que es mejor que la gente del interior. Suma y sigue, y creo que eso nos está haciendo mucho daño. Este «nosotros contra ellos» hace que nuestra corteza prefrontal medial –la parte del cerebro situada entre los ojos– no reaccione con comprensión y compasión. Y eso no es algo propio de nuestro país.
La pandemia del desprecio en asuntos políticos impide a las personas con opiniones opuestas trabajar juntas. Ve a YouTube y mira los debates presidenciales de 2016: son obras maestras del desdén, el sarcasmo y el escarnio. O, ya puestos, fíjate en cómo hablan los políticos de todos los niveles acerca de sus rivales en las elecciones, o de los miembros del otro partido. Describen cada vez más a menudo a personas indignas de cualquier tipo de consideración, sin ideas u opiniones legítimas. ¿Y las redes sociales? En cualquier tema polémico, estas plataformas son generadores de desprecio.




