- -
- 100%
- +
Apenas estuve de regreso en el hotel pregunté en la recepción si podían darme un plano de la ciudad. Dada la noche avanzada, y posiblemente debido también a la costumbre de los empleados de verme todo el tiempo entrar y salir, saludando a cada momento y haciendo preguntas o comentarios anodinos, este pedido los tomó por sorpresa. Por lo tanto esperé un buen rato acodado contra el mostrador. No puedo decir que tuve el recuerdo de experiencias similares, porque en realidad no recordé nada en particular. Más bien tuve la clara convicción de haber pasado por ese género de trances. Las esperas en los mostradores de hotel, el mundo insólito, entre clandestino y deshilvanado, al que uno se asoma cuando espera algo en la recepción. De repente pusieron un plano frente a mí, de esos que se doblan en ocho o en doce y que llevan publicidad de comercios importantes. Mi primera reacción fue buscar en el mapa la mancha verde. No me demoré nada: la vi entera, casi redonda, derramada como una tinta a duras penas contenida. Me sentí aliviado de saber que al día siguiente me sumergiría en ella. Después quise ubicar el hotel, cosa que me llevó más tiempo y al final conseguí gracias a la ayuda de un recepcionista. Entonces me puse a planificar la caminata, que por otra parte no requería demasiada preparación; se trataba solamente de una preparación mental.
Si bien durante todos mis años disfruté de las caminatas, y lo sigo haciendo hasta el punto de sentirlas como un componente esencial de mi verdadera vida, una costumbre sin la cual no me reconocería a mí mismo, de un tiempo a esta parte caminar se ha ido vaciando de significado, o por lo menos de misterio, y a veces tan solo me queda el antiguo entusiasmo, que por lo general se disipa a la media hora como un humo demasiado liviano. A veces he pensado que son las mismas ciudades las que tienen la culpa. La uniformidad visual y económica, las grandes cadenas comerciales, las modas y los estilos transfronterizos, que relegan lo particular a un segundo plano, a un fondo borroso de colores envejecidos. Me cuesta encontrar modales propios en las calles, aun en el caso en que los encuentre y reconozca, como si el idioma local hubiera hecho silencio y se impusieran las señales de un lenguaje práctico y omnipresente, archisabido por todos e indistinto, incluso innecesario, sin modos particulares.
Pero también es probable que yo mismo sea el culpable; que llegado un momento, y por distintos motivos, ya solo me queden ojos para distinguir lo repetido. Incluso he llegado a advertir, para mortificación propia, cómo el aliento de aventura, en todo caso de intriga, que siempre me ha acompañado en mis interminables excursiones callejeras a través de cada nueva o conocida ciudad o localidad que me pongo a recorrer, cada vez más frecuentemente ese deseo de aventura cede paso al desgano, al interés de poco vuelo o directamente a la confusión. Camino cantidad de cuadras, comienzo con avidez y entusiasmo, digamos que observo todo sin dejar escapar los menores detalles, pero poco a poco me va invadiendo una sensación de desgano y de hartazgo por anticipado.
Es un sentimiento de inutilidad y de tedio inminente. La jornada promete ser interminable; pienso que me queda el resto del día para seguir andando, cuadras y cuadras, tránsito enredado, esquinas ruidosas, gentíos, etc., o al contrario: desamparo, soledad, orden o descuido. Presumo también que las sorpresas no serán importantes, verdaderas sorpresas, sino experiencias de menor importancia; por otra parte sé que nunca estuve a la caza de sorpresas, la palabra sorpresa siempre me ha producido rechazo, cuando no verdadero temor; entiendo que mi sensibilidad de viajero admite como sorpresas, en el lenguaje privado del pensamiento, ciertas impresiones cercanas al reconocimiento, estados de satisfacción ante un objeto o hecho novedoso, o inadvertido, cualquier cosa, una conexión entre el pasado y la novedad, a veces un poco exótica, encontrada en ese momento en la aglomeración poco conocida de cuadras de que se trate, etc. La verdad es que he dejado de buscar sorpresas porque creo que me resulta ya muy difícil encontrarlas. Por lo tanto conservo del antiguo anhelo el mecanismo básico, una suerte de tic físico y social a la vez, que es la caminata.
Una vez que dejé la recepción del hotel fui hasta la sala de internet, ubicada también en la planta baja, para ver si podía revisar el correo. Como era tarde encontré una computadora libre. Desde el día anterior había entendido que uno debe ir a la sala de internet a esas horas, digamos la noche avanzada, porque si va temprano en la noche encuentra gente, y si va cuando ha pasado el tiempo y ya es de madrugada, también: uno encontrará a los insomnes. Abrí el correo y me intrigó un mensaje anónimo, o más bien de alguien que a lo mejor quería ocultar su identidad, sin éxito si era el caso. El mensaje tenía una o dos líneas, creo que una sola, se expresaba en estilo irónico y me sugería abrir un enlace pegado más abajo, cuyo contenido me resultaría muy interesante o provechoso, no recuerdo bien cómo decía. No tenía motivos para dudar; así que, curioso, seguí las instrucciones. El enlace daba a una nota crítica aparecida pocos días antes en un periódico, sobre una novela que yo había publicado en los meses previos.
La crítica era bastante negativa, decía que se trataba de un libro fallido por donde se lo mire. Me quedé pensando en los argumentos, que juzgué endebles. Después contesté con dos líneas al remitente, escribí otras respuestas que debía mandar, leí durante un rato innecesariamente largo las noticias argentinas y subí a mi cuarto. A lo mejor el mensajero anónimo buscaba mi mortificación, pensaba que yo me derrumbaría o que renunciaría a la literatura por publicar novelas fallidas, o novelas que no son novelas, no recuerdo cómo lo pensé con exactitud. Fue curioso, porque si bien yo debía sentirme entristecido porque alguien buscaba mi humillación y encontraba con facilidad instrumentos que consideraba útiles para su propósito, me consoló sobre todo el hecho de haber dado con una persona que evidentemente era peor que yo, porque nadie superior habría tenido esa ocurrencia.
Por varios y complicados motivos yo estaba por entonces bastante disconforme con mis escritos, eso no ha cambiado, incluso puedo decir que lo estoy cada vez más. Mientras subía por el ascensor pensé en lo que acababa de ocurrir, y al abrir un momento después la puerta de mi cuarto, para lo cual debí ayudarme con el hombro porque parecía trabada, entendí que el mensajero anónimo era resultado de mi propia ficción. Que mis novelas, malas o buenas, creaban seres resentidos condenados a una equívoca servidumbre. Hasta yo podía ser uno de ellos. Encendí el televisor y oscurecí la pantalla, de modo de hacer de cuenta que era la radio. Después puse un libro en mi pequeño morral, el cuaderno para escribir, mis documentos de identidad, dinero, una cámara de fotos de esas compactas, me aseguré de tener una lapicera y así dejé listo el equipo de caminante que usaría al día siguiente. Todavía tenía el mapa en la mano, que desplegué sobre la cama para estudiarlo con atención.
El televisor debía estar sintonizado en un canal local, por eso pasaban a esa hora un programa sobre las ventajas de la soja, su gran rendimiento económico, y los cuidados que precisaban los terrenos dedicados a cultivarla. Más tarde hubo un microprograma sobre las hortalizas y el transporte. Mientras tanto devoré el mapa, intentando memorizar algo casi desconocido y que para mí carecía de significado, porque ningún nombre de avenida ni concentración de calles remitía a jerarquía alguna ni a ningún paisaje visual. Identifiqué en cambio puntos emblemáticos gracias a las referencias, que numeraban del 1 al 15 los sitios de importancia. Pero aún estos lugares neurálgicos eran bastante mudos, porque obviamente ignoraba todo sobre ellos.
Pensé que lo único que sostenía el mapa sobre la cama y frente a mí era la gran mancha verde, como la llamé. El parque absoluto que absorbía la presencia de la ciudad y radiaba energía a través de las calles que terminaban en él. Estuve contemplándolo un rato queriendo extraer alguna noción valiosa, una especie de viaje por adelantado, y en un momento de máxima concentración, al ver el pequeño 9 de color negro dibujado en el corazón del parque, de un tamaño similar al resto de las referencias, ese tamaño convencional para referirse a la justificación última de la ciudad y su principal sostenedor, me pareció de una suprema injusticia, que sin embargo tenía en mí un efecto paradójico, en todo caso inverso al buscado, porque reafirmaba mi decisión de visitarlo al día siguiente, después de un previsible o más bien obligado recorrido por el centro y sus aledaños que también pensaba encarar.
De manera entonces que mis días son escenificaciones de vagabundo sin apremios; la vida regalada que transcurre en la calle como el dandy asomado a un mundo ajeno, donde sin embargo no encuentra la evasión esperada. Quizás esto se relacione con el paso del tiempo, a cuyos efectos todos sucumbimos –aunque por supuesto de diferente modo–. Toda tarea es acumulativa; y si al cabo de caminar de arriba abajo por las calles durante muchos años uno padece de cierto cansancio, es lógico suponer que la causa está en el tiempo más que en la costumbre. Hora tras hora como un autómata, mañana y tarde, como un asocial. Recibía atontado la caída del sol, a merced de una especie de hipnosis bajo cuyo efecto cualquier cosa me producía curiosidad y desinterés al mismo tiempo. Se me activaba un deseo de conocer y en el mismo trance me sumergía en la desidia más negligente. Me distraía cualquier detalle, aunque en general por contados segundos: las luces de los comercios, los modelos de los autos y las formas de los autobuses. Cualquier cosa menos la gente, porque mi inercia de caminante programado me impedía fijar la vista en nadie.
Si me pongo a pensar, mi evolución de caminante contemporáneo, entre curioso e incrédulo, que siempre quise ser, derivó hacia mi actual condición de caminante defraudado y por momentos furioso a través de un largo proceso que se arrastra desde hace varios años. Todo comenzó cuando, sin advertirlo en ese momento, me puse a buscar en el paisaje urbano rastros generales del pasado. Fue una debilidad tremenda e irreparable, a la que terminé sucumbiendo. Es posible que hayan influido las ciudades europeas, a través de las cuales caminé bastante durante una larga época. Como se sabe, todas se caracterizan por venerar la historia, o la herencia, y celebran su escenografía de presente dichoso y abundante como extensión de un pasado supuestamente vivo y que de este modo se demuestra benigno. Me dejé llevar por ese lugar común de antigüedades bien mantenidas y ruinas vigentes, y de entonces me habrá quedado algún tipo de sensibilidad condicionada, no sé, para buscar en cada sitio por donde camino las huellas de días olvidados, cuando es evidente que casi nunca vale la pena encontrarlas. Porque aparte, fuera de las ciudades europeas esas huellas son otras, no están presentes como tales o tienen otro rango, o directamente no hay apogeo alguno que celebrar. En cualquier caso me desacostumbré, esa fue la elusiva enseñanza europea que aprendí, y quizá por eso persigo ahora cosas que no encuentro y que básicamente no aparecen, o no existen; y que cuando encuentro no me satisfacen porque no creo en ellas. Mis paseos se han convertido de esta manera en ceremonias tortuosas, asumidas con el empuje de la indiferencia derivada de años y años de actuar del mismo modo.
Es así como casi todo me lleva a abandonar las caminatas: tanto lo que busco, ahora inhallable, como lo que encuentro, casi nada. Y sin embargo me sostiene un deseo imperioso y contradictorio; no puedo abdicar y dejar de lanzarme a caminar por las calles. Cuando llego a un sitio el primer sentimiento en activarse es la curiosidad: suena un poco vitalista y probablemente ingenuo, pero ansío conocer la vida, los usos nativos, quiero sumergirme en la idiosincrasia y empaparme de hábito local. Una lectura para descubrir, o una historia para vivir. Pero en mi afán mimético hay siempre un punto demasiado cercano que, encima, encuentro cada vez más pronto, después de no muchas cuadras de haber iniciado la caminata; es el referido cansancio, la distracción, algo que intento denominar «la zozobra del caminante», una mezcla de rabia y vacío, de sed y rechazo. A partir de ese punto actúo a la manera de un zombi: veo a la gente como si no viera, lo mismo si se trata de las fachadas de los edificios y de la profundidad de calles o avenidas. Soy capaz de apreciar ciertos detalles, reconocer ejemplos valiosos de décadas o centurias pasadas, por lo general ambiguos y ya bastante estropeados aunque se mantengan en condiciones, un montón de paisajes urbanos, tics y formas sociales que despiertan mi curiosidad y son únicas, etc. Pero como si terminara consumido por la ciega tracción de mi marcha automática, que sólo busca devorar la superficie hasta que caiga la tarde, olvido inmediatamente todo lo que acabo de ver y de registrar, o más bien lo arrojo a un rincón desordenado de la memoria, donde todo se amontona sin jerarquía ni organización.
Así, soy capaz de retener esquinas, escenas, episodios, células en general de realidad, pero no puedo asignarles una secuencia y mucho menos algún contexto asequible, ninguna referencia. Aquello observado dos cuadras atrás está en el mismo nivel de cualquier cosa vista ayer, por ejemplo, o hace varios meses. No obstante sigo caminando empujado, más bien remolcado, por la sensación de ambigüedad, la referida zozobra. Acaso la experiencia propiamente dicha no sea otra cosa; quiero decir, de tanto caminar se me ha reducido la capacidad de admiración o sorpresa: la primera cuadra de cualquier ciudad activa un mecanismo de reminiscencia y de comparación que socava la ilusión o la confianza supuestamente depositada en el conjunto observado. Las cosas dejan de ser únicas y se manifiestan como eslabones.
En el televisor comenzaba un programa de entrevistas a personas conocidas del medio rural, donde podían hablar de sus comienzos, de las familias o de las costumbres del ayer, como decían en la presentación. En ese momento creí llegada la hora de prepararme para acostarme y dormir. Fui hasta el baño, donde me impresionó de nuevo la luz impecable del interior, como un quirófano sin sombra. Al salir del baño hablaba un señor por cuya modulación supuse mayor. Decía que pese a haber pasado toda su vida en el campo, nunca se había librado del temor a la oscuridad, y que desde la infancia concebía las labores del día –no sólo las propias, sino las de todo el mundo– como un intento de evadir o aplazar la llegada de la noche. Al hombre se lo reconocía por sus dotes de conversador, dijo con tono enjundioso la periodista. Sin embargo, no supe distinguir si más que una invitación a seguir hablando era un elogio. El señor temeroso se mantuvo en silencio tratando de responder; eso pensé en un principio, pero cuando pasaron varios minutos sin que volviera a hablar, me dije que a lo mejor la transmisión había terminado de golpe. Mientras tanto tuve tiempo de volver al baño, salir, plegar el mapa, guardarlo en el morral, meterme en la cama y apagar la luz. Mi último acto físico, por lo menos que recuerde, fue apagar el televisor con el control remoto, por si el sonido regresaba.
Mientras escuchaba el pesado y rumoroso silencio de la noche que subía desde la calle, me puse a pensar obviamente en el paseo del día siguiente. Por un lado estaba entusiasmado con la idea de conocer lo desconocido; pero también, como di a entender más arriba, me sentía con derecho a sentirme defraudado por anticipado. Pensé en el señor reporteado y su miedo, que no había podido vencer pese a la vida transcurrida en el campo, donde, como se sabe, uno convive con la oscuridad más neta y cargada de amenazas, de manera que había estado permanentemente expuesto a múltiples trances, y por ello mismo debía haber pasado por infinitas oportunidades de superarlo. Las últimas ideas que recuerdo estuvieron dedicadas al día siguiente y al recorrido previsto. Tenía la ilusión del día perfecto, quizá debido a ello no quería fabricarme ninguna imagen de la ciudad por adelantado; sin embargo, algo también me trabajaba en sentido contrario, me iba naciendo una decepción evidente y muy difícil de contrarrestar, y se debía a la única pero constante certeza que podía tener, a saber, que mi moral de caminante estaba un tanto maltrecha desde bastante tiempo atrás.
La siguiente argumentación puede parecer un poco abstracta, por eso trataré de explayarme rápido. Mi impresión es que durante las caminatas me gana una sensibilidad digital, desplegante. No lo digo con orgullo, sino con contrariedad: es de lo peor que me podía pasar porque afecta mi faceta intuitiva y se impone como una condena. Los puntos o circunstancias donde concentro mi atención toman la forma de enlaces de internet: no solamente se trata de los objetos mismos de observación, en general urbanos, pertenecientes al mundo de la calle o de la vida en general de la ciudad, precisos en sus formatos y discriminados del entorno, también significan la asociación que sugieren, la reminiscencia de lo percibido como relacionado, como parecido o directamente como distinto, o sea, en cualquier aspecto que uno pueda establecer esos vínculos. En las caminatas una imagen me lleva a un recuerdo, o a varios, que a su vez imponen otras evocaciones y pensamientos conectados, muchas veces azarosos, etc., creando en general delirantes ramificaciones temáticas que me desbordan y dejan exhausto. Quiero decir, soy víctima de los primeros tiempos de internet, cuando el recorrido o la navegación a través de la red estaban menos regidos por la fatalidad o la eficacia de los buscadores como lo está hoy, y uno debía derivar entre cosas parecidas, extravagantes o difusamente relacionadas. Hasta que en un punto llegaba el momento del agotamiento del viaje innecesariamente extendido a través de internet con la consiguiente falta de motivación para seguir buceando (en mi caso caminando), y en especial llegaba el momento de la distorsión, o la naturaleza paralela, no sé, cuando advertía que cada cosa se había convertido básicamente en un eslabón y su propia materialidad había pasado a un segundo plano de profundidad relativa, periférica y flotante.
Internet no tiene la culpa, obvio, pero conservo el estigma de haber atravesado esa etapa de vínculos flotantes y disparatados, cuando la navegación parecía un ejercicio de relaciones caprichosas. Al principio representó una metáfora sumamente descriptiva de mi conducta en los paseos urbanos, como los llamo a veces, y de las lucubraciones asociadas mientras camino; y en un segundo momento se produjo un típico caso de deslizamiento, o contaminación, la metáfora dejó de ser descriptiva para apresar su correlato y convertirse en acontecimiento analógico. No estoy en condiciones de saber en qué aspecto mi antigua percepción, preinternet, fue diferente; es probable que lo haya sido en varios. Antes de internet mi sensibilidad urbana se organizaba de otra manera, las primeras impresiones conservaban una identidad de origen y obedecían a su momento específico, digamos, de conformación, estaban acotadas por el paso del tiempo y por nuevas experiencias; todo eso producía una sedimentación, donde cada recuerdo mantenía su relativa autonomía. Pero después de internet ocurrió que el mismo sistema formateó mi sensibilidad, y desde entonces tiende a enlazar los hechos en secuencias de familiaridad, aunque sea forzada y muchas veces disparatada. Esas secuencias de familiaridad resultan en agrupamientos más o menos volátiles, es cierto, que sin embargo tienden a dejar en un segundo plano lo propio de cada impresión, diluyendo por otra parte el espesor de la experiencia.
Entonces aquella tarde, cuando estaba a punto de darme por vencido en el intento de llegar hasta el parque, la idea de atender a la posición relativa de los lugares dentro del plano, y no a su trazado, digamos, literal, resultó afortunadamente inspirada, aunque no podría decir si se debió a mi denostada sensibilidad flotante o a alguna repentina distracción. Di una última mirada general sobre el mapa, lo plegué sin guardarlo –no fuera a ser que lo precisara enseguida–, me despedí mentalmente de esa máquina tumultuosa que era la esquina y me encaminé hacia el parque. Para ello debía seguir bastante recto por una caminería a primera vista escondida, que de a ratos se ocultaba bajo autovías o puentes en general. A un costado había una facultad de medicina, con antiguos edificios de pocos pero elevados pisos, hermanados obviamente con los pabellones del hospital, antes mencionado. Más allá, el sendero se tomaba un descanso para convertirse en una ancha plataforma pavimentada donde cada vez más gente esperaba los autobuses. Había varias concentraciones de viajeros, y evidentemente cada grupo esperaba un bus distinto. En uno de esos claros entre las paradas volví a ver al vendedor ambulante, el del carrito de dos ruedas, que en este caso estaba pidiendo ayuda para bajar la mercancía que antes le había visto subir. El hombre vendía ropas de mujer, por un lado, y pilas y repuestos eléctricos por el otro. Supongo que lo pesado habrán sido las pilas y los repuestos. Así fue como me puse a pensar en los vendedores callejeros...
Ya en la mañana, mi primer pensamiento estuvo dirigido al señor del campo. No sé por qué caminos del sueño lo tuve presente durante la noche, pero recuerdo que apenas advertí que estaba a punto de despertar y dar así por comenzada la jornada, en un estado de semivigilia parecido al del semisueño, ambos muy habituales en mí, recordé al señor temeroso de la oscuridad. Yo no sabía si ya era de día, pero me dije que si todavía era de noche, y si yo fuera aquel personaje, en ese momento debía sentir miedo. El siguiente paso fue suponer que el reportaje había equivocado la palabra. Miedo, o temor, términos que por lo general es bueno matizar ya que pueden significar varias cosas. A lo mejor se referían a un tipo de prevención, como cuando uno dice «temo que llueva, me da miedo que llueva», mientras que el miedo también puede ser algo más primario e incontrolable.
Cuando abrí la cortina del cuarto encontré el comienzo de una mañana espléndida y primaveral. Al pie de la ventana se veía, enfrente de la calle, un edificio en construcción, y por encima de él, ya que el terreno subía hacia esa dirección, podía verse, a través de una hilera de árboles frondosos y separados, la cúpula y las agujas neoclásicas de algo que parecía ser la catedral. Encendí el televisor para escuchar mientras me preparaba. Una voz para mí diferente recitaba los precios de las semillas y decía que enseguida vendrían los granos. Recordé la noche anterior, en la Feria del Libro, cuando, cada vez que me acercaba al stand de la sociedad histórica local, veía títulos de temas camperos que lógicamente me recordaban la cultura argentina en su vertiente rural, pampeana, escolar, no sé cómo llamarla. Por lo demás, quería tomar el café cuanto antes para lanzarme a las calles; entonces terminé de ordenar mis cosas y me metí en el baño.
En cierta ocasión, estaba en la zona céntrica de otra ciudad y vi cómo robaron a un vendedor callejero. Supongo que acababa de llegar o planeaba irse, en cualquier caso se inclinaba sobre unas cajas de cartón de espaldas a su puesto de venta. Un caminante advirtió el descuido, se acercó a la tarima y se llevó una bolsa con bufandas o pashminas, como se las llama. Eso me hizo pensar que los momentos de mayor exposición, o directamente de debilidad, de los vendedores callejeros es cuando instalan o guardan sus cosas. La calle estaba muy concurrida, gente por todos lados; y no obstante fui el único que advirtió lo ocurrido. Hasta el mismo afectado, al darse vuelta, siguió ordenando sus cosas como si nada. Por un momento intuyó que algo raro ocurría, porque la organización física de su mostrador ahora era distinta, faltaban cosas, aunque probablemente tampoco podía estar seguro. Esto me tentó a decirle que acababa de ser robado, pero desistí porque no podría justificar mi demora en ponerlo sobre aviso. Entonces miré hacia atrás, como siempre hago, y sobre la masa de caminantes vi a una cuadra de distancia a la persona que se había llevado la bolsa, un hombre bastante alto que caminaba calle abajo y cada tanto desviaba la vista hacia el costado para ver si no había peligro detrás de él.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.



