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—¡Querida! —clamó muy seria al momento siguiente—. ¡Me avergüenzo de que seas tan irrespetuosa! —Y volvió a reírse y tomó el sombrero viejo y lo llevó de nuevo a su sitio—. ¡No quisiera que nadie te hubiera visto! —dijo con pena mientras se giraba, ya recompuesta, hacia la salida del salón; pero Helena seguía sentada en la silla del pastor, con sus piececitos colocados como lo habían estado las botas rígidas de él, y copiando su expresión solemne antes de que empezaran a hablar de Emerson y la guitarra:
—Ojalá le hubiera preguntado si habría sido tan amable de trepar a ese cerezo —dijo Helena, inflexible ante el descubrimiento de que su prima no consentiría que se siguiera riendo—. En las ramas de arriba hay un montón de cerezas maduras. Yo puedo trepar tan alto como él, pero no puedo llegar lo suficientemente lejos sobre la última rama que aguantaría a una persona. Y el pastor es tan alto y delgado…
—No sé qué habría pensado de ti el señor Crofton; es un joven muy serio —dijo la prima Harriet, aún avergonzada por su risa—. Martha te cogerá esas cerezas, o alguno de los hombres. No me gustaría que el señor Crofton pensara que eres una frívola, una joven con tus oportunidades.
Pero Helena ya se había escapado por el vestíbulo hacia la puerta del jardín ante la mención del nombre de Martha. La señorita Harriet Pyne suspiró nerviosa y después sonrió, a pesar de su profunda convicción mientras cerraba las contraventanas e intentaba hacer que la casa pareciera solemne de nuevo.
La puerta delantera podía estar cerrada pero la puerta del jardín al otro lado del amplio vestíbulo estaba abierta de par en par hacia el gran jardín soleado, donde las últimas de las peonías rojas y blancas y los lirios dorados, y las primeras espuelas de caballero, azules y altas, prestaban sus colores de forma generosa. Los setos rectos de boj tenían todos el verde fresco y brillante de las hojas nuevas y llegaba el olor de la vida y el alma más íntima del jardín de la larga espaldera donde florecía la madreselva. Era la última hora de la tarde y el sol estaba bajo tras los grandes manzanos del final del jardín, que arrojaban sus sombras sobre el césped corto de un verde decolorado. Los cerezos estaban a un lado, aún a pleno sol, y la señorita Harriet, que llegaba en ese momento a los escalones del jardín para ver una gallina al borde del agua, vio la hermosa figura de su prima con el vestido blanco de muselina india corriendo por el césped. Iba acompañada de la presencia desgarbada y alta de Martha, la nueva criada que, impasible e indiferente a todos los demás, mostraba una sorprendente voluntad y lealtad ante la joven invitada.
—Martha debería estar ya en el comedor, con lo lenta que es; solo falta media hora para la cena —dijo la señorita Harriet, mientras se giraba y se metía en la casa a la sombra. Era obligación de Martha servir la mesa, y había habido muchos intentos y muchas derrotas en el esfuerzo por enseñarla. Martha era, sin duda, muy torpe, y parecía más torpe aún porque sustituía a su tía, una persona de lo más habilidosa, que se acababa de casar con una granja prometedora y su próspero propietario. Debe decirse que la señorita Harriet era un instructor de lo más desconcertante, y que el cerebro de su pupila se confundía fácilmente y era propensa a meter la pata. Se temía la llegada de Helena precisamente por este servicio incompetente, pero la invitada no prestó atención a los ceños fruncidos ni a los gestos fútiles en la primera cena, salvo para establecer una relación amistosa con Martha por cuenta propia mediante una sonrisa tranquilizadora. Tenían casi la misma edad y a la mañana siguiente, antes de que la prima Harriet bajara, Helena le enseñó mediante una palabra y un rápido toque la forma correcta de hacer algo que había salido mal y que había sido imposible de comprender la noche anterior. Un momento después, la ansiosa propietaria entró sin sospechar, pero los ojos de Martha mostraban tanto afecto como los de un perro, y había un nuevo gesto de esperanza en su rostro; esta temida invitada era una amiga después de todo, y no una enemiga llegada desde el orgulloso Boston para frustrar su ignorancia y pacientes esfuerzos.
Las dos jóvenes criaturas, señora y criada, corrían por el césped quemado por el sol.
—No alcanzo a las cerezas más maduras —explicó Helena educadamente— y creo que la señorita Pyne debería enviar unas cuantas al pastor. Acaba de hacernos una visita. ¡Qué pasa, Martha! ¿Has estado llorando otra vez?
—Sí —dijo Martha con tristeza—. A la señorita Pyne siempre le gusta enviarle algo al pastor —reconoció con interés, como si no deseara que le pidieran que explicase sus últimas lágrimas.
—Pondremos algunas de las mejores cerezas en un plato bonito. Te enseñaré cómo hacerlo y las llevarás a la parroquia después del té —dijo Helena alegremente, y Martha aceptó el encargo con placer. La vida comenzaba a tener momentos de algo parecido al deleite en los últimos días.
—Se va a estropear ese vestido tan bonito, señorita Helena —advirtió Martha con timidez, y la señorita Helena se quedó apartada y se recogió la falda con inusual cuidado mientras la chica de campo, con su vestido de guinga de cuadros azules, comenzó a trepar el cerezo como un muchacho.
Llovieron frutos escarlatas sobre la hierba verde.
—Corta algunas ramitas bonitas con sus hojas; ¡oh, eres un encanto, Martha! —Y Martha, sonrojada de placer, y con un aspecto de garza real solemne y delgada, bajó de nuevo entre crujidos a la tierra y recogió el botín en su delantal limpio.
Aquella noche, en la cena, durante la ausencia temporal de la criada, la señorita Harriet anunció, como si fuera una disculpa, que pensaba que Martha por fin comenzaba a comprender algo de su trabajo.
—Su tía era un tesoro, nunca tuve que decirle algo dos veces; pero Martha ha sido tan torpe como un pato —dijo la señora de la casa—. A veces he temido no poder enseñarle nada nunca. Estaba bastante avergonzada de que vinieras justo ahora y me encontraras tan poco preparada para recibir a un visitante.
—Martha aprenderá lo suficientemente rápido porque se preocupa mucho —dijo la visitante con entusiasmo—. Me parece un encanto de chiquilla. Espero que nunca se vaya. Creo que cada día hace las cosas mejor, prima Harriet —añadió Helena suplicante, desde el fondo de su amable y joven corazón.
La puerta del cuarto de la porcelana estaba abierta un poco y Martha escuchó todas y cada una de aquellas palabras. Desde aquel momento, no solo supo lo que era el amor, sino que conoció las ambiciones del amor. Haber llegado de una granja pedregosa en la colina y una pequeña casa de madera desnuda era como si un hombre de las cavernas se hubiera instalado de forma permanente en un museo de arte; tal le había parecido la complejidad y la elegancia de la forma de vida de la señorita Pyne, y el cerebro simple de Martha era lento en sus procesos y reconocimientos. Pero con esta simpática aliada y defensora, la exquisita señorita Helena que creía en ella, todas las dificultades parecían desvanecerse.
Más tarde aquella noche, ya sin echar de menos su casa o sentirse desesperada, Martha volvió de su cortés recado a casa del pastor, y se presentó con cierto aspecto triunfal ante las dos damas que estaban sentadas en la puerta principal, como si esperasen visita. Helena aún llevaba sus muselinas blancas y lazos rojos y la señorita Harriet un vestido de seda negra fina. Feliz y despreocupada por la grandeza del momento, los modales de Martha eran perfectos y parecía, por una vez, casi bonita y tan joven como era en realidad.
—El pastor salió él mismo a la puerta y envía su agradecimiento. Dijo que las cerezas siempre habían sido su fruta favorita y que les estaba muy agradecido a ambas, la señorita Pyne y la señorita Vernon. Me hizo esperar unos minutos, mientras preparaba el libro para enviárselo, señorita Helena.
—¡Pero qué dices, Martha! ¡Yo no le he enviado nada! —exclamó la señorita Pyne, muy asombrada—. ¿De qué está hablando, Helena?
—Solo han sido unas cuantas de tus cerezas —explicó Helena—. Pensé que al señor Crofton le apetecerían después de su ronda de visitas de la tarde. Martha y yo las preparamos antes de cenar y se las envié con nuestros saludos.
—¡Vaya! Me alegro de que lo hicieras —dijo la señorita Harriet, sorprendida, pero bastante aliviada—. Me temía…
—No, no era ninguna de mis travesuras —contestó Helena con osadía—. No pensé que Martha estuviera lista para ir tan pronto. Debería haberte enseñado lo bonitas que estaban entre las hojas verdes. Las pusimos en uno de tus mejores platos blancos con el borde calado. Martha te lo enseñará mañana; a mamá siempre le gusta ponerlas así.
Los dedos de Helena estaban ocupados deshaciendo el nudo del paquete.
—¡Mira esto, prima Harriet! —anunció con orgullo, mientras Martha desaparecía tras la esquina de la casa, resplandeciente por la satisfacción de la aventura y el éxito—. Mira lo que me ha enviado el pastor, un libro: Sermones sobre… ¿qué? Sermones… está tan oscuro que casi no veo.
—Debe de ser su Sermones sobre la seriedad de la vida; son los únicos que ha publicado, creo —dijo la señorita Harriet, con gran placer—. Están muy bien considerados; son discursos notablemente hábiles. Te hace un gran halago, querida. Temí que percibiera tu ligereza infantil.
—Me comporté de maravilla mientras él estuvo aquí —insistió Helena—. Los pastores no son más que hombres —dijo, pero se sonrojó complacida.
Sin duda, era importante recibir un libro de su autor, y un tributo así la convertía en algo más valioso para aquella familia reverente. El pastor no solo era un hombre, sino un hombre soltero, y Helena estaba en la edad que mejor conquista el amor; en todo caso, era agradable volver a caerle en gracia a la prima Harriet.
—¡Invita al amable caballero a cenar! Necesita animarse un poco —suplicó la sirena vestida de muselina india, mientras dejaba el brillante libro negro de sermones sobre el escalón de piedra de la entrada con aire de aprobación, pero como si casi hubiera terminado con su misión.
—Quizás lo haga, si Martha mejora tanto como lo ha hecho en estos últimos días —prometió Harriet esperanzada—. Es algo que temo siempre que estoy sola, pero creo que al señor Crofton le gusta venir. Tiene una conversación muy elegante.
II
Aquellos eran días de largas visitas, antes de que los amigos cariñosos pensaran que merecía la pena hacer un viaje de cien millas solo para comer o pasar la noche en casa del otro. Helena se quedó durante las semanas agradables de principios de verano y partió al fin, de mala gana, para unirse a su familia en White Hills, donde habían ido, al igual que otras familias de alto nivel social, para pasar el mes de agosto fuera de la ciudad. La alegre invitada dejó tras ella muchos amigos tristes y prometió a cada uno que volvería al año siguiente. Dejó al pastor como amante rechazado, así como al preceptor de la academia, pero con los orgullos intactos, y quizás con visiones más amplias del mundo y una simpatía menos estrecha por su propio trabajo en la vida y por las trabas de los vecinos. Incluso la misma señorita Harriet Pyne había perdido parte de su innecesario provincianismo y de los prejuicios que habían comenzado a endurecer su corazón, amable y de mente abierta, bueno por naturaleza. Nadie había sido nunca tan alegre, tan fascinante o tan atenta como Helena; tan llena de recursos sociales, tan sencilla y poco exigente en su amistad. La luz de su joven vida no proyectaba sombra sobre sus compañeros jóvenes o viejos, sus ropas bonitas nunca hacían parecer a las otras chicas aburridas o pasadas de moda. Cuando atravesó la calle en el carruaje de la señorita Harriet para tomar el tren lento a Boston y las alegrías de la nueva Profile House, donde su madre esperaba impaciente con un grupo de amigos sureños, parecía como si nunca fuese a volver a haber fiestas o pícnics en Ashford, y como si la gente no tuviera nada que hacer más que envejecer y prepararse para el invierno.
Martha entró en el dormitorio de la señorita Helena aquella última mañana y era fácil ver que había estado llorando; tenía el mismo aspecto que aquella primera semana triste de nostalgia y desesperación. Por amor había estado aprendiendo a hacer muchas cosas y hacerlas exactamente bien; sus ojos se habían aguzado para ver la más mínima ocasión de hacer un servicio personal. Nadie podía ser más humilde y devota; parecía años mayor que Helena y ya lucía el aire conmovedor de los cuidados.
—Me mimas, querida Martha —dijo Helena desde la cama—. No sé qué van a decir en casa, estoy tan consentida.
Martha siguió abriendo las contraventanas para dejar que entrase la luz de la mañana estival, pero no dijo nada.
—Te las estás arreglando de maravilla, ¿verdad? —continuó la joven dama—. Te has esforzado tanto que me haces avergonzarme de mí misma. Al principio ponías todas las flores apiñadas y ahora las arreglas de una forma hermosa. Anoche la prima Harriet estaba encantadísima al ver la mesa tan bien colocada, y le dije que lo habías hecho tú todo, hasta el último detalle. ¿Seguirás manteniendo las flores frescas y la casa bonita hasta que yo vuelva? Es mucho más agradable para la señorita Pyne; y darás de comer a mis gorriones, ¿verdad? Se están domesticando.
—¡Claro que sí, señorita Helena! —Y Martha pareció casi enfadada por un instante, pero después rompió a llorar y se cubrió la cara con el mandil—. No entendía nada cuando llegué aquí al principio. Nunca había estado en ningún sitio ni había visto nada, y la señorita Pyne me asustaba cuando me hablaba. Fue usted quien me hizo pensar que podía aprender. Quería conservar el puesto, por mi madre y los chicos; en casa lo necesitamos mucho. Hepsy ha sido buena en la cocina; dijo que debería tener paciencia conmigo, pues ella misma era un poco torpe cuando llegó.
Helena rio; se la veía tan bonita bajo las cortinas blancas con borlas.
—Me temo que Hepsy tiene razón —dijo—. Ojalá me hubieras hablado de tu madre. Cuando vuelva, algún día, iremos en el carruaje hasta el campo, como tú lo llamas, para verla. ¡Martha! Ojalá pensaras en mí alguna vez después de que me vaya. ¿Me lo prometes? —El joven rostro resplandeciente de repente se puso serio—. Yo también tengo malos momentos; no siempre aprendo las cosas que debo aprender; no siempre pongo las cosas bien. Ojalá no me olvides nunca y creas en mí. Me parece que eso ayuda más que cualquier otra cosa.
—No la olvidaré —dijo Martha lentamente—. Pensaré en usted cada día.
Habló casi con indiferencia, como si le hubieran pedido que limpiara el polvo de una habitación, pero se volvió hacia un lado rápidamente y tiró de la alfombrilla que había bajo la jarra de agua caliente y la dejó torcida; después se apresuró escaleras abajo hasta la entrada blanca y alargada, llorando por el camino.
III
Perder de vista a la amiga a la que has amado y por quien vivías para complacer es perder la alegría de la vida. Pero si el amor es sincero, entonces llega la alegría mayor de complacer al ideal; es decir, a la amiga perfecta. La felicidad de antes se eleva a un nivel superior. En cuanto a Martha, la chica que quedó atrás en Ashford, su vida no podía parecerles más aburrida a aquellos que no eran capaces de comprender; tenía el paso lento y la mirada casi siempre baja, como si se esforzara todo el rato; pero era sorprendente cuando levantaba la vista y te miraba, con esa luz radiante. Tenía la capacidad de ser feliz aferrándose a un gran sentimiento, la inefable satisfacción de intentar agradar a alguien a quien amaba de verdad. Nunca pensó en intentar agradar a otros; solo vivía para hacer lo mejor que podía por los demás, y cumplir con un ideal, que al final llegó a convertirse en la visión de un santo, una figura celestial pintada sobre el cielo.
Los domingos de verano por la tarde, Martha se sentaba junto a la ventana de su habitación, un cuartito de techo bajo que daba al patio lateral y las grandes ramas de un olmo. Nunca se sentaba en la vieja mecedora de madera salvo los domingos como aquel; estaba reservada para los días de descanso y de meditación feliz. Llevaba su vestido liso negro y un delantal blanco limpio, y sostenía sobre el regazo una cajita de madera, con una bisagra de cobre encima como asa. Tenía más de sesenta años y parecía incluso mayor, pero su rostro mostraba el mismo gesto que tuvo en ocasiones en su juventud. Era la misma Martha; las manos mostraban los signos de la edad y estaban ajadas por el trabajo, pero su cara aún resplandecía. Parecía que fue ayer cuando Helena Vernon se había marchado, pero de eso hacía más de cuarenta años.
La guerra y la paz habían traído sus cambios y sus grandes preocupaciones; la faz de la tierra había sido surcada por inundaciones e incendios; los semblantes de señora y criada, marcados por sonrisas y llantos, y en el cielo, las estrellas brillaron como si nada hubiera ocurrido. El pueblo de Ashford añadió algunas páginas a su insulsa historia, el pastor predicó, la gente escuchó; de vez en cuando un funeral subía por la calle, y de vez en cuando la cara de un pequeñín asomaba por el horizonte de los bancos de iglesia de una familia. La señorita Harriet Pyne había pasado con mucho las incertidumbres y ansiedades de la juventud. Había tomado sus decisiones hacía mucho tiempo y había arreglado todas las preguntas; su esquema de vida era impecable como el paisaje en miniatura de un jardín japonés, e igualmente fácil de mantener en orden. El único cambio importante que podría ser capaz de hacer alguna vez sería el cambio final hacia otro mundo mejor; y de eso se encargaría amablemente la naturaleza y su propia e inocente vida.
Casi ningún gran evento social había alterado la calmada corriente de la vida de Helena Vernon desde su matrimonio. A él asistió la señorita Pyne, con apariencia señorial y portando regalos de plata antigua familiar que llevaban el sello Vernon, pero no sin cierta protesta del corazón contra las incertidumbres de la vida matrimonial. Helena estaba tan igualmente dispuesta a la independencia feliz como a la ayuda de otras vidas que crecían dependientes de sus rápidas simpatías y decisiones instintivas, que era difícil dejar que su personalidad se hundiera en los asuntos de otra persona. Aun así, un brillante enlace inglés no carecía de atractivo para una anticuada mujer gentil como la señorita Pyne, y Helena misma estaba sorprendentemente feliz. Un día había llegado una carta a Ashford en la que su corazón parecía latir de amor y despreocupación por sí misma, para contarle a la prima Harriet de su nueva felicidad y altas expectativas. «Cuéntale a Martha todo lo que digo sobre mi querido Jack», escribió la deseosa muchacha; «por favor, muéstrale mi carta a Martha y dile que iré el próximo verano y llevaré a Ashford al hombre más guapo y mejor del mundo. Le he contado todo sobre mi casa querida y el querido jardín; nunca hubo allí un muchacho mejor para coger cerezas con su metro ochenta». La señorita Pyne, un poco asombrada, le dio la carta a Martha, que la tomó con decisión y como si ella también se asombrara, y se fue a leerla despacio a solas. Martha lloró y tuvo una extraña sensación de pérdida y dolor; le dolía un poco el corazón al leer sobre coger cerezas. Su ídolo parecía ser menos ella desde que se había convertido en el ídolo de un desconocido. Nunca había tenido en sus manos una carta así, pero al final el amor prevaleció, puesto que la señorita Helena era feliz, y besó la última página donde estaba escrito su nombre, sintiéndose muy atrevida, y dejó el sobre en el secreter de la señorita Pyne sin decir nada.
El amor más generoso solo puede esperar consuelo y Martha tenía la alegría de ser recordada. No se olvidó de ella cuando se acercó el día de la boda, pero nunca supo que la señorita Helena le había pedido a la prima Harriet que llevase a Martha a la ciudad; le gustaría tener a Martha allí para que la viera casarse. «Ayudará con las flores», dijo la feliz muchacha, «sé que le gustaría venir y le pediré a mamá que se ocupe de que alguien la lleve a conocer Boston y le haga pasar una buena estancia cuando las prisas del gran día hayan pasado».
La prima Harriet pensó que era muy amable y propio de Helena, pero Martha estaría fuera de su elemento; era imprudente e infantil pensar en algo así. A la madre de Helena no le haría ninguna gracia tener una invitada innecesaria justo en la parte más atareada de la casa, y era mejor no hablar de la invitación. Algún día Martha iría a Boston si se portaba bien, pero no entonces. Helena no se olvidó de preguntar si Martha había venido y le sorprendió la indiferencia de la respuesta. Fue lo primero que le recordó que no era la princesa de las hadas para conseguir lo que quisiera en su último día antes de casarse. Sabía que a Martha le hubiera encantado estar cerca, pues no podía evitar comprender en ese momento de felicidad propia el amor que se ocultaba en otro corazón. Al día siguiente, esta feliz y joven princesa, la novia, cortó un trozo de la espectacular tarta y lo colocó en una caja bonita que había albergado uno de los regalos de boda. Con voces ansiosas llamándola y todas sus amigas alrededor, el rostro de su madre cada vez más melancólico al pensar en su partida, ella aún se quedó y corrió a coger una o dos bagatelas de su tocador, un espejito y unas tijeritas que Martha recordaría, y uno de los delicados pañuelos bordados con su nombre de soltera. Los metió también en la caja; era un capricho extraño e infantil, pero no pudo evitar intentar compartir su felicidad, pues la vida de Martha era tan sosa y aburrida. Susurró un mensaje y dejó el paquetito en manos de la prima Harriet cuando se despidió. Le tenía mucho aprecio a la prima Harriet. Sonrió con un destello de su antigua diversión; la mirada sorprendida de Martha y su figura extraña y espigada parecían estar frente a ella, mientras le prometía volver de nuevo a Ashford. Las voces impacientes llamaban a Helena, su amor estaba en la puerta y se apresuró a salir, dejando atrás su antigua casa y su juventud con placer. Si hubiera sabido, mientras le daba un beso de despedida a su prima Harriet, que nunca volverían a verse hasta ser dos ancianas. El primer paso que dio fuera de la casa paterna aquel día, casada y llena de esperanza y júbilo, fue un paso que la alejó de los verdes olmos de Boston Common y de su país y de aquellos que más quería, hacia una vida en el extranjero mucho más variada y hacia todas las penas y casi todas las alegrías que el corazón de una mujer puede conocer.
Los domingos por la tarde, Martha solía sentarse junto a la ventana en Ashford y sostener la caja de madera que su hermano pequeño favorito, que después murió en el mar, había hecho para ella, y solía sacar aquella preciosa cajita con tapa dorada que había contenido el trozo de tarta nupcial, y las tijeritas y el trocito de espejo borroso en su marco de plata; en cuanto al pañuelo con el borde de encaje, una vez cada dos o tres años lo salpicaba con agua como si fuera una flor y lo tendía al sol sobre el césped, y se sentaba junto a los arbustos por temor a que un petirrojo o un ampelis se lo llevara.
IV
A menudo felicitaban a la señorita Harriet Pyne por la buena suerte de contar con una ayudante y amiga como Martha. Cuando el tiempo pasó por esta mujer alta y adusta, siempre flaca, siempre lenta, ganó una dignidad de comportamiento y un cariño en la mirada que le sentaban bien al encanto y honra de la antigua casa. Era inconscientemente hermosa como un santo, como un pintoresco árbol solitario que vive para dar cobijo a incontables vidas y para estar quieto en su lugar. Tenía una familiaridad rústica y constancia tales, tal poder de preocupación, tal reticencia, y tal ternura con los apenados o enfermos; Martha escondía todos estos dones y gracias en su corazón. Nunca se unió a la iglesia porque pensaba que no era lo suficientemente buena, pero la vida era tal pasión y felicidad por ser útil que le era imposible no ser devota, y siempre ocupaba su humilde puesto los domingos, en el banco de atrás junto a la puerta. Había sido educada por un recuerdo; los jóvenes ojos de Helena la miraron siempre tranquilizadores desde un rostro feliz y aniñado. Nunca olvidaría la dulce paciencia de Helena en enseñarle su propia torpeza.




