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Las opciones más frecuentes fueron dos: emigrar temporalmente buscando zonas y períodos de producción dentro de la misma Europa, asumiendo el formato de inmigrantes “golondrinas” o bien arriesgarlo todo y partir hacia América.
La primera opción estaba asociada al ciclo productivo agrícola que permitía el alejamiento temporal de la mano de obra local. El perfil del inmigrante golondrina era el de un hombre joven que se alejaba del hogar durante un período más o menos largo del año.
Este hecho recargaba las tareas domésticas de las mujeres, que debían asumir todo el peso de la crianza de los hijos y el mantenimiento de las humildes parcelas familiares durante la ausencia del padre de familia y de los hijos mayores.
La mujer pasaba a ser de este modo una víctima más dentro del proceso inmigratorio. A tal punto que, poco a poco, los trabajos del campo comenzaron a ser considerados secundarios y por lo tanto, reservados a ellas.
Ante tantas penurias, la inmigración se afianzó como la única “profesión” capaz de procurar un proceso de dignificación de la vida.
El formato de la inmigración definitiva hacia América comenzó a generalizarse hacia el año 1870. Los primeros en partir no fueron los más pobres, sino aquellos que podían pagar el coste de sus viajes.
Eran por lo general pequeños propietarios que vendían cuanto tenían para conseguir las doscientas o trescientas liras necesarias para pagar el billete de la nave que les llevaría hasta América.
En no pocas ocasiones, si el campesino no obtenía buenas cosechas no podía hacer frente a los pesados impuestos estatales y la alternativa que le quedaba era la inmigración, dejando lo poco que tenía empeñado o a nombre de un arrendatario17.
Llegado el momento, las favorables políticas inmigratorias de Estados Unidos, Brasil y Argentina permitieron el transporte gratuito de grandes contingentes de campesinos, especialmente durante las últimas décadas del siglo XIX.
La dinámica social que se desprendía del movimiento inmigratorio, era a su vez fuente de profundas transformaciones, no siempre bienvenidas ni deseadas.
Por un lado permitió que todo siguiera igual, al servir de válvula de escape frente a la pobreza de recursos. Al haber menos personas que atender, la economía local se distendía, el poder político se veía aliviado, al tiempo que la naciente clase obrera perdía la fuerza reivindicativa ejercida por los sindicatos.
Pero esa era solamente una cara de la moneda. La otra fue la inestabilidad cultural motivada generalmente por las vivencias de los inmigrantes temporales que, al contactar con la realidad ciudadana y obrera, volvían a sus pequeños poblados cargados de ideas y exigencias de cambio. Esto ocasionó no poca preocupación moral a la Iglesia y político-económica a las clases dominantes.
Estos contraluces del fenómeno inmigratorio dieron lugar a posicionamientos de todo tipo. En algunos casos se acusaba a las empobrecidas familias que partían a tierras lejanas de traidores y desertores que abandonaban la patria cuando ésta más los necesitaba. El naciente proceso de industrialización se quedaba sin mano de obra barata.
El gobierno italiano se preguntaba cómo actuar ante la fuga masiva de recursos humanos. En 1868, el Primer Ministro Luigi Federico Menabrea publicó una circular exigiendo a los que emigraban un contrato de trabajo en la tierra de acogida, así como adecuados medios de subsistencia. De no cubrir ambas exigencias, no recibirían el necesario pasaporte por parte del gobierno.
En 1873, directamente se restringió la concesión de pasaportes y en 1883 el Ministerio del Interior obligó a los funcionarios a retener a obreros y agricultores deseosos de emigrar, bajo la amenaza de medidas disciplinares para los alcaldes que no lo hicieran.
Para escapar de estas exigencias estatales, muchos solicitaban pasaporte para un país europeo vecino o bien partían sin pasaporte alguno hacia Francia, Bélgica o Alemania para, una vez allí, embarcar en sus puertos y dirigirse hacia América.
En el año 1876 se editó en el diario “La plebe” de Milán, la respuesta de un grupo de campesinos lombardos al ministro Nicotera, autor de una circular restrictiva de la emigración. “Mírenos a la cara, señor barón; nuestros rostros pálidos y amarillentos, nuestras mejillas hundidas, ¿no acusan con su muda elocuencia nuestro cansancio y falta de nutrición? Nuestra vida es tan amarga que casi es la muerte. Cultivamos el trigo pero no sabemos qué es el pan blanco. Cultivamos el vino, pero no lo bebemos. Criamos animales pero jamás comemos carne. Vestimos harapos y habitamos en cuevas. ¿Y con todo eso usted pretende que no emigremos?”
Sin duda fueron muchas y de peso las razones en juego para romper la inercia natural de arraigo al terruño y superar las medidas disuasorias del gobierno.
En esa policromía, cuyo denominador común fue la pobreza, encontramos los porqués de una aventura tan arriesgada, asumida por millones de familias.
Así lo expresa el Prefecto de Vicenza en un informe elaborado en el año 1890: “A la emigración se abocan muchísimos campesinos, impulsados no tanto por la esperanza de hacerse ricos en poco tiempo en América, sino por la imposibilidad de sostener mínimamente sus vidas en su patria, asumiendo todo tipo de riesgos y sacrificios”.
Para muchos pequeños poblados rurales, la emigración en masa, significó su desaparición18. “Fue la población más capacitada, menos resignada, con un cierto patrimonio para emprender una nueva vida, la que emigró, dando lugar a un proceso de empobrecimiento capilar de los recursos humanos y económicos de zonas de por sí empobrecidas, condicionando un proceso irreversible de abandono de las poblaciones rurales de montaña”19.
El incontenible deseo de progreso y humanización movilizó lo mejor de cada emigrante. Desde el eje motivacional de la búsqueda de una vida más digna y con la única arma del trabajo, fueron capaces de ganar en humanización, de reencontrar los fundamentos ancestrales de la familia y, en no más de tres generaciones, dieron lugar a una cualificación personal y social insospechada.
También quienes se quedaron en sus lugares de origen pudieron rehacer y cualificar sus vidas ya que, en una primera etapa, los escasos recursos se multiplicaron al ser redistribuidos en una población diezmada.
Superadas las terribles consecuencias de la Primera y Segunda Guerra Mundial, el impulso transformador y progresista europeo los introdujo en la cultura llamada del “bienestar”.
Existe un claro paralelismo en el proceso de desarrollo socio-cultural y económico entre los miembros de las mismas ramas familiares que actualmente viven en Argentina y en Italia, aunque con ritmos y momentos distintos.
Quienes emigraron lograron un rápido ascenso que, con el pasar de las décadas y los avatares socio-económicos en los diversos países de América, se fue ralentizando y retrocediendo al punto de provocar el fenómeno inmigratorio de “retorno” de las últimas décadas.
Amores y desamores por la patria lejana
No es objetivo ni justo aislar el relato del fenómeno de la inmigración en aspectos traumatizantes. Sin duda éstos han estado presentes y sin ellos la inmigración en masa nunca hubiera tenido lugar.
Sin embargo, como dice el refranero popular, “no hay mal que por bien no venga”. Los valores de un pueblo que creía en su capacidad laboral, en la familia como eje central de su entrega, en la dignidad personal, en su fe hecha bandera desde el sentido profundamente pascual de tantas renuncias, hicieron mejores personas a quienes emigraron y también a quienes se quedaron, protegiendo la naciente realidad de un estado que surgía desde el convulso proceso de la unificación italiana.
Esa misma Italia que no los pudo contener en sus propias entrañas supo más tarde tender lazos de cariño e intentó generar espacios de encuentro para dar continuidad a una identidad muy particular, tejida en las relaciones –no siempre fáciles- entre la patria herida y las múltiples naciones que acogían a sus hijos. Así lo testifica la iniciativa de crear centros para preservar el cariño y la cultura de una tierra empobrecida pero amante de sus hijos20.
Entre los documentos consultados en el “Museo Nazionale dell’Inmigazione Italiana”, he encontrado un texto muy significativo escrito por Giovanni Pascoli, en la ocasión de inaugurar el Comité Mantovano perteneciente a la Società Dante Alighieri.
Se trata de una emotiva llamada al amor por la madre patria a quienes ya habían partido y a quienes se disponían a hacerlo.
“No dejéis vuestra patria sin bendecirla. Si bien ella es muy pobre y por esta razón debéis buscar el pan y el trabajo en el extranjero y en ciudades remotas, lejos de vuestros pueblos y de vuestros seres queridos, no dejéis de amarla igualmente, con toda vuestra fuerza.
¿Quién reniega de su Madre solamente porque es pobre y no tiene pan para darle?
Amad a la patria que custodia las cenizas de vuestros padres, con sus glorias y con sus miserias, por su futuro que aún será grande y luminoso”.21
Una vez restablecido el círculo virtuoso del progreso, la madre patria supo valorar las innegables aportaciones del fenómeno inmigratorio y consideró oportuno retomar el desafío de continuar construyendo el sentido de la “italianidad”, dentro y fuera de las propias fronteras.
Partiendo como vénetos, lombardos, napolitanos o sicilianos... fuera de la propia tierra, los casi treinta millones de emigrados se han descubierto como “italianos”, capaces de rehacer sus lazos con la tierra que les vio nacer.
Hoy el país reconoce el enorme influjo que tuvieron los emigrados en su propia configuración. La historia de la Italia contemporánea es incompleta e incomprensible si no se considera el profundo impacto del fenómeno migratorio.
Para entender el desarrollo del país, de su economía y de su tejido social, así como su identidad cultural, es indispensable recordar que millones de conciudadanos fueron expulsados de su propia tierra provocando que todo el constructo socio-cultural adquiriera un perfil particular.
Los emigrados combinaron la memoria dolorosa de una tierra empobrecida con el compromiso sin fisuras en la construcción de los países de acogida. Supieron afrontar y superar el doloroso proceso de integración al tiempo que, pasada la primera etapa que les llevó a resolver los problemas vitales fundamentales, lograron también recuperar el amor a sus orígenes.
Prueba de ello, ha sido no sólo el valor añadido de enriquecimiento personal y profesional de quienes regresaron a la patria, sino también, y de manera muy significativa, la riqueza económica y cultural de retorno. Estos elementos fueron dando a Italia el perfil de progreso y el espíritu de internacionalidad que hoy la caracteriza.
La magnitud de las cifras
Los estudios estadísticos relativos a la inmigración italiana se multiplican por doquier y el acceso a los mismos se ha facilitado enormemente por los medios digitales presentes en la red de Internet22.
Fue a partir de 1875 que el estado italiano comenzó a registrar estadísticamente el fenómeno inmigratorio y a buscar medios para tutelar, de alguna manera, los derechos de millones de connacionales, al tiempo que buscaba poner en marcha políticas disuasorias para contener el flujo de los que emigraban.
Propongo una mirada que nos permita tomar conciencia de la dimensión que tuvo el fenómeno, centrándome en la región véneta y en la provincia de Vicenza.
Es necesario consignar que, comparativamente, el Véneto ha sido la región italiana con mayor número de inmigrantes23.
Entre los años 1875 y 1925 el fenómeno inmigratorio marcó cifras de record involucrando a dieciséis millones de personas, de los cuales más de la mitad se dirigieron hacia América24.
Como ya he señalado, dos fueron las corrientes inmigratorias fundamentales. La primera de ella se orientó hacia países europeos en mejores condiciones socio-económicas como Alemania, Francia o Suiza, dando lugar a la inmigración temporal o golondrina25.
La segunda fue hacia América, ocupando el primer lugar, y con gran diferencia, Brasil; seguido por Argentina y Estados Unidos26.
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El siguiente gráfico nos señala la incidencia porcentual de la inmigración véneta en Europa, África y América.
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En 1869, Argentina tenía 1.763.490 habitantes (primer censo) y alcanzó la cifra de 7.885.237 en el censo de 1914. Este enorme crecimiento, que cuadruplicó la población del país en poco más de cuarenta años, se debió al fenómeno de la inmigración europea que estamos analizando, fundamentalmente la italiana y española.27
Respecto al conjunto de inmigrantes en Argentina en el período 1850-1925, los italianos representan el 61,3%, duplicando a los españoles.
En cuanto al perfil profesional, la gran mayoría de los inmigrantes de la primera hora fueron campesinos. Se radicaron principalmente en las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, donde fundaron colonias agrícolas. Entre ellas las que dieron lugar a las actuales poblaciones de Chajarí, de la que se desprendería Villa del Rosario, en la provincia de Entre Ríos, Argentina, lugar de asentamiento de mis bisabuelos Calgaro y Farneda.
Quienes prefirieron quedarse en las ciudades se dedicaron en un primer momento a actividades de servicios terciarios. Esta preferencia por las ciudades tuvo una causa directa en la ya mencionada crisis productiva italiana de fines del siglo XVIII, la que originó una corriente importante de inmigrantes capacitados como obreros industriales.
Es el caso ya mencionado de la decadencia de la industria textil liderada por la familia Rossi. Entre los años 1884 y 1893, 3.564 obreros provenientes de Schio, emigraron hacia Argentina.
El país ofrecía oportunidades al mundo obrero y al mismo tiempo continuaba siendo la meta de grandes masas de campesinos. En 1885, y en la ciudad de Buenos Aires, noventa albañiles sobre cien eran inmigrantes. Otro tanto ocurría con los sastres, panaderos, maquinistas o vendedores ambulantes.
Volviendo nuestra mirada a la inmigración véneta, los primeros grupos prefirieron quedarse en Brasil, formando numerosas colonias, especialmente en Rio Grande do Sul.
Las favorables condiciones creadas desde la política de inmigración Argentina hicieron que la tendencia a radicarse en Brasil comenzara poco a poco a cambiar. Los vénetos emigrados a la Argentina conformaron el 7,2% del total de italianos que llegaron al país, estando en primer lugar sus vecinos piamonteses con un 16,5%28.
Si consideramos las diversas provincias vénetas, la más comprometida en el fenómeno inmigratoria fue Belluno, seguida por Treviso y Vicenza con cifras muy similares. En el caso vicentino, de donde provienen las familias Calgaro y Farneda, la cifra total de inmigrantes entre los años 1870 y 1925 sumó 460.991 personas.
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Los estudios estadísticos desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días nos indican que el proceso inmigratorio no ha cesado y en poco más de dos siglos hasta seis millones de italianos han emigrado a nuestro país.
A partir de la información consultada y según estimaciones sociológicas proyectivas, en el año 1950, en torno al 60% de la población argentina tenía algún ascendiente italiano.
Esta referencia está sometida a los cambios de la dinámica en las últimas décadas. La inmigración proveniente de países limítrofes como Paraguay, Chile, Bolivia, Perú, Uruguay, etc. están cambiando el perfil socio-cultural y étnico de la población argentina.
9 No contamos con elencos completos de todos los emigrantes llegados al puerto de Buenos desde la primera hora. Hay muchos baches de información, sobre todo en relación a la primera etapa, hasta 1880.
10 En este sentido podríamos analizar el accidentado contexto político pautado, por ejemplo, por la ocupación napoleónica a principios del siglo XVIII con el empobrecimiento sistémico que dejó en la población o el proceso de unificación italiana con la guerra civil que generó, hasta que Víctor Manuel II logró la ansiada unidad en 1861.
11 Podemos escuchar esta preciosa canción en distintas versiones haciendo
una búsqueda por Internet. http://www.youtube.com/watch?v=OmOFyHGHEy-
Q&feature=player_detailpage
12 Traducción libre. El dialecto véneto presenta al menos nueve variantes. Me he servido de un diccionario específico y he realizado algunas consultas ya que el lenguaje utilizado es muy particular.
13 La pelagra es una enfermedad que afecta a aquellas personas que siguen una dieta pobre en proteínas, acentuándose en los que tienen al maíz como dieta básica, situación que se daba con frecuencia entre nuestros campesinos.
14 El “Monte dei Calgari” se encuentra en las primeras estribaciones del Monte Toraro, frente a Castana, municipio de Arsiero, Provincia de Vicenza, región del Véneto.
15 Novello, en su obra “Monografía agraria dei distretti di Coneglinao, Oderzo e Vittorio” fundamenta los porqués de este desequilibrio emocional, definiendo con precisión este proceso de “embrutecimiento” de las personas.
16 Por la tarde en el bar, con un puñetazo golpea sobre la mesa: ¡Maldita Italia! blasfema: “Vámonos”.
17 Volpe R., “Terra e agricoltori nella provincia di Belluno”, Belluno 1980, p. 280, citando a Lazzartini A., “Campagne venete”, p. 225.
18 Cf. Capozzo D., “Lo spopolamento nelle valli del Leogra e del Posina”, en “Schio 29”, 1984, pág. 23-33.
19 22 Mancuso F., “Le trasformazione territoriali”, Firenze, 1990, p. 45.
20 La Società Dante Alighieri, fue fundada en el año 1889 con la finalidad de tutelar y difundir la lengua italiana en el mundo, impulsando los lazos espirituales de los emigrantes con la madre patria y promoviendo entre los extranjeros el amor y el reconocimiento de la cultura italiana.
21 Cf. MEI, (Museo dell’emigrazione Italiana), con sede en la plaza Ara Coeli 1, Roma
22 Se puede ampliar la información utilizando motores de búsqueda diversos. También es de gran interés seguir la digitalización de los libros parroquiales de la zona de origen así como la que se viene realizando en los registros civiles. Año a año se hacen público nuevos documentos de gran interés para quienes realizan investigaciones sociológicas/familiares.
23 Entre 1876 y 2005 emigraron 3.212.919 vénetos.
24 Si tenemos en cuenta el arco de tiempo que va entre el año 1781 y la actualidad, más de treinta millones de italianos dejaron su patria. A partir del año 1905 retornaron en torno a once millones. Estas cifras nos hablan de una verdadera cultura inmigratoria de ida y vuelta.
25 A fines del siglo XVIII y primera mitad del XIX también se consolidó el formato de inmigración golondrina hacia América
26 Fuente de los gráficos: Revistas Argentina de Ciencias Sociales. Fundación Arche, Buenos Aires, 1978, pp 126 y 127.
27 Annuario Statistico della emmigrazione italiana 1876-1925.
28 Idem, “Annuario Statistico...”
CAPÍTULO II
HIJOS DE UN CONTEXTO
Da l’Italia noi siamo partiti
En el capítulo anterior abundamos en las razones que motivaron el proceso inmigratorio, subrayando la pauperización del campesinado como una razón central, aunque no única.
Propongo al lector una rápida visión histórica, así como una aproximación a la geografía de nuestros abuelos. Es indudable que la identidad de un pueblo se construye en estas dos vertientes, profundamente relacionadas. Historia y geografía, geografía e historia, conforman el sustrato de nuestro presente.
Iremos de lo general a lo particular. Partiremos realizando un breve recorrido histórico sobre Italia para terminar dialogando con los aspectos más cercanos que influyeron en las biografías de nuestros inmigrantes vénetos.
Territorialmente Italia es hoy un país bisagra entre el Sur de Europa y el Norte de África. La parte europea está compuesta por la península itálica, enmarcada al norte por la región pre-alpina y alpina. En el Mediterráneo están las grandes islas de Sicilia y Cerdeña. Ya en la zona marítima africana nos encontramos con las islas Pelagias y Panteleria.
La civilización Nuraga de la isla Cerdeña (100 a.C.), los etruscos, los griegos, los romanos, los pueblos nórdicos indoeuropeos, conforman el rico y milenario sustrato multicultural desde el cual se fue tejiendo la polifacética identidad italiana.
El Humanismo y el Renacimiento surgieron en Italia hacia el siglo XIV, teniendo en Toscana un faro que proyectó su influencia por el resto de Europa y el mundo.
Si a esta riquísima fuente histórica y cultural le añadimos la presencia del pequeño y reciente estado del Vaticano29 , ciudad santa para el catolicismo, encontramos razones sobradas para hacer de este país uno de los más importantes Patrimonios de la Humanidad.
Su legado cultural se ve reflejado en el interés que despierta a nivel mundial y los millones de personas que lo visitan cada año.
Hagamos un retorno al pasado para ofrecer una visión del devenir histórico que afectó directamente a nuestros ancestros. Acercamos por tanto el zoom para situarnos en el norte de la península itálica y más precisamente en la actual región véneta.
El nombre de la región deriva de las primeras tribus de pobladores, de origen germánico-céltico: los vénetos. Hacia el siglo II a.C. estos pobladores fueron dominados por el Imperio Romano.
Roma implantó en la región la provincia Aquilea y le otorgó cierta autonomía a cambio de confiarle la protección de su frontera alpina.
Hacia el siglo V, la debilidad del Imperio Romano fue aprovechada, y al mismo tiempo acelerada, por las oleadas migratorias de los pueblos nórdicos hacia el centro y sur de la península itálica.
En torno al año 488, invasores ostrogodos llegaron a la región y fue entonces que los vénetos se refugiaron en una zona lagunar de difícil acceso, siendo éste el origen de la actual ciudad de Venecia.
En el año 800, el mismo Papa León III coronó a un ascendiente de aquellos invasores nórdicos como emperador de Occidente. Estamos ante Carlomagno, rey de los francos, quien derrotó a los lombardos que ostentaban por entonces el poder sobre la península itálica.
Entre la llegada de los godos y la coronación de Carlomagno, gran parte del territorio permaneció integrado al Imperio Bizantino. Estas circunstancias marcaron de forma particular la rica y policrómica identidad de la región y de Venecia en particular. Una ciudad con alma oriental y occidental al mismo tiempo.
Aún dentro de un contexto de dominación, Venecia siempre se distinguió por su autarquía. El espíritu libre de los primeros pueblos vénetos continuaba latiendo en su ser más profundo.
Ya en el 697 se organizó como república, gobernada por el Dux30. En el 900 firmó un tratado con los pueblos árabes pasando a controlar el comercio entre Oriente y Occidente dando a la ciudad un enorme potencial comercial en todo el continente.
En el 962 se creó el Sacro Imperio Romano-Germánico, sistema de poder que se extendió por toda Europa y se prolongó hasta los comienzos del siglo XIV.
En el norte de Italia, a diferencia de lo ocurrido en el centro de Europa, el sistema feudal no se afianzó sólidamente debido, fundamentalmente, a la fuerza de las ciudades-estados, las cuales conformaron la Liga Lombarda (1167-1250).
Génova y Venecia eran dos de estas grandes ciudades que se fueron afianzando a la vez que iban sometiendo a las demás poblaciones del entorno.
A finales del siglo XV, desaparecida ya la Liga Lombarda, las ciudades-estados del norte italiano pagaron un alto precio ya que su progreso y poderío las hizo objeto de la codicia de los reinos circundantes. Franceses, austríacos y alemanes las invadieron reiteradamente hasta que en 1866 Venecia pasó a formar parte del Reino de Italia.
La rápida visión panorámica que acabamos de compartir nos permite apreciar la policromía étnica y cultural que confluye en el entorno.




