Nosotros los anarquistas

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La mayor parte de la afiliación de la CNT mostró poco entusiasmo con la idea de colaborar con los socialistas autoritarios para reemplazar al gobierno del conde Romanones por una republica liberal burguesa. Las desastrosas experiencias con políticos burgueses y supuestamente radicales durante el movimiento cantonalista de 1873 demostraron a los militantes anarquistas que los líderes políticos de todos los signos, impulsados por su deseo de conquistar el poder, sólo colaboraban por interés propio. Su desconfianza en el sindicato socialista y en los republicanos no era infundada, como hemos visto, pero aunque el pacto fue efímero, con consecuencias desafortunadas para el movimiento sindicalista, sirvió para resaltar las diferencias irreconciliables entre el sindicalismo revolucionario y el reformista. (Aunque no hay pruebas de que los dirigentes fueran reformistas y la base revolucionaria.)
En 1920, desafiando abiertamente las decisiones del congreso de 1919 y sin ni siquiera intentar consultar a la militancia, Salvador Seguí demostró aún más desprecio por el proceso democrático negociando otro pacto con la UGT. Ese movimiento arbitrario y antidemocrático del líder de la CNT fue condenado en una asamblea plenaria de la CNT ese mismo año. Pero ante un fait accompli, se tomó la decisión de conceder al sindicato socialista el beneficio de la duda. Pusieron a prueba la buena fe de sus aliados convocando una huelga general en solidaridad con los mineros de la empresa Río Tinto. Los socialistas, ya fuera por miedo a una confrontación con el Estado o por no querer ceder la iniciativa a la CNT, renegaron del acuerdo y la huelga de Río Tinto fracasó al cabo de cuatro meses de lucha.
El pistolerismo, los asesinatos a tiros de militantes sindicalistas por gángsters contratados por la Federación de Empresarios y por miembros del ala derecha del denominado «Sindicato Libre», apareció por primera vez a pequeña escala durante la Primera Guerra Mundial.[10] En 1920, las matanzas individuales se multiplicaron hasta convertirse en una matanza institucionalizada de militantes de la CNT. Se cree que entre 1917 y 1922 se intentó asesinar a 1.012 hombres, de los cuales 753 eran trabajadores, 112 policías, 95 empresarios y 52 gerentes. En 1923, el Comité para la Defensa de los Presos de la CNT habló de 104 miembros de la CNT asesinados y de 33 heridos.[11] Esa estrategia de tensión fue orquestada por Arlegui, el jefe de la policía de Barcelona. Contó con el apoyo de las principales autoridades de la región, incluyendo al capitán general Milans del Bosch y al gobernador civil Martínez Anido.
A ese terrorismo de Estado paralelo se le dio el visto bueno judicial en diciembre de 1920 con la introducción de la famosa «ley de fugas», una ley que permitía a las fuerzas de seguridad matar a tiros a cualquier sospechoso que intentase «evitar» su captura. La CNT de nuevo buscó un pacto con la UGT para convocar una huelga general revolucionaria en Cataluña con el fin de frenar la espiral de violencia, pero el sindicato socialista se negó a dar su apoyo y el pacto de Seguí finalmente se hundió en la ignominia. Asustada por la amenaza revolucionaria a las instituciones fundamentales de su sociedad –tradición, propiedad y privilegios– la elite gobernante recurrió al único idioma que entendía: la violencia.
A los militantes anarquistas de la CNT no les quedó otra alternativa que responder con las mismas armas. Organizaron comités de defensa para identificar, localizar y asesinar a los responsables de la oleada de terrorismo semioficial. Esos comités de defensa orientados a la acción se convirtieron, comprensiblemente, en focos de atracción para los elementos más jóvenes, dinámicos y revolucionarios, que empezaron a destacar en el seno de la CNT, mientras que los colaboracionistas como Salvador Seguí, que pretendían restaurar el énfasis en las cuestiones exclusivamente laborales, perdieron influencia.
En octubre de 1922, se formó en Barcelona el grupo de afinidad anarquista Los Solidarios (véase Ricardo Sanz: Los Solidarios). Estaba constituido por jóvenes militantes de los comités de defensa de la clase obrera de la CNT cuyas ideas y actitudes se habían forjado durante el sangriento periodo del terrorismo estatal y empresarial. El grupo tenía vínculos especialmente estrechos con el sindicato de los carpinteros. Había evolucionado a partir del grupo Crisol, con base en Zaragoza, que a su vez estaba ligado a otro grupo anterior, Los Justicieros. Entre sus miembros se hallaban algunos de los nombres más famosos de la historia del anarquismo español –Buenaventura Durruti, un mecánico de León; Francisco Ascaso, un camarero de Zaragoza, y García Oliver, aprendiz de cocinero, camarero y más tarde pulimentador de Tarragona– y su influencia resultó ser crucial para el desarrollo del movimiento anarquista en la primera mitad de los años treinta.[12]
Según Aurelio Fernández, uno de los fundadores de Los Solidarios, los objetivos declarados del grupo eran enfrentarse al pistolerismo, defender los objetivos anarquistas de la CNT y fundar «una federación anarquista de ámbito estatal que uniría a todos los grupos próximos entre si ideológicamente, pero dispersos por toda la península». Después de ajustar las cuentas a los dirigentes y organizadores más prominentes de la campaña de terror en contra de la CNT, utilizaron las columnas de su influyente periódico Crisol para forzar un congreso anarquista nacional. Su convocatoria tuvo éxito y tanto la CNT como la Federación de Grupos Anarquistas estuvieron representadas. Durruti, Ascaso y Aurelio Fernández fueron elegidos para una Comisión de Relaciones Nacional, organismo precursor de la Federación Anarquista Ibérica, la FAI.
Entre los cincuenta delegados que asistieron al congreso estaba el protegido de Seguí, Ángel Pestaña, ex editor de Solidaridad Obrera y para entonces un líder de notable reputación en el seno de la CNT. Pestaña había salido de prisión en abril de 1922, después de que en 1921 fuera detenido al volver de Rusia. Fue el informe que presentó en el Congreso de Zaragoza a principios de ese mismo año lo que llevó a la CNT a revocar su adhesión provisional a la Tercera Internacional Comunista.
La desastrosa gestión de la guerra con Marruecos y los escándalos que afectaron a las principales autoridades del país –incluyendo al rey– llevaron a muchos anarquistas a creer que la única solución que le quedaba a la elite gobernante era dar un golpe militar. Una de les principales tareas de la Comisión Nacional de Relaciones era, por lo tanto, planear el modo de evitar que eso ocurriera. Los activistas del Comité de Defensa, García Oliver, Gregorio Suberviola y otros, esbozaron propuestas para una insurrección que evitara el esperado golpe militar y acelerara el proceso revolucionario en toda España.
Ángel Pestaña, que hacía poco había sido nombrado secretario regional de la CNT, estaba totalmente en contra de la propuesta de huelga general. Su experiencia directa en el proceso revolucionario de Rusia le hacía pensar que la razón del éxito bolchevique fue el hecho de que las masas no estuviesen correctamente educadas o preparadas para la revolución de antemano. Pestaña estaba convencido de que el éxito de una revolución dependía de la organización y no de la espontaneidad. Sostenía que puesto que el sindicato era débil y estaba desorganizado, y que era improbable que la UGT se opusiese a un golpe militar, se quedarían solos; una huelga general revolucionaria en ese momento sólo podía terminar en catástrofe.
La oposición de Pestaña a la resistencia armada provocó su expulsión de la comisión. Aunque ya no pertenecía a la comisión, Pestaña fue detenido y encarcelado por las autoridades dictatoriales por supuesta participación en la desastrosa invasión militar organizada por la comisión en 1924 en Vera de Bidasoa, en el Pirineo vasco-navarro, y en el fallido levantamiento del cuartel de Atarazanas de Barcelona. Permaneció en prisión hasta finales de 1926. Según su biógrafo Antonio Elerza:
Aunque nunca dejó de ser anarquista, la estrategia de la resistencia armada propuesta por Oliver supuso un notable crecimiento del abismo que lo separaba de la militancia anarquista: desde ese momento, toda su energía se concentró exclusivamente en la actividad sindicalista. Defendió la postura de Seguí. Empezó a reflexionar sobre las experiencias de su vida, a revisar tácticas y objetivos, y, consecuentemente, a buscar un nuevo sistema para conseguir sus propósitos.[13]
A consecuencia del asesinato de Salvador Seguí y de su compañero Francesc Comes el 10 de marzo de 1923, los sindicalistas legalistas de la CNT perdieron toda la credibilidad. Incluso los sindicalistas más ortodoxos se sintieron indignados. ¿Cómo podían entablar negociaciones pacíficas con empresarios y funcionarios que contrataban a pistoleros y terroristas para asesinar a firmes oponentes de la confrontación revolucionaria y defensores del acuerdo negociado como Salvador Seguí, «El noi del Sucre»?
Los asesinatos de Seguí y Comes acabaron con la paciencia de los miembros del Comité Regional Catalán de la CNT. Decididos a luchar contra el pistolerismo y a eliminarlo, unos cuantos militantes se reunieron para coordinar y fundar grupos de defensa anarcosindicalistas. Los pisos francos y los lugares de reunión de los pistoleros y de los empresarios más reaccionarios, sus valedores, fueron localizados y asaltados por los grupos de defensa de la CNT y los asesinos y sus jefes abatidos a tiros.
Los militantes de la CNT de bandas como Los Solidarios –uno de los muchos grupos de defensa confederales– persiguieron a figuras contrarrevolucionarias claves como el general Severiano Martínez Anido, el coronel Arlegui, el exministro conde de Coello, José Reguerel, antiguo gobernador de Bilbao, y el cardenal arzobispo de Zaragoza. Su primera víctima fue Laguía, el pistolero más famoso de todos. La muerte de un gángster tan protegido asustó a muchos pistoleros, y un buen número huyó a Zaragoza buscando la protección de su patrono, el cardenal Soldevila.
Cuando las acciones del grupo de defensa empezaron a surtir efecto –el asesinato del primer ministro Eduardo Dato ese mismo año perpetrado por tres anarquistas llevó la lucha a las calles de Madrid– el gobierno central intervino rápidamente para apartar de la circulación a los instigadores del terrorismo catalán. Se restableció una paz relativa en la capital catalana que resultó ser efímera.
En septiembre de 1923, el general Primo de Rivera lanzó un «manifiesto al país» informando de que había tomado el poder «para liberar a España de los profesionales de la política, de los hombres que por una u otra razón nos ofrecen el cuadro de desdichas e inmoralidades que empezaron el año 98 y amenazan a España con un próximo fin trágico y deshonroso». Fue un movimiento mal disimulado para proteger la reputación del rey Alfonso XIII de las consecuencias de un inminente informe parlamentario sobre las responsabilidades por el desastre de Annual en la guerra hispano-marroquí en 1921.
La CNT respondió al golpe convocando una huelga general. La convocatoria no tuvo éxito. El ambiente político era de decepción general, y en la CNT reinaba el desorden total. Aunque no hay cifras de la CNT catalana sobre la disminución de la afiliación durante ese periodo, debió de ser similar a la sufrida en la Federación Regional del Levante, en donde cayó de los 130.000 afiliados de finales de 1919 a alrededor de 40.000 en diciembre de 1922. Los andaluces, por su parte, llegaron a ser alrededor de 30.000.[14]
La UGT y el Partido Socialista, antiguos aliados de Seguí, dieron su apoyo al nuevo régimen. El líder socialista Largo Caballero fue nombrado consejero de Estado e inmediatamente prohibió al partido cualquier declaración de protesta verbal o escrita contra el nuevo régimen. La CNT, aunque no fue declarada ilegal, se preparó para lo peor. Muchos militantes anarcosindicalistas, especialmente los miembros de los grupos de defensa, pasaron a la clandestinidad o se exiliaron para continuar luchando. Los miembros del grupo Los Solidarios, por ejemplo, jugaron un papel importante en la creación de un Comité para la Coordinación Revolucionaria en Francia. Esa entidad organizó las fallidas operaciones contra la dictadura de Vera de Bidasoa y del cuartel de Atarazanas de Barcelona el 6 de noviembre de 1924, pero también se adjudicó el mérito de la espectacular liberación de Francisco Ascaso de la cárcel de Zaragoza. A consecuencia de la muerte de muchos de sus miembros en confrontaciones armadas con la policía y el ejército, de la detención de muchos otros, y de la dispersión de un buen número de ellos por el exilio, Los Solidarios dejaron de existir como grupo cohesionado hasta 1931, cuando los camaradas que sobrevivieron volvieron a reunirse bajo la protección de la República.
[1] Rudolf Rocker: Anarcho-Syndicalism, Londres, 1938, p. 86.
[2] Pere Gabriel: Anarquismo en España, p. 364. «De los 26.585 afiliados que tenía en 1911, alrededor de 12.000 eran de Cataluña, unos 6.000 eran andaluces y poco más de mil valencianos».
[3] Ibíd.
[4] Juan Díaz del Moral: Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Madrid, 1967, p. 277.
[5] Gabriel, op. cit., Historia del Sindicalismo Español, París, 1973, p. 16, dice que la cifra total de afiliados era de 750.00 y que 450.000 eran catalanes.
[6] José Peirats: La CNT en la revolución española, Toulouse, 1952, vol. I, cap. 1.
[7] A excepción de los nombres marcados con * todos los secretarios del Comité Nacional pertenecieron a Comités Nacionales con sede en Barcelona: José Negre (último secretario de Solidaridad Obrera y primero de la CNT en 1910. A causa de la casi inmediata ilegalización de la Confederación no sabemos si, al reconstituirse la CNT en 1914, Negre volvió a ser secretario). Manuel Andreu (de noviembre de 1915 a agosto de 1916); Francisco Jordán (hasta febrero de 1917, cuando dimitió del cargo desde su celda de la prisión); Francisco Miranda (hasta julio de 1919; fue reemplazado durante un tiempo por Manuel Buenacasa, entre agosto y noviembre de 1917); Manuel Buenacasa (hasta diciembre de 1918); Evelino Boal (asesinado en marzo de 1921); Andreu Nin (hasta mayo de 1921); Joaquín Maurín (hasta febrero de 1922); Joan Peiró (hasta julio de 1923); *Paulino Díez (hasta marzo de 1924) (Sevilla); *García Galán (hasta junio de 1924) (Zaragoza). (No se sabe si hubo secretario desde junio de 1924 hasta septiembre de 1925). *González Mallanda (de septiembre de 1925 a junio de 1926) (Gijón); *Segundo Blanco (hasta noviembre de 1926) (Gijón); Joan Peiró (hasta mediados de 1929); Ángel Pestaña (1929); Progreso Alfarache (1930. Temporalmente sustituido por Manuel Sirvent o Arín); Ángel Pestaña (hasta marzo de 1932); Manuel Rivas (1933); Miguel Yoldi (1934); *Horacio Martínez Prieto (1935-1936) (Zaragoza. Temporalmente reemplazado por David Antona y Antonio Moreno hasta septiembre de 1936); *Mariano Rodríguez Vázquez (de noviembre de 1936 a febrero de 1939) (Madrid-Valencia). Fuente: Cuadernos... enmienda, núm. 22, mayo, 184, entrada 336.
[8] Redención, Alcoy, agosto, 1922.
[9] Díaz de Moral, op. cit.
[10] Ángel Pestaña: Terrorismo en Barcelona, Barcelona, 1979.
[11] Miguel Sastre: La esclavitud moderna. (Citado por Peirats en Anarchists in the Spanish Revolution, Toronto, 1977, p. 32).
[12] El núcleo del grupo estaba formado por: Francisco Ascaso, camarero; Buenaventura Durruti, mecánico; Rafael Torres Escarpín, pastelero; Juan García Oliver, camarero; Aurelio Fernández, mecánico; Ricardo Sanz, trabajador textil; Alfonso Miguel, fabricante de armarios; Gregorio Suberviola, mecánico; Eusebio Brau, trabajador de fundición; Marcelino Manuel Campos (Tomás Arrate), carpintero; Miguel García Vivancos, conductor; Antonio del Toto, peón; A lo largo de los años, la afiliación cambió; algunos murieron, otros se fueron y otros se afiliaron. Un grupo de mujeres anarquistas se asociaron con el grupo Los Solidarios, entre ellas Julia López, María Luisa Tejedor, Pepita Not, Ramona Berni y María Rius. Otros nombres ligados a ese grupo de influencia fueron: Mas, A. Martín, Palau, Flores, Ballano, Boada, H. Esteban, P. Martín, J. Blanco, Pérez Combina, Batlle, Sosa. Antonio Ortiz y Francisco Jover también se unieron al grupo durante la dictadura.
[13] Ángel Mariá de Lera: Ángel Pestaña. Retrato de un anarquista, Barcelona, 1978, p. 225.
[14] Pere Gabriel, op. cit.
III. LA DICTADURA 1923-1927
La actitud del nuevo régimen con respecto a la CNT quedó clara a los diez días del golpe de Estado. El 24 de septiembre de 1923, nombraron a Martínez Anido vicesecretario del Ministerio de Interior. Al general Arlegui, ex jefe de la policía de Barcelona siendo Anido gobernador militar, y artífice del terrorismo gubernamental, lo nombraron director general de Orden Público. Pero la estrategia del gobierno no fue ni la brutal persecución de militantes, ni la ilegalización de la asociación anarcosindicalista que se esperaba. El método de ataque fue oblicuo. Mediante el uso selectivo de la ley, las autoridades impidieron que la CNT siguiese funcionando como sindicato: detuvieron a los delegados que cobraban las cuotas de afiliación acusados de malversación, y auditores del gobierno se apoderaron de sus archivos y de las listas de afiliados. En Barcelona, centro neurálgico de la CNT, la presión de la policía fue intensa. Finalmente, el 3 de octubre, los activistas anarquistas del sindicato decidieron que no tenían otra alternativa que pasar a la clandestinidad y suspender la publicación de Solidaridad Obrera. Esa decisión, tomada en un momento en que el Partido Comunista de España intentaba hacerse con el control del sindicato, causó un considerable malestar en el seno de la CNT, especialmente en el Comité Regional Catalán, que había perdido a algunos de sus líderes más prominentes, como Salvador Seguí, durante 1923. Una asamblea plenaria reunida en Mataró el 8 de diciembre de 1923, revocó esa decisión y Solidaridad Obrera volvió a publicarse. Mientras tanto, la organización socialista UGT, para entonces totalmente incorporada al aparato del Estado, era impulsada a costa de la CNT. El objetivo de esa estrategia era neutralizar y desplazar a la Confederación para que dejara de ser la voz predominante del sindicalismo español.
El asesinato del nuevo verdugo de Barcelona el 4 de mayo de 1924 puso fin a una falsa paz entre la CNT y la dictadura. En un congreso extraordinario de la CNT celebrado en Granollers ese mismo mes, el sindicato reiteró el comunismo libertario como objetivo prioritario. Esa resolución fue ratificada mayoritariamente con 236 votos a favor y 1 en contra –el de los grupos de Sabadell, que apoyaban la teoría de Pestaña de que los sindicatos debían tener funciones exclusivamente económicas. El congreso terminó inesperadamente al rodear la policía el edificio. García Oliver fue uno de los pocos delegados que no pudo escapar. Lo detuvieron y pasó un año en la cárcel. El congreso de Granollers fue el último acto semipúblico de la CNT en tiempos de la dictadura. No se sometió a la nueva legislación social elaborada por el nuevo ministro de Trabajo de la dictadura, el dirigente de la UGT Largo Caballero, y fue proscrito al cabo de unos días. Solidaridad Obrera dejó de publicarse de nuevo y no reaparecería hasta 1930; pronto compartieron su destino la mayoría de las publicaciones anarquistas y de la CNT.
El clima de inseguridad y agotamiento, consecuencia de los asesinatos de tantos militantes competentes de la CNT dañó gravemente su capacidad de organización y agitación. A los miembros del Comité Nacional clandestino organizado en Sevilla en septiembre de 1924 los detuvieron en diciembre del mismo año. El Comité Nacional que lo reemplazó en Zaragoza sólo duró hasta mayo de 1924. Desde entonces, resultó imposible hacer que la CNT funcionase como una auténtica organización nacional. Según Julián Casanova, la confederación era «una conglomeración de federaciones regionales sin disciplina colectiva».[1]
La situación represiva en España provocó el exilio forzoso y la desaparición en la clandestinidad de la mayoría de los elementos más decididos y combativos de la CNT. Francia y Argentina fueron los dos principales centros de emigración desde los que los activistas anarquistas empezaron a conspirar para derrocar al régimen, mientras que otros se propusieron reconsiderar la cuestión de la organización anarquista.
El exilio de los revolucionarios dejó un vació ideológico en el seno de la CNT. Los elementos con más orientación legalista y sindicalista de la organización pronto llenaron ese vacío, situación que intensificó la fricción entre las principales tendencias opuestas de la confederación.
Además de la amplia base de la CNT, que seguramente podríamos calificar de anarcosindicalista tradicional, generalmente receptiva a los principios y estatutos anarquistas del sindicato, había, supuestamente, tres principales corrientes ideológicas, además de un cuarto grupo de anarquismo «filosófico» representado por la familia Urales con su influyente revista La Revista Blanca, quienes, considerándose a sí mismos los guardianes de la ortodoxia anarquista, se distanciaron totalmente del sindicato con el fin de garantizar la pureza ideológica.
Los miembros del primer grupo, representado por líderes como Pestaña, se hallaban sobre todo en los comités nacionales y regionales de la CNT y entre ellos había reformistas, republicanos, socialistas y catalanistas. Ese grupo defendía el enfoque económico y proponía una forma alternativa de organización para determinadas relaciones específicas de producción. En vez de ser espontáneo, era sumamente rígido en sus puntos de vista y no confiaba en la espontaneidad revolucionaria, y poco, por no decir nada, en los trabajadores. Su principal objetivo era la legalización inmediata de la CNT, con independencia de las condiciones que fijase la dictadura. Para ellos, el anarquismo era un ideal moral abstracto, una aspiración inalcanzable en el mundo real.
Sostenían que los cimientos del poder de los trabajadores requerían un enfoque metódico y, por esa razón, deseaban que la CNT volviese a ser un sindicato «efectivo». Ese objetivo sólo podía alcanzarse mediante la colaboración entre las clases y el distanciamiento del sindicato de la influencia «ideológica» de los anarquistas, y atrayendo a trabajadores de todas las creencias y convicciones políticas. Los pestañistas querían relegar y limitar a los militantes anarquistas a un papel educativo e «idealista» en el seno de la organización, en vez de animarlos a ejercer el liderazgo con el ejemplo –la única auténtica clase de liderazgo revolucionario. Eso permitiría a los pestañistas construir y controlar una estructura de mando permanente en la CNT.
Pestaña y sus colegas de orientación sindicalista del grupo Solidaridad creían firmemente en los efectos beneficiosos sobre los trabajadores de la armonía de clases y de la incorporación de las clases medias, «la fuente de cultura», al movimiento sindical. Esa opinión la compartían, aunque por diferentes razones, los elementos políticos más tradicionales, que confiaban garantizar la estabilidad del capitalismo incorporando a los trabajadores al sistema ofreciéndoles a cambio una parte de los excedentes de la producción.
La distorsión del proceso revolucionario por parte de los bolcheviques parece ser que desencadenó la pérdida de la fe de Pestaña en la capacidad creativa de los trabajadores para organizar y dirigir sus propias vidas. Aunque siguió definiéndose como anarquista desde su regreso de Rusia, estaba convencido de que la revolución sería imposible mientras la gran masa de los trabajadores siguiese «sin preparación» y «sin educación». Desilusionado, Pestaña modificó su anarquismo, como muchos anarquistas antes y después «confesaron» que habían hecho, para hacer frente a las «conveniencias» y «aspectos prácticos» de un mundo imperfecto. Al hacerlo, su anarquismo dejó de ser un conjunto de teoría y práctica para convertirse en un mero código de valores subjetivos éticos y abstractos, que tenían poco o nada que ver con su comportamiento real. El gradualismo y el colaboracionismo de clase eran los medios con que Pestaña y sus seguidores negaron la posibilidad de una revolución masiva y, por lo tanto, la misión revolucionaria de la CNT.
Pestaña y otros miembros de su grupo Solidaridad empezaron a plantear abiertamente la cuestión del reconocimiento legal (es decir, del reconocimiento por parte del Estado) de la CNT. En marzo de 1925, hizo su primer ataque, apenas velado, a la influencia anarquista en el sindicato utilizando las columnas de su periódico Solidaridad Proletaria. Con el objetivo de agrupar a socialistas y sindicalistas en la CNT, el artículo, titulado «Los grupos anarquistas y los sindicatos», abordaba su teoría de la confederación como «contenedor» más que como «contenido»:







