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Sobre este último punto, los grupos empresariales fundados por migrantes extranjeros fueron cruciales en el desarrollo económico latinoamericano. En el Perú, por ejemplo, se estudia la peruanización de los grupos Gildemeister, Wiese, Romero, Gibson y Ricketts. Como ya se indicó, la cuestión es determinar las formas de organización que estas familias adoptaron y las naturalezas de corto plazo de sus estrategias comerciales (Miller, 1999b).
No obstante, si uno mira a los emprendimientos pequeños, se debe reconocer de igual manera la extensión en las que firmas pequeñas transformaron sectores clave de la economía peruana. Un ejemplo está en el transporte al interior del país, donde individuos fundaron pequeñas empresas con el capital producido en sectores modernos de la economía, como la minería o el comercio. A inicios del siglo XX, hubo un desarrollo en la industria manufacturera en muchas ciudades de provincia, además de inversiones privadas en sectores públicos que fueron ignorados por inversionistas extranjeros por su escasa importancia fuera de Lima. Esta forma de expansión comercial interna fue común a mediados del siglo XX (Miller, 1999b).
Los pequeños empresarios locales no contaron con acceso al crédito y a la tecnología, por lo que les fue difícil expandirse. Sin embargo, parece que empresarios medianos optaron voluntariamente por no hacerlo, pues hubiese significado el empleo de una fuerza permanente de trabajadores; además de la legislación y los costos de seguridad social, y las leyes industriales, las cuales podían expropiar toda la empresa si crecía demasiado rápido. Prefirieron operar en un sistema laboral basado en la subcontratación, para reducir costos y facilitar la transferencia de recursos fuera de la empresa. Esto también les evitaba confrontar problemas industriales que podían surgir por la presencia de sindicatos (Miller, 1999b).
A través del estudio de los grandes grupos familiares peruanos, Tatsuya Shimizu ha determinado una clasificación de tres subgrupos para el país: las exclusivas, que controlan exclusivamente la administración y la propiedad de la empresa; las mayores, donde la familia tiene un fuerte control, pero no la exclusividad de la empresa; y las conjuntas, donde el control es compartido con otras familias o con capital extranjero (Shimizu, 2004).
Esta clasificación es dinámica, pues las empresas familiares comienzan generalmente siendo exclusivas, pero, a medida que se diversifican y que enfrentan diversas coyunturas económicas, evolucionan a mayores o conjuntas; o se dividen y designan las partes en esos criterios mientras que la empresa núcleo queda como exclusiva. En el Perú, la fuerte entrada de capital extranjero que ingresó con la liberalización de Fujimori causó una fuerte competencia de productos extranjeros para las empresas peruanas. En concreto, a inicios del siglo XXI, el capital extranjero dominaba el mercado del petróleo, la banca y las telecomunicaciones; mientras que las empresas peruanas dominaban los rubros de agricultura, construcción, cemento, bienes raíces e industrias textiles (Shimizu, 2004).
Este repaso por los ciclos económicos peruanos del siglo XX y XXI y la caracterización de sus empresas familiares sirve de preámbulo para un mejor entendimiento y contextualización de los casos de estudio que se verán a lo largo de este libro. Como no es un objetivo elaborar una detallada historia económica, se han presentado aquellos hitos relacionados directamente con la industria local y las herramientas a disposición de los empresarios locales. Muchos emprendimientos y empresas familiares han tenido una historia que recorre las décadas de desarrollo de la economía peruana. Estas diferentes coyunturas han influenciado la toma de decisiones de estos agentes económicos y, en consecuencia, muchas veces determinaron su rumbo.
Esta publicación pretende explicar cómo estos grupos familiares llegan a convertirse en organizaciones sofisticadas frente a otros grupos peruanos. En el lenguaje de este texto, cómo nuevas empresas (en mercados emergentes, la falta de financiamiento y acceso a tecnología de punta afectan agudamente a estos emprendimientos) llegan a convertirse en corporaciones. En esta evolución, pueden esbozarse varias hipótesis plausibles: uno, las empresas cosmopolitas son una élite reducida; dos, las nuevas empresas, que suelen empezar con escasos recursos, se ven obligadas a invertir inicialmente en negocios de bajas barreras a la entrada y salida (confecciones, como los casos Moreno y Rosales; calzado, como el caso Moda; catering, como el caso Pérez; o comercio herbolario, como el caso Li). El que una empresa nueva se convierta en promisoria involucra aspectos que serán explicados a lo largo del texto. Hasta donde conocemos, son pocos los textos que han explicado este proceso.
2. Relación entre proyecto familiar y empresa
Toda trayectoria es pertinente si supone un porqué, es decir, según su aporte al proyecto familiar y al riesgo que se afronta. El proyecto familiar constituye la razón de ser de la empresa. Todo emprendedor busca un sueño, plasmado en un objetivo –implícito o explícito– que puede ser de cualquier índole. Este sueño le ofrecerá un sentido de vida, lo que lo motivará a vencer todas las vicisitudes de una aventura empresarial.
Existen dos perspectivas en todo proyecto familiar. La primera, denominada economicista, presume que el individuo busca un solo objetivo: el económico. Define la felicidad (enfoque hedonista) como consumir más y mejor, es decir, la motivación es el placer como fin y fundamento de la vida. El consumo es la guía de la producción. La segunda perspectiva, la global, complementa el objetivo económico con otros como la búsqueda del reconocimiento y la autorrealización. Define la felicidad (enfoque intrínseco) como el proceso en el que el ser humano transcurre desde un consumo cultivado hacia una experiencia óptima que le ofrezca un sentido de vida (Reme, 2005).
2.1 La gestión de empresas en las perspectivas economicista y global
Desde la primera perspectiva, la racionalidad del tomador de decisiones debe guiarse por el ámbito económico, donde un mayor consumo supone mayor felicidad. Sobre este punto, es necesario indicar algunos supuestos: los empresarios solo venden en el mercado local, las tasas de interés pasiva y activa son iguales y se trata de un mercado que opera con certeza (Del Mastro & Wiesse, en prensa). Las dos figuras que se muestran a continuación explican la forma en que un individuo logra el mayor consumo. En la figura 1, los individuos no disponen del mercado de capitales, por lo que no disfrutan de intereses por depósitos ni pueden pedir prestado; en la figura 2, cuentan con estas instituciones financieras. Solo se dispone de dos períodos: el presente y el futuro.
El mayor consumo involucra coordinar tres variables económicas clave (figura 1): los gustos de los consumidores, las combinaciones de consumos entre hoy y el futuro que me ofrezcan mayor felicidad (curva de indiferencia UU, como luego se observará; mientras más alejada del origen, mejor) y las oportunidades de negocio posibles (frontera de posibilidades de producción, PP). Puede notarse que se puede consumir menos en el presente y producir más, o consumir más en el presente y, por tanto, producir menos. La ausencia del mercado de capitales no permite trasladar la producción de un período a otro; en consecuencia, la producción es igual al consumo. Por el punto S, pasa una curva de indiferencia de menor satisfacción que las mostradas. Puede notarse que el mayor bienestar ocurre en T, donde se consume C0 en el presente y C1 en el futuro.
Figura 1
Consumo, gustos y oportunidades de negocios

Fuente: Gómez-Bezares (1991).
A la coordinación de las dos variables económicas anteriores se debe agregar la coordinación de una tercera, la tasa de interés (RR), premio para motivar a los ahorradores a sacrificar consumo presente por consumo futuro. Si la tasa de interés es suficientemente atractiva, se consumirá menos en el presente y más en el futuro. Puede observarse en la figura 2 que la recta BB permite la coordinación de la frontera de las posibilidades de producción y la tasa de interés en el punto V, pero además permite alcanzar una mayor curva de indiferencia en el punto W, lo que origina un mayor bienestar.
Figura 2
Consumo con la posibilidad de prestar y pedir prestado

Fuente: Gómez-Bezares (1991).
Sobre la gestión de empresas, en el enfoque global son necesarias algunas precisiones. El enfoque economicista simplifica enormemente la realidad, por dos razones. La primera consiste en que en la mayoría de los países el mercado de capitales no es desarrollado y, por lo tanto, el intercambio de consumo presente por futuro es limitado. La segunda razón refiere a que la mayoría de las empresas son pequeñas y sufren serias dificultades para obtener recursos. Los recursos se toman en su definición más amplia (no en el sentido restrictivo de dinero en efectivo): «incluye todos los activos, capacidades, procesos organizacionales, información y conocimientos controlados por una firma, y que le permiten concebir e implementar estrategias que mejoren su eficiencia» (Barney, 1991, p. 101). De esta definición, se rescata que parte de los recursos que necesita un empresario es el conocimiento, y que, además del que se adquiere en institutos educativos, el formal, también es necesario el tácito, que proviene de la experiencia.
La provisión de recursos está marcada por tres características: disponibilidad, si el recurso existe en el mercado; accesibilidad, si ambas partes están dispuestas a realizar el intercambio; e incertidumbre, si este supone un grado de sofisticación cuya calidad es difícil conocer de antemano.
Una empresa crece si dispone, por un lado, de capital humano y social, y, por otro, del financiero. El capital humano refiere a los conocimientos, habilidades y capacidades dentro de la empresa. El capital social son los recursos que pueden obtenerse por medio de contactos personales y de redes; este recurso, distintivo, desarrolla, en lo fundamental, conocimiento tácito. Una empresa recién creada empieza con escaso capital financiero (activos tangibles), y su capital humano importante se circunscribe a lo que dispone su núcleo familiar próximo. El capital social, los contactos, no siempre provee recursos y puede ser un impedimento para el crecimiento de la empresa (Lester, Maheshwari, & McLain 2013).
En un estudio sobre pequeñas empresas, se ha encontrado que ellas pasan por tres fases: la primera corresponde a un mercado de competencia perfecta; la segunda, como un vendedor en un oligopsonio; y la tercera, como oligopolio (Wong, 2014). La microeconomía sostiene que, en las dos primeras fases, los gestores obtienen rentabilidades magras. Esto puede explicarse por la dificultad para obtener recursos, en especial del tipo de conocimiento tácito. Entre otros factores, el mercado de capital no es desarrollado, muchas empresas operan sin poder en el mercado (competencia perfecta o vendedores en un oligopolio), y esta situación obedece a que tienen grandes dificultades en conseguir recursos.
2.2 El consumo en las perspectivas economicista y global
Primero se explicará el consumo desde la perspectiva economicista, abordando la teoría clásica del consumo. Las curvas de indiferencia son las mismas que en la figura 1, pero aquí se muestran las preferencias entre el consumo del producto A y el producto B o una combinación de ambos (véase la figura 3). Estas suponen que la utilidad marginal es decreciente, aunque siempre positiva. Mayor consumo es más felicidad. Por lo tanto, si el consumidor se sitúa en la curva más alejada del origen, estará más contento. Las características de estas curvas son cuatro: (1) se prefieren las curvas de indiferencia más alejadas del origen, (2) las curvas de indiferencia tienen pendiente negativa, (3) las curvas de indiferencia no se cortan y (4) la relación marginal de sustitución (RMS) refleja la tasa de sustitución por la que el consumidor está dispuesto a intercambiar un producto por otro manteniendo el mismo grado de satisfacción. Es importante anotar que la elección hacia la máxima utilidad conlleva un resultado final inamovible. Así, por ejemplo, con respecto a la primera característica, una vez que el consumidor ha escogido la combinación de productos que le reporta la máxima utilidad, ninguna variable exógena (como el estatus) modifica este gusto. Así, también, dadas además las características 2, 3 y 4, los gustos no pueden modificarse.
Figura 3
Curvas de indiferencia

Fuente: Mankiw (1998, p. 411).
La perspectiva economicista del consumo tiene sus detractores. Becchetti, Corrado y Rossetti (2011) clasifican a los consumidores en seis tipos, en función de su nivel de ingreso y su grado de felicidad (entendida como satisfacción): (a) felices y solventes (satisfied achievers), cuando se han incrementado tanto su felicidad como su ingreso; (b) infelices e insolventes (frustrated losers), cuando han decrecido tanto su felicidad como su ingreso; (c) felices e insolventes (satisfied losers), cuando se ha incrementado su felicidad, pero ha decrecido su ingreso; (d) infelices y solventes (frustated achiever), cuando ha decrecido su felicidad, pero se ha incrementado su ingreso; (e) indiferentes y solventes (indifferent achievers), cuando, a pesar de haber incrementado su ingreso, son indiferentes a la felicidad; y (f) indiferentes e insolventes (indifferent loser), cuando, a pesar de haber disminuido su ingreso, les es indiferente la felicidad.
Sus conclusiones se basan en 71.228 encuestas realizadas entre 1991 y 2005 en el Reino Unido. Una primera observación es que, del total de la muestra, el 64% aumentó su ingreso y el 36% lo disminuyó. Podría pensarse que todos los solventes deben ser felices, pero solo un 16,4% presenta esa condición. Existe un significativo 47% que, a pesar de haber aumentado su ingreso, siente o que el ingreso no explica la felicidad o, contrariamente a lo pensado, es infeliz (aquí se encuentran los solventes divorciados).
En la misma perspectiva economicista, Hsee, Yang, Naihe y Shen (2009) discrepan de la conclusión que afirma que a un porcentaje significativo de solventes les es indiferente la felicidad o que son infelices. Sostienen que las nuevas teorías de la economía del comportamiento pueden explicar mejor la relación existente en el uso consumista del dinero y la felicidad.
Las curvas de utilidad en las nuevas teorías de la economía del comportamiento no pueden simbolizarse como curvas de indiferencia. Parten esencialmente de un principio importante: la posición relativa. Este paradigma supone que el consumo está influenciado por el estatus con respecto a otro consumidor y su ingreso, es decir, por una posición relativa. La perspectiva clásica supone que la elección del consumidor no es influenciada por estos factores. Es posible que un consumidor pueda consumir más porque dispone de mayor ingreso, pero si el resto de los compañeros consume aún más debido a que ganan más que él, estará menos feliz. En este sentido, la elección de consumo conlleva un resultado que depende del comportamiento de otros; por tanto, es modificable.
Hsee et al. (2009) reformulan la teoría clásica del consumo al diferenciar la experiencia de recibir ingreso que permite un mayor consumo y el consumo per se. Luego, distinguen un consumo de un producto cuyo nivel de satisfacción es razonablemente cuantificable sin referencias (por ejemplo, un calentador en el invierno en Nueva York: se puede regular la temperatura), de otro tipo de consumo cuyo nivel de satisfacción no es cuantificable y debe estimarse en función de referencias (por ejemplo, el peso de un diamante, la marca de una cartera de vestir, etc.). La teoría clásica del consumo es válida para un consumo cuyo nivel de satisfacción es cuantificable, pero cuando se trata de obtener más dinero para consumir productos cuya satisfacción no es fácilmente cuantificable, es válida la teoría de la economía del comportamiento. Los autores estiman de esta manera que ese 47% de solventes indiferentes o infelices podría disminuir, información lograda en el trabajo de Becchetti et al. (2011). Por lo tanto, los autores persisten en la creencia de que más dinero ofrece más felicidad.
En lo que sigue, se explica el consumo desde la perspectiva global. Este enfoque se reserva a los individuos que son actores activos y no pasivos de su destino. El fin del consumo no solo radica en la satisfacción de las necesidades básicas; además, se promueve el consumo cultivado, que nace del interior de la persona. Se muestra la perspectiva de George Simmel (1970), quien afirma que el consumo descansa en el corazón del proceso en el que los hombres desarrollan su consciencia, en la capacidad de los individuos de darse cuenta de sus propios actos y de sus consecuencias. El individuo se cultiva, mejora y participa como miembro reflexivo en una sociedad. En este sentido, el acto de consumir no recae de manera exclusiva en el producto que se consume, sino que también es importante el sujeto que consume. Simmel define a este sujeto en todo su potencial para ser feliz (Holt & Searls, 1994). Dos ideas son fundamentales aquí: uno, valor no es igual a precio, es decir, un consumidor cultivado no necesariamente refleja el precio que se fija en el mercado; dos, el consumo puede analizarse o desde un enfoque instintivo o desde un enfoque teleológico.
En teoría económica, el precio se determina en función de la escasez y el gusto por el bien. El precio, según Simmel, es un concepto que se incluye parcialmente dentro de uno más sofisticado, el valor. Este concepto, que acepta las nociones de escasez y gusto, agrega dos características al consumo: el individuo es consciente (tiene un conocimiento reflexivo de las cosas) y, una vez que lo es, determina un objetivo que ofrece sentido a su vida. Si esto es así, la importancia esencial del consumo pasa de la acción en sí de consumir a la posibilidad de que el sujeto evalúe la pertinencia de su consumo.
Que los objetos, los pensamientos y los acontecimientos sean valiosos no se podrá decidir nunca de su existencia y contenidos naturales; su orden, si establecido de acuerdo con los valores, se distancia enormemente del natural. Son infinitas las veces que la naturaleza ha destruido aquello que, desde el punto de vista de su valor, podría aspirar a una mayor duración y ha conservado lo que carece de valor, incluso aquello que consume lo valioso en el ámbito de existencia.
[...]
La axiología, como proceso psicológico real, es parte del mundo natural; pero lo que con ella pretendemos, su significado conceptual, es algo opuesto e independiente de este mundo, tanto más cuanto que es la totalidad del mismo mundo, visto desde una perspectiva especial. Conviene tener claro que toda nuestra vida, en cuanto a su conciencia, discurre según pensamientos y apreciaciones de valor y que solamente adquiere sentido e importancia en la medida en que los elementos mecánicos de la realidad, trascendiendo su contenido objetivo, nos comunican una calidad y una cantidad infinita de valores. En el momento en que nuestra alma deja de ser un mero espejo desinteresado de la realidad –lo que, quizá, no es jamás, ya que hasta el mismo conocimiento objetivo solo puede originarse de una valoración de sí mismo– vive en el mundo de los valores, que aprehende los contenidos de la realidad según un orden completamente autónomo. (Simmel, 1977, pp. 17 y ss.)
Un consumidor consciente relaciona su consumo con su objetivo en la vida, se da cuenta de que no solo se gasta para satisfacer instintivamente sus necesidades básicas, sino además por el aporte a su propósito. Simmel formula que, aparte de los procesos causales y lineales, cuyo origen proviene de sentimientos impulsivos y primitivos en la conciencia, existen acciones que se manifiestan como contenido de la conciencia, es decir, son una representación de los fines que se buscan. En otras palabras, uno maneja dichas acciones y no es manejado por ellas. Por lo tanto, la satisfacción resultante no es consecuencia de la mera acción, sino que se origina por las consecuencias que la acción produce.
Si una inquietud interior nos impulsa a una acción precipitada, nos encontramos con la primera categoría; si, por el contrario, esa misma inquietud es dirigida inteligentemente hacia el logro de un objetivo deseado, nos encontramos frente a la segunda categoría. Por ejemplo, si comemos impulsados por el hambre, realizamos una acción de la primera categoría, mientras que, si comemos por el placer culinario, se trata de la segunda categoría. Esta diferenciación es esencial por dos motivos: en la medida en que actuamos por meros impulsos (modo exclusivamente causal), no hay ninguna igualdad interna entre la constitución psíquica, que aparece como causa de la acción, y el resultado en que aquello desemboca.
No se desprecia el consumo para cubrir necesidades básicas; puede llevar al logro de un sentido de vida o de una experiencia óptima (conceptos que se explicarán más adelante). Si el sentido de vida de un individuo es disminuir la pobreza, debe promover la alimentación de sectores desfavorecidos. Si bailar posibilita experiencias óptimas, el desarrollo de las habilidades que permite este ocio involucra consumo básico en alimentación o salud.
Finalmente, se desarrolla el concepto del logro de la felicidad. Las posibilidades de que una persona sea feliz van más allá de maximizar su consumo y su posibilidad de ser empresario. Estas actividades están más referidas a motivaciones tangibles, que satisfacen necesidades básicas. El bienestar se perfecciona ante motivaciones intangibles que satisfacen necesidades superiores. La jerarquía de necesidades de Maslow (2005) da cuenta de esta situación (véase la figura 4). El consumo se centra en las necesidades fisiológicas básicas. Crear empresa puede satisfacer las necesidades de reconocimiento, pero esto no basta: hay necesidades de seguridad, afiliación y, finalmente, autorrealización.
Figura 4
Pirámide de Maslow

Fuente: Maslow (2005).
En este mismo sentido, Csikszentmihalyi (2008, p. 191) dice lo siguiente:
En los siglos más recientes, la racionalidad económica ha tenido tanto éxito que hemos tomado como algo cierto que «el resultado final» de cualquier esfuerzo humano debe ser medido en dinero contante y sonante. Pero un enfoque exclusivamente económico de la vida es profundamente irracional; el resultado final consiste en la calidad y la complejidad de la experiencia.
Las posibilidades de ser feliz se abren incluso en contextos de limitados de consumo y producción. Un caso real de esta situación precaria la ofrece el holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial, que permitió que los supervivientes superaran condiciones extremadamente hostiles. Víctor Frankl (2003), psiquiatra judío austríaco, sostiene que el ser humano necesita un objetivo razonable en la vida, una tarea adecuada para él; que la vida le exija siempre algo a lo que él pueda hacer frente. El médico sostiene que la probabilidad de supervivencia fue mayor en aquellos individuos que tenían una razón para vivir, una esperanza de reencuentro con sus familiares. Sin embargo, la guerra fue cruel, pues, al ser liberados, la mayoría se enfrentó a la realidad de que sus parientes habían muerto, asesinados en otros campos de concentración o de inanición. A pesar de ser libres, esta ausencia de objetivos les hizo padecer enfermedades, como trastornos cardíacos, pulmonares, gastrointestinales y metabólicos.
Frankl cita a Nietzsche: «quien tiene un porqué para vivir, soporta casi cualquier cómo. Es decir, quien conoce el sentido de su existencia, él, y solo él, está en condiciones de superar todas las dificultades» (Frankl, 2003, p. 77).
El ser humano va más allá de motivaciones extrínsecas; el consumo y la producción permiten satisfacción por un hecho fuera de la persona. La perspectiva de Frankl aborda motivaciones intrínsecas, como el sentido de vida:




