- -
- 100%
- +
—Por favor, don Florián, ahórreme el discurso. Ya se lo he oído a usted y a mi padre. Miles de sobremesas y partidas de truco.
—Entonces no tengo que explicarle, amigo mío, nada más de lo que nos ocupa —contestaba tramposamente risueño y ufano.
El policía entrevió la misma cara que había visto miles de veces en él, durante las interminables partidas de truco con su padre, casi desde que tenía uso de razón. Una sonrisa bonachona, de ojos pícaros verdes detrás de las gafas de concha nacaradas. La misma cara con que le había felicitado sus cumpleaños, festejado sus regalos de reyes o la caída del primer diente.
—¿De verdad que no tiene usted nada que contarme, don Florián?
—¿Qué voy a tener que contarle, comisario? Nada que le sea útil…
El comisario Miguel López apoyó la espalda y los brazos en su sillón, mientras suspiraba. Abrió el cajón derecho del escritorio y le pasó dos fotografías.
—Mire estas fotos, don Florián. La cena que se ve en la primera, ¿dónde es? Se le ve a usted allí junto a Krohn y Walda.
—En la casa de ellos, a orillas del dique —le da la vuelta a la foto. Mil novecientos cuarenta, escribió alguien. El viejo reconoce con claridad la caligrafía.
—Mire la otra foto. ¿Quiénes son esas personas que están con usted ahí?
—Walda y su marido Krohn, comisario.
—Ya. Pero yo me refiero a los que están más atrás, con usted al fondo.
—El más alto es Gorgonio Colinas. Creo que le suena ese nombre, comisario —se ríe con todos sus dientes el viejo Florián.
—Sabe de sobra que el que me interesa es el más joven, don Florián. A decir del señor Krohn, el culpable.
El comisario le sostuvo la mirada durante otros diez segundos, buscando complicidad. O compasión. O lo que fuera que aquel hombre, casi su padre adoptivo, se dignara concederle.
Luego de un suspiro eterno, en el que se desinflaron todas las cuestiones policiales, todas las obligaciones del cargo, en la mirada del comisario apareció por fin el niño. Se limitó a mirar al veterano jefe político y a mostrar las manos, ofreciéndolas como una tranquera abierta de par en par, disponiéndose a escuchar.
—Vamos a ver, don Florián. Yo le hago una pregunta fácil. La policía federal me dice que pasan ustedes la frontera con Chile, en Puente del Inca. Y en el control policial son ustedes cinco personas. Todos argentinos menos un joven español, creo que aristócrata, según dice el señor Krohn. Y en el control de Portillo, ya del lado chileno, van ustedes solamente cuatro personas, todos comisionados del Automóvil Club. Hasta ahí, todo cierto. ¿El que iba con ustedes, y ahora falta, es el de la foto?
—Era un amigo que nos pidió le lleváramos hasta Santiago, aprovechando nuestro viaje.
—Ya. ¿Y?
—Que desapareció en una de nuestras paradas. Sencillamente. No supimos más de él. Paramos en una estación de servicio cerca de Portillo. Repostamos nafta, nos sentamos un rato en el restaurante al lado a tomar un bocado y no lo vimos más. Eso es todo.
—¿No pensaron en denunciar la desaparición?
—No se nos pasó por el magín. Desapareció de la misma forma que apareció.
—Acaba de decir usted que era un amigo que les pidió un favor, don Florián.
—Desapareció en un momento en que estábamos todos en el baño. Se llevó consigo todo lo que traía. Lo suyo y nada más. ¿Qué íbamos a denunciar, comisario?
—Dígame, don Florián. ¿Es el de la foto?
El viejo Carro guarda silencio. El comisario vuelve al ataque.
—Resulta que en Chile lo detienen por indocumentado y lo mandan derecho a Buenos Aires. Pero nadie sabe cómo, el muchacho se ha evaporado otra vez misteriosamente, sin rastro alguno. De verdad que me cuesta mucho aceptar que usted no sepa nada de esto…
—Comisario López, estoy dispuesto a explicarle lo que me pregunte. Por respeto a su cargo. Pero también por respeto a la memoria de su padre. Lo único que le pido es que me tenga la paciencia que hubiera tenido él al escuchar.
—No sé si debo hacerlo, don Florián. Esto es de locos.
