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Tomando la decisión correcta, pero condenando a sus hijos a la guerra eterna, cansado y agotado ante la fuerza de ese poder que lo consumía lentamente vivió veinte años desde que Dios le había hecho entrega de ese poder hambriento, postrado en la cama que fue testigo del nacimiento de su hijo Hadeo y de la muerte de su madre, Sanel sintió que la muerte estaba cubriéndolo con su manto, así que con las ultimas fuerzas que le quedaban, sonrió al ver a sus dos hijos arrodillados a ambos lados de la cama, extendió la mano y acarició el rostro de su amado hijo Hadeo, quien con una sonrisa curvando de sus labios dio por hecho que el poder sería suyo, pero al ver que la mano de su padre acarició de igual manera el rostro y los cabellos rubios de su hermano, la sonrisa de sus labios se fue borrando poco a poco.
Sanel exhaló su último aliento, mientras que su mano aun sostenía la cabeza de su legítimo sucesor —Te obsequio mi poder, Uran —sus dedos avejentados rozaron la mandíbula de su elegido, mientras que el eco de su nombre traspaso las fronteras e hizo temblar los cimientos de su hogar, ambos hermanos levantaron la cabeza y observaron como un brillo poderoso rodeó a su padre, y de la nada una esfera de color dorada salió de la boca de Sanel y con una fuerza extrema voló hacia Uran, lanzándolo por los aires y golpeando duramente su espalda contra la pared, sintió como ese poder abría un hueco en su pecho mientras que todo su cuerpo comenzaba a sentir un dolor indescriptible.
Hadeo se levantó, trastabillando hacia atrás y cayendo, sin dejar de parpadear por el poder que sintió en el aire, era algo que por derecho le pertenecía. Miró a su hermano y pudo sentir sus gritos que rasgaba su garganta, fue tanto el poder que emanaba esa luz que Hadeo fue expulsado por una fuerza invisible sacándolo de la propia habitación, en el suelo tuvo que cubrirse con los brazos ante esa luz incandescente y cegadora mientras que los rayos y truenos surgían de lo más profundo del cielo.
No supo cuento tiempo paso, pero cuando sintió que el calor de la luz bajaba, bajo los brazos y notó que su padre ya no estaba y que su hermano Sanel estaba de rodillas tratando de buscar aire.
Hadeo se puso de pie y caminó de regreso a la habitación, por un instante deseó levantar su espada y arrebatarle a ese hermano suyo lo que por derecho le correspondía, pero lo único que logró fue hacer puños a sus costados y tratar de calmar ese odio que surgía de loa más profundo de su ser —Levántate, qué tu pueblo te espera.
Uran levantó el rostro, cansado ante la extraña sensación que se propagaba por su cuerpo, se disculpó —Lo siento, hermano —la opresión de su pecho se acrecentaba hasta el punto de quitarle el aire —No fue mi elección.
—Ninguno la tuvo, ahora muchos Inumine dependen de ti, espero que seas un buen gobernante —espetó.
—Hablas como si todo terminara entre nosotros, cómo si abandonarás esta tierra, tu tierra.
—Somos enemigos hermano mío, y no dudaré en encontrar la manera de arrancarte el corazón y tomar lo que por derecho me corresponde.
—Sabes que no tuve elección —respondió Uran llevándose la mano al pecho y tratando de levantarse del suelo
—Yo tampoco la tengo —giró sobre sus talones y siguió con su camino.
—Hadeo, sabes que jamás te haría daño —gritó tras él, por un momento Hadeo consideró seguir con su camino pero algo en su interior le hizo detenerse en seco, volverse ante él y con una sonrisa sardónica colgando de sus labios no dudó en decirle una cruda verdad.
—Aun sabiendo que yo maté a tu madre —su barbilla sobresalió obstinadamente, mientras que el brillo de su mirada oscura le garantizó que aquella confesión era cierta.
Uran se puso de inmediato de pie y sin poder pensarlo dos veces, corrió hacia su hermano, extendió sus alas que habían tomado un color dorado, lo tomó del cuello sacándolo de la habitación y traspasando varios muros, mientras que la sonrisa de Hadeo seguía intacta, cayendo en un duro golpe contra las mesas de la feria del pueblo, levantándose, limpió con el dorso de su mano los hijos de sangre que corrían por sus labios, levantó la mirada y logró ver a Uran descender con las alas extendidas mostrando su magnificencia y nuevo poder —Dijiste que nada cambiaria entre nosotros, hermano mío.
Uran extendió sus alas y estas emitieron un sonido ante el viento y el polvo que rozaba su bello plumaje —¡Maldito! Regocijarte ante la muerte de un inocente, mi madre nunca daño a nadie y tú tratas de regodearte ante su muerte —exclamó enfurecido con puños sobre sus costados y listo para matar a su hermano sin compasión alguna, sin la compasión que él tampoco tuvo al tomar la vida de su madre.
Hades se recompuso de inmediato, extendió sus alas y mostró que sus plumas eran de un color plateado y brillante —Sabes que no podrás terminar la pelea Uran.
—La terminaré —prometió manteniéndose firme, cuadró los hombros, sus ojos se oscurecieron.
—Tuve el gusto de matar a tu madre, tuve el gusto de sentir su sangre en mis manos.
—¿Tú? ¿Tú fuiste? —no podía dar crédito a lo que escuchaba —Fuiste el causante de la muerte de mi madre. ¡Tú! ¡Tú! Eres un bastardo —gritó, su expresión y su voz se volvieron planas de repente —¿Por qué?
—Mide tus palabras quien será o es el bastardo, no decías que haga lo que haga seria tu hermano.
—Jamás te lo perdonaré, mataste a mi madre, eso no te lo perdonare jamás —sus ojos apartaron las lágrimas —Era tan pequeño cuando me la arrancaste de mi lado, me escuchas ¡Jamás te perdonaré!
—Como si me importara, te mataré y gozaré verte poco a poco morir hermanito querido y a tu generación —Hades elevó las manos y lo llamó haciendo burla de aquella pelea, y acatando ese llamado, ambos hermanos corrieron y sus cuerpos colisionaron en un duro golpe que hizo retumbar los mismos cielos, destruyeron todo a su paso, mientras que los puños golpeaban la carne y la sangre manchaba sus nudillos.
El tumulto y los gritos de mujeres al ver como destruían todo a su paso, entre golpes, muestras de poder, las prácticas inofensivas de hace tantos años eran batallas campales ese día. Destruyeron parte del mercado de algunos hermanos, soltaron a animales de granja, destrozaron las tiendas de algunos comerciantes, fue tanto el daño que los sus protectores tuvieron que intervenir.
Odotnet, el guardián de Uran al sentir los gritos y el tumulto, extendió sus alas y sobrevoló los campos, el tigre al ver que una tormenta de polvo y truenos arrasaba con parte de la aldea supo de inmediato que esa pelea solo la causaría es par de hermanos testarudos, aterrizando con fuerza detrás de la multitud que escapaba despavorida por el caos que ambos causaban con su pelea, dando un rugido estremecedor, se abrió paso entre la gente que huía de allí —¡Basta ya! —gritó con fuerza y un eco aturdidor se despendió de su gran boca haciendo que ese par de hermanos cayera de rodillas cubriendo sus oídos ante la fuerza de ese sonido más que desesperante —Parecen par de críos, ustedes dos —pero no logró completar la frase cuando el llamado de Dios obligó a todos a elevar los rostros hacia el cielo, nubes grises envueltas entre rayos, luces rojas y el sonido retumbante de aquellos truenos bajar al pueblo.
Ambos hermanos se levantaron del suelo y admiraron el desastre que habían ocasionado, el llamado de Dios era urgente y ellos estaban a un paso de ser juzgados.
CAPÍTULO 4:
JUZGADOS
Ambos hermanos extendieron sus alas, el llamado de Dios era urgente y por el desastre que habían ocasionado su presencia era requerida de manera inmediata, extendieron sus alas y se elevaron por los cielos, aterrizando al mismo tiempo, extendieron sus alas y se vieron entre sí sin articular palabra, ambos ingresaron al templo de Dios, caminando por la misma ruta que su padre había hecho por años.
La puerta se abrió recibiéndoles, dando un paso adelante, vieron la habitación de tonos blancos y luces destellantes a su alrededor, una neblina espesa cubrió sus pies, mientras que la puerta detrás de ellos se cerró con fuerza dando inicio al juicio que determinaría sus vidas.
—Me he dado cuenta de sus peleas —exclamó Dios con fuerza —La destrucción que han ocasionado no tiene perdón, han roto sus propias reglas, han ido contra los mandatos de su padre y han roto la paz entre mis demás hijos.
—¡Padre! No somos dignos de entrar a su casa ni de escuchar tu voz —en ese instante Uran mostró su respeto, arrodillándose ante la presencia del Supremo, pero fue interrumpido por su hermano.
—Alardeas demasiado.
Dios al escuchar que Hadeo estaba lleno de rencor, un sentimiento que inicio en sus primeros hijos, decidió no ser blando con él, le había dado la oportunidad de seguir, pero simplemente se ensaño con el poder que su padre no le heredo —Tus palabras —hizo una pausa significativa —Tus palabras son idénticas a la de mis primeros hijos, te han marcado ¿Cuándo has pisado la tierra?
Al escuchar ello respondió con enojo —Te equivocas, yo no he pisado la tierra, pero veo que tienes preferencias, no eres neutral como dicen los demás.
—Te equivocas Hadeo, te equivocas, estas marcado por sus pecados, has absorbido sus malos sentimientos, has venido contaminado —espetó con fuerza, haciendo retumbar su voz por el templo, moviendo los cimientos —Has cometido un grave pecado, arrebataste la vida a un ser inocente y el asesinato no tiene perdón, sabes cuales son las consecuencias de tus actos Hadeo
—Matar por obtener lo que por derecho me corresponde no es ningún crimen, no cuando el que arrebata es tu propio hermano —le lanzó una mirada centellante en rabia y odio a su joven hermano —Yo debía ser el heredero al poder de Dios, yo debía ser quien resguardara la daga y el cofre sagrado, pero te tuvo que elegir a ti, al bastardo que destruyo la vida de mi madre.
—Mi madre no tenía culpa de nada, fue mandato de Dios que mi padre uniera también su vida con mi madre, ya que Deania no podía darle el hijo que anhelaba.
—¡Pero nací! —gritó —Nací y tú arruinaste todo, me arrebataste todo —rugió, con las venas de sus largos brazos hinchadas ante el enojo y la ira que se expandían por su sistema.
—¡Basta ya! —una ráfaga de viento envolvió a Hadeo —Sabes muy bien que cuando te crearon fue improvisto, tu madre era infértil. Deberías mostrar sensatez, pero todo lo contrario, has dividido a mis hijos, luchas contra tu hermano tratando de derrocar su buena fe, tratas de derrocarme.
—¿Buena fe? Tú destruiste todo, tienes tanto poder, pero ¿Por qué no lo tengo yo también?
Truenos sonaron con fuerza, Dios estaba enojado —Mi poder es único, como mi amor también, no tengo preferido, yo quiero a todos sin preferencia y sin excepción, has sido cegado por el poder, la avaricia ¡Estas tratando de ser más que todos!
—Nunca supiste como era, pero ahora ya me conoces. Tus tontos Inumine sufrirán, seré más poderoso y temido, lograré obtener el poder que tanto resguardas, obtendré la tierra y destruiré todo a mi paso —gritó desquiciándose —Y no podrás evitarlo. No serás más mi Dios. No te guardare respeto, te maldeciré cada día por la vida que me diste, y por la de mi hermanito. Nuestra guerra jamás tendrá fin.
Pero Dios no podía dejar de lado aquel crimen, le perdonaría tantas cosas, menos matar, menos manchar sus tierras con sangre inocente —¡Hadeo! Por ese motivo, te condeno a vivir penando, pero no en estas tierras de paz, sino en los infiernos, donde perecerás toda la eternidad —un rayo cayó en medio de ambos hermanos abriendo la tierra y mostrando un mundo inferior, un mundo lleno de lamentos y sufrimiento. Sin importar quien siguió a Hadeo y dio cabida a sus ideas revolucionarias, cayeron al mundo creado para ellos, siendo arrastrados cruelmente, separando familias, llevándose consigo almas inocentes.
El Inumine marcado por la maldad, no cerró la boca, quería ser escuchado, debía ser escuchado —Yo gobernaré mi mundo, pero las tierras que les heredaste a los Inumine serán mías, la tierra también. Veras que tus queridos Inumines y mortales no vivirán para siempre. Te derrocaré de tu trono ¡Querido Padre! —hizo burla al referirse como padre.
El altísimo dando razón a las maldiciones de su hijo Hadeo —Tienes razón, tendrás poder, pero no más que yo, tendrás tierras, pero se te presentaran límites los cuales no podrás romper, tendrás pertenecías suficientes, pero no conseguirás más. Y así sucesivamente, todo lo tuyo tendrá límites. Tú no serás llamado Inumine, serás llamado Demonio, serás separado por especie, no serás el patriarca, te condeno a no ser el único, no tendrás alas, caminaras arrastrándote, no te elevaras, mientras los otros si podrán. El trono que tanto has ansiado, no será para ti, se presentaran dos más, dos más reclamaran su poder y derecho a él, tu maldad y avaricia seguirá intacta, tu veneno se esparcirá formando en la tierra, discusión y dolor —hizo una pausa tratando de calmar su enojo, otra vez más sus hijos lo habían defraudado —Uran, dejarás de ser un Inumine para ser conocido como un Ángel, lamentablemente correrán el mismo destino, tú y los tuyos, tendrán abundancia, sanaras el alma de los que tu hermano a lastimado, tu misión será reparar los daños que los demonios causarán, darán fe y esperanza de mi existencia, mostrarás a mis hijos humanos que los amo a pesar de todo.
Las tierras comenzaron a temblar, los que acompañaron a Hadeo cayeron a las profundidades de ese nuevo mundo creado, fueron despojados de sus alas blancas, para convertirlas en alas tan negras cómo sus almas condenadas, negro como el alma del ser que los obligó a perecer, sus gritos eran tan profundos, aturdidores, devastadores que fueron opacados por los truenos y rayos que cayeron esa temporada en la tierra.
—Y así se cumplirá, yo viviré en lo profundo de mi creación, observando, pero no intervendré en estos asuntos y el cielo será para los Ángeles, grandes extensiones, grandes campos. Y el hogar de los demonios será llamado infiernos, serán cavernas frías y tenebrosas, sin luz que iluminé sus caminos y sus almas. Mientras a ti Uran, este juicio te dará un obsequio, tendrás poder, pero no más que el mío. Mi último obsequio para ti será este medallón —de una mesa de piedra una cadena delgada de oro rodeó su cuello, el medallón tenía tallado un Lobo con alas envuelto en llamas, mientras que la misma forma se pintó en su muñeca derecha —Este medallón será tu legado, lo pasaras de generación en generación, en el guardaras tu poder a la hora de morir, dejando una defensa a tus seres queridos. Si se unen los medallones tendrán el poder de las tres fuentes. El medallón es poder, es la clave para dominar, para tener al mundo en sus manos, poder destruir o dar vida a este mundo que yo he creado. Que así sea y así sea escrito. Estos medallones serán su castigo, por ambición y rencor, morirán por ellos, mataran por ellos, pero jamás encontraran la clave de la vida, jamás verán cuál será su significado. Ustedes mismos traerán el fin al mundo, pero no por sus manos, sino de otros, los demonios serán lo opuesto a los ángeles, como los ángeles lo opuesto a los demonios. El mundo no sabrá esta historia, no conocerán la rivalidad de dos hermanos de sangre, enemigos de corazón. No sabrán del inicio de cómo mis hijos han traicionado mi confianza, de cómo rompieron mi corazón. Solo la última generación sabrá el porqué de lo que he hecho hoy, la última será testigo de un nuevo poder. Yo no seré culpable de esta destrucción, ya que el juicio está en sus propias manos.
En ese momento, el segundo medallón rodeó el cuello de Hadeo con fuerza, asfixiándole, obligándole a retroceder y caer al abismo que él mismo había creado, el chacal con alas era el símbolo de su traición, marcando su alma así como su piel mientras que sus gritos ante el dolor de sentir como arrancaban sus alas se expandió por el mundo.
—Uran sabes cuál es tu misión. Los nuevos patriarcas serán elegidos por el medallón, su marca será idéntica para sus dueños, excepto para sus demás hermanos, ellos solo serán marcados con el animal de poder.
Dividiéndose nuevamente, Uran llevó consigo la marca del lobo envuelto en llamas en su muleca derecha, Hadeo llevó consigo al chacal en su muñeca izquierda, dejando cuatro medallones al cuidado de sus guardianes más fieles, los Crock Novo en espera de la llegada de los tres al trono que dividirían el poder que tanto habían ansiado ese par de hermanos.
Fue entonces cuando el mundo de los cielos se separó, siendo el lobo, el delfín y el halcón, los tres animales que cuidarían de los cielos, mientras que en el inframundo, el chacal, el murciélago y el tiburón. En ese instante, todos comenzaron a ser marcados con el animal de su clan, separando a los aldeanos de los patriarcas. El dolor marcó a todos y sin excepción.
CAPÍTULO 5:
SEPARACIÓN
Marcados, separados por fuentes de poder, un distinto significado, distinta especie, Dios simplemente decidió no volver a intervenir, su corazón ya no resistió un duro golpe como ese, todo lo que amo estaba destruyéndose poco a poco por la ambición de muchos.
Uran cayó de rodillas, debilitado, mientras que el remolino del templo desapareció, sintiendo una sensación de vacío en el corazón —¡Padre! ¡Padre! —quiso escuchar su voz, pero todo fue en vano, habían dejado de escucharlo y con ello se dio cuenta que caminarían ciegamente por el mundo.
Cuando logró lentamente recomponerse y salió del templo, admiró la destrucción y el caos que habían ocasionado, su pueblo estaba destruido, las casas estaban hechas pedazos y la tierra comenzó a cerrarse lentamente.
Las mujeres llorando de rodillas, hombres tratando de sacar a algunos atrapados, los animales estaban descontrolados, el caos era parte de su reino y todo por culpa de su hermano, aquel hermano que siempre lo odio, aquel hermano que había dado muerte a su madre.
Caminó entre la multitud viendo los daños, viendo a mujeres que habían perdido a sus hijos, hijos que perdieron a sus padres y hermanos, tendría que volver a comenzar, comenzar un reino nuevo, pero esta vez con mano dura, no dejaría que su pueblo sufra las consecuencias de sus actos, no otra vez.
Con la idea de reconstruir un reino más seguro, Uran tomó el control absoluto de su reino siendo déspota y autoritario, cumpliendo la promesa que una vez se hizo, no volvería a ver a su gente destruida. El templo quedo intacto, pero construyó un reino a base de su propio sudor, sus lágrimas y su soledad, un reino donde las reglas se acatarían y que la traición solo se pagaría con la muerte.
Odotnet, su fiel guardián le acompañó todos los días, velando sus noches, velando por sus sueños, protegiendo su vida, tratando de mitigar la venganza del corazón de su protegido ya hecho hombre, apaciguando sus intentos de matanza, sabía que en un futuro Uran se enfrentaría a nuevas batallas y guerras, pero no podría saber a ciencia cierta si su protegido regresaría triunfante o derrotado, vivo o muerto o simplemente se mantendría alejado de las guerras.
Formando una guardia que proteja su reino, formando una escolta que resguarde su trono y sobre todo tratando de asegurar su corazón en altas murallas que nadie pueda tocar. Mudándose al que en un inicio fue el templo de Dios, convirtiéndole en un palacio de almas murallas, columnas anchas, habitaciones amplias, ventanales inmensos, mientras que en centro del jardín que su madre amo una vez, resguardaría la daga y el cofre con su vida, mientras que el poder de Dios corriera por su sangre, él llevaría a su pueblo a la victoria ante la guerra sin fin con el mundo del que fue una vez su hermano.
Su reino quedo en la parte más alta de la montaña, contrayendo murallas a su alrededor, para que ningún hermano pueda cruzar el umbral entre la vida y la muerte, entre la sanación y enfermedad, entre el recuerdo y el olvido y sobre todo entre la fe y la duda en sí mismos, aislándolos del mal de sus otros hermanos, escribiendo las reglas de su reino. Como consecuencia de su paranoia, escribió las reglas en la puerta del palacio, siete reglas, en total.
I. Cada domingo visitarás el templo
II. No pisarás fuera de los límites de tu reino
III. No tratarás de bajar a los mundos inferiores al tuyo
IV. Cada niño se enlistará en el entrenamiento militar
V. No desobedecerás las órdenes del patriarca.
VI. La traición y el asesinato serán condenados a muerte.
VII. Respetarás a tu madre y a tu padre.
Pasaron diez años, años en los que Uran había quedado atrapado entre su pasado y su venganza, siempre al atardecer observaba por la ventana de su palacio, como su gente comenzaba a iniciar nuevamente, pero las ansias de encontrar una puerta directa al infierno para obtener la vida de su hermano lo carcomía día a día.
—Creo que estas yendo demasiado lejos con todo este control Uran —expresó Odotnet, observándolo desde el quicio de la puerta, pero la respuesta de Uran fue solo un bufido.
—Y yo creo que los años están ablandándote —no dejó de ver por la ventana, apoyado en el umbral, con las manos detrás de su espalda.
—¡Uran! —quiso continuar pero su protegido no se lo permitió.
—Creo que la conversación no nos llevara a nada positivo —Uran había creado un ejército para que resguardara su mundo del caos que podía llegar, estaba seguro que Hadeo no se rendiría como él tampoco, tomaría venganza como también le arrancaría el corazón.
Sin embargo, Hadeo había oprimido su resentimiento, pero no dejaba de pensar en una salida de ese mundo al que estaba condenado, pero en el transcurso de diez años su corazón encontró un breve momento de paz cuando una hermosa joven de cabellos lacios y rubios, mirada azul como el cielo obtuvo su amor, su corazón y apaciguo ese fuego de venganza. Su nombre era Pasifae, la bella y tierna Pasifae.
Al paso de unos años más, Uran se tranquilizó, Odotnet le ayudó a olvidar, pero los recuerdo siempre lo invadían de noche, dándole las peores pesadillas, para ello, su guardián lo acompañaba cada noche a caminar por el campo de su palacio, Odotnet no lo llevaba a las partes bajas del reino, solo lo llevaba a lugares que le ayudasen a olvidar, a vivir y sobre todo a seguir, pero el testarudo Rey maquinaba como un reloj a cada instante, no hallaba la manera, la forma de poder entrar al mundo de su hermano y destruirlo, sabía perfectamente que Hadeo no descansaría hasta obtener el poder que Dios le dio, fue su promesa y siempre cumplía sus promesas y no permitiría que su pueblo sufra las consecuencias, debía dejar el poder de su padre y de Dios en un lugar seguro dónde su hermano no podría alcanzarlo, un lugar donde solo sus generaciones pudieran encontrar.
Mientras él pensaba en como destruir a su enemigo, Hadeo había dejado de lado las peleas y sus promesas, casándose con Pasifae y trayendo un heredero al trono infernal, pero no le dio el lugar que correspondía en su corazón, solo buscaba la forma de salir, pero sin éxito, la locura se apropió de él, como resultado un diario donde el frenesí y la demencia se hicieron presentes. Pasifae no le perdonó que dejara a su hijo Sagia de lado por una absurda venganza que consumió su alma como también su vida.
Uran no se quedaba atrás, buscaba la manera de romper sus propias reglas, aunque Dios se encargó que ninguno cruzara los mundos a su antojo, aunque las búsquedas frenéticas de ambos hermanos para hallar una salida y seguir con sus planes iniciales, no descansaron hasta encontrar la puerta que les abriría el camino a varios mundos, incluyendo el de los humanos.
En uno de sus tantos paseos, Uran se encontraba caminando por los pequeños bosques al norte de su palacio, cuándo encontró lo que buscó por años, caminó con descuido resbalando por una senda de arbustos, chocándose con una tapa de concreto que estaba oculta entre las ramas.
—¡Uran! ¿Uran? —gritó desesperado Odotnet al verle caer y rodar por los arbustos.



