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El potro se había entregado a nosotros, quiero decir que ya se dejaba acariciar por todos lados y permitía que lo sacaran de la cuadra al circular sin problema, iba a la cuerda, y cuando lo llamaba, se acercaba al centro, que era donde yo me encontraba. Eso sí, todo con el cabezón; al serretón no le había llegado el momento.
–¿Te das cuenta, Juan, de que el potro, cuando tenemos que sacarlo para que venga a la cuerda, se queda aquí quieto con nosotros? Eso es bueno, que no sea él el que se quiere ir como mecanizado. En la doma los animales tienen siempre que esperar las órdenes. Mira, lo voy a soltar del todo para que dé vueltas él solo y nosotros quietos en el centro dando vueltas como si una cuerda invisible nos uniera con él.
El potro, cuando se vio suelto empezó a correr y dar saltos de alegría: galopaba, trotaba, se cambiaba de mano cuando le parecía. Al poco, cuando se relajó, mi maestro empezó a trabajarlo como si tuviese la cuerda y de pronto me dijo:
–¿Te das cuenta? Quiere venirse con nosotros. Eso el primer día era impensable. ¿Qué te parece? Pero yo le insisto en que dé unas vueltas más, para que no se acostumbre a dar cuatro vueltas y a la cuadra. Cuanto más lejos esté de nosotros en el circular mucho mejor, porque si se cierra mucho las espaldas sufrirán y podría lesionarse; el equilibrio natural en los tres aires lo adquiere en libertad. Aquí, Juan, es donde se pasa la mayor parte del tiempo un jinete. Observando el comportamiento de estos animales se aprende mucho de ellos, y sobre todo a conocer los defectos que puedan tener. Por eso pedí traérmelo, para poder probarlo, y ahora te puedo decir que nos quedamos con él.
–Hasta hoy no lo había decidido. Pero ¿qué es lo que le ha visto para decidirse?
–He observado que no es tímido, defecto grave porque esos no atienden al trabajo y actúan a destiempo; no es cobarde, síntoma de que no le dan temor las adversidades; no es perezoso, lo que evita que tengamos que estar siempre obligándolo a realizar algún trabajo; no es impaciente, es decir, que no es inquieto y espera a que le mandemos, como al darle cuerda; no es vengativo: cuando le hemos corregido, él ha escuchado y no se ha rebelado contra nosotros; y sobre todo no se le ve malicia alguna, como es reservarse la fuerza y no emplearse. Aunque no te confundas: algunos se emplean, pero huyendo del trabajo, y se defienden mientras las fuerzas les aguanten.
–Entonces, ¿estas cualidades internas nos evitarán problemas en un futuro para una buena y bonita equitación?
–Espera, tranquilo, no corras tanto; durante la doma aparecerán problemas, eso está claro, pero con una buena base y un potro que colabore, los problemas se superan. De no ser así, es decir, si se salen con la suya, se pueden producir graves consecuencias.
–¿Cuáles son esas consecuencias?
–Es muy pronto para explicártelo pues esas cosas se dicen en el momento, pero te daré un adelanto. Por ejemplo, al salir al campo se pueden espantar de algo desconocido y negarse a pasar; si no pasa ya tienes un resabio. Si lo adquiere como vicio, se defenderá y al final acabará entablado, es decir, duro de un lado. Normalmente estos problemas suelen aparecer por dos motivos: por la inexperiencia del jinete y por falta de corazón y fuerza del animal.
–Por eso me dijo usted que siempre se debe ser muy cuidadoso las primeras veces que se realice algo con el caballo en todas las facetas de la doma.
–Exactamente; por un mal momento se puede echar por tierra el trabajo de un año. Recuerda esto que te voy a decir y que es muy importante.
El señor Luis cambió de mano al potro para que anduviere en sentido contrario; siempre procuraba que estuviese trabajando el mismo tiempo a ambas manos para que las dos espaladas se musculasen por igual y no una más que la otra, y siguió contándome.
–Cuando un potro hace algo mal es por tres motivos: porque no sabe, porque no puede o porque no quiere. Si no sabe, es sencillo: hay que enseñarle. Si no puede, es cuestión de no obligarlo más de lo que sus cualidades alcanzan. Pero si sabe y puede pero no quiere, amigo Juan, ahí es donde reside el éxito o el fracaso de un caballista.
–¿Y qué es lo que se debe hacer en estos casos?
–Amigo Juan, está feo decirlo, pero ahí es cuando un jinete se juega la vida. Los animales prueban siempre, a veces para no trabajar, y si se dan cuenta de que se salen con la suya, al día siguiente más, hasta que llega el día en que no quieren trabajar y se defienden. Eso les ha ocurrido a todos los jinetes del mundo; algunos progresan por repetición pero nunca sentirán la sensación de tener un caballo domado. Aquí es donde reside la grandeza de nuestra doma española: en ese sometimiento que es decirle al animal que es el jinete el que piensa y el caballo el que ejecuta, no hay más.
–¿Me está hablando de pegarle al animal?
–No, no es eso lo que he querido decir. Pegar es maltratar; yo me refiero a una corrección. Ten presente que el caballo posee una gran memoria; por lo tanto sabe cuándo, cómo, por qué y de qué manera le estás castigando. Le das a entender por qué le has castigado en el momento justo en que se lo ha merecido, lo paras y si lo acepta lo acaricias y seguidamente lo ignoras; verás cómo acabará aceptando. Si le castigas pasado el momento, todo será en vano, ya que él jamás comprenderá el porqué de ese castigo, lo que le ocasionará ciertos trastornos mentales que le afectarán en otros aspectos incluso ajenos al motivo principal.
–Maestro, ¿no cree que hoy nos hemos pasado de tiempo con «Campero»?
–¿Tú crees? Él está a gusto suelto; piensa que el resto del día está encerrado en su cuadra. Esto para él no es trabajar, sino un recreo, aunque en realidad forme parte de nuestro programa de entrenamiento. Él sabe que en estos momentos está mejor que en la cuadra, pero su instinto le dice que se quiere venir conmigo y que le lleve dentro, ya que es la rutina que le hemos inculcado estos días. Mira, verás.
El señor Luis se acercó lentamente al potro estando totalmente suelto y, haciendo el mismo gesto que cuando tenía la cuerda se acercó, lo acarició, se giró y dio unos pasos lentos. De pronto el potro, creyéndose atado por la invisible cuerda, lo siguió por todo el circular. Con una indicación, mi maestro me mandó abrir la puerta y, cuando estaba abierta, se dirigió a la cuadra del potro y este, sin dejar de seguirlo, entró tras él. Me quedé con la boca abierta; no sabía qué decir. El señor Luis, cerrando la puerta de la cuadra, me dijo:
–¿Te das cuenta, Juan, de lo que se consigue por las buenas con la confianza mutua y sabiendo hacer las cosas en el momento justo? Los caballos tienen su propio lenguaje y signos que muchos ignoran por no querer escucharlos. Ellos mandan señales y esas señales son las que yo he comprendido que me decía cuando estaba suelto.
–¿Me está tomando el pelo? ¿Cómo que mandan señales?
–Claro, mira, ellos mueven las orejas, señal de estar atentos; bajan la cabeza, como diciendo ya me quiero ir contigo; en el circular las vueltas cada vez se cierran más, señal de que espera que lo llames; y quizás la más importante de todas, chascan con la boca y sacan la lengua, señal de que esperan de nosotros la aprobación de que los protegeremos, ya que ellos, animales herbívoros, también son animales de manada y buscan nuestra compañía, que les brinda protección. Todo esto está muy bien, pero ellos no entienden eso de que tú te subas a su lomo y tengan que hacer lo que les pidamos; eso es otra historia que, aprovechando esta base, podremos conseguir con mucha más comodidad sobre la confianza mutua.
Pasaron varios días repitiendo la misma rutina, pero intercalando los trabajos. Un día suelto, un día de descanso, otro día cuerda con el cabezón y otro día con el serretón; ese día solía ser el más didáctico y donde más se presionaba a los potros, ya que, como me decía mi maestro, era la antesala a ponerles la montura. El alternar el trabajo hacía que trabajasen con alegría y no se mecanizaran por repetición pues les obligaba a fortalecer la mente y estar siempre pendientes de nosotros.
Fue entonces cuando el señor Luis me comentó que era el momento de castrar a «Campero». Le pregunté por qué y él me contestó:
–El potro tiene tres años, es joven y al ser cruzado y a la vez destinarlo a la vaquera es mejor tenerlo castrado. Es absurdo domarlo entero para castrarlo después. Si se castra ahora pondrá más atención, no se desconcentrará, como suele ser habitual en los sementales. Pero sobre todo su físico se transformará en la típica jaca vaquera. Se puede comparar con un toro y un buey: se feminizan, su cuello se pone más fino, al desaparecer las hormonas masculinas que se acumulan en ese lugar, y las grupas se les ponen más anchas y redondas. Incluso los movimientos suelen ser más cadenciosos y menos temperamentales.
–¿No perderá fuerza al castrarlo?
–Eso no es cierto, al contrario. Con el trabajo diario y la gimnasia acabará poniéndose tan fuerte como otro caballo cualquiera. Es más, me atrevería a decir que incluso más fuerte, ya que utiliza la fuerza cuando se requiere, al contrario que muchos sementales, que se desgastan por la influencia de otros animales a su alrededor.
Al día siguiente el señor Luis llamó al veterinario que realizaba los servicios en la finca y «Campero» fue castrado. Tras unos días de reposo, paseos, tratamientos medicinales y agua templada en la ingle para hacer bajar la inflamación, volvió a la rutina diaria en el circular.

6. El jinete a la cuerda

Jesús Domínguez y Marta Ariza, jinetes profesionales y jueces de monta española.
Durante el mismo tiempo que trabajábamos a los potros a la cuerda, mi maestro me daba clase con una de las yeguas que recogimos de la piara. Esta era muy mansa y estaba muy domada; iban a la cuerda correctamente, como los caballos de volteo, y por ello la eligió para enseñarme a tener asiento, posición y equilibrio, antes de subirme en los potros.
Teniendo a la yegua perfectamente equipada con todos los arneses en el centro del picadero redondo, el señor Luis me dijo:
–Amigo Juan, lo primero que debes hacer es revisar si todo está en perfecto orden de revista, es decir, si la montura está en su sitio correctamente, justo en el dorso del animal, ni encima de la cruz, ni en los riñones; eso es muy importante para poder obtener una buena posición, porque de lo contrario la yegua no ejecutará bien los aires por incomodidad y en consecuencia te desequilibrarás. Que la cincha esté en su justa medida de presión; no muy floja, porque se puede girar y acabar en la barriga, ni muy apretada, porque le puede cortar la respiración y puede tirarse al suelo y tú acabar preguntándote qué ha ocurrido; esto con el jinete arriba puede ocasionar un grave accidente. Lo mismo la baticola. Cuando la tengas puesta metes los cuatro dedos entre la baticola y los riñones del animal y si caben lo justo es que está correctamente puesta. Los estribos se miden poniendo la punta de los dedos de la mano en la hebilla y acercando los estribos a tu sobaco; esa es la medida estándar, aunque como mejor se sabe es una vez arriba y con ambos pies descansando en los estribos, apreciando la colocación de las rodillas un poco flexionadas, pero con las piernas ni muy encogidas, ni exageradamente estiradas.
–Maestro, ¡pero si la montura no tiene estribos!
–Pensé que no estabas poniendo cuidado –me dijo sonriente–. Es como se debe empezar a montar: sin estribos adquieres mejor posición y equilibrio. Aprenderás a dominar todo tu cuerpo, tener calma y paciencia, pero sobre todo a ser flexible y eliminar toda rigidez; de lo contrario te será imposible llegar algún día a ser un gran jinete.
Me dijo que me colocase paralelo a la yegua y mirando la montura. Mi maestro, de espaldas a mí, me pidió que le diese el pie izquierdo, para ayudarme de un salto a subirme en el animal. Este era muy dócil y no se inmutó, a pesar de que mi cuerpo cayó a plomo sobre la montura.
–Cuando realicemos esto varias veces verás con qué facilidad te alzas y te sientas en la montura con delicadeza y suavidad, o al menos es lo que hay que intentar. Para eso tenemos la famosa frase que dice «para jinete nuevo, caballo viejo y para jinete viejo, caballo joven». Te has dejado caer en la montura como el que no puede con su cuerpo, y eso que es una yegua domada; imagínate si lo haces sobre un potro cerrero.
–Tiene usted razón; seguro que hubiese provocado el que diese algún bote.
–Eso es lo menos que podría hacer, y además con la consecuencia de que cada vez que te arrimases a él ya le tendrías avisado. Por eso, te repito: en la doma todo es despacio, suave y con mucha calma, pero sobre todo, la doma es a puerta cerrada: nadie tiene que ver cómo se trabaja un potro, porque el animal se distrae y los curiosos dan conversación, lo que no te deja estar pendiente del trabajo. Desgraciadamente, hoy en día muchos domadores se toman la doma de un potro como un espectáculo, pero para eso ya están los circos.
–Entiendo, señor Luis; intentaré dejar caer mi cuerpo en la montura con más suavidad la próxima vez. Pero, ¿dónde están las riendas?
–Nada de riendas; como vas aprender a conseguir equilibrio, es para que no te sujetas a ellas.
»Mientras saco a la yegua para que dé cuerda al paso, tú intenta obtener el equilibrio con naturalidad. No encojas los dedos de los pies, señal de que estás tenso de la espalda. Con los brazos relajados y acariciando el cuello de la yegua con cada mano a un lado, intenta acompañar el movimiento de la yegua con tu cadera y de esa forma cogerás asiento. Tener asiento no es montar bien, también debes saber utilizar las extremidades: con los tacones del pie le das unos toquecitos para que aprenda a no ir rígida y mover un poco las articulaciones, igual que te he comentado con los brazos.
–Qué sensación más excitante, me gusta. ¿Qué tal si la echamos a trotar? –me atreví a decir.
–¿Y qué tal si te bajas ya, que mañana será otro día? Estas sesiones al paso las repetiremos varias veces, intercalándolas con riendas y estribos; he observado que estabas correctamente montado en el centro y no echabas tu peso a un lado.
Teniéndome en el centro del picadero y subido en la yegua me mandó bajar, pero esta vez lo hice con más suavidad, de tal manera que al saltar, por mi falta de equilibrio, rocé con mi pierna derecha la grupa de la yegua.
–Este es otro grave error, Juan; nunca toques a un animal con la pierna en la grupa. Domando a un potro, este se puede sorprender y dar una lanzada y al no haber acabado de bajarte puede recibir un fuerte golpe y producir un resabio. También es cierto que no todos los animales aceptan los errores de la misma manera. Los hay que te tiran y cuando te ven en el suelo se quedan mirándote como diciendo: «¿Qué haces ahí?», y otros, al contrario piensan: «¡Ah! pero así te caes, mañana antes». Cada animal es un mundo y la experiencia se adquiere trabajando a muchos potros de razas, cruces y edades diferentes, teniendo distintas finalidades. Algunos cerreros aceptan un método y otros no. También los hay con resabios de mil maneras, y algunos se corrigen y otros quedan marcados para toda la vida; depende del historial y de su forma de ser.
–Lo tendré en cuenta, señor Luis. Pero, ¿por qué hemos acabado en tan poco tiempo?
–Por tu juventud me quieres demostrar que aguantas mucho, pero en realidad te notaba algo cansado. Esto es muy duro y no quiero abusar; te quiero domar como a los potros, despacio. Además, ¿no sentías molestias en las piernas?
–A decir verdad, tengo que confesar que sí, pero solo en las piernas; en los brazos y en el cuerpo, no.
–Me alegra saberlo; eso es porque el trabajo ha sido correcto. En las piernas es normal, pero el resto del cuerpo si duele es porque el ejercicio no se ha realizado correctamente.
Aquella primera lección me quedó marcada para toda la vida. Durante los siguientes días repetimos el mismo trabajo. Ya teniendo algo mejor el asiento, empezaron mis clases con los estribos y las riendas.
Teníamos a la yegua en el centro del picadero con la montura, pero esta vez con los estribos puestos. Me quedé inmóvil esperando alguna orden por parte de mi maestro, cuando me dijo:
–Me he dado cuenta de que has aprendido la lección de poner la montura correctamente y de revisarla bien, pero la cabezada es tan importante como la montura. Tienes que observar si está en su sitio, que la frontalera esté derecha; si la tiene ladeada da la sensación de que el animal está borracho. También que el bocado no esté colocado muy bajo; aparte de no hacer efecto, le dañarías la boca al estar sobre los colmillos. Si está muy alto se aprecia porque la comisura del labio está muy arrugada; de ser así le producirá heridas y también dañará los asientos, y con esa molestia y malestar procederá a protestar y mover la boca constantemente.
Explicado todo esto, me mandó colocarme para poner el pie en el estribo. Sus indicaciones fueron las siguientes; las recuerdo como si fuesen hoy mismo:
–Sujeta el estribo izquierdo con tu mano derecha para poder introducir un poco tu pie izquierdo. Con tu mano izquierda agarras un poco de pelo de las crines del animal, o bien el pomo delantero de la montura; yo prefiero un poco de pelo y bien cerca del cuello. En un futuro, al montar en potros cerreros, llegarás a sentir ciertas tensiones, relajaciones o podrás anticiparte a movimientos bruscos que puedan hacer por su falta de confianza. Aprovecho que estoy delante sujetando a la yegua para darte la lección; igual sucederá cuando montes a los potros las primeras veces. Estaré sujetándolos también, pero con la diferencia de que estaremos más pendientes por lo que pueda suceder. La mano derecha, una vez introducido el pie en el estribo, la diriges al borren trasero y de un impulso te alzas hacia arriba, la rodilla izquierda debe estar siempre en contacto con la montura y colocada justo en la cincha, procurando no pinchar con la punta de la bota al animal. En ese momento, que es cuando tienes que pasar la pierna derecha por la grupa, es cuando más equilibrio debes tener, ya que justo cuando pasas la pierna derecha cambias la mano derecha del borren al pomo y entonces es cuando con ligereza y suavidad te dejas caer en la montura. Sin mirar el estribo derecho, y mucho menos intentar cogerlo con la mano para poder hacer entrar el pie en él, procurarás buscar la forma de introducir la bota. Al principio te costará un poco, pero con experiencia y habilidad no tendrás dificultad en introducir el pie en el estribo.
Me lo tuvo que repetir varias veces para poder enterarme y asimilar lo que me decía, pero lo más curioso de todo es que cuando me encontraba arriba me mandaba bajar de nuevo, como si de un ejercicio gimnástico se tratara, hasta dominar correctamente el subir y bajar. Ni que decir tiene que para bajar era exactamente igual, pero como si rebobinase la escena.
Realicé los mismos ejercicios que en días anteriores pero con estribos; solo unas vueltas a ambas manos al paso. Mi maestro me colocó los estribos en la medida justa y me mandó realizar unos ejercicios al paso para después hacerlos al trote. Los ejercicios eran sencillos a simple vista, aunque nada fáciles para un novato como yo. Giros con la cabeza y los brazos en varias direcciones. Mover las piernas hacia atrás y hacia adelante, pero solo de rodilla para abajo, sin variar de posición. Inclinar el cuerpo hacia atrás y regresar a la posición inicial. Esto lo repetí varias veces. Cuando ya lo ejecutaba con naturalidad, el señor Luis me dijo:
–Bien, Juan, estás cogiendo confianza, que es lo primordial para poder tener un progreso adecuado. Si tuvieses miedo el aprendizaje se atrasaría y acabarías desilusionado, porque esto es lento en principio, aunque en cuanto adquieras ciertas habilidades los pasos serán agigantados.
–Me alegra saber que soy buen alumno.
–Eres buen alumno porque tienes confianza en tu maestro y obedeces todas mis indicaciones sin poner en duda mi profesionalidad; de lo contrario esto sería un fracaso antes de empezar. La ignorancia es muy atrevida, y por eso quiero que seas inteligente y tengas la sangre lo suficientemente fría como para controlar la situación cuando sea necesario y actuar en el momento justo y preciso. Bien, ahora sujétate un poco más, que vamos a trotar un poco. Tenemos la suerte de que esta yegua tiene un trote muy cadencioso y reunido, por lo que te será más cómodo.
Efectivamente, al no tener más sujeción que mi asiento y mis piernas me sentía algo incómodo, pero a la vez, como era un movimiento agradable, acompañaba en él a la yegua. De pronto sentí que mi maestro estaba acelerando el ritmo de la yegua; trotaba un poco más ligera, lo que hizo que me descolocara un poco en cuanto a comodidad.
–Procura no dar botes en el asiento –me dijo el señor Luis–. Intenta trotar sentado, relájate y acompaña en el movimiento del trote a la yegua. Quiero verte seguro y que dominas la situación.
Fueron pocas vueltas, pero a mí se me hicieron muchísimas por mi falta de experiencia, por lo que acabé rendido, pero también acabé, por mi insistencia y afición, dominando la situación como deseaba mi maestro. Al final, cuando acabamos la lección, le dije:
–Maestro, ¿esto no es más sencillo si cojo las riendas?
–Para ti en estos momentos sí, pero para un futuro, no. Te cuento: si ahora que estás aprendiendo a obtener asiento y equilibrio, aparte de utilizar las piernas cogieses las riendas, al no tener un asiento estable todavía tu movimiento de manos haría que las riendas vibraran en tus manos, y eso la yegua lo recibiría en la boca como una sacudida, por lo que podríamos dañarle la boca y provocarle malestar, de tal manera que se movería irregularmente y eso produciría a la vez un trote sin cadencia que afectaría a tu posición y asiento. Quiero decir que todo estaría en correspondencia, pero a la inversa.
–Entiendo, maestro, que lo que me quiere decir es que una cosa lleva a la otra, todo está comunicado, y si entorpezco por un lado, eso influirá en otro.
–Exactamente. Además, cuando se está aprendiendo tampoco es aconsejable dar tanta información, solo lo justo para que puedas ir asimilándolo todo; ya te he dicho muchas veces que el aprendizaje de un jinete no varía con respecto al de un potro, teóricamente hablando.
Después de varios meses de entrenamiento con la yegua, ya dominaba los tres aires, paso, trote y galope, tanto con estribos como sin ellos; también mi asiento y equilibrio mejoraron considerablemente. Las riendas el señor Luis solamente me dejó cogerlas para realizar giros por mi cuenta, y, como decía, para que aprendiera a sentir la boca de la yegua en mis manos a través de ellas, pero con suavidad y temple. Pero estas clases me las tenía reservadas para cuando llegara el momento de emplearlas con los potros.

7. El Cinchuelo y la montura en el potro

Jaime de la Puerta, jinete profesional y ganadero.
Tocaba sacar a «Soñador» para trabajarlo en el picadero circular, como era habitual en los últimos días. Le quité el cabezón en la cuadra y sujeto por el cuello le puse un filete un poco grueso. Era algo grande y sin riendas; el objetivo era que se familiarizara con él en la boca y se fuese acostumbrando. El serretón se lo puse en su sito, correctamente ajustado, no flojo, porque al tener movilidad puede producir rozaduras y si está demasiado apretado produce tensión y dolor, y siempre debidamente forrado, de tal manera que el contacto con la nariz era suave.
Sin salir de la cuadra, el señor Luis se acercó con una manta en la mano y me dijo:
–El potro está muy manso y acostumbrado a su cepillado diario. Puede que se sorprenda al verme la manta en la mano, pero la confianza que tiene en nosotros hará que nos observe con detenimiento.




