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—El dolor de una muchacha: se va la juventud y ella sigue soltera. Su tristeza: «Se arrepiente de haber hecho salir a su marido para que llegara a marqués» [4] . Su júbilo: su belleza cuando se mira al espejo cada mañana. El placer de la muchacha: mecerse dentro de un liviano traje primaveral…
—¡Bien! —exclamaron todos, salvo Xue Pan, que sacudió la cabeza.
—No sirve —gruñó—. No sirve. Debería ser castigado.
—¿Por qué? —preguntaron los demás.
—Porque no he entendido ni una palabra.
Yuner le dio un pellizco.
—Cállate y piensa tus versos —le dijo—. Si no lo haces serás tú quien reciba el castigo.
Dicho lo cual cogió su pipa y se dispuso a acompañar a Baoyu, que cantó:
Amor llora sin fin gotas de sangre, granos de amor [5] .
En los pabellones decorados se abren sin descanso
las flores de primavera; se multiplican los sauces.
Al atardecer, el viento y la lluvia flagelan
la gasa de las ventanas y no puede dormir,
ni olvidar sus antiguas tristezas, sus nuevos dolores.
No puede comer los granos de jade, los platos de oro [6] ,
y su imagen, cada día más delgada, se refleja
apenas en los espejos.
Nada es capaz de desplegar su ceño fruncido.
Nunca acabará la noche y eterno es su dolor,
como la sombra de las cimas azules que divisa en la lejanía,
como el verde arroyo fluyendo
hacia lo infinito.
El único que no aplaudió la canción de Baoyu fue Xue Pan.
—No tiene ritmo —objetó.
Baoyu apuró su copa y tomó de la mesa un trozo de pera citando:
—«La puerta está cerrada; la lluvia golpea las flores del peral [7] .»
Entonces le tocó el turno a Feng Ziying, que empezó de esta manera:
—El dolor de la muchacha: su esposo cae mortalmente enfermo. La tristeza de la muchacha: el viento derriba su tocador. El júbilo: da a luz hijos gemelos en su primer parto. El placer: cazar grillos en el jardín.
Luego, alzando su copa, cantó:
Eres encantador y sensible,
demonio astuto y perverso,
pero aunque fueras un dios
¿de qué serviría?
Nunca crees lo que te digo.
Pregunta cuando yo falte,
pregunta y te dirán
cuánto te quiero.
A continuación bebió su copa de un trago y, cogiendo de la mesa un trozo de pollo, citó:
—«Un gallo canta a la luna junto al rústico albergue [8] .»
Luego llegó el turno de Yuner, que habló de esta manera:
—El dolor de la muchacha: ¿dónde encontrará un esposo que la mantenga…?
—¡Pero muchacha! —interrumpió Xue Pan con un suspiro—. ¿Qué problema tienes mientras esté aquí tu señor Xue?
—¡No la entretengas! —gritaron los demás—. ¡No la distraigas!
Yuner continuó:
—La tristeza de la muchacha: ¿acaso le pegará siempre la alcahueta…?
—El otro día vi a esa alcahueta tuya y le advertí que no te volviera a poner las manos encima —interrumpió otra vez Xue Pan.
—¿Dejarás de interrumpir? —protestaron los otros—. Como lo vuelvas a hacer tendrás que beber diez copas.
Pan se abofeteó a sí mismo mientras decía:
—¿Estás sordo? ¡Ni una palabra más!
Yuner prosiguió:
—El júbilo de la muchacha: su amante no soporta la idea de dejarla para volver a su casa. El placer de la muchacha: tañer las cuerdas después de haber silenciado las flautas.
Luego entonó la siguiente canción:
El día tres de la luna tercera
el cardamomo florece.
Un gusano ha venido
ansioso por entrar.
Empuja con gran fuerza
mas no lo consigue.
En la flor se encarama;
allí se balancea.
Carne, corazón mío,
si no te abro yo,
¿cómo entrarás?
Cuando hubo terminado apuró la copa y cogió un melocotón de la mesa citando:
—«Ya están los duraznos en flor».
Por fin llegó el turno de Xue Pan.
—De acuerdo —dijo—. Ahí va: el dolor de la muchacha… —Y ahí se inició una larga pausa.
—¿Cuál es el dolor de la muchacha? —presionó Ziying—. Vamos. Sigue.
Los ojos de Xue Pan, con el esfuerzo, parecían a punto de salirse de sus órbitas.
—El dolor de la muchacha…
Carraspeó dos veces y continuó:
—El dolor de la muchacha… ¡casarse con un tortuga [9] !
Estalló una sonora carcajada.
—¿De qué os reís? —preguntó amoscado—. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso no sería doloroso para una muchacha que el hombre con el que se casase resultase ser un cornudo?
Las risas arreciaron. Entre contorsiones lograron decirle:
—Muy bien. Sigue. Muy bien.
Los ojos de Xue Pan se abultaron de nuevo y prosiguió:
—La tristeza de la muchacha… —Y de nuevo se apagó la voz.
—¿Cuál es? ¿Cuál es? —le urgieron.
—La tristeza de la muchacha… ¡un enorme gorila salta de su cama!
Entre rugidos y carcajadas todos exclamaron:
—¡Que pague! La otra todavía podía pasar, pero ésta… ¡ésta es imposible!
—¡No, no, es suficiente con que rimen! —intervino Baoyu antes de que pudieran llenar la copa de Xue Pan.
—Si el encargado de juzgarlo lo da por bueno —exclamó Xue Pan—, ¿por qué armáis vosotros tanto lío?
Los demás cedieron.
—Las dos líneas que te quedan son más difíciles —dijo Yuner—. ¿Quieres que las haga por ti?
—¡Pamplinas! —replicó Pan—. ¿Piensas que ya no me quedan recursos? Escucha. El júbilo de la muchacha: levantarse perezosa después de su noche de bodas.
—¡Qué lírico se está poniendo! —exclamaron.
—El placer de la muchacha… ¡que la joda una buena verga!
—¡Para matarte! ¡Es para matarte! —gritaron todos entre risas apartando la vista—. Date prisa y empieza con la canción.
Y entonces Xue Pan cantó:
—«Un mosquito zumba, zum, zum…»
—¡¿Pero qué canción es ésa?! —le increparon.
Él continuó impertérrito:
—«Dos moscas bordonean, bzz-bzz…»
—¡Basta! ¡Cállate! —le gritaron.
—Bueno, si no queréis que siga… —dijo él—. Es una nueva canción llamada «Bzz-bzz», pero si no queréis escucharla habréis de perdonarme la bebida.
—¡Te la perdonamos! ¡Te la perdonamos! ¡Pero cállate ya! ¡Estás impidiendo que los demás jueguen!
Jiang Yuhan, el actor, tomó el relevo:
—El dolor de la muchacha: su esposo parte para nunca volver. La tristeza de la muchacha: no tiene dinero para comprar afeites. El júbilo de la muchacha: la mecha se bifurca como una flor doble [10] . El placer de la muchacha: armonía entre los esposos.
Y a continuación cantó:
Naciste con tantos encantos
que una diosa pareces llegada del cielo.
La juventud florida, la fresca edad
es justo el tiempo de los amantes.
Redobla el tambor de la atalaya [11]
y brilla en las alturas el Río Celestial [12] .
Date prisa, baja la luz de la lámpara de plata
y oculta nuestro amor con las cortinas.
Cuando terminó de cantar, el actor alzó su copa y dijo:
—Conozco muy pocos poemas, pero afortunadamente recuerdo un verso de un pareado que leí ayer mismo y que casualmente coincide con un objeto que hay sobre la mesa.
Y después de apurar su copa cogió de la mesa una flor de osmanto y recitó:
Cuando la fragancia de las flores atrapa a los hombres
sabemos que el día está templado [13] .
Todos dieron el verso por bueno y el juego concluyó, pero Xue Pan se levantó de un salto.
—¡Has ido demasiado lejos! —gritó dirigiéndose a Jiang Yuhan—. Tienes que pagar. Has mencionado un tesoro que no está aquí.
Yuhan, perplejo, preguntó:
—¿A qué tesoro te refieres?
—No intentes negarlo. Repite otra vez esa cita.
El actor obedeció.
—¿Acaso no es Xiren un tesoro? —preguntó Xue Pan—. Si no me crees, pregúntale a él.
Y señaló a Baoyu que, incómodo, se incorporó.
—¿Cuántas copas beberás en pago por esto, primo Xue? —preguntó a Xue Pan.
—¡De acuerdo, de acuerdo, lo merezco! —Y llevando la copa a sus labios la despachó de un trago.
Feng Ziying y Jiang Yuhan, que no entendían nada, pidieron explicaciones, y cuando Yuner les dijo quién era Xiren, el actor se incorporó y pidió disculpas.
—No es culpa tuya —le dijeron los demás—. Tú no lo sabías.
Baoyu sintió deseos de orinar y dejó el cuarto, y entonces Yuhan lo siguió para reiterarle sus disculpas en el corredor. A Baoyu le conmovió el apuesto porte del actor, y apretándole fuertemente la mano le dijo:
—Ven a verme cuando tengas tiempo. Ah, y tengo algo que pedirte. En tu compañía hay un actor, conocido en todo el país, que se llama Qiguan. Yo nunca he tenido la oportunidad de verlo actuar.
Jiang Yuhan sonrió.
—Ése es mi nombre profesional —dijo.
—¡Qué suerte! —exclamó Baoyu—. Verdaderamente haces justicia a tu reputación. ¿Cómo podría marcar nuestro primer encuentro?
Lo pensó un instante, se sacó de la manga el abanico, cogió el colgante de jade y se lo entregó al actor.
—Por favor, acepta esta humilde baratija como muestra de mi amistad.
—¿Qué he hecho yo para merecer esto? —dijo Qiguan sonriendo—. Está bien. Llevo puesto algo que estrené esta mañana. Es bastante nuevo. Que sirva como minúscula muestra de mi devoción.
Y se levantó la túnica para desatar la faja escarlata que llevaba ceñida a la cintura y entregársela a Baoyu.
—Esta faja forma parte del tributo de la reina de Qianxiang —explicó—. Si uno la lleva puesta en verano, perfuma su piel y le impide sudar. Ayer mismo me la regaló el príncipe de Pekín y esta mañana me la puse por primera vez. No se la hubiera dado a ninguna otra persona. ¿Sería mucha molestia pedirle que me dé a cambio la suya, señor?
Con el mayor de los placeres, Baoyu tomó la faja escarlata y después se quitó su propia faja de color verde pálido entregándosela al actor. Ambos estaban ajustándose sus fajas intercambiadas cuando oyeron un grito:
—¡Con las manos en la masa! ¡Os he cogido con las manos en la masa!
Era Xue Pan, que de un salto agarró una mano de cada uno.
—¿Qué os traéis entre manos? —exclamó—. ¡Dejáis el licor en la mesa y os escabullís del banquete! A ver qué tenéis ahí.
Cuando le contestaron: «Nada», él se negó a creerlos y no les dejó partir hasta que llegó Feng Ziying. Entonces volvieron a sus, respectivos lugares alrededor de la mesa y siguieron bebiendo hasta la caída del sol, cuando la reunión se deshizo.
De vuelta en el jardín, Baoyu se quitó la ropa de visita para beber té, y Xiren, observando que no llevaba el colgante del abanico, indagó por su destino.
—Se me habrá perdido cabalgando.
Pero cuando el muchacho se metió en la cama, la doncella vio la faja de color sangre que llevaba en la cintura y columbró, más o menos, lo sucedido.
—Ahora que tiene una faja nueva, ¿me devolverá la mía? —le preguntó.
Sólo entonces recordó Baoyu que la faja de color verde pálido pertenecía a Xiren y que nunca debía haberse desprendido de ella. Lo lamentó mucho, pero no pudo explicarle lo sucedido.
—Te conseguiré otra —le prometió.
—Ya me imagino sus últimas andanzas —dijo ella con un suspiro mientras meneaba la cabeza—. No tiene derecho a regalar mis cosas a esas criaturas de baja estofa. Ya debería saberlo.
Como Baoyu estaba achispado, no quiso seguir más allá, temerosa de su reacción, y se fue también a dormir.
Al despertar a la mañana siguiente lo primero que vio fue a Baoyu que le sonreía.
—No te enterarías ni de la llegada de un ladrón durante la noche —le dijo—. Mira tu cintura.
Xiren bajó la mirada y vio que la faja que él había llevado el día anterior ahora la llevaba ella. Al darse cuenta de que Baoyu había efectuado el cambio durante la noche se la quitó inmediatamente.
—No me interesa semejante basura. Llévesela.
Pero él le suplicó hasta que ella accedió a usarla. Sin embargo, en cuanto el muchacho abandonó el cuarto ella volvió a quitarse la faja, la arrojó a un cajón vacío y se colocó otra. Cuando Baoyu regresó no se percató de nada.
—¿Sucedió algo ayer? —preguntó él.
—La señora Lian vino a recoger a Xiaohong. La chica quiso esperar a que usted regresara, pero no me pareció necesario, de manera que asumí la responsabilidad y la despaché.
—Muy bien. Ya lo sabía. No era necesario que esperase mi vuelta.
—Vino también el eunuco Xia, enviado por la consorte imperial, con ciento veinte taeles para que sean gastados en ceremonias, representaciones y sacrificios en la abadía Etérea durante los tres primeros días del mes que viene. Quiere qué el señor Zhen lleve a todos los caballeros a quemar incienso y rezar a los budas. También mandó regalos para la fiesta de la Barca-Dragón [14] .
Xiren ordenó a una doncella más joven que trajera los regalos: dos finos abanicos de la corte, dos sartas de cuentas rojas perfumadas con almizcle, dos cortes de seda de cola de fénix y unos petates de bambú con dibujos de lotos.
A Baoyu le gustaron mucho todos los regalos, y preguntó si los demás también habían recibido presentes parecidos.
—La Anciana Dama ha recibido además un cetro ruyi de sándalo y un cojín de ágata; y el señor Zheng, la dama Wang y la dama Xue un cetro de sándalo cada uno. Usted ha recibido lo mismo que la señorita Xue. La señorita Lin y las otras tres damas jóvenes recibieron abanicos y cuentas. La señora Li Wan y la señora Xifeng recibieron cada una dos cortes de gasa, dos rollos de seda, dos bolsas perfumadas y dos píldoras de palacio.
—¿Cómo puede ser? —preguntó Baoyu—. ¿Por qué la señorita Xue recibió lo mismo que yo, y no la señorita Lin? Debe tratarse de un error.
—Imposible. Cada regalo llegó ayer con el nombre puesto. El suyo fue a los aposentos de la Anciana Dama, y, cuando fui a recogerlo, ella misma me dijo que debía ir usted mañana a palacio durante la quinta vigilia a presentar sus agradecimientos.
—Sí, por supuesto.
Mandó llamar a Zixiao.
—Lleva estas cosas a la señorita Lin. Dile que lo recibí ayer, y que puede quedarse con lo que quiera.
La doncella hizo lo que se le había ordenado, y a su vuelta informó:
—Dice la señorita Lin que ella también ha recibido regalos, y quiere que conserve usted los suyos.
Entonces hizo guardar las cosas y se lavó la cara antes dé salir a presentar sus respetos a la Anciana Dama. Por el camino encontró a Daiyu y se le acercó Con una sonrisa.
—¿Por qué no quisiste quedarte con nada de lo que te envié?
A causa de su tristeza por este nuevo incidente, Daiyu había olvidado sus rencores previos.
—No he nacido para tener tan buena fortuna —dijo—. No me comparo con la prima Baochai, su oro y su jade. Soy tan vulgar como una planta o un árbol.
Baoyu captó inmediatamente la insinuación.
—Que otros hablen sobre el oro y el jade —protestó—, ¡pero que la tierra me trague y el cielo se desplome sobre mi cabeza si alguna vez he tenido semejante idea! ¡Que nunca vuelva a nacer con forma humana!
Daiyu comprendió cuánto le había dolido su comentario.
—¡Tonterías! —dijo burlándose—. ¿Por qué juras tanto sin motivo alguno? ¿A quién le preocupa realmente tu oro o tu jade?
—Es difícil decirte todo lo que contiene mi corazón, pero ya lo comprenderás algún día. Después de mi abuela y de mis padres eres para mí la persona más cercana del mundo. Juro que no existe otra persona.
—No hay necesidad de jurar. Sé que tengo un lugar en tu corazón. Pero sé también que cuando la ves a ella te olvidas de mí.
—Yo no soy así. Son imaginaciones tuyas.
—Ayer mismo, ¿por qué recurriste a mí cuando Baochai se negó a respaldar una de tus mentiras? No quiero ni pensar en lo que habría sucedido si me hubiese negado yo.
Al ver que Baochai se acercaba siguieron andando, y ella, por su parte, simuló no haberlos visto y siguió con la cabeza agachada hasta donde estaba la dama Wang, con la que conversó unos momentos antes de pasar a los aposentos de la Anciana Dama. Cuando llegó ya estaba allí Baoyu.
Ahora bien, desde que la dama Xue había contado a la dama Wang la historia del amuleto de oro que un monje había entregado a Baochai vaticinándole que sólo se casaría con un hombre de jade, la muchacha se había mostrado distante con Baoyu. Y el hecho de que Yuanchun les hubiera hecho idénticos regalos el día anterior consiguió hacerla aún más sensible sobre el particular. Afortunadamente Baoyu estaba tan embebido con Daiyu, tan dedicado a ella, que no prestó mayor atención a aquella coincidencia.
Y en ese momento, sin previo aviso, Baoyu pidió a la muchacha que le dejara ver el brazalete de cuentas rojas perfumadas con almizcle que llevaba en la muñeca derecha. No tuvo más remedio que quitárselo, pero como estaba tan gordita no le resultó tarea fácil. Mientras contemplaba admirado su brazo blanco y suave pensó Baoyu: «Si fuera Daiyu tendría una posibilidad de acariciarle el brazo, ¡lástima que se trate de Baochai!».
De pronto recordó la conversación sobre el oro y el jade y miró a la muchacha con detenimiento. Su rostro parecía un disco de plata, sus ojos eran brillantes y almendrados; sus labios, rojos sin necesidad de carmín; sus cejas, oscuras sin necesidad de lápiz… Su encanto era distinto al de Daiyu. Tan fascinado estaba que cuando finalmente ella logró quitarse el brazalete y ofrecérselo, él ni siquiera lo tomó.
Incómoda por la insistente mirada de Baoyu, Baochai dejó el brazalete y giró sobre sus talones disponiéndose a partir. En el umbral vio a Daiyu, que mordía su pañuelo con una sonrisa burlona.
—¿Qué haces ahí parada en plena corriente de aire? —le preguntó Baochai—. Sabes lo fácil que resulta coger un resfriado.
—Estaba en mi cuarto y oí un extraño graznido de pájaro, pero cuando salí vi que sólo se trataba de un ganso idiota.
—¿Dónde está ese ganso idiota? Me gustaría verlo.
—Salió dando aletadas en cuanto llegué.
Y con estas palabras dio con el pañuelo un golpe en los ojos a Baoyu, que lanzó una sobresaltada exclamación.
¿Cómo acabó esto? Escuchen, si quieren saberlo, el capítulo siguiente.
Capítulo XXIX
Los afortunados rezan para tener más fortuna.
Los enamorados hacen aún más profundo su amor.
Tan embebido estaba Baoyu en sus pensamientos que, cuando Daiyu hizo restallar el pañuelo frente a sus ojos, saltó de miedo.
—¿Quién ha sido? —exclamó.
—He sido yo —confesó Daiyu entre risas—. Se me ha ido la mano. La prima Baochai quería ver un ganso idiota y en el momento de imitar cómo mueven las alas te golpeé sin querer.
Frotándose los ojos, Baoyu retuvo una respuesta que ya tenía en la punta de la lengua.
En ese momento llegó Xifeng, que se puso a hablar de la ceremonia taoísta que tendría lugar en la abadía Etérea el día primero del mes siguiente, y luego insistió en que los jóvenes fuesen a contemplar las óperas.
—Hace demasiado calor —objetó Baochai—. Además, ya he visto todas las óperas. Yo no voy.
—Allí hace fresco —replicó Xifeng—. El pabellón central está flanqueado por otros pabellones que lo protegen. Si decidimos ir enviaré unos días antes a unos cuantos criados para que hagan salir a los monjes, barran y limpien el lugar, y lo aíslen de las miradas de la gente con unos paneles. Entonces será un sitio agradable. Ya he hablado con la dama Wang, y si vosotros no vais tengo la intención de ir sola. Esto está muy aburrido últimamente, y en nuestra casa no puedo disfrutar de los espectáculos con comodidad.
Al oír eso, la Anciana Dama exclamó:
—¡Yo te acompañaré!
—Si nuestra anciana antepasada también viene, me alegraré, pero entonces no tendré libertad para disfrutar.
—Me sentaré en el palco central y tú puedes buscar sitio en uno de los laterales. ¿Te parece bien? Así no tendrás que estar pendiente de mí.
—Me da usted prueba de su cariño, señora —contestó Xifeng.
La Anciana Dama dijo a Baochai:
—También tú y tu madre debéis acudir. Si te quedas aquí, lo único que harás será dormir todo el día.
Baochai no se pudo negar.
La Anciana Dama envió a una doncella con el encargo de que invitara a la tía Xue y dijera de paso a la dama Wang que se llevaba consigo a las muchachas. La dama Wang, que ya se había excusado con el argumento de que no se sentía bien, y además estaba esperando noticias de Yuanchun, recibió el mensaje de la Anciana Dama con una sonrisa y comentó:
—Veo que se encuentra de buen humor. Anda y di a las señoras y señoritas del jardín que si cualquiera de ellas quiere salir de paseo puede acompañar a la Anciana Dama el día primero.
La noticia excitó sobre todo a las doncellas jóvenes, puesto que generalmente no tenían oportunidad de cruzar el umbral de la mansión. Y si alguna de sus señoras se mostró reticente a salir, ellas la alentaron de todas las formas imaginables, hasta el punto de que Li Wan y las demás aceptaron finalmente emprender la jornada a la abadía Etérea, lo que aumentó el placer de la Anciana Dama. Mientras tanto, unos criados habían sido enviados anticipadamente para prepararlo todo.
El día primero del quinto mes el camino frente a la mansión Rong amaneció llenó de carruajes, sillas de manos, asistentes y caballos. El hecho de que la ceremonia hubiese sido costeada por la concubina imperial y que la Anciana Dama acudiera en persona a ofrendar incienso, y el hecho también de que todo ello ocurriera poco antes de la fiesta del Doble Cinco [1] , hizo que los preparativos fuesen algo más lujosos que de costumbre.
Pronto aparecieron las señoras de la casa. El gran palanquín de la Anciana Dama tenía ocho porteadores; los de Li Wan, Xifeng y la tía Xue, cuatro. Baochai y Daiyu compartían un alegre carruaje con el toldo verde, borlas de perlas y dibujos de objetos preciosos. El carruaje que compartían las tres Primaveras tenía ruedas de color carmesí y una cubierta ornamental.
Detrás de ellas venían las doncellas de la Anciana Dama: Yuanyang, Yingwu, Hupo y Zhenzhu; las doncellas de Daiyu: Zijuan, Xueyan y Chunxian; las de Baochai: Yinger y Wenxing; las de Yingchun: Siqi y Xiuju; las de Tanchun: Daishu y Cuimo; las de Xichun: Ruhua y Caiping; y las de la tía Xue: Tonxi y Tonggui.
También las acompañaban Xiangling y su doncella Zhener; las doncellas de Li Wan: Suyun y Biyue; las doncellas de Xifeng: Pinger, Fenger y Xiaohong; y las doncellas de la dama Wang: Jinchuan y Caiyun, que, para poder ir, viajaban atendiendo a Xifeng.
En otro carruaje, con otras dos doncellas, iba la hijita de Xifeng con su nodriza.
Por último, también formaban parte de la comitiva otras dos doncellas y unas nodrizas de los otros aposentos, así como algunas esposas de mayordomos cuya función era acompañar a la Anciana Dama en sus salidas. Los vehículos ocupaban toda la avenida. Cuando el palanquín de la Anciana Dama ya había avanzado un trecho considerable, todavía las criadas seguían subiéndose a los carruajes frente a la puerta principal, en medio de la confusión y el vocerío.
—¡Tú no viajas conmigo!
—¡Cuidado! ¡No te sientes sobre las cosas de mi señora!
—¡Que estás pisando mis flores!
—¡Ya has roto mi abanico!
Su estrepitosa risa y su charla eran interminables. La esposa de Zhou Rui iba de un lado al otro de la comitiva rezongando:
—¡Venga, niñas, dejad de hacer el payaso en la calle!
Tuvo que repetirlo varias veces para que se tranquilizaran antes de que la cabeza del cortejo llegase a la puerta de la abadía. La gente que desde la orilla del camino contemplaba el paso de la comitiva, vio a Baoyu a caballo delante del palanquín de la Anciana Dama.
Al aproximarse a la puerta de la abadía oyeron repicar campanas y redoblar tambores. A un lado del camino esperaba la llegada del cortejo el abate Zhang con sus hábitos sosteniendo unas varillas de incienso y rodeado por sus monjes. El palanquín de la Anciana Dama avanzó un trecho más hasta que ésta dio orden de que se detuviera ante unas imágenes en arcilla de dioses guardianes que había en la puerta del templo. Se trataba de dos dioses mensajeros, uno de los cuales tenía ojos para escrutar mil li de distancia y el otro oídos capaces de discernir el rumor más pequeño. Otros dioses tutelares de la localidad los rodeaban. Jia Zhen, a la cabeza de los jóvenes de la familia, se adelantó para dar la bienvenida a la anciana. Consciente de que Yuanyang y las demás doncellas estaban todavía demasiado lejos para ayudarla a apearse, Xifeng descendió de su silla para hacerlo ella misma, pero en ese momento un acólito de doce o trece años que sostenía una caja con un par de tijeras para cortar las mechas de las velas se asustó con el estrépito que formaba el cortejo y salió corriendo a esconderse, con tan mala fortuna que tropezó con Xifeng. Ella, revolviéndose, le dio un golpe en la oreja tan fuerte que el niño cayó al suelo.




