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En mitad de aquella conversación, Chanchito, extrañado, volvió a concentrarse en su tarea.
–Juraría que agarré dos dosis.
–Tú también estás mayor, Chanchito.
–Yo soy viejo, Emilio. Cualquier día me toca retirarme. Pero es que tú te sientes viejo, y aún te queda media vida por delante.
–¿Qué vas a ponerle pues? –preguntó Emilio en referencia a la inyección.
–Primero un relajante muscular y luego la eutanasia.
Aquel veterinario despistado concluyó que de todas maneras con una dosis sería suficiente y le advirtió que en unos minutos el animal moriría quedando con los ojos abiertos, un efecto secundario del barbitúrico.
–Te lo digo porque te veo sensible; no me vengas luego con poemas: que si te quería tanto que se quedó con los ojos abiertos para ver a su amo…
Emilio Rincón no se inmutó con el comentario de Chanchito que, a su manera, pretendía ser afable y quitarle hierro al asunto.
Paola contempló la escena y, a pesar de que era una culicagada que no comprendía lo que ocurría, todo aquello se le quedó grabado en la memoria para siempre: los ojos abiertos de Libertadora, la tristeza de su padre y también su madre hurgando en el maletín de Chanchito, lo cual la desconcertó enormemente, pues su mamá le tenía prohibidísimo hacer eso a ella con las cosas de los demás.
Por entonces Paola no sabía que lo que su madre sisaba del maletín del veterinario era la otra dosis de pentobarbital que don Fausto traía para la yegua. Solo se fijó en que, lo que fuera que cogiera, se lo guardó en el bolsillo del pantalón y con ello salió a cumplir el recado de don Fausto.
Con el tiempo Paola aprendió que el desconcierto conduce al abandono y que las normas incondicionales impuestas por las personas también acaban cambiando con las circunstancias, transformando lo que parecía absoluto, inamovible y eterno en relativo, cambiante y caduco.
La casa de Julio Espinosa y Violeta Mejías estaba a media cuadra. Por eso Paola, siguiendo los pasos de su mamá, alcanzó a entrar fácilmente en la casa de los vecinos mientras Elvira, frenética por lograr su cometido, seguía sin recaer en la pequeña. Atravesó la puerta, y desde ese momento también recordaría para siempre a Julio Espinosa plantándole un cariñoso beso en la mejilla de su mamá haciendo con ello que ella se abrazase a él. Luego descubrió que eso era lo que hacían los amantes en las películas: su mano en el cuello y sus dedos peinando su pelo; él agarrándola por los hombros como en un intento racional por contener su ímpetu. Para entonces Elvira ya le había explicado a aquel hombre lo que pasaba: Chanchito y su marido lo necesitaban para acarrear a la yegua sacrificada; a cambio ella se haría cargo de Violeta, enferma y postrada en la cama desde hacía casi tres años por algo degenerativo en el sistema nervioso que los médicos no sabían especificar. En su enfermedad, Violeta tenía días en los que estaba más activa, y entonces en aquella casa se vivía con esperanza mientras juntaban plata para llevarla a un especialista a Estados Unidos. Otros días apenas podía moverse, y entonces se apagaba y quedaba inmersa en una especie de sopor, latente, hermética.
Julio Espinosa no dudó en prestar ayudar.
Al salir de su propia casa se vio sorprendido por la mirada de Paola, indefensa y confusa en el umbral de la puerta.
–Pasa ahí dentro con tu mamá –le dijo, acompañándola con un pequeño empujoncito hasta mostrarle la puerta de la habitación donde Violeta Mejías descansaba su enfermedad.
La pequeña Paola, reubicada, le obedeció.
Avanzó en busca de su madre, primera habitación a mano derecha. Allí estaba el dormitorio del matrimonio, la puerta entreabierta. Paola se asomó al umbral y vio a su mamá de pie, observando a Violeta Mejías dormir de manera desahogada. Sin saber lo que era, vio que su mamá tenía aquella pócima en la mano. La vio también rebuscar en el cajón de la mesilla hasta que encontró unas tijeras con las que hizo un agujero en el tapón de la botellita para vaciar su contenido en el frasco de donde Violeta Mejías bebía el agua.
Cuando Elvira se volvió hacia la puerta descubrió a la pequeña Paola parada en el umbral agarrada con una manita al cerco, la otra ocupada en un medio abrazo a su yegua de peluche que había sido bautizada por ella misma también con el nombre de Libertadora.
Elvira se estremeció al descubrir allí a la niña e instintivamente se lanzó a por ella. La cogió en brazos, la apretó y se puso a llorar sin saber exactamente por qué.
–La pobre Violeta está malita, mi hija –alcanzó a decir.
La pequeña Paola en cambio no lloró. Ni ella ni nadie comprendía todo lo que estaba ocurriendo entre aquellas dos casas.
–¿Irá al cielo con los abuelos?
–Claro, mi amor.
–¿Y Libertadora?
–También, mi vida –contestó Elvira con la voz quebrada.
–¿Y tú?
–¿Yo? –se sorprendió Elvira–. Yo no, mi amor. ¿Por qué?
–Cuando se hacen cosas malas ya no se va al cielo, ¿verdad?
En un principio, Elvira no supo qué contestar.
–Yo voy a estar siempre contigo, mi hija –reaccionó apretándola en su regazo por unos segundos, hasta que Paola pataleó y consiguió zafarse y salir corriendo. La madre la dejó escapar.
De vuelta a casa, Paola se metió directamente en su habitación y abrió el cajón donde guardaba las velas de su último cumpleaños. Tenía cinco. Cogió dos y con ellas regresó a la casa de los Espinosa. Allí, Elvira contenía el llanto sentada en una silla al pie de la cama de Violeta Mejías. Paola simplemente extendió su brazo y le entregó las velas indicándole que las encendiera:
–Para que Libertadora y Violeta vean hasta que lleguen al cielo –dijo.
Petrificada por el gesto de la niña, dando enteramente por cierta la conclusión de su pequeña, luchó por mantener mínimamente la compostura. Cogió las dos velas, las puso junto a la imagen de santa Marta de Betania que había en el recibidor de aquella casa y las encendió. Aun así, aquella noche ya nunca dejó de ser oscura en los recuerdos de Paola.

4
A las nueve de la mañana del mismo día de santa Marta, Julio Espinosa, nervioso y descompuesto, fue de nuevo a casa de sus vecinos. Emilio Rincón abrió la puerta; con ellos estaba Chanchito, que había ido a cobrar la minuta de la noche anterior y de paso a desayunar. Julio Espinosa los miró casi sin decir y con los ojos húmedos alcanzó a pedir que se quedaran con Fabián mientras se componía el velatorio; el médico estaba en casa y acababa de certificar la muerte de Violeta.
–No ha aguantado más su enfermedad –razonó, confirmando su viudez.
Desde el umbral, Emilio le extendió la mano y, mirándolos a los dos, padre e hijo, acongojado, comprendiendo la pena que debía suponer la pérdida de una esposa y una madre tan joven y bella, los invitó a pasar, ofreciéndose él mismo a ir a dar aviso al cura y al alcalde.
–Ha sido en un momento. Se tomó la medicina y luego desayunó como siempre, y cuando he vuelto a la habitación la he encontrado con los ojos clavados en el techo, como si quisiera seguir aferrándose a este mundo.
Chanchito se quedó pensativo; le recordó a él mismo explicándole a Emilio Rincón cómo sería la muerte de Libertadora tras aplicarle la inyección letal.
–¿Habrá autopsia? –preguntó.
–El médico dice que en su estado podemos dar gracias de que haya sido rápido, que ha tenido una muerte feliz.
Todos asumieron que había sido algo bueno, dentro de la pérdida.
–Cuánto lo siento, querido Julio –dijo Chanchito según se levantaba a saludarle antes de salir por la puerta.
Emilio Vélez agarró su sombrero, se puso una cinta negra en el brazo izquierdo enseñando respeto por aquella familia y bajó a informar, primero al alcalde, porque le venía al paso, y luego a don Basilio, para pedirle que tocara a difunto por el alma de Violeta Mejías.
De camino, pensando en la yegua, se repitió la misma frase dos veces: «Las desgracias nunca vienen solas».
En la sala de estar quedaron Julio Espinosa y su hijo Fabián, mientras Elvira Vélez preparaba café de filtro. El aroma de la infusión recién hecha atrajo a Julio Espinosa hasta la cocina. Allí encontró una atmósfera íntima en la que le resultó más fácil soltar los sentimientos que tenía agarrados a la boca del estómago. Se quedó de pie.
–¿Fabián tomará café? –preguntó ella, alargándole una taza.
–Mejor que no –respondió él.
En aquella cocina, Julio Espinosa tomó el café tinto, negro con azúcar. Elvira Vélez, también dulce pero blanqueado con un poco de leche. Fabián se quedó sentado en la cocina sin decir ni hacer nada, tan solo mirando de reojo a Paola que, apostada como una lechuza en el corredor, contemplaba la escena atentamente abrazada a su peluche mientras mordisqueaba una arepa de queso.
–Gracias por quedarte anoche con ella.
–Por ti hago cualquier cosa, Julio. Ya lo sabes. Los malos tragos son mejores si pasan pronto y acompañados.
–Gracias de corazón.
Se miraron unos segundos, como entendiéndose mentalmente. Elvira se lanzó a abrazarlo y él la correspondió con un beso contenido en la frente y otro abrazo.
–A veces alargamos las cosas más de lo necesario, ¿no crees? –reflexionó Julio Espinosa, que se encontraba en ese estado de duermevela que queda del poco descanso y los golpes inesperados de la vida.
–Y mientras se nos va la felicidad… –respondió ella emocionada y agradecida por la reflexión.
Enseguida se oyó sonar con desánimo el pequeño campanario de la iglesia. El repique de las campanas interrumpió definitivamente aquel momento íntimo, invitando a Julio Espinosa a volver a su casa para cuidar del cuerpo de su mujer hasta que llegasen más vecinos a ayudar con el velatorio. También le dio un beso en la frente a Fabián dejándolo allí a cargo de sus padrinos y se marchó con el cuerpo de Violeta.
Paola se acercó inquieta a aquella extraña mujer que ya no se parecía tanto a la que era su mamá. La contempló como si fuera otra persona. La percibió en trance, extasiada por aquella dosis anormal de adrenalina que dominaba su cuerpo. La miró y lo que vio en ella fue una madre amputada de ternura.
–¿Por qué lo hiciste, Elvira? –dijo temerosa desde lo más profundo de su enorme alma de cinco años.
Sorprendida por la frialdad de la pregunta de su criatura, Elvira se le acercó desconsolada con la cara desencajada y el propósito de poder agarrarla en brazos, pero le resultó imposible. El ánimo de Paola estaba dominado por esa humillación innata que surge de los corazones puros cuando sufren su primera decepción. De allí se había esfumado definitivamente la admiración por su madre.
–¿Qué dice la niña? –preguntó Emilio Vélez según entraba de regreso por la puerta.
–Debe de pensar que yo maté a la yegua… porque avisé a Chanchito… Ya ves… –respondió Elvira con los ojos en lágrimas.
–Qué tontería es esa –preguntó aquel marido despistado sin precisar a qué se refería exactamente–. ¡Ven acá, mi amor!
Paola fue el único de sus dos amores que salió corriendo hacia él. Tal vez imitando a la Libertadora de carne y hueso, lo hizo al trote, con su peluche en brazos. Al final de su cabalgada miró hacia atrás y entonces vio cómo su mamá, pálida y temblorosa, buscaba a tientas la pared mientras Fabián se dirigía hacia ella asustado para evitar su caída. A punto de desvanecerse, el muchacho consiguió sujetarla y acompañarla hasta hacerle tomar asiento en una silla de la cocina.
–Gracias, mi hijo –alcanzó a decir Elvira.
Con Paola en los brazos, Emilio la miró con susto.
–¿Estas bien, Elvira?
–Sí, es solo este calor y las malas noticias.
En el desconcierto, Fabián preguntó entonces algo que no obtuvo respuesta:
–¿Qué hicieron con la yegua? ¿La enterraron también?
La pregunta de su ahijado sonó incoherente y espantosa en la mente de Elvira.
Pasaron meses hasta que Paola volvió a llamarla mamá, pero Elvira Vélez nunca habló de ello con la pequeña; simplemente dejó pasar el tiempo pensando que lo que su hija hubiera tenido en la cabeza igual que le había venido se le iría.

5
El coronel Evaristo Arias no faltó al acompañamiento público por la muerte de Violeta. Llegó a la par que el cura y el alcalde para más contraste, pues en medio de aquel luto que traían las autoridades él iba vestido con un traje de algodón del color de la nieve, como si fuera un hermano mayor jaguarí. Del mismo tono que su conjunto, sus zapatos, su sombrero vueltiao de hilo de fibra de caña y un bastón de madera de macana con puño tallado y contera plateada. Eso sí, llevaba un brazalete negro en su brazo izquierdo.
Al coronel lo acompañaba su conductor, un tipo fuerte que conservaba de su época activa de militar pero que ahora pagaba de su bolsillo, y aparentemente mejor, por el aspecto renovado que también traía; y también venía con él una mujer más joven, bastante atractiva y poco vista en Arellano, que parecía su asistente o una suerte de sobrina, aunque aquella tenía todas las luces de estar más veces recompensada por el conductor que por el mismo coronel, quien al fin y al cabo ya tenía sus años. En cualquier caso, su sola presencia, como de costumbre, le hizo protagonista en el velatorio, tanto o más que la propia difunta.
El coronel era querido y odiado en Arellano. La gente le seguía la corriente porque con su dinero medio pueblo había sacado adelante algún negocio, como doña Dilia, que acabó haciendo los jugos de coco más ricos de todo el departamento –lástima para ella que no lo hubiera abierto en la capital; se hubiera hecho rica–, o algún cafetal. Así, eran pocos los que ponían en duda sus palabras; excepto los afectados de las fumigaciones, que aún le recordaban jactándose por haber dirigido los planes que los gringos subvencionaron en la sierra con la idea de erradicar miles de hectáreas de cultivos ilícitos. Los dueños de esos terrenos se quejaban de haber perdido sus ingresos y de que nunca cobraron compensación por ello. Nunca se lo perdonaron porque decían que «la marimba y la amapola daban por entonces trabajo en la sierra». De ahí vino cuando el coronel Evaristo Arias, por reconciliarse y quitarse la mala prensa, decidió ayudar a los colonos afectados y, para compensar sus pérdidas, se convirtió en prestamista de muchos de ellos con la condición de que plantasen café. En general aceptaron, aunque también hubo a quien el coronel le negó la ayuda «por temor a que se la gastaran en otros vicios, y por comunistas», decía. Pero la mayoría le tenía respeto, porque en Arellano muchos habían llegado huyendo de la revolución y el coronel era considerado como el mejor contacto que el pueblo tenía con el Ejército. Aunque ya estaba jubilado, si algún día llegase la guerrilla y se produjeran enfrentamientos con narcotraficantes y paramilitares, allí tendrían a don Evaristo a mano para traer al Ejército con un levantar de cejas.
Amigo del pueblo y de las autoridades, de Evaristo Arias hay que decir que en verdad era un embaucador. Tenía la virtud de arrollar con sus peroratas, aprovechando con naturalidad la autoridad militar que le concedían los galones y la paciencia de los vecinos. Te traía a un escenario en el que parecía estar sucediendo una cosa, ciertamente la que el escuchante quería oír, sin saber que en verdad jugaba con él, como un maestro del ajedrez, calculador en el tablero y en la vida; un tipo que nunca delataba su estrategia, que te hacía ver que todo era sencillo. Eso era porque solo él tenía en mente la jugada y, mientras los demás se quedaban mirando el plano corto, él llegaba a ver tres y hasta cuatro movimientos por adelantado, sabiendo interpretar en un instante lo que sería la derivada segunda de lo que tenía enfrente.
El mismo Julio Espinosa, de siempre transportista, tenía plantados treinta mil cafetos pagados con un préstamo suyo. Fue con ello como se inició en la caficultura. Por entonces pensaba que el café le daría la plata que necesitaba para poder llevar a Violeta a un buen hospital de los Estados Unidos. En total, a la muerte de Violeta llevaba cultivadas seis hectáreas en aquel paraje recóndito en mitad de la sierra, lejos del pueblo, donde casi nadie subía porque aquellos terrenos eran elevados, tal vez demasiado fríos para cultivar café, y caían en la misma raya del resguardo indígena, y por eso en el pueblo se decía que pudiera haberlos plantado dentro del territorio de los jaguaríes, porque en el valle de enfrente se veían pequeños hombres y mujeres de blanco caminar a diario ladera arriba y ladera abajo; y que de ser eso así podría traerle problemas, si no es que antes las propias autoridades le obligaban a devolverlas a los indígenas.
A muchos les extrañaba que el propio coronel no hubiera reparado en ese detalle cuando decidió financiar a Julio Espinosa, porque se decía que no había mosca que entrase en la sierra que no fuera identificada por el radar de Evaristo Arias: por tierra tenía sus contactos, y por aire, aun a su edad, él mismo seguía volando la sierra en su avioneta y paseaba a su joven acompañante, oteando desde las alturas. El que se quería consolar, acababa diciendo que, gracias a que volaba, tenía mejor opinión de dónde convenía plantar. Así fue que, en contra de todas las opiniones de los vecinos de Arellano, donde el que más y el que menos tenía media vida de caficultor, el coronel fue el único que dijo confiar en el éxito de aquella plantación al límite de Julio Espinosa.

6
Después del entierro de Violeta se sirvió tertulia y café en el hospedaje de Elvira Vélez para dar compañía y hacer el trago más corto a Julio Espinosa y a su muchacho, Fabián. Con esa labor acudieron también el cura y el coronel. Aquel día, el sol era de enero y brillaba fuerte desde mitad de la mañana, y en medio de aquel calor, entre sudores, suspiros y no-somos-nadie fueron tomando asiento los invitados, buscando el frescor interior de la casa de los anfitriones. Allí, mientras Emilio Rincón los acomodaba, Elvira preparó el café para todos.
–¿Cómo lo va a tomar, padre?
–Negro, Elvira. En pocillo –ordenó don Basilio.
–Negro y en pocillo –repitió Elvira–. Yo me he preguntado muchas veces por qué en esta sierra tomamos el café tan oscurito, sin adornos.
–Hay quien dice que según se toma el café se ve la personalidad de cada uno –irrumpió el coronel–. Y hasta hay quien lee los posos del café y te saca el futuro.
–Será entonces que somos gente sencilla –concluyó Elvira–. ¿Usted qué cree, padre? ¿Se puede leer el futuro en los posos del café?
Don Basilio se quedó mirando el tinto de su taza.
–Habladurías –dijo tajante.
–¿No sería más fácil sacar el pasado? –apuntó Chanchito.
–Hombre, eso es menos útil, y para eso no hace falta clarividencia. El pasado solo precisa de buena memoria.
–Chanchito lo dice por eso, padre. Si yo le contara… –apuntó Emilio.
–¿Cómo le gusta a usted más, padre?
–Negro, Elvira. Negro y bien cargado. Si tuvieras medio palito de vainilla...
–Qué exquisito es usted, padre –dijo el veterinario.
–Son matices que le sacan lo mejor al sabor del café, Chanchito. Al final, yo lo tomo principalmente para prolongar mis horas de vigilia, mis pensamientos, y también mis rezos –continuó con su propio razonamiento de la personalidad.
–Cómo es usted, padre. Siempre dedicado a los demás –apuntó Elvira–. Pero también le digo que ha de cuidarse, que el exceso de café no es bueno.
–No digo que lo sea para unas cosas, pero bienvenido si alarga el tiempo que uno puede dedicar al alma y a los demás.
Don Basilio y el coronel se miraron con complicidad; eran viejos conocidos, amigos se decían. Ambos estaban ya muy avanzados en sus sesenta años, y los dos compartían la misma afición por la estrategia, el ajedrez y el café, aunque lo hacían de manera distinta: desde hacía años el coronel invertía su dinero en los caficultores y, a la vista de su aspecto, esa labor de prestamista le iba suficientemente bien; el cura, a su vez, había convertido el patio de la casa parroquial en un laboratorio para la exploración de los sabores del café. Cada uno, con su estrategia –por los otros y por ellos mismos– se aferraba al cultivo nacional. De entre las dos formas de afición por el café, la más grave, aparentemente, parecía la devoción que profesaba don Basilio que, en su pasión por esta infusión, pasaba madrugadas enteras con los párpados izados, como las velas recogidas de un antiguo bajel. A solas se anegaba en sus pensamientos temerosos sobre el futuro de la sierra, y así se acababa encerrando en su espíritu de alquimista, tostando kilos de café a diferentes intensidades, con fumaradas de diferentes leñas, macerando sus muestras durante semanas con todo tipo de especias ocultas en cajas de maderas olorosas que él mismo seleccionaba rebuscándolas por los aserraderos y depósitos de todo el departamento, y que fabricaba tomando en cuenta el grosor mínimo y máximo que tenía que dar a las propias tablas y si las tenía que cepillar o dejarlas en bruto. Así, probaba hasta que daba con algo que le parecía exquisito. Era su terapia y su tiempo de reflexión, despreocupado en mitad del patio de la casa parroquial. Allí se convertía en jornalero: retiraba el mucílago de las cerezas, las lavaba, las secaba, las trillaba… En el proceso tomaba nota de todo: medía las temperaturas cuidadosamente, se aseguraba de tostarlo a diferentes tiempos y temperaturas –aunque nunca lo hacía a más de doscientos diez grados–, hacía varios ensayos, tomaba sus muestras, lo guardaba en grano y lo molía solo unos minutos antes de prepararlo para sacarle así todo el aroma, justamente en el momento de la infusión; de ese modo le daba su famoso toque particular. Experimentaba añadiendo especias. Utilizaba agua de canela, vainilla, clavo y otros aromas vegetales que buscaba en la sierra, frecuentemente con ayuda de los jaguaríes. Preparaba el café con el agua especiada y también disuelto en aguapanela, y siempre procuraba que el agua estuviera a punto de hervir pero sin estarlo. De esta manera conseguía un café aromatizado que solo él consumía y que ofrecía con mesura a pocos invitados, probando sus gustos, como si lo que hacía fuera clandestino. Le relajaba pasar el rato cafeteando, reinventando el café.
En situaciones normales, una vez al mes, el coronel venía a visitarlo para echar su partida de ajedrez y entonces tomaban juntos lo que llamaban su café de recuerdos. Otras veces era don Basilio quien bajaba hasta la quinta del coronel en busca del horizonte y el azul turquesa del mar Caribe. A este otro le llamaban café de cumbé. El nombre se lo dieron la primera vez que lo tomaron juntos mirando el mar; aquella vez el cura explicó que la cumbia la trajeron al Caribe los esclavos de Guinea, que ya bailaban esos ritmos que llamaban así: cumbé. Luego el coronel tomó por costumbre hacer sonar sus elepés de cumbias de toda América Latina, entre ellas aquella canción titulada «Ojitos mentirosos».
–Me recuerda tantas cosas.
–¿Por la letra?
–Por el título, más bien, padre.
Desde la casa del coronel, al norte de la sierra, se alcanzaba a divisar la mismísima quinta de San Pedro Alejandrino. Era costumbre que, en su protocolo, antes de la partida de ajedrez, los dos la contemplaran entre admirados y reflexivos, como los futbolistas que escuchan el himno nacional antes del juego, y entonces el coronel siempre decía la misma frase: «Allí empezó todo, padre». Lo decía con su tono más reconcentrado y grandilocuente, tomándose un tiempo para escudriñarla una vez más con sus viejos anteojos militares antes de cedérselos a su rival e invitado, el párroco de Arellano. Este entonces solía iniciar la misma conversación:
–Y doscientos años después, aún seguimos con la vaina, coronel. ¿A quién le vamos a echar la culpa ya?
–No le quito la razón, padre. Realmente ya no hay excusas.




