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Es revelador que la organización de las Naciones Unidas la haya acogido en su seno como un ariete –es lo que ha venido haciendo su secretario general, Antonio Guterres– para pedir a los gobiernos un golpe de timón, para que adopten medidas acordes con la emergencia que reclaman los expertos.
Con sorprendente madurez, Thunberg ha sido capaz de desvelar todas las contradicciones de un sistema económico y energético que ataca la estabilidad climática.
Ella ha puesto contra las cuerdas al negacionismo climático en Estados Unidos y ha intentado extirparlo entre su población joven, que le ha mostrado todo su apoyo en concurridísimas manifestaciones. Es su conquista.
No obstante, el mayor riesgo es que su popularidad alimente una mitología con cimientos de barro en un momento en que se escruta todo cuanto hace, dice y le rodea.
La influencia de Greta Thunberg puede (o no) desaparecer, pues todo fenómeno mediático nace, vive y muere. Pero la realidad es que lo que ella ha desvelado permanecerá en la memoria de muchos. A fin de cuentas, las evidencias del calentamiento y sus efectos sobre el planeta ya cuentan con conocimientos científicos robustos y sólidos. Y merecen más que el icono frágil de una joven que parece emular la lucha de David contra Goliat.
1.2. El bucle del falso bienestar
Las protestas de los jóvenes airados vuelven a poner de actualidad el papel del ciudadano (y también el de la clase política) a la hora de poder escalar esta enorme montaña que tenemos por delante. Hay coincidencia en que los cambios necesarios son enormes y afectan tanto al conjunto de nuestras actividades como al modelo mismo de desarrollo que ha resultado victorioso en los últimos años. Es decir, es cuestionado el libre comercio en su versión más liberal, que ha tenido más influencia en la globalización que las regulaciones introducidas para dosificar, acotar y atenuar los efectos perniciosos de una economía que no internaliza los costos ambientales, ecológicos y climáticos.
Nuestra cultura ha creado un imaginario social en el que la felicidad personal prácticamente depende de un crecimiento ilimitado del PIB. Es como si nuestras alegrías y nuestras expectativas estuvieran sujetas a una gráfica que en realidad también puede ser leída como el marcador de la sobreexplotación de los recursos del planeta.
El PIB quiere señalar la evolución de la riqueza, pero también tiene en su reverso el principal indicador del agotamiento de los recursos, visto que las actividades deseables como restaurar, regenerar, recuperar, reciclar o renaturalizar son marginales, han sido postergadas o no tienen la dimensión requerida en la economía. El resultado
es que los ciudadanos están atados a este esquema mental que busca satisfacer las necesidades de consumir bienes y servicios, pero ignoran las repercusiones de sus actos a largo plazo sobre el clima y los ecosistemas.
Por eso, buscar una solución alternativa que desacople la explotación de los recursos respecto a la prosperidad personal e individual es la gran ecuación. Y tiene que ser resuelta para que el ciudadano deje de ser el reo de un sistema que, aun siendo injusto e insolidario, crea privilegiados y pequeños paraísos (los ricos, los países desarrollados…), y en donde se interpreta que cualquier cambio en las pautas de consumo es un sacrificio o una renuncia inasumible.
Salir de este bucle no es fácil. Como salida, los ciudadanos se mueven entre seguir la filosofía del carpe diem y el riesgo de caer en una ecofatiga.
La vida para el mundo rico se ha hecho muy cómoda; y eso se concreta en un comportamiento que dilapida los recursos, visible en la aspiración de tener dos coches por familia en lugar de compartir uno solo o en hacer un uso desaforado de los vuelos baratos. Nos dejamos llevar por un confort y una comodidad trivial, banal y despilfarradora.
Los ejemplos son incontables.
Nunca como hasta ahora, el hombre había pretendido crear tan decididamente un clima a su medida, a la carta. Antes, sus actividades perseguían modificar el entorno o domesticar la naturaleza pero adaptándose lo mejor posible al clima. Ahora, da un paso más, y ha decidido crear climas artificiales, jugar con las regiones del globo y tener una meteorología con encefalograma plano en casa, en la oficina y en vacaciones. A unos 35 kilómetros de Berlín funciona un parque recreativo que permite pasar unas horas en una isla tropical. Con una temperatura media de 27 grados y una humedad de un 70%, no falta la vegetación exuberante, el sonido de los pájaros o la playa de arena blanca. Fuera del recinto hace un frío invernal prusiano, pero para mantener aislada y caliente esta burbuja de cristal se requiere un gasto energético brutal. Vivir climas exóticos también es posible mientras se esquía en Dubai, en donde funciona la primera pista cubierta de nieve. En su Snow Park, las temperaturas no bajan de 1º grado bajo cero, y en sus pistas jóvenes con turbante disfrutan del snowboard o el trineo como si estuvieran en los Alpes. Los nuevos mapas de geografía incluyen campos de golf junto al desierto californiano de Mojave y greens bien regados en los Emiratos Árabes al lado de los camellos del desierto.
Pero todo esto también pasa en España. Se aprecia en cafés italianos y en tabernas vascas, cuyas puertas están abiertas de par en par en pleno invierno mientras en su interior hace un calor de espanto; o en los grandes almacenes, que utilizan el frío en verano como anzuelo para atraer a turistas que callejean agotados en busca de un oasis donde comprar. La última imagen de este artificio son las terrazas de bares y restaurantes decoradas con un bosque de estufas de gas, hasta tal punto que pueden dejar frito al cliente –si tienes una cercana– o convertirse en un trasto inútil si te pilla en el otro extremo de la terraza. “Todo esto forma parte de la creencia de que no somos parte de la biosfera, y de que podemos ignorar el clima que nos corresponde por nuestro lugar de residencia”, dice Jordi Pigem, filósofo y ensayista.
Sin embargo, el bienestar también se puede alcanzar con bienes y servicios que mitiguen el derroche energético y que psicológicamente dan mayor satisfacción.
La tentación de cerrar los ojos y de aislarse en respuesta a este círculo vicioso es una salida de emergencia personal comprensible en un contexto en el que la precariedad laboral, la digitalización, la atomización de las relaciones y el culto al individualismo se imponen. Pero si se recupera el sentido epicúreo original que expresaba el poeta Horacio se constata que la mayor felicidad es compartir los frutos y disfrutar de los valores colectivos.
Y tampoco tiene sentido hablar de ecofatiga; al menos en España. Es como si a un pobre le pusieran delante un gran manjar y, antes de que empezara a dar cuenta de él, se lo retiraran con el argumento de que es “por su bien”, y que es “peligroso darse un atracón”. En el caso de España apenas hemos probado bocado, y ya algunos niegan el plato (y acusan de alarmistas) a quienes simplemente quieren una comida más sana y frugal.
Es cierto que no se puede declarar la emergencia climática de forma indefinida y mantenerla en el tiempo. Necesitamos un indicador para salir de ella; al menos, para dar un respiro para recuperar aliento y brío. El ciudadano tiene suficientes problemas cotidianos y arrastra demasiadas preocupaciones diarias para que se le imponga esta alarma permanente como una espada de Damocles. Necesariamente, se precisa una tarea colectiva, en la que debe desempeñar un papel preponderante el conjunto de la ciudadanía, para que esta arrastre a la clase política.
Pero, ¿qué papel puede jugar el ciudadano de a pie? Después de muchos años dedicados a la tarea de informar sobre asuntos medioambientales, he desarrollado una particular intuición para descubrir a los malos políticos, que son aquellos que, ante el problema del cambio climático o asuntos de gran envergadura, se parapetaban en el argumento de que “este es un asunto de todos”. Es una particular demostración de su inacción política o, al menos, de su falta de liderazgo. Cuando un problema es de todos, al final, no es de nadie. Es como cuando en los años sesenta las campañas contra los incendios forestales en el franquismo nos decían que “el monte es de todos” (¿desde cuándo dejaron de ser propiedad de sus dueños?).
Los mismos políticos que invocan la participación colectiva para salir entre todos de este atolladero climático son los que promovieron leyes de contrarreforma ambiental y tomaron iniciativas que condenaron a la precariedad laboral a cientos de miles personas, sin que sintieran entonces la más mínima necesidad de esgrimir el mismo argumento. ¿Es que estos otros problemas no eran también un asunto “de todos”?
Entonces, ¿quién debe actuar primero?, ¿los ciudadanos o los políticos? Muchas organizaciones y personas sostienen que deben ser los ciudadanos quienes impulsen los cambios. Que la verdadera transformación llegará desde la base. Que los buenos ejemplos de actitud cívica pueden ser la mejor respuesta.
Se parte así de la convicción de que la onda expansiva de esa actitud ejemplar se iría extendiendo, hasta provocar un efecto multiplicador, de forma que al final se generalizaría hasta que el catecismo personal se convirtiera en una guía práctica de actitudes modélicas y respetuosas con nuestro medio ambiente. Dentro de estos colectivos se ha insistido en la importancia y la fuerza de las pequeñas cosas, de los pequeños gestos. Reciclar, colocar luces de bajo consumo, moverse en transporte público o, incluso, renunciar a viajar en avión son percibidos como ejemplos de comportamiento ecológico ejemplar. Cambiarse a una compañía o cooperativa eléctrica que produzca y comercialice energía verde sería uno de los momentos de mayor compromiso. Se citan muchas actividades cívicas transformadoras, como reutilizar, reciclar, usar el transporte público o favorecer las energías renovables. Todo el mundo tiene la lista en la cabeza. Son acciones bien intencionadas; pero todas ellas serán insuficientes para lograr frenar y revertir nuestra injerencia en el clima y en los procesos globales del planeta.
La mayor parte de los cambios exigen normas, leyes de obligado cumplimiento. No se trata de que yo consuma plástico reciclado, sino que la ley obligue a los fabricantes a cumplir determinadas cuotas de reciclado. Podemos contribuir personalmente a fomentar las energías renovables al cambiar de compañía o instalando un tejado solar de autoconsumo; pero es la Administración la que debe fijar objetivos a las compañías eléctricas para que emprendan el camino hacia la descarbonización de la economía y obliguen a los constructores de edificios a colocar paneles fotovoltaicos en las nuevas edificaciones.
Cuando reciclamos en casa, cogemos el transporte público o realizamos otras pequeñas acciones de respeto al planeta, estamos adquiriendo colectivamente el derecho de ser parte de un cambio. Y si somos capaces de dar forma a todo ese esfuerzo personal en un movimiento colectivo, lograremos un nivel de motivación que no lograría el enfado, la rabia, la desilusión o el miedo, que son los sentimientos que acompañan con más frecuencia al cambio climático. “Nos moveremos realmente cuando sintamos que somos parte de los cambios. Estos serán empujados por los políticos, pero cuando los políticos perciban que la sociedad lo demanda”, dice Fernando Valladares, que es también un activo promotor de iniciativas en el movimiento por la justicia climática.
La alarma no mueve a la acción constructiva. El miedo, la depresión, la pena o el enfado rara vez producen el tsunami social que da lugar a cambios de rumbo social positivos; sólo activa a determinados sectores.
El deseo de cambio o la capacidad de contagio es muy diferente si el esfuerzo nos viene impuesto desde arriba o nace desde abajo. Y se necesitan las dos cosas. Desde arriba, se pueden coordinar las acciones individuales; pero el cambio tiene que nacer desde abajo para que se transmita una verdadera motivación y un compromiso de todos. Dados los profundos cambios sociales que se requieren, debemos recurrir a todos los motores de motivación.
Por otra parte, hay una parte de la ciudadanía que está dispuesta a asumir compromisos personales hasta un alto nivel de exigencia. Pero, si se me permite la licencia, creo que solo un tercio aproximadamente está dispuesta a salvar el planeta. El resto necesita un empujón; por eso es tan necesaria una corriente de opinión que actúe colectivamente, que cree condiciones para convertir los cambios colectivos en actitudes ilusionantes. Y en este sentido el movimiento por la justicia climática pide paso para ser uno de los actores fundamentales.
¿Pero será relevante el papel de la justicia climática? Lo veremos. La verdad es que su intervención está siendo fundamental y su protagonismo crecerá en la medida en que se juzgue perentorio cerrar la brecha y cicatrizar la herida ecológica.
Muchos otros movimientos sociales, como la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, el feminismo o la abolición de la esclavitud se convirtieron en fuerzas de cambio que abrieron los márgenes de la libertad y lograron imponer cambios históricos trascendentales, lo mismo que el combate por los derechos de las personas de los colectivos LGTBI o contra el apartheid en Sudáfrica.
Ahora está por ver cuál es el papel que la historia reservará a esta corriente de pensamiento crítico en un momento en que los partidos ecologistas han mostrado en general mucha debilidad, han sido fagocitados por los partidos tradicionales deseosos de surfear entre encuestas y opiniones o sólo han podido ser el trampolín de algunas caras de la política.
El espíritu de este movimiento es establecer una dialéctica en la que los comportamientos ciudadanos sean parte de la solución; y en la que una actitud exigente frente a los responsables políticos permita arrastrarles, con el fin de que actúen con un sentido de beneficio colectivo. No puede darse la transformación requerida sin que las acciones no sean completadas y generalizadas desde los poderes públicos.
El gran cambio llegará propiciado por el sello de los ciudadanos. Pero irrumpirá con fuerza cuando la capacidad de arrastre sea tal que mueva a los políticos, que aparecerán en la escena cuando perciban que la sociedad demanda esos cambios.
Los promotores del movimiento por la justicia climática quieren que desterremos de nuestro imaginario la idea de que prescindir del lujo es una renuncia, algo inadmisible. Su argumento es que el futuro nos juzgará por haber vivido ajenos o no a la sociedad del despilfarro, ignorando el abuso de los recursos naturales y las consecuencias climáticas y ambientales que suponía esta enajenación. En el futuro, tal vez las futuras generaciones comparen esta etapa de la historia con la del hombre de las cavernas por quemar el petróleo y provocar un calentamiento del planeta hasta convertir este insensato comportamiento en un legado envenenado para la estabilidad del clima.
Nuevos cimientos, nueva cosmovisión
La respuesta a la crisis climática exigirá, de hecho, una nueva cosmovisión, un nuevo imaginario colectivo, un cambio de valores profundo: una victoria cultural previa para allanar el camino.
Las transformaciones requeridas implican un cambio en las actuales pautas del consumo y de producción. Pero estas se han integrado de tal manera en nuestra vida cotidiana y han conformado hasta tal punto nuestra cultura, que cualquier salida del túnel exigirá casi una reprogramación de nuestros valores.
La victoria (aunque renqueante) de la globalización ha sido paralela al triunfo de un inevitable egoísmo individual como motor económico. Pero quienes quieran salvar un planeta con recursos finitos no tendrán más remedio que aprender las enseñanzas de unas viejas culturas y filosofías que se abrieron paso sobre una idea fundamental, la de compartir, sin que la generosidad o el altruismo fueran sinónimos del vilipendiado buenismo.
Tal vez acabemos haciendo de la necesidad virtud. Tal vez acabemos redescubriendo la filantropía por puro egoísmo; por puro instinto de supervivencia.
¿Tendremos que hacer un sacrificio personal o será un proyecto colectivo el que aglutinará las fuerzas que permitirán recuperar los valores de la equidad y la redistribución como fuerzas motor para encontrar una salida al callejón al que nos lleva una economía destructiva?
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