El milagro del yoga

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A partir del siglo VII o VI a.C. comenzaron a aparecer las Upanishads, que suman un total de 240 libros, cuyo contenido filosófico, metafísico y místico es muy elevado. Estos textos aportaron una visión mucho más amplia y profunda del ser humano y las vías para alcanzar el Absoluto. Surgieron devotos o aspirantes espirituales que no le concedían la soberanía al rito, pues lo situaban en un lugar secundario. Estos aspirantes se dieron cuenta de que la autorrealización se encontraba en su interior y no en las prácticas y sacrificios exteriores, que entendían como superficiales y poco transformativos. Cada día aumentaba el número de practicantes dispuestos a profundizar en sí mismos para oír la voz del Absoluto en su corazón. Los ritos cedieron paso a la investigación metafísica y a la meditación. Progresivamente, el contenido doctrinal del hinduismo se fue enriqueciendo y los devotos más evolucionados –aquellos que no se dejaban alienar por dogmas o rituales que muchas veces rayaban en lo patológico– vivían nuevas experiencias interiores, aportaban sus vivencias y descubrimientos, desarrollaban concepciones más profundas y precisas, y seguían excepcionales procedimientos de autorrealización, es decir, los del yoga. El aspirante ya no buscaba la guía ritual, sino la del conocimiento de orden superior proveniente de la indagación del Ser, la introspección y la meditación, con el importantísimo e insoslayable apoyo de las técnicas yóguicas, desde el uso del discernimiento a la recitación de un mantra o a la visión interior. Fue un conocimiento anhelado que buscaba otros caminos de Sabiduría y liberación mental y que, por supuesto, surgió con mucho esfuerzo. Hoy en día, la mayoría de los devotos comunes siguen enredados con la liturgia, pero los hay, aunque en minoría, quienes tienen pretensiones mucho más elevadas y son capaces de no regatear esfuerzos para encontrar respuestas.
Las Upanishads implicaron una búsqueda espiritual hasta entonces sin precedentes y por esta razón se convirtieron en pilares del lado más refinado del hinduismo. En ellas se explica que lo Absoluto es denominado Brahman y el principio espiritual y eterno del ser humano es el Atman. Brahman es Uno-sin-segundo y no puede ser alcanzado tan solo por el conocimiento binario. Brahman es omniabarcante y se constela en el ser humano como el Atman, que unos traducen como «el yo real y superior», otros como «el Ser» o «Sí-mismo» y otros como «el Espíritu». El sabio upanishádico pone todo su empeño en descubrir en sí mismo la identidad del Atman con el Brahman, y para ello recurre a numerosos métodos yóguicos, a fin de que el conocimiento conduzca a la Sabiduría y se produzca la experiencia personal de la Realización. Las Upanishads hacen hincapié en la relación entre el principio espiritual del ser humano y el Brahman, pues del mismo modo que la ola en el océano nunca deja de ser océano, el Atman nunca deja de ser Brahman. Pero no basta con saberlo intelectualmente, sino que hay que entenderlo de manera vivencial y experiencial. Es ahí donde los procedimientos yóguicos, el discernimiento puro, la introspección y la meditación desempeñan un rol esencial, pues conducen al samadhi, un estado especialísimo de consciencia donde se produce la identificación entre el Atman y el Brahman.
Esta búsqueda de lo Absoluto derivó en diversos sistemas soteriológicos, a destacar el budismo y el jainismo, y se utilizó para llegar a otras concepciones metafísicas como la del Vacío o la de ni el Vacío ni el Todo. Sin embargo, no importa de qué manera cada sistema exprese (con las limitaciones que supone el lenguaje) la última Realidad, pues es la práctica del yoga la que nos acerca a ella, se la llame el Todo, el Vacío o ni el Todo ni la Nada. Lo cierto es que existe la plena convicción de que hay un estado de consciencia muy especial que representa la liberación definitiva. Algunos le llaman samadhi, otros, nirvana, kaivalya o como quiera que sea. La palabra no es la cosa ni la descripción es el hecho. Da igual si al azúcar le llamas sal, sigue sabiendo dulce.
