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Desde luego, todo esto es contraproducente en una nación en la que los rivales políticos también deben ser colaboradores. ¿Acaso es probable que quieras cooperar con alguien que te ha calificado en público de tonto o de delincuente? ¿Llegarías a acuerdos con alguien que dijera públicamente que eres un corrupto? ¿Y te harías amigo de alguien que dijese que tus opiniones son estúpidas? ¿Por qué deberías estar dispuesto a pactar con una persona así? Puedes solucionar tus problemas con alguien con quien no estés de acuerdo, aunque dicho desacuerdo se manifieste de forma airada, pero no puedes llegar a una solución con alguien que te desprecie o por quien tú sientas desprecio.
El desprecio no es práctico y es malo para un país que depende de que la gente colabore en la política, las comunidades y la economía. A menos que esperemos convertirnos en un Estado de partido único, no podemos permitirnos despreciar a nuestros compatriotas estadounidenses que sencillamente no estén de acuerdo con nosotros.
El desprecio tampoco está moralmente justificado. La gran mayoría de los estadounidenses situados al otro lado de la frontera ideológica no son terroristas o criminales. Son personas como nosotros que da la casualidad de que ven de manera distinta ciertos temas polémicos. Cuando tratamos a nuestros compatriotas como enemigos, perdemos amistades y, por lo tanto, amor y felicidad. Eso es exactamente lo que está pasando. Ya he citado una encuesta que muestra que una sexta parte de los estadounidenses ha dejado de hablarse con un pariente o amigo íntimo por culpa de las elecciones de 2016. La gente ha cortado relaciones estrechas, que son nuestra fuente más importante de felicidad, por culpa de la política.
Un caso particularmente triste se produjo durante la campaña de las elecciones de mitad de mandato de 2018, cuando seis hermanos de un congresista que se presentaba a la reelección participaron en un anuncio televisivo a favor de su contrincante.17 Una hermana lo calificó de racista, mientras que un hermano declaró: «No parece estar bien». Otro cuestionó los motivos de su actuación política, diciendo que sus opiniones en materia de normativa legal se basaban en el dinero que le pagara la industria. ¿Cuál fue la reacción pública del congresista? Decir de sus hermanos: «Son consanguíneos míos, pero al igual que los izquierdistas de todo el mundo, anteponen la ideología política a la familia. Stalin estaría orgulloso de ellos».18
En 1960, solo el 5 por ciento de los estadounidenses afirmaba que les disgustaría que su hijo o hija se casara con alguien de otro partido político. En 2010, la cifra ya era del 40 por ciento, y sin duda ha aumentado desde entonces.19 Nos hemos alejado mucho de la admonición de Thomas Jefferson de que nunca se debe permitir que las «diferencias políticas se entrometan en las relaciones sociales o perturben las amistades, las organizaciones benéficas o la justicia».20
Gottman define el desprecio como «ácido sulfúrico para el amor». Pero no se limita a desestabilizar nuestras relaciones y nuestra política, sino que, según Gottman, también causa una degradación completa de nuestro sistema inmunológico. Menoscaba la autoestima, altera el comportamiento e incluso perjudica el procesamiento cognitivo.21 Según la Asociación Estadounidense de Psicología, el sentimiento de rechazo, que experimentamos tan a menudo cuando nos han tratado con desprecio, aumenta «la ansiedad, la depresión, los celos y la tristeza» y «reduce el rendimiento en tareas intelectuales difíciles».22 Ser tratado con desprecio provoca un desgaste físico objetivo. Quienes se sienten excluidos habitualmente «tienen peor calidad de sueño y su sistema inmunológico no funciona tan bien» como las personas a las que no tratan con desdén.23
Igual de importante: el desprecio no sólo es perjudicial para la persona maltratada, sino que también lo es para quien desprecia, porque tratar a los demás con desprecio nos hace segregar dos hormonas del estrés, el cortisol y la adrenalina. Las consecuencias de segregar constantemente estas hormonas –el equivalente a vivir bajo un estrés significativo y constante– son tremendas. Gottman señala que las personas que viven en pareja que se pelean constantemente mueren veinte años antes, por término medio, que las que buscan constantemente la comprensión mutua. Nuestro desprecio es indiscutiblemente desastroso para nosotros, por no hablar de las personas a las que tratamos con desprecio.
En realidad, el desprecio no es verdaderamente lo que queremos. ¿Que cómo lo sé? Para empezar, eso es lo que oigo a todas horas y todos los días. Viajo constantemente, y por mi trabajo hablo de política. No pasa un solo día en el que alguien no se queje de que nos estamos desmoronando como país porque somos incapaces de expresar de forma respetuosa nuestras opiniones políticas como adultos civilizados. La gente está agotada.
Eso es exactamente lo que Tim Dixon, cofundador de la organización More in Common (‘Más en Común’), llama la «mayoría agotada»: estadounidenses que están hartos del conflicto constante e inquietos por el futuro del país. En un estudio pionero sobre las actitudes políticas en los Estados Unidos, Dixon descubrió que el 93 por ciento de los estadounidenses se declaraban cansados de lo divididos que estamos como país; el 71 por ciento estaba «muy de acuerdo» con esta afirmación. La gran mayoría dice en privado que cree en la importancia del compromiso, rechaza el radicalismo de los sectores extremistas de ambos partidos y no les mueve la lealtad a un partido.24
Existen muchas más pruebas que corroboran la afirmación de Dixon de que a la mayoría de los estadounidenses no les gusta la cultura del desprecio. Una encuesta de 2017 realizada por el Washington Post y la Universidad de Maryland preguntaba: «¿Cree que los problemas en la política de los Estados Unidos en este momento son similares a la mayoría de los períodos de desacuerdo partidista o cree que los problemas han llegado a un extremo peligroso?». El 71 por ciento de los encuestados eligió esta última opción.25 Casi dos tercios de los estadounidenses dicen que el futuro del país es una fuente de estrés muy o bastante importante, una cifra mayor que el porcentaje que dice sentirse estresado por motivos económicos o por el trabajo.26 Aún más desconcertante es que el 60 por ciento de los estadounidenses considerase que nuestro momento político actual es el punto más bajo de la historia de los Estados Unidos que ellos recuerden; una cifra, señala la Asociación Estadounidense de Psicólogos, que se da «en todas las generaciones, incluidas las que vivieron la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Vietnam, la crisis de los misiles cubanos y los ataques terroristas del 11 de septiembre».27 Más del 70 por ciento de los estadounidenses cree que el país sufrirá graves daños si los partidos rivales no colaboran.28
Esto desafía la creencia de que los Estados Unidos están divididos entre dos grandes grupos hiperpartidistas que pretenden derrotar a los del otro bando. Al contrario, la mayoría de los encuestados presentan opiniones bastante matizadas que no encajan claramente en un campo ideológico concreto. Por no citar más que un ejemplo, la «mayoría agotada» de Dixon se muestra significativamente más propensa que la minoría altamente partidista a creer que el discurso del odio en los Estados Unidos es un problema, pero que el lenguaje políticamente correcto también lo es. En otras palabras, esta mayoría quiere que nuestro país se ocupe de lo primero, pero no recurriendo a lo segundo.
Quizás creas que, llegados a este punto, sea pertinente que te dé algunas explicaciones. Por un lado, afirmo que nuestra cultura, sobre todo nuestra cultura política, rezuma desprecio. Por el otro, sostengo que eso no es lo que deseamos una gran mayoría. Pero, en una democracia y un mercado libre, ¿acaso no obtenemos lo que deseamos?
Sí y no. En muchos casos, la gente demanda algo que detesta. ¿Conoces a alguien que tenga problemas con la bebida? Cada mañana se reprende por su falta de autocontrol y decide que esa noche no beberá. Pero llegado el momento, ansioso y sediento, dice: «Mañana lo dejo». De forma parecida, la mayoría de los fumadores dicen que no desean fumar, pero continúan voluntariamente, malgastando dinero y destrozándose la salud.
¿Qué ocurre? La respuesta, claro, es la adicción, que nubla nuestra capacidad de tomar decisiones en beneficio propio a largo plazo. Personalmente, soy muy goloso. Sé perfectamente que debería eliminar el azúcar refinado de mi dieta. Quiero dejar los dulces, pero también sé que esta noche, alrededor de las ocho, me rendiré y me zamparé unas Oreo. (La culpa es de mi mujer, por comprarlas.) Es probable que tengas alguna debilidad, algo que te proporciona satisfacción inmediata aunque luego no lo desees a largo plazo. Puede que sea una relación que eres incapaz de cortar, o que seas aficionado al juego que te compres ropa demasiado cara.
Los economistas han situado la demanda de cosas adictivas en una categoría especial. Constatan que tomamos decisiones que distan mucho de ser óptimas a largo plazo porque romper el hábito nos resulta demasiado doloroso a corto plazo. Por lo tanto, aunque en realidad no queramos beber, aplazamos la incomodidad de dejarlo un día tras otro.
Los Estados Unidos son adictos al desprecio político. Mientras que la mayoría de nosotros odiamos lo que el desprecio le está haciendo a nuestro país y nos preocupa cómo erosiona nuestra cultura a largo plazo, muchos seguimos consumiendo compulsivamente el equivalente ideológico de las metanfetaminas que nos proporcionan cargos electos, académicos, artistas y algunos medios de comunicación. Millones de personas se entregan activamente a su adicción participando en el ciclo de desprecio con su forma de tratar a los demás, sobre todo en las redes sociales. Nos gustaría que nuestros debates nacionales fueran vigorizantes y sustanciosos, pero tenemos un afán insaciable de insultar a los del otro bando. Por mucho que sepamos que debemos ignorar al desagradable columnista, apagar la tele cuando sale un bocazas y dejar de revisar nuestros feeds de Twitter, cedemos a nuestro impulso culpable de escuchar a los que confirman nuestros prejuicios de que los otros no sólo se equivocan, sino que son estúpidos y malvados.
Somos responsables de nuestra adicción al desprecio, por supuesto, al igual que los adictos a las metanfetaminas son responsables en última instancia de su adicción, pero también están nuestros camellos, los traficantes de metanfetamina política. Conocedores de nuestra debilidad, los líderes de izquierda y derecha buscan el poder y la fama enfrentando a estadounidenses contra estadounidenses, hermano contra hermano, compatriota contra compatriota. Estos líderes afirman que debemos elegir un bando, y luego argumentan que el otro bando es malvado –indigno de consideración–, en lugar de retarnos a que escuchemos a los demás con amabilidad y respeto. Fomentan una cultura de desprecio.
Hay un «complejo industrial de la indignación» en los medios estadounidenses de hoy que se beneficia generosamente de nuestra adicción al desprecio. Todo empieza por atender a un solo sector del espectro ideológico. Líderes y medios de comunicación de izquierda y derecha mantienen a sus audiencias enganchadas al desprecio diciéndoles lo que quieren oír, vendiendo un relato de enfrentamiento y pintando burdas caricaturas del bando opuesto. Nos reafirman en nuestras creencias y a la vez confirman nuestros peores prejuicios acerca de quienes discrepan de nosotros, a saber, que son estúpidos, malvados y que no se merecen que les demos ni los buenos días.
En la batalla por la atención pública, las élites de la derecha y de la izquierda describen cada vez más nuestros desacuerdos políticos como una lucha apocalíptica entre el bien y el mal, comparando al otro bando con animales y utilizando metáforas propias del terrorismo. Abre tu periódico favorito o zapea por la televisión por cable en horario de máxima audiencia y encontrarás un ejemplo tras otro de esta tendencia. ¿Cuál es el resultado de que la retórica exagerada se convierta en algo habitual? Una cultura del desprecio cada vez más arraigada, una amenaza creciente de violencia real y, por supuesto, beneficios de récord. Veías Breaking Bad, ¿no? También la metanfetamina es de lo más rentable.
Las redes sociales intensifican nuestra adicción al permitirnos filtrar las noticias y opiniones con las que no estamos de acuerdo, destilando así la droga del desprecio. Según la Institución Brookings, el usuario medio de Facebook tiene cinco amigos políticamente afines por cada amigo del otro lado del espectro político.29 Investigadores de la Universidad de Georgia han demostrado que es poco probable que los usuarios de Twitter estén expuestos a contenidos ideológicos cruzados porque los usuarios a los que siguen son políticamente homogéneos.30 Incluso en el mundo de las app de contactos, los académicos han descubierto que la gente se autoclasifica en función de su ideología política.31 Estas empresas nos ofrecen plataformas para crear circuitos de retroalimentación en los que sólo estamos expuestos a quienes piensan de forma parecida, y en los que la gente puede esconderse bajo la capa del anonimato para verter comentarios odiosos y vitriólicos.
El confinamiento en un «silo ideológico» significa que dejamos de interactuar por completo con quienes sostienen puntos de vista opuestos. Las encuestas indican que la mayoría de los republicanos y demócratas tienen «sólo unos pocos» o ningún amigo que sea militante del otro partido.32 Por el contrario, sólo el 14 por ciento de los republicanos y el 9 por ciento de los demócratas tienen «muchos» amigos íntimos del partido rival.33 Los resultados de no conocer a personas con puntos de vista opuestos y verlas sólo a través del prisma de los medios de comunicación hostiles son predecibles. Hoy en día, el 55 por ciento de los demócratas tiene una opinión «muy desfavorable» de los republicanos, y el 58 por ciento de los republicanos tiene idéntica opinión de los demócratas, unas cifras que triplican las de 1994.34
Tenemos indicios de que, cuanto menos expuestos estamos a puntos de vista opuestos, menos competentes como personas racionales nos volvemos. El ensayista David Blankenhorn ha notado un aumento de varias formas de pensamiento político débil en la última década,35 entre las que destacan las siguientes: las opiniones binarias extremas («Yo tengo toda la razón, o sea que tú estás del todo equivocado»); considerar que toda duda es un signo de debilidad; los razonamientos motivados (buscar sólo argumentos o datos que apoyen nuestras opiniones; algo que resulta más fácil cuando te dedicas a filtrar previamente las noticias que recibes y tu presencia en las redes sociales); los argumentos ad hominem («Tus ideas responden a motivos egoístas e inmorales»); y la negativa a estar de acuerdo en la realidad de los hechos («Tus noticias son falsas»).
La estructura de la política de partidos fomenta asimismo la cultura del desprecio. Cada dos años, hay que elegir quién ocupa 435 escaños de la Cámara de Representantes. En las últimas tres elecciones nacionales, un número cada vez mayor de esos escaños ya estaban adjudicados porque sus ocupantes, cuando se presentaron a la reelección, los consiguieron en el 90, el 95 y el 97 por ciento de los casos.36 Ambos partidos políticos han manipulado los límites y los censos de las circunscripciones electorales para asegurarse de que estuvieran llenas de fieles devotos, a los que han repartido entre un buen número de circunscripciones, mientras agrupaban a los militantes del bando contrario en unas pocas para así disminuir su representación. El resultado es que a los políticos les basta cada vez más con recurrir sólo a los militantes de su partido para obtener los votos que necesitan. Las primarias a menudo se convierten en un concurso de adopción de posturas extremas con el fin de probar la lealtad al partido y movilizar al núcleo duro. El resultado inevitable es la demonización del otro bando.
Los congresistas suelen decir que uno de los grandes cambios de los últimos diez años es que ya no pasan mucho tiempo socializando con los representantes del partido rival. No sólo discrepan en política, sino que apenas se conocen como personas. Es probable que hayas oído muchas veces que, en décadas anteriores, los demócratas y los republicanos discutían apasionadamente en la tribuna de oradores durante el día, y luego salían a cenar juntos por la noche. Esto era parte de la forma en que finalmente lograban llegar a acuerdos. Al compartir la vida juntos fuera del trabajo, desarrollaban la confianza y la buena voluntad necesarias para adoptar decisiones difíciles por el bien de todos, incluidos los que se situaban más allá de sus esferas políticas.
Los políticos me dicen a menudo que se han visto obligados a evitar estas amistades por motivos de autodefensa: les preocupa que los consideren demasiado amistosos con el bando contrario. En un clima de pureza ideológica, debida a la manipulación de censos y circunscripciones, y de extremo desprecio político, el sueño de un aspirante en las primarias es enfrentarse a un titular que confraternice con el «enemigo».
Esto no es malo únicamente para la política, sino para los políticos como personas. Por supuesto, a algunos políticos de ambos bandos les gusta la actual polarización, que ha hecho posibles sus carreras. Quizás hubiera creído que ésta era la norma antes de mudarme a Washington hace diez años, pero hoy sé que no es así en absoluto. He llegado a entablar amistad con muchos congresistas y, por sorprendente que parezca a algunos lectores, mi admiración por los políticos ha crecido enormemente. Son algunas de las personas más patrióticas y trabajadoras que he conocido. Aman a los Estados Unidos y odian nuestra cultura del desprecio tanto como tú y yo. Me dicen que lamentan el grado de polarización y desean saber cómo combatir esta tendencia. Al igual que nosotros, son víctimas de la adicción de los estadounidenses al desprecio político.
Entre lo que más lamentan figura que los asuntos importantes que exigen consenso se conviertan en partidos de tenis políticos. Una de las partes se hace con el poder e impone sus ideas siguiendo a rajatabla la línea del partido, y luego la otra parte, al llegar al poder, intenta imponer sus ideas de la misma forma. Las personas atrapadas entre ambas partes son las que tienen menos poder.
Pensemos, por ejemplo, en la atención sanitaria en los Estados Unidos. Para millones de estadounidenses de rentas bajas, la Ley de Cuidado de Salud Asequible de 2010 –alias Obamacare– cambió la forma de adquirir y recibir atención médica. Dicha ley se aprobó con el voto de los demócratas en la Cámara de Representantes y en el Senado, sin ningún tipo de apoyo de los republicanos, lo cual, por supuesto, la convertía en clara candidata a la derogación en cuanto los republicanos se hicieran con ambas cámaras y la Casa Blanca, lo que consiguieron en 2016. Aunque deshacerse del Obamacare resultó más difícil de lo que preveían los republicanos, lograron desmantelarlo en gran parte, con lo que volvieron a cambiar la forma en que los estadounidenses más pobres recibían la atención médica, y todo por motivos estrictamente partidistas. Nadie duda de que cuando los demócratas vuelvan a hacerse con el control total, continuará el partido de tenis político con los cuidados sanitarios de los estadounidenses de ingresos bajos como pelota.
Como reza el viejo proverbio africano: «Cuando los elefantes se pelean, la que sufre es la hierba». Los débiles salen perjudicados de los conflictos entre los poderosos. Los estadounidenses con las rentas más bajas siempre son los que pierden cuando el desprecio desplaza a la cooperación entre los que mandan. La política del desprecio nunca perjudica mucho a los ricos, pero sí a los pobres. Todos deberíamos estar de acuerdo en que eso es malo.
El desprecio nos aleja y nos deprime. Nos tiene en sus garras. ¿Qué alternativa queremos?
Para responder a esta pregunta, empezaré retomando la anécdota que he contado al principio de este capítulo sobre el texano que me escribió para decirme que había encontrado detestable mi libro y hacérmelo saber con todas las letras. Mis opciones de respuesta parecían ser (1) ignorarlo, (2) insultarlo o (3) machacarlo.
En vez de eso, escogí por casualidad una cuarta alternativa, que para mí fue una gran revelación. Esto fue lo que pasó: mientras leía su correo electrónico, me sentía insultado y ofendido, pero al mismo tiempo, pensaba: «¡Se ha leído mi libro!». Y eso me llenó de gratitud. Como académico, estaba acostumbrado a escribir cosas que casi nadie leería. Había puesto todo mi empeño en ese proyecto durante dos años, y ese tipo se había tomado la molestia de leérselo de pe a pa. Me sorprendió. Me di cuenta de lo que sentía, y por la razón que fuera, decidí comunicárselo. Le respondí diciéndole que ya había visto que mi libro le había parecido deleznable, pero que me había costado mucho trabajo escribirlo, y le agradecía profundamente el tiempo y atención que había prestado a cada detalle de la obra.
Al cabo de quince minutos, apareció en mi bandeja de correo entrante un segundo mensaje de aquel tipo. Abrí el correo electrónico y me preparé para lo peor. Pero en lugar de otra andanada, me decía que le había sorprendido que leyera su nota y que la próxima vez que estuviera en Dallas teníamos que salir a cenar juntos. Este mensaje era completamente amigable. ¡De enemigo a amigo en cuestión de minutos! ¿De pronto le gustaba mi libro? Por supuesto que no. Simplemente vio que le gustaba yo porque me había tomado la molestia de leer su correo electrónico y responderle educadamente.
No te hagas una idea equivocada. No soy un santo que siempre reacciona así cuando lo atacan personalmente. Tal vez nuestro inesperado acercamiento de ese día fue pura chiripa. Pero lo que aprendí gracias a esa afortunada interacción es que el desprecio no puede competir con el amor. El círculo vicioso del desprecio dependía de mí, y lo rompí con unas palabras de agradecimiento. Actuar así me hizo sentir muy bien, e hizo cambiar de opinión a otra persona.
Vi con mis propios ojos cómo el desprecio se transmutaba en amistad cuando se topaba con una expresión abierta de bondad y respeto. Además, vi que la bondad, la reconciliación y el contacto –en lugar del desprecio, la división y el aislamiento– son lo que desean en verdad nuestros corazones. Desde entonces he tratado de entender los fundamentos científicos de esta realidad, leyendo todos los estudios que he podido encontrar y contactando con todos los expertos en la materia.
Uno de los principales es Matthew Lieberman, psicólogo social de la Universidad de California-Los Ángeles. Lieberman ha pasado décadas explorando las bases neurocientíficas de las relaciones humanas. Según él, sentimos un deseo innato de establecer relaciones sociales positivas y nuestros cerebros experimentan un profundo placer cuando las logramos.
Analicémoslo en términos monetarios. En su libro Social: Why Our Brains Are Wired to Connect (‘Sociales: por qué nuestros cerebros están organizados para conectar’), Lieberman observa que el simple hecho de tener un amigo al que ves la mayoría de los días te da una inyección de felicidad equivalente a ganar cien mil dólares adicionales cada año.37 Ver a tus vecinos de forma regular te aporta tanta felicidad como sesenta mil dólares más de ingresos. En cambio, la experiencia de romper un vínculo social crítico, como con un miembro de la familia, equivale a experimentar una gran disminución de ingresos.38 Supongo que, en el caso del congresista que he mencionado antes (al que denunciaron sus seis hermanos), fue como sufrir una bancarrota.
En un estudio similar, psicólogos de la Universidad Brigham Young examinaron los hábitos y las relaciones sociales de más de trescientos mil participantes, y descubrieron que la falta de relaciones estrechas aumenta el riesgo de muerte prematura por cualquier causa en un 50 por ciento.39 Una publicación de la Universidad de Harvard señala que esta falta de comunión a través de las relaciones sociales es más o menos equivalente, en cuanto a efectos sobre la salud, a fumar quince cigarrillos al día.40
Lo que todos estos hechos y cifras significan para ti y para mí es que todos queremos ganar mucho más, y nadie quiere perder ingresos. Eso es algo que no siempre podemos controlar, pero podemos incidir en algo igual de valioso para nuestro bienestar: nuestras relaciones con los demás. ¿Renunciarías a cien mil dólares de tu sueldo, o a años de vida saludable, por desavenencias políticas? Probablemente no. Así que no sacrifiques una amistad o relación familiar por eso, y no dejes pasar una posible nueva amistad sólo por la política.




