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—Yo he visto antes a esta prima —observó Baoyu.
—Otra vez con tus tonterías —dijo su abuela riendo—. ¿Cómo la podrías haber conocido?
—Su rostro me resulta familiar. Tengo la impresión de que somos viejos amigos que se vuelven a encontrar después de una larga separación.
—Tanto mejor —la Anciana Dama se rió—. Eso significa que podréis ser buenos amigos.
Baoyu fue a sentarse junto a Daiyu y volvió a mirarla fijamente.
—¿Has leído mucho, prima? —preguntó.
—No —dijo Daiyu—. Sólo he estudiado un par de años y aprendido unos cuantos caracteres.
—¿Cómo te llamas?
Se lo dijo.
—¿Y tu nombre de cortesía?
—No tengo.
—Entonces te pondré uno —propuso con una risita—. ¿Qué mejor nombre que Pin-pin [9] ?
—¿De dónde has sacado eso? —intervino Tanchun.
—De la Verificación general de hombres y objetos antiguos y actuales, que dice que en Occidente hay una piedra llamada dai que puede sustituir al grafito para pintar las cejas. Como las cejas de la prima Lin se ven medio fruncidas, ¿qué mejor nombre de cortesía para nuestra prima que esos dos caracteres?
—Te lo estás inventando todo —terció Tanchun.
—Fuera de los Cuatro Libros, casi todas las obras son inventadas. ¿Soy acaso el único que inventa cosas? —replicó con una sonrisa.
Y a continuación, para espanto de todos, preguntó a Daiyu si ella tenía una piedra de jade.
Imaginando que pensaba en su propia piedra, ella respondió:
—No, supongo que es un objeto demasiado extraordinario como para que cualquiera tenga uno.
Y en ese momento, inopinadamente, Baoyu sufrió un ataque de furia. Se arrancó el jade y lo arrojó con rabia al suelo.
—¡¿Qué tiene de extraordinario?! —rugió—. Ni siquiera sirve para distinguir a la buena gente de la mala. ¿Cuáles son sus facultades trascendentales? No me interesa nada este trasto.
Todas las doncellas se abalanzaron consternadas a recoger el jade, mientras la Anciana Dama tomaba desesperada a Baoyu entre sus brazos.
—¡Monstruo perverso! Rúgele a la gente si estás furioso, pero no tires ese precioso objeto del que depende tu vida.
Con el rostro cubierto de lágrimas, Baoyu sollozaba:
—Aquí ninguna de las muchachas tiene uno, sólo yo. ¿Qué grada tiene entonces? Ni siquiera esta prima recién llegada, adorable como un hada, tiene uno. Lo que demuestra que no sirve para nada.
—Una vez lo tuvo —le mintió la anciana para tranquilizarlo—, pero cuando tu tía agonizaba y no quería dejar atrás a tu prima, lo mejor que se le ocurrió a ella fue que su madre partiese con el jade. Fue como enterrar a los vivos con los muertos y reveló la piedad filial de tu prima. Por eso el espíritu de tu tía puede ver a su hija todavía. Te dijo que no tenía un jade por no jactarse de ello. ¿Cómo te atreves a compararte con ella? Y ahora vuelve a ponértelo con cuidado antes de que tu madre se entere.
Tomó el jade de manos de una de las doncellas y se lo puso ella misma. Y Baoyu, que había creído la historia, olvidó el asunto.
Entró en ése momento un ama preguntando qué aposentos se destinarían a Daiyu.
—Trasladad a Baoyu al cuarto interior de mis aposentos —dijo su abuela—. Por el momento la señorita Lin puede ocupar el bishachu [10] . Con la primavera haremos un arreglo distinto.
—Abuela, querida abuela —alegó Baoyu—, déjame quedarme en el exterior del bishachu. Estaré muy bien en esa cama del cuarto de fuera. ¿Por qué mudarme a un sitio donde sólo sería una molestia?
Tras dudarlo un momento, la Anciana Dama accedió. Cada uno sería atendido por un ama y una doncella, mientras otras personas estarían a su disposición durante las guardias nocturnas. Xifeng ya había hecho llegar al aposento de Daiyu una cortina floreada de color lavanda, cobertores forrados de satén y colchones bordados.
Daiyu sólo se había hecho acompañar por el ama Wang, su vieja nodriza, y por Xueyan, una doncella de diez años que también la servía desde niña. Consideró la Anciana Dama a Xueyan demasiado joven, y al ama Wang demasiado vieja para ser de utilidad, por lo cual cedió a Daiyu una de sus propias sirvientas, una doncella de segundo grado llamada Yingge. Al igual que Yingchun y las otras damitas, Daiyu recibió, además de su nodriza, cuatro amas de compañía, dos doncellas de servicio personal que cuidaran de su aseo y cuatro o cinco muchachas para barrer los cuartos y llevar recados.
El ama Wang y Yingge acompañaron a Daiyu hasta el aposento de gasa verde, mientras que el ama Li, la nodriza de Baoyu, iba con su doncella principal, Xiren, a prepararle al muchacho la cama grande del cuarto exterior.
Xiren, cuyo nombre original era Zhenzhu, había Sido una de las doncellas de la Anciana Dama. Tanto se preocupaba la anciana por el bienestar de su nieto que, para asegurarse de que estuviera bien atendido, le cedió a su favorita. Baoyu sabía que su apellido era Hua [11] , y recordaba un verso que decía: «La fragancia de las flores atrapa a los hombres.» Por eso había pedido a su abuela autorización para cambiarle el nombre y llamarla Xiren [12] .
Xiren era muy leal. Cuando cuidaba de la Anciana Dama no pensaba sino en la Anciana Dama, y tras recibir el encargo de cuidar a Baoyu no pensaba sino en Baoyu. Sólo le preocupaba que éste fuese demasiado terco y no escuchara sus consejos.
Aquella noche, cuando ya Baoyu y el ama Li dormían, Xiren se dio cuenta de que Daiyu y Yingge aún estaban despiertas en los cuartos interiores. Entró allí de puntillas en ropa de dormir, y preguntó:
—¿Por qué está aún despierta, señorita?
—Por favor, hermana, siéntate —la invitó Daiyu con una sonrisa.
Xiren se sentó al borde de la cama.
—La señorita Lin ha estado llorando de preocupación todo este tiempo —dijo Yingge—. Dice que el mismo día de su llegada ha provocado un ataque de ira a nuestro amo. Nunca se lo hubiera perdonado si ese jade llega a romperse. He estado tratando de calmarla.
—No lo tome en serio —dijo Xiren—. Temo que más adelante lo verá comportarse de manera más absurda todavía. Si se deja preocupar por su conducta no tendrá un solo momento de descanso. No debe ser tan sensible.
—Recordaré lo que me has dicho —prometió Daiyu—. ¿Pero puedes decirme de dónde vino ese jade suyo y qué dice la inscripción que lleva?
Xiren contestó:
—En toda la familia no hay nadie que sepa de dónde procede. Tengo entendido que fue encontrado en su boca cuando nació, y que ya tenía un agujero para pasarle un cordón. Déjeme traerlo para enseñárselo.
Pero Daiyu no aceptó, pues ya era tarde.
—Puedo mirarlo mañana —concluyó.
Charlaron un poco más y se fueron a dormir.
A la mañana siguiente, Daiyu fue a presentar sus respetos a la Anciana Dama y de allí pasó a los aposentos de la dama Wang, a la que encontró discutiendo con Xifeng una carta llegada de Jinling. Estaban acompañadas por dos matronas que habían traído un mensaje de la casa del hermano de la dama Wang.
Daiyu no comprendió lo que sucedía, pero Tanchun y las demás sabían que el tema de discusión era Xue Pan, el hijo de la tía Xue de Jinling. Amparándose en sus poderosos parientes, Xue Pan había mandado apalear a un hombre hasta matarlo y ahora estaba a punto de ser juzgado en la corte de la prefectura de Yingtian. Al ser informado de esto, Wang Ziteng, el hermano de la dama Wang, había enviado esas mensajeras a la mansión Rong para pedir que la familia Xue fuera invitada a la capital.

Xiren.
Gai Qi (edición de 1879).
Capítulo IV
Una muchacha infortunada se tropieza
con un hombre infortunado.
Un bonzo de mente confusa propone
una sentencia confusa.
Daiyu y las otras muchachas habían encontrado a la dama Wang discutiendo asuntos familiares con unas mensajeras enviadas por su hermano; así supieron que su sobrino Xue Pan estaba implicado en un caso de asesinato. Como la vieron tan ocupada, las muchachas buscaron a Li Wan.
Li Wan era la viuda de Jia Zhu, el cual había muerto joven dejando afortunadamente un hijo, Jia Lan, que a la sazón tenía cinco años e iniciaba su aprendizaje. El padre de Li Wan, Li Shouzhong, un notable de Jinling, había sido responsable del Colegio Imperial. Todos los vástagos de su clan, hombres y mujeres, se habían dedicado al estudio de los clásicos, pero cuando él llegó a ser cabeza de su familia impuso la idea de que la mujer más virtuosa es la mujer sin talento. En consecuencia, los estudios de su hija Wan alcanzaron sólo el nivel suficiente para poder leer unas cuantas obras: los Cuatro libros al alcance de las muchachas y Biografías de mujeres ejemplares; obras que le sirvieran para aprender algunos caracteres, conocer los méritos de las mujeres dignas de anteriores dinastías, y le permitieran dedicar toda su atención al bordado y otras labores domésticas. Por eso la llamó Li Wan y le dio el nombre de cortesía de Gongcai [1] . Así pues, esta joven viuda que vivía en la opulencia era sin embargo madera muerta o cenizas frías, y el mundo exterior no despertaba su interés. Aparte de atender a sus mayores y cuidar a su hijo, su única ocupación consistía en acompañar a las muchachas cuando bordaban o leían. En su calidad de invitada, Daiyu disfrutaba de esas reuniones, y la compañía de sus primas le hacía sentirse como en casa, salvo en los momentos en que echaba de menos a su padre.
Pero volvamos a Jia Yucun. Apenas hubo tomado posesión de su nuevo cargo de gobernador de Yingtian cuando llegó a su despacho un caso de homicidio. Dos hombres habían reclamado a la misma doncella, a la que ambos aseguraron haber comprado. Ninguno quiso ceder ante el otro, y uno de ellos había sido golpeado hasta morir. Yucun citó al denunciante para que prestara declaración.
—La víctima era mi amo —testificó el denunciante—. Compró una doncella ignorando que había sido secuestrada, y pagó en plata. Nos dijo que la llevaría a casa cuando pasaran tres días, ya que ésa sería una fecha propicia, pero cuando acudimos a recogerla resultó que el secuestrador la había vendido en secreto a la familia Xue. Fuimos a exigirles que nos entregaran a la muchacha, pero, con su dinero y sus sólidos padrinos, los Xue roncan tranquilos en Jinling. Sus matones dieron una paliza a mi amo, a consecuencia de la cual murió, y después de haberlo matado desaparecieron junto a su señor sin dejar rastro, quedando atrás para dar la cara unas cuantas personas sin responsabilidad. Hace un año les puse una demanda, pero quedó en nada. Suplico a Su Señoría que arreste a los criminales, castigue a los malvados y ayude a la viuda y al huérfano. ¡La gratitud del muerto será eterna!
—¡Qué escándalo! —exclamó Yucun indignado—. ¿Cómo es posible que se cometa un crimen y los asesinos escapen impunemente?
Ya se disponía a cursar la orden para que fueran detenidos e interrogados los parientes de los criminales y así poder descubrir su paradero, cuando un asistente que estaba junto a su mesa le lanzó una mirada de advertencia. Como no comprendiera la razón de tal gesto, Yucun no siguió adelante y, dejando el tribunal, se dirigió a su despacho. Una vez allí ordenó que salieran todos los presentes a excepción de aquel asistente, que se prosternó ante él y luego le dijo con una sonrisa:
—Su Señoría ha llegado muy alto en el mundo oficial. ¿Me recuerda todavía, ocho o nueve años después?
—Me suena tu cara, ciertamente, pero no sé de qué.
—Ya se sabe que los altos funcionarios tienen mala memoria —dijo el asistente—. ¿Así que Su Señoría ha olvidado el rincón donde empezó, y todas las cosas que vivió en el templo de la Calabaza?
El desconcertante comentario devolvió a la mente de Yucun, con el estrépito de un trueno, todo su pasado. Ese asistente había sido novicio en el templo de la Calabaza, y cuando el incendio lo dejó en la calle, harto ya de la rutina monacal, decidió trabajar en una oficina del gobierno. Aprovechó para dejarse crecer de nuevo el pelo y obtener el empleo de asistente. Por eso Yucun no lo había reconocido.
—Así que somos viejos conocidos… —dijo el gobernador tomándole la mano. Lo invitó a sentarse, pero el asistente declinó el honor y Yucun insistió—: Fuimos amigos en mis días de penuria y además estamos a solas. ¿Cómo vas a quedarte de pie todo el tiempo si vamos a conversar largamente?
Entonces, con muchísimo respeto, el asistente se apoyó en el borde de una silla. Yucun le preguntó por qué le había impedido con su gesto cursar las órdenes de detención.
—Supongo que ahora que Su Señoría ha venido a ocupar el cargo de gobernador no habrá dejado de copiar el Amuleto Protector de los Funcionarios de esta provincia… —dijo el asistente.
—¿Amuleto Protector de los Funcionarios? ¿Qué es eso?
—No me diga que nunca ha oído hablar de él. Si es así, no durará mucho en el cargo. En los tiempos que corren todos los funcionarios tienen en su poder una lista secreta de las familias más poderosas, ricas y encumbradas de su provincia, y en cada provincia existe una lista semejante. Ofender inadvertidamente a una de esas familias puede costarle a uno no sólo el cargo sino también la vida. Por eso lo llaman Amuleto Protector. Y resulta que esa familia Xue que acaba de ser mencionada no es de las que Su Señoría se pueda permitir ofender. Si este caso no fue resuelto antes se debió a que su antecesor quiso tener un gesto de deferencia hacia ellos.
Entonces se sacó de la manga una lista, escrita en pésimos versos, de las familias más notables de ese distrito; contenía anotaciones acerca de su genealogía, sus diferentes rangos y sus ramas familiares. Comenzaba diciendo:
Los caballos de oro
y las alas de jade
de los Jia de Jinling
no son bisutería [2] .
Descendieron veinte ramas del duque de Ningguo y del duque de Rongguo. Sin contar las ocho ramas de la capital, existen otras doce en su distrito natal.
Vasto palacio de A Pang [3] ,
digno de un mandarín,
no caben en tus salones
todos los Shi [4] de Jinling.
Descendieron dieciocho ramas del marqués Shi de Baoling, primer ministro. Diez en la capital, diez en el distrito natal.
Si el Rey Dragón del Mar Este
desea un lecho de jade
debe pedirlo a los Wang,
y todo el mundo lo sabe.
Descendieron doce ramas del conde Wang, el gran mariscal. Dos en la capital, las demás en el distrito natal.
La riqueza de los Xue [5]
se diría una nevada;
hierro les parece el oro,
y las perlas, como grava.
Descendieron ocho ramas del señor Xue, secretario imperial, ahora a cargo del Tesoro.
Antes de que Yucun pudiera terminar de leer la lista sonó una campana en la puerta y fue anunciado un tal señor Wang. Se volvió a poner su túnica y su bonete oficiales, y tras haber atendido al visitante en el tiempo que tarda en ser despachado un almuerzo regresó a pedir más información.
—Estas cuatro familias están estrechamente ligadas —prosiguió el asistente—. Tocar a una es tocar a todas; honrar a una es honrar a todas. Se ayudan y se encubren. El Xue acusado de asesinato es uno de los de la lista. No sólo cuenta con el apoyo de las otras familias, sino que además tiene muchísimos amigos y parientes con influencia en la capital y en provincias. Ése es el hombre a quien quiere arrestar Su Señoría.
—Y si ésa es la situación, ¿cómo vamos a solucionar el caso? —preguntó Yucun—. ¿Debo entender que tú sabes dónde se esconde el asesino?
—No lo ocultaré a Su Señoría. No sólo conozco el escondite del asesino, sino también al secuestrador que vendió a la muchacha y al pobre diablo que la compró. Pero déjeme exponerle los hechos. La víctima, Feng Yuan [6] , era hijo de una familia de notables menores de la localidad. Sus padres murieron cuando él era joven; no tenía hermanos y sobrevivió lo mejor que pudo con su escasa fortuna. Cumplió dieciocho o diecinueve años sin haber sentido nunca interés por las mujeres. Pero quién sabe si como pago por pecados de una vida anterior, fue a encontrarse con este secuestrador y, en cuanto vio a la muchacha, quedó prendado y se decidió a comprarla para convertirla en su concubina. Juró no volver a tener enredos con hombres y no tomar otra esposa. Buscando un día favorable, insistió en recogerla pasados tres días, pero ¿quién iba a suponer que entretanto el secuestrador la vendería en secreto a los Xue para embolsarse el pago de ambas partes? El caso es que le echaron el guante antes de que lograra su propósito y lo apalearon hasta casi matarlo, pero las dos partes se negaron a que les fuera devuelto el dinero, y ambas exigieron que se les entregara a la muchacha. Fue entonces cuando el joven Xue, que nunca cede un milímetro a nadie, ordenó a sus matones que se deshicieran de Feng Yuan, quien murió al cabo de tres días a consecuencia de la paliza que le dieron.
Y prosiguió:
—El joven Xue ya había fijado una fecha para trasladarse a la capital, pero dos días antes de su partida vio a la muchacha y decidió comprarla y llevarla consigo, ignorando los problemas que ello le acarrearía. Luego, después de haber matado a un hombre y raptado a una muchacha, partió con su gente como si nada hubiera sucedido, dejando atrás a los de su clan y a unos cuantos servidores para que arreglaran el asunto. De todas formas, para él no era un asunto grave arrebatar una vida. Por cierto, ¿sabe usted quién es la muchacha?
—¿Cómo voy a saberlo?
—De alguna manera es la benefactora de Su Señoría —el asistente soltó una risita—. Se trata de Yinglian, la hija de aquel señor Zhen Shiyin que vivía junto al templo de la Calabaza.
—¡Diablos! —exclamó el atónito Yucun—. Me dijeron que había sido secuestrada a los cinco años. Pero ¿por qué no la vendieron antes?
—Este tipo de secuestradores se especializa en robar niñas pequeñas para criarlas en algún lugar apartado hasta que cumplen once o doce años. Entonces las llevan a otro lugar, les ponen precio según su presencia y las venden. Solíamos jugar con Yinglian todos los días. A pesar de que han pasado siete u ocho años y ya es una hermosa muchacha de doce o trece, sus rasgos no han cambiado. Quien la hubiera visto antes no tiene dificultades para reconocerla ahora. Además, nació con un lunar entre las cejas del tamaño de un grano de arroz, lo que la hace inconfundible. Por casualidad vivía yo en unas habitaciones que alquilaba el secuestrador, y un día aproveché para preguntarle a la muchacha abiertamente. Le habían dado tantas palizas que tenía miedo de hablar; insistía en que el secuestrador era su padre, y que la vendía para pagar sus deudas. Cuando quise sonsacarle más información se echó a llorar y dijo que no recordaba nada de su infancia. No me cabe ninguna duda de que es la hija del señor Zhen. El día que el joven Feng la vio y pagó su dinero, el secuestrador se emborrachó. Entonces Yinglian suspiró: «Se acabaron por fin mis penalidades». Sin embargo, volvió a ellas cuando se enteró de que Feng sólo vendría a buscarla pasados tres días; Me dio tanta pena que, en cuanto salió el secuestrador, envié a mi esposa para que la consolara. Mi esposa le dijo: «La insistencia del señor Feng en esperar un día propicio para llevarte con él es señal de que no te tratará como una sirvienta. Además, se trata de un caballero muy distinguido, bastante adinerado, que nunca se interesó por las mujeres en el pasado y que sin embargo ahora paga por ti un precio muy alto. Ten paciencia un par de días. No tienes razones para preocuparte». Entonces la muchacha se animó algo pensando que pronto tendría un hogar que podría llamar el suyo. Pero este mundo está colmado de decepciones: al día siguiente fue vendida a los Xue. Cualquier otra familia hubiera estado mejor, pero este joven Xue, conocido también como el Tirano Tonto, es él rufián más perverso de la creación. Derrocha el dinero como si fuera estiércol. Se armó una gran gresca, y luego se la llevó a rastras más muerta que viva. Ignoro desde entonces qué ha sido de la muchacha. Lástima que Feng Yuan comprara la muerte en lugar de la felicidad, ¿no le parece?
—No fue casualidad, sino un pago por los pecados cometidos en sus vidas anteriores —respondió Yucun con un suspiro pensativo—. De otro modo, ¿por qué había Feng Yuan de fijarse precisamente en Yinglian? En cuanto a ella, después de todos estos años de sufrimiento en manos de su secuestrador, por fin entrevió una salida con un hombre que la amaba. De haberse casado con él todo hubiera salido bien, ¡pero ocurrió esto! Los Xue son más ricos que los Feng, y seguro que un tarambana como Xue Pan tiene muchas doncellas y concubinas y vive sumido en el desorden. Nunca podrá serle fiel a una sola muchacha. Ese romance fue un sueño vacío, el encuentro fortuito de una pareja infortunada. Pero basta ya. ¿Cuál es la mejor manera de zanjar este asunto?
—Su Señoría demostró su habilidad en el pasado —dijo el asistente con una sonrisa—. ¿Por qué hoy está tan corto de ideas? He oído decir que su nombramiento se produjo por intercesión de los Jia y de los Wang, y este Xue es un pariente de los Jia. ¿Por qué no nadar a favor de la corriente y devolverles el favor arreglando el caso de manera que pueda volver a mirarlos a la cara?
—Hay mucho de cierto en lo que dices, pero está por medio la vida de un hombre. Además, me han vuelto a brindar el favor imperial y estoy empezando una nueva vida. Debería hacer lo posible por demostrar mi gratitud al emperador cumpliendo con mi deber. ¿Cómo puedo ignorar la ley? No concibo la posibilidad de actuar de esa manera.
El asistente sonrió:
—Su Señoría tiene razón, pero en el mundo de hoy eso no conduce a nada bueno. Acuérdese de las viejas máximas: «Un caballero ha de saber amoldarse a las circunstancias» y «El hombre superior es aquel que persigue la fortuna y evita el desastre». Actuando como acaba de decir, no sólo le será imposible responder a la confianza puesta en usted por el emperador, sino que además expondrá su propia vida. Más vale que lo piense detenidamente.
Yucun inclinó la cabeza. Después de un largo silencio preguntó al asistente:
—¿Y qué sugieres tú?
—Tengo un plan excelente. Cuando Su Señoría vea el caso mañana, haga gran alarde de envío de órdenes y edictos; entonces el asesino no se presentará y el denunciante insistirá en su denuncia, con lo que podrá detener a algunos miembros del clan y a algunos sirvientes para ser interrogados. Mientras tanto yo, entre bastidores, arreglaré la cosa para poder informar de la «súbita muerte por enfermedad» de Xue Pan; con ese fin obtendré el testimonio de su clan y de las autoridades locales. Su Señoría podrá reclamar la posibilidad de consultar a los espíritus a través de la tablita de escritura mágica [7] . Haga instalar una en el tribunal e invite a militares y civiles como observadores. Entonces podrá decir: «El espíritu declara que Xue Pan y Feng Yuan fueron enemigos en una existencia anterior y estaban destinados a enfrentarse en ésta para dirimir sus diferencias; que Xue Pan, acosado por el fantasma de Feng Yuan, ha muerto a consecuencia de una extraña enfermedad; que puesto que todos estos problemas han sido ocasionados por el hombre que secuestró a la muchacha, cuyo nombre es tal y tal, éste debe ser tratado de acuerdo con lo dispuesto por las leyes». Y así sucesivamente. Yo me encargaré de que el secuestrador confiese, y cuando todo sea confirmado por el espíritu la gente quedará convencida. Como los Xue son muy ricos puede hacerles pagar quinientos o mil taeles por los gastos del entierro de Feng Yuan, cuyos parientes son gente insignificante que se ha metido en esto por el dinero. El dinero de los Xue les tapará la boca. ¿Qué le parece mi plan a Su Señoría?
—¡Inadmisible! —Yucun se resistió—. Tendré que meditar todo esto detenidamente para evitar tanta palabrería huera.
Su reunión se prolongó hasta bien avanzada la tarde. Al día siguiente se citó ante la corte de justicia a numerosos sospechosos que fueron cuidadosamente interrogados por Yucun, quien descubrió que, en efecto, los Feng eran una familia insignificante cuyo interés en el caso radicaba en obtener más dinero para el entierro, y que era a los tercos Xue, a través de sus poderosos parientes, a quienes se debía la enmarañada situación del caso y el que éste hubiera quedado pendiente. Yucun interpretó la ley adecuándola a sus propios intereses y emitió una sentencia arbitraria. Los Feng recibieron una buena cantidad de dinero y dejaron de ocasionar problemas. Yucun escribió sin pérdida de tiempo a Jia Zheng y a Wang Ziteng, comandante general de la guardia metropolitana, para informarles de que los cargos contra su digno sobrino habían sido retirados, y que en consecuencia no había razón para seguir preocupándose.