Fue en el hinduismo donde el yoga se asentó de tal manera y llegó a gozar de tal prestigio como método salvífico que se convirtió en un darshana o escuela de sabiduría. En realidad, darshana quiere decir «punto de vista», pero el yoga es a la vez punto de vista y vehículo hacia la Realidad, y sus métodos, sobre todo la meditación y la búsqueda introspectiva, ocuparon un lugar destacado en el vedanta y otras escuelas de sabiduría.
No cabe duda de que es la Bhagavad-gita el texto que mejor reconoce toda la importancia y trascendencia del yoga. Este texto, relativamente breve, incluye un buen número de instrucciones yóguicas y espirituales, y forma parte del Mahabharata, una de las grandes epopeyas de la India, un inmenso poema épico donde se acentúa el papel del dharma, que es el orden que rige todo el universo, y donde se asegura: «Cuando el dharma es protegido, protege. Cuando es destruido, destruye». Asimismo, se considera la garantía del orden universal y es allí donde aparece, por primera vez en la literatura india, Krishna como el misericordioso avatar de Vishnu. A lo largo de la Bhagavad-gita, Krishna le va indicando a Arjuna lo relativo al yoga, sobre todo en tres de sus vertientes: karma-yoga, bhakti-yoga y gnana-yoga, o sea, las sendas de la acción desinteresada, la mística y el discernimiento.
Bhagavad-gita se puede traducir como «Canción del Bienaventurado» o «Canto del Señor». Krishna va impartiendo enseñanzas a lo largo de este texto interpolado y asevera: «El alma no nace ni muere, ni comienza a existir un día para desaparecer sin volver jamás. Es eterna, antigua e increada; el alma no muere cuando muere el cuerpo». También hace referencia a la reencarnación explicando: «El alma encarnada se desprende de los cuerpos viejos y toma otros nuevos, así como la persona cambia de vestidos». Hay enseñanzas contundentes sobre el karma-yoga o yoga de la acción desinteresada. Se exhorta a una acción sin egoísmo, con desprendimiento y discernimiento puro. Podemos leer: «Cuando la mente ha sido calmada, el yogui alcanza la suprema felicidad del alma que se ha unido al Ser Supremo, felicidad exenta de imperfecciones y apegos». Y asimismo: «La persona que está en el yoga, que ve el Yo en todos los seres y todos los seres en el Yo, posee una visión pura».
Por su parte, Patanjali fue el gran sistematizador de los principios y técnicas del yoga, cuya existencia se fija entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C. Su obra se titula Yoga-Sutras y contiene 195 aforismos (sutras), clasificados en cuatro partes: la concentración, su práctica, los poderes psíquicos y la Liberación. Ha tenido muchos comentaristas, a destacar Vyasa. En esta obra incluyo un apéndice con una síntesis de los principales aforismos de Patanjali.
Ahora bien, el yogui es respetado y entendido como una persona con gran anhelo de libertad interior y trascendencia. A su vez, se le considera parte del eje universal, alguien que examina todo su funcionamiento humano para trascenderlo y des-condicionarse. Con sus técnicas, trata de alcanzar ese ángulo elevado de consciencia, que es al mismo tiempo personal y transpersonal, liberándose del cautiverio del ego y emancipándose de la máscara burda de la personalidad para recuperar su esencia prístina. Unos lo hacen apoyándose en la concepción de una deidad (Ishvara) y otros prescindiendo de la misma por no creer en ella (shunyata), pero todos ellos convencidos de que hay un estado de libertad absoluta, que permite encontrar una rendija en el samsara y así sobrepasarlo.
El ser humano no se halla suficientemente evolucionado. Su desarrollo interior está lejos de haberse completado y cabe suponer que habrán de pasar milenios antes de poder alcanzarlo. Sin embargo, el yoga brinda al aspirante una forma de vida, un sistema de pensamiento, una filosofía, una psicología y unos métodos para que pueda ir completando su evolución interior, para que haga de su vida un continuo ejercicio de perfeccionamiento con máximo significado y trascendencia. Aquellos que han logrado despertar han legado al gran río del yoga sus experiencias salvíficas y sus métodos. Son humanos que han penetrado el velo de las apariencias y se han inspirado en la fuente del conocimiento. Algunos formaron comunidades, escuelas de sabiduría o hermandades, pero otros siguieron en solitario. Todos ellos han hecho una gran aportación a la humanidad, aunque esta se encuentra tan enceguecida que no pueda darse cuenta de ello.
Vivir en el yoga quiere decir vivir en la luz de la consciencia. Y vivir en la luz de la consciencia es vivir en la luz de la compasión. Y si algo necesita este mundo moldeado por un ser «inhumano» es compasión. El yoga estima que en toda persona residen fuerzas latentes que son el reflejo del Macrocosmos o Mente Universal y que pueden ser actualizadas y canalizadas mediante procedimientos yóguicos para lograr un cambio en la psique que nos abra a una forma de ser más evolucionada y humana.
Solo el entrenamiento adecuado y perseverante acelera la evolución de la consciencia y permite trascender las limitaciones mentales de la persona. Según el grado de consciencia que el practicante tenga, será capaz de ver las cosas de una u otra manera y proceder con sabiduría y sagacidad para salir de su estado de servidumbre. Leemos en la Katha Upanishad:
Este Yo no se advierte por el estudio, ni aún por la inteligencia y la erudición. Este Yo revela su esencia únicamente a aquel que se aplica al Yo. El que no abandonó los caminos del vicio, el que no puede dominarse, el que no posee la paz interior, aquel cuya mente está turbada no puede nunca advertir el Yo, aunque esté lleno de toda la ciencia del mundo.
Aunque el yoga proporcione bienestar, salud, paz interior y equilibrio, es básicamente una técnica soteriológica o liberatoria. Para hacer posible sus aspiraciones soteriológicas, propone una transformación interior cuya cota más elevada es la sabiduría. Nuevos aspectos del Sí-mismo van siendo concienciados y descubiertos, y cuando sobreviene una explosión de la naturaleza original en la consciencia, entonces puede hablarse de iluminación o moksha, estado inasible a las palabras o conceptos.
Lo que nos acerca a la liberación es la experiencia samádhica, que le da al yogui un toque de universalidad. Imagina una casa sin puertas ni ventanas y en la que se está dentro y fuera a la vez. La persona realizada ha conquistado un estado de quietud, de alejamiento de todo conflicto. El ego ha sido trascendido y surge así una profunda consciencia de la unicidad, que sin duda viene dada cuando la mente es indiferenciada, neutral. Este es el néctar de sabiduría del samadhi, la ambrosía de la Sabiduría y la Compasión.
El yoga le concede enorme importancia a la transformación interior a fin de mejorarnos, sobrepasar la condición habitual y causante del sufrimiento de la mente humana, purificar la intelección para que pueda reflejar la esencia pura o naturaleza real, facilitar herramientas para poder someter a maya (lo ilusorio) y percatarse de lo real. Asimismo, a través del yoga aprendemos a restringir los pensamientos para que surja otra manera de conocer y ser, volvemos a la fuente interna o raíz del pensamiento para percibir lo que en principio parece incognoscible y armonizamos la mente para conquistar ese estado de pureza (sattva) en el que puede resplandecer lo que se esconde tras los conceptos y modelos mentales, tal como lo hace la perla en la ostra.
A través de la estrategia que el yoga nos propone, muy nutrida de enseñanzas, actitudes y métodos vamos venciendo la ignorancia básica de la mente que nos encadena y nos obliga a vivir de espaldas a realidades supremas. Confundiendo las prioridades de nuestra vida y haciendo de ella una sucesión de autoengaños, lo que impide alcanzar el conocimiento más transformativo e iluminador, para no tomar por esencial lo banal y por irreal lo real.
2. Samadhi
Nunca hay que ignorar, cuando se examina la disciplina del yoga, que todos los esfuerzos del yogui están encaminados hacia el samadhi, punto terminal de un largo recorrido. Eso no quiere decir que todo el que practica yoga pretenda alcanzar el samadhi o incluso se lo proponga –puesto que puede desear obtener resultados físicos, energéticos, psicomentales o espirituales–, pero el yogui totalmente involucrado en este sistema soteriológico tiene como meta llegar a la experiencia samádhica. Esta conlleva un estado contemplativo, de ensimismamiento o abstracción más allá de toda dualidad mental, en la que se trascienden los opuestos y cesa todo conflicto entre el ser y el ego, esto o aquello, la esencia y la personalidad.
Son infinidad los practicantes que no aspiran al samadhi e incluso que no conocen la existencia de dicha experiencia transpersonal. Sin embargo, esta ha sido la motivación de infinidad de yoguis: la búsqueda de una realidad suprasensible que escapa al pensamiento ordinario y a toda elucubración intelectual o especulación metafísica. El objetivo del yogui es, en sus etapas más elevadas, la consecución de esta experiencia portadora de sabiduría, la puerta de acceso a la última Realidad que se esconde tras el barniz de la realidad aparente y que no es tal.
Como es más que probable que un número muy alto de practicantes de yoga no sepan nada del samadhi (incluso es posible que no hayan escuchado este término sánscrito), podemos encontrar una diferencia clara entre lo que es un yogui y lo que es un simple practicante de algunas técnicas propias del yoga.
El samadhi representa una reabsorción total de los procesos mentales (vrittis), o sea, una inhibición del pensamiento. Aunque la mente se vacía y se inhiben los torbellinos mentales y emocionales (nirodha), una muy peculiar forma de consciencia continúa existiendo durante dicha experiencia, que nada tiene que ver con la consciencia como comúnmente la entendemos. La persona se satura de un sentimiento de totalidad, plenitud, bienaventuranza. Se trasciende el acto de conocer intelectualmente para alcanzar la experiencia directa de ser. Mediante el samadhi, la persona se desplaza desde sus vestiduras o cuerpos más externos (el físico, el vital, el psicomental) a su ser ontológico. No obstante, al hablar del samadhi, todas las palabras deben ser puestas bajo sospecha y hay que admitir que se trata de una experiencia tan elevada que es irreductible a los conceptos. Adelantemos, para evitar equívocos, que ese ser ontológico puede ser denominado y referido de diferentes maneras por el yogui, sea que este pertenezca a la tradición del Samkhya o del Vedanta, sea teísta o ateo, hindú o jaina, budista o budista tibetano. Como reza el antiguo adagio: «Las aguas del océano son saladas por donde quiera que se las pruebe» o «Todos los ríos desembocan en el océano», dependiendo de la cultura espiritual del yogui este podrá expresar de una u otra manera la experiencia, como también señala el zen: «Muchos dedos apuntan a la luna, pero la luna es una».
A través del samadhi, el yogui se ha sumergido en su purusha (mónada espiritual), de acuerdo al Samkhya; de acuerdo al Vedanta, en el Brahman (el Ser); o de acuerdo al budismo, en el shunya (vacío). Aunque se regrese del samadhi, la sabiduría hallada durante la experiencia no se perderá, pues representa un profundo insight o «toque de supraconsciencia», algo muy transformativo, aunque no se alcance una evolución total que convierta a la persona en un jivanmukta (liberado-viviente) o un arahat (despierto) o un kevalin (emancipado). Así, el samadhi siempre transforma, siendo uno de los logros reales del yoga no solo el encontrar bienestar físico o paz interior, sino la transformación que permita desempañar la consciencia para que esta pueda percibir lo que antes estaba oculto, o sea, para traspasar la nesciencia, que es causa del sufrimiento propio y ajeno.
La sucesión de experiencias samádhicas van purificando la mente, esclareciendo la visión, transformando al yogui y abriendo el ojo interior que ve lo Real y ayuda a superar todos los condicionamientos internos, deshaciéndose de obstáculos e impedimentos. Mediante la experiencia samádhica, los sucesivos «golpes de luz» van rasgando la densa niebla de la mente causada por la ignorancia, permitiendo vislumbrar o aprehender una Realidad que pasa desapercibida para la persona que permanece en un estado de esclavitud mental.
Solo a través de la concentración y la meditación, apoyadas en la virtud y el renunciamiento a lo ilusorio, así como en el esfuerzo adecuado y la firme motivación, se alcanza la elevada y transformativa experiencia del samadhi. La concentración o unificación mental es un medio para ir escalando a estados más elevados y clarividentes de la consciencia, hasta que al final se traspasa la consciencia ordinaria y se obtiene una supraconsciencia que puede ver lo que está vedado a dicha consciencia común, sometida al pensamiento ordinario. La concentración o unidireccionalidad de la mente se convierte así en un medio para ir más allá de sí misma. La energía se reorienta hacia planos superiores, y aun si no se llega a la meta, en la medida en que uno se aproxima a ella se adquiere otro tipo de visión, una realmente transformadora, como quien asciende por una colina y con cada paso amplía la visión del panorama. Así, se dice en los antiguos textos: de la meditación brota la Sabiduría.
Muchos de los obstáculos en esta ascensión-interiorización los encontrará el yogui en su propia mente, y serán causa de libertad o servidumbre según los utilice. Parte de estas dificultades las examinaremos en el apartado de radja-yoga, pero es indudable que solo a través del trabajo interior la mente puede ser liberada. Al respecto, en el Vivekachudamani se dice:
La libertad se gana por la percepción de la unidad del yo con lo eterno, y no por las doctrinas de la unión o de los números, ni por los ritos ni por las ciencias.
El conocimiento ordinario es absolutamente insuficiente. Esto ha sido reconocido por todas las psicologías de la realización de Oriente, instando por ello a buscar otra forma de conocimiento más fiable y verdaderamente transformativo. El saber que no transforma ni libera no es apreciado en el yoga.
Es mediante el estado especial denominado samadhi que la mente puede aprehender esa sabiduría liberadora, donde los contrarios conceptuales, que tanto frenan el progreso interior, son resueltos. Se produce entonces una unificación mental cuya naturaleza es por completo distinta a la del estado de vigilia o consciencia ordinaria. El samadhi representa una inmersión en la Totalidad que se constela en uno mismo, en la mente abisal y quieta, y que conlleva una explosión (o implosión) de la consciencia, facilitando una experiencia más allá del ego y de la máscara burda de la personalidad. Es como si la ola, que nunca dejó de ser independiente del océano, recuperase la percepción oceánica y saliese de la alucinación de que era distinta del océano en el que estaba contenida. Una autorrevelación tiene lugar. El cesar de todos los procesos ordinarios de pensamiento, aunque sea por segundos, desarticula la burocracia del ego. Se produce la experiencia «enstática» y el ser se vive en toda su pureza o, en términos zen, uno ve su rostro original. Es una experiencia inigualable que trasciende todo lo fenoménico y provoca un sentimiento omniabarcante de plenitud. En tales momentos o incluso en posteriores, se quiebra la ligazón con los objetos físicos, se movilizan fuerzas internas larvadas y se entra en conexión con «vibraciones» que no están al alcance de la mente ordinaria. Ese «trance» yóguico, inducido por un adiestramiento muy intenso en las prácticas de concentración, meditación e introspección, permite una comprensión hasta entonces insospechada, que incluso produce modificaciones manifiestas en el organismo de quien la experimenta.
El samadhi puede durar una fracción de segundo o varias horas, incluso días, pero después de haberlo experimentado la persona ya no volverá a ser la misma. Se ha producido una mutación en las estructuras profundas de su psique. El yogui ha captado la sabiduría perenne que los grandes maestros han perpetuado a lo largo de milenios. A través de esta experiencia de naturaleza transtemporal y transespacial, el yogui se desconecta de la dinámica de sus órganos sensoriales, se desplaza a la fuente del pensamiento y conecta con un tipo de mente suprarracional, al margen de todas las categorías y conceptos mentales.
Seguramente, desde los mismos orígenes del yoga, ya hubo practicantes incansables que se percataron de la posibilidad de asomarse a estados superiores de consciencia para ver y conocer lo que la mente ordinaria, con sus muchas limitaciones, no permite. Entre estas limitaciones se encuentran los samskaras (que luego abordaremos a fondo), cuyos impulsos debemos agotar para poder degustar el inconfundible y confortador sabor de la libertad interior. Aquellos yoguis de tiempos remotos fueron los primeros grandes exploradores de la consciencia, negándose a asumir los límites y engaños de la mente ordinaria.
El samadhi en el que todavía persiste la vivencia de individualidad es conocido como savitarka. Por el contrario, aquel en el que todo sentimiento de individualidad cesa y, por ende, es el estado más elevado, es conocido como nirvitarka, durante el cual la persona se funde con el cosmos. Tras el nirvitarka, el yogui entra en otra condición de consciencia: aunque esté en este mundo ya no es de este mundo; se convierte en un liberado-viviente o jivanmukta, sustrayéndose a toda ilusión o apego y pasando de ser actor a espectador o testigo incólume.
Cada experiencia samádhica aporta un «golpe» de comprensión y va labrando la liberación espiritual de quien la experimenta, eliminando de su mente la ofuscación, la avaricia y el odio, y haciendo posible lo que se ha denominado el «despertar de la consciencia». Por eso, a quien alcanza esa condición especial supramundana se le conoce como un «despierto» o que «ha despertado».
De acuerdo con el yoga hindú, el liberado-viviente ya no está condicionado por la ley de causa y efecto (karma), habiendo escapado a la rueda de reencarnaciones (samsara), traspasando los velos de la ilusión (maya). Según el Samkhya, la persona se desliga de su cuerpo-mente y se establece en su impoluta mónada espiritual o purusha. Según el Vedanta, el espíritu o Atman de la persona se funde con el Espíritu Cósmico o Brahman. Así Shankaracharya explicaba:
Libre de duda. Grande, imperturbable, donde cambio e inmutabilidad se funden en el Ser Supremo, eterno, alegría que no se disipa, inmaculado: este es el Eterno. Tú eres eso.
Entiéndase que las palabras pierden parte de su significado al tratar de acercarnos a un estado tan elevado de consciencia como es el samadhi. Los budistas hablarían de lo Incondicionado o Vacuo. El propio Nirvana no es definible y de ahí que el Buda, el Mahayogui, dijera:
Hay, monjes, algo no nacido, no originado, no creado, no constituido. Si no hubiese, monjes, ese algo no nacido, no originado, no creado, no constituido, no cabría liberarse de todo lo nacido, originado, creado y constituido. Pero puesto que hay algo no nacido, no originado, no creado, no constituido, cabe liberarse de todo lo nacido, originado, creado y constituido.
Y también:
Hay, monjes, algo sin tierra, ni agua, ni fuego, ni aire, sin espacio, ilimitado, sin nada, sin estado de percepción ni ausencia de percepción; algo sin este mundo ni otro mundo, sin luna ni sol; esto, monjes, yo no lo llamo ni ir ni venir, ni estar, ni nacer ni morir; no tiene fundamento, duración, ni condición. Esto es el fin del sufrimiento.
En todas las tradiciones orientales, ese elevado estado de consciencia (satori, nirvana, samadhi, iluminación) es tenido por una experiencia supramundana. Así, volviendo al Buda, este nos dice:








