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–Muchas gracias, Luis, se agradece. Mira, precisamente tengo tres potros y lo mismo te puede valer alguno de ellos. Vayamos a verlos.
Pasamos a la parte trasera de su vivienda donde pudimos contemplar tres potros de tres años cada uno. Estaban bien de carnes y cerreros; solo se dejaban tocar un poco la frente cogiéndolos por una cuerda que arrastraba de los cabezones.
–Llevan aquí una semana. Sueltos del campo los encerramos en una mangada y en el cepo les puse el cabezón con este trozo de cuerda para poder cogerlos, después los embarqué en dirección a mi casa y aquí están. Todos los días los cojo por el trozo de cuerda y les acaricio la cara; ya se dejan tocar un poco. Estaban cerreros del todo, pero no se les ven malas acciones. ¿Y bien, qué me dices de ellos? –dijo el señor Manuel con todo el entusiasmo de querer hacer un trato.
–Me gustan, son buenos potros. Me suenan sus hechuras, ¿puedo saber de dónde proceden?
–Claro hombre, se los he comprado a don Agustín Delgado. Creo que tú conoces la genética de estos potros; si no recuerdo mal, las madres le fueron compradas a don Gregorio Pérez, pero son cruzados. El padre es un anglo-árabe, pero no puedo decirte nada más, solo que son muy buenos potros y que no encontrarás otros así en toda la comarca.
Después de repasarlos detenidamente, y hacerles moverse de un lado para otro en sus tres aires naturales, ya que por su estado de cerreros no se les podía hacer nada más, el señor Luis dijo:
–Bien, ya están vistos. ¿Podría ver la documentación de los potros? –Y, mirándome, sin que el señor Manuel Santos se diese cuenta, me guiñó un ojo. Entendí en ese momento que alguno de los potros le había gustado y que no quería dar muestras de interés.
Cuando el señor Manuel se retiró a por los papeles, mi maestro me dijo que había uno que le atraía más que los otros dos, y quería comprobar la documentación para saber si coincidía con lo que él sospechaba. En ese momento me explicó, para darme una lección:
–Cuando vayas a comprar un potro nunca muestres demasiado interés o necesidad; es lo que suelen aprovechar los tratantes para sobrevalorar el producto. Has estado demasiado emocionado; debes controlarte y nunca preguntes al que va contigo si le gusta lo que ves, porque le obligas a hablar delante del propietario. Si son cosas negativas, a nadie le gusta que alguien hable mal de sus animales delante suyo. Y por el contrario, si es lo que buscas, no está mal decir virtudes, pero con moderación; el precio que tiene pensado pedir el dueño puede variar por una frase o una pregunta mal interpretada.
»Y, de estos tres potros ¿cuál te gusta más?
–Los tres me gustan, pero puesto a elegir, quizás ese –le dije señalando al más grande.
–Dentro de lo bueno es a mi parecer el más inferior. Fíjate, es largo de cañas, lo que se suele decir, lejos de tierra, y si buscamos un potro para la vaquera, tiene que estar pegado al suelo y los neumáticos ser firmes y sólidos; no me convence al lado de los otros. Pero mira ese, el castaño –me dijo señalando a uno de ellos–; la cruz la tiene muy destacada pero el nacimiento del cuello es bajo, el equilibrio nunca será bueno y siempre tenderá a volcarse y pesar en la mano; además, el dorso es un poco largo.
–Entonces nos queda el tercero, ese alazán.
–Sí, y es lo que quiero ver en la documentación. Es el que mejor constitución tiene; además, me recuerda a uno que tuve en mis comienzos.
Acercándose el señor Manuel Santos con la documentaciones de los potros, se la entregó a mi maestro, que seguidamente les echó una ojeada. Intercambiaban opiniones sobre quién era quién en cada documento y al final, entregándole los papeles al tratante Santos, le pidió precio por la compra de uno.
–¿Por cuál estás interesado, amigo Luis?
–Me interesa el más grande, ¿cuánto vale? –le dijo como manifestando deseos de comprarlo.
Yo me quedé sorprendido por la elección, ya que lo había descartado cuando estábamos los dos solos. El gitano le pidió una cantidad que de entrada parecía excesiva. El señor Luis le dijo que no estaba dispuesto a gastarse tanto dinero y seguidamente le pidió precio por otro potro, en este caso uno de capa negra y calzado de las cuatro patas.
–Por ese pido lo mismo; mira que su capa y sus calzas iguales son muy demandadas y obtendré buenos beneficios. No puedo quitarle nada al precio que te he pedido por cada uno de los dos.
–Entonces no me queda más remedio que quedarme con ese mediano y de capa alazana; se ve por su pelo largo y descolorido que ha estado mal alimentado y ha tenido parásitos. Eso sí, si me lo dejas a buen precio.
–Mira, amigo Luis, nos conocemos de toda la vida y sabes que no te engaño. Sé que eres un gran jinete y quiero que tengas un buen potro. Yo los he cogido a buen precio y por tanto este te lo dejo a la mitad del precio que te he pedido por uno de estos hermanos de camada.
–Está bien, me quedaré con este, pero con una condición: me lo tienes que dejar unos días en la finca para que lo pueda probar y ver si reúne las cualidades que espero de él. Si por lo contrario no nos gusta, te lo devolvemos. Tú ganarás el trabajo que le haya realizado al potro y el mantenimiento; mira que no es el que más me ha agradado.
–Trato hecho –dijo el buen tratante, y estrechándose las manos los dos, dieron el trato por cerrado.
De regreso a la finca le comenté a mi maestro si no hubiese sido mejor dejar una señal por la compra del potro.
–Amigo Juan, la palabra de un hombre va a misa, y el apretón de manos del señor Manuel tiene tanta validez o más que un papel firmado, aunque no te fíes nunca de otra persona. Hoy en día, las palabras se las lleva el viento; por eso siempre es mejor un documento firmado, y ante testigos para curarse en salud. Es una pena tener que llegar a estos extremos, pero hay muchos que se dedican a la picaresca y el engaño.
–Entonces, ¿cómo se asegura que mañana vengamos a por el potro y no se lo tenga vendido a otro cliente?
–Cuando dos personas se conocen y se respetan, esa palabra está por encima de todo el oro del mundo. Crearse una buena reputación y que la gente confíe en ti cuesta mucho; nadie se arriesga por un trato a echar a perder todo lo que ha costado una vida conseguir. Igualmente se conoce a los que van mal por la vida; esos se cierran las puertas ellos solos.
–Entiendo, maestro, pero lo que sí he aprendido ha sido la lección que me ha dado: cómo preguntó por los otros dos potros y dejó el que le interesaba para el final, haciendo como que no tenía interés por él. Y cuando revisó la documentación del potro se confirmaron sus sospechas.
–Es familiar de ese al que te dije que se parecía en hechuras. Hace años le vendimos unas yeguas a don Agustín Delgado. Esas yeguas no eran de procedencia española pura como las que tenemos actualmente en la yeguada; eran de las que anteriormente se encontraban en la finca y don Gregorio las quitó para introducir las puras con carta. Esas yeguas eran sufridas, duras, resistentes y con un carácter inigualable. Los potros que se trabajaron a la vaquera, cuando aprendí del vaquero que te conté, eran hijos de esas yeguas y de sementales árabes, ingleses y anglo-árabes. Los hijos de estos últimos eran los mejores a mi gusto, los famosos tres-sangres, predominando la sangre española por parte de las madres. Este potro es nieto materno de la que mejores productos dio, y su madre era hija de uno de nuestros mejores sementales, por lo que la madre debe ser buena, y el padre es un anglo-árabe que ya tiene productos contrastados en varios deportes, y eso es sinónimo de calidad. Además he visto en su genealogía un abuelo que fue padre de uno que yo domé y con el que obtuve mis mayores éxitos en vaquera. ¿Qué más quieres que te diga?
–Nada, maestro, si ya lo ha dicho todo. Estoy totalmente sorprendido, pero esto que usted ha hecho para comprar este potro, ¿lo hacen todos los jinetes de vaquera?
–Actualmente ya se están preocupando más por conocer los orígenes, pero falta mucho para que los ganaderos críen el auténtico caballo de vaquera. En otros deportes, como el salto y la clásica por ejemplo, se han utilizado ejemplares que dieron la talla en el deporte; en vaquera hoy en día se ve mucha variedad de razas y cruces, y eso también tiene dividida a la afición. Antiguamente se decía que el bueno era el que servía, pero eso era un error a medias; quiero decir que si después no se conservaban los genes de los productos que eran buenos se perdían, y vuelta a empezar. Mira, este potro que hemos comprado, si sale como espero, nos dará menos trabajo de lo que otro cualquiera elegido al azar hubiera podido ocasionar, porque su genética hará que colabore con nosotros en el adiestramiento.
–Veo que insiste usted mucho en el físico y la genética en el momento de elegir un animal para trabajar para la doma. Cuando yo vivía en el pueblo miraba a los potros y me imaginaba que todos podían valer si sabías domarlos. ¿Tan importante es?
–Te voy a dar una explicación de manera que lo entenderás fácilmente. Mira, la equitación es un arte, y en este caso el jinete es el artista. Cuando ves una escultura perfecta, piensas que es obra de un gran escultor, o sea de un artista, pero sin un buen bloque de mármol de calidad le hubiese sido imposible realizarla, es decir, contaba con la herramienta ideal para poder plasmar su arte. La equitación es un arte, donde el jinete es el escultor que a base de pequeños golpes de martillo y cincel va moldeando la figura que es el caballo. Sin un buen caballo, el artista nunca podrá plasmar sus conocimientos en el arte de la equitación por muchos conocimientos que tenga sobre la materia. Si pretendemos llegar a hacer una buena obra de arte, lo primero que necesitamos son los ingredientes apropiados. Tú tienes los animales adecuados y un maestro a tu lado para guiarte en el camino correcto, pero aún hay más: aparte de perseverancia y no tirar la toalla, tienes que tener cualidades, talento y capacidad suficiente para sentir al caballo y saber transmitir esas sensaciones. Si tú no tienes cualidades de artista, nada ni nadie hará de ti un gran jinete.
–¿Y cómo o cuándo sabré si tengo esas cualidades que dice que debo tener?
–Con mis explicaciones podrás llegar a ser un buen jinete, domar caballos, realizar exhibiciones y ser considerado un gran caballista por los de tu entorno. Pero ser un artista de la equitación requiere un gran tacto ecuestre, mucha sensibilidad e introducirse en la mente del caballo. Esas cualidades no serán alabadas por los aficionados al caballo, pero sí serán reconocidas y admiradas por los profesionales que te vean trabajar, por tu forma exquisita y natural de interpretar la equitación; esa naturalidad dentro de la calidad es donde destaca el buen tacto ecuestre, y solo lo sabrás cuando hayas alcanzado dicho nivel. Es algo que tienes que averiguar por ti mismo; es una sensación difícil de explicar que muchos buscan y pocos encuentran.
Llegamos a la finca y preparamos la cena en silencio. Mis pensamientos estaban en lo vivido ese día, en todo lo que el señor Luis me había contado, en lo complejo que es el mundo del caballo y lo simple que parece cuando se desconoce el oficio.

5. El trabajo de un potro a la cuerda

Edgar Guerrero, profesor de doma holística y experto en etología.
La tarde del día siguiente, teniendo todo el trabajo realizado y cumplido el horario, mi maestro me mandó sacar el potro español para empezar a darle cuerda como parte de sus primeras lecciones. Con su cabezón de cuadra y una cuerda de unos siete u ocho metros de larga, me dirigía al picadero circular cuando mi maestro me mandó parar.
–Lo primero que tienes que hacer antes de empezar a trabajar un potro es, o bien en su cuadra o bien amarrado a una argolla del lavadero, limpiarle la suciedad que tiene de acostarse y cepillarle las crines y la cola para que no tenga viruta ni paja enredada. Esa es la primera doma de un potro. Con ello se obtienen a la vez mansedumbre y confianza en el jinete. Con este potro no tendremos problemas porque tiene mucha doma de cuadra, por lo que tendremos mucho adelantado cuando le pidamos que aprenda las lecciones de picadero. No será lo mismo cuando recojamos y empecemos con el cruzado, que está cerrero.
Cepillé al potro y seguidamente me coloqué en el centro del circular. Mi maestro cerró la puerta y se situó a mi lado indicándome lo siguiente:
–Bien, coge al potro del lado diestro por la pared y con la mano derecha, yo, a distancia prudente, haré que te siga, pero sin abusar para que no se te adelante. Si llegara el caso, tú lo paras y le impides que se cuele delante tuyo. Bien, pasadas unas vueltas le vas cediendo cuerda y te vas acercando al centro pero como en una espiral, que el potro siga pegado a la pared, yo detrás de la grupa y un poco también más en medio de los dos.
Sin darme cuenta le di un pequeño tironcito de la cara con la cuerda y el potro se paró mirándome de frente. Quise ponerme detrás, pero él me encaraba. Mi maestro me corrigió:
–¿Ves?, ese tirón no estaba mal, pero hazlo más leve, para que el potro sepa que está cogido por la cuerda y la respete. Si tiras fuerte, sucede esto: el potro se para y te mira como diciendo ¿qué ha pasado? Le has quitado el deseo de ir hacia delante, que es lo que queremos. Empecemos de nuevo y repitámoslo varias veces a ambas manos hasta que tome el picadero solo.
Cuando el potro hizo lo que señor Luis quería, una vez al paso y después un par de vueltas al trote a ambas manos, me mandó pararlo y dio por finalizada la lección. Entonces me dijo que tirase de la cuerda para que al sentir el leve tirón en el cabezón, el potro acudiese al centro, donde yo me encontraba. Fui a acariciarlo y el potro retrocedió, y entonces fue cuando mi maestro me dijo:
–Quieto, no te asustes. La culpa ha sido tuya; a los potros no se les puede acercar uno nunca «mudo». Hay que hablarles siempre, que ellos escuchen y entiendan el tono de voz; si esta es suave, dulce y sin un tono alto, a ellos les tranquiliza mucho, y si tus movimientos son suaves, nunca le cogerán por sorpresa.
Seguidamente le hablé «hola bonito, hoooolaaa, bien», y al estar a su lado lo acaricié con la mano suave y dándole una palmada en el cuello, que interpretó como un cariño. No fue un trabajo de más de quince o veinte minutos, cuando el señor Luis me indicó:
–Amárralo de nuevo en el lavadero; le echaremos un poco de agua fresca en las extremidades, nada más, porque no ha sudado para ducharlo por todo el cuerpo y tampoco hace calor suficiente para que se pueda secar rápidamente aunque le pasemos el fleje. Esto lo relajará y se irá acostumbrando a la ducha poco a poco.
–Maestro, ¿y solo en veinte minutos ya hemos trabajado al potro?
–Amigo Juan, los potros son como los niños: si lo cansamos y le obligamos a correr más de lo que puede, aparte de que no sabe qué es lo que está haciendo porque no estaríamos enseñándole qué es lo que queremos de él, corremos el riesgo de que el próximo día tenga miedo al trabajo. De lo que se trata es de que el animal sea el que nos pida estar en el circular y que cuando te vea con el cabezón en la mano ponga la cara y no se revuelva en la cuadra poniéndote la grupa por miedo a lo que le espera de nuevo.
Una vez hubimos terminado, cogimos el coche para ir a recoger al potro cruzado. El señor Manuel ya tenía la documentación preparada para poder traerlo a la finca.
A pesar de estar relativamente cerca de donde adquirimos el potro, el mejor medio de transporte era un van enganchado a un vehículo; este no es más que un carro o remolque perfectamente equipado para el desplazamiento de caballos.
Al potro, al estar relativamente cerrero y tener solo un cabezón de cuadra del que arrastraba una pequeña cuerda, mi maestro decidió ponerle una cuerda algo más larga para poder controlarlo y hacer que entrase en el van sin riesgo de que se lastimara.
Con un poco de paciencia, dejándolo solo en un corral y apartado de sus compañeros de manada, el señor Luis le puso la cuerda más larga y decidió darle unas vueltas en el corral.
–Cuando quieras lo entramos en el van –dijo el señor Manuel Santos.
–Esperaremos un poco, amigo Manuel. Cuando lo trajiste fue metido en una mangada y entró junto con sus hermanos de manada en el camión y posteriormente los bajaste por el embarcadero que tienes para los animales. Pero nosotros traemos este remolque, que por suerte es bajo, pero él se ve solo y apartado de los demás, y quiero que su primera experiencia no le traumatice, o de lo contrario siempre recordará la mala vivencia pasada y eso será un problema cuando tengamos que viajar con él. Estaré el tiempo que haga falta, el suficiente para que el potro decida entrar por sí solo.
Teniendo el van colocado justo en la puerta del corral con la puerta abierta, mi maestro, sin dejar de dar vueltas, le iba engañando de tal manera que teniendo cierta aproximación al van lo paró y dejó que lo oliese. Entonces le impidió que se fuese del lugar; lo más que hacía era retroceder. A mí me mandó ponerme detrás para que si retrocedía fuera solo lo suficiente, pero nada más. Al ser cerrero, mi maestro repitió el ejercicio varias veces; le daba para atrás y hacía que lo acompañase adelante hasta la puerta del van. El potro se paraba y olía. Pasado un momento, empezó a dar síntomas de curiosidad y querer ver qué era lo que había más allá de la puerta del van, ya que mi maestro entraba y salía de él con frecuencia y naturalidad.
Una de las veces, el señor Luis tiró del potro como dándole a entender que lo acompañara. El potro se resistió, pero a la presión se quedó inmóvil. Seguidamente mi maestro aflojó la cuerda y al verse libre de presión el potro dio un paso adelante, aunque se le impidió que diese más. Los potros son como los niños: a veces sienten curiosidad por algo, y si les impides ver lo que hay dentro, su curiosidad aumenta.
Sin dejar de hablarle y acariciarlo, mi maestro se acercó a él y dándole la espalda se introdujo en el van. El potro lo siguió, pero al poner el casco de su mano por primera vez en el van retrocedió; solo sintió un leve tirón de la cuerda para que retrocediera lo justo. Poniéndose cerca del potro de nuevo, el maestro repitió la jugada, pero en esta ocasión el potro entró hasta dentro; eso sí, tengo que decir que al otro lado del van había una ventana abierta para que viese luz; la claridad es importante.
Tardamos más de una hora en completar este proceso, pero, como decía mi maestro, las primeras experiencias, tanto si son malas como si son buenas, no se olvidan, y se trata de que tarde en subir al van lo mismo que en entrar en su cuadra.
De regreso a casa, pregunté:
–Estaba pensando que los potros no tienen nombre, ¿cómo los llamaremos?
–Los nombres siempre me ha gustado ponérselos por algún motivo o situación. ¿A ti cuál te gusta para este cruzado?
–Podría ser «Campero», ya que lo destinaremos a la doma vaquera, y es una doma de campo.
–Me parece buen nombre. ¿Y al español, cuál?
–Siempre soñé con tener un caballo español como ese. ¿Qué tal «Soñador»?, porque en realidad todo esto es un sueño.
–Genial, ya tenemos a los dos potros bautizados.
Llegamos a las cuadras y sin problema descargamos a «Campero» y lo metimos en la cuadra que ya le teníamos preparada. Parecía más grande y fuerte, por sus aires y movimientos rítmicos y elegantes, pero era debido a que los potros cerreros se crecen cuando se encuentran en sitios que desconocen. Mi maestro me dijo que pasados unos días y con la calma de haberse habituado a su nuevo hogar suelen menguar o aparentar su alzada real.
Llegó el momento de sacar a «Campero» de su cuadra para enseñarle su primera lección. Era totalmente diferente a «Soñador»; tenía mucho temperamento y vivo, se movía como un rayo. El señor Luis me ayudó a sacarlo de la cuadra y atado a la argolla del lavadero le pasamos un cepillo por las crines y el dorso, pero no por limpiarlo, sino para que aceptara ser acariciado y que el acercamiento del hombre no le diera temor, que viese en nosotros como que le estábamos protegiendo y no maltratando.
–Juan, desátalo y lo llevas al centro del circular; intentaremos repetir la misma lección que con «Soñador» pero con la diferencia de que este potro necesitará desahogarse, estirar las patas y respingar. Le cuesta más seguirte, ¿ves que se para y que cuando le enseño por detrás el látigo da una pequeña lanzada? Pues cuando te siga sin titubear y con decisión será cuando podamos decir que ha aprendido a ir de cabestro.
–Maestro, ¿toda la vista que se tenga es poca, verdad? Sus reacciones me descolocan a mí también y no sé si andar, parar o correr, ja, ja, ja, ja.
–Cierto, en cualquier descuido se puede tener un percance. Te diré que cualquiera que te vea pensará que lo que tienes es miedo al potro, cuando lo que tú estás haciendo es tener precaución, que no es lo mismo. Todo el cuidado que se tenga al principio en el adiestramiento de un potro es poco. Siempre hay una primera vez y esa primera vez es primordial para la evolución del ejercicio y el proceso de doma.
–Ya he aprendido que esto no es correr, pero ¿qué hacemos los tres aquí dentro dando vueltas con el potro?
–Él desconoce el terreno, es su primera vez. No nos conoce a nosotros tampoco. Si tenemos que perder unos días para que se familiarice con el ambiente, los perderemos, porque en realidad lo que estamos es adelantando terreno para cuando empecemos a pedirle algunas exigencias, como aprender a ir a la cuerda realmente.
Al cabo de unos veinte minutos, el potro nos buscaba e iba detrás nuestro. Nosotros hacíamos como que lo ignorábamos, pero sin perderlo la vista, ya que al ser un animal cerrero, al asustarse o asombrarse por cualquier cosa podría dar una lanzada y saltar por encima de nosotros, sin darnos tiempo a reaccionar.
Durante unos días repetimos la misma operación con ambos potros; eran buenos alumnos y aprendían rápido. Estando en el circular con «Soñador», le dije al señor Luis:
–Maestro, ¿cuándo les pondremos la montura?
–¿Te has dado cuenta, Juan, de que hoy junto al cabezón le hemos puesto también un serretón?
–Sí, pero la cuerda la sigue teniendo en la argolla del cabezón, y no en la anilla del serretón, que tiene colocada justo por encima de la nariz.
–Así es. Mira, el potro se está acostumbrando al cabezón, y ahora que nos encontramos en el centro del circular, le cambiamos el mosquetón y se lo ponemos en el serretón, para que empiece a saber respetar y caminar con la cuerda en la nariz, ya que será de donde se le domará. Estos animales por naturaleza respetan el serretón en la nariz porque está demostrado que cada cultura y forma de adiestrar está unida a la de sus caballos. Por ejemplo, a los caballos alemanes y americanos les cuesta más aceptar y ceder al mando del serretón; sin embargo, en esos países, el adiestramiento solo con filete les funciona mucho mejor que a los nuestros, aunque también hay que tener en cuenta que la finalidad de nuestra doma requiere el uso del serretón, por eso se ven pocos caballos en nuestra doma española correctamente domados, por no haber sido adiestrados con los principios de la equitación española, el desuso del serretón o el no saber utilizarlo correctamente.
El potro se puso más tieso y sin yo moverme del centro; el señor Luis le obligaba a emplearse enseñándole el látigo en el trote; según me dijo, era para saber si empujaba con los cuartos traseros y soltaba las espaldas en cada tranco; si esos trancos eran uniformes y cadenciosos, y a la vez con buen ritmo, no perdería el equilibrio.
–Me ha sorprendido el potro, parecía bobo pero ¡anda lo que tenía escondido! –le dije sorprendido de ver como se movía el potro a la cuerda.
–¿Ves, Juan? Hoy le he obligado un poco más, solo para que se entere de qué va esto y también porque el trabajo diario que le hemos realizado días atrás ha servido para que se ponga fuerte y la mente se centre en la educación.
Terminamos de trabajar a «Soñador» y no le volví a preguntar cuándo le pondríamos la montura. Sacamos a «Campero»; era sorprendente lo diferentes que eran los dos, pero el señor Luis sabía sacar provecho a cada potro, aplicando un programa de entrenamiento distinto a cada uno, pero con la finalidad de que los dos acabaran buscándolo pues se encontraban a gusto a su lado. Eso fue lo que más me sorprendió de todo, y me lo demostró con «Campero».



