Nosotros los anarquistas

- -
- 100%
- +
La acusación de que la FAI se había montado para «reunir a un núcleo de ardientes y resueltos revolucionarios que inspirarían y controlarían a todo el movimiento», fue calificada de totalmente falsa por el miembro fundador Progreso Fernández, que opinaba que nunca hubo peligro de que la CNT cayese en la trampa del revisionismo.[3]
El único problema era que se intentaba legalizar a la CNT para competir con la UGT, –y añadía–, tampoco se puede decir que la FAI se crease para preservar la pureza ideológica de la CNT. Por supuesto, es posible que en determinadas regiones como Cataluña, el papel de la FAI fuera concebido así, pero no fue el caso de Valencia.[4]
A pesar de que Fernández afirmara lo contrario, parece ser que hay po cas dudas de que la FAI confiaba en poder revitalizar a la CNT, una estrategia que implicaba combatir el reformismo.
Otro indicador de que la FAI no se fundó para crear una organización homogénea y cohesionada que controlase a la CNT, ni siquiera a sus propios afiliados, se refleja en el hecho de que lo más cercano a una declaración pública de objetivos y principios fue el manifiesto «A todos» publicado por el Comité de Relaciones Anarquistas antes de su fundación formal. La coordinación de la oposición a la dictadura y la creación de un foco de difusión de propaganda anarquista eran cuestiones que obviamente había que discutir, pero los diferentes grupos de cada región tenían libertad para luchar por sus prioridades del modo que considerasen más adecuado a sus capacidades.
En opinión de Progreso Fernández, los objetivos de la FAI eran:
Combatir la dictadura, siempre que fuera posible. Sin perder de vista el futuro inmediato y lejano, usar la propaganda para propagar el anarquismo –a través de los periódicos y de las escuelas racionalistas. Defendimos un movimiento sindical de inclinaciones anarquistas, lo que ahora se conoce como anarcosindicalismo. Pensábamos que el colaboracionismo de clase había fracasado: lo que debíamos hacer era trabajar por la unidad anarquista.[5]
Las actas de la Conferencia de Valencia muestran con claridad que la principal preocupación de la mayoría de los delegados era garantizar que los principios libertarios fijados en el Congreso de Saint Imier en 1872 predominaban como referentes del sindicalismo español. Esa visión del papel de los sindicatos estaba totalmente reñida con el concepto gradualista de mejorar los valores de la clase obrera y las condiciones laborales mediante la armonía de las clases sociales:
Habiendo comprendido que la armonía entre las clases es imposible, y que el sindicalismo, al buscarla, ha fracasado, debemos procurar la unidad anarquista. La organización sindical no sólo ha de beneficiar a la clase obrera, debe trabajar por su emancipación. Puesto que eso sólo es posible en la acracia, debería hacerse mediante el anarquismo. La organización de la clase obrera debería volver a lo que era antes de la disolución de la FRE.[6]
Gran parte de la primera sesión de la Conferencia de Valencia consistió en determinar qué grupos reunían los requisitos para afiliarse a la FAI. ¿Podrían afiliarse, por ejemplo, grupos de intereses especiales como los naturistas, los vegetarianos, los esperantistas, etc.? El consenso fue que lo único que podía exigirse a cualquier grupo que desease entrar en la FAI era el compromiso de buscar la unidad de acción con los otros grupos en la lucha por la liberación social.
En cuanto al papel de los anarquistas en su simbiótica relación con la CNT, los delegados acordaron por unanimidad la necesidad de revitalizar al sindicato, paralizado como organismo nacional en 1924 por una decisión algo arbitraria del Comité Nacional, y de ratificar al anarquismo como fuente de inspiración y organización de la Confederación.
Según José Llop, uno de los delegados de la Federación Nacional de Grupos Anarquistas de España en la reunión de Valencia, la única función de la FAI, al menos para él, era garantizar la presencia anarquista en los sindicatos.
En la conferencia, los grupos se organizaron de modo que los problemas sindicales se abordaron fusionando los diferentes puntos de vista de los anarquistas que también eran miembros de la organización sindical, de las cooperativas, etc. La cuestión sindical predominaba en las actividades de los grupos. Es decir, que el grupo se formó con el único propósito de estar activo en las filas sindicalistas.[7]
¿Cómo habían de garantizar los anarquistas el contenido anarquista de la CNT si era una organización autónoma y soberana? Los delegados de la FAI, definidos por Progreso Fernández como «militantes de la CNT de la clase obrera», que habían preservado el sindicato durante sus años de clandestinidad, resolvieron el peliagudo problema de cómo esquivar a los reformistas, o potencialmente reformistas, comités nacionales y regionales, y a la vez garantizar la autonomía de ambos organismos. La solución fue la creación de un lazo orgánico, o «ensamblaje» mediante comités conjuntos de la CNT y FAI de Ayuda y Defensa de los Presos a nivel de federación local. Esos comités locales habían de dar a los militantes anarquistas voz e influencia en la Confederación, en los ámbitos revolucionarios de la solidaridad y la acción directa.
Esa relación especial entre los específicamente anarquistas y las organizaciones sindicales fue conocida como la trabazón. Su objetivo era defender el compromiso de la CNT con la solidaridad y la acción directa, protegiendo así al sindicato de la manipulación por parte del comunismo de Estado y de las influencias colaboracionistas. Eso daría lugar a mucha polémica y malestar entre los reformistas y gradualistas de la CNT.
[1] Broué y Temime: The Revolution and the Civil War in Spain, Londres, 1971, p. 57; James Joll: The Anarchists, Londres, 1979, p. 245; Frank Jellinek: The Civil War in Spain, Londres, 1938, pp. 92-93; Gabriel Jackson: The Spanish Republic and the Civil War 19311939; Princeton, 1965, p. 20; Raymond Carr: The Spanish Tragedy, Londres, 1977, p. 15; George Woodcock: Anarchism, Londres. 1963, p. 358; Franz Borkenau: The Spanish Cockpit, Londres, 1937, p. 37; Hugh Thomas: The Spanish Civil War, Londres, 1977, p. 68; Arthur H. Landis: Spain, The Unfinished Revolution, Nueva York, 1972, p. 26; Gerald Brenan: The Spanish Labyrinth, Cambridge, 1976, p. 184; César M. Lorenzo: Les Anarchistes Espagnoles et le Pouvoir, París, 1969, pp. 66-68; Felix Morrow: Revolution and Counter-Revolution in Spain, Nueva York, 1974, p. 100.
[2] Brenan, op. cit., p. 184.
[3] Joll, op. cit., p. 245.
[4] Ronald Fraser: Blood of Spain, Londres, 1979, p. 548.
[5] Progreso Fernández: «Anarquismo en el mundo», Bicicleta, núm. 11, Barcelona, 1977.
[6] José Llop: El movimiento libertario español, París, 1974, p. 287.
[7] Ibíd., p. 290.
VI. ¿SOCIEDAD SECRETA, ELITE REVOLUCIONARIA?
A menudo, historiadores marxistas y liberales han declarado que la FAI era una organización secreta y elitista. Pero en realidad, la FAI jamás fue una organización secreta, y sus militantes nunca actuaron de manera encubierta en relación con la CNT, ni intentaron ocultar su afiliación a los no afiliados. Sin duda, en las condiciones impuestas por la dictadura o en los periodos de represión, la militancia en la FAI no era algo para ser proclamado a los cuatro vientos, pero eso es muy distinto que decir que era «una organización clandestina... misteriosa y poderosa... compuesta por grupos afines similares a las Logias Masónicas y sometidos a la autoridad de un Comité Principal secreto», tal como afirmaron los historiadores trotstkistas Broué y Temime.[1]
Una prueba de la falta de secretismo y de las pocas medidas de seguridad que rodearon a la FAI puede verse en el hecho de que los servicios policiales y de inteligencia de Primo de Rivera parecían estar completamente al corriente de la naturaleza y el objeto de la reunión de Valencia. Poco después de que tuviera lugar, las casas de los miembros del grupo Sol y Vida, anfitriones de la conferencia fundacional y cuyos miembros constituyeron la primera Secretaría Peninsular, fueron asaltadas y sus habitantes detenidos. Afortunadamente, un avispado miembro de la secretaría de Sevilla destruyó las actas de la reunión antes de la llegada de la policía.[2]
Tampoco es cierto que las reuniones de la FAI siguieran el encubierto modelo masónico, tal como Francisco Carrasquer, un conocido militante anarquista, comentó:
Si hubieran sido secretas, ¿cómo podría haber asistido yo a las reuniones de la FAI sin haberme afiliado ni pagado ninguna cuota a la organización «específica»? Porque eran grupos específicos, grupos de afinidad y nada más... Era un foro abierto a la formación de grupos de debate que analizaran los temas que de verdad importaban... la liberación del hombre y la mujer, la revolución social.[3]
Como organización públicamente comprometida con el derrocamiento de la dictadura, la FAI funcionó, desde 1927 hasta 1931, como una organización ilegal, más que secreta. Desde el nacimiento de la República en 1931, la FAI fue simplemente una organización que, hasta 1937, se negó a registrarse tal como exigía la ley republicana. De hecho, la crisis definitiva que condujo a la desaparición de la FAI como organización anarquista de estructura federal la desencadenó la decisión de darse de alta.
Otra creencia generalizada es que la FAI constituía una elite política en el seno de la CNT. Frank Jellinek, un escritor comunista, estableció un paralelismo entre la FAI y el Partido Comunista ruso:
No todos los miembros de la CNT son miembros de la FAI. Es un honor tan grande para un miembro de la CNT que lo inviten a formar parte de la FAI como para un obrero ruso que lo admitan como miembro del Partido Comunista. Los requisitos son una creencia firme en las doctrinas del anarquismo, un servicio útil y responsable a la causa y, sobre todo, la capacidad para la «acción directa».[4]
Franz Borkenau aumentó la confusión al declarar, erróneamente, que «sólo los miembros de la FAI podían desempeñar cargos de confianza en la CNT».[5]
En realidad, no había militancia individual en la FAI, a los militantes no se les invitaba a formar parte en la organización, y la mayoría evitaban adrede los «cargos de confianza» en la misma. José Llop describe el proceso de reclutamiento así:
En cuanto a la entrada individual, la mayoría de los que ya gozaban de cierto estatus en los círculos sindicalistas o anarquistas no pertenecían a la organización de los grupos, o pertenecían sólo de manera indirecta. Pensemos por ejemplo en [Joan] Peiró: él no tenía ninguna necesidad de intervenir directamente en su grupo de Mataró. Cada vez que llegaba un camarada que no estaba afiliado y que simpatizaba con nosotros, se unía al grupo. El grupo estaba formado por camaradas que tenían una afinidad.[6]
Aunque se exigía a todos los afiliados de la FAI que ganaban un salario que fuesen miembros de la CNT, hay que destacar que sólo un pequeño número de anarquistas pertenecía a la organización específica. Durante la dictadura es improbable que la militancia nacional excediera los 1.000 miembros. Fidel Miró afirma que aunque nadie sabe con seguridad el número total de afiliados a la FAI en Barcelona, generalmente considerada el núcleo de la organización específica, «en ningún momento antes de julio de 1936, hubo más de 300».[7]7
En la primera fase comprendida entre los años 1927 y 1933, es imposible que la FAI fuera lo que Gerald Brenan denominó «un núcleo de pensadores cuya misión era preservar la pureza ideológica del movimiento». Ni tampoco fue «un consejo de acción para organizar movimientos revolucionarios»,[8] ni «el Estado dentro de la CNT» de César M. Lorenzo.[9] Progreso Fernández, miembro del grupo de afinidad Ni Dios Ni Amo da una versión menos siniestra de las actividades de la FAI en su primera fase, un periodo que describió como «de muy poca actividad. De hecho, no pudimos llegar a sacar una sola publicación anarquista». Según él, su principal actividad giraba en torno «básicamente a la recepción y distribución de periódicos como Tierra y Libertad y La Voz del Campesino», de libros de lectura y de debate, «sobre todo Kropotkin» y de «propaganda atea». Describió a sus camaradas de la FAI como personas con «un mínimo de convicciones anarquistas en relación con su manera de pensar y actuar».[10]
José Peirats, historiador anarquista y secretario de la Federación de Grupos Anarquistas de Barcelona dijo esto:
Los militantes de la FAI provenían de la CNT y se sentían más «cenetistas» que «faístas». Ese era el origen del problema. La FAI era más revolucionaria que los anarquistas... No destacaba como escuela filosófica y eso la perjudicó mucho; la única circunstancia atenuante era el corrosivo ambiente en que nació y vivía.
Sobre la cuestión de formar un estado dentro de un estado, añadió:
El descubrimiento de las actas revela que la FAI no pretendía manipular a la CNT, sino colaborar estrechamente con ella. Las cosas sólo se complicaron más tarde, después de la escisión de 1931.[11]
Francisco Carrasquer también refuta la acusación de que la FAI fuese «un estado dentro de un estado».
Nunca fue su propósito actuar como directiva ni nada del estilo. Para empezar, no tenían eslóganes, no dictaron ninguna prohibición, excepto la adhesión a cualquier estructura jerárquica... Esto es lo que los historiadores de fuera deberían entender de una vez por todas: que ni Durruti, ni Ascaso, ni García Oliver –por nombrar sólo a los más grandes representantes de la CNT– lanzaron advertencias a las «masas», ni mucho menos prepararon planes de actuación o conspiraciones para el conjunto de militantes de la CNT. Cada grupo de la FAI pensaba y actuaba tal como consideraba oportuno, sin preocuparse por lo que los otros pudieran pensar o decidir.[12]
[1] Broué y Temime: The Revolution and the Civil War in Spain, Londres, 1971, p. 57.
[2] José Llop: El movimiento libertario español, París, 1974, pp. 293-298.
[3] Francisco Carrasquer: «¿Ha habido una ideología política en el anarquismo español?», Cuadernos de Ruedo Ibérico, núm. 35-57, enero-junio, París.
[4] Frank Jellinek: The Civil War in Spain, Londres, 1938, pp. 92-93.
[5] Franz Borkenau: The Spanish Cockpit, Londres, 1937, p. 37.
[6] Progreso Fernández: El movimiento libertario español, p. 288.
[7] Fidel Miró: Cataluña: los trabajadores y el problema de las nacionalidades, Méjico, 1967, pp. 45-50.
[8] Gerald Brenan: The Spanish Labyrinth, Cambridge, 1976, p. 249.
[9] César M. Lorenzo: Les anarchistes Espagnoles et le pouvoir, París, 1969, pp. 66-68.
[10] Progreso Fernández, «Anarquismo en el mundo», Bicicleta, núm. 11, Barcelona, 1977.
[11] José Llop: El movimiento..., op. cit., p. 231.
[12] Carrasquer, cit., p. 177.
VII. ¿SECCIÓN DE TRABAJOS SUCIOS?
A los militantes de la FAI se les ha acusado de «poco realistas», criminales y psicópatas. Pero en realidad, esas acusaciones no son más que conjeturas, sumamente subjetivas y no verificadas, fruto de los prejuicios de sus autores. En los pocos casos en que se aduce alguna «prueba», resulta que no es más que un testimonio indirecto de un testigo hostil. La patología criminal del anarquismo español sólo puede refutarse con estudios empíricos en vez de con teorías abstractas de historiadores indolentes o malévolos.
George Woodcock, por ejemplo, que por lo que parece ignoraba que las bases de la FAI eran mayoritariamente cenetistas, declara que, además de «los esforzados dirigentes sindicalistas y de los teóricos del anarquismo español» (la mayoría de los cuales no entraron en la FAI hasta 1934 y para entonces ya había dejado de ser un instrumento revolucionario) también contenía «un sospechoso contingente del hampa de Barcelona». La última acusación fue una idea lanzada y repetida por Borkenau. Esta profana alianza, añade Woodcock, demuestra la conexión bakuninista.
Fue él (Bakunin) quien puso más énfasis en una alianza entre los idealistas y los elementos sociales marginales, necesaria para derrocar al Estado y preparar el terreno para la sociedad libre.
Los fundadores de la FAI
mezclaron la devoción idealista a una causa con la afición a la conspiración, una justificación para la ilegalidad y el tiranicidio –y una inclinación hacia los experimentos sociales de carácter comunista primario.[1]
Gabriel Jackson opinaba que «la FAI combinó el idealismo anarquista con el gangsterismo, a menudo en las mismas personas». Presenta a la FAI como a una mafia y a la CNT como a un sindicato español de camioneros. «Recaudaban las cuotas de los afiliados a la CNT y con ellas constituían fondos para presos, compraban armas y ‘protegían’ a los trabajadores de la policía». Jackson clasifica a los anarquistas de «Zaragoza» en tres tipos.
Había un puñado de idealistas autodidactas, lectores de Bakunin y Tolstoy, a veces pacifistas místicos, otras vegetarianos o nudistas. Vivían ascéticamente, de lo recaudado con su trabajo mal pagado, del que se sentían orgullosos, y estaban convencidos de que la expansión del comunismo libertario por toda la península conduciría inmediatamente a una sociedad pacífica, próspera e igualitaria. Después, estaba la masa de trabajadores con poca o ninguna formación... Antes de la aparición de la FAI, a esas personas se las podía convencer fácilmente para que renunciaran a la lucha... Pero la conciencia de clase y la mística revolucionaria que la FAI les inculcó, les animó a demostrar a sus jefes que la sociedad dependía de ellos, los trabajadores. Disfrutaban exhibiendo su poder paralizando a la ciudad y consideraban sus huelgas generales ensayos para el futuro triunfo revolucionario del comunismo libertario... Por último, había un pequeño, pero importante, grupo de pistoleros profesionales, que no eran todos españoles.[2]
Los pistoleros «extranjeros», los «agitadores» tan queridos por los conspiradores, fueron, según Jackson, elementos importantes en la FAI. Las fuentes en que basa esta opinión eran los «hombres de negocios» que habían tenido «tratos diversos» con la CNT y la FAI en los años veinte y treinta:
Cuando los vecinos de Zaragoza vieron a veinte o treinta desconocidos con acento extranjero vendiendo corbatas en las calles, supieron que otra huelga general se avecinaba.[3]
Frank Jellinek adoptó un punto de vista algo más sofisticado sobre los militantes de la FAI. Los describió como «asesinos», en vez de «meros pistoleros», a los que se «encomendó lo que podría llamarse sin ánimo de ofender, el trabajo sucio de la CNT». La organización los reclutó
de entre los trabajadores más preparados e inteligentes por una parte y del conjunto de murcianos y almerienses instalados en las grandes ciudades. Por supuesto, es inevitable que se infiltren elementos del lumpenproletariado, pero tarde o temprano son liquidados.[4]4
Para Gerald Brenan, la llegada de la FAI trajo consigo una tendencia cada vez más perceptible en el anarquismo español:
la inclusión en sus filas de criminales profesionales –ladrones y pistoleros que sin duda no serían aceptados por ningún otro partido obrero– junto con idealistas de los más puros y abnegados.[5]
[1] Georges Woodcock: Anarchism, Londres, 1963, p. 358.
[2] Gabriel Jackson: The Spanish Republic and the Civil War, 1931-1939, Princeton, 1965, pp. 126-127.
[3] Ibíd.
[4] Frank Jellinek: The Civil War in Spain, Londres, 1938, pp. 92-93.
[5] Gerald Brenan: The Spanish Labyrinth, Cambridge, 1976, p. 251.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.