—Vivimos, vivimos en un país de locos, comisario. El mismo país parece todavía una locura inviable. Pero es el único que tenemos.
El viejo Florián Carro tomó su vaso y dio un sorbo al escocés que su rendido comisario le había escanciado de una petaca. El comisario mete la mano en un sobre grande.
—Gorgonio llevaba encima esto.—El comisario le mostraba tres pasaportes de tres países distintos. —George, Jürgen y, por supuesto, Gorgonio.
—Usted sabe que Gorgonio trabajaba como agregado militar de su embajada, comisario. Es natural…
—Don Florián, son un pasaporte español, otro alemán y otro inglés.
—Déjeme contarle, comisario. Pero también me va tener que permitir que le cuente solamente el quién, el cómo, el cuándo y el dónde. Pero me temo que voy dejar para usted el por qué. Yo no me he atrevido jamás a juzgar a la personas.
—Veo que me está pronunciando el llamadme Ismael. Y además a su ritmo, don Florián.
—Es que usted quiere hechos, comisario, y la vida de las personas son también sentimientos y pensamientos, como los de Ismael en Moby Dick. Y es de justicia que los tengamos en cuenta también. Es lo que he sacado en limpio del cargo político. Y esta historia resume el empeño con que este tipo, Colinas, torcía las cosas que la vida le ponía delante.
—¡Por Dios! —suspira resignado, lanzando los ojos al techo el comisario.
—¿Sabe, comisario? Gorgonio era un tipo luchador, sabedor de que cortar camino era lícito si beneficiaba a más que a los que perjudicaba. Como usted quiere hacer ahora.
—Lo sé. Se lo he oído a usted alguna vez.
—Pero había algo que él no sabía —intuyo que jamás logró comprenderlo— y es que algunos caminos en la vida están para ser recorridos tal como vienen, sin cortar, trazando las incómodas curvas, bajando o subiendo las cuestas al paso que éstas impongan, al fin y al cabo, sin sortear los obstáculos sino afrontándolos sin remedio.
—Así que no me va a dar tregua. Pero no se me vaya por los cerros, don Florián, que le escucho…
—Mire, comisario. Colinas vino aquí hace treinta años, para buscar a un tipo y se quedó. Se quedó a ayudar a los ferroviarios, comisario. Después, con el carajal en los años treinta, los muertos y los torturados… otra vez a echar una mano. Y ahora, el país es un cortijo grande gobernado por Perón. Sobre todo, por su esposa Eva. Y Gorgonio sigue ahí, comisario, como agregado naval de la Embajada de España en Buenos Aires, empeñado en esquivar, torcer, enderezar los desastres de la guerra de su país.
—Colinas es coronel, tengo entendido...
—Sí.
—En la Marina no hay coroneles, don Florián.
—De la Infantería de Marina, comisario. Un tipo más predispuesto al desembarco peligroso, que a la navegación. Más hecho a la guerra secreta que al combate abierto. Y a la exploración y a la encubierta más que a la primera línea.
Piensa la siguiente jugada el comisario. Y decide mover la reina. Abre el cajón del que sacó las fotos y mete la mano.
—Hace unos días, cuando los del Gran Premio de Lima pasan por Cruz del Eje de vuelta a Buenos Aires, Fangio preguntó por mí en el control de paso. Y me pide personalmente que haga entrega de este paquetito a don Florián Carro.
El comisario posa un estuche pequeño de cuero como para un anillo, sobre la mesa. Cerrado con lacre.
El viejo tensa el rictus esta vez. Y mira casi sin pestañear al comisario. El viejo toma el paquete y lo abre. Muestra al comisario el contenido.
—¿Qué es eso, don Florián?
—Es un rollito que contiene una película.
—¡Por Dios! ¡Ya lo sé! ¡Ya lo veo!
—Si es lo que imagino, se trata de fotos de una lista.
—¿Una lista de qué?
—Escuche, comisario. Antes de decírselo, tengo que preguntarle algo. ¿Su padre le mencionó alguna vez quién era Colinas?
—Poco. Y lo que le escuché a usted alguna vez.
—Yo conocí al coronel Colinas en el año diecisiete. Y su padre también. Aún volvimos a ver a Gorgonio varias veces después de ese año, a lo largo de estos treinta años. Lo vimos crecer, adelantar pasos en la vida, así como ir ganando canas y grados en su uniforme militar, pero le aseguro que jamás lo vi feliz.
Por lo mismo —sigue el viejo a su ritmo—, Gorgonio había pasado la vida añorando encontrar a Walda de frente, en batalla abierta y, al hallarla, no comprendía que no quedaba sino batirse, con o sin reglas. No comprendía que estar con ella implicaba una rendición, pues ésta jamás era posible en su léxico diario y castrense. Una tragedia. El pobre tenía el corazón analfabeto.
—Supongo que se refiere a Walda Schumboldt, don Florián.
—La misma, comisario. Alguna vez intenté explicar esto a Gorgonio usando como ejemplo al coronel Lezama, ya con su nueva identidad viviendo junto a Luisa en este rincón al norte de Córdoba.
—¿Quién es el coronel Lezama, don Florián?
—Me refiero a... —se para el viejo sin saber si está hablando de más— a Plácido Zalema. Colinas refutaba con toda vehemencia que Lezama ahora ya no era coronel, sino que era el ciudadano argentino Plácido Zalema, quien había dejado atrás esa condición voluntariamente, como quien se desprende de una pesada carga en una persecución. Después él miraba hacia otro lado y cambiaba de tema.
—¿Me está contando que nuestro don Plácido Zalema tampoco era quien decía ser?
—Claro que no, comisario, pero esa es otra historia. Y es la que trajo aquí a Gorgonio en el año diecisiete, por primera vez.
Toma nota el comisario del dato, eficiente y práctico, pero con la cara sorprendida.
—Pero convendrá conmigo el viejo jefe político, que como policía debo preguntar…
—Como quiero que conmigo hagan lo mismo, comisario, yo sólo quiero que me atienda. Y yo le cuento. Algo me dice que cuando escuche lo ocurrido en estos últimos treinta días, le será más que suficiente para entender los últimos treinta años.
GRAN PREMIO
BUENOS AIRES-LIMA
18 de julio de 1947
Tramo: Buenos Aires-Tucumán (1.363 Km)
Frente al estadio de River Plate, en Buenos Aires.
00:09h
—A ver. Métase ahí, detrás del asiento y se tira en el suelo. ¿Y la ropa? —pregunta el americano.
—Aquí no quepo, entre las ruedas y la caja de herramientas y ese bidón —contesta el joven—. Y la ropa me la he dejado allí, entre los coches antes...
—Entonces, si no cabe, bájese —protesta el piloto—. El único auto con cuatro puertas de toda la carrera y el boludo este dice que no cabe —mientras mira a su copiloto—. Y hágame el favor de agacharse. Tápese con el capote cuando pasemos por la largada. Perón con la banderita…ya sabe.
Jorge Daly usó la palabra boludo, en perfecto castellano. Y el resto de la charla, en su inglés de Cork. Tenía por costumbre llevar siempre algo verde encima y el capote militar lo era. Una manía que había heredado de su madre. Y la cabezonería, de su padre: Irlanda hasta en la sopa y hasta la muerte. Corriera con el coche que corriera, siempre pintaba o llevaba algo verde.
Su Plymouth 42 era grande y largo como su ego. Ese mismo ego que lo salvó, mientras volaba por el Mediterráneo como fotógrafo en un Mosquito de la Royal Navy.
Cuando cubría a su polizón con el capote militar que llevaba todavía su nombre en el gafete, interrogó a su amigo en voz alta, con el rugido de motores calentando por todo el parque cerrado:
—¿Me puedes explicar al menos, Joyce Darryl, por qué tengo que llevar a éste hasta Perú?
—Porque siempre fuiste un tipo cabal y si te lo pido yo, es porque no se lo puedo pedir a otro… Además, no lo vas a tener que llevar tú hasta Perú.
—Por lo menos, explícame qué ha hecho para tener que salir así del país…
Darryl busca una manera inocua pero rápida de explicar una historia de que daría para muchos vasos de escocés en una mesa del Tortoni. No. No había forma rápida e inocua.
—¿Te acuerdas de Colinas, Daly?
—Y claro. ¿Cómo no lo voy a recordar?
—Pues imagina que te lo pide él.
—Vale. ¿Y por qué no me lo pide él, Joyce Darryl?
El americano contestó a eso con un silencio y una mirada torcida. Terminando de decir algo en voz muy baja al polizón improvisado, se volvió otra vez a Daly y le pidió.
—Escucha, Daly. Sácalo de Buenos Aires. Yo procuraré que se vaya a otro coche cada tanto. Tiene que llegar a Villazón sano y salvo. Allí ya te puedes olvidar de él.
—¿Me estás diciendo que tengo que llevar a este hombre hasta Bolivia?
—Seis minutos, Jorge. Y nos vamos. —Avisa el copiloto con seriedad.
—Te he dicho que no tienes que llevarlo tú todo el tiempo. Se lo puedes pasar a alguien, entretanto. Habla con Fangio, con los Gálvez o con Marimón…
—Ya me viene algo de olor. No hablo con Müller. ¿A que no?
—Por lo que más quieras. Con cualquiera, menos con él.
—¿Y me pides que les coloque este paquete a los tipos que vienen aquí a ganar esta carrera?
—Al menos, son los que van a llegar más rápido y seguro a Lima, ¿no?
—Joder, Darryl. Salvé el culo en la guerra y los putos kartoffen me lo van a volar aquí en Argentina.
29 de mayo de 1947
Buenos Aires
Residencia privada del Presidente Perón y Eva Duarte
Gorgonio extendió la mano sin dar crédito.
—El capitán Otto Skorzeny —les presentó Evita—. El coronel Gorgonio Colinas.
—Encantado —saludó Gorgonio, dando una mano franca al gigante que se había hecho famoso por rescatar al Duce del Monte Gran Sasso.
Aunque mucho se discutía todavía sobre su grado de intervención en la operación y el protagonismo que realmente había tenido, el capitán Skorzeny había encabezado una escaramuza militar de alto riesgo. Y brillante, donde las hubiera. Gorgonio, desde sus casi sesenta años, no pudo evitar un zarpazo de envidia. Le pinchaba en el costado algún recuerdo de otros días, durante la guerra incivil. También incluso algún recuerdo de después, en los primeros cuarenta, más de un lustro atrás ya.
Estar ante aquel capitán de las SS alemanas le producía una extrañísima sensación de asco y admiración, en cantidades idénticas. Como militar que era, arriba en la jerarquía, y bregado por ley en operaciones encubiertas, hacía mucho tiempo que Gorgonio había aprendido a distinguir entre la orden de combate y la altura moral de quien la daba. Y ya desde lo de Cruz del Eje, treinta años atrás, se había permitido el lujo de elegir.
—Gracias por venir, coronel Colinas —irrumpió Eva Duarte en los pensamientos de Gorgonio con aquella sonrisa que había hechizado al hechicero—. Sé que no le resulta cómodo que use su graduación, pero a mí, personalmente, como sabrá, no me desagradan los coroneles…
El coronel Gorgonio Colinas se limitó a agradecer y comentar la gracieta con un leve gesto de sus manos francas abiertas y una reverencia apenas sugerida. Conocía de la sensibilidad de la señora del coronel Perón a los gestos no receptivos y había que andar con especial cuidado. Aquella sonrisa, aquella belleza rubia de retrato con la que se acostaba el presidente a diario, hecha carne en metro setenta y cinco ante él con aquella boca hermosa y letal, podía igualmente mover un tren con su verbo, arrastrar a la masa de descamisados hasta el lugar más recóndito del país o también —decían— hacer que despachen tus huesos en cualquier charco del Tigre, sin que se le moviera un pelo del moño.
—Otto —ordenaba Eva con amor—, le he hecho venir para que ponga al coronel Colinas en antecedentes de lo que queremos. En la embajada española no hay recoveco que no conozca ni despacho que se le resista, según me han informado.
Gorgonio se lanzó al remolino de aquella sonrisa para intentar deducir quién la podía haber puesto al corriente de su currículo y de sus posibilidades. Cayó casi de inmediato en el General Lucero, al que había conocido cuando apenas era teniente en los disturbios del ferrocarril de Cruz del Eje, al mando de las tropas del apaciguamiento. Años idos y viejos, como las manos arrugadas que tenía ante sus ojos, y que, a pesar de la vejez, aún le sujetaban con firmeza a la vida. Esa que él había querido darse y no otra.
Su memoria —diestra en jugarle malas pasadas— le llevó por las carreteras de la ciudad cordobesa de treinta años antes, recordando a Ochandiano y al coronel Lezama en sus paredones.
Volvió en sí con la voz clara y rotunda del capitán Skorzeny, el gigante de las SS, quien lo había llevado del brazo a un saloncito de té anejo al gran recibidor de la casona y le había empezado a hablar. Ahora —pensaba Gorgonio— que estaba a punto de jubilarse y regresar a Madrid, dispuesto a dejar atrás las luces y las sombras de Buenos Aires, treinta y tantos años después de haberlas visto por vez primera, cayó en la cuenta de que las sombras y luces habían venido todas juntas a visitarlo, como para despedirse, allí en el palacio que Eva Perón tenía en la calle Teodoro García, en la persona de aquel alemán enorme clavando sus erres por todo el saloncito. Si el palacio había sido un regalo— o no, aún tenía que averiguarlo— del alemán Ludwig Freude, no le incumbía. Lo que temía de verdad era el encargo de Eva. Ese sí que era un regalo. Con aquella escenografía y los actores, la película le daba miedo.
Gorgonio había convenido con ellos en que lo mejor era no prolongar en demasía la visita, pues sabía de sobra que lo seguían, que lo vigilaban a él y a muchos de sus compañeros desde las elecciones que Perón había ganado con permiso de Estados Unidos. Le vigilaban a él así como a muchos miembros de la delegación española del gobierno del fascista Franco.
—Diga, corronel Colinas, ¿cuánto tiempo lleva usted en Buenos Airres? —lanzó Skorzeny sus erres austríacas, inconsciente de que el perfecto alemán de su interlocutor se lo podría haber ahorrado.
—Disculpe, capitán —dijo Colinas volviendo a levantarse— pero le suponía informado de estos pormenores y debe entender que no me puedo permitir estar sentado con usted aquí tomando el té.
—Ya lo sé, corronel, pero se trata de saber o no saber algunas cosas …nesesarrias para lo que vamos a pedirle.
—Mein Hauptmann Skorzeny, —quiso abreviar Colinas, y siguió en alemán— llevo más tiempo aquí que todas las personas que puede usted ver —levantó la cabeza Gorgonio y señaló al azar—. Recuerdo a esos dos generales de ahí desde cuando aún no estaban seguros de qué mano usar para el saludo…
Skorzeny pareció no querer reparar en la prisa de Gorgonio ni dar la menor importancia a la comparación y se mostraba nervioso, desviando la mirada o cruzando los dedos y volviendo a mirar de frente a Colinas. Resultaba evidente que intentaba calibrar las fidelidades de aquel veterano español que tenía ante sí, en cuyo historial se decía que había escoltado a Von Faupel desde Hendaya hasta Burgos a comienzos de la guerra civil española, cuando el Führer lo destinara como observador del III Reich en la España reventada.
—Si le sirve de algo, Skoreny —añadió Colinas con cierta vergüenza ajena—, aún se oye a Perón y a sus compañeros añorar los años en la Escuela Militar donde von Faupel y muchos militares alemanes invitados formaban a los oficiales argentinos.
Skorzeny se retrepó en su silla, en plena inflación de orgullo.
—Y muchos de sus colegas han vuelto a Argentina al terminar la guerra —le añade—. Otros, sabe usted, no se han ido nunca, Skorzeny.
—Bien, corronel, —dijo volviendo al español— pero hablemos de usted, desde que el general Frranco gobierna en su país. Pero veo que está usted aquí desde mucho antes.
Gorgonio alcanzó a vislumbrar un asomo de acusación en la mirada azul del gigante austríaco, o tal vez —pensó—, un destello de jugador de póker. La mirada ahora era fija y sin fisuras. Nada amenazador, pero sí nuevo e inquietante. Era una firmeza rara, viniendo de un derrotado por los aliados. Aquel interrogatorio tan seguro venía —era evidente— de alguien derrotado en Alemania. Y, sin embargo parecía tener ocultas responsabilidades a la espalda. Parecía que, a pesar de haberse quedado sin país hacía poco, se hallaba en medio de una campaña nueva, con esa extraña calma de quien se sabe pisando territorio amigo.
—Usted debe saber perfectamente, Skorzeny, que somos como monjes. Tenemos votos. Y los cumplimos hasta la muerte.
—Yo me refiero a otras cosas, corronel Colinas. Menos lírricas, Gorgonio.
El español esperó en silencio hasta incomodar al alemán con su espera. Al fin, siguió:
—Tiene usted fama de jugador inteligente. Y paciente
—matizó Skorzeny para no exasperar a Gorgonio.
Sin saber en qué medida lo dicho era un jaboneo comercial o una línea en su currículo, que indiscutiblemente obraba en su poder, Colinas seguía en silencio a la espera de la petición que iba a llegar, tratando de abreviar aquel encuentro y, de paso, calmar su impaciencia.
—Necesitamos de sus amistades en España, corronel Colinas.
—Capitán Skorzeny, acabo de decirle que llevo mucho tiempo en Argentina. Unos treinta años. Eso es más de lo recomendable en cualquier carrera. Y la mía jamás fue una carrera de pretensiones. En fin. Encantado de conocerle, sinceramente, capitán.
Gorgonio se levantó y se dirigió de inmediato al enorme recibidor donde Eva Duarte de Perón reinaba ante un amplio comité de secretarios, de uniforme y de paisano, asistentes masculinos y femeninos, todos ellos a la espera de instrucciones repartidas con autoridad.
Eva vio al visitante español dirigirse a la puerta y se volvió hacia Skorzeny para consultar el resultado de la entrevista. El capitán austríaco lanzó un gesto negativo que alcanzó a Eva a la velocidad de la luz:
—¡Coronel! —gritó la Señora, dándose cuenta de que el tono de la llamada incorporaba un gallo, que reveló la contundencia de una orden, al tiempo que traslucía una cierta frustración. Fueron tres los coroneles que se giraron en aquel momento, menos el cuarto: aquel a quien iba dirigida la voz. Pero Colinas seguía su marcha hacia el exterior del palacio de Eva.
—¡Coronel Colinas! —volvió a gritar, sin dar crédito. No era mujer acostumbrada a ser ignorada. Ni tampoco a la desautorización pública.
Gorgonio se detuvo en el inmenso zaguán de mármoles blancos y laja. Eva se abrió camino entre los que la rodeaban y salió al encuentro de aquel militar, inconsciente de rozar la tragedia, según se veía en los ojos horrorizados de los que le miraban desde el salón.
—Coronel Colinas, me temo que estos alemanes son insensibles y rudos. Entienda que los militares que les han enseñado aquí son todos muy prusianos y poco dados a la delicadeza…
—No, por favor, señora. No se trata de eso. También soy poco dado a...
La manos de Eva se dirigieron de inmediato a la corbata de Gorgonio y llevaron a cabo una maniobra de atusamiento y acomodación, innecesaria pero muy elocuente. Allí comprendió al hechicero hechizado.
—Coronel Colinas, no se vaya. Le ruego que se quede a almorzar con nosotros. O que vuelva usted otro día, si hoy no le resulta conveniente.
Las sirenas de Ulises acababan de caer a la mera condición de tristes aficionadas.
Gorgonio pudo entonces percibir la fuerza que manaba de aquellas manos. Observó que Eva Duarte se conducía con una seguridad nada usual. Su mirada hacía recorridos precisos, nunca se desviaban innecesariamente, como si obedecieran fiel y ciegamente al plan trazado por su cerebro con antelación. Como cuando en plena navegación se ve aflorar la cabeza de un periscopio en el océano, una mancha leve dejando un rastro blanco de espuma casi imperceptible, pero al mismo tiempo el anuncio de la potente masa destructora; de toneladas ocultas bajo el agua, aún invisibles, amenazando tu línea de flotación; aterrorizando a cualquier cosa por encima del nivel del mar.
—Perón estará encantado de que se siente con nosotros a la mesa hoy, coronel—. Volcó Eva la petición hacia el lado de Perón con la esperanza de inclinar la balanza a favor de su perentoria necesidad.
El coronel Colinas, batiéndose entre la caballerosidad en la que le habían educado y la premura por alejarse de allí cuanto antes, suspiró y murmuró casi al borde de sus fuerzas:



