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La cantante
Baronesa, interrumpa su sueño, venga.
La Baronesa con la mirada cansada y soñolienta se puso de pie y arrojando sobre un platillo de oro el cigarrillo acudió presurosa a la llamada de la cantante.
La Baronesa
¿De qué se trata? ¿Qué pasa? ¿Qué sucede?
El poeta
Usted estaba seguramente embebida en alguna creación.
La Baronesa
Sí, una cabeza… Un cuerpo…
El crítico
De hombre o de mujer.
El pintor
¡Qué indiscreción!
La Baronesa
Creaba la copia de un cuerpo divino de mujer.
La cantante
Magnífico, porque lo ideal pertenece a la mujer. Baronesa, se discute aquí sobre si la supremacía espiritual nos pertenece a nosotras o no. Dé su fallo.
La Baronesa
Que dé el fallo el pálido y meditabundo teólogo.
El teólogo
Sí, la supremacía espiritual le pertenece a la mujer, porque se eleva fácilmente sobre las cosas sublimes. Tiene el don de la rápida comprensión y de un hondo sentimiento. Sus fibras son más sensibles que las del hombre; por eso, se eleva siempre a lo «azul». Llamemos en este caso «azul» a todo lo bello. Y pese a quien le pese de los que estamos aquí. Que lo repliquen y lo diga el pintor, el poeta y la escultora, que tienen alma de artistas, por qué la mujer espiritualmente es superior al hombre. ¿Acaso porque fue hecha para gobernar moralmente el mundo por medio de su ingenio y hermosura?
La serpiente fue sabia al darle el dominio, al dirigirse a Eva para dar el principio, el discernimiento del bien y del mal por los siglos de los siglos. ¿Por qué la serpiente no se dirigió a Adán? Porque Eva era hecha del barro purificado, porque era su presencia el objeto triunfante de su obra, porque la mujer es lo más hermoso que hay en la creación. Porque sí. Este porque sí, que el filósofo lo analice si quiere y dé explicación.
El filósofo
Bello orador es el teólogo. Porque sí, es una filosofía tan sabia que ni el mismo Salomón hubiera podido darle a esa frase una precisa síntesis de su valor. Porque sí, sencillamente, es una resolución de la voluntad.
Yo, que desde lejos escuchaba tan profunda discusión y teniendo a mi lado un montón de flores, estrujándolas, fijé la mirada en el teólogo que tan bellamente había defendido a la mujer. Ese hombre me encantaba, me atraía. Tenía que agradecerle a la Baronesa una fiesta tan original y hermosa. Llena a cada hora de sensaciones gratas. ¡Ah! el talento de la Baronesa. Cómo ha podido su cerebro organizar una diversión tan hermosa y exótica, con libertades de cortesana y caprichos diabólicos de artista. Con todo, me sentía feliz en ese ambiente. La discusión seguía:
La Baronesa
Ahora, que cesen las filosofías, eso es algo muy serio. Y para serio tenemos la vida que es una filosofía inexplicable. Maestro, aunque ría de mí, la vida es tan complicada que hasta la misma filosofía se aturde. Si he hablado mal, válgame la buena voluntad de haberlo dicho. El mundo dice que es una tragedia donde cada ser humano tiene que hacer el papel que le tocó. Aquí creo que estoy en una verdad al decir que el papel debe hacerlo cada uno lo mejor que pueda.
El crítico
No, porque si el papel es el de un criminal que lo haga bien, señora Baronesa, según su criterio, no, yo no estoy con ello, no.
La Baronesa
Los críticos tienen el criterio de criticar las cosas según su lógica y su talento. Por eso, el crítico, según mi razonar, no podrá jamás hacer el juicio puro sobre el puro arte porque no lo siente. Para ser un sincero crítico hay que ser primero artista y después crítico, porque si no lo es, no alcanzará a comprender lo que el artista comprendió.
El poeta
Esto si ha sido una gran filosofía, Baronesa.
La cantante
Terminemos esta charla. El tiempo huye. Esta charla es para académicos. Aquí no hemos venido a una cátedra. Vamos a divertirnos.
Y el grupo de los doctos se disolvió. Unos se perdían tras de los cortinajes, otros se aunaban y se recostaban. Cada uno se divertía a su capricho. Hubo un momento de silencio. La fiesta se había marchitado. Las lámparas se apagaban lentamente quedando solo una tenue claridad.
Yo también me levanté de donde estaba. Quise rondar los salones en el silencio ¡Oh, belleza de aquel momento de vivir! Qué encanto: curiosear.
Los salones olientes a vinos, a flores, a humos. No se sentía sino murmullos de almas... En la quieta penumbra distinguía los rostros lívidos, pálidos y jadeantes de los convidados. Todos descansaban. El filósofo sonreía y olía cocaína de una cajita. El pintor y el poeta estaban recostados juntos. El sexo lo invertían. La cantante estaba entre los brazos del crítico.
La Baronesa echaba en el pecho desnudo de una de las bailarinas gotas de miel que luego tomaba con sus labios ávidamente, y así eran los cuadros de aquellos salones. A mi cerebro vino la visión de una bacanal romana... Sí, pero era una fiesta a la romana con todos sus refinamientos, con toda la alta y degenerada civilización del siglo. Yo buscaba en los salones al joven teólogo y no lo encontraba. Pasé a la puerta baja donde quedaba uno de los jardines interiores. Este jardín estaba todo iluminado; es decir, había multitud de foquitos eléctricos en las ramas de los rosales, en los jazmines y en los nardos dibujando primorosamente sus ramas. Hacía el efecto de una fiesta veneciana. En este jardín había algunas parejas haciéndose descaradamente el amor. Yo llevaba mi tapado de felpa color vino en el brazo. Una de las parejas se acercó a mí y me dijo:
—¿Qué pasa? ¿Se marcha usted? Se marcha clandestinamente y sola. No lo permitiremos. La fiesta aún no termina.
Yo me puse el tapado. El aire estaba helado. Sentí por mi espalda como si una cuchilla finísima hubiera hecho en ella muchos cortes.
—No —repuse—. No me marcho aún.
—¿Busca a alguien?
—Sí.
—¿A quién?
—Al joven teólogo.
Una risa irónica se dibujó en el rostro de la pareja.
—El joven teólogo —me contestaron— acaba de irse a los salones de arriba. Allá puede encontrarlo.
Di a la pareja una mirada de desconfianza y volví de nuevo hacia arriba. Al pasar por uno de los salones, me di cuenta de que el joven a quien yo buscaba estaba recostado sobre una ventana que daba al jardín. Vacilé en ir hacia él. ¿Para qué? ¿Qué se figuraría? Y pensando esto se me arrancó el collar de perlas que llevaba puesto por el nerviosismo con que mis dedos jugaban con él. Un suave ¡ay! que lancé al ver que las perlas de mi collar se deshebraban y caían sobre la fina alfombra haciendo arabescos hizo que el joven teólogo volteara hacia mí la cara.
—Usted —dijo— y corrió a mi ayuda. ¿Cómo ha sido esto? Su lindo collar se le ha deshebrado.
Y recogiendo los dos las perlas, las fuimos colocando por el momento en una de las puntas de mi rojo tapado.
—¿No le parecen —continuó— las perlas sobre su tapado gotas de llanto?
—¿Por qué dice eso?
—Por nada. Es una metáfora, señorita Dorish.
Y volcando la conversación le dije:
¿Qué hacía usted tan solo en esa ventana? ¿Qué contemplaba? ¿Por ventura pensaba en Cristo en San Francisco de Asís o en Santa Teresa?
—No, no pensaba nada... Pensaba...
—¿En qué?
—En esta fiesta de la Baronesa de Solimán.
—¿Verdad que es bella y extraña esta fiesta?
—Dice bien, extraña y bella, pero más que extraña y bella, creo que es fiesta de crápula.
—¿De crápula?
—De refinada civilización maligna.
—No está usted en su medio entonces.
—No. Tiene razón. No es este mi medio. No me gusta la crápula.
—¿Para qué ha venido entonces a esta fiesta?
—¿Para… porque se trataba de una fiesta de artistas y creí que no iba a usarse drogas ni tóxicos? Es usted tan joven... ¿No se da cuenta de lo que pasa aquí?
—Sí, si me doy cuenta de que pasa algo extraño, pero yo estoy encantada de todo esto que veo. Es la primera vez que asisto a una fiesta de estas. Estoy encantada. ¡Oh! Todas estas cosas raras que veo me gustan mucho. ¿No le parecen bellos los salones? Que cada cual se divierta a su capricho. Que se amen como mejor les parezca. La forma es lo de menos. Creo que todos aquí somos de confianza: estamos entre artistas, entre camaradas. ¿Quién va a hablar mal?
El joven teólogo me quedó mirando con extrañeza. Parecía que mi pequeño discurso le había emocionado.
—Quién va a hablar mal —murmuró— ¿Quién va a hablar mal? Es usted tan niña. Recién le han abierto hoy las puertas de una vida que no conoce. Yo quisiera ser un hermano suyo para salvarla, Dorish.
—Salvarme... A mí... ¿De qué?
—De todo esto que está viendo.
—Pero si es tan bello, ¿cómo quiere privarme de ello?
—Pobrecita niña. Aquella Baronesa... no la mire usted, da nauseas, va a perder su buen corazón. No vuelva a venir a otra fiesta de estas, Dorish. Se lo suplico. No venga.
—¿No venir? Para ello la Baronesa me ha entrenado en muchas cosas de la vida, y esta fiesta la ha hecho para mi debut de mujer. ¿No le parece que mi debut ha sido espléndido? Me han aplaudido bastante y todos quisieran hacerme suya... Hasta usted, sí, hasta usted.
—¡Dorish!
—Sí, escuche, porque yo soy fascinante por bella y por mi natural don de danzar que ya llega a la perfección gracias a mi maestro ruso que se empeña en que domine la coreografía. Soy fascinante, todos se enamoran de mí, hasta las mujeres...
¿No sabe? Voy a ser sincera con usted, voy a hablarle claro. No me da vergüenza, más vergüenza es para mí ser hipócrita. Sí, amigo Dominico, la Baronesa es mi gran enamorada. Mejor dicho, ella me hace el amor. ¡Es encantador! Cuando recién me conoció me regalaba continuamente flores, perfumes, bombones. Iba con ella a todas partes. Luego, me besaba diciéndome palabras muy bonitas, como que yo era tan buena y tan linda que por ello me admiraba y me quería... Tal como si fuese un macho enamorado de una hembra.
Después llegó lo sensual: querer verme el cuerpo para acariciarlo y de la caricia llegaba el vértigo y el espasmo… Un vicio agradable para el que le gusta, y depravante para el que no se adapta a él. Aberraciones de la naturaleza. Eso es todo.
—¡Qué lástima, Dorish, que sea usted tan cínica con esa cara de ángel que tiene!
—Diga menos cínica al acusarme, que aquellas que envueltas en oropeles trafican bajo el antifaz hipócrita todos los vicios.
—¡Qué lástima, Dorish, que le guste todo ello y toda esta fiesta!
—Es usted egoísta e hipócrita.
—¿Por qué?
—Porque está desechando la fiesta y no huye de ella.
—Es que estoy escribiendo un libro y estoy estudiando esta fiesta de pecado.
—¿Para ponerla en su libro?
—Sí.
—¿Cómo va a darla a conocer al público?
—Es decir... Cómo explicarle... Voy a pintar en el libro el mal de esta fiesta, el mal que causa a los mortales estas orgías que degeneran sus cuerpos y sus almas.
—¿Pero es que usted quiere convertirse en un regenerador?
—No pretendo tal cosa. Ello es muy difícil. La civilización actual en muchos de sus aspectos no es más que una repetición de lo pasado. Las cosas que fueron a través del tiempo se suceden, se repiten. Para regenerar la actual civilización habría que repetir el castigo con que Dios azotó las célebres ciudades de Sodoma y Gomorra por el soberbio emporio de su corrupción.
—Y usted no cree que la última guerra europea ha sido un castigo?
—Sí, es verdad, un gran castigo.
Hubo unos momentos de silencio. El joven teólogo sacó de dentro de una fina cartera de cuero de Oriente un diminuto crucifijo de oro. Luego, me lo ofreció. Mirándome tiernamente me dijo:
—¿Quiere aceptar este recuerdo?
Yo lo miré. Tomé en mis manos el pequeño crucifijo. Los clavos que tenía en las manos y los pies eran de esmeraldas. Era un crucifijo primoroso.
—¿Por qué —le dije— se aparta usted de él?
—Porque su alma está en peligro de naufragio y yo no quiero que naufrague. Este crucifijo será el más hermoso piloto que dirija su barco. Béselo, béselo, señorita Dorish. Bese al hombre que vino al mundo para salvarnos.
Sentí dentro de mí un escalofrío. Las palabras del joven teólogo me conmovieron. Besé varias veces el crucifijo.
—Gracias, muchas gracias —repuse—. Es usted un noble espíritu. Gracias. He de conservar este crucifijo como lo más valioso que tengo entre mis joyas.
—¡Oh, no! Como lo más valioso que tenga entre sus joyas, no, Dorish. Esto no es una joya, esto es una divina representación de quien usted ha de adorar rezándole y evitando ir por el mal camino.
—¿Es usted un apóstol de este siglo?
—No sonría. Si no ha de conservar el crucifijo como se merece, devuélvamelo Dorish.
Inmediatamente, ante tal actitud yo fruncí el ceño.
—Señor teólogo, tal vez yo me he expresado mal, pero mi sentimiento es otro.
Enseguida, envolviéndome bien en mi tapado y colocando dentro del corpiño de mi vestido el crucifijo, quise apartarme del joven teólogo.
—¿Dónde va, Dorish? Ya es de madrugada. ¿Por qué no nos retiramos de esta fiesta cuyo esplendor está ya marchito?
—No, no, aún no me voy. Déjeme gozar. Estoy muy joven para apartarme de la vida. Déjeme que goce. Venga conmigo. Vamos a ver qué hacen los otros.
—Mire ¿no le parece que ya la fiesta está en el grado repugnante? Mire… ¿No siente una atmósfera viciada? ¿No comprende que el pecado está en el rostro de todos? ¿Por qué no nos vamos de aquí, Dorish? ¿No le produce nauseas todo esto?
—No, es interesante, me gusta.
—¡Dorish!
Fue tan severa la pronunciación de mi nombre que cayó sobre mí como un latigazo. Hubo un silencio enorme. Yo bajé la mirada; me sentí avergonzada y con la voz temblorosa dije al teólogo:
—Vámonos de aquí pronto.
Por una de las puertas del palacio, que no era la principal, salimos clandestinamente. Llamamos un automóvil. El chofer con una sonrisa maliciosa nos miró. ¿Qué se figuraría la cara negra y lujuriosa del chofer? Por el trayecto del camino que recorríamos no nos dijimos ni una sola palabra. Parecía que íbamos de duelo. La aurora principiaba a rayar. Habíamos llegado a Miraflores. Estábamos al pie de la puerta de mi casa. Yo convidé al teólogo a que pasara a mi casa, pero no quiso. Estaba demasiado pálido. Me tendió la mano para ayudarme a bajar del automóvil y muy sereno se despidió de mi diciéndome:
—Que tenga un hermoso sueño. Hasta pronto.
Me quedé perpleja. Inconsciente lo dejé alejarse. Cuando me di cuenta era ya tarde. ¿Por qué no le di un beso en su rostro pálido y bello? ¿Por qué no se lo di?
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